La otra gente
Capítulo 51
51
Había unas luces tenues encendidas en el ala sur de Seashells. Gabe y su pequeña comitiva rodearon la casa hasta el extremo opuesto para evitar la entrada principal. Los niños miraban hacia arriba con ojos como platos.
—¿Todo esto es tuyo? —preguntó Sam.
—Sí.
—Es como la mansión Wayne —dijo jadeando el chico, que no cabía en sí de asombro.
—O el castillo de Ariel —terció Gracie.
—¿No tienes llave de la entrada delantera? —inquirió Katie.
—No quiero molestar a Miriam, la enfermera jefe, si está en la casa principal, y el ala sur es donde la hija de Charlotte… —Gabe titubeó. No quería decir «yace enferma», pero ¿qué podía decir? ¿«Agoniza»? ¿«Vegeta»?—. Donde duerme —acabó diciendo—. Entraremos por la cocina de la familia.
—¿Hay más de una cocina?
—El ala sur es casi un edificio independiente. Consta de las dependencias de los enfermeros, una cocina y baños. Charlotte mandó construir expresamente el anexo cuando trasladó aquí a su hija desde el hospital, aunque no se nota que se trata de un añadido a la casa.
—No puedo creer que el hospital permitiera que le retirara sus cuidados. He leído noticias sobre padres que han sido llevados a los tribunales por intentar algo parecido.
Gabe introdujo la llave en la puerta lateral y la abrió.
—El hospital no podía hacer nada más por ella. Además, cuando tienes dinero, puedes hacer un montón de cosas que le están vedadas al resto de los mortales.
Entraron y Gabe encendió las luces. Oyó que Katie soltaba un leve grito ahogado.
La cocina era gigantesca. Estaba equipada con relucientes electrodomésticos cromados, lisas encimeras de granito y un suelo de baldosas brillantes en las que se reflejaban las lámparas empotradas en el techo. Ante ellos se alzaba un enorme frigorífico de estilo americano. En el medio había una isla tan grande como…, bueno, como las cocinas de la mayoría de la gente.
—La cocina original se había quedado un poco antigua —explicó Gabe—. Miriam pidió permiso para renovarla de arriba abajo.
Katie paseó la mirada alrededor.
—Miriam tiene gustos caros.
—Trabaja mucho. Este es su hogar.
—¿Cómo? ¿Me estás diciendo que tú no vives aquí?
—No —respondió él escuetamente mientras tiraba las llaves sobre la descomunal isla.
—¿Nunca?
—No.
—¿Cuánto hace que eres el propietario?
—Nueve años.
Ella atravesó la cocina para dirigirse a una puerta que daba a un pasillo corto que a su vez conducía a un amplio vestíbulo ovalado. Este comunicaba con la sala de estar, el comedor y una sinuosa escalinata que subía a la primera planta, donde se encontraban el dormitorio principal y tres habitaciones de invitados.
Miriam seguramente estaba trabajando en la otra punta de la casa, o durmiendo, si esa noche no estaba de guardia, en cuyo caso se encontraría en las dependencias de los enfermeros, cerca del cuarto de Isabella. Gabe no quería despertarla o asustarla hasta el punto de que llamara a la policía porque creyera que se habían colado ladrones en la casa. Se sacó el móvil y escribió un mensaje de texto a toda prisa:
«Miriam, pasaré esta noche en la casa. Luego te explico. Gabe XX».
La mujer se olería que algo iba mal, por supuesto. Él se había saltado una visita, y solo se había alojado una vez en Seashells, un par de semanas después de lo de Jenny e Izzy.
Había estado conduciendo sin rumbo, sin querer regresar a la casa que nunca volvería a ser un hogar para él, sin saber adónde ir, y había acabado allí. Miriam lo había encontrado llorando junto al lecho de Isabella, lo había llevado a la casa principal, lo había obligado a comer algo y le había preparado una cama. No le había hecho preguntas, aunque sin duda había visto las noticias. Simplemente había cuidado de él. Gabe suponía que eso formaba parte de su trabajo. Sin embargo, tanto si lo había hecho por sentido del deber como por compasión, él había agradecido sus atenciones.
Volvió la vista hacia el pequeño y desaliñado grupo: su hija, a la que acababa de recuperar después de mucho tiempo, una camarera a la que apenas conocía y sus dos hijos. La actitud práctica y solícita de Miriam le habría venido de perlas en aquel momento. ¿Qué se suponía que debía hacer con ellos?
Notó que alguien le tocaba el brazo. Era Katie.
—Ha sido un largo viaje. Todos estamos rendidos y hambrientos. ¿Qué te parece si preparo algo para comer y hablamos cuando los niños estén ya en la cama?
—Vale. De acuerdo.
Por supuesto. Cayó en la cuenta de que hacía mucho tiempo que no tenía que preocuparse por las necesidades de otras personas. Había perdido práctica como padre. O como compañero. Aún notaba el cálido tacto de los dedos de Katie mientras esta se dirigía al frigorífico.
Cuando abrió las puertas y echó un vistazo al interior, frunció la nariz.
—Hay un montón de platos preparados, pero poca cosa más.
Se puso a abrir armarios. Gabe siguió su ejemplo y encontró varios multipacks de judías en salsa de tomate. Katie sonrió, blandiendo una barra de pan.
—Menudo banquete nos vamos a dar.
Comieron en la barra de la cocina. Gabe encendió el televisor de pantalla plana de la pared, de modo que el canal infantil CITV se oía de fondo de una manera que le resultaba vagamente irritante y a la vez inmensamente reconfortante. Eran curiosas las cosas que uno echaba de menos, pensó. Cosas como el sonido de los programas para niños, tropezar con los zapatos de los críos, o su falta de tacto y sutileza.
—¿Así que Izzy es tu nombre de verdad? —preguntó Sam.
Izzy asintió.
—¿Y tú eres su verdadero padre? —le dijo a Gabe.
—Sí.
—Nuestro padre se fue a vivir con la estúpida de Amanda —comentó Gracie.
—Ya.
—Apesta a perfume —agregó Sam.
—Además, no le gusta columpiarme porque se le rompen las uñas —dijo Gracie—. Y entonces se pone así.
Los dos torcieron el gesto formando una mueca exagerada.
Izzy soltó una risita. Gabe notó algo raro en su interior. Una oleada de calor en el estómago. El deseo de reír con ella. «Alegría —pensó—. Esta extraña sensación es alegría». Hacía tanto tiempo que no la experimentaba, que la había olvidado.
Se sorprendió contemplando de nuevo a Izzy. Estaba viva. Esto no era un sueño. De camino hacia allí, las preguntas se le agolpaban en la cabeza. ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Por qué? Pero en ese momento, le daban igual las respuestas. No le importaba saber qué cadena de acontecimientos había conducido a esa situación. Solo quería disfrutar comiendo tostadas con judías con su hija. Aunque la mayoría de los padres no habría dado mayor importancia a este hecho, para él era un momento de cotidianidad banal que había creído que jamás volvería a vivir.
Cuando no quedaba ni una migaja en los platos, Gabe encontró un paquete familiar de galletas en otro armario. Consiguieron mantener una apariencia de normalidad mientras las mordisqueaban, conversando sobre temas genéricos. Gabe supuso que el corto período de atención de los niños y su mayor capacidad de adaptación a nuevas situaciones contribuía a ello. Aceptaban las cosas tal como se presentaban. Sam estaba más fascinado por la casa que por las circunstancias que los habían llevado hasta allí. Quería saber cómo era de grande, con cuántas habitaciones contaba, si tenía piscina, si había mayordomo.
Una vez agotadas las preguntas, las natillas y las galletas con mermelada, Gracie comenzó a bostezar. Se les había pasado el tiempo sin darse cuenta y eran casi las siete.
—Creo que es hora de irse a la cama —dijo Katie en tono significativo. Miró a Gabe—. Habrá que decidir dónde van a dormir los niños. A ver, está claro que habitaciones no faltan.
Gabe reflexionó unos instantes.
—Bueno, la cama del dormitorio principal seguramente estará hecha. No estoy seguro respecto a las otras.
—No quiero dormir sola —saltó Gracie de inmediato.
—Yo tampoco —terció Sam.
Izzy se quedó callada, pero se acurrucó acercándose un poco más a Gabe.
—Bueno, está bien…
—Sam, Gracie e Izzy podrían compartir el dormitorio principal —sugirió Katie—. Supongo que la cama será de matrimonio, así que podrán dormir cabeza con pies.
—Sí. Buena idea.
—¿Y nosotros…, es decir…?
—Esto… Pues hay dos camas de matrimonio más. Seguramente encontraré sábanas.
—Genial.
—Estoy cansada, mamá. —Gracie bostezó de nuevo.
—Está bien, cariño. Ven, vamos arriba. —Katie sonrió—. Lo bueno es que ya llevas el pijama puesto.
Gabe los guio hasta el vestíbulo, encendiendo las luces conforme avanzaba. La inmensidad del lugar aún lo impresionaba. Advirtió que Katie y los niños miraban en torno a sí, apabullados. Al visualizarlo a través de sus ojos, también a él le parecía un derroche. ¿Quién necesitaba tanto espacio, tantas habitaciones? Un hogar pequeño podía estar rebosante de amor, mientras que aquel sitio, a pesar de las lujosas alfombras y la seda que revestía las paredes, parecía desprovisto de alegría.
Subieron la tortuosa escalera con paso cansino. Hacía mucho tiempo que él no visitaba esa parte de la casa, y casi tenía la sensación de no haber estado nunca allí. Se detuvo un momento en el rellano. ¿Cuál era el dormitorio principal? El de la derecha, pensó.
—Por aquí —indicó.
—Uno podría perderse en este lugar —comentó Katie, pero algo en su voz hizo que sonara más como una crítica que como un elogio. A Gabe lo asaltó el extraño impulso de defender a Charlotte.
—Creo que el marido de Charlotte lo compró con la intención de que fuera el hogar familiar, pero murió al poco tiempo. Charlotte nunca se volvió a casar ni tuvo más hijos, y entonces… se produjo el accidente.
Por su culpa. Todo era culpa suya.
Abrió la puerta del dormitorio.
—Pasad.
—Huala —murmuró Sam.
La habitación, como todo lo demás, era enorme. En la cama habrían cabido de sobra cuatro adultos, por no hablar de tres niños. Sam y Gracie se lanzaron sobre el colchón, olvidando al instante el largo trayecto, el agotamiento, la novedad de aquella casa extraña.
Una enorme ventana en saliente ocupaba gran parte de una pared. Las cortinas estaban descorridas. Durante el día, se podía extender la vista sobre el mar hasta el horizonte. Esa noche, apenas se vislumbraba la oscura masa de agua, que subía y bajaba sin descanso. En lo alto, las nubes se deslizaban por delante del semicírculo de la luna, impulsadas por el viento.
Izzy se dirigió hacia las ventanas. Aunque eran de doble cristal, se alcanzaban a oír los embates del aire y el lejano rugir de las olas.
Se la veía aterradoramente pequeña y frágil recortada sobre la oscuridad del exterior. A Gabe le entraron unas ganas muy fuertes de agarrarla, de apartarla de la tormenta que estaba fraguándose fuera.
En vez de ello, se le acercó y se detuvo a su lado. Sus fantasmales reflejos los miraban a los ojos, espectros flotando en el aire.
—En los días despejados, la vista se extiende kilómetros y kilómetros mar adentro —le dijo.
Izzy alzó la mano para tocar el vidrio.
—La playa está ahí abajo.
—Sí.
—¿Yo había estado aquí antes?
Gabe frunció el ceño.
—Yo diría que… —De pronto lo recordó. Jenny se había puesto enferma. Él le había dicho que se llevaría a Izzy al trabajo, pero, como era lunes, había ido a la casa con ella. La niña debía de tener ocho o nueve meses en aquel entonces.
—Una vez —contestó—. Pero eras un bebé.
Ella retiró la mano y se apretó la mochila contra el pecho, entre repiqueteos y chasquidos. De pronto, Gabe cayó en la cuenta de a qué le recordaban esos sonidos. Guijarros. Pero ¿por qué iba Izzy con una bolsa llena de guijarros a todas partes? Entonces le vino otra cosa a la memoria, algo en lo que no pensaba desde hacía años.
Cuando Izzy era muy chiquita, sufría unos extraños episodios de sueño. Si bien era cierto que los niños pequeños dormían mucho, ella se quedaba traspuesta en cualquier parte. Estaba despierta, parloteando animadamente, y al momento siguiente, roque. Gabe estaba convencido de que se le pasaría con el tiempo (como su absurdo miedo a los espejos), pero Jenny insistía en que no era normal. Un día, cuando Izzy tenía unos tres años, él encontró a Jenny histérica al volver a casa.
—Le ha vuelto a pasar. Se ha quedado dormida y, cuando ha despertado, tenía esto en la mano.
—¿Qué es?
—¿Un guijarro?
—Ah. ¿De dónde lo ha sacado?
—Ese es el problema. No lo sé. ¿Y si se lo hubiera metido en la boca? ¡Se habría asfixiado!
Él había intentado mostrarse comprensivo, pero como estaba cansado y distraído, seguramente le había hecho sentir a Jenny que estaba exagerando. Los niños cogían cosas del suelo, ¿no? Además, no había vuelto a pasar, o al menos Jenny no le había comentado nada.
Pero esto ahora le dio que pensar. Guijarros. La playa. Y entonces otra imagen le golpeó la mente: la piedra extraña y brillante incrustada en el diente del Samaritano. Sintió como si una corriente gélida se colara por las ventanas y le helara hasta los huesos.
—Ella quería que viniéramos.
Se volvió de nuevo hacia Izzy.
—¿Qué? ¿Quién?
Pero Izzy ya estaba apartándose de la ventana, sacudiendo la cabeza, aunque Gabe no sabía si en respuesta a su pregunta o a algo que veía reflejado en el cristal.
—No. Ahora no.
¿Con quién hablaba?
Pegó un salto cuando Katie dio una palmada enérgica.
—Muy bien. Todos a la cama.
Sorprendentemente, los niños se acostaron sin apenas quejarse. Aunque el dormitorio olía un poco a cerrado, la cama era grande y cómoda, y el efecto somnífero de las almohadas blandas y las sábanas limpias los aplacó casi de inmediato.
Katie les plantó un beso en la frente a Sam y Gracie.
—Buenas noches. Que descanséis.
Gabe vaciló unos instantes antes de sentarse junto a Izzy en la otra punta de la cama. Se agachó y le posó los labios en la frente. Parecía imposible que tuviera la piel tan tersa. Su cabello despedía un tenue aroma a champú. Él lo aspiró a fondo. Ese olor le resultaba tan familiar, y a la vez tan extraño… En otra época, casi había llegado a sentir que su cuerpecito suave y flexible formaba parte del suyo. Ahora, todo aquello era nuevo para él: tener una hija, ser padre. No le quedaba más remedio que volver a aprenderlo todo de cero. Volver a aprender y hacerlo mejor esta vez.
—Buenas noches.
—¿Papi?
—¿Sí?
Ella fijó en él sus soñolientos ojos.
—No te vas a marchar, ¿verdad?
—No. No me iré a ninguna parte.
—¿Nunca jamás?
«Nunca jamás. Ojalá existiera eso, ese lugar», pensó.
Le apartó un mechón de la cara con delicadeza.
—Nunca jamás.
Se levantó y se encaminó hacia la puerta.
—Dejaré una luz encendida fuera —susurró Katie, pero no obtuvo más respuesta que un trío de respiraciones profundas.
Entornó la puerta. Gabe contempló la durmiente figura de su hija por la rendija. No quería separarse de ella. No quería volver a perderla de vista nunca. «Nunca jamás».
Pero en ese momento tenía cosas que aclarar. Se volvió hacia Katie.
—Cuando quieras.