Las alegres aventuras de Robin Hood
III. Cómo Robin Hood organizó la boda de dos enamorados
III
Cómo Robin Hood organizó la boda de dos enamorados
LEGÓ por fin la mañana en que la bella Ellen debía casarse y en la
que Robin había jurado que Allan de Dale comería, por así decirlo,
en el plato preparado para sir Stephen de Trent. Robin Hood se
levantó de buen ánimo, al poco rato se fueron levantando los demás
proscritos, y por último se levantó el fraile Tuck, parpadeando para quitarse el
sueño de los ojos. Y mientras el aire parecía vibrar con los cantos de los
pájaros que celebraban a coro la llegada del nuevo día, los hombres se lavaron
el rostro y las manos en las aguas del arroyo y dio comienzo un nuevo día.
—Ahora —dijo Robin Hood, después de desayunar—, es hora de dar
comienzo a la empresa que tenemos pendiente para hoy. Me acompañarán
veinte hombres escogidos, pues es muy posible que necesite ayuda; y tú, Will
Escarlata, te quedarás aquí, en funciones de jefe, hasta que yo regrese.
Robin Hood se Entonces Robin Hood fue eligiendo entre sus hombres,
disfraza de todos los cuales se mostraban ansiosos de acompañarle, hasta
trovador reunir una veintena que representaba la flor y nata de sus
vagabundo
proscritos. Además del Pequeño John y Will Stutely, allí
estaban casi todos los famosos bandoleros de los que ya os he
hablado. Y mientras los elegidos corrían, rebosantes de
júbilo, a recoger sus arcos, flechas y espadas, Robin Hood se vistió con ropas
de alegres colores, como las que llevaría un trovador vagabundo, y se colgó
un arpa al hombro, para completar su caracterización.
Os aseguro que Robin presentaba un aspecto digno de verse. Las calzas
eran verdes, pero el jubón era a rayas rojas y amarillas, con cintas, colgantes y
abalorios de todos los colores. Se tocaba la cabeza con un gorro alto de cuero
rojo, adornado con una suntuosa pluma de pavo real.
Toda la banda se le quedó mirando y muchos se echaron a reír, pues
nunca habían visto a su jefe ataviado de manera tan extravagante. El Pequeño
John empezó a dar vueltas a su alrededor, examinándolo de cerca con aire muy serio, con el cuello estirado y la cabeza ladeada. ¿Habéis visto alguna
vez a un gallo de corral que da vueltas alrededor de un hallazgo inesperado,
como un gato dormido o algo semejante, parándose de vez en cuando y
volviendo a andar con paso dubitativo, extrañado y divertido a la vez? Pues
así caminaba el Pequeño John en torno a Robin, pronunciando frases del tipo
de «¡Pardiez! ¡Fijaos en esto! ¿Quién lo diría? ¡Precioso, a fe mía!». Por fin
se detuvo frente a Robin y dijo:
—¡Por mi alma! ¡Vaya vestimenta de fantasía que te has agenciado, jefe!
No se habían visto ropas tan elegantes desde que el bendito san Vituperio
mártir tuvo una visión en la que un pavo se pintaba la cola de morado y verde.
—La verdad —dijo Robin extendiendo los brazos y Robin Hood
contemplándose a sí mismo—, quizá sea algo chillón, pero en le pide al
conjunto es bastante bonito y no me cae mal, aunque sólo lo Pequeño John
que se haga
usaré temporalmente. Pero escucha, Pequeño John, aquí tienes cargo de dos
dos bolsas que quiero que lleves para que estén seguras. Yo bolsas de
dinero
no puedo hacerme cargo de ellas con este traje de payaso.
—Pero jefe —dijo el Pequeño John, tomando las bolsas y sopesándolas en
la mano—, esto suena a oro.
—Así es como debe sonar —respondió Robin—. Se trata de mi propio
dinero, y a la banda no le costará nada. Vamos, muchachos, moveos. Listos
para partir.
Robin Hood y Y reuniendo a los veinte en un grupo apretado, en
una veintena de sus medio del cual iban Allan de Dale y el fraile Tuck,
hombres, junto con el inició la marcha a través del bosque.
fraile Tuck y Allan
de Dale, van al Tuvieron que caminar largo rato hasta salir de
valle de Rother Sherwood y llegar al valle del río Rother. El panorama
allí era diferente del que se veía en el bosque; setos,
extensos campos de cebada, tierras de pastos que ascendían hasta unirse con
el cielo, y todo salpicado de rebaños de ovejas blancas, henares que despedían
el olor penetrante del heno recién segado, amontonado en ringleras sobre las
que volaban los vencejos en rápidas pasadas; visiones muy diferentes de las
de la frondosa espesura de los bosques, pero igualmente bellas. Robin guiaba
a su banda, caminando alegremente con el pecho hinchado y la cabeza
erguida, aspirando el aroma de la brisa que llegaba desde los henares.
—Verdaderamente —dijo—, el mundo es muy hermoso, tanto aquí como
en el bosque. ¿Quién dijo que era un valle de lágrimas? A mi entender, son las
tinieblas de nuestra mente las que hacen sombrío el mundo. ¿Cómo decía
aquella canción que tú cantabas, Pequeño John? ¿No era algo así?:
Cuando brillan los ojos de mi amada,
realmente es que brillan,
y cuando de sus labios
brota su dulce y singular sonrisa,
se vuelve el día alegre y tan hermoso,
que no importa si llueve o hace sol.
Y cuando la cerveza corre abundantemente,
las penas y problemas se van a otra región.
—¡Bah! —dijo el fraile Tuck en tono piadoso—. No pensáis más que en
cosas profanas; y sin embargo, es bien cierto que existen mejores
salvaguardias contra la tristeza y la pena que la bebida y los ojos radiantes. A
saber: el ayuno y la meditación. Fijaos en mí: ¿acaso parezco un hombre
atormentado?
Estas palabras fueron acogidas con una estruendosa carcajada por todos
los proscritos, que la noche anterior habían visto cómo el piadoso fraile
vaciaba el doble de jarras de cerveza que cualquiera de ellos.
—Ciertamente —dijo Robin cuando la risa le permitió hablar—, yo diría
que vuestras penas son aproximadamente equivalentes a vuestras gracias.
Y así siguieron marchando, entre charlas, cánticos, bromas Llegan a la
y risas, hasta llegar a una pequeña iglesia que formaba parte de iglesia donde
las propiedades del rico priorato de Emmet. Allí debía va a casarse
la bella Ellen
celebrarse, aquel mismo día, el matrimonio de la bella Ellen, y
aquél era el punto de destino de los proscritos. Al otro lado del
camino junto al cual se elevaba la iglesia entre campos
ondulados de cebada, había un largo muro de piedra. Junto al muro crecían
numerosos arbolillos y matas, y la propia pared estaba cubierta en algunos
puntos por una masa de madreselvas en flor, que llenaban el aire con su
fragancia. Sin vacilar ni un momento, los proscritos saltaron el muro,
aterrizando sobre las altas hierbas del otro lado y espantando a un rebaño en
todas direcciones. Allí, a la sombra combinada del muro y los árboles, los
proscritos se sentaron, contentos de poder descansar después de su larga
caminata.
Robin pide al —Y ahora —dijo Robin—, quiero que uno de vosotros se
joven David quede de vigilancia y me avise cuando vea que alguien se
de Doncaster acerca a la iglesia. De eso te encargarás tú, David de
que vigile
el camino Doncaster, así que ve a esconderte entre las madreselvas y
vigila bien.
El joven David hizo lo que le ordenaban, mientras los
demás se tendían a descansar sobre la hierba; algunos charlaban y otros
preferían dormir. La tranquilidad era absoluta, y sólo rompían el silencio algunas voces apagadas y los inquietos pasos de Allan, que no paraba de
andar de un lado a otro, incapaz en su nerviosismo de estarse quieto; y quizá
también los sonoros ronquidos del fraile Tuck, que disfrutaba de su sueño con
un ruido similar al de una sierra manejada muy despacio. Robin estaba
tumbado boca arriba, mirando a través de las hojas de los árboles, con el
pensamiento a kilómetros de distancia; y así fue transcurriendo el tiempo.
De pronto Robin preguntó:
—Dinos, joven David de Doncaster, ¿qué ves?
Y David respondió:
—Veo nubes blancas que flotan, siento el viento que sopla, y veo tres
cuervos volando a ras de tierra. Pero no veo nada más, jefe.
De nuevo se hizo el silencio y pasó otro buen rato en las condiciones
descritas, hasta que Robin, impacientándose, preguntó:
—Dime, joven David, ¿qué ves ahora?
Y David respondió:
—Veo los molinos de viento girando y tres álamos muy El viejo
altos recortándose contra el cielo, y una bandada de pájaros portero llega a
volando sobre los campos. Pero no veo nada más, jefe. abrir la iglesia
Siguió pasando el tiempo hasta que Robin preguntó por
tercera vez y el joven David le respondió:
—Oigo cantar al cuco y veo cómo el viento forma
ondulaciones en los campos de cebada, y veo un viejo fraile que viene de la
colina hacia la iglesia, llevando en la mano un enorme llavero; ahora está
llegando a las puertas de la iglesia.
Al oír esto, Robin se puso en pie y sacudió al fraile Tuck por los hombros.
—¡Vamos, despertad, reverendo! —gritó hasta que el fraile, entre
abundantes gruñidos, se puso en pie—. Despejaos, ¡pardiez! Ahí, a las puertas
de la iglesia, hay uno de los vuestros. Hablad con él y entrad en la iglesia,
para que estéis a mano cuando seáis necesario; el Pequeño John, Will Stutely
y yo os seguiremos.
El fraile Tuck saltó la tapia, cruzó el camino y llegó a la iglesia, donde el
viejo fraile seguía forcejeando con la llave; la cerradura estaba bastante
oxidada y las fuerzas del fraile eran más bien escasas.
—Buenos días, hermano —dijo Tuck—. Permitid que os ayude.
Y diciendo esto, le arrebató la llave y abrió rápidamente la puerta.
—¿Quién sois vos, hermano? —preguntó el viejo fraile con voz aguda y
rechinante, parpadeando al mirar a Tuck como un búho al sol—. ¿De dónde
venís y a dónde vais?
El fraile Tuck —Voy a responder a vuestras preguntas, hermano —dijo
habla con el
portero Tuck—. Me llamo Tuck y me dirijo precisamente aquí,
siempre que vos me permitáis quedarme a la boda que aquí va
a celebrarse. Vengo del valle de la Fuente y soy un humilde
ermitaño, que vive en una celda junto a la fuente bendecida
por la venerada santa Eteralda, que padeció el más cruel martirio que puede
infligirse a una mujer; a saber: que le cortaran la lengua dejándola más muda
que una corneja muerta. ¿Y cómo ocurrió tal cosa? Prestad atención: aquella
bendita mujer llegó a la fuente de que os hablo, y sin embargo debo confesar
que jamás he entendido qué provecho se saca de las aguas, pues os aseguro
que el agua fría siempre consigue revolverme las partes internas con toda
clase de calambres y dolores que…
—Pero… —pió el anciano fraile con su aguda vocecilla—. Me gustaría
mucho saber lo que le ocurrió a aquella santa mujer cuando llegó a la bendita
fuente.
—Pardiez, pues que bebió de sus aguas y al instante recuperó lo que, para
muchos malintencionados y no pocas almas devotas, no era precisamente un
don celestial, y me estoy refiriendo al don de la palabra. Pero, si no me
equivoco, hoy se celebrará aquí una boda y, si no tenéis inconveniente, me
gustaría descansar un rato a la sombra antes de asistir a tan magnífico
espectáculo.
—Desde luego, sois bienvenido, hermano —dijo el El Pequeño John
anciano, guiándole al interior de la iglesia. y Will Stutely
Mientras tanto, Robin Hood, con su disfraz de entran en la iglesia
mientras Robin
trovador y en compañía del Pequeño John y Will Stutely, Hood se queda
había llegado también a la iglesia. Robin se sentó fuera, en la puerta
en un banco que había junto a la puerta, pero el Pequeño
John entró en la iglesia, con las dos bolsas de oro, acompañado por Will
Stutely.
Llegan a la Robin vigilaba el camino, atento a la llegada de gente por
iglesia el cualquier dirección, hasta que al cabo de un rato vio a seis
obispo de jinetes que se acercaban cabalgando lenta y pausadamente,
Hereford y el
prior de como correspondía a las dignidades eclesiásticas. Cuando
Emmet estuvieron más cerca, Robin pudo reconocerlos. El primero era
el obispo de Hereford, y puedo aseguraros que ofrecía una
magnífica estampa, con sus vestiduras de la mejor seda y su gruesa cadena de
oro al cuello. El bonete que ocultaba su tonsura era de terciopelo negro, con
ribetes de joyas que resplandecían al sol sobre sus monturas de oro. Sus calzas eran de seda roja como el fuego, y sus zapatos de terciopelo negro, con
puntas largas y curvadas hacia arriba, y una cruz bordada con hilo de oro en
cada empeine. Junto al obispo cabalgaba el prior de Emmet, en un remilgado
jamelgo. También sus ropas era suntuosas, aunque no tan espléndidas como
las del obispo. Tras ellos venían dos altos eclesiásticos de Emmet, y por
último dos lacayos del obispo, pues Su Eminencia el obispo de Hereford
procuraba imitar a los grandes señores todo lo que le permitía su condición
religiosa.
Cuando Robin vio aproximarse la caravana, entre el resplandor de las
joyas y la seda y el tintineo de las campanillas de plata que adornaban los
arreos de las monturas, se quedó mirándola con dureza y dijo:
—Ese obispo va demasiado engalanado para ser un hombre de Dios. Me
pregunto si su santo patrón, que según creo es santo Tomás, era tan aficionado
a llevar cadenas de oro al cuello, ropas de seda sobre su cuerpo y zapatos
puntiagudos en los pies. Y el dinero para todo ello, vive Dios, les ha sido
arrebatado a los pobres campesinos. Ay, obispo: tu orgullo será causa de tu
caída antes de lo que imaginas.
Por fin los religiosos llegaron a la iglesia. El obispo y el prior
intercambiaban comentarios jocosos acerca de ciertas damas, más propios del
personal seglar que de los siervos de la iglesia. Al desmontar, el obispo miró
en torno suyo y advirtió la presencia de Robin, que se había puesto en pie
junto a la puerta.
—Buenos días tengáis, buen hombre —dijo el obispo en El obispo de
tono jovial—. ¿Quién sois vos, que lucís tan vistoso plumaje? Hereford
—Soy un músico del norte, eminencia —respondió Robin habla con
Robin Hood
—, y me precio de pulsar las cuerdas mejor que ningún otro
hombre en toda Inglaterra. Os aseguro, eminencia
reverendísima, que muchos caballeros y burgueses, clérigos y
seglares, han bailado al son de mi música, muchas veces de mala gana y a
menudo muy en contra de su voluntad. Tal es el mágico poder de mi arpa. Y
en el día de hoy, reverenda señoría, si me permitís tocar en esta boda, os
prometo que lograré que la novia ame al hombre que la despose con un amor
que durará mientras ambos sigan con vida.
—¡Ja, ja! ¿De veras? —preguntó el obispo—. ¿Estás convencido de lo
que dices? —y al decir esto miró fijamente a Robin, que le devolvió la mirada
sin pestañear—. Si eres capaz de lograr que esta doncella (que sin duda ha
hechizado a mi pobre primo Stephen) ame como dices al hombre con el que va a casarse, te daré lo que me pidas, siempre que sea razonable. Oigamos una
muestra de tu talento, amigo mío.
Robin se niega —No —respondió Robin—. Mi música sólo suena
a tocar cuando yo lo deseo, aunque lo ordene un obispo. No tocaré
para el obispo hasta que lleguen el novio y la novia.
—¿Cómo te atreves a hablarme de ese modo, bellaco
insolente? —dijo el obispo frunciendo el ceño—. En fin,
dejémoslo estar. Mirad, prior: ahí viene vuestro primo sir
Stephen con su bella prometida.
Efectivamente, por la curva del camino se acercaban Llegan a la otros jinetes. El primero era un hombre alto y delgado, de iglesia sir
porte caballeresco, vestido de seda negra y tocado con un Stephen, la
bella Ellen y el
gorro de terciopelo negro con forro rojo. A Robin no le cupo padre de ésta
duda de que se trataba de sir Stephen, en vista de su arrogante
porte y su cabello gris; junto a él cabalgaba un propietario
sajón, Edward de Deirwold, padre de Ellen. Tras ellos venía un coche tirado
por dos caballos, y en él una joven que Robin supuso que sería Ellen. Tras el
coche cabalgaban seis guardias armados, con sus yelmos de acero reluciendo
al sol entre el polvo del camino.
Cuando la comitiva llegó hasta la iglesia, sir Stephen desmontó, se acercó
al carruaje y tendió la mano a Ellen para que descendiera. Entonces Robin
pudo verla bien y ya no le extrañó que un caballero tan orgulloso como sir
Stephen de Trent accediera a casarse con la hija de un plebeyo; tampoco le
extrañó que nadie pusiera objeciones; pues se trataba, sin duda alguna, de la
mujer más hermosa que habían contemplado sus ojos. Sin embargo, se la veía
pálida y abatida, como un lirio arrancado. Y así, con la cabeza gacha y
aspecto triste, la muchacha penetró en la iglesia de la mano de sir Stephen.
—¿Por qué no tocas ahora, amigo? —preguntó el obispo, mirando muy
serio a Robin.
—Os aseguro que tocaré con más ganas de lo que vuestra eminencia
piensa —respondió Robin con calma—, pero no antes de que llegue el
momento.
El obispo, mirando a Robin con resentimiento, se dijo:
«En cuanto haya concluido la boda, voy a hacer que azoten a este bribón
insolente y deslenguado».
Sir Stephen y la bella Ellen se encontraban ya ante el altar, y el obispo
mismo se adelantó y abrió su libro, mientras Ellen miraba a un lado y a otro
con desesperada angustia, como una cierva acosada por la jauría. Entonces, haciendo ondear todas sus cintas y abalorios de vistosos colores, Robin dio
tres zancadas y se plantó entre el novio y la novia.
Robin Hood —Dejadme que vea bien a esta moza —dijo en alta voz—.
interrumpe ¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí? Veo lirios blancos en
la boda vuestras mejillas, cuando debería haber rosas, que es lo que
corresponde a una feliz novia. Esta boda es un desastre. Con lo
viejo que sois, señor caballero, y lo joven que es ella, ¿cómo se
os ha ocurrido hacerla vuestra esposa? Os digo que eso no
puede ser, pues no es a vos a quien ella ama.
Todos se quedaron sorprendidos ante esta intervención, El Pequeño
sin saber qué pensar, qué decir ni dónde mirar, de tan John y Will
perplejos como estaban. Y mientras todos miraban a Robin Stutely acuden
en ayuda de
como si se hubieran convertido en piedra, él se llevó el Robin
cuerno a los labios e hizo sonar tres trompetazos tan fuertes
que levantaron ecos por toda la iglesia, como si se tratara de
las mismísimas trompetas del Apocalipsis. Al instante, el Pequeño John y
Will Stutely saltaron de sus asientos y se situaron uno a cada lado de Robin
Hood, desenvainando sus espadas, mientras una voz estentórea se oía sobre
las cabezas de todos. Era el fraile Tuck, que hablaba desde la galería del
órgano.
—Aquí estoy, dispuesto para cuando me necesitéis.
Todo era un ruido de confusión. El padre de la novia se adelantó furioso
con la intención de llevarse a su hija, pero el Pequeño John se interpuso y le
hizo retroceder.
—Atrás, buen hombre —le dijo—. Aquí no tenéis nada que hacer.
—¡Morid, villanos! —exclamó sir Stephen, buscando su espada, sin
recordar que no llevaba, por tratarse del día de su boda.
Los proscritos Los guardias sí que desenvainaron sus espadas y por un
responden a la momento pareció que iba a correr la sangre; pero de pronto se
llamada de oyó un alboroto en la puerta, relucieron los aceros, se oyeron
Robin
golpes y los guardias quedaron reducidos mientras avanzaban
por el pasillo dieciocho recias figuras, todas ellas vestidas de
paño verde, y con Allan de Dale a la cabeza. Llevaba en la
mano el arco de tejo de Robin Hood, y al llegar al altar se lo entregó,
hincando una rodilla en tierra.
Entonces Edward de Deirwold habló con voz airada:
—¿Has sido tú, Allan de Dale, quien ha organizado semejante ultraje en
una iglesia?
—No —dijo Robin Hood—. Es obra mía y podéis llamarme por mi
nombre, que es Robin Hood.
Al oír este nombre se produjo un repentino silencio. El prior de Emmet y
sus allegados se apretujaron como un rebaño de ovejas asustadas que han
olido al lobo, mientras el obispo de Hereford, dejando a un lado su libro, se
persignó devotamente.
—¡El cielo nos proteja de la maldad de este hombre! —exclamó.
—No temáis —dijo Robin—. No pretendo haceros ningún daño. Pero
aquí está el legítimo esposo de la bella Ellen, y con él se ha de casar si no
queréis pasarlo muy mal.
—¡Jamás! —exclamó Edward indignado—. ¡Yo soy su padre y digo que
se casará con sir Stephen y con nadie más!
Durante todo este tiempo, mientras el caos se desataba a su alrededor, sir
Stephen había permanecido silencioso, en actitud digna y despreciativa. Pero
al llegar este momento habló con voz muy fría.
—No, amigo —dijo—. Puedes quedarte con tu hija. Sir Stephen no
Después de lo que ha ocurrido hoy, no me casaría con ella ni quiere saber
aunque me ofrecieran de dote toda Inglaterra. Te lo digo nada de Ellen
y abandona
sinceramente: amaba a tu hija y, a pesar de lo viejo que soy, la iglesia
la hubiera cuidado como a una joya encontrada en el fango.
Sin embargo, ignoraba que amaba a este joven y que era
amada por él. Muchacha, si prefieres a un mísero trovador antes que a un
caballero de noble cuna, es elección tuya. Me avergüenza seguir hablando
ante esta chusma, de modo que os dejo —y diciendo esto, dio media vuelta,
llamó a sus hombres y se dirigió a la puerta. Todos se habían callado ante el
tono autoritario y despectivo de sus palabras, y sólo el fraile Tuck,
inclinándose sobre la barandilla del coro, se atrevió a decir, a modo de
despedida:
—Id con Dios, sir Stephen, y no olvidéis que los huesos viejos deben
dejar paso a la sangre joven.
Pero sir Stephen no respondió ni miró hacia arriba, saliendo de la iglesia
como si no hubiera oído nada, seguido por sus hombres.
Entonces el obispo dijo con tono impaciente:
—Tampoco yo tengo nada que hacer aquí, de modo que me voy.
Robin Hood Pero Robin Hood le agarró por la ropa y le detuvo.
no deja —Quedaos un poco, Eminencia, por favor —dijo—. Aún
marchar al tengo algo que deciros.
obispo
El obispo palideció, pero se quedó como Robin le decía,
sabiendo que le sería imposible irse.
Robin se dirigió entonces a Edward de Deirwold y le dijo:
—Y ahora, bendecid el matrimonio de vuestra hija con Robin ofrece
este joven y todo irá bien. Pequeño John, dame las bolsas de monedas a doscientas oro. Mirad, granjero: aquí tenéis doscientas monedas de oro; Edward por su
dad vuestra bendición y podréis considerarlas como la dote bendición
de vuestra hija. No la deis y se casará de todas maneras, pero
sin que vos veáis un penique. Elegid.
Edward bajó la mirada y frunció el ceño, dándole vueltas y más vueltas al
asunto; pero se trataba de un hombre práctico, que siempre había sabido sacar
partido a las cosas, y por fin levantó la mirada y dijo en un tono nada alegre:
—Si la ingrata quiere seguir su camino, que lo siga. He intentado hacer de
ella una dama; pero si prefiere ser otra cosa, yo me desentiendo del asunto.
No obstante, daré mi bendición cuando estén casados como es debido.
—Eso no es posible —dijo uno de los de Emmet—. No se han publicado
las amonestaciones ni hay aquí un sacerdote que los case.
—¿Cómo dices? —rugió Tuck desde el coro—. ¿Que no hay sacerdote?
Pardiez, aquí tienes uno tan sacerdote como tú, cualquier día de la semana,
con todas las órdenes y votos, por si no lo sabes. En cuanto a las
amonestaciones, no te ahogues en un vaso de agua, querido hermano; yo
mismo las haré públicas.
El fraile Tuck Y sin más preámbulos, empezó a pronunciar las
casa a amonestaciones. Y según cuenta la antigua balada, por si
Allan y Ellen acaso no bastaba con tres veces, las repitió nueve veces; hecho
esto, bajó del coro y procedió a celebrar la ceremonia, con lo
cual Allan y Ellen quedaron legalmente casados.
Entonces Robin le entregó a Edward las doscientas
monedas de oro, y éste dio su bendición al matrimonio, aunque puedo
aseguraros que no parecía entusiasmado por la idea. Todos los proscritos
rodearon entonces a Allan, que tenía a Ellen cogida de la mano y parecía
completamente borracho de felicidad.
Por fin, Robin se dirigió al obispo de Hereford, que había estado
observando todo lo ocurrido con mirada severa.
—Eminentísimo señor obispo —dijo—. Acaba de venirme a la memoria
vuestra promesa: si conseguía que esta hermosa dama amara a su esposo, me
concedería lo que yo pidiera, siempre que fuera razonable. Pues bien, he
tocado y, como veis, ella ama a su esposo y no lo amaría de no ser por mí; por
lo tanto, os ruego que cumpláis vuestra promesa. Lleváis algo encima que, a
mi parecer, estaríais mejor sin ello. Así pues, os ruego que me entreguéis la cadena de oro que cuelga de vuestro cuello, como regalo de boda para esta
hermosa novia.
El obispo se puso rojo de ira y echaba chispas por los ojos. Le dirigió a
Robin Hood una mirada asesina, pero vio algo en los ojos del proscrito que le
hizo detenerse. Muy despacio, se desprendió la cadena del cuello y se la
entregó a Robin, que la colocó alrededor del cuello de Ellen. Entonces Robin
dijo:
—En nombre de la novia, os doy las gracias por este El obispo de
espléndido regalo, y puedo dar fe de que tenéis mejor aspecto Hereford, muy
sin él. Y si alguna vez os acercáis a Sherwood, confío en a su pesar, le
hace a Ellen
poder ofreceros un banquete como no habéis visto otro igual. un regalo
—¡No lo permita Dios! —exclamó el obispo muy serio, de bodas
pues sabía perfectamente qué clase de banquetes ofrecía
Robin Hood a sus invitados en el bosque de Sherwood.
Robin reunió a sus hombres, con los recién casados en el medio, y todos
emprendieron el regreso al bosque. Por el camino, el fraile Tuck se acercó a
Robin y le tiró de la manga.
El fraile Tuck —Lleváis una buena vida, amigo mío —dijo—. Pero ¿no
se une habéis pensado en el beneficio que representaría para vuestras
a la banda almas el disponer de un buen capellán, como por ejemplo yo,
para ocuparme de los asuntos espirituales? La verdad, no me
importaría hacerlo.
Robin se echó a reír de buena gana y le dijo al fraile que
podía quedarse con la banda si lo deseaba.
Aquella noche se celebró en el bosque de Sherwood una fiesta como no se
había visto igual en todo Nottinghamshire. Ni a ti ni a mí nos invitaron a la
fiesta, lo cual es una pena; de manera que, para no herir susceptibilidades, no
diré más del asunto.
Y así termina la edificante historia de Allan de Dale, y de cómo le
ayudaron Robin Hood y el fraile Tuck. A continuación nos ocuparemos de
problemas muy distintos a los del amor, y veremos cómo Robin ayudó a un
noble caballero que precisaba desesperadamente su ayuda. Escuchad, pues, lo
que sigue.