La versión de Eric
El guion
Al principio pensé que se trataba de un símbolo privado.
Aquel círculo era la prueba de que Tania había encontrado en Rex un reflejo de sí misma mejor del que, al parecer, obtenía conmigo.
Tuve que esforzarme por distinguir mis emociones. Y hasta me cuestioné si lo que sentía por ella era una simple amistad o si, en realidad, llevaba años enamorado sin saberlo.
Me sentía confundido. Perdido. Y, lo peor de todo, rabioso.
No era capaz de trabajar con Rex sin pensar en su tatuaje. En el momento en que habría convencido a Tania de que se hiciera el suyo. Aquella marca con la que ambos habían marcado su piel hacía que mi gesto, una simple pulsera con un nosotrxs escrito a rotulador, fuera entre patética y lamentable. Quizá las dos cosas al mismo tiempo.
Hubo un par de veces en que estuve a punto de preguntárselo.
—¿Por qué un círculo?
No sé si Rex me habría respondido, porque su extroversión se volvía muro ante ciertos temas.
Era una reacción imprevisible y, a menudo, ilógica. Como si la conversación hubiese golpeado alguna zona sensible de su memoria y fuese incapaz de controlar sus palabras.
Algo así fue lo que pasó el día que nos presentaron el guion del final de la primera temporada. Para escribir el décimo episodio, tanto Lucas como Amaia habían tratado de cerrar algunos de los conflictos a la vez que abrían otros que provocaran la impaciencia del público.
—Por si nos renuevan —se justificaron el día de la lectura, como si fuera necesario formular en voz alta el deseo que compartíamos todos los que estábamos allí.
En general, la trama del capítulo nos pareció aceptable. No lograron despertar el entusiasmo que habían levantado con los iniciales, pero quizá aquello se debía al cansancio del proceso o, sencillamente, a que desde la producción se habían ido sumando tantos cortes de presupuesto en busca de una mayor rentabilidad que lo que al principio de la serie era espectacular, ahora resultaba descafeinado.
A pesar de eso, los diálogos de Lucas y Amaia seguían funcionando. Las situaciones resultaban creíbles. Y el arco de los personajes mantenía una notable coherencia con lo que se había ido diciendo de ellos a lo largo de toda la ficción.
Salvo en un caso.
—No pienso rodar esto. Ni de coña.
Rex tuvo una de sus reacciones airadas y, con actitud de divo, salió de la sala donde estábamos terminando la lectura.
—No voy a hacerlo, ¿me oís? —gritó desencajado—. ¿Me estáis oyendo?
La escena que había provocado esa reacción de ira en Rex era la de su reconciliación.
En la serie interpretaba a Olsen, un chico que había sido víctima de acoso durante años y que, al salir del instituto, se reencuentra con Héctor, la persona que le había hecho la vida imposible en clase.
—Es una escena sobre las segundas oportunidades —Amaia intentó sin mucho éxito defender su trabajo.
—Sobre las razones que explican hasta nuestras acciones más monstruosas —la secundó Lucas.
—Los monstruos no tienen razones —los cortó Rex—. Por eso son monstruos. Y no voy a ayudaros a grabar esta mierda con final feliz para que la gente se crea que sí.
Era verdad que aquella escena resultaba extraña en medio de una trama donde todos los personajes evolucionaban hacia lugares más complejos y, según afirmaba la promoción de la serie, más oscuros. Pero también sabíamos que desde producción llevaban tiempo exigiendo «algo más de luz», así que parecía obvio que los guionistas habían optado por suavizar el conflicto de uno de sus personajes adolescentes para que esa luminosidad, por artificial que fuese, tuviera lugar.
—¿Te importa? —Hugo, que ese día había venido invitado por la productora, no necesitó añadir nada para que yo entendiese lo que me estaba pidiendo.
Salí de la sala en busca de Rex, con la única misión de lograr que se serenase y regresara para terminar la lectura con nosotros.
Sabía que estaría en la sala de fitness, un espacio gigantesco que habían habilitado para que allí entrenasen quienes, como él, no podían pasar un solo día sin cuidar sus rutinas y a la que íbamos dos o tres veces por semana los menos entusiastas.
Estaba sentado en una de las máquinas, haciendo piernas, moviendo setenta kilos de arriba abajo, sin darse tregua, marcando la respiración, dejando a la vista aquel tatuaje que hasta parecía brillar a causa de las luces y el sudor.
—¿Se puede saber qué ha sido eso?
No me respondió.
Sumó una carga más —de setenta a ochenta kilos— y siguió entrenando.
—¿Crees que somos imprescindibles, Rex? ¿Es eso? Porque si necesitas que alguien te baje a la realidad, puedo intentar hacerlo yo.
Se rio.
Me lo temía: algo me decía que tratar de comportarme como si fuera Hugo no me iba a funcionar.
Puso otra carga. Ahora ya eran noventa.
—Rex, por favor.
Volvió a reírse.
Mi tono de drama romántico tampoco había sido nada convincente.
Estaba a punto de poner otra carga más cuando decidí acercarme hasta la máquina y agarrar su mano con fuerza.
—Que me hables, joder.
No tuvo que esforzarse para zafarse de mí y, sin pensarlo, me dio un golpe que acabó conmigo en el suelo.
—Lo siento —se alarmó—. Lo siento, tío.
Me tragué mi orgullo para no salir de allí en ese mismo instante.
—¿Te encuentras bien?
Había estado a punto de darme con una de las máquinas, pero, por suerte, conseguí esquivarla. Así que sí, estaba bien. Algo magullado en mi amor propio, pero bien.
—¿Me vas a explicar qué te pasa? Lo de ahí dentro ha sido demasiado, Rex… Y lo de ahora…
—Lo que me pasa es que no quiero ser su cómplice.
—¿Cómplice de quién?
—De quienes nos hacen creer que nada importa de verdad. De esa gente que nos toma por imbéciles.
—No creo que el guion diga eso. Hablan de cambiar. De tratar de avanzar.
—Hablan de blanquear a los agresores. De convertirlos en víctimas — su mirada estaba llena de una mezcla de sentimientos en la que no podía diferenciar dónde empezaba el odio y dónde acababa el dolor—. Si te jodieron es porque ellos también estaban sufriendo, ¿no es eso? Así que hay que entenderlos, ¿verdad? Pero es que todos sufrimos, tío. Todos tenemos nuestras movidas y no vamos destrozando la vida a los demás. Esa es la diferencia.
Habíamos entrado, era obvio, en terreno personal. No tenía muy claro por dónde nos movíamos, así que decidí que iba a dejarle hablar tanto tiempo —y dando tantos rodeos— como él considerase necesario.
—Tú tienes que haberlo sentido también, Eric. ¿O no?
Pues claro que lo había sentido. Pero detesto que todo el mundo lo presuponga. Me fastidian quienes me miran buscando complicidad tan solo porque soy diferente. ¿Y quién no lo es? ¿Por qué mi diferencia debería ser más traumática, o más obvia, o más dolorosa que la de cualquier otro? Tuve que contener mi impulso de largarme de allí por segunda vez. Mientras Rex buscaba una toalla para secarse el sudor, yo intentaba no dejarme arrastrar por la marejada de rencor que sus palabras habían levantado.
—Aunque a lo mejor no has perdido a nadie… Y eso, te lo aseguro, lo cambia todo. Lo cambia para siempre.
La voz de Rex se ensombreció.
Se sentó en uno de los bancos de pesas y trató de obligarse a callar mientras subía y bajaba —con la misma rabia que hacía solo unos minutos — un par de mancuernas. Apretó los dientes y se concentró en el reflejo que le ofrecía el espejo del gimnasio. No sé si se miraba con ira o con arrogancia; era imposible adivinar qué estaba pasando por aquella cabeza que trataba de buscar en la actividad física el modo de silenciar su actividad mental.
—¿No te vas a ir nunca?
Estuve a punto de negar con la cabeza, pero me pareció que ese sería un gesto redundante. El simple hecho de seguir allí, sin siquiera moverme, ya era una respuesta.
—¿Si te lo cuento me dejarás en paz?
Me encogí de hombros: ¿cómo le iba a asegurar que sí antes de saber en qué consistía lo que me iba a contar?
—Eres lo peor, Eric…
No fue exactamente una sonrisa, pero se parecía. Al menos dejó de subir y bajar aquellas pesas de una vez.
No sé cuánto tardó en hablar de nuevo.
Lo que sí recuerdo es que su historia comenzó y acabó de la misma manera.
Con una única palabra.
Chloe.
OceanofPDF.com