La otra gente
Capítulo 45
45
Hacía mucho tiempo que no conducía por allí. A pesar de todos los kilómetros que había recorrido, de todas sus idas y venidas por la autopista, no había reunido el valor suficiente para enfilar ese camino.
El camino de vuelta a casa.
Woodbridge, Nottinghamshire.
Jenny y él habían comprado la vicaría victoriana, llena de recovecos, en una subasta, sin haberla visto antes. Cuando les entregaron las llaves, él descubrió que no solo habían pagado más de la cuenta por lo que en esencia no era más que una ruina que solo se aguantaba en pie por las carcomas y las cagadas de rata, sino que el exiguo presupuesto que habían reservado para reformas ni siquiera cubriría el coste de un tejado nuevo.
Jenny quiso pedir ayuda a sus padres, pero Gabe se negó. La fortuna de Harry y Evelyn siempre había sido un motivo de discordia entre los dos. Harry había corrido con los gastos del casamiento, un bodorrio por todo lo alto que en su día había hecho que Gabe se sintiera incómodo. Sin embargo, luego razonó que Jenny era la hija única de Harry y que la tradición así lo dictaba. Por otro lado, no quería que aceptar el dinero del hombre se convirtiera en costumbre. A Jenny le resultaba demasiado fácil. Estaba acostumbrada a que le dieran todo lo que pedía. Gabe no quería ser un mantenido. Había trabajado duro para no deberle nada a nadie.
Esto dio lugar a su primera discusión seria, que se enconó durante las semanas siguientes. Al final, solo para poner fin a las hostilidades, él cedió, con la condición de que devolverían hasta el último penique.
Les llevó varios años transformar la casa en algo no solo habitable, sino hermoso. Fue una obra de amor, y Gabe estaba muy orgulloso de lo que habían conseguido, tras pasar horas juntos cubiertos de yeso y pintura, o acurrucados al amor de un fuego de verdad cuando nevaba y habían tenido que tapar las ventanas con láminas de plástico. Estaba orgulloso de la casa que habían construido Gabe y Jenny.
Era un hogar de ensueño, al menos para él: paredes de ladrillo rojo cubiertas de una brillante capa de hiedra, ventanas de guillotina, un largo camino de acceso de grava y jardines por tres costados. Cuando Jenny se quedó embarazada, la vida parecía perfecta.
Instalaron una cama elástica y un columpio para Izzy en el patio de atrás. En verano, llenaban una enorme piscina hinchable, y el tobogán normal se convertía en un tobogán de agua.
Habían construido un hogar para su familia. Un hogar en el que Gabe esperaba envejecer, ver crecer a Izzy e incluso tal vez ver jugar a sus nietos.
Y lo cierto es que habían sido felices allí. En general. Él, al menos, había intentado con todas sus fuerzas creer que lo eran, ahuyentar la sombría sensación de que la casa había acabado representando las enormes diferencias que había entre Jenny y él, la disparidad entre sus orígenes, deseos y esperanzas de futuro.
Para Gabe, era la culminación de sus esfuerzos. Para Jenny, era el tipo de casa en la que se había criado, y él a veces sospechaba (con cierta maldad) que era el tipo de casa que ella esperaba.
Jenny era buena persona, una madre genial, una santa por aguantarlo a él, pero Gabe no conseguía sacudirse la sensación de que nunca sería lo bastante bueno para ella. Siempre sería el chico de la urbanización que había dado un braguetazo. Tarde o temprano se acabaría su buena suerte.
No se equivocaba.
La casa que había construido para su familia bien pudo estar hecha de paja, también. Desde el principio había un lobo feroz acechando en las sombras, esperando el momento oportuno para echarla abajo a soplidos.
La casa apenas había cambiado. El camino de acceso estaba asfaltado y había dos Range Rover aparcados fuera. El jardín en el que a Izzy le encantaba correr y jugar había sido rediseñado y estaba equipado con una nueva terraza de madera y un jacuzzi.
La habían vendido a una pareja de profesionales liberales de cuarenta y tantos años sin hijos. Gabe no entendía para qué querían dos personas una casa con cinco habitaciones y jardín. Por otro lado, todos los compradores en potencia que tenían familia se echaban atrás cuando se enteraban de lo que había ocurrido allí, como si la siniestra historia de la casa fuera a caerles encima. Como si la tragedia fuera contagiosa.
Alzó la vista hacia la que había sido su casa. Cuando la policía llegó aquella noche, tanto las puertas automáticas de la verja principal como las del patio trasero estaban abiertas. Jenny siempre cerraba la verja principal. Ambos estaban muy concienciados respecto a la seguridad; Jenny porque se había criado con unos padres que guardaban su fortuna con celo, y Gabe porque se había criado en un barrio donde la gente robaba hasta el adhesivo para la dentadura de las abuelas, así que todo el mundo protegía lo que tenía.
En ese momento se preguntó si alguien se había asegurado de que esas puertas se quedaran abiertas. ¿En eso había consistido el papel de la mujer? ¿En conseguir que Jenny bajara la guardia, se olvidara de cerrarlas y dejara entrar al auténtico asesino? Pero algo había salido mal. Jenny había muerto, al igual que la hija de la mujer, y esta había huido con Izzy.
La policía habló con todo el mundo en el colegio de Izzy, con otras madres y compañeros de trabajo de Jenny. Se entrevistó con todos sus conocidos. O, por lo menos, con todas las personas que ellos creían que conocía.
«¿Es posible que su esposa dejara entrar al asesino en la casa?»
«¿Había quedado en verse con alguien?»
«¿Sabe usted cómo se llaman sus amistades?»
No lo sabía, por supuesto. No era consciente de que su esposa se había convertido en una completa desconocida hasta que había muerto. Gabe lo ignoraba todo sobre sus amigos y su rutina. Compartían casa y cama, pero en algún momento habían dejado de compartir sus vidas. Se preguntó cuándo había ocurrido. Tal vez por eso nunca habían pronunciado la palabra «divorcio». No hacía falta. Ya estaban replegándose, minando su matrimonio de forma furtiva, distanciándose tan lentamente que ninguno de los dos se percataba siquiera de que el otro estaba desapareciendo.
Empezó a sonarle el móvil. Se lo sacó del bolsillo.
—¿Diga?
—Gabriel, soy la inspectora Maddock.
—¿Sí? —Esperó.
—Solo quería comunicarle que su suegro se ha presentado en comisaría y está siendo interrogado ahora mismo. —Después de una pausa, añadió—: También quería que supiera que hemos reexaminado las muestras de sangre y forenses extraídas del cuerpo de la niña que encontramos en su casa.
«Muestras de sangre y forenses». Qué palabras tan frías y asépticas. Tragó saliva. «No era Izzy», se recordó a sí mismo. Sin embargo, era la hija de alguien. La pequeña de alguien. Y, al igual que Izzy, seguramente se reía con Peppa Pig, le escribía cartas a Papá Noel y dormía abrazada a su peluche favorito para espantar los malos sueños. Esperaba que estuviera profundamente dormida en aquel momento. Aunque nunca había sido un gran creyente en Dios ni en la religión, rezó porque estuviera a salvo en un lugar calentito.
—¿Gabriel?
—Sigo aquí —dijo con la voz ronca por el bulto duro y caliente que se le había formado en la garganta.
—Los análisis confirman que no era su hija, Gabriel.
—Vale.
Habría debido alegrarse de que por fin reconocieran que tenía razón, pero no fue así. Izzy seguía desaparecida, y la otra niña estaba siendo dejada de lado y abandonada otra vez, incluso después de muerta.
—Hay algo más —dijo Maddock—. La mujer que encontramos…
—¿Ya saben quién era?
Se produjo una pausa más larga.
—Por eso le llamo. —El silencio resonó al otro lado de la línea—. Acabo de hablar con el hospital. No llegó a volver en sí. Me temo que ha muerto hace un cuarto de hora.
Él tardó unos instantes en asimilar la noticia.
—¿Y el hombre del maletero?
—Los forenses aún están trabajando en ello, pero por el momento no ha habido suerte.
—¿O sea que no hay manera de saber qué ha sido de Izzy?
—Tal vez tengamos una pista. ¿Le suena de algo un tal Michael Wilson?
—No, ¿por qué?
—Lo mataron durante un atraco frustrado, hace nueve años. Al cotejar las muestras tomadas del cadáver de la niña con la base de datos en busca de posibles familiares, apareció su nombre.
—¿Es su padre?
—Seguramente su abuelo. Y, según nuestros archivos, Michael Wilson tenía tres hijas.
Gabe intentó procesar las implicaciones de aquello.
—Ahora estamos comparando su ADN con el de la mujer no identificada —prosiguió Maddock—. Estoy bastante segura de que coincidirán.
La madre y el abuelo de la pequeña…, los dos muertos. Pero…
—Ha mencionado a tres hijas. ¿Qué hay de las otras dos?
—Confíe en mí, Gabriel: estamos investigando todas las pistas.
—No lo bastante deprisa.
—Si Izzy está ahí fuera…
—¿Cómo que «si»? ¡Izzy está ahí fuera y tienen que encontrarla!
—Hacemos todo lo posible.
—Ya…, además de investigar todas las pistas. ¿Están aprendiendo lecciones valiosas por el camino, también?
—Gabriel…
—Déjese de tópicos y perogrulladas. Lo que necesito es que salgan a buscarla.
—No contamos con recursos ilimitados.
—Usted cree que está muerta, ¿verdad?
—No. No he dicho eso.
—No hacía falta.
—Hacemos lo que podemos. Yo hago lo que puedo. ¿Tiene algo más que decirnos que pueda sernos de utilidad?
Él vaciló por un momento.
«Hasta el día que uno de los dos muera. ¿Te ha quedado claro?»
—Ya le he dicho todo lo que podía.
—Muy bien. Entonces déjenos hacer nuestro trabajo.
Él colgó y estuvo a punto de ceder al impulso de arrojar el teléfono por la ventana, pero se contuvo. Estaba tan cerca, pensó. Tan cerca de encontrar todas las respuestas, y al mismo tiempo tan lejos. Había averiguado partes de la historia. Fragmentos. Pero solo una persona sabía la verdad, y no estaba en condiciones de contársela a nadie. Y si la mujer había cuidado de Izzy durante todo ese tiempo, ¿quién se había hecho cargo de ella ahora? ¿Quién tenía a su hija?
¿Podría soportar más años sin saberlo? O, peor aún, ¿soportaría saberlo? ¿Sería capaz de soportar la demoledora irrevocabilidad de la llamada que le haría la policía para notificarle que la habían encontrado, que habían encontrado el cuerpo de Izzy?
Abrió la foto de Izzy en su móvil. ¿ME HAS VISTO? «Sí, cariño —pensó —. Te veo a todas horas. En todos mis sueños. En todas mis pesadillas. Pero hay muchas cosas que no tuve oportunidad de ver. No estaba contigo cuando te salieron los primeros dientes permanentes. No estaba contigo cuando el cabello se te volvió más oscuro y grueso. No estaba contigo cuando aprendiste a nadar o cuando dejaste de decir “amaliyo” en vez de “amarillo”. Te estás alejando, desvaneciendo de mi memoria. Porque los recuerdos son solo tan fuertes como las personas que se aferran a ellos. Y estoy cansado. No sé si podré seguir aferrándome a ellos durante mucho más tiempo».
Dejó que las lágrimas le resbalaran por las mejillas. Cayeron sobre la pantalla, emborronando la imagen, hasta que Izzy resultaba casi irreconocible. «Se va, se va, se fue».
De pronto, el teléfono emitió un zumbido. Había recibido un mensaje de texto.
Ella duerme. Una chica pálida en una habitación blanca. Está rodeada de máquinas que pitan y runrunean. La ventana se abre de golpe y la caracola acaba en el suelo, partida en aguzadas esquirlas. Resuenan en el aire las notas discordantes de las teclas del piano.
Esto ha alertado a Miriam antes que la alarma de su busca. Entra corriendo en la habitación y contempla la escena. El corazón le martillea el pecho, las piernas aún le tiemblan por haber subido las escaleras a toda prisa desde la cocina. Desplaza la vista por el estropicio, la caracola, la ventana abierta. ¿Qué demonios está pasando?
Entonces, como siempre, se impone el sentido práctico. Se coloca a un lado de la chica y le mide el pulso, el ritmo cardíaco, los fluidos. Reinicia los aparatos, pulsa botones, realiza ajustes. Las máquinas reanudan su runruneo continuo.
Ella exhala un breve suspiro de alivio. Se está haciendo demasiado mayor para esto, piensa. Ya es hora de que se jubile. Pero no puede. Tiene un deber que cumplir aquí. Pero a veces se siente agotada. El peso de la responsabilidad la abruma.
Vuelve a tocar el suave papel que lleva en el bolsillo. Él se lo entregó cuando empezó a buscar a su hijita. Ella lo conserva como recordatorio de lo mucho que ha perdido él también. A veces, se sorprende a sí misma mirándolo y preguntándose si es verdad, si la hija del hombre está ahí fuera, en algún sitio, del mismo modo que a veces mira a Isabella y se pregunta si está ahí dentro, en alguna parte. Dos muchachas jóvenes, las dos perdidas. Aunque, en realidad, nunca estamos perdidos del todo mientras haya alguien buscándonos. Simplemente, no nos han encontrado aún.
Le aparta con delicadeza un mechón de pelo de la cara a la chica. Lo nota húmedo. ¿Por el sudor? Pero si Isabella no suda. Además, percibe un olor. Agua de mar, piensa. A Isabella el cabello le huele a agua de mar. Debe de ser porque la ventana está abierta.
Se acerca a ella para cerrarla. En el exterior, el cielo tiene un aspecto lúgubre y anubarrado. Se está fraguando una tormenta sobre el horizonte. Miriam se estremece. Aunque no es muy dada a dejar volar la imaginación, sabe cuándo algo no va bien. Lo percibe en el aire.
Se da la vuelta. Un movimiento entre las sombras de detrás de la puerta capta su atención. Surge une figura. Miriam se sobresalta. Su corazón palpita a toda velocidad contra los quebradizos huesos de su pecho.
—¿Quién eres? —tartamudea—. ¿Qué quieres?
Él sonríe. Su blanca dentadura emite un destello.
—Tengo muchos nombres. —Alza una pistola. Miriam agarra el crucifijo que lleva al cuello—. Pero algunos me llaman el Hombre de Arena.