La versión de Eric
La segunda vez
Siempre había creído que el problema era él.
Me resultaba cómodo centrar en una sola persona las carencias. Los desencuentros. Y, sobre todo, el silencio en el que había decidido instalarme.
Hasta que mi madre y yo tuvimos «la» conversación:
—No sé, Eric… No estoy segura de que me parezca bien.
Jamás pensé que mi madre diría algo así.
Mi padre sí, claro.
Él se había ido porque no soportaba que yo era como soy.
¿O no se fue por eso?
Pero mi madre…
—Eric, tienes solo catorce años… Aún eres menor de edad y…
Menor de edad.
Como si serlo invalidase mis emociones.
Mis pensamientos.
No anulaba nada de todo eso, pero sí limitaba mis opciones de conseguir el cambio de nombre oficial. Acabar con el DNI donde todavía figuraba el anterior y empezar, al fin, con la testosterona.
—Deberíamos consultar con…
No dejé que terminara.
No estaba dispuesto a pasar por un solo psiquiatra más.
Ya había pasado por Julia.
Y por Helena.
Y por quienes vinieron antes que ellas.
Como aquel tipo que, cuando solo tenía siete u ocho años, insinuó que lo mío era un problema de esquizofrenia.
El tipo que no supo ver quién soy y se inventó una enfermedad para explicarme.
Para resumirme.
—Eric, por favor, sé razonable…
Toda la vida me han pedido lo mismo.
Igual que me lo suplica esta noche Hugo.
Entra en razón.
Sé razonable.
Todo lo que sea ajustarme a sus cánones es ser razonable.
Todo lo que los desafíe, no tanto.
Pero no esperaba que fuera ella, nunca pensé que sería ella quien no querría firmar los papeles que me permitían iniciar el tratamiento.
—Eres menor de edad…
Y esa condición pesó sobre mí como si toda mi vida se derrumbase sobre mis hombros.
Como si no quedaran más que los escombros de una esperanza que, de repente, resultaba lejana y, peor aún, prohibida.
Porque, antes de que pudiéramos iniciar el tratamiento, necesitaba que alguien demostrase —otro psicólogo, otra exploración, otro diagnóstico— mi «transexualidad estable» (como si tuviera la más remota idea de lo que querían decir con esa mierda, como si ese estúpido sintagma no llevara implícita la marca de la incomprensión).
Sin la firma de mi madre no era posible comenzar con los trámites que, ahora sí, me parecían urgentes.
—El abuelo lo aprobaría —arriesgué.
No calculé el alcance de mi réplica: aquella alusión sumió a mi madre en una tristeza de la que tardó días en recuperarse. Tal vez porque no se había dado tiempo para asumir el luto y la muerte de su padre. O porque le escocía intuir que yo siempre tendría un lazo especial con él que, de algún modo, me costaba encontrar en ella.
Esperé a que aquella suerte de parálisis emocional cesara.
Tuve paciencia.
Fui —por una vez sé que lo fui— razonable.
Y entonces, en una de esas cenas donde hacía tiempo que habíamos dejado de contarnos nada que no fuera lo bastante estúpido como para evitar una auténtica conversación, ella sí habló.
—No voy a firmar, Eric. Todavía no.
Esa noche no pasó nada más.
Ni siquiera respondí.
No discutimos.
Mi reacción fue tan serena que mi madre se alarmó de verdad.
Me conoce.
Puede leerme antes de que yo mismo sepa lo que quiero decir. Aunque finja que no se da cuenta.
O que no me mira.
Pero está siempre ahí.
Observándome.
—¿No vas a decir nada, Eric?
Y no lo dije.
Ella habría preferido una conversación en la que pudiera defender su postura y argumentar su decisión con razones que yo no estaba dispuesto a admitir.
No le di esa oportunidad.
No quería que nadie me dijese lo que podía o no podía hacer.
Lo que podía o no podía ser.
Era la segunda vez —la primera tenía nueve años y una camisa azul casi negra— que sentía esa misma frialdad.
La de estar completamente solo en un lugar donde nadie me puede alcanzar.
Desde allí trato de acercarme a quienes, tan pronto como me aproximo a ellos, se convierten en sombras.
Humo que no puedo agarrar y gente a la que no puedo abrazarme, porque no están donde yo creo, sino mucho más lejos, en un territorio que no me pertenece y en el que la vida es azul o rosa, masculina o femenina, varón o hembra.
Un espacio en el que todo se mide en dos alternativas únicas, inconfundibles, donde no hay que pedir autorización para cambiar de nombre, ni para entrar en el baño de los chicos, ni para comenzar un tratamiento que haga que mi cuerpo sea como yo lo veo en ese espejo que está dentro de mí y que no se parece en nada al que intenté que se llevaran de mi cuarto de una maldita vez. Te pedí que te llevaras ese espejo, mamá, te lo pedí.
No sé cuánto tiempo estuve allí. Imaginándome cómo cambiaría todo cuando empezase con la testosterona: un mes en T, dos meses en T, el primer año en T… Encerrado en ese mapa imaginario al que nadie más que yo podía acceder. Ese país donde la vida no transcurría entre sombras. Sin voces ajenas. Lejos del reflejo que provocaban mis miedos.
Día tras día.
Madrugada tras madrugada.
Hasta que no fui capaz de mantenerme erguido al borde del precipicio y mis pies se deslizaron hasta el fondo.
Por segunda vez.
No recuerdo el momento exacto.
Tal vez solo habían pasado un par de días desde que mi madre y yo tuvimos «la» conversación.
Tal vez una semana.
Quizá un mes.
Por suerte, gracias al segundo ingreso, mi cuerpo no llegó a tocar el suelo.
Supe —pude— asirme antes a un saliente de rocas que se dibujaba justo al final de aquel túnel.
En su superficie porosa estaba escrito un nombre.
Tania.
Y en ese instante, en el segundo en que encontré sus letras dibujadas en aquel desfiladero por el que me estaba despeñando camino de la nada, tuve un motivo para intentar subir de nuevo.
Agarrándome a su T.
A su A.
A su N.
A su I.
A su otra A.
A la única persona en quien, desde que nos cruzamos en aquel hospital, consigo verme de verdad.
Sus ojos son mi espejo.
Sus palabras, mi voz.
Y su presencia, mi mar en calma.
—He hablado con esa psicóloga… —me dijo mi madre el mismo día que vino a recogerme a la salida de hospital. Estaba nerviosa, con una felicidad extraña, como si le diese miedo alegrarse de mi recuperación por si había una tercera vez. Por si, después de aquellos dos ingresos, volvía a intentarlo.
—¿Con Helena?
—Con Julia.
—¿Con las dos?
—Solo con Julia.
A mi madre no le resultaba nada fácil decir lo que estaba a punto de contarme. Era evidente.
—Sé que el abuelo la apreciaba mucho… Que tú crees en ella. Y que os seguís viendo con frecuencia.
Asentí.
Ella tragó saliva.
—Hemos charlado. Mucho… Julia y yo…
Mi madre se tomó el tiempo que creyó necesario y, consciente de que su actitud estaba haciendo que naciera en mí una expectativa que podía resulta difícil de manejar, al final lo soltó:
—Ella cree que, si es tu decisión, sería bueno que comenzaras el tratamiento.
—¿Y tú?
Volvió a coger fuerzas.
Tardaría en explicarme todos los miedos que se pasaron, a la vez, por su cabeza. Los consejos que no se atrevió a darme. Las dudas que no supo cómo transmitirme sin que pareciera que intentaba cortarme las alas que yo necesitaba desplegar de una maldita vez.
—Yo solo quiero que seas feliz…
—¿Y papá?
Aquella se había convertido, por momentos, en la conversación más áspera del mundo.
Sabía que, para comenzar con las hormonas, necesitaba la firma de los dos… Que su negativa podía impedir que todo fuera como yo quería que fuera.
Ella solo movió levemente la cabeza de arriba abajo dos veces. Y yo, consciente de lo que significaba aquel doble sí, le sonreí. Le sonreí de verdad.
Por primera vez en meses.
Quizá en años.
Sonreí porque me imaginé, dentro de no mucho, gritando mi nombre.
Me vi recorriendo la ciudad sin el miedo con que ahora la miraba. Mostrándome en vez de escondiéndome.
Abrazándome en vez de rechazándome.
Podía verme: era yo.
El chico que gritaba su nombre, de repente, era yo.
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