La otra gente

C. J. Tudor · Capítulo 48 de 66

Páginas del PDF

La otra gente

Capítulo 47

47

 

¿Dónde se había metido aquel hombre? Los libros de actividades habían acabado en la basura, y la mesa estaba cubierta de migajas y vasos desechables vacíos. Katie les había dejado su móvil a Sam y Gracie para que jugaran con él, anticipando las quejas por aburrimiento, pero notaba que estaban cada vez más inquietos. Alice permanecía sentada, claramente absorta en un crucigrama infantil, pero Katie advirtió que llevaba diez minutos sin añadir una sola letra.

Echó otro vistazo a su reloj. Hacía más de una hora que había enviado el mensaje de texto. Aparecía marcado como recibido. Él no había contestado ni intentado llamar, aunque ella no le habría respondido, de todos modos. Algunas conversaciones había que mantenerlas en persona. Tal vez el hombre no lo había leído. Tal vez había pensado que se trataba de una broma cruel. Tal vez no se presentaría.

¿Qué debía hacer? ¿Cuánto rato más debía esperarlo?

Volvió a recorrer la cafetería con la mirada. Se puso tensa. Dos hombres con chaquetas fluorescentes y uniformes de policía se acercaron a la barra. Se le aceleró el pulso. ¿Habían parado un momento para tomar un café, o estaban allí por asuntos de carácter más oficial?

Pegó un brinco cuando Alice la agarró del brazo.

—Lo sé —susurró Katie.

Los policías parecían estar hablando con la chica que atendía detrás la barra. Mientras Katie los observaba, uno de ellos se dio la vuelta y desplazó la vista por el establecimiento. ¿Buscaba a alguien? ¿Los buscaba a ellos? Katie había elegido una mesa situada detrás de una pareja y medio oculta tras una columna, pero si los polis empezaban a pasearse por el local, a la caza de una mujer que huía con tres niños, su pequeño grupo —vestido con sudaderas, pantalones de pijama y botas— cantaría como una almeja.

Asintió mirando a Alice.

—Sam, Gracie, poneos las chaquetas —musitó.

—¿Por qué? ¿Adónde vamos?

—Por el momento, nos vamos de aquí.

Cogieron sus abrigos. Los policías seguían frente a la barra. Katie se llevó el dedo a los labios, y los niños echaron sus sillas para atrás y se levantaron.

Los policías se giraron. A Katie se le heló la sangre… hasta que vio los dos vasos grandes de café para llevar. Notó que el alivio le inundaba el corazón. Los agentes sonrieron, se despidieron de la chica de la barra con un gesto y salieron de la cafetería con paso tranquilo.

—No pasa nada —dijo—. Ha sido una falsa alarma.

Se volvió hacia Alice. Pero la niña no la estaba mirando a ella.

Contemplaba otra figura, que caminaba lentamente hacia ellos. Una figura alta y delgada de cabello negro desgreñado y expresión cansada. Su andar era un poco desigual, sujetándose el costado como si le hubieran puesto puntos. Tras escrutar la sala por unos instantes, sus ojos se posaron en Alice como atraídos por una fuerza magnética.

Conmoción. Incredulidad. El hombre se paró en seco, se llevó la mano a la cara, la bajó de nuevo y dio un paso vacilante hacia ella.

Abrió la boca, pero no emitió sonido alguno. Daba la impresión de que estaba buscando una palabra, un nombre que hacía mucho tiempo que no pronunciaba. Katie estaba deseando que la encontrara.

Pero Alice se le adelantó.

—¿Papá?