La versión de Eric
2. Lo que (sí) sucedió
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LO QUE (SÍ) SUCEDIÓ
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EL PEOR MEJOR VERANO DE MI VIDA
Tenía doce años el verano en que mi madre me dejó en casa del abuelo.
—No puedo decir que no a este trabajo. Lo entiendes, ¿verdad?
Cuando me dio la noticia, debí de mirarla con una tristeza de la que no fui consciente o que ella malinterpretó, porque pocas cosas me hacían más feliz que quedarme con ese hombre con el que sentía que podía ser con mayor libertad que con el resto. Pero mi madre, aunque en ningún momento le exigí que lo hiciera, no dudó en justificarse.
—Ya sabes que no nos sobra el dinero. —¿De verdad era necesario insistir en eso?—. Entre mi sueldo y lo poco que nos pasa tu padre, apenas llega…
No puse objeciones. En primer lugar, porque pensé que aquellos meses con mi abuelo podrían no ser una mala idea. Y, además, porque con doce años entiendes el mundo con mucha mayor claridad de la que los adultos que nos rodean quieren hacernos creer. Y de la que nosotros mismos recordamos, supongo.
Así que, sin que tuviera que explicármelo, entendía que mi padre estaba aún más lejos que nunca, sobre todo desde que había formado su nueva familia. Una en la que acababa de tener una hija («una de verdad», me contó mi madre que le había dicho) y con la que, poco a poco, fue borrando su silueta de mi vida.
También entendía que mi madre no tenía tanta necesidad de dinero como intentaba hacerme creer. Nunca nos sobró ni un euro, pero la nuestra no era una situación más desesperada que la de la mayoría de gente que vivía en nuestro barrio. Entonces me habría limitado a calificarla de normal, pero ahora supongo que podría describirla como miseria asumida y reconvertida, por obra y gracia del conformismo, en reluciente e irreal clase media (a la doctora García le habría gustado esto).
Y entendía, sobre todo, que lo que necesitaba era tomarse ese verano para ella. Alejarse de mí, de mis problemas en clase, de sus impresiones sobre mi presente, de sus dudas sobre mi pasado y hasta de sus expectativas sobre mi futuro.
De los boletines de calificaciones deficientes, de las notas en mi agenda, de las llamadas de mis maestras porque «le pasa algo», «no atiende en clase», «interactúa mal con sus compañeros». De que esos mismos compañeros me llamaran por el nombre equivocado no solían decir nada. De que alguno me hubiera grafiteado un «freak» (que para algo era un centro bilingüe) en la mochila, tampoco.
Y necesitaba alejarse, también, de aquellos hombres —los de los perfumes agrios— con quienes, creyendo que yo no me enteraba, intentaba llenar noches que la hacían sentirse, a la mañana siguiente, tan sola como antes.
Necesitaba esos meses para no olvidarse de sí misma. Para no perderse entre el fantasma de la mujer a quien le habían roto el corazón hacía tres años y el de la madre a quien le resultaba imposible entenderme tan bien como le habría gustado. O como, aunque eso nunca se lo haya dicho, yo habría necesitado.
Me dejó en casa de mi abuelo con el único propósito de huir de todo, para recuperar lo poco de sí misma que creía mantener a salvo. Justo lo que la vida familiar, con todos los interrogantes que abría en ella lo que a mi madre le dio por llamar «mi singularidad», le estaba arrebatando.
Eso no me lo confesó nunca.
Ni siquiera cuando regresó de aquellos meses —iban a ser tres, pero al final se convirtieron casi en cinco— trabajando fuera y me propuso ir a una psicóloga porque una compañera le había dicho que su hijo (¿o le diría su hija?) podía tener altas capacidades.
—A lo mejor Julia sabe de eso —propuse.
—Julia es una buena amiga de tu abuelo, pero… —negó con un gesto con el que dejaba clara su falta de confianza en ella.
—Es psicóloga. Y me escucha bien.
—Necesitamos que sepa hacer algo más que eso…
—Escuchar bien no es fácil.
—Lo sé… Pero no basta.
Y entonces fue cuando me contó que a otra hija de una amiga suya le pasaba lo mismo que a mí, que también era muy crítica desde pequeña (¿yo lo era?) y que, según le había contado la doctora García —la especialista con quien había consultado y a la que había decidido llevarme—, el fracaso escolar no era más que su respuesta a un entorno poco estimulante.
A mi madre le gustó aquella frase («la respuesta a un entorno poco estimulante») y empezó a utilizarla con frecuencia cada vez que mis penosos resultados académicos estaban a punto de desanimarla.
Mi respuesta a su sugerencia, sin embargo, no la encajó con el mismo entusiasmo.
—En cuanto podamos iremos a verla, Alicia.
—Ya no… —Creí que sería más fácil decirlo en voz alta, tal y como lo había ensayado con Julia y el abuelo—. Ya no me llamo…
No salió a la primera.
Y, por un segundo, hasta me arrepentí de haberle dicho que no al abuelo cuando me ofreció estar a mi lado en el momento en que decidiera contárselo a mi madre.
—Lo sabe mejor de lo que siempre lo he sabido yo… Pero ella es como es —me advirtió—. Puede resultar casi tan testaruda como tú.
Le di las gracias, aunque sabía que era algo que debía hacer yo solo.
Y necesitaba, cómo lo necesitaba, que aquella conversación saliera bien.
Así que, a la segunda, sí que lo dije.
—Ya no me llamo así.
—¿Ah, no?
Mi madre omitió la pregunta: no era necesaria.
Prefirió callársela para —eso lo entendí mucho después— ganar tiempo y asimilar que su intuición, esa que siempre tuvo y que había provocado que nunca acabase de sentirse a gusto junto a mí, era verdadera. Pero ella sabía, los dos sabíamos, que en el momento en que dijese mi nombre en voz alta ya no habría vuelta atrás.
—No, mamá… Ya no.
Permaneció callada.
Imagino que prefería no hablar a decir algo que pudiera resultar hiriente.
—Me llamo Eric.
Me sonrió con una expresión en la que no sé si había más ternura o inquietud y, sin hablar, me acercó hacia ella y me abrazó.
Fue un abrazo muy largo.
Profundo.
Uno de esos abrazos en los que el cuerpo sustituye al lenguaje porque es la única manera en que somos capaces de decirnos.
Y el mío, con el que ese mismo verano ya había empezado mi propia guerra, se aferró al suyo.
Imagino que en su cabeza desfilaron todos los momentos en que lo había intuido, la tarde de la camisa azul casi negra incluida, al igual que mi memoria fue atravesada por todos los instantes en que habría deseado saber cómo contárselo.
En ese momento creí que mi madre al fin lo había entendido todo.
Que ella era la respuesta. Y mi padre, el obstáculo.
Que ella era el sí del mismo modo que mi padre, el no.
Que no habría una sola piedra más en el camino.
Pero me equivocaba.
Durante aquel verano había comprobado que mi abuelo no era un hombre muy locuaz, pero sí muy risueño. Uno de esos tipos a los que la vida les ha dado tantas patadas que conocen bien el valor de una simple sonrisa.
No le gustaba demasiado hablar de aquellos tiempos. De ese pasado en que otros parecían encontrar la fuerza, aunque fuera en forma de rencor, para seguir en pie. Por eso sé que el Círculo, el maldito Círculo que tiene la culpa de todo lo que ha sucedido esta noche, le habría horrorizado tanto como a mí…
Era yo quien tenía que insistirle para que me contara cómo fue aquella vez que estuvo en la cárcel. Ese día en que, por culpa de haber participado en una manifestación contra la censura en la Universidad, acabó detenido y en comisaría, compartiendo celda con otro joven de su edad y soportando a un tipo que intentó hacerles confesar a golpes los nombres de los organizadores de la protesta.
—¿De verdad quieres que te cuente eso?
—Sí, abuelo. Por favor.
Esta comisaría en la que estoy ahora no se parece en nada a la que él me describía cuando accedía a mis ruegos.
Aquí hay una máquina de café.
Un salón angosto, pero dotado de cierta privacidad, donde Hugo y yo esperamos a que vuelvan a llamarnos.
Un oficial joven de ojos azules que va y viene continuamente y que, no sé por qué, me inspira cierta confianza.
Y móviles desde los que avisar a quienes puedan ayudarnos antes de que todo acabe de la peor manera posible.
Entonces no había nada de eso, supongo.
Y mi abuelo me lo contaba con naturalidad, sin engrandecerse. Sin convertir en épicas esas noches que pasó encerrado con aquel otro joven, tan revolucionario como él, en una celda de la que no sabía si iba a salir con vida.
—Pero tu abuela…
Y ahí se le iluminaba la cara. Cuando hablaba de ella, siempre se dibujaba una sonrisa en sus ojos.
—Nunca hubo nada que tu abuela no pudiera conseguir. Fue ella la que dio con nosotros. Conmigo y con Eric —aquella fue la primera vez que escuché el que iba a ser mi nombre—. Ojalá hubieras podido conocerla…
Me habría gustado, pensé mientras él me mostraba fotografías antiguas de esas que yo no voy a tener, porque mi memoria está encerrada en los miles de imágenes de la galería del móvil.
A veces siento envidia.
Es raro.
Pero me pregunto cómo sería la vida cuando era de papel.
Cuando estaba hecha de fotografías impresas.
De cartas escritas a mano.
De llamadas desde cabinas de teléfono.
A mi abuelo sí le gustaba hablar de eso. Del mundo que habitó y que, decía, se había perdido para siempre.
—Tu madre ya no lo conoció… Ella cree que sí, pero solo fue durante unos años. Después, ya no. Es otra como tú. Otra millenial de esas.
Me hacía reír cuando usaba esas palabras que parecía que no le pertenecieran.
Y él lo sabía.
Ese verano hizo cuanto pudo por forzar esas risas, porque fue justo el momento en que sucedió todo.
El momento en que despertó Eric.
Y en el que, como si no se resignara a su muerte, me golpeó con más fuerza Alicia.
Recuerdo la fecha exacta del ataque.
El 6 de julio.
Julio —esta madrugada es la prueba— siempre ha sido un mal mes en mi vida.
Un mes pésimo.
Apenas acababa de instalarme. Mi madre se había ido el 2 y yo ni siquiera había acabado de acomodarme en la habitación que ocuparía en casa de mi abuelo.
Desde mi llegada me había encontrado mal, como si estuviera incubando una enfermedad que no acertaba a descubrir. Pero no dije nada. No quería que mi madre subiese a aquel avión preocupada. Era su momento y sentí que no tenía derecho a estropearlo.
Bastantes días le había arruinado ya…
Ella no lo dijo nunca, pero a veces, en alguna de esas cenas donde apenas éramos capaces de cruzar unas palabras, creo que sí lo pensaba.
—No se ha ido por tu culpa —me decía, como si así pudiera espantar sus propios pensamientos o ayudar a que se alejasen los míos.
Esa era la versión oficial, pero el simple hecho de que me lo repitiese tanto me hacía creer que, en el fondo de su corazón, siempre creyó que sí.
—Tu padre no se ha ido por tu culpa.
Y esa palabra, culpa, se instaló en mi vida como un acompañante más. Sustituyendo a los amigos invisibles que tienen otros niños y que, en mi caso, se convirtieron en dos siluetas con la mirada condenatoria de mi padre y el silencio melancólico de mi madre.
Así que cuando se fue no le dije que me encontraba mal. Ni siquiera la llamé ese 6 de julio al comprobar que mi malestar no era, como esperaba, una indigestión, ni un resfriado veraniego, ni nada que se fuera a pasar tan rápido como me habría gustado.
Sabía lo que iba a ocurrir. Laura, la de Naturales, nos lo había explicado ese mismo curso.
Y, cuando lo hizo, me miraba especialmente a mí.
—Si quieres que hablemos… —me sugirió un día.
No parecía una mala idea. A fin de cuentas, ella era una de las pocas que parecían entenderme.
Entonces no era oficial.
No lo había dicho aún.
Las discusiones entre mi madre y mis profesores llegarían a partir de 2.º de ESO. En el primer impreso de matrícula donde me atreví a poner Eric antes de que un señor con cejas muy anchas y mirada muy gris lo tachara, al comprobar que no era el mismo nombre que figuraba en mi DNI.
Ahí fue cuando empecé a pelear por que me vieran. Pero antes, no.
Cuando Laura me daba clase, aún estaba en los días en que solo quería que no me viesen.
Me daba miedo hablar y hacerme daño. Sentía que cada vez que abría la boca, corría el riesgo de que alguien cruzara una puerta desde la que pudiera golpearme.
Si no hablo, no me ven.
Si no digo, no estoy.
Si no me pongo en pie, no podrán derribarme.
No sé de dónde saqué aquellas ideas, pero mi deseo de ser invisible vivió dentro de mí todo el tiempo que duró la Primaria. Y ni siquiera las palabras de Laura consiguieron anularlo, aunque las memorizara y se convirtieran en un territorio donde refugiarme unos años después.
—Cuando pase, eso no cambiará quién eres —me dijo en un recreo en el que me había pedido que la ayudase a colgar unos murales en el aula—. ¿Lo entiendes?
En aquel momento, la verdad es que no.
Mi cuerpo aún no se había convertido en un problema.
No habían aparecido las curvas.
Ni se había desarrollado el pecho que intentaría ocultar bajo camisetas anchas primero y con la ayuda de un binder, después.
Pero, sobre todo, no había ocurrido lo que empezó a pasar aquel 6 de julio.
El primer día que tuve la regla.
Aquel verano fue el mejor peor de mi vida porque empecé a odiar cuanto me convertía ante los demás en una duda que ellos se creían con derecho a resolver por sí mismos.
El verano en que sentí que utilizar el masculino para hablar de mí provocaba sonrisas sarcásticas en algunos vecinos.
El verano en que la ropa no me quedaba como lo hacía antes.
El verano en que juré que no volvería nunca más a la piscina.
El verano en que le mandé un wasap a mi madre para pedirle que, a su regreso, quitara el espejo de mi cuarto.
El verano en que no quería verme, sino imaginarme, porque mi reflejo cada vez se parecía menos a mi idea de mí mismo.
El verano en que, aunque lo busqué, no encontré ni un solo libro ni una sola novela que hablase de mí.
El verano en que odié, por primera vez desde que tenía conciencia, la lectura.
El verano en que me sentí solo.
El verano en que me pregunté si aquello solo me estaba pasando a mí.
El verano en que cogí una cuchilla antigua, de las que mi abuelo todavía usaba para arreglarse la barba, y la escondí en el que se había convertido en mi cuarto.
El verano en que, cuando la realidad dolía demasiado, intentaba contrarrestar esa ansiedad con un corte pequeño. Imperceptible. Primero, en el muslo derecho. Muy arriba. Casi pegado a la ingle. Donde la cicatriz quedara oculta también bajo mis pantalones cortos. Luego, unos días más tarde, en el muslo izquierdo. Justo ahí, muy arriba. En el mismo lugar.
Pero aquel verano también fue el peer mejor de mi vida porque fue el que compartí con mi abuelo.
El verano en que me sorprendió llorando en mi habitación y se sentó a mi lado, sin preguntar siquiera qué me pasaba, solo para que me supiese acompañado.
El verano en que, gracias a sus historias y en memoria de su amigo revolucionario, decidí que mi nombre real era Eric.
El verano en que, a pesar de mis precauciones, se dio cuenta de que me pasaba algo y no dudó en llamar a Julia, una psicóloga hija de un viejo amigo suyo, para poner fin a esos cortes.
El verano en que conocí a Julia, que fue la primera que supo explicarme que mi identidad no residía en una simple definición biológica. Ni, mucho menos, en un burdo esquema genital.
El verano en que aprendí que yo era Eric porque lo sentía así. Porque mi abuelo jamás dudó de que lo fuera. Porque Julia me ayudó a entender que no había nada malo en serlo.
El verano en que Julia me pidió que apuntara en un cuaderno frases que entonces no tenían demasiado sentido y que, años después, serían el arma que empuñaría para quienes se atrevieran a cuestionar mi realidad.
«Te dirán que has nacido en un cuerpo equivocado. Incluso puede que te lo digan con cariño. Como si eso justificara algo».
El verano en que mi abuelo y yo vimos juntos Capitán América, El origen del planeta de los simios y Super 8.
«Pero tu cuerpo no es equivocado, Eric; tu cuerpo es solo el tuyo».
El verano en que, cuando alguien del barrio reaccionaba con malicia al oír mi auténtico nombre, mi abuelo les respondía con un «Tengo el nieto más guapo del mundo» que me hacía sentir un orgullo profundo e inmenso.
El verano en que, mientras los dos nos poníamos ciegos de palomitas y cocacola, sentía que a su lado, cada vez que él decía mi nombre, este se hacía más grande. Menos borroso.
—Esta noche nos vamos otra vez al cine, Eric.
—¿Te ha gustado la peli, Eric?
—Acércame las palomitas, Eric.
—No se te ocurra hacerme un spoiler de esos, Eric.
—Te voy a echar de menos cuando vuelva tu madre, Eric.
«Tu identidad es tuya. Te pertenece solo a ti».
El verano en que supe que alguien lograba verme tal y como yo era de verdad.
«¿Comprendes lo que intento decirte, Eric?».
El verano en que, por primera vez, tuve una respuesta sencilla a esa pregunta:
Sí.
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