La versión de Eric
Sábado, 13 de julio. 03:46 a. m.
SÁBADO, 13 DE JULIO
03:46 a. m.
—¿Hasta cuándo piensan tenernos aquí?
Hugo está agotado.
Desde que se ha confirmado la muerte de Rex, su móvil no ha dejado de sonar: condolencias, notas de prensa, Valeria y sus estrategias de comunicación… Demasiado que hacer como para permitirse el lujo de venirse abajo a pesar de que, si no me equivoco, es justo lo que necesita.
Lo que necesitamos.
A él le duele una muerte que no entiende y en la que, además, ha quedado claro que no solo estoy implicado, sino que soy culpable.
—Ha sido en defensa propia —argumenta Gabriela—. Mientras podamos probar algo así, no habrá problema.
Ha muerto un chico de mi edad.
Un compañero.
Así que claro que hay un gran problema.
Un maldito problema que no sé si alguna vez podré cicatrizar.
—Si él no se hubiera abalanzado sobre ti, esto no habría pasado… Y si ha ocurrido tal y como nos lo has descrito, las pruebas forenses no tardarán en darnos la razón —hace una breve y significativa pausa—. Porque ha ocurrido tal y como nos lo has descrito, ¿verdad, Eric?
Asiento con toda la convicción de la que soy capaz, apoyándome en lo que sí es cierto de esa afirmación —Rex se abalanzó— y obviando lo demás.
—¿Cuándo crees que nos dejarán marcharnos? —insiste Hugo, que parece encontrarse al borde del ataque de ansiedad.
—En cuanto decidan que pueden compartir con nosotros la identidad de la segunda víctima.
—¿Y si no dan con ella tan pronto?
Gabriela sonríe con una mueca sarcástica ante la ingenuidad de mi representante.
—Solo están esperando a atar cabos antes de contárnoslo. El inspector querrá saber qué relación hay entre esa otra víctima y Rex. Y, más aún, entre esa víctima y Eric.
—Esto es una pesadilla —Hugo se revuelve en la silla y se pone en pie de nuevo—. Necesito salir un minuto.
Desabrocha el cuello de su camisa.
Intenta respirar, pero le cuesta.
Sale de allí sin decir una palabra más, en busca de un oxígeno que, me temo, no va a encontrar tampoco fuera de la comisaría.
El problema de esta noche no es el espacio.
Es el tiempo.
Los minutos que transcurren como si fueran una condena.
Lentos.
Amenazantes.
Cada segundo como una nueva acusación.
Una posibilidad de que todo se destruya para siempre.
O quizá ese todo —sea lo que sea— se haya destruido ya.
—No me vas a contar lo que falta, ¿verdad?
Gabriela me observa con atención, más pendiente de mis gestos que de mis palabras. Convencida de que su pregunta le permitirá leer mi respuesta incluso si no llego a pronunciarla.
Pero se equivoca.
Estoy agotado.
Estoy al borde de la que, posiblemente, será la crisis emocional más grave de mi vida.
Estoy lleno de dudas.
Estoy en una situación extrema, sí.
Pero soy un superviviente.
Y, más aún, soy actor.
Así que, a pesar de sus intentos por sonsacarme, consigo mantenerme sereno.
Le he dicho la verdad, me repito. Le he dicho, al menos, una parte de la verdad. No tengo por qué desvelar cuanto no es necesario que sepa. ¿Le devolvería eso la vida a Rex? No. Además, si lo hiciera, tendría que empezar desde el principio. Y hablarle de gente que ni siquiera he llegado a conocer.
Como Chloe.
—¿Puedo confiar en ti, Eric?
—Por supuesto —es todo cuanto respondo.
Ella me sonríe. Hay cierta complicidad en su gesto. Quizá porque lo que nos une a ambos es que, en campos y edades muy diferentes, tanto ella como yo hemos logrado que se nos conozca por nuestro presente: sus logros judiciales, mi suerte televisiva.
Esa puede que sea la auténtica diferencia que me une a Gabriela y que, a la vez, me separa del resto del mundo. No es una cuestión solo de identidad, sino de tiempo: ella y yo fuimos conscientes de que estamos fragmentados mucho antes de que el resto del mundo se diera cuenta de que también lo está, cuando sus facetas —ser hijo, ser hermano, ser amigo, ser padre, ser amante, ser compañero, ser antagonista, ser anónimo, ser persona— se superponen y dan lugar al caos que yo intuí por primera vez con siete, ocho años. El caos que, seas quien seas, al final te alcanza.
—Gabriela, confía en mí —le pido—. Por favor.
—Lo intento, de verdad. Aunque mi labor no es creerte, Eric. Con sacarte de aquí me conformo.
—Lo sé.
—¿Quieres que avisemos a alguien? Puede que tu familia esté preocupada… ¿No deberíamos hablar con tu madre?
—No es necesario. Prefiero hablarlo con ella mañana… Fuera de aquí, a ser posible.
—¿Y con tu p…?
La detengo antes de que lo diga.
—No.
—Ya… A veces es bueno perdonarlos.
Podría evitar la discusión, pero no me apetece hacerlo.
—¿Y si no se lo merecen?
—¿El tuyo no se lo merece?
—El mío ha elegido no serlo.
No tengo ganas de seguir hablando de esto, así que agradezco el regreso de Hugo, que vuelve con la misma expresión de cansancio, pero algo más sereno de lo que se marchó.
—¿Seguimos sin novedades?
—Estoy convencida de que el inspector va a volver a entrar de un momento a otro.
—Hay algo que… —Es obvio que Hugo ha estado reorganizando sus ideas durante el tiempo que ha permanecido fuera. Dentro es fácil digerir los hechos como si no hubiera contradicciones entre lo que ha sucedido y lo que yo les cuento; pero fuera, lejos de esta sala minúscula, las ideas puede que se abran más, incluso que se conecten de manera que ofrezcan otras explicaciones. Otros universos posibles en los que mi verdad es solo una opción entre otras muchas—. Hay algo que no entiendo, Eric.
La expresión de Gabriela oscila entre el miedo y la esperanza. Miedo porque teme que Hugo pueda decir algo que ponga en jaque toda mi defensa. Y esperanza porque le gustaría que lo que nos cuente sirva, al contrario, para sostenerla.
—Si tan mala era vuestra relación, ¿por qué intercediste por Rex cuando ocurrió lo del guion? Podían haberlo largado de la segunda temporada de la serie después de la bronca que montó. Pero tú lo apoyaste… ¿Por qué?
Chloe.
Chloe.
Chloe.
Para responder a su pregunta debería hablarles de Chloe.
Pero si lo hago, todo se volverá más transparente.
Y entonces podrán vernos.
O, al menos, intuirán lo que se esconde detrás de esta noche.
Si les hablo de Chloe, llegaremos a las raíces de Rex.
A sus demonios.
Al Círculo.
A sus tres reglas.
Y a los nombres que estoy tratando de callar.
No puedo darles todo eso. Ni siquiera a ellos. Si lo hago, se verán obligados a compartir esa información y mi esfuerzo de hoy no habrá servido de nada.
—Lo apoyé porque tú me lo pediste, ¿recuerdas? Y además, Rex tenía razón… En la productora nunca se nos escucha a los más jóvenes. Tanto Selene como yo estábamos de su lado.
—Selene apenas se manifestó.
—Firmó la misma queja que nosotros.
—Ya, Eric, pero ese documento lo redactaste tú.
—Porque no soy malo escribiendo… Y me lo pidieron.
—¿Quiénes? —se interesa Gabriela.
—Rex y Selene.
—¿Los dos? —Hugo sigue sin creerme del todo, a pesar de que, esta vez, cuanto le digo es cierto.
—Los dos. Yo solo redacté algo que los tres pensábamos. Pero eso no quiere decir que Rex no me la tuviera jurada… Y hoy se le fue la pinza — puede que mi relato no sea exacto, pero mis ganas de llorar sí que lo son. Aprovecho esa emoción real, esa impotencia de lo que me habría gustado evitar, para que mi historia resulte aún más verosímil—. Ya os he dicho que Rex había bebido mucho. No sé, lo mismo hasta se había metido algo… Últimamente estaba distinto.
Eso también es cierto.
Las veces que me ofreció y las que yo tuve que decirle que no.
Su «no seas moñas» y mi «paso de eso».
A Rex le costaba divertirse sin esa dosis extra con la que lograba olvidarse de quién era. De todo lo que lo rodeaba. Estaba de acuerdo con él en que resultaba repugnante blanquear la violencia, por eso lo apoyé en la polémica del guion igual que rechacé la campaña que me propuso Hugo. Aunque entre no romantizar el acoso y revolcarse en él había una enorme diferencia. De ahí que me preocupara tanto que Tania formase parte de su mundo. No quería que la arrastrase a esa oscuridad. Ella ya tenía suficiente con la suya como para sumar, además, infiernos ajenos.
—Entonces, ¿se supone que me tengo que creer que hoy estabais los dos juntos en ese descampado… bebiendo? —Gabriela insiste en las zonas más débiles de mi relato. Y está claro que el dónde es una de ellas.
—No era la primera vez que íbamos —de nuevo, es una mentira parcial: para mí si lo ha sido, pero para Rex no—. Es un buen sitio para desfasar: lejos de todo y donde nadie nos conozca…
—Ya —no sé si eso quiere decir que empieza a creerme o que ha decidido fingir que lo hace.
—Desde que la serie empezó a emitirse es… —me cuesta corregir el verbo y volverlo pasado: ya no es ni tampoco podrá volver a ser—. Era. Era muy difícil quedar juntos sin que alguien nos reconociese. Por eso nos íbamos allí de vez en cuando. Para respirar.
—¿A pesar de ser rivales?
—Es que no éramos rivales… —Cuando digo, como ahora, cosas que son parcialmente ciertas, mentir me resulta mucho más sencillo. Quizá por eso, porque llevo toda la noche callando, o porque acabo de darme cuenta de que la muerte de Rex es real, comienzo a hablar sin controlar nada de lo que digo. Incapaz de frenar las palabras que surgen directamente desde mi estómago—. Rex y yo solo somos…, éramos…, Rex y yo solo éramos dos tíos que la cadena disfrutaba enfrentando porque eso vende más. Mira los últimos reportajes, los últimos vídeos que han lanzado en la cuenta oficial. Da la sensación de que hay que ser del Team Rex o del Team Eric, como si no tuvieran bastante con saber que el número de seguidores de la serie es cada vez mayor. No, ellos quieren presumir de fandom, de cuánta gente se haría un selfi con nosotros o nos cancelaría en un segundo si supiera algo de nuestras vidas que no le gustase, como que Rex se ponía ciego de todo, por ejemplo… Pero eso, Gabriela, no es lo mismo que ser rivales. Eso es que éramos compañeros que se intentaban llevar lo mejor que podían. Aunque a veces te supera, a veces la presión te desborda, y entonces culpas al que tienes más cerca de lo que te está pasando. Y supongo que eso es lo que hizo Rex: se creyó que si no le iba tan bien como le habría gustado era porque yo le hacía sombra, o porque lo ponían en un segundo plano por mi culpa, o porque los guionistas me daban más escenas y las mejores frases… A lo mejor para ti todo eso es una estupidez, a lo mejor no lo entiendes, pero si fueras yo, te aseguro que sabrías cuánto importa. Y sí, se puede perder la cabeza por algo así. Claro que se puede perder la cabeza, porque aquí estamos expuestos todo el tiempo. En la pantalla. En nuestras redes. ¿Sabes que nos obligan a mantener un número mínimo de seguidores? Seguro que no… Seguro que no sabes ni la mitad de cómo va esto, de cómo controlan tu vida privada, de las reuniones en las que te dicen lo que puedes y lo que no puedes contar. Yo, por ejemplo, solo puedo hablar de la parte de mí que está firmada por contrato. Sin más detalles. Porque tengo que ser un icono positivo, ¡un referente! Eso me han dicho. Y hay una lista de cosas que no puedo hacer o, por lo menos, que nadie puede ver que hago. Si eso ocurre, a la mierda el contrato, la serie y mi futuro. Y aquí, cuando te dan un no, es un no para siempre. Para este proyecto y para todos los demás. Así que la presión es enorme. Infinita. La presión es tan grande que acabas con terapia. Y con ansiolíticos. Porque no hay quien maneje todo esto sin volverse un poco loco, cuando te ves allí, en esa pantalla gigantesca, en ese cartel que llena los autobuses, en esa parada donde está tu cara, aunque no seas tú, porque lo que ven los demás es el personaje que se han inventado, o el que imaginan, o el que tú mismo finges ser en tus redes. Así que una noche puede que te pase como a Rex: que no controles. Que tomes más de lo que debes. Que te dejes llevar hasta que estallas en el peor momento posible. Y lo que debería haber sido una bronca estúpida se convierte en un accidente. En un puto accidente. Algo que no debería haber sucedido jamás.
Me rompo.
Lo intento evitar, pero soy incapaz de contenerme.
Así que me dejo llevar y, al fin, me rompo.
Ahora mismo, lo único que necesito a mi alrededor es el espacio que este cuarto ridículo me impide tener.
Gabriela y Hugo guardan silencio mientras me dejo caer sobre una de las sillas. Permiten que me venga abajo. Que patalee como un crío contra el suelo. Que llore como un niño al que le gustaría que nada de lo que ha ocurrido esta noche hubiera sucedido de verdad.
Si lo hubiera sabido antes…
Si me lo hubieran contado a tiempo…
O si yo lo hubiera averiguado…
Pero no podía imaginar que ese círculo significaba algo así.
Ni que nos acabaría trayendo a una madrugada tan terrible como esta.
Gabriela mira su reloj y deja pasar el tiempo que considera preciso antes de volver a aconsejarme. Debe de pensar que, ahora que he liberado parte de los fantasmas que me atormentan, soy aún más peligroso que antes, porque corremos el riesgo de que vuelvan a escaparse en el próximo interrogatorio. El que, si ella tiene razón, va a ser el definitivo.
—Tienes que prestarme atención, Eric —su voz suena extremadamente seria. Casi solemne—. La próxima vez que abran esa puerta será porque estén dispuestos a darnos el nombre que nos falta.
—Escúchala, por favor —a Hugo, tras mi arrebato anterior, le inquieta que no me atenga al plan establecido—. La he traído para que te salve el culo y, te guste o no, eso es lo que va a hacer, ¿está claro?
Asiento sin decir nada más. Para qué. No quiero a Hugo en el lado de mis enemigos, y me temo que, en cuanto todo esto se sepa, ese sector va a comenzar a llenarse de gente.
—No nos dirán que han identificado a la segunda víctima, solo nos pedirán que los acompañemos para hacerte unas preguntas más. Y entonces, cuando Alcira sienta que eres más vulnerable, porque eso lo huelen (hazme caso: lo huelen), atacará. Te disparará ese nombre a bocajarro y buscará en ti cualquier reacción que pueda considerarse un indicio de culpabilidad.
—Pues no verán nada… —Me crezco—. Porque estoy seguro de que no sé quién es.
En realidad, la frase correcta sería otra: «Pues no verán nada… porque desde que he llegado aquí sé quién es».
Y el motivo por el que estoy seguro de que la policía no podrá captar ni una sola expresión extraña o significativa en mí no es solo la falta de sorpresa —cómo podría asombrarme ante lo que ya conozco—, sino mi capacidad para permanecer impasible.
—En eso has salido a mí —aseguraba mi abuelo—. Se nos da bien protegernos. Pura supervivencia, hijo. Pura supervivencia.
No tengo ni idea de cómo le describiría lo que me ha pasado hoy.
Ni si soportaría estar obligado a hacerlo.
Lo que sí sé es que, al menos, contaría con un apoyo más sincero que el de una abogada a la que no conozco o el de un representante que lleva horas haciendo números con las posibles pérdidas en las que se va a traducir esta noche.
Podría llamar a mi madre, claro. Podría jugármela y pedirle que venga para tener un nuevo frente abierto. Alguien más a quien convencer de que todo esto no es más que una fatalidad. Uno de esos cruces de caminos evitables pero que a veces son más fuertes que nuestra voluntad. Porque yo pude elegir no ir hasta ese descampado. Lo sé. Pero fui. Y lo peor es que, si todo se repitiera, volvería a hacerlo.
—Necesitamos que mantengas la mente fría —Gabriela busca en todo momento el contacto visual: no sé si pretende asesorarme o hipnotizarme—. Alcira intentará que pierdas los nervios, que tus explicaciones no cuadren. Así que es necesario que tu versión sea clara. Sin fisuras. No te contradigas. No inventes. Y, sobre todo, no respondas a nada que no te pregunten.
Mientras Gabriela sigue diciéndome qué debo y qué no debo hacer, entra un nuevo mensaje en mi móvil. No es más que una interrogación y, por supuesto, sé perfectamente quién me la ha enviado.
Es otra vez ella.
Le respondo con un emoticono. El pulgar hacia arriba en señal de que todo está bien, aunque ahora mismo no pueda asegurar que realmente lo esté.
No hay más contestación y respiro aliviado. Estoy convencido de que rastrearán mi móvil. Los mensajes recibidos y enviados esta noche. Las ubicaciones. Todo será utilizado para comprobar si mi relato es cierto, así que lo último que necesito es que Tania vuelva a escribirme.
El inspector, de repente, abre la puerta.
—Creo que tenemos novedades, Eric. ¿Te apetece que las compartamos?
Gabriela y yo nos ponemos en pie y lo seguimos a su despacho.
«Mantén la calma», me grita ella con la mirada.
Los dos somos conscientes de que el último asalto está a punto de comenzar.
OceanofPDF.com