La versión de Eric
Sábado, 13 de julio. 03:02 a. m.
SÁBADO, 13 DE JULIO
03:02 a. m.
—En este trabajo, si quieres ser alguien, tienes que hacer amigos hasta en el infierno.
La primera vez que escuché a Hugo decir la que poco después descubrí que era su frase estrella, pensé que exageraba. Pero muy pronto me di cuenta de que no era así.
Conocía a todo el mundo que era necesario conocer: los productores que estaban poniendo en marcha los proyectos más ambiciosos, los guionistas que inventaban las mejores historias, los directores que sobresalían y que más premios acumulaban…
Por su agencia, entre desayunos, comidas, cenas y reuniones, circulaba todo aquel que fuera alguien en el cine y la televisión. Era un hecho que si Hugo Cortés no te invitaba a tomar aunque solo fuera un miserable café con él, todavía no eras nadie. Así de sencillo.
Conozco tan bien hasta dónde llegan sus influencias que (casi) no me ha sorprendido ver entrar a Gabriela Aliaga, la mismísima Gabriela Aliaga, en esta minúscula sala que, cada minuto que pasa, me resulta un poco más claustrofóbica.
A cualquier otro miembro del equipo de nuestra serie, ese nombre no le habría dicho nada. Tampoco la habría reconocido al verla llegar enfundada en su habitual y ceñidísimo traje de chaqueta. Ni habría reaccionado con la mezcla de respeto reverencial y admiración profunda que, confieso, he mostrado yo al verla.
Porque, aunque ella no lo sepa, su cuenta de Twitter es uno de los lugares a los que me he aferrado en estos años para protegerme de los ataques que siguen llegando a diario. Como si el hecho de ser quien soy me exigiera estar mucho más documentado sobre mi identidad que a cualquiera que sea cis sobre la suya.
—No tienes por qué dar clases a nadie —me regañó Tania una vez que me pilló ofuscado tuiteando en lo que parecía un debate y no era más que un crispado intercambio de monólogos.
—¿Entonces qué? ¿Me callo?
—No es eso. Solo digo que a veces parece que te justificas. Yo no lo hago.
—La diferencia es que tú no necesitas hacerlo.
Por eso sigo a Gabriela.
Porque los argumentos que no siempre encuentro en los libros que me regala Julia sí los hallo en los tuits breves e incisivos de quien posiblemente sea ahora mismo la abogada trans más mediática y, también, la que menos pudor tiene a la hora de hablar de su propio proceso. De cómo lo atravesó y de qué ha dejado en ella todo cuanto vivió antes. Al menos, eso es lo que suele contar en las entrevistas que cuelgan de ella en YouTube y que forman parte de mi particular kit autodidacta.
—¿Has firmado algo?
Su primera pregunta llega antes de que tengamos tiempo de presentarnos. Ni siquiera he podido decirle mi nombre.
—No.
—Bien. En ese caso, no está todo perdido —Gabriela nos busca a Hugo y a mí con la mirada, quiere asegurarse de que tiene nuestra atención completa—. Y ahora, vamos, contadme.
Mi representante resume con torpeza lo poco que ha conseguido saber hasta ahora.
Dos víctimas.
Una de ellas es Rex. Se halla en estado crítico.
La otra, aún desconocida. No sabemos ni su identidad ni cómo se encuentra.
Y, al decir lo siguiente, le tiembla la voz: «Parece que este —pronuncia el pronombre con rabia— está implicado en lo que sea que haya sucedido».
Estoy a punto de empezar a hablar, aunque no sepa muy bien qué voy a decir, cuando el oficial más joven nos interrumpe.
—Si su abogada ya ha llegado, es necesario que pasen inmediatamente.
—Pero aún no hemos podido… —se queja Hugo.
—Por supuesto —lo interrumpe Gabriela a la vez que, con un gesto, me indica que me ponga en pie y la acompañe.
Por un segundo, siento que me cuesta levantarme del desvencijado sillón en el que, al ponerme en pie, dejo impresa mi huella. Podría dibujar mi cuerpo en los pliegues que ha dejado en la tela.
Los hombros trabajados en el gimnasio.
La espalda que se ha vuelto más amplia gracias al esfuerzo y una rutina adecuados.
Los brazos que, sin ser demasiado voluminosos, noto lo bastante fuertes como para seguir agarrando la vida.
—Ser un hombre no tiene por qué significar ser solo un tipo de hombre… —Se enfadó Tania el día que le dije que prefería ir al gimnasio antes que apuntarme a uno de sus planes. La tarde que, por culpa de una estupidez, estuvimos a punto de tirar nuestra amistad por la borda y que permitió que el Círculo se hiciese aún más fuerte en su vida.
Lo cierto es que estaba cambiada. Desde que había empezado a verse con Rex se enfadaba por todo. Incluso por pequeñeces como aquella, que solo debería haber sido un malentendido. Una bronca idiota. Pero se convirtió en algo mucho más grave. Y lo hizo muy deprisa.
—¿Por eso te gusta Rex? ¿Porque no hay un solo tipo de hombre?
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Pues que Rex es «el» tipo. Un macho alfa de serie. ¿No lo has notado? Se machaca dos horas al día. Se adora. Postea fotos recordándonos lo bueno que está y lo masculino que es a todas horas. ¿Por qué eso no te molesta en él y sí en mí?
—Si fuera un macho alfa no estaría con… con alguien como yo —Tania baja la cabeza. Lo hace siempre que se refiere a sí misma. Cada vez que se muerde la lengua para no describirse del modo en que sus demonios, igual de peligrosos que los míos, querrían hacerlo.
—¿Alguien como tú? Tú estás muy por encima de Rex… De todos los Rex.
Pensaba que interpretaría mi afirmación como un elogio hacia ella, pero se la tomó como un insulto contra él.
—Yo creía que Rex y tú erais colegas…
—Somos compañeros de curro, Tania, nada más.
—Pues en la fiesta me dijiste…
—En la fiesta aún no sabía que tú ibas a hacer cualquier cosa para poder tirártelo.
No sé por qué dije eso.
No sé por qué me enfadé tanto.
Matt, Drew y Jessica insisten en que estaba celoso.
Eso fue lo que me respondieron cuando les conté la pelea con Tania en el chat donde, cada noche, entramos los tres para desahogarnos. Es una página a la que solo tenemos acceso nosotros y que creó el propio Matt, que es un genio en temas informáticos.
Un chat donde hablamos de cómo me va a mí con las hormonas.
De por qué Matt, que en el fondo está de acuerdo con parte de lo que me dice Tania, pasa de inyectarse.
De las ganas que tiene Jessica de cumplir los dieciocho para salir de una casa donde la insultan por ser quien es a todas horas.
De los padres de Drew, que le han dicho que por qué no invita a sus amigos, «esos dos de internet», a pasar un fin de semana en su casa.
De por qué mi amistad con Tania, que siempre ha sido mi refugio, estos últimos meses se ha vuelto tan distinta. Tan hermética. Tan llena de silencios y, como he comprobado esta madrugada, de secretos.
Sigo a Gabriela mientras me pregunto qué parte de todo esto voy a contarle a la policía exactamente.
Cuando llegué hasta aquí, solo quería ofrecer una versión: la mía.
Una teoría que explicase por qué había un actor de mi edad tirado sobre el asfalto después de haber sido arrollado por una moto.
Pero ahora, después de que mi cabeza se haya disparado a la búsqueda de una explicación, puedo elegir entre esa verdad o un puñado de verdades a medias.
«Al final lo averiguarán todo», pienso.
El oficial joven abre la puerta de una nueva sala. No es el despacho donde estuve antes.
Ahora estamos solos en una estancia algo más grande que la anterior, con un cristal al fondo. ¿Habrá alguien espiándonos al otro lado?
Hugo se queda fuera.
Gabriela, con quien apenas he cruzado un par de palabras, me coge la mano.
«Irá bien», me calma sin hablar.
Entra un tipo de unos cuarenta y tantos, pelo muy negro, perilla cuidada y ojos rasgados. Antes de presentarse, me analiza con una mezcla de curiosidad y preocupación. Está claro que ya sabe que una de las víctimas, Rex, es un actor conocido, y teme que el caso se vuelva mediático tan pronto como la noticia comience a hacerse pública.
—Mi nombre es inspector Alcira. El suyo es…
—Eric —hay algo en este hombre que no me inspira ninguna confianza —, Eric Diez Sevilla.
—Y usted es su abogada, ¿no es cierto?
Ella le tiende la mano y ambos la estrechan en un apretón firme y enérgico.
—Gabriela Aliaga, en efecto.
—Qué honor contar con su presencia, letrada.
—Veo que conoce mi labor.
—Así es. Y esta noche confío en que me ayude a desempeñar con éxito la mía.
Miro al inspector y me pregunto qué voy a decir exactamente.
Justo antes de comenzar el interrogatorio, mientras Alcira y Gabriela preparan el terreno, siento vibrar mi móvil.
Es un wasap de Tania.
Tres palabras y una imagen.
Las palabras son «Diles la verdad», y la imagen, un tatuaje en el que solo se distingue una forma geométrica.
Y, cómo no, es un círculo.
Su Círculo.
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