La revancha de Dios

Gilles Kepel · Capítulo 24 de 67

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La revancha de Dios

La «comunión» católica frente a la crisis social

Según la mitología en boga en la época, «estudiantes y proletarios unidos contra la burguesía» preparan la alternativa revolucionaria que desembocará en un comunismo ideal. Los contornos de este proyecto son lo suficientemente vagos como para seducir a los católicos que ven en la clase obrera el rostro del Redentor. La semejanza entre las formas de movilización practicadas por Juventud Estudiantil y los grupos izquierdistas, subrayada por el propio Giussani, contribuye a desorientar a numerosos discípulos, que con armas y equipaje se pasan al campo de la «rebeldía» extraparlamentaria de extrema izquierda.

Al filo de los setenta, tanto el Vaticano II como mayo del 68 parecen haber vaciado al movimiento fundado por Giussani de gran parte de su sustancia. Por un lado, la Iglesia se aferra denodadamente al mundo contemporáneo; por otro, los izquierdistas rompen radicalmente con los valores de la «cultura dominante». Ni aquel vínculo con el mundo ni esta ruptura son los preconizados por los militantes de Juventud Estudiantil, y la borrasca de los sesenta pone en serio peligro las semillas de su prédica. En realidad, sólo habrá retrasado la germinación, que encontrará tierra fértil en la crisis social de mediados de los setenta.

 

La «comunión» católica frente a la crisis social

 

En 1970 la empresa de Giussani cobra renovado aliento con la creación del movimiento Comunión y Liberación propiamente dicho. El fundador reúne al núcleo de adeptos fieles en un grupo que se propone vivir inmediatamente en comunión cristiana, en un momento en que las organizaciones de izquierda se proyectan en el futuro lejano, comprometiéndose en una lucha cada vez más violenta contra el «Estado burgués». «Lo que a Comunión y Liberación le importa es lograr que se reconozca la unidad que Cristo ya realizó entre todos los cristianos por medio del bautismo. Y nuestra tarea consiste en hacer que esto aparezca y se manifieste en nuestra vida. Es la unidad en el misterio de Cristo lo que procuramos vivir tal como somos, lo que orienta nuestra relación con el mundo y justifica nuestra empresa de

liberación[63]».

Para los adeptos, la comunión cristiana vivida es una forma de poner en práctica ese leitmotiv de la época que es la consigna «cambiar la vida». Libran así diversos combates que, procedentes de otro fundamento y otra lógica, se superponen a los del 68. «Hubo un tema que nosotros no habíamos dejado de desarrollar desde 1965 y se revelaría como uno de los principales valores del 68: afirmábamos rotunda y firmemente que toda comunidad, todo pueblo, tienen derecho a expresarse frente a

los conformismos y la pesadez de los aparatos del Estado[64]».

Para los izquierdistas, este tipo de afirmaciones era una crítica del Estado capitalista burgués o del dominio imperialista sobre el Tercer Mundo. Los

«ciellini[65]» por su parte, las interpretaban en términos de «lucha contra el

conformismo burgués y el falso saber nacido del racionalismo iluminista[66]», ese saber que, por ejemplo, expulsaba a Dios de la Historia enseñada en los institutos. Del mismo modo, siempre según el barrido para casa realizado por Giussani: «Existe otra cuestión en la cual, podemos decirlo, nosotros nos adelantamos al 68; aparece claramente expresada en textos escritos entre 1965 y 1967 y es la urgencia de cambiar la faz de esta sociedad instaurando relaciones nuevas y más humanas».

Más allá de la aparente similitud en la lógica de sus discursos, la década de los setenta intensificará las divergencias entre las estrategias sociales de ambas corrientes. El izquierdismo italiano toma un giro violento que para ciertos grupos se concreta en el enfrentamiento físico con el Estado, bajo la forma del terrorismo y el asesinato político. Son los «años de plomo», que no tienen verdadero equivalente fuera de la península: la violencia se convierte en fenómeno de masas. En las antípodas de la mayoría de los grupos de izquierda, Comunión y Liberación opta por la táctica de la «presencia» católica en el seno de una sociedad en crisis profunda. Hacia el fin de la década, mientras el izquierdismo inicia una decadencia incontenible, se verá cuantiosamente recompensada.

La crisis económica, que sacude los países de Europa Occidental tras el vertiginoso ascenso de los precios del petróleo en el otoño de 1973, tiene en Italia repercusiones dramáticas. Se traduce en la ruina del Estado-providencia y la protección social, y en el desarrollo de un gigantesco sector económico informal en donde el empleo está sometido a una extrema precariedad. La situación se agrava con los tradicionales desequilibrios entre el Sur pobre y el Norte industrializado. A los alrededores de las grandes ciudades como Milán llega un número cada vez mayor de inmigrantes.

Por la misma época, el crecimiento desproporcionado del número de efectivos universitarios lanza al mercado laboral una masa de jóvenes que, una vez graduados, se convierten en disoccupati y forman una nueva y amplia clase de marginados intelectuales. La perspectiva del paro o el trabajo negro se conjuga con una decepción profunda de los valores inculcados por el sistema educativo, incapaz de garantizar adecuación alguna entre la formación de los jóvenes, sus aspiraciones y las necesidades concretas del mercado. La consecuencia es que decenas de miles de universitarios abandonan los estudios desde los primeros años de la carrera, a la vez que se elaboran múltiples recetas individuales de supervivencia. Al mismo tiempo, el movimiento contestatario propiamente estudiantil, que tradicionalmente se hacía eco de la frustración y era portavoz de las reivindicaciones, desaparece como tal. Sus cuadros se pierden en la nebulosa izquierdista, cada vez más radical, que se aleja de las demandas concretas para remitir las urgencias de cambio social a un futuro

radiante pero lejano[67].