La versión de Eric
El círculo
Quedé con Tania en uno de los bares del barrio. Uno de esos locales a los que a veces íbamos a tomar las previas antes de salir de fiesta. No era lo que más hacíamos, pero de vez en cuando sí nos gustaba perdernos por la ciudad y dejarnos llevar por la música hasta el amanecer.
En el fondo, elegí aquel bar porque los lugares a los que he ido desde siempre son de los pocos donde sigo sintiéndome anónimo. Donde me miran igual que me miraban antes, ya fuera con simpatía o con extrañeza, sin que tenga que contar con la presión añadida de que alguien me reconozca y, aunque no sepa mi nombre —casi nunca lo saben: solo recuerdan el de nuestros personajes—, se crea con derecho a robarme mi tiempo. Y hasta mi intimidad.
No me costó convencer a Tania para que viniera. Estaba deseando demostrarme que nuestra reconciliación había sido cierta. Y cuando la vi llegar supe que su decisión de arreglar las cosas entre nosotros era evidente. Tanto como la pulsera de tela negra que llevaba y donde se podía leer ese nosotrxs que había escrito con rotulador para ella.
—Tú también te la has puesto —se sorprendió al descubrir la mía.
—Ya ves.
—Es bueno saber que seguimos siendo tan idiotas como de costumbre.
Y nos reímos.
En esos momentos es cuando entendemos por qué no podríamos ser el uno sin la otra. Por qué mi Eric no sería igual sin su Tania ni su Tania sería como es sin mi Eric. No nos hemos influido con la intención de moldearnos, no somos tan simples como para creer que la amistad tiene que ser una exigencia que construya a quien nos acompaña según nuestro capricho. Al revés. Nos hemos contagiado de nuestras manías por el placer que sentíamos al compartirlas, hasta que lo suyo y lo mío ha acabado siendo algo mestizo y nuestro. Algo que no tiene etiqueta posible porque no es tan alternativo como sus gustos musicales ni tan exquisito como mis gustos cinéfilos. Así que de repente cabe todo en el mismo lugar. En ese nosotrxs.
Estuve divagando un buen rato.
Hablé de la serie.
De cómo iba a ser, según nos habían contado, la segunda temporada.
De un reportaje que me había propuesto Valeria, la de comunicación, en el que iba a participar junto con algunos de los actores jóvenes de otras plataformas.
No sabía cómo abordar el tema que me había llevado allí, así que comencé a caminar en cualquier dirección posible.
Ya llegaría, pensaba.
Ya llegaré…
—Lo estás petando, Eric —la alegría de Tania sonaba sincera—. A ver si yo tengo suerte pronto…
—¿Te ha salido algo?
—Un papel pequeño en otra obra alternativa.
—Es un principio.
—Ya… Pero apenas pagan. Creo que vamos a taquilla, o sea que imagínate. No me va a dar ni para el bonobús.
—Podías buscar un repre.
—No me quieren. No doy el físico… Se lleva otro tipo de tía. Y yo… Bueno, yo no quiero ser ese tipo de tía. Me ha costado demasiado aceptarme como para acatar sus normas.
—Yo tampoco soy lo que esperan. No soy Rex. Y sin embargo…
—Quizá es que eres mejor que yo. Más creíble. A lo mejor te vieron en la prueba y dijeron: nos gusta. Aunque tú sigas insistiendo en que fue cosa de Hugo. Yo estoy segura de que fue cosa tuya —se calló de repente y me pidió permiso antes de seguir—. ¿Te puedo decir algo que a lo mejor no te va a gustar?
—Si no hay más remedio… —Me reí, pero esta vez ella no me acompañaba—. Venga, suéltalo.
—Lo de Hugo no fue una decisión random. Qué va. Hugo te cogió por un tema de cuotas.
—Tania…
—¿Ves como sabía que no te iba a gustar?
—Es que eso me hace quedar como un imbécil. Como alguien a quien no eligen por su talento. Y es justo lo contrario de lo que se supone que me estabas diciendo.
—Al revés, Eric. Es lo mismo. Lo que te intento decir es que a Hugo le molaba la idea de tener a alguien trans en su agencia. Así podrá colgar la banderita LGTBI cuando llegue el Orgullo y presumir de lo integrador y lo diverso que es su negocio. Y también colocarte en papelitos en alguna serie de esas donde se os deja contar una historia que no moleste mucho y donde todo gire en torno a ser trans. Como si no os ocurriera nada más. Como si solo hubiera un tema… —Me era imposible no escuchar en las palabras de Tania la voz de Matt: seguro que habría estado de acuerdo con ella—. Lo que no esperaba Hugo es que te cogieran para hacer de Dylan. Que los de Ángeles te quisieran para el papel de un tío cis al que le pasan cosas. Un tío que se mete en una movida rarísima y que tiene que dejarse la piel para salir de ella. Y ahí es donde te ha llevado tu talento. Ese que te va a permitir interpretar lo que tú quieras y que yo, a lo mejor, no tengo. Porque lo que ya no sé es si no me cogen en los castings porque no doy el perfil, porque mi físico no les gusta, porque no tengo los suficientes seguidores en mi Insta o, sencillamente, porque soy mediocre. Y a lo mejor eso también hay que asumirlo, el ser mediocre. Pero nos han grabado tan a fuego que somos especiales que cuesta un poco… Fastidia tener que asumir que no, que a lo mejor no lo somos tanto. O no como nos gustaría serlo. Por eso me he puesto tu pulsera hoy, ¿sabes? No porque venga en son de paz, que también… Me la he puesto porque aquí sí que sé que soy especial. Para ti sí lo soy. Y a eso me agarro a veces. Cuando me dan otro no, pienso que tiene que haber algo bueno en mí. Algo que me haya permitido que gente como tú, o como Rex, seáis parte de mi mundo. Que veáis en mí algo que los demás no ven. Que yo misma no veo…
—Si lo veo es porque existe. Y habrá más gente que se dé cuenta…
Solo tienes que seguir intentándolo.
—O no. A lo mejor tengo que hacer caso a mis padres y buscarme un plan B, algo que me permita vivir si esto sigue sin funcionar. Porque lo del teatro off no me va a dar de comer, te lo aseguro. Y yo quiero hacer algo con mi vida. Yo quiero irme de casa. Yo quiero viajar. Yo quiero ser persona. Y ser persona compartiendo taquilla en una sala donde solo caben treinta espectadores es un poco jodido.
—Creo que el que ahora te va a decir algo que no te va a gustar voy a ser yo.
—¡Rencoroso!
—¿Puedo?
Tania asintió.
—Te comparas conmigo. Y con Rex. Te comparas con un tío que ha tenido suerte, que soy yo, y con otro que lleva toda su vida en esto, que es él. Pero tu caso es diferente. El éxito no tiene por qué suceder de repente.
—Odio esa palabra: éxito. Ni siquiera sé lo que significa. ¿Tú sí?
—No. Yo sé que ahora me va bien. Que habrá nueva temporada. Y luego, ni idea —no sé por qué confesé algo que todavía no me había dicho ni siquiera a mí mismo—. Aunque yo sí tengo un plan B.
—¿Hablas en serio?
—Completamente.
—¿Y cuál es?
—El día que no me dejen interpretar las historias de otros, seré yo quien escriba las mías.
—¿Así que ahora vas a ser guionista?
—Puede… De pequeño era bueno.
—¿Y ya no?
—Hace mucho que no comparto nada.
—Pero lo escribes…
—Sí, a veces.
—Qué capullo, pues a mí nunca me has dejado leerte.
—Porque nunca me has preguntado.
—Crees que conoces a alguien y…
—Ya ves, Tania, todos tenemos algún secreto.
—Pero no son tan grandes como ese.
—Este es una miseria de secreto. Uno insignificante.
—Vale. Pues te perdono por no contármelo si me dejas leer algo que hayas escrito este año.
—Son cosas sueltas… No vas a entender nada.
—Ponme a prueba.
Fue estúpido.
Seguramente fue la idea más estúpida del mundo, pero en ese momento me pareció que era mi única oportunidad de conseguir algo.
—De acuerdo. Te dejo leer algo mío.
—¡Bien! —Tania elevó ambos brazos en señal de victoria. No pude dejar de fijarme, una vez más, en su tatuaje.
—Pero solo si hacemos un trato.
—Si vas a pedirme que no me rinda o alguna cursilada de esas, olvídalo.
—No, no voy a pedirte eso. Aunque la verdad es que espero que no lo hagas.
—Entonces, ¿qué quieres?
Cogí su brazo derecho con suavidad y pasé mi dedo índice por su círculo.
—Quiero que me hables de esto. Por favor.
Había dos posibilidades.
La primera, que Tania le restase importancia y me mintiese. La lista de excusas para cerrar el tema era infinita, y si ella hubiera querido, habría podido escudarse en cualquiera de ellas.
La segunda, que me contestase con sinceridad y me explicase el sentido y el origen de ese círculo. Aunque no me gustase oírlo.
Tania lo valoró durante unos segundos.
La probabilidad (mínima) de engañarme.
Y la posibilidad (máxima) de que mi obcecación me llevase a perseguir la verdad si ella optaba por mentirme.
Finalmente, su elección fue eludirlo.
—No quiero hablar de eso.
Algo que, a esas alturas, yo ya no estaba dispuesto a consentir.
Si era cierto que ese tatuaje guardaba alguna relación con Paula, la chica que habían hallado muerta, resultaba urgente que habláramos de ello. No podía soportar la idea de estar callando algo que encubriese un asesinato.
—Lo entiendo, Tania… Pero yo sí.
—¿Tú sí quieres hablarlo? ¿Y por qué?
—Porque es el mismo tatuaje que lleva Rex.
Su último intento antes de sincerarse consistió en esquivar el tema con la excusa que, hasta ahora, había funcionado mejor.
—¿Otra vez los celos?
—No estoy celoso. Yo ni soy ni he sido celoso. Nunca.
Eso lo dije sin pensar, lo confieso. En realidad, no sé si lo soy. Me gusta creer que no, que no tengo nada de ese afán de posesión que tanto me enferma. Pero a veces somos también justo lo que odiamos.
—No te va a gustar —me advirtió.
Había una chica muerta.
Una chica de veinte años que había sido encontrada muerta.
No podía gustarme.
—No sé si Rex te habrá hablado de…
—¿Chloe? —Me adelanté.
—Sí.
—Me lo ha contado.
Las piezas, por fin, empezaban a encajar.
Y eso, en realidad, era lo que más me preocupaba.
—Yo, por suerte, no lo conseguí… No como Chloe. Pero…
—Estaba allí, ¿recuerdas? Cuando no lo lograste, Tania, yo estaba allí.
—Eso también se lo he explicado a Rex: cómo nos encontramos, cómo me ayudaste durante el tiempo que pasé en aquel hospital, cómo me apoyaste cuando salimos de allí…
Por eso quiero que me lo cuentes, Tania.
Porque superamos juntos los demonios a los que, sin darte cuenta, has invitado de nuevo a tu vida.
¿No lo ves?
Pero no la interrumpo.
Si me convierto en algo tan odioso como la voz de su conciencia, me evitará. Me dirá que no tengo razón. Y me acusará de no entenderla.
Quienes hemos estado al borde del precipicio sabemos que no hay nada peor que alguien que intenta convencernos de que jamás estuvimos allí.
—Al principio, cuando Rex me lo contó, creí que estaba bromeando, pero luego… Fue poco después de que yo le hablara de todo lo que pasó con Cristian. De que le dijera cómo me hizo sufrir ese cabrón… De cómo volvió a repetirse todo cuando apareció Óscar…
«Porque eso te marca. Eso hace que no puedas mirarlo todo de la misma manera en que lo hacías antes…».
Mientras Tania hablaba, las palabras de Rex no dejaban de dar vueltas en mi cabeza. Era como si las dos voces se fundieran en una sola. Como si no pudiera distinguir a mi mejor amiga de la persona en que se había convertido a su lado.
—Rex llegó al Círculo por casualidad, cuando conoció a alguien como nosotros, alguien que tampoco lo ha olvidado… Porque esto no se olvida. Tú no olvidas, Eric; lo que pasa es que has tenido suerte y puedes agarrarte ahora a otras cosas. Te crees que lo que te ocurría entonces queda lejos, pero está cerca, hace nada de todo aquello… Y a veces me gustaría poder hablarlo contigo, o con quien fuera, sin tener que morderme la lengua. Sin fingir que soy madura. Que lo entiendo. Por eso me reúno con gente como ellos. Y conversamos. No hacemos nada más. Ni siquiera podemos ver ni mostrar nuestras caras. Solo conocemos a la persona que nos ha sumado al grupo, porque en las reuniones usamos máscaras para evitar que nos vean y sentirnos más libres. Son blancas. Sin rasgos. Hablamos frente a máscaras que no expresan nada para así poder sacar todo lo que se nos ha quedado dentro… Y funciona. Lo sueltas y funciona. Es solo eso.
—¿Solo?
—Sí, Eric, solo. ¿Podemos dejarlo aquí, por favor?
Estaba cansada.
Quizá porque había tenido que controlar cada palabra para asegurarse de que no explicaba más de lo que debía. O porque temía que haber hablado de aquella especie de club secreto tuviera repercusiones.
—No le digas a Rex que…
—Tranquila, Tania, no pensaba hacerlo.
—Él cree que tú no estás preparado.
—¿En serio?
Eso, en el fondo, no me sorprendió: era evidente que Rex, por el motivo que fuera, no me quería allí.
—Cree que tú no cumplirías las reglas.
—¿Hay reglas?
—Sí.
La pregunta inmediata era: ¿cuáles son?, pero había otra que necesitaba formular antes.
—¿Y esas reglas incluyen cosas como las que le han pasado a esa chica?
—¿Qué chica?
—Paula.
—Eso no tuvo nada que ver con…
—¿Estás segura?
—En las reuniones solo hablamos. Se permite decir… cualquier cosa. Pero nada más.
—¿Es una de las reglas?
—¿Cuál?
—¿Mentirle a tu mejor amigo sobre lo que hacéis allí?
—¡No te estoy mintiendo!
Tania se puso en pie, dispuesta a marcharse. No iba a tolerar ni una sola insinuación más sobre algo que estaba segura de que no era cierto.
La tomé de la mano. Yo tampoco estaba dispuesto a que un nuevo enfado volviera a interponerse entre nosotros. Otra vez no.
Ella se sentó de nuevo. Entonces empezó a hablar sin que yo le preguntara.
Y yo volví a dudar.
¿Me estaba diciendo la verdad?
¿O había algo más que me estaba ocultando?
¿Cómo había llegado a esconderme algo así?
Me costaba creer que aquellas sesiones que empezó a describirme de manera caótica no fueran más que una especie de terapias extraoficiales.
Las máscaras.
Las reuniones en lugares aleatorios y cambiantes.
Las horas: normalmente, los encuentros nunca se celebraban antes de las doce o la una de la madrugada.
Y las tres normas del Círculo:
Nunca digas tu nombre.
Nunca cierres tu herida.
Nunca lo abandones.
Era difícil pensar que todo eso solo fuera un modo de regular unas simples tertulias con gente más o menos dolida que se reunía para verbalizar lo que, en otros foros, sentía que no podía decir con plena libertad.
—Solo queremos protegernos. Defender nuestra intimidad… ¿Tan raro te parece?
—Lo único que intento decir es que…
—¿Te recuerdo lo de mi foto? Porque lo mío empezó así… con una foto. Por eso usamos máscara y ocultamos nuestros nombres reales. Intentamos que todo sea lo más discreto posible. Si hemos aprendido algo es que tenemos que protegernos. ¿Eso tampoco lo puedes entender, Eric?
—¿Me estás diciendo la verdad? Hay una chica muerta…
—¿En serio me estás preguntando eso? Sí, hay una chica muerta, una chica que fue culpable de cosas horribles… Pero a la que ninguno hemos tocado. El Círculo no haría nunca algo así —Tania, de pura rabia, parecía a punto de romper a llorar—. Y yo tampoco.
La abracé con torpeza. Enlacé mis brazos sobre su cuerpo con toda la delicadeza de la que fui capaz, a pesar de que sintiera que había algo de artificial en ello.
Ella permitió el abrazo. Al principio mantenía una distancia, aunque fuera minúscula, entre su cuerpo y el mío, pero pronto cedió y posó su cabeza en mi hombro. Rota de un dolor que sonaba antiguo a pesar de que lo hubiera provocado una conversación presente.
Si Rex nos hubiera visto, habría insistido en su teoría.
El ayer que renace en el hoy.
La línea que dibuja una circunferencia de la que nadie puede escapar.
Pero yo le habría respondido que ese abrazo era nuestra respuesta.
El modo de romper esa línea.
El momento en que Tania ponía su cabeza sobre mi hombro y yo me dejaba. Porque eso suponía que ella había sido capaz de aprender a confiar en alguien, y yo, de no cerrarme a quienes me rodeaban.
Rex me habría mirado con superioridad, con esa expresión de saberlo todo que a veces conseguía hacerme perder los nervios. «Eso es lo que tú quieres pensar», habría sentenciado. Y nos habría dejado con la palabra en la boca, convencido de que ese abrazo no resolvía nada. De que no hay lazo que sirva para unir lo que la violencia ha destruido.
—Dime dónde será el siguiente encuentro, Tania.
—No puedo.
—Solo quiero estar allí. Acompañarte.
—No puedo, Eric, en serio. Solo se entra en el Círculo si los demás te aprueban. Y Rex te tiene vetado.
—Es ridículo…
—Esto es algo mío. Algo que necesito hacer yo… Me machacaron dos veces. Dos matones distintos y en dos institutos diferentes. No sé si crees que eso me da derecho a desahogarme, pero la verdad es que tampoco me importa. Yo necesito hacerlo. Decir lo que me dé la gana sin que nadie valore si estoy siendo o no injusta. Y tú no tienes por qué mezclarte en eso. No tienes por qué ser siempre el centro de todo, Eric.
Volví a casa con tres ideas que no dejaban de atormentarme. Necesitaba la dirección de ese nuevo encuentro.
Había algo que Tania no sabía.
Y ese algo estaba a punto de ponerla en peligro.
Estaba seguro de que no me había mentido. Todo cuanto me había dicho sobre el Círculo, incluidas sus tres normas, era cierto. Y su convicción de que no habían tenido nada que ver con la muerte de Paula, también.
Fueran quienes fueran los artífices y fundadores de aquella extraña secta, no había nadie que pusiera en duda sus enseñanzas. Ni Rex, que había encontrado en esas reuniones la forma perfecta de dar rienda suelta a su afán de venganza. Ni Tania, que creía empoderarse asistiendo a ellas cuando, en realidad, no hacía más que perder el control sobre sí misma.
—Solo somos víctimas que no quieren seguir siéndolo. Gente que habla para dejar claro que no se avergüenza de haberlo sido —me explicaba—. Porque esa vergüenza, ese silencio es el que estuvo a punto de acabar con nosotros. Y ahora lo rompemos. Lo hacemos pedazos. Eso es lo único que matamos allí: la vergüenza.
Tania creía no mentirme cuando me afirmó que el Círculo no había matado a nadie.
Porque no podía dar por cierto algo que no sabía.
Algo que este 13 de julio iba a hacerse real.
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