Las alegres aventuras de Robin Hood

Howard Pyle · Capítulo 5 de 29

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Las alegres aventuras de Robin Hood

III. El rescate de Will Stutely

III

 

El rescate de Will Stutely

 

UANDO el sheriff comprendió que ni las órdenes ni la astucia le

habían valido contra Robin Hood, montó en cólera y se dijo:

—¡Tonto de mí! Si no le hubiera hablado al rey de Robin

Hood, ahora no estaría metido en este aprieto; pues ahora debo capturarle si

no quiero que caiga sobre mí la ira de su graciosísima majestad. He probado

con los conductos legales, he recurrido a la astucia, y he fracasado en ambas

ocasiones; veremos, pues, qué se puede lograr por la fuerza.

El sheriff Habiendo tomado esta decisión, reunió a los oficiales de su

recurre a la guardia y les comunicó su plan:

fuerza contra —Cada uno de vosotros tomará cuatro hombres,

Robin

y su banda perfectamente armados —les dijo—. Entraréis en el bosque

por diferentes puntos, y procuraréis sorprender a Robin Hood.

Pero si alguno de los grupos se encuentra con un enemigo

superior en número, que toque la corneta y todos los demás grupos acudirán

en su ayuda. Creo que de este modo conseguiremos atrapar a ese bandido

vestido de verde. Aquel que se tope con Robin Hood recibirá cien libras en

monedas de plata si me lo trae vivo o muerto; por cada uno de los miembros

de la banda pagaré cuarenta monedas, vivo o muerto. A base de valor e

ingenio, lo conseguiremos.

Así partieron hacia el bosque de Sherwood sesenta pelotones de cinco

hombres dispuestos a capturar a Robin Hood, todos ellos soñando con atrapar

personalmente al famoso bandolero, o al menos a uno de su banda. Durante

siete días con sus noches recorrieron los senderos del bosque, pero en todo

este tiempo no llegaron a ver a un solo hombre vestido de verde, pues Robin

Hood estaba advertido del plan gracias al leal Eadom del Jabalí Azul.

Al recibir la noticia, Robin había comentado:

—Si el sheriff se atreve a enviar tropas a combatirnos, labrará su

desgracia y la de muchos hombres mejores que él, pues correrá la sangre y vendrán malos tiempos para todos. Pero espero poder evitar los

enfrentamientos sangrientos, pues no quisiera llevar la desgracia a muchas

familias causando la muerte de nadie. Ya una vez maté a un hombre y no

quiero volver a matar, pues se trata de una carga demasiado pesada para el

alma. Permaneceremos ocultos dentro del bosque de Sherwood y confiemos

en que todo salga bien; pero si nos vemos obligados a defendernos

lucharemos con todas nuestras fuerzas.

Al oír este discurso, muchos proscritos sacudieron la Robin y

cabeza y dijeron para sus adentros: «Ahora el sheriff nos su banda se

tomará por cobardes, y los habitantes del condado se burlarán ocultan en la

espesura de

de nosotros, diciendo que tenemos miedo a enfrentarnos a sus Sherwood

hombres». Pero se tragaron sus palabras sin pronunciarlas, e

hicieron lo que Robin les ordenaba.

Así pues, todos se mantuvieron ocultos en la espesura del bosque de

Sherwood durante siete días y siete noches, sin asomar la cara en todo ese

tiempo; pero al llegar la mañana del octavo día, Robin Hood reunió a su

banda y dijo:

—¿Quién quiere ir a averiguar cómo les va a los hombres del sheriff? No

creo que se vayan a quedar para siempre disfrutando de las bellezas de

nuestro bosque.

Un estruendoso clamor acogió estas palabras; todos enarbolaban sus

arcos, ofreciéndose a gritos para la misión. A Robin se le hinchó el corazón

de orgullo al contemplar la lealtad y el valor de sus camaradas, y entonces

dijo:

—Estoy orgulloso de vosotros, amigos míos; sois la mejor partida de

valientes que haya podido existir. Pero todos no podéis venir. Tendré que

escoger a uno de vosotros, y ése será Will Stutely, que es tan astuto como el

zorro más viejo del bosque de Sherwood.

Al oír esto, Will Stutely pegó un brinco y estalló en risas y aplausos a sí

mismo, por haber sido elegido entre todos los proscritos.

—Gracias, jefe —dijo—. Si no te traigo noticias de esos bribones, dejaré

de llamarme Will Stutely.

Will Stutely va A continuación, Will se vistió con un hábito de fraile,

a conseguir bajo el cual ocultó una buena espada, de modo que pudiera

información esgrimirla con facilidad. Así disfrazado, se puso en camino

sobre los

movimientos hasta llegar al lindero del bosque y salir a la carretera. Vio

del sheriff dos de los grupos del sheriff, pero no desvió su camino,

limitándose a echarse la capucha sobre la cara y juntar las manos, como si estuviera sumido en profunda meditación. Por fin, llegó a

divisar el letrero del Jabalí Azul.

«Allí podré enterarme de todo por medio de nuestro buen amigo Eadom»,

se dijo.

A las puertas del Jabalí Azul encontró otra de las partidas Will llega a la

del sheriff, bebiendo animadamente; sin dirigirle la palabra a posada del

nadie, se sentó en un banco apartado, con el bastón entre las Jabalí Azul

manos y la cabeza inclinada hacia adelante, como si estuviera

meditando. Permaneció sentado a la espera de poder hablar a

solas con el posadero; pero Eadom no le había reconocido,

tomándolo por un pobre fraile fatigado por la caminata, y decidió dejarle

tranquilo, sin hablarle ni molestarle. «Hasta un perro tiene derecho a sentarse

a descansar», se dijo.

Mientras Stutely aguardaba, el rollizo gato de la posada acudió a

restregarse contra sus piernas, levantándole un palmo el faldón del hábito.

Stutely se estiró el hábito inmediatamente, pero el jefe de la patrulla del

sheriff estaba mirando, y había visto el paño verde de Lincoln bajo el hábito

monacal.

El patrullero No dijo nada de momento, pero empezó a discurrir de la

sospecha siguiente manera: «Ese tipo no es un fraile, y ningún

de Will campesino honrado va por ahí disfrazado de fraile; y tampoco

un ladrón lo haría sin tener un buen motivo. Todo induce a

pensar que se trata de uno de los hombres de Robin Hood».

Habiendo llegado a esta conclusión, dijo en voz alta:

—Decid, padre, ¿no aceptaríais una buena jarra de cerveza de marzo para

aplacar la sed del alma?

Pero Stutely negó con la cabeza, absteniéndose de hablar por temor a que

alguno de los presentes reconociera su voz.

El patrullero insistió:

—¿Hacia dónde os dirigís, reverendo padre, en un día tan caluroso?

—Voy en peregrinación hacia Canterbury —respondió Will Stutely,

enronqueciendo la voz para que nadie pudiera reconocerla.

Entonces el guardia habló por tercera vez:

—Decidme, reverendo padre, ¿es costumbre que los peregrinos a

Canterbury lleven ropas de paño verde debajo de los hábitos? ¡Ja! A fe mía

que pienso que sois un malhechor, quizá uno de los forajidos de la banda de

Robin Hood. Y ahora, por la Virgen os advierto que, si movéis un solo dedo

de la mano o el pie, os atravesaré de lado a lado con mi espada.

Con un rápido movimiento, desenvainó su espada y saltó sobre Will

Stutely, pensando cogerle desprevenido. Pero Stutely ya había empuñado su

propia espada por debajo del hábito y estaba en guardia antes de que el

patrullero llegara hasta él.

Éste sólo tuvo ocasión de lanzar un golpe, que Will desvió Tras una

hábilmente, devolviendo a cambio una fuerte estocada que breve lucha

alcanzó de lleno al patrullero. En aquel momento, Will habría Will es

apresado

podido escapar, pero le resultó imposible porque el herido,

medio inconsciente por la pérdida de sangre, se agarró a sus

piernas al caer. Los demás guardias saltaron sobre Will, que aún

logró herir a otro de ellos, aunque el casco de acero amortiguó el golpe,

salvándole la vida. Mientras tanto, el semidesvanecido jefe arrastró a Will en

su caída, y uno de los guardias le aplicó un golpe en la cabeza que hizo correr

la sangre por la cara de Will, cegándolo momentáneamente. Cayó

forcejeando, y todos se lanzaron encima, aunque Will se resistía de tal modo

que les resultaba muy difícil sujetarle. Por fin lograron atarle de pies y manos

con cuerdas de cáñamo. Habían vencido, pero para dos de ellos había sido un

día aciago: el jefe de la patrulla estaba gravemente herido, y el otro, al que

Stutely hirió en la cabeza, tendría que guardar cama durante muchos días

hasta lograr recuperar las fuerzas que tenía antes de esta famosa pelea.

La noticia del Robin Hood esperaba bajo el árbol de las reuniones,

prendimiento pensando cómo le iría a Will Stutely, cuando de pronto vio

llega a Robin que dos de sus hombres venían corriendo por el sendero, y que

Hood

entre ellos corría Maken, la rolliza moza del Jabalí Azul.

Robin sintió que se le encogía el corazón, pues estaba seguro

de que aquello significaba malas noticias.

—¡Han cogido a Will Stutely! —gritaron en cuanto estuvieron al alcance

de sus oídos.

—¿Eres tú la que ha traído la mala noticia? —preguntó Robin a la

muchacha.

—Sí señor, yo lo vi todo —respondió ella, jadeando como una liebre que

acaba de escapar de los podencos—. Y me temo que esté mal herido, porque

recibió un golpe muy malo en la cabeza. Lo ataron para llevarlo a

Nottingham, y antes de salir del Jabalí Azul oí cómo decían que lo ahorcarán

mañana.

—No ahorcarán a Will mañana —exclamó Robin—. Y si lo hacen

muchos morderán el polvo y otros tantos tendrán motivos sobrados para

lamentar ese día.

Llevándose el cuerno a los labios, tocó tres fuertes Robin Hood

cornetazos, a cuyo sonido acudieron corriendo todos los su banda reúne a toda proscritos del bosque, hasta que en torno a Robin hubo

reunidos unos ciento cuarenta valientes.

—¡Escuchad todos! —gritó Robin—. Nuestro querido

camarada Will Stutely ha sido capturado por los malditos hombres del sheriff,

y no nos quedará más remedio que arrebatárselo. Tendremos que arriesgar el

cuello por él, tal como él arriesgó su cuello por nosotros. ¿Estáis de acuerdo

todos, compañeros?

—¡Sí! —exclamaron todos a una.

—Que quede claro —insistió Robin—. Si alguno no está dispuesto a

arriesgar el cuello, puede quedarse a salvo aquí en Sherwood. No quiero

obligar a nadie. Pero mañana traeré de vuelta a Will Stutely o moriré con él.

Entonces el Pequeño John tomó la palabra:

—¿Acaso piensas que hay uno solo entre nosotros que no arriesgaría la

vida por un compañero en apuros? Si lo hay, es que no conozco a esta gente.

Y si lo hubiera, lo echaríamos a palos de nuestro querido bosque. ¿No es así,

camaradas?

—¡Sí! —gritaron de nuevo todos a una. No existía ni uno solo de ellos

que no estuviera dispuesto a arriesgarlo todo por un amigo en peligro.

Al día siguiente, todos fueron saliendo del bosque de Sherwood por

diferentes senderos, pues era preciso proceder con mucha astucia; la banda se

dividió en grupitos de dos o tres, tras haber acordado reunirse en una cañada

próxima a Nottingham. Cuando todos hubieron llegado al punto de reunión,

Robin les habló de la siguiente manera:

—Permaneceremos emboscados aquí hasta que podamos obtener

información. Tendremos que ser muy prudentes y astutos si queremos

arrancar a nuestro amigo Will de las garras del sheriff.

Robin y sus Permanecieron ocultos durante mucho tiempo, hasta que

hombres llegan el sol estuvo muy alto. Era un día caluroso y ningún viajero

a Nottingham recorría la polvorienta carretera, a excepción de un anciano

y se esconden

hasta obtener peregrino que caminaba a paso lento por el sendero que

información corría paralelo a las grises murallas de Nottingham. Cuando

Robin comprobó que no había nadie más a la vista, llamó al

joven David de Doncaster, que era un hombre muy sagaz para la edad que

tenía, y le dijo:

—Ve allá, joven David, y habla con aquel peregrino que camina junto a

las murallas. Acaba de salir de Nottingham y puede tener noticias de nuestro Will.

David hizo lo que le decían, y cuando llegó hasta el peregrino le saludó

con gran cortesía:

—Buenos días, reverendo padre. ¿Podéis decirme cuándo van a ahorcar a

Will Stutely? No quisiera perderme el espectáculo. He venido de muy lejos

para ver a ese bellaco bailando al extremo de una cuerda.

—¡Contén la lengua, insensato joven! —exclamó el peregrino—. ¿Cómo

puedes hablar así cuando un buen hombre va a ser ahorcado, sin haber hecho

nada más que defender su vida? —al decir esto golpeó con furia el suelo con

su bastón—. ¡Yo digo que es una desgracia que ocurran estas cosas! Hoy

mismo le ahorcarán, al atardecer, a la caída del sol, a ochenta varas de la

puerta principal de Nottingham, donde se juntan tres caminos. El sheriff ha

jurado que morirá como advertencia a todos los proscritos de

Nottinghamshire. Pero yo digo de nuevo que es una desgracia, porque aunque

Robin Hood y su banda sean proscritos, no roban más que a los ricos, a los

poderosos y a los explotadores, y no existe en los alrededores de Sherwood

una viuda ni un campesino cargado de hijos que no cuente con su ayuda para

comer durante todo el año. Me rompe el corazón ver morir a un hombre tan

valeroso como ese Stutely, pues en mis tiempos fui campesino sajón, antes de

hacerme peregrino, y no puedo evitar mirar con simpatía a un tipo que trata

sin contemplaciones a los malditos normandos y a los abades cargados de

dinero. Si el jefe de este Stutely supiera el peligro que corre su hombre, quizá

acudiría en su ayuda para arrancarle de manos de sus enemigos.

—Sí, eso es verdad —dijo el joven David—. Si Robin y sus hombres

estuvieran por aquí cerca, estoy seguro de que harían lo posible por sacarle de

este aprieto. Pero podéis estar seguro, anciano, de que si Will Stutely muere

será vengado con creces.

Y diciendo esto, dio media vuelta y se alejó; pero el peregrino se le quedó

mirando, murmurando para sus adentros: «Juraría que este joven no es ningún

labriego que ha venido a ver un ahorcamiento. Bien, bien…, quizá Robin

Hood no ande muy lejos…, parece que hoy será un día sonado». Y sin dejar

de murmurar, reemprendió su camino.

Cuando David de Doncaster le contó a Robin lo que le había David de

dicho el peregrino, Robin reunió a la banda y les habló así: Doncaster

—Vamos a entrar directamente en Nottingham y nos consigue

noticias de

mezclaremos con la gente; pero manteneos bien atentos y Will Stutely

procurad acercaros todo lo posible al prisionero y los guardias

cuando salgan fuera de las murallas. No hiráis a nadie sin

necesidad; me gustaría evitar el derramamiento de sangre, pero si tenéis que

golpear, hacedlo fuerte, para que no sea necesario otro golpe. Manteneos

unidos hasta que regresemos a Sherwood, y que no quede atrás ningún

compañero.

El sol iba bajando por occidente cuando se oyó sonar una trompeta desde

lo alto de las murallas. Al instante, toda la ciudad de Nottingham se puso en

movimiento y la multitud llenó las calles, pues todos sabían que aquel día iba

a morir ahorcado el famoso bandido Will Stutely. Al cabo de un rato se

abrieron de par en par las puertas del castillo y por ellas salió con gran

estruendo una compañía de hombres armados, a cuyo frente cabalgaba el

propio sheriff, cubierto de pies a cabeza de reluciente cota de malla. En medio

de la guardia rodaba un carro, sobre el cual iba Will Stutely con un dogal

alrededor del cuello. A causa de la pérdida de sangre, su rostro estaba tan

pálido como la luna cuando sale en pleno día, y sus rubios cabellos formaban

pegotes sobre la frente, adheridos a la sangre coagulada. Al salir del castillo

miró a un lado y a otro, pero aunque vio algunos rostros que reflejaban

compasión y unos pocos que expresaban amistad, no vio ninguna cara

conocida. Esto hizo que sus esperanzas descendieran en picado, a pesar de lo

cual procuró mostrarse animoso.

—Ponedme una espada en las manos, señor sheriff —dijo—, y lucharé

con vos y con todos vuestros hombres hasta que las fuerzas y la vida me

abandonen.

Will Stutely le —Nada de eso, despreciable bellaco —respondió el

pide al sheriff sheriff, volviendo la cabeza y mirando fijamente a Will

una espada para Stutely—. No tendrás espada y morirás de mala muerte,

morir luchando,

y el sheriff como corresponde a un miserable ladrón, que es lo que eres.

se la niega

—Entonces limitaos a desatarme las manos y lucharé con vosotros sin

más arma que mis puños desnudos. No pido armas, sólo quiero que no me

ahorquen como a un perro.

Entonces el sheriff se echó a reír.

—¡Vaya! ¿Qué os parece esto? ¿Se te encogen tus orgullosas tripas? Bien

haces en temblar, miserable rufián, pues te garantizo que hoy serás ahorcado,

allí donde confluyen los tres caminos, para que todos te vean colgar y los

cuervos puedan alimentarse de tu carroña.

—¡Maldito chacal! —exclamó Will Stutely, enseñando los Will Stutely

dientes—. ¡Labriego cobarde! Si mi jefe te pone la mano insulta al

encima, pagarás muy caro lo que estás haciendo. No siente por sheriff

ti más que desprecio, como cualquier persona honrada. ¿No

sabes que todos hacen chistes a tu costa? Un cobarde

despreciable como tú nunca será capaz de someter a un valiente

como Robin Hood.

—¡Ja, ja! —respondió el sheriff, furioso—. ¿Conque sí, eh? ¿Conque tu

jefe, como tú le llamas, se ríe de mí? Pues yo me voy a reír de ti, y la broma

no te va a hacer gracia, porque una vez ahorcado te voy a descuartizar, pieza a

pieza —y con estas palabras, espoleó su caballo y no volvió a dirigirle la

palabra a Will Stutely.

Por fin llegaron a las puertas principales de la ciudad, y Will Stutely

contempló el campo que se extendía más allá, con las lomas y cañadas

cubiertas de verdor, y a lo lejos la línea borrosa de los bosques de Sherwood.

Y cuando vio la luz del sol poniente que se derramaba sobre campos y

barbechos, arrancando reflejos rojizos en los tejados de granjas y pajares, y

cuando oyó a los pájaros cantando al atardecer y a las ovejas balando en las

laderas, y vio a las golondrinas que volaban a baja altura, experimentó una

especie de plenitud y se le saltaron las lágrimas, haciéndole ver todo borroso

y obligándole a inclinar la cabeza para que la gente no pensara, al ver

lágrimas en sus ojos, que lloraba de miedo. Mantuvo, pues, la cabeza gacha

hasta que atravesaron la puerta y se encontraron fuera de las murallas de la

ciudad. Pero cuando volvió a levantar la mirada, el corazón le dio un salto y

casi dejó de latir de pura alegría, pues había distinguido el rostro de uno de

sus compañeros de Sherwood; echó una rápida ojeada a su alrededor y vio

caras conocidas por todos los lados, empujando para acercarse a los soldados

que le custodiaban. Y por fin notó que la sangre volvía a circular por sus

venas cuando divisó entre la multitud a su propio jefe y comprendió que Robin Hood estaba allí con toda su banda. Sin embargo, entre ellos y Will aún

se interponía una hilera de hombres armados.

—¡Echaos atrás! —gritó el sheriff con voz de trueno al ver que la

muchedumbre empujaba por todas partes—. ¿Qué os proponéis, bellacos, al

empujar de ese modo? ¡Echaos atrás, os digo!

El Pequeño Entonces se produjo un ruidoso alboroto y una persona

John acude intentó pasar a través de la barrera de guardias para llegar al

al rescate de carro, y Stutely vio que se trataba del Pequeño John.

Will Stutely

—¡Eh, tú, atrás! —gritó uno de los guardias entre los que

John trataba de abrirse paso a codazos.

—¡Atrás tú, mentecato! —respondió el Pequeño John,

propinándole un puñetazo en el parietal que le derribó por los suelos como

una res herida por el mazo del matarife. Sin perder un instante, John saltó al

carro que transportaba a Stutely.

—No está bien morir sin despedirse de los amigos, Will —dijo—. Aunque

si te empeñas en morir, quizá me quede a morir aquí contigo, pues no podría

encontrar mejor compañía que ésta.

De un solo tajo, cortó las ligaduras que ataban los brazos y piernas de

Stutely, que inmediatamente saltó del carro.

—¡Por mi vida! —exclamó el sheriff—. ¡Conozco a ese bandido, es un

famoso rebelde! ¡Guardias, cogedle y no lo dejéis escapar!

Sin esperar a que se cumplieran sus órdenes, espoleó su caballo y se lanzó

espada en mano sobre John. Poniéndose en pie sobre los estribos, el sheriff

golpeó con todas sus fuerzas, pero el Pequeño John se metió rápidamente bajo

el vientre del caballo y la espada pasó silbando por encima de su cabeza.

—¡Lo siento, señoría! —gritó John, incorporándose rápidamente—.

¡Necesito que me prestéis vuestra magnífica espada! —y con veloz

movimiento se la arrebató de la mano—. ¡Toma, Stutely! ¡El sheriff tiene la

bondad de prestarme su espada! ¡Pongámonos espalda contra espalda y

defendámonos, que la ayuda está en camino!

—¡Acabad con ellos! —rugió el sheriff con voz de toro, espoleando de

nuevo su caballo para lanzarlo contra los dos compañeros, tan ciego de furia

que no se daba cuenta de que se había quedado sin arma para defenderse.

—¡Quedaos donde estáis, sheriff! —advirtió el Pequeño Robin Hood y

John, al tiempo que se oía tocar una corneta y una flecha su banda

pasaba zumbando a un centímetro de la nariz del sheriff. derrotan a

los hombres

Entonces el alboroto se generalizó y por todas partes se del sheriff

oyeron gritos y juramentos, gemidos y chocar de aceros. Las espadas brillaron al sol y una nube de flechas surcó el aire. Algunos gritaban

«¡Socorro, socorro!» y otros «¡Al rescate, al rescate!».

—¡Traición! —exclamó el sheriff—. ¡Atrás todos! ¡Atrás, o somos

hombres muertos! —y tirando de las riendas de su caballo, volvió a

introducirse en medio de la multitud.

De haber querido, Robin y su banda podrían haber matado a la mitad de

los hombres del sheriff, pero les permitieron huir al abrigo de la

muchedumbre, contentándose con disparar una andanada de flechas para

acelerar su huida.

—¡Quedaos, por favor! —le gritó Will Stutely al sheriff—. ¡Nunca

atraparéis a Robin Hood si no os atrevéis a enfrentaros con él cara a cara! —

pero el sheriff, inclinado sobre el lomo de su caballo, se limitó a apretar las

espuelas como toda respuesta.

Entonces Will Stutely se volvió hacia el Pequeño John y le miró a la cara

hasta que de sus ojos brotaron lágrimas y empezó a sollozar en voz alta,

besando a su amigo en las mejillas.

—¡Oh, Pequeño John! —decía—. ¡Querido amigo, a quien aprecio más

que a ningún hombre o mujer del mundo! ¡No esperaba verte hoy, ni volver a

verte ya en este mundo! —y el Pequeño John, incapaz de responder, se echó

también a llorar.

Entonces Robin Hood hizo formar a su banda en filas apretadas, con Will

Stutely en el medio, y todos se retiraron hacia Sherwood, como una nube de

tormenta que se aleja después de descargar una tempestad sobre los campos.

Tendidos en el suelo quedaron diez de los hombres del sheriff, unos más

malheridos que otros, aunque nadie sabía quién los había derribado. Así fue

como el sheriff de Nottingham intentó por tres veces capturar a Robin Hood y

las tres veces fracasó; y la última vez se llevó un buen susto, pues se daba

cuenta de que había estado a punto de perder la vida.

«Estos hombres —se dijo— no temen ni a Dios, ni a los hombres, ni al

rey ni a sus soldados. Más vale perder el cargo que perder la vida, así que no

los molestaré más».

Y habiendo tomado esta decisión, se encerró en su castillo durante

muchos días, sin atreverse a asomar la cara fuera de él; tenía un humor de

perros y no hablaba con nadie, pues se sentía avergonzado de lo que había

ocurrido aquel día.