La otra gente

C. J. Tudor · Capítulo 4 de 66

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La otra gente

Capítulo 3

3

 

A Gabe nunca le había gustado conducir de noche. Los faros cegadores de los coches que circulaban en dirección contraria. Las zonas no iluminadas de la autopista donde la calzada parecía fundirse ante él con la nada infinita. Era como adentrarse en un agujero negro. Siempre lo desorientaba. La oscuridad le confería un aspecto distinto a todo. Las distancias cambiaban, las formas se desfiguraban.

En los últimos días (y noches), aquella era la hora a la que se sentía más cómodo. Arrellanado en el asiento del conductor, escuchando música ambiental y relajante. Esa noche, Laurie Anderson. Strange Angels. Era el álbum que ponía más a menudo. Tenía una cualidad etérea y singular que le removía por dentro. Encajaba a la perfección con sus trayectos de un lado a otro sobre el negro asfalto.

Unas veces imaginaba que navegaba por un río profundo y oscuro. Otras, que flotaba en el espacio hacia la negrura eterna. Resultaban curiosos los pensamientos que se colaban como sonámbulos en la cabeza a altas horas de la noche, cuando el cerebro debía estar a salvo, en cama. Sin embargo, aunque dejaba vagar la mente, mantenía en todo momento los ojos fijos en la carretera, vigilantes, alerta.

Gabe apenas dormía. Le costaba conciliar el sueño. Esta era una de las razones por las que conducía. Cuando decidía tomarse un descanso, más porque creía que le convenía que porque estuviera cansado, paraba en una de las estaciones de servicio que había llegado a conocer tan bien.

Se sabía de memoria todas las que había a uno y otro lado de la M1, los servicios que ofrecían, la puntuación de cada una y las distancias entre ellas. Suponía que era lo más parecido a un hogar. Resultaba irónico, considerando cuánto las detestaba antes. Cuando quería algo más que otra taza de café solo, aparcaba la autocaravana en una de las áreas para vehículos pesados y se tumbaba en la parte de atrás durante un par de horas. A menudo le daba rabia estar perdiendo el tiempo, sin hacer nada, sin buscar. Sin embargo, aunque su mente permanecía siempre activa, sus ojos, sus muñecas y sus piernas necesitaban reposo. En ocasiones, cuando se levantaba del asiento del conductor, se sentía como un neandertal encorvado que intentaba ponerse erguido por primera vez en la vida. Así que se obligaba a cerrar los ojos e intentaba tumbarse cuan largo era (metro noventa) en el interior de la caravana durante un máximo de ciento veinte minutos cada veinticuatro horas. Después enfilaba de nuevo la carretera.

Llevaba consigo todo lo que necesitaba: artículos de aseo personal, algunas mudas de ropa. De vez en cuando salía de la autopista y entraba en alguna ciudad para acercarse a la lavandería. No le gustaban esas excursiones. Le recordaban la vida cotidiana normal de la mayoría de la gente, que iba a comprar, trabajaba, se juntaba para tomar un café o llevaba a los niños al cole. Eran cosas que él ya no hacía. Cosas que había perdido o a las que había renunciado.

En la autopista, en las estaciones de servicio, la vida normal quedaba en suspenso. Todo el mundo estaba de paso, en un punto intermedio entre su origen y su destino. Ni en un lugar ni en otro. Era un poco como el purgatorio.

Gabe siempre tenía a mano el teléfono y el portátil, junto con dos cargadores y varias baterías de repuesto (jamás volvería a cometer ese error). Cuando no estaba al volante, se dedicaba a tomar café, a leer por encima las noticias —por si acaso había surgido alguna novedad— y a consultar las páginas web sobre personas desaparecidas.

En general eran tablones de anuncios, poco más. Publicaban mensajes dirigidos a los desaparecidos, actualizaban la información sobre cada caso y celebraban actos para concienciar a la gente. Todo con la esperanza desesperada de que alguien en alguna parte viera algo y se pusiera en contacto con ellos.

Gabe los escudriñaba religiosamente. Pero, con el tiempo, empezó a afectarle aquella mezcla de esperanza y desesperación; ver las mismas fotografías una y otra vez, los rostros de personas que habían desaparecido hacía años, décadas, capturados con el destello de un flash. Sus peinados estaban cada vez más pasados de moda y sus sonrisas cada vez más congeladas conforme se sucedían cumpleaños y Navidades en su ausencia.

También aparecían rostros nuevos, casi a diario. Todavía conservaban un halo de vida. Gabe se imaginaba que aún quedaba un hueco en sus almohadas, que un cepillo de dientes permanecía fijo en su soporte, que la ropa en el armario aún olía a limpio y no a moho o a naftalina.

Pero esto acabaría por ocurrir, como con los demás. El tiempo seguiría transcurriendo sin ellos. El resto del mundo continuaría avanzando hacia su destino. Solo sus seres queridos se quedarían en el andén, incapaces de marcharse, de abandonar la vigilia.

Estar desaparecido no es lo mismo que estar muerto. En cierto modo, es peor. La muerte reviste un carácter definitivo. Nos permite llorar la pérdida, celebrar actos en memoria del difunto, encender velas y colocar flores. Decir adiós.

Estar desaparecido es como estar en el limbo. La persona se encuentra atrapada en un paraje extraño y sombrío donde la esperanza brilla con luz tenue en el horizonte, y la angustia y la desesperación sobrevuelan en círculos, como buitres.

 

Su móvil comenzó a vibrar en el soporte del salpicadero. Gabe echó un vistazo a la pantalla. El nombre que aparecía en ella le erizó el vello de la nuca.

Cuando uno pasaba suficiente tiempo navegando por los afluentes del país a altas horas de la noche, acababa por encontrarse con otros seres nocturnos. Otros vampiros. Camioneros y transportistas de larga distancia, policías, sanitarios, personal de servicio. Como la camarera rubia. Lo había atendido esa noche también. Se la veía maja, pero siempre parecía agotada. Él se imaginaba que había estado casada, pero el marido la había dejado. Ahora trabajaba de noche para poder estar con sus hijos durante el día.

Era algo que Gabe hacía a menudo con la gente: se inventaba historias sobre ellos, como si fueran personajes de una novela. A algunos se les calaba enseguida. Con otros se tardaba un poco más. Y había otros cuya naturaleza no se podía descifrar ni en un millón de vidas.

Como el Samaritano, por ejemplo.

«Dnd estás?», decía el mensaje de texto.

En circunstancias normales, Gabe no soportaba las abreviaturas, ni siquiera en los mensajes de texto —algo que le venía de cuando trabajaba como redactor creativo—, pero al Samaritano se lo perdonaba, por varias razones.

Pulsó el icono del micrófono en la pantalla del teléfono.

—Entre Newton Green y Watford Gap —dijo. Las palabras aparecieron escritas como mensaje. Gabe lo envió.

Al momento, recibió la respuesta: «Nos vemos en Barton Marsh, salida 14. T mando indicacns».

Barton Marsh. Un pueblo situado a las afueras de Northampton. No era muy bonito. Estaba a cincuenta minutos de distancia, por lo menos.

—¿Por qué?

La respuesta constaba de solo tres palabras. Palabras que Gabe llevaba casi tres años esperando oír. Unas palabras que lo aterraban.

«Lo he encontrado».