La versión de Eric

Fernando J. Lopez · Capítulo 18 de 28

Páginas del PDF

La versión de Eric

Sábado, 13 de julio. 03:34 a. m.

SÁBADO, 13 DE JULIO

 

03:34 a. m.

 

—¿Qué es lo que no nos estás contando, Eric?

Gabriela no está dispuesta a rendirse.

Me lo ha dejado claro desde el primer momento en que ha entrado en esta habitación y se ha dado cuenta de que las piezas no encajan como deberían.

—Esto es una carrera contrarreloj, ¿no lo ves? En cuanto den con la identidad de la segunda víctima, habremos perdido la ventaja que ahora podríamos tener. Y te aseguro que ese inspector no va a soltar su presa como si nada. Es de los que saben cómo dar guerra. Y piensa ganarla.

—¿Ventaja? —se sorprende Hugo—. ¿Qué ventaja?

—La de que sabemos más que ellos —responde Gabriela con absoluta seguridad antes de fijar en mí una mirada que, si tuviera que adjetivar en uno de los test que me proponía Helena en su consulta, calificaría de incisiva—. Porque tú sabes de quién se trata.

Callo una vez más.

—¿Verdad que sabes quién es la segunda víctima, Eric?

—No estoy seguro… —Miento, tratando de interpretar mi papel del modo más verosímil posible.

 

—Ante todo, no fuerces —me aconsejó Rex en nuestras primeras sesiones juntos—. Hay gente que se cree que interpretar va de gritar, o de gesticular mucho, o de hacer movimientos muy grandes, pero qué va. Y menos cuando estás delante de una cámara. En la tele quieren gente que parezca real. Gente a la que verías a dos centímetros de tu cara y te la creerías. Porque la verdad es eso, tío: decir las cosas con naturalidad. Nada más.

A dos centímetros de tu cara… De repente pienso en esas palabras de Rex y recuerdo el miedo que sentí al escucharlas. ¿Soportaría mi verdad la cercanía de las cámaras? Iván me insistía en que sí cuando hacíamos teatro en el insti, pero aquello era muy diferente. Allí solo me veían un montón de compañeros que pasaban de lo que estábamos haciendo. En la tele, si me cogían, iban a mirarme miles, millones —si todo iba bien— de personas que opinarían sobre mí, sobre mi personaje y, si les dejaba hacerlo, hasta sobre mi vida. Gente que me observaría con la misma atención con que Hugo y Gabriela lo hacen hoy. Buscando en mí cualquier gesto que pueda ayudarles a entender lo que ha sucedido y a desentrañar así la verdad.

 

—Vamos a empezar por el principio —decide Gabriela.

Coge una silla y la coloca frente a mí.

A dos centímetros —maldito seas, Rex: hasta en esto soy incapaz de no pensar en ti— de mi cara.

—Me lo vas a contar todo otra vez.

—¿Otra vez? —me quejo.

Ella asiente.

Así que, en un intento desesperado por ganar tiempo, empiezo hablándole de mí.

—Olvida eso —me corta—. No estoy aquí para que me sueltes una novela, Eric. Estoy aquí para que me digas qué cojones ha pasado esta noche. ¿Lo entiendes o no?

Puedo escuchar la respiración agitada de Hugo.

Su antigua estrella infantil y ahora icono joven de éxito, entre la vida y la muerte.

Su nueva apuesta, un actor sin experiencia pero del que todo el mundo dice que tiene algo especial, a punto de ser detenido.

Y la serie que más dinero está dejando en su agencia, si nadie impide el previsible desastre, a un paso de ser cancelada.

Hugo no me va a dejar salir de aquí sin conseguir darle la vuelta a todo eso.

Gabriela, tampoco.

—No quiero que me cuentes tu vida. Quiero que me hables de esta noche, de lo que ha sucedido.

—Es lo que intento hacer.

—No me hagas reír.

—No lo pretendía.

Gabriela suspira. Empieza a cansarse de mis evasivas y soy consciente de que, en breve, puede que pierda definitivamente los papeles.

—Vamos a probar desde otro ángulo…

Espero con cierta curiosidad a que dispare su pregunta.

—¿Por qué has venido voluntariamente?

Bien: esa es de las fáciles de responder.

—Pensé que eso me ayudaría… Iban a descubrirlo de todos modos.

—¿Por?

—Porque es la verdad.

Gabriela vuelve a suspirar.

—¿Te ha visto alguien?

Niego con la cabeza.

—¿Había testigos?

Vuelvo a negar.

—¿Entonces?

Me encojo de hombros y doy la única respuesta que se me ocurre.

—Era mi moto.

—Pero nadie te ha visto hacerlo.

Hugo se revuelve en la silla y, como si la imagen del atropello lo hubiese golpeado, se pone en pie de repente.

—Están las huellas de los neumáticos. Y la pintura.

—Hay miles de motos como la tuya.

—Pero el informe forense… —Intento apostillar.

—Has visto muchas series —me corta.

—En realidad, las hago.

Gabriela me mira, por primera vez, con algo que se parece al respeto. Le hace gracia mi contestación a pesar de que mi actitud no nos esté ayudando. O, por lo menos, no tanto como a ella le gustaría.

—¿Qué hacías por esa zona?

—Pasaba por allí.

—¿Por un descampado a las afueras? ¿Un sábado a la una de la madrugada?

—Me gusta salir a dar una vuelta con la moto de vez en cuando.

Hugo suelta algo que se parece a una carcajada. Quizá en realidad no sea más que una arcada ante la imagen que no consigue arrancarse de su cabeza.

—¿Y Rex?

—¿Rex qué?

—Que si a Rex también le gustaba salir por los mismos sitios: por descampados en las afueras, a ser posible mal comunicados y sin nada más que un local abandonado cerca.

—Ni idea.

—Ya. Pero os habéis encontrado allí.

Asiento.

—Por casualidad.

Vuelvo a decir que sí con la cabeza.

—A mí puedes tomarme por imbécil, Eric, pero a ese inspector de ahí fuera, mejor que no. ¿Piensas que alguien en su sano juicio se va a creer esta mierda?

Es cierto: necesito medir lo que debo contar para proteger lo que quiero seguir callando.

—Sabía que Rex estaría allí.

—¡Al fin! —Hugo estalla en un grito que Gabriela le pide que sofoque.

—Sigue —me anima.

—Llevábamos semanas con problemas, pero…

—¿Por?

Las preguntas de Gabriela no me permiten dar rodeos. Cada vez que intento alejarme del tema para ganar tiempo, ella me devuelve a los hechos con una contundencia que amenaza el precario equilibrio de mi relato.

—Mi personaje no ha dejado de crecer en popularidad. Y cuando nos pasaron el mapa de tramas de la segunda temporada, daba la impresión de que iba a tener mucho más recorrido que el suyo…

—No puedo creerlo —en la voz de Hugo conviven la perplejidad y la decepción al mismo tiempo—. Sois dos niñatos. Dos putos niñatos.

—Así que os habéis peleado.

—Se suponía que habíamos quedado para hablarlo.

—¿Os habéis mensajeado antes?

Mierda. No.

Niego con la cabeza.

—¿Y cómo se supone que habíais decidido veros?

—Lo hablamos el último día. En el estudio. Justo después de que nos repartieran el material de la segunda temporada.

—Así que has ido hasta allí porque pretendías arreglar las cosas con Rex, ¿eso es lo que estás intentando decirme?

Asiento.

Cada vez que respondo con un gesto, soy consciente de que solo intento ganar unos segundos para que mi siguiente réplica suene más convincente.

—Pero él no ha querido…

No digas nada, Eric.

Niega con la cabeza.

Y niego.

—¿No ha querido?

—Rex había bebido… mucho.

—¿Solo alcohol?

Me encojo de hombros.

—Sigue.

—Estaba fuera de sí… Muy violento. No había forma de que entrara en razón. De que pudiéramos hablarlo.

—¿Intentas decirnos que ha sido él quien te ha atacado?

Mueve la cabeza despacio, Eric.

De arriba abajo.

Solo una vez. Con una vez debería resultar suficiente.

—¿Alguna herida que lo demuestre?

Ha llegado el momento.

Me levanto la camiseta y dejo ver la marca que el puñetazo me ha dejado en las costillas. Sé que no tengo nada roto, pero he caído al suelo nada más recibir el golpe, doblándome de dolor e incapaz de respirar.

—Hazle una fotografía.

Hugo obedece, saca su móvil y graba un testimonio gráfico de mi contusión.

—Hay que empezar por aquí tan pronto como volvamos ahí dentro. Porque no van a tardar en pedirnos que regresemos… Eso también lo sabes, ¿verdad?

Venga, Eric, asiente de nuevo.

—¿Después de la paliza es cuando has subido a tu moto?

No sé si su puñetazo puede llamarse paliza.

Pero, aunque no le haya dicho toda la verdad, sí lo ha sido.

Porque podría también enseñarle las magulladuras en mis piernas.

Las marcas de las patadas que he recibido mientras estaba allí, en el suelo, intentando levantarme para salir de ese infierno.

Lo malo es que, si le cuento todo eso, quizá tenga que cambiar mi versión. Y la que acabo de contarle funciona.

Dos actores rivales.

Uno de ellos pierde la razón.

Una agresión que acaba con el agredido tratando de huir.

—Y entonces ha sido él quien ha tratado de tirarte de la moto mientras tú solo pretendías alejarte.

Él se lanza contra mí.

Yo lo esquivo.

Él vuelve a intentarlo.

Y yo lo arrollo.

—¿Defensa propia?

Despacio, Eric. Mueve la cabeza de arriba abajo muy despacio.

—Eso lo cambia todo.

—¿A mejor? —pregunto, aunque conozca la respuesta.

—Si no nos estás ocultando nada, sí.

Derecha a izquierda.

Di que no lentamente.

—Rex nunca fue fácil —sentencia Hugo: su testimonio nos será muy útil; su versión encaja con la mía.

—Solo hay algo que me preocupa —insiste Gabriela—. Esa segunda víctima.

No digas nada.

Guarda silencio, Eric.

—¿Estás seguro de que no la conoces?

—Lo estoy.

—En ese caso, ahora solo tenemos que volver a repasar los hechos, cerrar nuestra versión y prepararnos para declarar de nuevo. Si todo ha sido tal y como nos has contado, no tienes nada que temer. Llamaste a la ambulancia, prestaste auxilio a la víctima a pesar de haber sido agredido y hasta viniste a confesarlo.

En mi cabeza, por una décima de segundo, pasan todos los nombres que no he mencionado. Todas las causas que no he enumerado. Todos los años que no caben en la conversación que acabamos de mantener y que, sin embargo, son esenciales para explicar los huecos que faltan.

Solo espero que el inspector Alcira tampoco los encuentre.

—Puedes estar tranquilo, Eric —me asegura Gabriela mientras alguien se acerca—. Todo va a salir bien.

El policía de los ojos claros abre la puerta.

—Acaban de llamarnos del hospital.

Hugo me mira. Gabriela también. Los tres sabemos qué es lo que viene a continuación.

—Se trata de Rex.

—¿Está fuera de peligro? —pregunta Hugo con un inevitable halo de esperanza.

—Lo siento… Ha muerto.

OceanofPDF.com