La revancha de Dios
El pasivo de la «recatolización forzada»
Si se la mira bien, la situación de la Iglesia en el país checo constituye un contramodelo del caso polaco. A pesar de semejanzas superficiales y, aunque la jerarquía eclesiástica haya confiado en la posibilidad de una recristianización desde arriba luego del derrumbe del comunismo, las convicciones democráticas de los católicos de Bohemia pesaron más que su identidad confesional. Para reconstruir este proceso y analizar sus líneas es menester, por tanto, empezar por la inaudita represión que sufrió la Iglesia checa entre 1948 y 1989.
El pasivo de la «recatolización forzada»
Checoslovaquia es el único país del antiguo bloque soviético donde, desde que existen elecciones libres, el Partido Comunista obtuvo alguna vez más de un tercio de los sufragios. Este resultado, alcanzado en 1946, le permitió participar en un gobierno
de coalición y más tarde, con el «golpe de Praga» de febrero de 1948[86], apoderarse enteramente del poder. En la segunda mitad de aquel año, «el secretario general del PC, R. Slansky, proclamó la prioridad de la lucha “ideológica, política y administrativa” contra las fuerzas de la reacción, a la cabeza de las cuales también
colocaba a la Iglesia católica[87]».
Y sin embargo, al revés que en la Polonia vecina, la Iglesia católica no encarnaba la identidad nacional ni poseía los medios para erigirse en portavoz de la sociedad civil. En Eslovaquia llevaba los estigmas de la obediencia a Hitler y de la colaboración con el nazismo de uno de sus dirigentes: monseñor Tiso, jefe durante la guerra del Estado eslovaco «independiente». Desde el otoño de 1941 monseñor Tiso se había hecho notorio por haber deportado a los campos de exterminio a la importante población judía de Eslovaquia. Y por más que los obispos eslovacos
hayan protestado contra esas medidas[88], en los años siguientes a la victoria del Tercer Reich la Iglesia iba a conservar en el país un perfil político muy bajo.
En Bohemia y Moravia, por el contrario, la Iglesia católica había sido duramente perseguida por los nazis: el arzobispo de Praga, monseñor Joseph Beran, asumió sus funciones en 1946 tras haber estado confinado en Dachau. Pero ese comportamiento impecable no podía disipar totalmente la ancestral suspicacia de que era objeto la Iglesia en la patria de Jan Hus, quemado y excomulgado en 1415. En el país checo, la institución católica simbolizaba la destrucción de la nación y su incorporación
forzada al imperio austro-húngaro tras la derrota de Montaña Blanca[89]. La «recatolización» llevada a cabo durante la Contrarreforma para extirpar el espíritu husita, en la que participaron fanáticos jesuitas de lengua alemana —grandes realizadores de autos de fe— hacía de la Iglesia, en la conciencia común, un
instrumento de poderes extranjeros[90].
Cuando acabada la Primera guerra mundial se proclamó la República Checoslovaca, el sentimiento anticatólico estaba fuertemente extendido en Bohemia. Se manifestó entonces en diversas depredaciones en las iglesias, y por la creación de una «Iglesia checoslovaca», formada por unos 300 religiosos, que en 1920 se separó