Las alegres aventuras de Robin Hood

Howard Pyle · Capítulo 1 de 29

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Las alegres aventuras de Robin Hood

Prefacio

Del autor al lector

 

Ú, que te encuentras tan inmerso en asuntos serios que no te

atreves a concederte unos breves momentos de regocijo en la tierra

de la Fantasía; tú, que piensas que la vida no tiene nada que ver con

la risa inocente e inofensiva; estas páginas no son para ti. Cierra el libro y no

sigas adelante, pues te advierto sin rodeos que si sigues te escandalizarás al

ver personajes muy serios de la historia ataviados con tan alegres colores que

no podrías reconocerlos de no ser por el nombre. Tenemos un sujeto fuerte y

robusto, de carácter irritable aunque no mala persona, que atiende al nombre

de Enrique II. Tenemos una bella y gentil dama ante la que todos se inclinan,

llamándola reina Leonor. Tenemos un bribón gordo, vestido con ricos

atuendos clericales, a quien todos llaman Su Eminencia el obispo de

Hereford. Tenemos un individuo de mal carácter y siniestra catadura, que

ocupa el respetable cargo de sheriff[1] de Nottingham. Y, sobre todo, tenemos

un tipo alto y jovial que recorre los bosques, participa en las fiestas y se sienta

junto al sheriff en un banquete, y que lleva el mismo nombre que el más

ilustre de los Plantagenet: Ricardo Corazón de León. Y junto a ellos hay toda

una tropa de caballeros, sacerdotes, nobles, burgueses, campesinos, pajes,

damas, muchachas, señores, buhoneros y muchos más, todos los cuales viven

la más alegre de las vidas alegres, teniendo como único lazo de conexión las

estrofas de algunas viejas baladas (fragmentadas y recombinadas de infinitas

maneras) que estos festivos personajes entonan en cuanto tienen ocasión.

Aquí encontrarás cientos de lugares serios y aburridos, engalanados con

flores y toda clase de adornos, tan disfrazados que nadie podría reconocerlos.

Y un país con un nombre muy famoso, en el que no existen nieblas heladas

que opriman el espíritu, y donde la lluvia es tan suave que se desliza sobre la

espalda como la lluvia de abril sobre el lomo de un pato; donde las plantas

florecen durante todo el año y los pájaros cantan sin cesar; donde todo el mundo tiene encuentros felices por el camino y donde la cerveza y el vino

(que nunca llegan a ofuscar el entendimiento) fluyen como el agua en un

arroyo.

Este país no es el País de las Hadas. ¿Cuál es, entonces? Es la Tierra de la

Fantasía, y pertenece a esa clase que, cuando te canses de ella, ¡zas!, cierras

las hojas del libro y desaparece, dejándote dispuesto para la vida cotidiana y

sin haber sufrido ningún daño.

Y ahora me dispongo a levantar el telón que nos separa de la Tierra de

Nadie. ¿Vienes conmigo, amable lector? Gracias. Dame la mano.