La versión de Eric
Sábado, 13 de julio. 04:02 a. m.
SÁBADO, 13 DE JULIO
04:02 a. m.
Mientras el inspector Alcira formula sus primeras y, de momento, rutinarias preguntas, pienso hasta dónde deberé afilar esta vez mi capacidad narrativa.
A lo mejor tenían razón en ese informe, mamá.
A lo mejor la palabra sí que es mi arma más eficaz.
Y quizá la única que me salvará esta noche para que el frágil castillo de naipes que he construido en estos últimos meses no se derrumbe.
No quiero que mi futuro se convierta en pasado.
No quiero que mi suerte quede atada para siempre a la de Rex.
Ni que mis oportunidades desaparezcan.
Me siento más egoísta de lo que me gustaría mientras el inspector despliega ante nosotros un juego de fotografías con el que espera provocar en mí una reacción que, sin embargo, no se produce.
—¿Lo conocías?
He entrado convencido de que esta vez iba a ser la más dura. Porque Alcira tiene ese gesto de los que no se rinden hasta que han conseguido su objetivo. Y porque aún corro el riesgo de que encuentren alguna pieza que varíe por completo el sentido de su rompecabezas.
Es esencial que, pase lo que pase, continúe siendo el único autor de los hechos que quiero que conozcan. El narrador egoísta que solo deja ver a los demás lo que él necesita que vean.
—No, no lo conocía.
No tengo que esforzarme por fingir sorpresa. Ni perplejidad.
No tengo que hacer nada más que contestar con sinceridad ante el rostro de alguien que, en realidad, no he visto nunca.
—¿Estás segura?
Golpe innecesariamente bajo.
—Perdón; seguro.
Podría fulminarlo con la mirada. Incluso decirle algo. Pero no es necesario. Basta con que lo haga Gabriela y, de paso, le amenace con marcharnos inmediatamente si vuelve a hacer el más mínimo comentario tránsfobo.
—Lo siento. No pretendía ofender a nadie.
Eso puede que sea verdad.
Lo único que pretendía era desubicarme.
Hacerme sentir mal gracias a la kriptonita que intuye que romperá el escudo con el que he acudido aquí esta noche: «Quizá si sacudo sus miedos… Quizá, si vuelo por los aires todo lo que haya construido sobre sí mismo, consiga que se ablande. Que hable. Que confiese —aunque sea desde el odio que estoy dispuesto a provocarle— lo que tenga que confesar».
Su idea para este segundo interrogatorio es tratar de hacerme sentir incómodo. Equivocarse con algún pronombre. Cambiar algún adjetivo. Tal vez mencionar el único nombre que nadie tolero que mencione.
—Entonces, ¿jamás has visto a este hombre?
—No.
Deja la fotografía sobre la mesa y saca un dosier en el que adivino, anotados con caligrafía de urgencia, ciertos aspectos de mi vida. Hay algo que parece una copia de mi libro de familia, algunos artículos recientes (todos sobre mi participación en Ángeles) y unas cuantas fotografías que estoy seguro de que han salido de mis propias redes.
—¿Vives con tus padres?
—Esta pregunta no es pertinente. La vida familiar de mi cliente no tiene nada que ver con…
—Es pertinente, letrada, se lo aseguro. Necesitamos saber si su coartada, en caso de que tenga alguna, podrá ser corroborada por un familiar.
—Mi cliente no ha esgrimido ninguna coartada. Se ha presentado ante ustedes voluntariamente para señalarse a sí mismo como parte de un suceso fortuito que ha devenido en una muerte accidental.
—Lo sabemos. Pero de lo que no estamos seguros es de que no haya participado también en otra muerte anterior —el inspector agita de nuevo la fotografía frente a mí—. Así que repetiré la pregunta: ¿aún vives con tus padres?
—Con mi madre.
—¿Y tu padre?
Me encojo de hombros.
—¿No vive con vosotros?
No tiene derecho a preguntarme eso.
No quiero que me pregunte sobre eso.
Gabriela, por favor, páralo.
—¿No me has oído?
—Se fue. Hace años.
—¿Cuántos?
—Once.
—Así que tú tenías…
Nueve, maldita sea. Yo tenía nueve. Pero eso no necesita que se lo diga. Puede restar él mismo. Es más, seguro que ese dato figura en la carpeta donde su equipo ha recopilado todo lo que ha podido sobre mí en estas horas.
Por eso han tardado tanto en llamarnos.
Por eso no han querido que entrásemos antes.
No porque estuvieran investigando la conexión entre la nueva víctima y yo.
Qué va.
Ni porque quisieran saber qué vínculos podía haber entre él y Rex.
Tampoco.
Han tardado porque a quien han estado investigando de verdad es a mí.
Se han asegurado de hacerse con todos los datos que pueden volverme vulnerable en este último interrogatorio. Y han empezado fuerte. Apuntando directo a la herida. A ese centro de la diana que me devuelve a la edad maldita. Al espejo. A la camisa. Al día en que amanecí siendo un niño y me metí en la cama con la sensación de que me habían empujado a algo que se parecía mucho a la adolescencia.
Nueve.
Yo tenía nueve años y una camisa gigantesca.
Y unas ganas inmensas de que alguien me abrazara.
De que aquel hombre que me miraba con asco me abrazara.
—¿Tu padre y tú os veis con frecuencia?
Quiero levantarme e irme.
Gabriela, de nuevo, intenta frenar esta línea de acción, pero el inspector sabe que tiene las de ganar. Estamos en su territorio y yo he venido voluntariamente.
—Es él quien quería hablar con nosotros —le recuerda—. ¿No es así, Eric?
Asiento.
—Pues ahora puedes hacerlo. No te cortes.
Si le hablo a Alcira de la fotografía, detendré todo esto.
Puedo darle su nombre.
Confirmar que no lo he visto nunca, pero que sí sé cómo se llamaba. Y hasta quién era.
Si digo eso, conseguiré salir de este cuarto en el que ahora mismo tengo nueve años. Pero entraré en otro donde el tiempo acabará deteniéndose. Donde nada volverá a ser como era. Si es que aún quedan esperanzas de que algo vuelva a serlo.
—Entonces, ¿tu padre no puede confirmar a qué hora saliste esta noche de casa?
Niego con la cabeza. No pienso decir nada más sobre él. Esta noche, no.
—¿Y tu madre?
—No estaba en casa.
—Qué conveniente, ¿verdad?
—Mejor nos ahorramos los juicios de valor —le reprende Gabriela—, ¿no le parece, inspector?
—Por supuesto. Pero es una pena que no haya nadie que pueda confirmar que saliste cuando nos has dicho que saliste.
—Les he contado la verdad.
—¿Por qué iba a venir aquí si no era para eso? —Me da la razón mi abogada—. Si estuviera ocultando algo, no se habría acercado. Estaría escondiéndose en algún sitio, metiendo la pata como habría hecho cualquier otro chaval de su edad… Pero él no, inspector. Eric es bastante más maduro. Y más honesto. Así que se merece que lo traten como tal.
—Más maduro… —Alcira busca en su carpeta un informe que reconozco enseguida. Nunca pensé que algo así saldría también en una noche como esta—. ¿Te suena?
Cómo no va a sonarme… Tenía que aparecer ahora. Precisamente aquí.
—¿Me permite? —Gabriela extiende la mano para que le muestre los papeles. Le echa un vistazo de dos segundos y pregunta de forma inmediata —: ¿Me explica cómo ha conseguido ese informe? Se trata de un documento privado.
—No debe de ser tan privado cuando su madre se encargó de repartirlo a todo el claustro de su antiguo instituto.
El oficial sonríe satisfecho, ajeno a la amenaza de demanda contra el centro que, sin demasiada convicción, esboza mi abogada. Acaba de dejar claro que ellos también han sabido jugar sus cartas mientras nosotros tratábamos de ordenar las nuestras.
—«Asimismo —comienza a leer en voz alta el pasaje que alguien, tal vez él mismo, ha subrayado—, resulta especialmente significativa su resistencia a la frustración, rasgo que lo vuelve proclive a manifestar reacciones violentas frente a quienes se oponen a sus deseos inmediatos, ya que considera que dicha negación pone en duda su capacidad de juicio y les resta a sus decisiones la madurez que, pese a su edad, él mismo les presupone». ¿Eso es lo que te ha pasado hace un rato?
—Ya he contado lo que ha sucedido.
—Lo sé. Pero creo que no nos hemos enterado demasiado bien… ¿Te importa repetírnoslo?
Vuelvo a la versión inicial, aunque esta vez trato de hacer hincapié en los detalles: los cambios en la serie, la violenta reacción de Rex al respecto, su adicción al alcohol y a ciertas drogas en los últimos tiempos, el encuentro en el descampado, la pelea, su intento de agresión… y el accidente.
—Llámalo así —me ha pedido Gabriela—. Cada vez que te refieras a lo que ha pasado, utiliza esa palabra. Cuanto más lo presentes como el accidente que necesitamos que vean, más oportunidades tendremos de que sea así como lo califiquen.
El inspector vuelve a insistir en la fotografía de la otra víctima.
—Su cuerpo apareció en un local abandonado a unos metros del lugar donde encontramos a Rex.
—No lo sabía —trago saliva.
—¿Lo conoces?
—¿El local o la víctima?
—Los dos.
—No y no.
Mi doble negativa suena tan tajante que parece haber tocado levemente su orgullo de policía entrenado para sonsacar a alguien a quien considera tan débil como yo.
Solo soy alguien con miedo.
Alguien demasiado joven como para poder oponer resistencia a un inspector que se imagina con una gran carrera por delante.
Y un caso como este, una operación con calado mediático, puede ayudarle en ese objetivo.
—¿Cuándo te diste cuenta de que tu cuerpo era un error?
Acuso su nuevo golpe bajo como si hubiera recibido una patada en el estómago, pero no lo muestro. Mantengo el gesto rígido y le aguanto la mirada hasta que consigo hacerle dudar de sus modos rastreros y mediocres. Él no lo sabe, por eso me subestima, pero la auténtica ventaja de quienes sabemos cómo duele la identidad es la fuerza que nos otorga esa memoria.
—Inspector, le he advertido que… —salta Gabriela.
—Solo intento trazar una línea en la biografía de su cliente —la interrumpe.
—Pues en la biografía de mi cliente no hay errores. Hay hechos. Son cosas diferentes.
—Lo lamento si no lo he preguntado de la mejor manera…
Casi siento ganas de reírme.
Es obvio que no lo lamenta. Es más, que lo ha preguntado con toda la mezquindad de la que ha sido capaz. Quiere hacerme perder el control que aún mantengo, así que está dispuesto a seguir horadando en esa línea cuanto sea preciso. Pero no importa. No he llegado hasta aquí para hundirme ahora. Y si él ha utilizado la carta de aludir a mi padre, yo empleo ahora la de pensar en mi abuelo.
La ausencia de uno, el apoyo incondicional de otro.
Porque las presencias que hay en mi vida son mucho más fuertes que las ausencias. Las segundas acabaré superándolas. Las primeras nunca dejarán de acompañarme.
—Con nueve empecé a vestirme poco a poco como quien soy. Y con doce, a llamarme Eric. Supongo que es eso lo que está preguntándome.
—¿Hablaste con Rex de todo esto alguna vez?
—¿Por?
—A lo mejor no fue un tema profesional… Sino emocional. ¿Había sucedido algo entre vosotros antes?
—¿Algo como qué?
—No sé, dímelo tú… Quizá él tenía ganas de experimentar con alguien como, bueno, con alguien como tú.
Esas dos palabras.
Esas malditas dos palabras.
Y esta vez sí es un «como tú» de los que duelen.
Un «como tú» de los que me sitúan al margen. En ese estrecho lugar donde solo estamos nosotrxs: Drew, Matt, Jessica o yo mismo. Y Tania.
—Alcira va a intentar que pierdas el control —me había advertido Gabriela—. Tienes que ser consciente de ello.
Lo soy.
Creía serlo.
Pero no esperaba que las dificultades surgieran así. El primer interrogatorio ha sido tan sencillo que me he relajado en exceso.
—No bajes la guardia, Eric —me había aconsejado justo antes de entrar —. Hazme caso.
Pero yo la había bajado.
Porque había sido fácil convencerlos de que no conocía a su otra víctima.
Porque era cierto que aquella foto no me decía absolutamente nada.
Y lo que no imaginaba es que el golpe vendría justo después.
Que sería íntimo.
Un golpe directo a mi vida. A mi pasado. Al presente que con su «como tú» niega quién soy.
—Rex y yo trabajábamos juntos. Éramos colegas de curro —subrayo cada palabra mientras reprimo mis ganas de escupirle todo lo que pienso de verdad—. Nunca hubo nada más entre nosotros. Y mucho menos, sexo.
—¿Y él? —Vuelve a mostrarme la fotografía del chico que no he podido, que no he querido identificar—. ¿De verdad no puedes decirme nada sobre él?
—Mi cliente ya ha respondido a eso.
—Su cliente está jugando a un juego muy peligroso.
—Les ha dicho todo lo que sabe, inspector. No es culpa suya que haya aparecido otro cuerpo para el que no tengan una explicación.
—Otro cuerpo que se hallaba apenas a unos doscientos metros de donde ha tenido lugar el cri…
Gabriela no le deja acabar.
—El accidente.
—¿Estás seguro de que no tienes nada más que añadir?
Asiento mientras él vuelve a guardar las imágenes en la carpeta que contiene las primeras evidencias del caso.
—A lo mejor una noche en el calabozo te refresca la memoria…
—No hay razones fundadas para ello. Mi cliente ha acudido libremente. El accidente ha sido, como su propio nombre indica, involuntario. Y es obvio que no hay riesgo de fuga. Podemos aceptar una salida bajo fianza, pero en ningún caso una retención injustificada hasta que se formule una acusación formal.
—Qué harían los abogados si les quitasen su palabrería…
—Lo mismo que la policía si les quitasen sus esposas, supongo. El inspector le devuelve a Gabriela una sonrisa sarcástica.
—Mañana te quiero en este despacho a primera hora. Y nada de salir del país en las próximas semanas, ¿está claro? Hasta que esto no se resuelva, de aquí no se mueve nadie.
Antes de poder darme la vuelta, me dispara una pregunta más.
En realidad, no lo es.
Solo es su última bala.
No creo que aspire a que me abra con ella, pero sí confía en que me desequilibre lo justo como para que nuestro próximo encuentro se salde a su favor.
—No tuvo que ser fácil.
No preguntes, Eric.
Sabes lo que está a punto de decir.
—¿No? —insiste él, dispuesto a romper mi silencio.
—¿Cómo? —Finjo no entender a qué se refiere.
—En el colegio, en el instituto… Debió de ser complicado, ¿verdad?
Me muerdo la lengua.
Cierro los labios.
Aprieto los puños.
Gabriela me guía hacia la puerta y yo doy un portazo.
Eso es todo lo que Alcira consigue de mí.
—¡Eric!
No podía imaginarme que mi madre estaría esperándonos.
Y tampoco estoy seguro de quién la ha avisado (¿tal vez Hugo?), pero eso ahora mismo no me importa.
Solo sé que su presencia resulta más oportuna que nunca.
Que me fijo en que ha traído consigo mi cazadora favorita: una chupa negra que lleva en las manos porque imagina que estaré algo destemplado.
No le doy tiempo a que diga nada más.
Tampoco a que me pregunte todo lo que imagino que ahora quiere saber.
Lo único que hago es acercarme.
Sentir cómo mis pasos me llevan, al mismo tiempo, unos años atrás.
Y cuando por fin estoy frente a ella, dejo que salga de mí el niño que no comprende nada de lo que le está pasando.
El adolescente que quiere que acabe de pasar.
Y el joven que solo aspira a que lo entiendan.
Los tres se abrazan a ella con la misma fuerza. Y, de repente, esta noche no quedan rastros de los reproches antiguos. De los noes que dolieron. De las dudas que castigaban. De los vacíos que nos impedían acercarnos.
Esta noche siento que, por encima de todo, ella está de mi parte. Aunque no siempre supiera cómo. Aunque en adelante tenga que esforzarme más por enseñarle a conseguirlo.
Gabriela se aparta y nos deja unos minutos a solas. Es consciente de que, ahora mismo, esto es todo lo que necesito.
—Deberíamos irnos a casa —me dice mi madre mientras pone la chaqueta sobre mis hombros—. Tienes que dormir un poco.
Pero justo cuando salimos de la comisaría, la verdad aparece.
Desde que comencé a jugar este peligroso juego, sabía que esto podía ocurrir. Su presencia aquí formaba parte de las opciones de esta madrugada en que todo lo que no debería suceder ha acabado pasando.
—Tenemos que hablar.
Gabriela, Hugo y mi madre nos miran inquietos.
—Dadme un momento, por favor —les pido.
—Eric… —Intenta retenerme Gabriela.
—Solo será un segundo.
Acceden contrariados y yo busco un lugar apartado en el que Tania y yo podamos conversar sin que los demás nos oigan.
—Se suponía que teníamos un acuerdo —le recrimino.
—No hemos acordado nada… Solo has tomado la iniciativa mientras yo estaba en shock…
—Aún lo estás.
—¿Y tú no?
—Hazme caso. Esta alternativa es la mejor.
—No, Eric. No es la mejor.
—¿Sabes lo que pasará si…?
—No. No tengo ni idea. Solo me lo puedo imaginar…
—Hasta ahora me han creído. Deja que…
—No pienso hacerlo. ¿Y sabes por qué? Porque no sé lo que va a pasar cuando les cuente la verdad, Eric, pero sí sé lo que va a pasar si no lo hago. Y lo que va a pasar es que las sombras volverán y acabarán con todo. Que no soportaré ocultar algo tan gordo como esto. No me perdonaré jamás por no haber tenido el valor de romper el Círculo.
Miro su muñeca y me doy cuenta de que ha intentado tachar, a golpe de cuchilla, su tatuaje.
—Por favor, Tania… —Me niego a que tire por la borda todo lo que hemos conseguido hasta ahora.
—Yo no sabía… Te juro que no sabía que llegarían tan lejos.
—¿Pero sí que Cristian estaría allí?
De repente, una incómoda duda que se instalará para siempre en mi conciencia: qué era lo que le había sorprendido, ¿el hecho de que fueran a torturar a alguien, o que aquello acabase convirtiéndose en un asesinato?
—No, no tenía ni idea —tal vez sea el cansancio, pero su voz me suena menos contundente que hace solo unos segundos.
—No te van a creer.
—¡No me importa! Necesito soltar esta mierda antes de que me acabe ahogando.
—Tania…
—Lo siento. Es hora de que sea yo quien hable. Y, tanto si me apoyas como si no, lo voy a hacer.
Trato de detenerla. Sin embargo, entra decidida en la comisaría. Está dispuesta a llegar hasta el final y afrontar las consecuencias que su confesión pueda traer consigo.
Mi madre me interroga con la mirada. Hugo, que la ha reconocido, también se alarma. Y mi abogada, que intuye que lo que esa chica diga va a alterarlo todo, corre hacia mí.
—¿Qué está pasando, Eric?
—No lo sé, Gabriela… No lo sé.
Volvemos tras nuestros pasos y vamos en busca del inspector.
Pero ya es tarde.
Tania está junto a ellos, rodeada por dos oficiales —uno de ellos es el joven de los ojos claros— y dispuesta a contárselo todo. Alcira, satisfecho con su nueva e inesperada presa, nos lanza desde la puerta de su despacho una mirada de triunfo que casi resulta obscena, justo antes de cerrar.
Al fin ha llegado el momento de Tania.
La hora de su versión.
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