Las alegres aventuras de Robin Hood

Howard Pyle · Capítulo 28 de 29

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Las alegres aventuras de Robin Hood

Epílogo

 

Donde se cuenta cómo Robin Hood regresó al bosque de

Sherwood y cómo sir William Dale fue enviado tras él

para prenderle. Y donde también se cuenta cómo murió

Robin Hood a causa de la traición de su prima, la

superiora del convento de Kirklees.

 

HORA, querido amigo, que me has acompañado en todas estas

alegres andanzas, no te pido que me sigas más adelante; si lo

prefieres, puedes dejar caer tu mano y decir «buenas noches»; pues

lo que viene a continuación trata de la descomposición de las cosas y

demuestra que las alegrías y placeres del pasado son cosas muertas y no se

puede lograr que vuelvan a caminar. No me extenderé demasiado en el tema,

sino que me limitaré a contar lo más aprisa que pueda cómo el valiente Robin

Hood murió como había vivido, no en la corte como duque de Huntington,

sino con el arco en la mano, el corazón en el bosque y espíritu de proscrito.

 

El rey Ricardo murió en el campo de batalla, de la manera que

corresponde a un rey con corazón de león, como sin duda sabéis; y al cabo de

algún tiempo, el duque de Huntington —o Robin Hood, si preferís llamarlo

como en los viejos tiempos—, no teniendo nada que hacer en tierras extranjeras, regresó a la alegre Inglaterra, y con él volvieron Allan de Dale y

su esposa, la bella Ellen, que habían acompañado a Robin desde que salieron

del bosque de Sherwood y ocupaban un puesto principal en su casa.

Era primavera cuando desembarcaron de nuevo en las costas de Inglaterra.

Las hojas estaban verdes y los pájaros cantaban animadamente, como solían

hacer en el hermoso Sherwood, cuando Robin Hood recorría los bosques con

corazón libre y pies ligeros. La belleza de la época y la alegría de todo el

ambiente le hizo recordar a Robin su vida en el bosque, y se apoderó de él un

invencible deseo de contemplar una vez más los bosques. Se dirigió

directamente al rey Juan y le pidió autorización para realizar una breve visita

a Nottingham. El rey le autorizó a ir y venir, pero advirtiéndole que no se

quedara más de tres días en Sherwood. Así pues, Robin Hood y Allan de Dale

partieron sin más demora hacia Nottinghamshire y el bosque de Sherwood.

La primera noche se hospedaron en la ciudad de Nottingham, pero no

acudieron a presentar sus respetos al sheriff, pues su señoría aún guardaba un

amargo resentimiento contra Robin Hood, resentimiento que no se había

atenuado precisamente con el ascenso de posición de Robin. Al día siguiente,

muy temprano, montaron en sus caballos y se dirigieron a los bosques.

Mientras recorrían el camino, a Robin le parecía reconocer cada palo y cada

piedra en que se posaran sus ojos. Allí estaba el sendero por el que solía

pasear por las tardes, con el Pequeño John a su lado; y allí, ahora cubierta de

zarzas, la vereda que él y un pequeño grupo de los suyos habían tomado

cuando fueron en busca de cierto fraile.

—¡Mira, Allan! —exclamó Robin—. ¿Ves la cicatriz en el tronco de esa

haya? Ahí es donde una de tus flechas arrancó un trozo de corteza el día que

tan lamentablemente fallaste el disparo contra aquel noble corazón. Fue el

mismo día que nos cogió la tormenta y tuvimos que pasar la noche en casa de

aquel viejo granjero… el que tenía tres hijas guapísimas.

Y así siguieron cabalgando despacio, charlando acerca de todas aquellas

cosas viejas y familiares; viejas y, a pesar de todo, nuevas, pues ahora veían

en ellas mucho más de lo que habían visto antes. Y así llegaron por fin al

claro donde extendía sus ramas el gran árbol de las reuniones, y que había

sido su hogar durante tantos años. Ninguno de los dos habló cuando se

pararon ante aquel árbol. Robin paseó la mirada por todos los objetos tan

familiares, tan semejantes a lo que eran antes y, sin embargo, tan diferentes;

pues donde antes se oía el alboroto de muchos hombres vigorosos, ahora sólo

existía la quietud de la soledad; y mientras miraba, los bosques, la hierba y el

cielo se nublaron por efecto de las lágrimas saladas, pues una profunda nostalgia se apoderó de él al mirar aquellas cosas, que le resultaban tan

conocidas como los dedos de su mano derecha, y no pudo evitar que se le

llenaran de lágrimas los ojos.

Aquella mañana se había colgado del hombro su viejo y fiel cuerno de

caza, y ahora, con la nostalgia, le sobrevino un fuerte deseo de tocar el cuerno

una vez más. Se lo llevó a los labios y sopló con fuerza. «Tirilá, lirilá»,

resonaron las claras notas por todos los senderos del bosque, regresando

desde le espesura más profunda y distante en forma de débiles ecos, «tirilá,

lirilá, tirilá, lirilá», hasta extinguirse por completo.

Quiso la casualidad que aquella misma mañana el Pequeño John pasara

por una esquina del bosque para atender ciertos asuntos, y mientras caminaba

sumido en la meditación llegaron a sus oídos las notas débiles, pero claras, de

un cuerno lejano. Como el ciervo que salta cuando siente clavarse en su

corazón la flecha del cazador, así saltó el Pequeño John cuando sus orejas

captaron aquel distante sonido. Toda la sangre de su cuerpo le hervía en las

mejillas cuando torció la cabeza para escuchar mejor. De nuevo llegaron las

notas del cuerno, débiles y claras, y todavía se oyeron una tercera vez.

Entonces el Pequeño John lanzó un potente y salvaje grito de nostalgia, de

alegría y aun de pena, y agachando la cabeza, se metió como una flecha entre

la maleza. Avanzó a través de la espesura, partiendo y arrancando, como el

jabalí furioso cuando carga a través de los matorrales. Poco le importaban los

espinos y las zarzas que arañaban su piel y desgarraban sus ropas. Su único

pensamiento era llegar por el camino más corto hasta el claro del árbol de las

reuniones, de donde él sabía que procedía el sonido del cuerno. Por fin salió

de la espesura en medio de una nube de ramitas rotas y, sin detenerse ni un

instante, siguió corriendo hasta arrojarse a los pies de Robin. Rodeó con sus

brazos las rodillas de su jefe y todo su cuerpo se estremecía con fuertes

sollozos; ni Robin ni Allan de Dale pudieron hablar, y se quedaron inmóviles

mirando al Pequeño John, con las lágrimas corriendo a raudales por sus

mejillas.

Y mientras permanecían así, siete guardabosques reales irrumpieron en el

claro y dejaron escapar un tremendo grito de alegría al ver a Robin; al frente

de la partida iba Will Stutely. Y al cabo de un rato, aparecieron cuatro más,

jadeando a causa de la carrera, y dos de los cuatro eran Will Scathelock y

Mosquito, el Molinero; todos ellos habían oído sonar el cuerno de Robin.

Todos corrieron hacia Robin y le besaron las manos y la ropa, llorando

ruidosamente.

Al cabo de un rato, Robin miró en torno suyo, con ojos nublados por el

llanto, y declaró con voz ronca:

—Juro que nunca más abandonaré estos queridos bosques. Demasiado

tiempo he vivido alejado de ellos y de todos vosotros. Desde ahora renuncio

al nombre de Robert, duque de Huntington, y adopto de nuevo el más noble

título de Robin Hood, el Proscrito.

Una ovación clamorosa acogió estas palabras, y todos se estrecharon las

manos, locos de alegría.

La noticia de que Robin Hood había regresado a vivir en Sherwood, como

en los viejos tiempos, se extendió como el fuego por toda la región, de

manera que en menos de una semana casi todos los antiguos proscritos se

habían vuelto a reunir en torno a su jefe. Pero cuando estas noticias llegaron a

oídos del rey Juan, éste prorrumpió en maldiciones y juró solemnemente no

descansar hasta tener en sus manos a Robin Hood, vivo o muerto. Ahora bien,

había en la corte cierto caballero, sir William Dale, un guerrero tan gallardo

como el mejor que jamás vistió armadura. Sir William Dale conocía bien el

bosque de Sherwood, porque tenía a su cargo la parte del mismo más próxima

a la ciudad de Mansfield; de modo que el rey se dirigió a él y le ordenó reunir

un ejército y marchar inmediatamente en busca de Robin Hood. Además, el

rey le entregó a sir William su sortija de sello, para que se la enseñara al

sheriff y éste uniera todas sus tropas a la partida para dar caza a Robin. Así

pues, sir William y el sheriff se pusieron en acción para cumplir las órdenes

del rey, y durante siete días buscaron a Robin por todas partes, aunque sin

encontrarlo.

Ahora bien, si Robin hubiera seguido siendo tan pacífico como en los

viejos tiempos, todo el asunto se habría quedado en humo de pajas, como

siempre había ocurrido con este tipo de iniciativas; pero había pasado años

combatiendo a las órdenes del rey Ricardo, y su carácter había cambiado. Su

orgullo no le permitía huir de los que le perseguían, como huye de los perros

un zorro acosado. Y así, por fin, Robin Hood y sus proscritos se enfrentaron

con las tropas de sir William y el sheriff en el bosque, y dio comienzo una

sangrienta batalla. El primero en morir en aquel combate fue el sheriff de

Nottingham, que cayó de su caballo con una flecha atravesándole el cerebro

antes de que se hubiera disparado una docena de proyectiles. Muchos

hombres mejores que el sheriff mordieron el polvo aquel día, pero por fin sir

William Dale, herido y con la mayoría de sus hombres muertos, se retiró

derrotado y salió del bosque. Pero tras él quedaron docenas de buenos

hombres, tendidos e inmóviles bajo las matas verdes.

Pero aunque Robin Hood había derrotado a sus enemigos en buena lid, se

sentía apesadumbrado y siguió dándole vueltas al asunto en la cabeza hasta

que contrajo una fiebre. Permaneció postrado durante tres días, y aunque

luchó con todas sus fuerzas al final tuvo que rendirse a la enfermedad. Y así,

en la mañana del cuarto día, hizo venir a su lado al Pequeño John y le dijo que

no podía librarse de la fiebre y que se proponía acudir a su prima, la superiora

del convento de monjas de Kirklees, Yorkshire, que era una experta

sangradora, para que le abriera una vena del brazo y le sacara un poco de

sangre, lo cual mejoraría su salud. Ordenó al Pequeño John que se preparara

también para el viaje, pues era posible que necesitara su ayuda por el camino.

Así pues, Robin y el Pequeño John se despidieron de los demás, dejando a

Will Stutely al frente de la banda hasta que ellos regresaran. Y así, viajando

despacio y en cómodas etapas, llegaron por fin al convento de monjas de

Kirklees.

Hay que decir que Robin había ayudado mucho a esta prima suya; pues

gracias al aprecio que el rey Ricardo sentía por él había sido nombrada

superiora del convento. Pero no hay cosa en el mundo que se olvide con más

rapidez que la gratitud, y cuando la superiora de Kirklees se enteró de que su

primo, el duque de Huntington, había renunciado a su ducado y regresado a

Sherwood, se sintió ofendida en lo más íntimo y temió que su parentesco con

él le atrajera las iras del rey. Y así sucedió que, en cuanto Robin acudió a ella

solicitando sus servicios como sangradora, ella empezó a conspirar contra él,

pensando que haciéndole daño lograría los favores de sus enemigos. No

obstante, se guardó para sí misma estas maquinaciones y recibió a Robin

Hood con fingida amabilidad. Le condujo por una escalera de caracol hasta

una habitación situada justo bajo los aleros de una alta y redonda torre, pero

no permitió que el Pequeño John le acompañara.

Así pues, el pobre proscrito se apartó de las puertas del convento, dejando

a su jefe en manos de las mujeres. Pero aunque no pudo entrar, tampoco se

alejó mucho, quedándose en una arboleda cercana, desde donde podía vigilar

el lugar donde se encontraba Robin, como un perro grande y leal rechazado

de la puerta por donde ha entrado su amo.

Cuando las monjas llevaron a Robin a la habitación bajo los aleros, la

superiora hizo salir a todas las demás y luego, cogiendo un cordel, lo ató con

fuerza al brazo de Robin, como si fuera a sangrarle. Y efectivamente le

sangró, pero la vena que abrió no fue una de las azules que corren justo bajo

la piel; su corte fue mucho más profundo, y abrió una de esas venas por las

que corre la sangre roja que brota del corazón. Robin no se daba cuenta de nada de esto, pues aunque veía correr la sangre, ésta no brotaba con la

suficiente rapidez como para hacerle pensar que algo andaba mal.

Tras cometer tan vil acción, la superiora se marchó, dejando solo a su

primo y cerrando la puerta tras ella. Durante todo aquel largo día, la sangre

siguió manando del brazo de Robin, sin que éste pudiera contenerla, aunque

lo intentó de todas las formas posibles. Una y otra vez llamó pidiendo ayuda,

pero nadie acudía, pues su prima le había traicionado y el Pequeño John se

encontraba demasiado lejos para oír su voz. Y así, continuó sangrando hasta

que sintió que sus fuerzas le abandonaban. Entonces se levantó,

tambaleándose y apoyando las palmas de las manos en la pared, hasta

conseguir alcanzar su cuerno de caza. Tres veces lo hizo sonar, aunque muy

débilmente, porque le faltaba el aliento a causa de la enfermedad y la pérdida

de fuerzas; no obstante, el Pequeño John lo oyó desde la arboleda y, con el

corazón oprimido por el miedo, llegó corriendo y saltando hasta el convento.

Golpeó ruidosamente la puerta, gritando a grandes voces que le dejaran

entrar, pero la puerta era de grueso roble, con refuerzos y pinchos de hierro, y

las de dentro se sintieron seguras y le ordenaron al Pequeño John que se

marchara.

Entonces el Pequeño John se volvió loco de dolor y miedo por la vida de

su jefe. Miró frenéticamente a su alrededor, y sus ojos se posaron en un

pesado mortero de piedra, que tres hombres de nuestra época no serían

capaces de levantar. El Pequeño John dio tres pasos adelante, dobló la espalda

y levantó el mortero de piedra, que estaba profundamente encajado en el

suelo. Tambaleándose bajo su peso, se acercó a la puerta y lo arrojó contra

ella. La puerta saltó en pedazos y las asustadas monjas huyeron gritando al

verle entrar. Sin decir una palabra, el Pequeño John subió a la carrera la

escalera de piedra hasta llegar a la habitación donde se encontraba encerrado

su jefe. También aquella puerta estaba cerrada, pero el Pequeño John dio un

empujón con el hombro y los cerrojos saltaron como si estuvieran hechos de

hielo quebradizo.

Y entonces vio a su querido jefe apoyado contra el muro gris, con el rostro

completamente blanco y hundido, y la cabeza oscilando de un lado a otro sin

poderse sostener. Lanzando un poderoso grito de amor, pena y compasión, el

Pequeño John dio un salto hacia delante y recogió en sus brazos a Robin,

levantándolo como una madre levanta a su hijo y llevándolo hasta la cama,

donde lo tendió con gran cuidado.

En aquel momento llegó corriendo la superiora, asustada por lo que había

hecho y temiendo la venganza del Pequeño John y el resto de la banda. Mediante hábiles vendajes consiguió contener la sangre, que por fin dejó de

brotar. El Pequeño John la vigilaba con aire sombrío, y cuando hubo

terminado le ordenó rudamente que se marchara, y ella obedeció, pálida y

temblorosa. Cuando la monja salió de la habitación, el Pequeño John se puso

a hablar en tono animador, riéndose a carcajadas y comentando que no había

sido más que un susto y que ningún recio campesino podía morir por haber

perdido unas pocas gotas de sangre.

—Bueno —dijo—, te doy una semana de plazo, y al cabo de ella estarás

rondando por los bosques, tan animado como siempre.

Pero Robin sacudió la cabeza y sonrió débilmente desde la cama.

—Querido Pequeño John —susurró—, que el cielo bendiga tu valiente y

noble corazón. Pero, querido amigo, ya nunca más volveremos a rondar

juntos por los bosques.

—¡Claro que lo haremos! —vociferó el Pequeño John—. Te lo repito.

¡Maldita sea! ¿Quién se atreve a decir que te va a pasar algo malo? ¿No estoy

yo aquí? A ver quién se atreve a tocarte…

Aquí se interrumpió, pues las palabras le ahogaban. Por fin dijo, con voz

ronca y profunda:

—Ahora bien, si te ocurre algún mal por lo que aquí se ha hecho hoy, juro

por san Jorge que el gallo cantará sobre los tejados de esta casa y que las

llamas lamerán hasta las últimas grietas y rincones. Y en cuanto a esas

mujeres… —en este punto rechinó los dientes—, ¡lo van a pasar muy mal!

Pero Robin Hood cogió entre sus pálidas manos el puño recio y moreno

del Pequeño John y le reprendió suavemente, en voz baja y débil,

preguntándole desde cuándo el Pequeño John se dedicaba a hacer daño a las

mujeres, aunque fuera por venganza. Y siguió hablando en estos términos

hasta que por fin el otro prometió, con voz entrecortada, que no tomaría

represalias contra el convento, ocurriera lo que ocurriera. Luego los dos

quedaron en silencio y el Pequeño John permaneció sentado, con la mano de

Robin en la suya, mirando a través de la ventana abierta y tragándose de vez

en cuando un nudo que se le formaba en la garganta. Mientras tanto, el sol fue

descendiendo lentamente hacia el oeste, hasta que todo el cielo quedó

encendido en un rojo esplendor. Entonces Robin Hood, con voz trémula y

frágil, le pidió al Pequeño John que le ayudara a incorporarse para poder

contemplar una vez más los campos; el valiente proscrito le levantó en brazos

y Robin Hood apoyó la cabeza en los hombros de su amigo. Miró durante un

largo rato, con mirada lenta y contemplativa, mientras el otro permanecía

sentado con la cabeza caída y derramando lágrimas, que caían sobre su regazo, pues sentía que se acercaba la hora de la despedida definitiva.

Entonces Robin Hood le pidió que tendiera por él su arco y escogiera una

buena flecha de su aljaba. El Pequeño John lo hizo sin levantarse de donde

estaba para no molestar a su jefe. Robin cerró con cariño los dedos alrededor

de su fiel arco y sonrió débilmente al sentirlo en su mano; luego montó la

flecha en aquella parte de la cuerda que sus dedos conocían tan bien.

—Pequeño John —dijo—. Querido amigo, a quien quiero más que a nadie

en el mundo, te ruego que marques el lugar donde caiga esta flecha y allí

hagas cavar mi tumba. Enterradme con el rostro hacia el este, Pequeño John,

y procurad que mi lugar de reposo se mantenga verde y que mis cansados

huesos no sean molestados.

Cuando terminó de hablar, se incorporó de pronto y quedó sentado y

erguido. Por un momento pareció que sus antiguas fuerzas volvían a él y,

tirando de la cuerda hasta la oreja, disparó la flecha a través de la ventana

abierta. Y mientras la flecha volaba, la mano que sostenía el arco cayó

lentamente hasta apoyarse en las rodillas, y todo el cuerpo se desplomó del

mismo modo en los leales brazos del Pequeño John; algo había salido de

aquel cuerpo, en el mismo instante en que la flecha salía disparada del arco.

Durante varios minutos, el Pequeño John permaneció inmóvil, pero por

fin acostó con cuidado el cuerpo de su amigo, cruzándole las manos sobre el

pecho y cubriéndole el rostro, y luego dio media vuelta y salió de la

habitación sin decir una palabra ni hacer sonido alguno.

En lo alto de la escalera se encontró a la superiora con algunas de las

monjas principales, y les dijo con voz ronca y temblorosa:

—Si os acercáis a menos de veinte pasos de esa habitación, derrumbaré

este nido de cuervos sobre vuestras cabezas hasta que no quede de él piedra

sobre piedra. Fijaos bien en lo que digo, porque hablo en serio.

Y así diciendo, se alejó de las monjas, que a los pocos momentos le vieron

corriendo a través del campo, a la luz del crepúsculo, hasta que el bosque se

lo tragó.

Los primeros tonos grises del alba empezaban a clarear la negrura del

cielo por el este cuando el Pequeño John y seis miembros más de la banda

llegaron corriendo campo a través hacia el convento. No vieron a nadie al

llegar, pues las monjas se habían escondido, asustadas por las palabras del

Pequeño John. Corrieron escaleras arriba y al momento se oyeron ruidosos

sollozos. Al cabo de un rato, los llantos cesaron y entonces se oyó el arrastrar

de pies de varios hombres que acarreaban un gran peso escaleras abajo. Así

salieron del convento y, en el momento en que cruzaban sus puertas se oyó un

fuerte y triste lamento procedente de la todavía oscura arboleda, como si

muchos hombres ocultos entre las sombras hubieran lanzado al unísono un

grito de dolor.

Así murió Robin Hood en el convento de Kirklees, en la bella Yorkshire,

perdonando a los que le habían causado la muerte, pues siempre, en todos los

días de su vida, se mostró misericordioso con sus enemigos y piadoso con los

débiles.

Después de aquello, sus proscritos se dispersaron, pero no sufrieron

muchos apuros, pues al sheriff muerto le sucedió otro más benévolo y que no

los conocía tan bien, y al encontrarse dispersos aquí y allá por toda la región

consiguieron vivir en paz y tranquilidad, y muchos de ellos vivieron lo

suficiente para trasmitir estas historias a sus hijos y a los hijos de sus hijos.

Hay quien dice que en una piedra de Kirklees hay una antigua inscripción,

cuyo texto, escrito en inglés arcaico, dice lo siguiente:

 

Bajo esta losa fría yace Robert,

duque de Huntington.

Nunca existió un arquero como él.

La gente le llamaba Robin Hood.

Bandidos como él y sus secuaces

no volverán a verse en Inglaterra.

 

obiit 24 • Kal • Decembris • 1247

 

Y ahora, querido amigo, también nosotros debemos separarnos, pues

nuestro alegre viaje ha terminado y aquí, ante la tumba de Robin Hood, nos

despedimos y que cada uno siga su camino.