La revancha de Dios
La entrada en la política
Una joven pareja católica interrogada en 1969 veía el problema de la manera siguiente: «Es patente que el cristianismo institucional, tanto protestante como católico, ha fracasado en encontrar las palabras adecuadas para hablarle al hombre moderno de su salvación[…] Nosotros pensamos que el bautismo en el Espíritu
Santo, con los dones que confiere, se dirige al hombre secular de forma radical[133]». Mientras el Vaticano se aviene al lenguaje del mundo, haciendo celebrar la misa ya no en latín sino en los idiomas vernáculos, los católicos carismáticos realizan el camino inverso: el «hablar en lenguas», manifestación incomprensible para los
hombres, restituye al misterio divino toda su dimensión[134]. Reactivando la relación individual con el Creador, el cristiano reencuentra las normas organizativas de su vida privada y su comportamiento público, en una sociedad secular que para él ha perdido sentido desde que la Iglesia no ejerce debidamente su magisterio.
Pero, al contrario que sus iguales protestantes, los movimientos pentecostistas católicos permanecen cautos antes la perspectiva de transformar, de recristianizar el conjunto de la sociedad. Poco imbuidos de ambición política, se contentan con consagrarse a crear estructuras de resocialización comunitaria. Hasta mediados de los años setenta será ésta, con mucho, la actitud dominante en el movimiento evangélico americano. Con la elección del bautista born-again Jimmy Cárter a la presidencia del país, se hace evidente que los evangélicos han desarrollado una ambición que afecta al propio Estado.
La entrada en la política
Para los semanarios Time y Newsweek, 1976 es el «año de los evangélicos». Es, al menos, el año en que la prensa toma conciencia del fenómeno, que a su juicio cobra interés cuando empieza a afirmarse en la escena política. Al principio el evangelismo es asociado a la regeneración moral que presuntamente encarna el nuevo presidente —luego de que el asunto Watergate cubriera de oprobio los métodos empleados por los políticos—. Evangelismo no es, pues, solamente sinónimo de conservadurismo político: Jimmy Carter es candidato del Partido Demócrata, el arquetipo de lo que en Estados Unidos se denomina liberal, algo más o menos equivalente a un socialdemócrata europeo.
En una segunda etapa, con la elección de Ronald Reagan en 1980 y su reelección cuatro años después, los signos se transforman: el nuevo presidente ha sido ampliamente apoyado por movimientos político-religiosos que se proclaman evangélicos o fundamentalistas —términos que tienden a confundirse cada vez más— y que, en el tablero político, se sitúan claramente a la derecha. La Mayoría moral de Jerry Falwell es el más visible, aunque no el único: numerosos grupos de presión se constituyen con el propósito de influir en las decisiones políticas para recristianizar América. El campo de acción de algunos de ellos está precisamente circunscrito —a la oración en la escuela o la prohibición del aborto, por ejemplo—, si bien la perspectiva en que se inscriben es global; no se trata simplemente de resocializar a cristianos regenerados en el seno de una comunidad de elegidos sino de transformar
el orden político a partir de la escuela, bisagra entre la familia y la sociedad civil[135]. Como escribe Jerry Falwell en su programa de acción, hay «cinco problemas mayores que tienen trascendencia política y los americanos morales deben estar dispuestos a afrontar: el aborto, la homosexualidad, la pornografía, el humanismo y la destrucción
de la familia[136]».
Para llevar a cabo una terapia no basta con ser beneficiario individual de la salvación: hay que salvar a América en su totalidad. Con este tipo de movimiento surge en Estados Unidos una nueva cultura político-religiosa: a la tradición fundamentalista de la posguerra se añade la inquietud por la cosa política; la conquista de este campo, no obstante, ha de emprenderse partiendo de la moral individual, que en la sociedad secular está amenazada, y no ya de la oposición al comunismo, como en la época de la guerra fría. De la tradición evangélica de los años cincuenta y sesenta, esta cultura conserva las formas de movilización de masas y las estructuras de resocialización; pero, superando la fase de constitución de comunidades infrapolíticas de verdaderos creyentes, se lanza al asalto del Capitolio.
La cuestión del aborto —que para Falwell es el primero de los «problemas mayores que tiene trascendencia política»— se encuentra en la intersección entre lo público y lo privado. Es una palanca que, apoyada en la familia, permite movilizar a la sociedad civil y ejercer presión sobre el Estado. Su origen, en los Estados Unidos, se remonta al fallo del Tribunal Supremo en el caso Roe contra Wade (1973), por el
cual se reconoció el derecho de una mujer encinta a abortar[137]. Para los fundamentalistas, la sentencia contraviene explícitamente los preceptos más sagrados del cristianismo, en particular el quinto mandamiento: «No matarás». Autorizando la violación de una norma de Dios, las propias autoridades estatales se sitúan fuera de la legalidad suprema, para la cual la desobediencia civil es lícita en nombre de la obediencia a Cristo. Como escribe Falwell: «Los ciudadanos sólo pueden
desobedecer las leyes cuando la ley humana viola la ley divina[138]».
En la lucha contra la ley «impía» los fundamentalistas combinan diversas estrategias: los más radicales se agrupan en la asociación Operation Rescue (Operación Salvación), la cual toma una cita de los Proverbios que, en versión fundamentalista, dice: «Salva (rescue) a aquellos que son injustamente condenados a
muerte; no permanezcas quieto dejándolos morir[139]». Los militantes organizan «cordones sanitarios» alrededor de las clínicas y hospitales donde se practican abortos, obligando a la policía a retirarlos por la fuerza. Irresistiblemente, las imágenes transmitidas por los medios evocan las detenciones de oponentes a la guerra de Vietnam realizadas diez años antes por la misma policía. La táctica sensibilizadora es la misma, pero quienes ahora se consideran conciencia de la sociedad contra los caprichos y la iniquidad del Estado están en el extremo opuesto del espectro político.