Las alegres aventuras de Robin Hood
II. La persecución de Robin Hood
II
La persecución de Robin Hood
OBIN Hood y sus compañeros abandonaron el campo de tiro de
Finsbury y, sin perder tiempo, tomaron el camino del norte para
regresar a su tierra. Y bien hicieron, pues no se habían alejado más
que seis kilómetros por el camino cuando seis guardias del rey se introdujeron
apresuradamente entre la multitud que aún permanecía en la escena del
concurso, buscando a Robin y sus hombres para prenderlos y hacerlos
prisioneros.
El rey rompe Hemos de reconocer que no fue digno por parte del rey
su promesa de romper su promesa, pero todo sucedió por culpa del obispo de
no perseguir a Hereford, y ocurrió de este modo:
Robin Hood
Cuando el rey se marchó del campo de tiro, El obispo de
se dirigió sin perder tiempo a su gabinete, y Hereford
con él fueron el obispo de Hereford y sir incita al rey
en contra de
Robert Lee; pero el rey no les dijo una sola palabra y se sentó Robin Hood
mordiéndose el labio inferior, pues se sentía afrentado por lo
sucedido. Por fin, el obispo de Hereford se decidió a hablar, en
voz baja y lastimera:
—Es una verdadera pena, majestad —dijo—, que a ese bellaco forajido se
le permita escapar de este modo; si se le deja regresar a Sherwood sano y
salvo, se seguirá burlando del rey y sus servidores.
Al oír estas palabras, el rey levantó la mirada y la fijó torvamente en el
obispo.
—¿Eso os parece? —dijo—. A su debido tiempo os demostraré lo
equivocado que estáis; en cuanto hayan transcurrido estos cuarenta días,
prenderé a ese bandolero ladrón, aunque tenga que hacer pedazos el bosque
de Sherwood para encontrarle. ¿Creéis que un pobre rufián sin amigos ni
dinero puede burlarse de las leyes del rey de Inglaterra?
Entonces el obispo habló de nuevo, con voz suave y humilde:
—Perdonad mi atrevimiento, majestad, y creed como cierto que no me
impulsa más que el amor a Inglaterra y el respeto a los deseos de vuestra
majestad. Pero ¿de qué serviría que mi noble soberano arrancara hasta el
último árbol de Sherwood? ¿Acaso no existen otros lugares donde Robin
Hood pueda ocultarse? Cannock Chase no está muy lejos de Sherwood, y el
gran bosque de Arden no se encuentra muy alejado de Cannock Chase. Y
existen otros muchos bosques en Nottingham y Derby, en Lincoln y en York,
en los cuales tan probable es que vuestra majestad logre atrapar a Robin Hood
como echarle mano a una rata entre todos los trastos y cachivaches de una
buhardilla. No, mi gracioso soberano, si llega a poner el pie en un bosque, la
ley le habrá perdido para siempre.
Al oír estas palabras, el rey tamborileó indignado con los dedos en la
mesa que tenía a su lado.
—¿Qué queréis que haga, señor obispo? —dijo—. ¿Acaso no oísteis la
promesa que le hice a la reina? Vuestra charla es tan estéril como el aire del
fuelle sobre el carbón apagado.
—Lejos de mi intención —dijo el astuto obispo— indicar lo que se debe
hacer a persona tan clarividente como vuestra majestad. Pero si yo fuera el
rey de Inglaterra, vería el asunto de este modo: digamos que he prometido a
mi reina que durante cuarenta días el más astuto bandido de Inglaterra tendrá
libertad para ir y venir; pero he aquí que me encuentro al forajido al alcance
de mis manos. ¿Debería aferrarme insensatamente a una promesa hecha tan
sin pensar? Supongamos que he prometido hacer lo que su majestad la reina
desee, y ella me pide que me dé muerte. ¿Debo cerrar los ojos y arrojarme
ciegamente sobre mi espada? Así sería mi razonamiento.
El rey escucha Por otra parte, me seguiría diciendo, una mujer no sabe
los malos consejos nada de los grandes asuntos referentes al gobierno de los
del obispo de estados; y además, me consta que las mujeres siempre se
Hereford y le
da una orden a dejan llevar por los caprichos: ahora cogen una margarita
sir Robert Lee al borde del camino y al poco rato la tiran, cuando ha
perdido el aroma; por lo tanto, aunque ahora se haya
encaprichado con ese bandido, pronto se le pasará y lo olvidará. Mientras que
yo tengo en mis manos al mayor villano de Inglaterra. ¿Debo abrir la mano y
dejar que se escape entre mis dedos? Eso, majestad, es lo que yo me diría si
fuera rey de Inglaterra.
Así habló el obispo; el rey escuchó sus malos consejos y al cabo de un
rato, se volvió a sir Robert Lee y le ordenó que mandara seis hombres de la
guardia para prender a Robin Hood y a sus tres compañeros.
Ahora bien, sir Robert era un caballero noble y cabal, y le Sir Robert
dolía en lo más profundo ver al rey romper su promesa; aun reina del advierte a la así, no dijo nada, pues se daba cuenta de lo enfurecido que peligro que
estaba el rey contra Robin Hood; pero no envió a la guardia corre Robin
inmediatamente, sino que primero fue a ver a la reina y le
contó todo lo sucedido, rogándole que advirtiera a Robin del peligro. No hizo
esto pensando en el bienestar de Robin Hood, sino para salvar, si era posible,
el honor de su soberano. Y de este modo, cuando los guardias llegaron por fin
al campo de tiro, no pudieron encontrar a Robin y sus hombres, y se
marcharon de la feria sin comer pasteles.
La tarde estaba ya muy avanzada cuando Robin Hood, el Pequeño John,
Will y Allan emprendieron el camino de regreso, marchando animadamente a
la luz amarillenta del atardecer, que pronto se convirtió en roja cuando el sol
se hundió tras el horizonte. Las sombras se alargaron y acabaron fundiéndose
con la uniformidad gris del crepúsculo. El polvoriento camino se veía blanco
entre los oscuros setos, y por él avanzaban los cuatro camaradas como cuatro
sombras; el ruido de sus pisadas resonaba con fuerza y sus voces, al
conversar, rompían el silencio del aire. La luna, grande y redonda, flotaba
inerte en la zona oriental del cielo cuando divisaron frente a ellos las luces
parpadeantes del poblado de Barnet, a quince o veinte kilómetros de Londres.
Recorrieron sus calles empedradas, pasando junto a atractivas casitas con
fachadas voladizas, a cuyas puertas se sentaban burgueses y artesanos a la luz
de la luna, rodeados por sus familias, y por fin, al otro lado del villorrio,
encontraron una pequeña posada, de muros decorados con rosales y
madreselvas. Robin se detuvo ante la posada, pues encontró el lugar de su
agrado, y dijo:
Robin Hood —Aquí descansaremos y pasaremos la noche, pues ya nos
y sus encontramos bastante lejos de Londres y de la ira del rey. Y
compañeros además, si no me equivoco, aquí encontraremos buena comida.
se alojan en
una posada ¿Qué decís, muchachos?
de Barnet —A decir verdad, jefe —respondió el Pequeño John—, tus
deseos y mis actos siempre coinciden, como la cerveza y las
pastas. Entremos, digo yo también.
Entonces habló Will Escarlata:
—Siempre estoy dispuesto a hacer lo que tú digas, tío, pero quisiera haber
llegado más lejos antes de detenernos a pasar la noche. No obstante, si tú
crees que está bien, yo también digo que pasemos la noche aquí.
Entraron, pues, y pidieron lo mejor que hubiera en la casa. Pronto tuvieron
delante un banquete completo, con dos buenas botellas de jerez viejo para
regarlo. Las viandas les fueron servidas por la moza más gorda y rolliza que
se pudiera encontrar en la tierra, y el Pequeño John, siempre dispuesto a
admirar a una muchacha atractiva, aun en presencia de comida y bebida, puso
los brazos en jarras y clavó sus ojos en ella, guiñándolos sugestivamente cada
vez que ella miraba en su dirección. Y tendríais que haber visto cómo se
estremecía de risa la moza, y cómo miraba al Pequeño John con el rabillo del
ojo, formándosele un hoyuelo en cada mejilla; a John siempre se le habían
dado bien las mujeres.
—Vamos, vamos, Pequeño John —dijo Robin—. Deja a la chica en paz y
concéntrate en la comida, o te quedarás con el estómago vacío. Come primero
y corteja después, que no encontrarás proverbio más sabio al que prestar
oídos.
—No —dijo el Pequeño John en tono jactancioso—. Para mí es un mal
proverbio. ¿Quién podría concentrarse en la comida y la bebida y dejar pasar
a una moza tan hermosa, sin prestar atención a los prodigiosos dones que los
benditos santos le han otorgado? Ven aquí, deliciosa patita, y sírveme un poco
de vino para que pueda brindar a tu salud y rogarle al venerable san Suspenso
que te envíe lo que mereces: un marido que sea por lo menos conde o duque.
¡Por mi alma, que antes bebería agua que tú me sirvieras que el mejor
moscatel servido por otra mujer cualquiera de Inglaterra!
Al oír este discurso, los demás proscritos rugieron de risa, y la muchacha
bajó la mirada, sonrojándose y pensando que el Pequeño John era el joven
más agradable que había conocido en su vida.
Así de animada trascurrió la cena, y nunca se habían visto en aquella
posada comensales tan entusiastas como los cuatro alegres camaradas, pero
por fin terminaron de comer, aunque parecía que nunca iban a terminar, y se
quedaron sentados a disfrutar del jerez. En ésas estaban cuando de pronto
entró el posadero y dijo que en la puerta había cierto caballero llamado
Richard Partington, de la casa de la reina, que deseaba ver al joven de azul y
hablar con él sin pérdida de tiempo. Robin se levantó inmediatamente y, tras
advertir al posadero que no le siguiera, dejó a los demás mirándose unos a
otros y preguntándose qué iría a suceder.
Al salir de la posada, Robin se encontró al joven Richard Partington que
esperaba su llegada a la luz de la luna, montado en su caballo.
—¿Qué noticias traéis, señor paje? —preguntó Robin—. Espero que no
sean del género malo.
—Pues tal como están las cosas, ya están bastante mal — El joven
respondió el joven Partington—. El rey está muy furioso con Partington Richard
vos, incitado por ese ruin obispo de Hereford. Ordenó que os avisa a Robin
prendieran en el campo de tiro de Finsbury, pero al no del peligro
que corre
encontraros allí ha reunido a toda su guardia, más de mil
hombres, enviándola a toda marcha por este mismo camino hacia Sherwood,
con el fin de alcanzaros por el camino o impedir que lleguéis de vuelta a los
bosques. Ha puesto al obispo de Hereford al mando de estos hombres, y vos
sabéis lo que podéis esperar del obispo de Hereford: una confesión corta y
una cuerda larga. Dos compañías de caballería están ya en camino, no mucho
detrás de mí, de modo que más vale que salgáis de aquí inmediatamente, pues
si os demoráis acabaréis la noche durmiendo en un frío calabozo. Esto es lo
que la reina me ha ordenado que os diga.
—Señor Richard Partington —dijo Robin—, ésta es la segunda vez que
me salváis la vida, y si se presenta una ocasión adecuada os demostraré que
Robin Hood jamás olvida estas cosas. En cuanto al obispo de Hereford, si
vuelvo a cogerlo cerca de Sherwood, le va a ir muy mal conmigo. Podéis
decirle a nuestra señora la reina que saldré de este lugar sin dilación, y le haré
creer al posadero que nos dirigimos a San Albans; pero cuando salgamos de
nuevo al camino, yo iré por un lado y mis hombres por otro, de manera que, si
alguno de nosotros cae en manos del rey, los demás puedan escapar.
Viajaremos por senderos apartados y así espero que podamos llegar a
Sherwood sanos y salvos. Y ahora, señor paje, quedad con Dios.
—Adiós, valiente —dijo el joven Partington—, y quiera Dios que lleguéis
a salvo a vuestro escondite.
Y con esto, los dos se estrecharon las manos y el joven caballero dio la
vuelta a su caballo y partió de regreso a Londres, mientras Robin volvía a
entrar en la posada.
Allí encontró a sus compañeros sentados en silencio, aguardando su
regreso. También estaba allí el posadero, que se moría de curiosidad por saber
lo que el joven Partington le habría dicho a aquel viajero de azul.
—¡En pie, camaradas! —dijo Robin—. ¡Éste no es sitio para nosotros,
pues vienen tras nosotros y tenemos pocas posibilidades de no caer en sus
manos! Nos pondremos en marcha otra vez, y no nos detendremos hasta haber
llegado a San Albans.
Robin Hood Y sacando la bolsa, pagaron al posadero lo consumido y
y sus hombres salieron de la posada.
se marchan
de la posada
de Barnet Cuando llegaron al camino real, ya fuera de la población,
Robin se detuvo y les contó a los demás lo que le había dicho
el joven Partington, y que los hombres del rey les pisaban los talones. Luego
les dijo que debían separarse; ellos tres irían hacia el este y él hacia el oeste,
evitando las carreteras principales y utilizando caminos secundarios para
llegar a Sherwood.
—Actuad con astucia —les dijo Robin Hood—, y Robin Hood
manteneos apartados de los caminos hacia el norte, hasta que se separa
estéis bien al este. Y tú Will Escarlata, irás al mando, ya que de sus hombres
tienes una mente ágil e ingeniosa.
Entonces Robin besó a los tres en las mejillas, ellos le
besaron a él, y el grupo se dividió.
Los hombres Poco después de esto, una veintena o más de jinetes del
del rey llegan rey llegó al galope a la posada de Barnet. Allí saltaron de sus
en busca de monturas y rápidamente rodearon el edificio, tras lo cual el
Robin, pero no
lo encuentran jefe de la partida y otros cuatro hombres penetraron en la sala
donde habían estado los proscritos. Pero se encontraron con
que los pájaros habían volado y el rey había sido burlado por
segunda vez.
—Ya me dio la impresión de que no eran de fiar —dijo el posadero al
enterarse de a quién perseguían los soldados—. Pero le oí decir a aquel rufián
de azul que irían directamente a San Albans, así que si os apresuráis, aún
tenéis posibilidades de alcanzarlos en el camino real, entre aquí y allí.
El jefe de la partida le dio efusivamente las gracias por esta información
y, reuniendo de nuevo a sus hombres, los hizo montar de nuevo y todos
partieron al galope hacia San Albans, reanudando la cacería.
Después de dejar el camino real cerca de Barnet, el El Pequeño
Pequeño John, Will Escarlata y Allan de Dale se dirigieron John, Will
hacia el este, sin detenerse mientras sus piernas pudieran Escarlata y
Allan de Dale
sostenerlos, hasta que llegaron a Chelmsford, en el condado llegan sanos
de Essex. Allí torcieron hacia el norte, pasando por Cambridge y salvos a
Sherwood
y Lincolnshire, hasta llegar a la bella población de
Gainsborough. Doblaron al oeste, y luego al sur, y por fin llegaron al lindero
norte del bosque de Sherwood, sin haber visto en todo el trayecto ni un solo
grupo de hombres del rey. Ocho días duró su viaje, al cabo de los cuales
alcanzaron el bosque sanos y salvos; pero cuando llegaron al claro del árbol
de las reuniones descubrieron que Robin no había regresado aún.
Pues Robin no había tenido un regreso tan afortunado como el de sus
hombres, como sabréis a continuación.
Robin Hood se Tras haber abandonado la carretera del norte, puso
desvía hacia el rumbo al oeste y, pasando por Aylesbury, llegó a la
este pero no hermosa Woodstock, en Oxfordshire. Allí desvió sus pasos
tiene tanta
suerte en su hacia el norte, recorriendo una gran distancia y pasando por
regreso al bosque la ciudad de Warwick, hasta llegar a Dudley, en
Staffordshire. Siete días tardó en llegar hasta allí, y
entonces consideró que ya había llegado bastante al norte, de modo que torció
hacia el este, evitando las rutas principales y escogiendo caminos secundarios
y veredas cubiertas de hierba, y dirigiéndose a través de Litchfield y Ashby de
la Zouch hacia Sherwood, hasta que llegó a un lugar llamado Stanton. Y aquí
el corazón de Robin empezó a regocijarse, pues creyó que había pasado el
peligro y que su nariz pronto olería una vez más el aroma picante de los
bosques. Pero del dicho al hecho hay mucho trecho, como Robin iba a tener
ocasión de comprobar. Esto es lo que sucedió:
Cuando los hombres del rey se vieron burlados en San Albans y se
convencieron de que no sería fácil encontrar a Robin y sus hombres, no
supieron qué hacer. Poco después llegó otra partida de jinetes, y luego otra,
hasta que todas las calles iluminadas por la luna estuvieron llenas de hombres
armados.
Entre la medianoche y el alba, otra partida llegó a la El obispo de Hereford
ciudad, y con ella venía el obispo de Hereford. Cuando llega a San Albans,
se enteró de que Robin Hood había escapado una vez pero al no encontrar
a Robin Hood
más de la red, no perdió un minuto y, reuniendo a todas sigue hacia
las partidas, las dirigió hacia el norte a toda velocidad, Nottingham
dejando órdenes de que todas las tropas que llegaran a
San Albans las siguieran sin pérdida de tiempo. Al atardecer del cuarto día
llegó a la ciudad de Nottingham y allí dividió a sus tropas en patrullas de seis
o siete hombres y los repartió por todo el campo, bloqueando todos los
caminos y senderos al este, al sur y al oeste de Sherwood.
El sheriff de Nottingham El sheriff de Nottingham, por su parte, reunió
une sus fuerzas a las también a todos sus hombres y unió fuerzas con el
del obispo de Hereford obispo, comprendiendo que ésta era la mejor
y bloquea todos los
caminos que llevan a oportunidad que jamás había tenido de ajustar cuentas
Sherwood con Robin Hood. Will Escarlata, el Pequeño John y
Allan de Dale habían eludido por muy poco a los
hombres del rey, pues tan sólo un día después de que ellos llegaran a Sherwood los caminos por los que habían llegado estaban ya bloqueados, y de
haberse entretenido en su viaje habrían caído sin duda alguna en manos del
obispo.
Pero Robin no sabía nada de todo esto y silbaba alegremente por el
camino de Stanton, tan libre de preocupaciones como una yema de huevo lo
está de telarañas. Al fin llegó a un lugar donde un arroyuelo cruzaba el
camino formando una charca poco profunda, que brillaba y tintineaba al
deslizarse el agua sobre el lecho de grava dorada. Robin, que estaba sediento,
se arrodilló junto al agua, formó una copa con las manos y comenzó a beber.
Al otro lado del camino se extendían espesos matorrales y arbolillos jóvenes
hasta una larga distancia, y a Robin se le alegró el corazón al oír a los
pajarillos que cantaban entre el follaje, pues ello le hizo pensar en Sherwood
y le pareció que hacía toda una vida que no aspiraba el aire de los bosques.
Pero de pronto, mientras estaba agachado bebiendo, algo Robin escapa
pasó silbando junto a su oreja y cayó delante de él, por los pelos
salpicándole de agua y grava. En un abrir y cerrar de ojos, de perder
la vida
Robin se puso en pie y de un salto cruzó arroyo y camino,
lanzándose de cabeza entre los matorrales, sin mirar a su
alrededor, pues sabía muy bien que lo que había silbado tan
peligrosamente en su oído era una flecha emplumada, y que un instante de
vacilación significaba la muerte. En el mismo momento de introducirse en los
matorrales, otras seis flechas silbaron tras él entre las ramas, una de las cuales
perforó su jubón, y se le habría clavado en el costado de no ser por la espesa
cota de malla que llevaba puesta. Por el camino llegaron al galope varios
hombres del rey, que saltaron de sus caballos y se metieron sin perder un
momento entre los matorrales, en persecución de Robin.
Robin Hood Pero Robin conocía el terreno mejor que ellos y,
escapa de los arrastrándose unas veces, agachándose otras, y corriendo a
hombres del rey campo abierto de vez en cuando, pronto les sacó una buena
metiéndose
entre los delantera, llegando por fin a otro camino situado a unos
matorrales ochocientos pasos del que acababa de abandonar. Allí se
detuvo un momento, escuchando los gritos lejanos de los
siete hombres que peinaban los matorrales como perros que han perdido el
rastro de su presa. Entonces, ajustándose el cinturón a la cintura, corrió a toda
velocidad camino abajo, en dirección al este y a Sherwood.
Pero no había recorrido más de seiscientos metros en Robin Hood
aquella dirección cuando llegó de pronto a la cresta de una encuentra
colina y vio al pie de la misma otra patrulla de hombres del el camino
bloqueado por
rey, sentados a la sombra junto al camino. Se detuvo un los hombres
momento, pero, dándose cuenta de que no le habían visto, dio del rey
media vuelta y echó a correr por donde había venido,
sabiendo que era mejor correr el albur de escapar a los hombres que aún se
encontraban entre las matas, que lanzarse a los brazos de los que aguardaban
en el valle. Así que corrió tan aprisa como pudo y ya había pasado los
matorrales cuando los siete hombres salieron al camino.
Robin Hood Al verlo, dieron un gran grito, como el que da el cazador
escapa del cuando el ciervo sale al descubierto, pero Robin ya les llevaba
peligro por el un buen cuarto de milla de ventaja y cubría terreno como un
momento
galgo. Sin aminorar el paso en ningún momento, corrió
kilómetros hasta llegar a Mackworth, al otro lado del río
Derwent, cerca de la ciudad de Derby. Allí, viendo que por el
momento había escapado del peligro, aflojó su carrera y por fin se sentó al pie
de un seto, donde la hierba era más alta y la sombra más fresca, para
descansar y cobrar aliento.
—¡Por mi alma! —se dijo—. Ha sido la escapada más Robin se
apurada de toda mi vida. Declaro solemnemente que la pluma de detiene a
aquella flecha me hizo cosquillas en la oreja al pasar. Y esta descansar
junto a un
maldita carrera me ha despertado un terrible apetito de comida y seto
bebida. Tendré que rezar a san Dunstano para que me envíe a
toda prisa algo de carne y cerveza.
Y tal parece que san Dunstano se dignó escuchar sus súplicas, porque al
poco rato llegó por el camino cierto zapatero remendón, llamado Quince de
Derby, que había ido a llevar un par de zapatos a un granjero que vivía cerca
de Kirk Langly y ahora regresaba a su casa, con un hermoso capón hervido en el bolso y una bota de cerveza colgada al costado, que el granjero le había
dado como gratificación por tan excelente par de zapatos. El buen Quince era
un tipo honrado, pero su inteligencia era más bien espesa, como la masa de
pan sin cocer, y lo único que tenía en la cabeza era: «Tres chelines y seis
peniques y medio por tus zapatos, amigo Quince… tres chelines y seis
peniques y medio por tus zapatos…», y le iba dando vueltas y más vueltas a
la idea, sin que ningún otro pensamiento penetrara en su sesera, como un
guisante solitario dando vueltas en un cuenco vacío.
Robin Hood se —¡Hola, amigo! —dijo Robin desde debajo del seto,
encuentra con cuando el otro se hubo acercado suficiente—. ¿Dónde vais
Quince, tan alegre en este hermoso día?
el zapatero
de Derby Al oír que le llamaban, el zapatero se detuvo y, viendo un
forastero bien vestido de azul, le respondió con gran cortesía:
—Dios os guarde, buen señor. Os diré que vengo de Kirk
Langly, donde he vendido unos zapatos por los que me han dado tres chelines
y seis peniques y medio en dinero contante y sonante como el que más, y
ganado honradamente por añadidura, debo haceros saber. Pero, si me
perdonáis el atrevimiento, ¿qué estáis haciendo bajo ese seto?
—¡Pardiez, pues está claro! —dijo Robin—. Me he Robin le cuenta
metido debajo del seto para echar sal en la cola a los pájaros a Quince una
de oro. Pero la verdad es que vos sois el primer pájaro de extraña historia
algún valor que he visto en todo el bendito día.
Al oír estas palabras, los ojos del zapatero se abrieron de
par en par y su boca se puso tan redonda como el agujero de
un nudo en la tabla de una valla.
—¡Válgame Dios! —exclamó—. ¿Qué maravilla es ésa? Nunca he visto
esos pájaros de oro. ¿Y decís que se los puede encontrar en estos setos, buen
hombre? Decidme, os lo suplico: ¿hay muchos de ellos por aquí? Me gustaría
encontrar algunos.
—Ya lo creo —dijo Robin—. Por aquí son tan abundantes como los
arenques en Cannock Chase.
—¿Quién lo iba a decir? —dijo el zapatero, mareado de asombro—. ¿Y
vos los atrapáis echándoles sal en las colitas?
—Sí —respondió Robin—. Pero permitid que os advierta que esta sal es
de un tipo especial, y sólo se puede conseguir hirviendo un cuarto de rayos de
luna en una olla de madera, y aun con eso no se obtiene más que una pizca.
Pero decidme, sagaz amigo, ¿qué lleváis en esa bolsa y en esa bota que os
cuelgan del costado?
Al oír estas palabras, el zapatero miró los objetos que Robin mencionaba,
pues el pensar en los pájaros de oro los había borrado de su mente, y necesitó
algún tiempo para conjurar de nuevo su recuerdo.
—¡Ah, sí! —dijo por fin—. En una hay buena cerveza de marzo, y en la
otra un capón cebado. Puedo aseguraros que Quince, el zapatero, se dará un
buen banquete hoy, y de esto no cabe duda.
—Pero decidme, buen Quince —dijo Robin—. ¿Habéis pensado en
venderme esas cosas? Sólo oír mencionarlas es música para mis oídos. Estoy
dispuesto a daros estas magníficas ropas azules que llevo puestas, y además
diez chelines, a cambio de vuestras ropas, vuestro delantal de cuero, vuestra
cerveza y vuestro capón. ¿Qué me decís, camarada?
—Os burláis de mí —dijo el zapatero—. Mis ropas son bastas y
remendadas, mientras que las vuestras son de buen paño y muy elegantes.
—Yo jamás bromeo —dijo Robin—. Quitaos la chaqueta y os lo
demostraré; os aseguro que me gustan vuestras ropas. Y además, con
gentileza para con vos, os propongo que demos cuenta ahora mismo de las
ricas provisiones que lleváis, y os invito a la comida.
Robin Hood Mientras decía esto, empezó a despojarse de su jubón y
cambia sus el zapatero, viendo que la cosa iba en serio, comenzó
ropas por las de igualmente a quitarse sus ropas, pues la vestimenta de Robin
Quince,
el zapatero Hood le había llamado la atención. Así pues, cada uno se
de Derby puso las ropas del otro, y Robin Hood le entregó al honrado
zapatero diez chelines nuevos y relucientes. Entonces Robin
dijo:
—He sido muchas cosas en mi vida, pero jamás había sido Robin Hood y
un zapatero. Venid, amigo, sentémonos a comer, pues hay Quince se dan
algo en mi interior que está llamando a gritos a ese espléndido un banquete
juntos
capón.
Y los dos se sentaron y se pusieron a comer con tan buen
apetito que cuando terminaron los huesos del capón estaban
más pelados y desnudos que la caridad.
Entonces Robin estiró las piernas con una agradable sensación de
bienestar, y dijo:
—Por el timbre de vuestra voz, amigo Quince, deduzco que tenéis una o
dos canciones sueltas por la cabeza, como terneros en un prado. Os ruego que
saquéis una para mí.
Quince canta —Una o dos canciones tengo —respondió el zapatero—.
una alegre Poca cosa, poca cosa; pero con lo que hay os tendréis que
canción
conformar.
Y tras humedecerse la garganta con un trago de cerveza,
empezó a cantar lo siguiente:
De todos los placeres, el que más me deleita,
mi coqueta Nan, canta,
y el que más entre todos mi corazón conmueve
es indudablemente hacer ruido con latas.
Podría renunciar a todos los placeres,
mi coqueta Nan, canta,
pero éste…
El buen zapatero no pudo llegar más lejos en su canción, Los hombres
porque de pronto seis jinetes se lanzaron sobre ellos y del rey caen
atraparon de mala manera al honesto artesano, arrastrándolo sobre Quince,
el zapatero
por los pies y casi arrancándole las ropas al hacerlo.
—¡Ajá! —rugió el jefe de la partida con un alarido de
triunfo—. ¡Al fin te hemos cogido, bellaco vestido de azul!
¡Bendito sea el nombre de san Huberto, gracias al cual somos ahora ochenta
libras más ricos que hace un minuto, pues ésa es la cantidad que el buen
obispo de Hereford ha ofrecido a la patrulla que te lleve ante él! ¡Mirad qué
truhan tan astuto! ¡Con lo inocente que parece, a fe mía! Te conocemos, viejo
zorro. Vas a venir con nosotros para que te corten la calabaza.
Al oír estas palabras, el pobre zapatero miró a su alrededor con sus
grandes ojos azules tan redondos como los de un pescado muerto y
boqueando como si se hubiera tragado todas las palabras y hubiera perdido el
habla.
Robin también abría la boca y miraba con gesto de asombro, como habría
hecho el zapatero en su lugar.
—¡Ay de mí! —exclamó—. No sé si estoy aquí o en la tierra de nadie.
¿Qué significa todo este alboroto, señores caballeros? Estoy seguro de que
este sujeto es un tipo honrado.
—¿Un tipo honrado decís, payaso? —replicó uno de los hombres—. Pues
os comunico que no es otro sino ese bandido al que llaman Robin Hood.
Al oír esto, el zapatero abrió la boca y los ojos más que nunca, pues por su
torpe entendimiento discurría tal carrera de pensamientos que sentía la mente
nublada con tanto polvo y tanta paja. Por añadidura, al mirar a Robin Hood y
encontrarlo tan parecido a la imagen que él tenía de sí mismo, empezó a dudar
y a preguntarse si no sería él verdaderamente el famoso bandolero. Y así,
comenzó a decir en voz lenta y pensativa:
—¿Soy en verdad ese tipo? Ahora bien, yo pensaba… pero no, Quince,
tienes que estar equivocado… no obstante… ¿Lo soy?… ¡Pardiez, es posible
que yo sea Robin Hood! La verdad, nunca pensé que pasaría de ser un
honesto artesano a convertirme en un personaje tan famoso.
—¡Ay! —exclamó Robin Hood—. ¡Mirad lo que habéis hecho! ¿No veis
cómo vuestros malos tratos han nublado los sentidos de este pobre hombre,
trastocándosele todo? ¡Yo, yo soy Quince, el zapatero de Derby!
Los hombres —¿De verdad? —dijo Quince—. Entonces, sin duda, debo
del rey llevan ser algún otro, y ese otro no puede ser sino Robin Hood.
a Quince ante Llevadme, pues. Pero permitid que os advierta que habéis
el obispo
de Hereford prendido al hombre más noble que jamás recorrió los bosques.
en Tutbury —Ahora te haces el loco, ¿no? —dijo el jefe de la patrulla
—. Tú, Giles, trae una cuerda y átale las manos a la espalda a
este bribón. Os garantizo que le haremos recobrar el juicio en cuanto le
llevemos a presencia del obispo en Tutbury.
Así pues, le ataron las manos a la espalda y se llevaron al pobre zapatero
al extremo de una cuerda, como el granjero lleva un ternero adquirido en la
feria. Robin se los quedó mirando y cuando se hubieron ido se echó a reír
hasta que le corrieron lágrimas por las mejillas. Sabía muy bien que al
honrado zapatero no le ocurriría nada, y se imaginó la cara del obispo cuando
le presentaran al bueno de Quince asegurando que se trataba de Robin Hood.
A continuación, dirigiendo de nuevo sus pasos hacia el este, inició con el pie
derecho el camino de regreso a Nottinghamshire y el bosque de Sherwood.
Pero Robin Hood había pasado más apuros que los que había esperado. El
viaje desde Londres había sido largo y penoso, y en una semana había
recorrido más de doscientos kilómetros. Ahora se proponía viajar sin
detenerse hasta llegar a Sherwood, pero antes de haber cubierto quince
kilómetros sintió que le fallaban las fuerzas, como ceden las orillas de un río
socavadas por las aguas. Se sentó a descansar, pero sabiendo en el fondo que
aquel día no podría llegar más lejos, pues su cansancio era tal que los pies le
pesaban como bloques de plomo. Aun así se incorporó y trató de seguir
adelante, pero tras recorrer un par de kilómetros se vio obligado a rendirse y,
viendo cerca una posada, entró en ella, llamó al posadero y le pidió que le
guiara a una habitación, a pesar de que el sol apenas empezaba a ponerse por
occidente.
La posada sólo disponía de tres habitaciones, y el Robin Hood
posadero llevó a Robin a la peor, pero poco le importaba a fatigado, pasa
éste el aspecto del lugar: aquella noche habría dormido sobre la noche en
una posada una cama de cantos partidos. Así pues, quitándose las ropas
sin más dilación, se metió en la cama y se quedó dormido casi
antes de que su cabeza tocara la almohada.
Cuatro Poco después de que Robin Hood se retirara a descansar,
burgueses de una gran nube negra se fue elevando sobre las colinas por el
Nottingham oeste. Subió más y más alto, hasta cernirse en la noche como
llegan a la
misma posada una montaña de tinieblas. De vez en cuando, estallaban en
ella relámpagos rojizos, y pronto se oyó el sordo rumor del
trueno. En aquel momento llegaron a la posada cuatro
prósperos burgueses de Nottingham; no deseaban verse cogidos en la
tormenta que se les echaba encima y aquélla era la única posada en ocho
kilómetros a la redonda. Dejando sus caballos en el establo, entraron en la
sala principal de la posada, que hasta disponía de esteras de juncos verdes en
el suelo, y pidieron la mejor comida que hubiera en la casa. Tras haber
comido hasta hartarse, pidieron al posadero que los guiara a sus habitaciones,
pues estaban fatigados después de haber cabalgado desde Dronfield.
Refunfuñaron un poco al enterarse de que tendrían que dormir dos en cada
cama, pero sus problemas en este aspecto, así como en otros, se esfumaron
pronto en la quietud del sueño.
Llegó entonces la primera ráfaga de viento, que pasó a toda La tormenta
velocidad haciendo golpear puertas y ventanas, trayendo trae a la
consigo el olor de la lluvia inminente, envuelto en una nube de posada a un
fraile de
polvo y hojas. Como si el viento lo hubiera traído en sus alas, Emmet
se abrió la puerta y entró en la posada un fraile del priorato de
Emmet, y de elevada categoría, como demostraban la suavidad
y brillo de sus ropas y la opulencia de su rosario. Llamó al posadero y le pidió
que, ante todo, diera de comer a su mula y la alojara en el establo, y que
después le sirviera a él lo mejor que hubiera en la casa. Pronto tuvo delante un
sabroso guiso de callos con cebolla, con bolas de pasta rellenas de carne,
acompañado de una buena frasca de vino de malvasía, sobre todo lo cual se
lanzó el reverendo fraile con gran valor y entusiasmo, de manera que al poco
rato no quedaba de todo ello nada más que un poco de salsa en el centro del
plato, que no hubiera bastado ni para mantener con vida a un ratón
hambriento.
Mientras tanto, se había desencadenado la tormenta Llegó otra ráfaga de
viento y con ella las primeras gruesas gotas de lluvia, que pronto cayó a
raudales, tamborileando contra las ventanas como los dedos de cien manos.
Al fraile no le
hace gracia
dormir con Brillantes relámpagos iluminaban cada gota de lluvia, y
Robin, a quien
toma por un tras ellos llegaba el estallido del trueno, que se alejaba
zapatero rugiendo y retumbando como si allá, en las alturas, san
Sucinto estuviera haciendo rodar grandes toneles de agua
sobre un suelo accidentado. Las mujeres chillaban, y los juerguistas de la
taberna les rodearon el talle con sus brazos para tranquilizarlas.
Por fin, el reverendo fraile le rogó al posadero que le indicara su
habitación, pero cuando se enteró de que tendría que compartir la cama con
un zapatero remendón, se sintió tan molesto como el que más de toda
Inglaterra; sin embargo, la cosa no tenía remedio y tendría que dormir allí o
no dormir; de modo que tomó una vela y se levantó refunfuñando como los
truenos en la distancia. Al llegar a la habitación donde tendría que dormir,
sostuvo la luz sobre Robin y le miró de pies a cabeza; entonces se sintió más
tranquilo, pues en lugar de un patán de barba sucia se encontró con un tipo tan
pulcro y aseado como el mejor que se pueda encontrar en una semana de siete
domingos; así pues, despojándose de sus ropas, se introdujo en la cama,
donde Robin, gruñendo y murmurando en sueños, le hizo un sitio. Puedo
asegurar que Robin estaba más dormido que nunca, pues de lo contrario no
habría permanecido tan tranquilo con una persona como el fraile tan cerca de
él. En cuanto al fraile, de haber sabido quién era Robin Hood, podéis creer
que antes habría dormido con una víbora que con el hombre que compartía su
cama.
Así transcurrió la noche, con aceptable comodidad, pero a Robin Hood
las primeras luces del día Robin abrió los ojos y giró la cabeza descubre con
sobre la almohada. ¡Cuál no sería su sorpresa al ver junto a él sorpresa a su
compañero
un hombre perfectamente afeitado y tonsurado, claro indicio de cama
de su pertenencia a las órdenes sagradas! Se pellizcó para
comprobar que estaba despierto y se sentó en la cama,
mientras el otro dormía tan apaciblemente como si se encontrara sano y salvo
en el priorato de Emmet.
—¡Vaya! —se dijo Robin Hood—. Me pregunto cómo habrá caído esto
en mi cama durante la noche.
Y así diciendo se levantó con precaución, para no despertar al otro y, tras
inspeccionar la habitación, encontró las ropas del fraile sobre un banco junto a
la pared. Miró primero los hábitos y luego al fraile, con la cabeza ladeada, y
por fin guiñó un ojo.
Robin Hood —Querido hermano, como os llaméis —dijo—. Puesto que
toma tan libremente tomáis prestada mi cama, yo a cambio tomaré
prestados los
hábitos del prestadas vuestras ropas.
fraile de
Emmet Y sin más dilación, se puso las vestiduras del clérigo,
dejando amablemente en su lugar las ropas del zapatero.
Luego salió al aire fresco de la mañana, y el mozo de cuadra, que ya estaba
levantado y atendiendo los establos, abrió los ojos como si hubiera visto un
ratón verde, pues las personas como el fraile de Emmet no solían ser
precisamente madrugadoras; pero el mozo se guardó sus pensamientos, y se
limitó a preguntarle a Robin si deseaba que sacara su mula del establo.
—Sí, hijo mío —respondió Robin, aunque no sabía nada de la mula—. Y
te ruego que te des prisa, pues voy retrasado y me urge ponerme en camino.
El mozo de cuadra trajo la mula y Robin montó en ella y se alejó tan
contento.
En cuanto al reverendo fraile, al despertar se encontró tan chasqueado
como el que más en el mundo, pues sus ricas y suaves ropas habían
desaparecido, y con ellas una bolsa con diez libras de oro, y en su lugar no
quedaban más que andrajos remendados y un delantal de cuero.
Montó en cólera y soltó palabrotas impropias de su El fraile de condición, pero todos sus juramentos no le sirvieron de nada Emmet se
y el posadero no podía ayudarle. Por añadidura, tenía que pone las ropas
de zapatero
llegar sin falta al priorato de Emmet aquella misma mañana, y sigue
por asuntos de negocios, de manera que tendría que elegir su camino
entre ponerse las ropas del zapatero o hacer el viaje desnudo.
El fraile de Así pues, se puso las ropas y, jurando venganza contra todos
Emmet cae los zapateros de Derbyshire, emprendió el camino a pie. Pero
en manos sus apuros aún no habían terminado, pues no llevaba mucho
de los
hombres andado cuando cayó en manos de los hombres del rey, que le
del rey llevaron por la fuerza a Tutbury, ante la presencia del obispo de
Hereford. De nada le valió jurar que era fraile y mostrar su
coronilla afeitada; la patrulla se lo llevó, completamente convencida de que se
trataba del mismísimo Robin Hood.
Mientras tanto, Robin Hood cabalgaba satisfecho, pasando sin problemas
ante dos patrullas de hombres del rey, hasta que el corazón empezó a bailarle
en el pecho por la alegría de acercarse a Sherwood. Siguió viajando hacia el
este hasta que, de repente, en una vereda sombreada, se encontró con un noble
caballero. Entonces Robin hizo parar a la mula y saltó rápidamente de su
lomo.
Robin Hood se —¡Bien hallado seáis, sir Richard de Lea! —exclamó—.
encuentra con ¡Más me alegra hoy ver vuestro noble rostro que el de
sir Richard de
Lea y le cuenta cualquier otro hombre de Inglaterra!
sus aventuras
Entonces le contó a sir Richard todo lo que le había
sucedido, añadiendo que por fin se sentía seguro al
encontrarse tan cerca de Sherwood. Pero cuando Robin terminó de hablar, sir
Richard meneó la cabeza con aire triste.
—Ahora mismo, Robin, corréis más peligro que nunca Sir Richard le
—dijo—. Tenéis delante patrullas del sheriff que cierran explica a Robin
todos los caminos y no dejan que pase nadie sin el grave peligro
que corre y le dice
examinarlo de cabo a rabo. Lo sé muy bien, pues acabo de lo que debe
encontrarme con una de ellas. Así pues, por delante tenéis hacer
a los hombres del sheriff y por detrás a los del rey, y no
podéis pasar ni en una ni en otra dirección, pues a estas horas ya deben de
conocer vuestro disfraz y estarán aguardando para atraparos. Mi castillo y
todo lo que contiene están a vuestra disposición, pero así no ganaríamos nada,
pues me sería imposible defenderlo contra una fuerza como la que hay ahora
mismo en Nottingham, entre hombres del rey y del sheriff.
Habiendo dicho esto, sir Richard inclinó la cabeza en gesto pensativo y
Robin sintió que se le caía el alma a los pies, como al zorro que oye a sus
espaldas los ladridos de la jauría y encuentra su madriguera taponada con
tierra, comprendiendo que no tiene escapatoria. Pero entonces sir Richard
habló de nuevo y dijo:
—Hay una cosa que podéis hacer, Robin, y sólo una. Volved a Londres y
poneos a merced de nuestra buena reina Leonor. Venid ahora mismo conmigo
a mi castillo. Quitaos esas ropas y poneos las de uno de mis siervos. Entonces
yo partiré hacia Londres con mi séquito, y vos formaréis parte de él. De este
modo tendréis ocasión de ver a la reina y hablar con ella. Vuestra única
esperanza es regresar a Sherwood, donde nadie puede alcanzaros, y no
podréis llegar a Sherwood más que de este modo.
Y así, Robin fue con sir Richard de Lea e hizo lo que éste le decía, pues
comprendió que el consejo del caballero era acertado y que aquélla era su
única esperanza de salvación.
Robin Hood se La reina Leonor paseaba por los jardines reales, entre los
pone a merced rosales en flor, y con ella paseaban seis de sus damas de
de la reina compañía, charlando animadamente. De pronto, un hombre
apareció en lo alto del muro, se descolgó con rapidez y cayó
ágilmente sobre la hierba del jardín. Todas las damas chillaron ante la brusca irrupción, pero el hombre corrió hacia la reina y se
arrodilló a sus pies, y la reina vio que se trataba de Robin Hood.
—¡Caramba, Robin! —exclamó—. ¿Cómo os atrevéis a meteros en las
mismas fauces del león enfurecido? ¡Ay, pobre amigo! Si el rey os encuentra
aquí, estáis perdido. ¿No sabéis que os está buscando por todo el país?
—Sí, señora —respondió Robin—. Sé muy bien que el rey me busca, y
por eso he venido; pues no dudo de que nada malo podrá ocurrirme cuando él
empeñe su real palabra ante vuestra majestad y por ello pongo mi vida en sus
graciosas manos.
—Sé lo que queréis decir, Robin —dijo la reina—, y no os faltan razones
para hacerme reproches, pues ya sé que no he hecho por vos cuanto debía
haber hecho. No cabe duda de que vuestra situación debía ser muy apurada
para que hayáis saltado a un peligro para escapar de otro. Una vez más, os
prometo mi ayuda, y haré cuanto pueda para que podáis regresar sano y salvo
a Sherwood. Esperad aquí hasta que yo vuelva —y con estas palabras dejó a
Robin en el jardín de rosas y se ausentó durante mucho tiempo.
Cuando regresó, sir Robert Lee venía con ella, y la reina traía las mejillas
encendidas y los ojos brillantes, como si hubiera mantenido una airada
discusión. Entonces sir Robert Lee se dirigió directamente a donde aguardaba
Robin y le habló con voz fría y severa.
—Nuestro gracioso soberano, el rey —dijo—, ha Sir Robert Lee
mitigado su cólera hacia vos, buen hombre, y una vez más ha reprende
prometido que se os permitirá partir en paz y seguridad. No a Robin Hood
sólo ha prometido esto, sino que de aquí a tres días designará
a uno de sus pajes para que os acompañe y se asegure de que
nadie os detenga en el viaje de regreso. Podéis dar las gracias
a vuestro santo patrón por tener tan buena amiga en nuestra señora la reina,
pues sin su persuasión y argumentos seríais hombre muerto, puedo
aseguraros. Que este peligro que habéis corrido os enseñe dos lecciones. En
primer lugar, a ser más honrado; y en segundo, a no ser tan atrevido en
vuestras idas y venidas. Un hombre que se mueve en la oscuridad como vos
puede escapar durante algún tiempo, pero al final es inevitable que caiga al
pozo. Habéis metido la cabeza en la boca del león y, sin embargo, os habéis
salvado de milagro. No lo volváis a intentar —y con estas palabras dejó a
Robin, dio media vuelta y se marchó.
Tres días permaneció Robin en Londres como invitado de la reina, al cabo
de los cuales se presentó el primer paje del rey, Edward Cunningham, que se
llevó a Robin hacia el norte, camino de Sherwood. De vez en cuando se cruzaban con patrullas de hombres del rey que regresaban a Londres, pero
ninguna les puso obstáculos y por fin llegaron a los bellos y frondosos
bosques.
Robin regresa Así terminan las alegres aventuras que le acontecieron a
sano y salvo a Robin cuando acudió al famoso concurso de tiro de Londres.
Sherwood Y ahora veremos cómo el obispo de Hereford y el sheriff de
Nottingham intentaron una vez más acabar con él, utilizando
un nuevo método. Y también veremos cómo el glorioso rey
Ricardo Corazón de León visitó a Robin Hood en la espesura
del bosque de Sherwood.