La revancha de Dios

Gilles Kepel · Capítulo 57 de 67

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La revancha de Dios

De la secta a lo universal

He aquí las palabras de uno de los rabinos ultraortodoxos más extremistas: «La Tora advirtió a los judíos que, en todos los aspectos de la vida, vivieran totalmente separados de los pueblos que los rodeaban […] Pero los judíos de la Ilustración, porfiadamente, quisieron parecerse a los no judíos […] Y resultó ser que allí donde más se habían asimilado [es decir, en Alemania] fue donde recibieron los golpes más

espantosos[205]». En esta perspectiva, el exterminio es presentado como castigo divino a quienes transgredieron los mandamientos de la Tora y buscaron parecerse a las «naciones», primero mediante la asimilación, luego pretendiendo la creación de un Estado judío similar a los demás Estados modernos.

De esta suerte, la ideología ortodoxa invierte el razonamiento sionista y transforma a Auschwitz en el castigo ejemplar de todo proyecto político judío que no se inspire exclusivamente en el estricto respeto a la Tora.

Hasta fines de los años sesenta, mientras predominaron las ideas sionistas y la influencia de las corrientes religiosas fue relativamente modesta, prevaleció la lectura más desfavorable a la ortodoxia; a partir de los setenta empezó a desarrollarse una interpretación hostil al sionismo, en la misma medida en que se multiplicaban las yeshivot y, tanto en Israel como en la diáspora, crecía la influencia de los jaredim.

Mediante la elaboración de una versión particular del exterminio nazi, los jaredim lograron reinsertarse en la Historia, a la vez que inscribían el devenir de los judíos contemporáneos en una historiografía sagrada cuyo motor es Dios, quien castigaría despiadadamente a cuantos transgredieran Su Ley. Semejante lectura de la Historia les permite asegurar los lazos con esas generaciones jóvenes que, formadas en la cultura secular, de los setenta en adelante han sido ganadas para la ortodoxia por el camino de la teshuvá —el «arrepentimiento».

 

De la secta a lo universal

 

El de los jaredim es un universo complejo, minado por divisiones internas que enfrentan a los rabinos entre sí y a menudo les impiden ofrecer un frente unido a las diversas expresiones del judaísmo contemporáneo secularizado. Estos enfrentamientos se reflejan en la pluralidad de partidos religiosos que existen en Israel a partir de los años ochenta, y en las divergencias que mantienen en cuestiones tan esenciales como el futuro de los territorios ocupados.

Pero el punto de partida del conjunto de estos movimientos es común: velar por que, en la vida cotidiana de los judíos, se pongan en práctica los preceptos surgidos de los textos sagrados, garantes de la pervivencia de la identidad judía y generadores de signos de diferenciación con el medio social no judío o no practicante. Este control social básico, ejercido en la esfera individual, dejó de imponerse durante los años cincuenta. Mediante su recuperación, los ortodoxos se proponen cerrar un paréntesis histórico y proporcionar nuevas bases al destino del judaísmo futuro.

A partir del siglo XVIII efecto, el tradicional sistema de las kehillot o comunidades judías en la diáspora, donde el rabino asumía el control sociorreligioso, empezó a disgregarse bajo el efecto de fuerzas contradictorias. Por una parte, al empuje de la Haskalá —versión judía de la Ilustración— numerosos judíos europeos abandonaron los guetos durante el siglo XIX y se asimilaron a la sociedad no judía. Pero al mismo tiempo un movimiento pietista extremadamente vigoroso empezó a propagarse a partir del judaísmo polaco: el jasidismo.

Iniciado por Israel Baal Shem Tov (1698-1740), el jasidismo propende a regenerar el vínculo que los judíos más sencillos mantienen con la Ley y la doctrina, en un contexto histórico en donde fenómenos de mesianismo heterodoxo han deteriorado la coherencia doctrinal del Pueblo Elegido. El movimiento de Baal Shem Tov se dirige a los judíos piadosos menos instruidos, proponiéndoles el acceso a lo sagrado mediante una relación más emocional que erudita. Reactualizando y simplificando los temas esenciales de la Cabala, el jasidismo privilegia la entrega total a Dios en un impulso místico donde las expresiones de alegría —como el canto y el baile— tienen un papel central.

Al contrario que el rabino de la comunidad, elegido por las instancias representativas de ésta, seleccionado por su erudición y competente en un área geográfica dada, el rebbe o «maestro» jasídico es el dirigente carismático de una comunidad espiritual determinada por la específica religiosidad de los creyentes, sea

cual sea su situación en el mapa[206]. Oficia de mediador entre su adepto y Dios, transmite bendiciones, cura enfermedades del alma y del cuerpo y da a sus discípulos

consejos inspirados que le vienen de su proximidad con lo divino[207].

Como señala el autor de una historia apologética del jasidismo, «no hay prueba alguna de que Baal Shem Tov haya recibido nunca la ordenación rabínica». No obstante, la naturaleza lo había dotado de virtudes que compensaban de sobra la ausencia de calificación formal. Había adquirido además útiles conocimientos de las propiedades curativas de las plantas, y la gente acudía a él cuando estaba enferma.

Las hagiografías de los grandes maestros del jasidismo —o, más en general, del pietismo judío contemporáneo— son letanías de milagros debidos a la intercesión del rebbe que permiten revertir situaciones de desquicio consideradas irremediables por el saber racional. Sea en el terreno de la salud, del trabajo o del dinero, los consejos del maestro, acompañados del riguroso respeto a los preceptos de la Tora, se

resuelven en considerables beneficios para los fieles[208].

El legado jasídico conserva una gran importancia en la ortodoxia contemporánea, por muchas reacciones que hayan suscitado su exacerbado pietismo o su inquebrantable fe en el carácter milagroso de la mediación carismática del rebbe. Estas reacciones —fundadas en el recurso al rigor erudito en la lectura de los textos sagrados— se ven encarnadas sobre todo en el movimiento de los mitnayedim, que se reparte con el jasidismo la esfera de la ortodoxia y la oposición a los diversos herederos de la Ilustración judía.

A comienzos del siglo XX varios grupos jaredim crearon una estructura federativa con la intención de unificar su discurso frente a las grandes cuestiones del futuro judío. Fue fundada en 1912 y recibió el nombre de Agudat Israel. Acompañada de un «Consejo de los Grandes de la Tora», fue el primer ejemplo «moderno» de ámbito en donde rebbes jasídicos y maestros de yeshivá trabajaron juntos para combatir las ideologías nacionalistas o socialistas judías utilizando, como sus adversarios, los medios de difusión de la época (prensa, conferencias internacionales, etc.). El objetivo era, sin abandonar la observancia rigurosa, salir del restringido espacio propio de las sectas de Europa Central, proponer la universalización de la herencia ortodoxa e incluso atraer la atención de la juventud, que en gran parte se hurtaba al propósito de los jaredim.

Aunque la mayoría de los rabinos ortodoxos fuesen hostiles a la emigración a Palestina, donde temían sucumbir frente al sionismo dominante y bien organizado, algunos de ellos acabaron por establecerse allí, bien en Jerusalén —en el barrio de Mea Shearim—, bien en colonias que crearon y convirtieron en cerrados y exclusivos reinos de la Tora. El caso más notable es el de Bné Brak, fundada en 1924, cerca de Tel Aviv, por religiosos originarios de Polonia. Concebida en principio como una colonia agrícola, donde la tierra descansaría cada siete años (shemitá) según la norma mosaica, Bné Brak no tardó en transformarse en escaparate de la ortodoxia.

Ya antes de la guerra acogió a prestigiosos rabinos de Europa Central —como Abraham Karelitz, llamado «el Jazón Ich», que se estableció en 1934—, y más adelante a directores de yeshivá perseguidos por el nazismo que no obstante, al contrario que la mayoría de sus discípulos, habían logrado escapar al exterminio. De este modo se reconstituyó en Bné Brak la célebre yeshivá de Poniewitz (Lituania), el mayor de los numerosos establecimientos de estudio de una ciudad donde, en 1990, llegarían a contarse por miles las personas dedicadas a estudiar la Tora el día entero. En la actualidad la principal figura es el rabí Eliezer Shaj, que nació en Lituania en 1898, llegó a Palestina en 1940 y, a comienzos de la década siguiente, se integró a la yeshivá Poniewitz, de la cual se convirtió en director. Autoridad espiritual mayor de la ortodoxia, consultado desde todo el mundo en cuestiones públicas o privadas, «el rabí Shaj goza», según sus discípulos, de un consenso cada vez más amplio: último vestigio de una generación desaparecida, último eslabón y garante de una tradición antiquísima para el destino del pueblo judío, por su intermedio se expresa el auténtico

mensaje de la Tora respecto a los grandes problemas de nuestro tiempo[209]…

La evolución de Bné Brak es un ejemplo capital de la estrategia adoptada por los jaredim tras la Segunda guerra mundial, y de su capacidad para adaptarse a los cambios del entorno político. Durante las dos primeras décadas de existencia de Israel, de 1948 a la Guerra de los Seis Días, mientras el sionismo secular parecía imponerse irrevocablemente, los rabinos ortodoxos libraron un combate defensivo para preservar su sistema educativo y la comunidad de adversos al Estado arreligioso. Por eso de 1948 a 1953 el Agudat Israel participó en la coalición que apoyaba al gobierno de Ben Gurión, procurando salvar cuanto fuera posible. Cuando el primer ministro quiso imponer la enseñanza única, laica y obligatoria (que habría acabado con las talmud-torá y las yeshivot), o decretar el servicio militar sin excepciones (comprendidas las jóvenes o los estudiantes de yeshivá), el Jazón Ich se opuso encarnizadamente. No hubo una tregua en la batalla hasta que en 1952 Ben Gurión hizo una visita conciliatoria a Bné Brak. Pero de todos modos el Agudat, que se negaba a apoyar el servicio militar obligatorio para las mujeres, abandonó la mayoría gubernamental al año siguiente.