La otra gente

C. J. Tudor · Capítulo 35 de 66

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La otra gente

Capítulo 34

34

 

Katie detestaba llegar tarde a buscar a sus hijos. Les había prometido una y otra vez que nunca les fallaría, que siempre estaría a su lado.

Incluso antes de que la afición de su madre por el alcohol degenerara en dependencia, había habido muchas ocasiones en que la mujer se había presentado a las puertas del colegio con la mirada vidriosa, poniendo como excusa el tráfico o una reunión. Katie nunca había olvidado aquel hormigueo de intranquilidad en la boca del estómago, la vergüenza de saber que Lou y ella eran las últimas alumnas que quedaban allí esperando, mirando con envidia cómo sus compañeros se iban a casa dando saltitos de la mano de sus mamás, en cuyos coches seguramente no se oía un tintineo de botellas en el maletero cada vez que doblaban una esquina.

Tal vez Katie no había conseguido gran cosa en la vida, pero si de una cosa estaba orgullosa era de ser buena madre. Sí, había cometido errores, como todos los padres. Pero siempre ponía a sus hijos por delante de todo. Siempre se esforzaba al máximo por brindarles una infancia feliz y, sobre todo, segura. Por evitar que la historia se repitiera.

Pero ahora su madre volvía a las andadas, a complicarle la existencia, a poner patas arriba la vida de sus hijos. Llamó al timbre de Lou y esperó. Del interior le llegaba el jaleo habitual: Mia llorando, Sam gritando «¡Ha llegado mamá!», Gracie cantando alguna canción del canal infantil de la BBC.

La puerta se abrió de golpe.

—No me imaginaba que tardarías tanto —protestó Lou mientras dejaba entrar a su hermana.

—Lo siento —se disculpó Katie—. He tenido que ocuparme de un imprevisto.

—¿Mamá?

Katie titubeó por unos instantes.

—En realidad, Fran.

Lou la miró fijamente.

—¿Fran?

Katie le contó lo más rápidamente posible lo ocurrido en casa de su madre.

Lou arqueó aún más las cejas.

—¿Fran tiene una hija?

—Bueno, según mamá.

—No puedo creer que no nos lo dijera. Para empezar, nunca he entendido por qué se largó. O sea, todos queríamos a papá. No es que ella lo quisiera más.

—Sus motivos tendría.

—Tal vez.

Katie se frotó las sienes. Notaba un incipiente dolor de cabeza.

—Espero que ella aparezca y que la policía encuentre a la cría. —«Si es que la cría existe», pensó—. En fin, voy a llevar a Sam y Gracie a casa.

Entraron en el salón, que formaba un solo ambiente con la cocina. Sam estaba absorto en su iPad mientras Gracie y Mia veían Gigglebiz en la tele.

—Hola a todos —gorjeó Katie en el tono más alegre de que fue capaz—. Es hora de despedirse de la tita Lou.

—Voy a buscar sus cosas. —Lou salió a paso veloz al recibidor.

«Pues sí que se ha vuelto organizada de golpe», pensó Katie. Además, había advertido que se había peinado e incluso maquillado un poco. Se preguntó por qué. Entonces reparó en la chaqueta colgada del respaldo de una silla de la cocina.

Lou reapareció con las bolsas y abrigos de Sam y Gracie.

—¿Dónde está? —inquirió Katie.

—Perdona, ¿quién? —Lou mentía fatal. Cuando siguió la dirección de la mirada de Katie, encorvó la espalda y su rostro recuperó su habitual expresión enfurruñada—. Hoy no me tocaba recoger a tus hijos. Ya tenía planes. No podía cancelarlos sin más. Te he hecho un favor.

Katie abrió la boca para replicar, pero sabía que esta vez llevaba las de perder.

—Deberías habérmelo dicho —señaló—. Habría preferido saberlo.

—¿Saber qué?

Las dos se volvieron. Steve estaba en el vano de la puerta, con el torso descubierto y la piel reluciente después de la ducha. Bajo y musculoso, tenía la cabeza rapada y un brazo cubierto de tatuajes. Como siempre, su actitud resultaba agradable en un nivel superficial, pero había algo en él que a Katie no le gustaba. O tal vez era que conocía la clase de inútiles con los que solía ligar Lou y por lo tanto se esperaba lo peor de él.

—Hola, Steve —saludó en un tono neutro.

—¿Qué tal, Katie? —sonrió, y a Katie no le cupo duda de que el tipo estaba recreándose con la incomodidad que provocaba en ella su semidesnudez. Le tendió una camisa a Lou—. ¿Podrías poner esto a lavar junto con la chaqueta, como una buena chica?

—Claro.

Lou cogió la camisa y descolgó la chaqueta de la silla. Una chaqueta policial reflectante.

—¿Acabas de salir del trabajo? —preguntó Katie.

—Sí. He estado haciendo horas extra. Pero ahora tengo un par de días libres. —Sin despegar la vista de ella, alargó el brazo para acariciarle el trasero a Lou—. Y pienso aprovecharlos como Dios manda.

Katie esbozó una sonrisa tensa.

—Qué bonito. Bueno, me voy a ir ya. Vamos, Sam, Gracie. Tenemos que irnos a casa. Se hace tarde.

 

Los metió en el coche a toda prisa, distrayéndoles con preguntas sobre cómo les había ido el día, sus amigos, las clases y lo que habían almorzado. Las respuestas no eran muy variadas: «Bien», «Regular», «No me acuerdo», «Se me ha olvidado», «¿Podemos ver la tele cuando lleguemos a casa?», «Tengo hambre, ¿llevas chuches?».

Solo cuando se encontraban en mitad de la calle principal Gracie le preguntó:

—¿Por qué has llegado tarde, mamá?

Katie le sonrió por el retrovisor.

—Había mucho tráfico, cielo.

Una vez en casa, los instaló a los dos en el salón y fue a prepararles un tentempié antes de que se acostaran. Mientras servía leche y colocaba galletas en un plato, pensó de nuevo en lo que le había dicho su madre.

«Ha estado aquí hoy».

Vale, la mujer tenía tendencia a inventarse dramas, a dejarse llevar por el histrionismo, movida por el alcohol y la paranoia. Pero había algo en el episodio de aquella tarde que inquietaba a Katie. Su madre parecía muy convencida. Y, no obstante, lo que afirmaba era tan inverosímil… ¿Por qué habría de regresar Fran después de tantos años? ¿De verdad tenía una hija? Resultaba evidente que el joven agente de policía que había acudido a su llamada se lo había creído.

—Difundiré una alerta —había asegurado él mientras ella lo acompañaba a la puerta—. A ver si se han recibido avisos de personas que hayan visto a una niña vagando sola por la calle. Más vale prevenir que curar, ¿no?

«Más vale prevenir que curar». Katie captó la indirecta: «Creo que tu madre está como una regadera, pero preguntaré un poco por ahí para aliviar la conciencia».

Ella había asentido con la cabeza.

—Entiendo. Gracias.

—¿Nos avisará si tiene noticias de su hermana?

—Por supuesto.

Ella lo había seguido con la mirada mientras subía a su vehículo y se marchaba. Oyó el tintineo de la botella de vino procedente de la cocina.

En realidad, comprendía al policía. A una parte de ella le habría gustado considerar que todo era un mero producto de la alcoholizada imaginación de su madre. Pero, por algún motivo, no podía. Y esto le planteaba algunas dudas:

Si Fran había regresado, ¿por qué había ido a ver a su madre? Nunca habían estado muy unidas. Y si tenía una hija, ¿por qué narices la había dejado y había desaparecido? ¿Y dónde estaba la niña?

Tras disponer el tentempié sobre la bandeja, regresó al salón. Gracie estaba concentrada en Peppa Pig, y Sam, tumbado en el sofá, veía Spider-Man en su iPad. Ella los contempló unos instantes desde la puerta, relajada al verlos contentos y a salvo en su nido.

Su móvil empezó a sonar. Katie retrocedió, depositó la bandeja de nuevo sobre la mesa de la cocina y contestó.

—¿Diga?

Por toda respuesta, oyó una respiración.

—¿Sí?

—¿Eres Katie? —Era la voz de una niña, titubeante, nerviosa.

—Sí. ¿Quién habla?

Se produjo otra pausa.

—Me llamo Alice. Fran me dijo que te llamara si alguna vez estaba en apuros.

«Alice».

—¿Dónde está Fran? —preguntó Katie.

—No lo sé. Por favor, ¿puedes ayudarme?

Katie, indecisa, miró a Sam y a Gracie. Calentitos y seguros en su confortable hogar. No podía dejarlos solos, sin más. Entonces pensó: ¿y si ellos estuvieran perdidos, solos y asustados en la oscuridad? Ella querría que alguien les echara una mano.

«Tenemos que encontrarla antes de que le pase algo espantoso».

—Vale. Dime dónde estás.