Las alegres aventuras de Robin Hood
II. El concurso de tiro de Nottingham
II
El concurso de tiro de Nottingham
L fracaso de su intento de capturar a Robin Hood encolerizó al
sheriff, sobre todo cuando se enteró de que la gente se reía de él y
hacía chistes a su costa, por habérsele ocurrido presentar una orden
de detención al audaz bandolero; nada irrita tanto como que se burlen de uno.
Así que el sheriff dijo:
—Es preciso que el rey, nuestro señor y soberano, se entere de esto, de
cómo esta banda de rebeldes forajidos viola y quebranta sus leyes. Y en
cuanto a ese hojalatero traidor, yo mismo le ahorcaré, si llego a cogerlo, del
árbol más alto de todo Nottinghamshire.
Tras lo cual, ordenó a todos sus criados y servidores que prepararan el
viaje a Londres, para comparecer ante el rey.
Se dispone Todo era ajetreo en el castillo del sheriff, todo eran carreras
a visitar de un lado para otro, y todos los fuegos de las herrerías de
al rey Nottingham brillaban en la noche como estrellas centelleantes,
pues todos los herreros se encontraban ocupados haciendo o
reparando armaduras para las tropas que escoltarían al sheriff.
Los preparativos se prolongaron durante dos días; al tercero,
todo estaba ya dispuesto para el viaje. Brillaba el sol cuando la partida salió
de Nottingham, en dirección a Fosse Way y de ahí a Watling Street. Viajaron
durante dos días, hasta que por fin divisaron las torres y chapiteles de la gran
ciudad de Londres; y a su paso la gente se detenía a mirar, admirando el
magnífico espectáculo de los jinetes que recorrían los caminos con sus
relucientes armaduras, sus vistosos penachos y sus engalanadas cabalgaduras.
En Londres tenían su corte el rey Enrique y la reina Leonor, con sus
alegres damas vestidas de seda y raso, terciopelo y tela de oro, con sus
valientes caballeros y galantes cortesanos. Cuando llegó el sheriff, fue llevado
a presencia del rey.
—Una petición, señor —dijo arrodillándose en el suelo.
—Bien, veamos —dijo el rey—. ¿Qué es lo que deseas? El sheriff
—¡Oh, señor y soberano! —exclamó el sheriff—. En el comparece
bosque de Sherwood, perteneciente al noble condado de ante el rey
Nottingham, se oculta un bandolero llamado Robin Hood.
—¡Valiente novedad! —dijo el rey—. Sus hazañas han
llegado incluso a nuestros reales oídos. Parece ser un truhan
rebelde e insolente, pero apostaría a que también es un tipo divertido.
—Escuchad, ¡oh gracioso soberano! —insistió el sheriff—. Le hice llegar
una orden de detención, con el mismísimo sello de vuestra majestad, y él
emborrachó al portador y robó la orden. Y además mata vuestros venados y
roba a vuestros leales súbditos, asaltándolos por los caminos.
El rey —¿Y bien? —preguntó el rey, indignado—. ¿Qué es lo que
se indigna pretendes de mí? Te presentas ante mí con un despliegue de
soldados y escuderos y aun así no eres capaz de capturar a una
miserable banda de rufianes sin petos ni armaduras. ¡Y en tu
propio condado! ¿Acaso no están vigentes mis leyes en
Nottinghamshire? ¿No eres capaz de entendértelas por ti mismo
con los que quebrantan las leyes o atentan contra ti y los tuyos? Fuera de aquí,
fuera, y piénsatelo bien; haz tus propios planes, pero no me molestes más, y
tenlo muy presente, sheriff: quiero que mis leyes sean obedecidas por todos
los habitantes de mi reino, y si no eres capaz de hacerlas cumplir, no me
sirves como sheriff. Así que, te repito, piénsatelo bien o te irá tan mal como a
esos ladrones de Nottinghamshire. Cuando llegue la riada, arrastrará por igual
el grano y la paja.
El sheriff salió de la audiencia con el corazón turbado y El sheriff
oprimido, arrepintiéndose de haber acudido con tan aparatosa regresa
escolta, ya que al rey le había indignado que tuviera tantos a su casa
hombres a sus órdenes y aun así no pudiera hacer cumplir las
leyes. Y mientras cabalgaban de regreso a Nottingham, el sheriff
permaneció en silencio, sumido en sus pensamientos. No dijo una
sola palabra y ninguno de sus hombres se atrevió a hablarle; se pasó todo el
tiempo maquinando planes para atrapar a Robin Hood.
—¡Ajá! —exclamó de pronto, palmeándose la cadera—. ¡Ya lo tengo! ¡Al
galope todos! ¡Regresemos a Nottingham lo antes posible! Y fijaos bien en lo
que os digo: antes de que pasen quince días, ese maldito Robin Hood estará
encadenado en los calabozos de Nottingham.
Pero ¿cuál era el plan del sheriff?
Igual que un judío que cuenta las monedas de una bolsa, palpando cada
moneda para comprobar si tiene el peso exacto, el sheriff iba puliendo los
detalles de su plan mientras cabalgaba hacia Nottingham, contemplando uno
por uno todos sus aspectos y encontrando algún defecto en todos ellos. Por fin
se le ocurrió pensar en el carácter atrevido de Robin Hood, que —como bien
sabía el sheriff— le llevaba a veces a penetrar tras los muros de la propia
Nottingham.
«Veamos —se dijo el sheriff—: Si pudiera atraer a Robin Hood hasta
Nottingham, donde le tendría al alcance de la mano, le echaría el guante y no
podría volver a escapárseme».
Y de pronto se le ocurrió la luminosa idea de convocar un gran concurso
de tiro y ofrecer un premio irresistible, que por fuerza tuviera que atraer a
Robin Hood. La idea le pareció tan brillante que exclamó «¡ajá!» y se palmeó
de nuevo la cadera.
El sheriff En cuanto hubo regresado a Nottingham, envió mensajeros
convoca un en todas direcciones: norte, sur, este y oeste, anunciando por
concurso pueblos, granjas y caseríos el gran concurso de tiro, al que
de tiro en la
ciudad de podía presentarse cualquiera que fuera capaz de tender un arco,
Nottingham y cuyo premio consistiría en una flecha de oro puro.
Cuando Robin Hood escuchó la noticia se encontraba en
Lincoln, pero se apresuró a regresar al bosque de Sherwood, donde reunió a
todos sus hombres y les habló así:
—Escuchad, camaradas, las noticias que hoy traigo de Robin Lincoln. Nuestro amigo el sheriff de Nottingham ha se entera del
convocado un concurso de tiro, y sus mensajeros lo anuncian concurso y
decide acudir
por todo el condado. El premio es una flecha de oro puro. Yo
creo que estaría bien que uno de nosotros la ganara, porque se
trata de un buen premio y porque lo ha ofrecido nuestro buen
amigo el sheriff. Cojamos, pues, nuestros arcos y flechas y vayamos a
participar en el concurso. Estoy convencido de que no nos faltará la diversión.
¿Qué decís, muchachos?
El joven de Doncaster tomó entonces la palabra y dijo:
—Te ruego, jefe, que escuches lo que digo. Vengo ahora mismo de hablar
con nuestro amigo Eadom, el del Jabalí Azul, y allí también se habló de este
concurso. Pero Eadom me contó, y a él se lo dijo Ralph el Caracortada, uno
de los hombres del sheriff, que ese bribón te ha tendido una trampa, y que el
concurso no es más que un pretexto para atraerte allí. No vayas, jefe; lo que pretende es engañarte. Más vale que te quedes en el bosque, donde, por el
momento, no nos acecha ninguna desgracia.
—Mira, David —dijo Robin—. Eres un chico listo, que sabe mantener los
ojos bien abiertos y la boca cerrada, como corresponde a un buen emboscado.
Pero ¿quién dice que el sheriff de Nottingham es capaz de acorralar a Robin
Hood y a más de cien arqueros tan buenos como los mejores de Inglaterra?
No, David, lo que me cuentas hace que sienta aún más deseos de ganar el
premio. ¿Qué es lo que decía el bueno de Swanthold? «El que se apresura se
quema la boca, y el insensato que cierra los ojos cae al pozo». Le haremos
caso y combatiremos la astucia con la astucia. Algunos de vosotros os
vestiréis de frailes, otros de labradores, otros de hojalateros o de mendigos,
pero que cada uno lleve su arco y su espada, por si surge la necesidad. Estoy
dispuesto a competir por esa flecha de oro, y si la gano la colgaremos de las
ramas de este árbol, para regocijo de toda la banda. ¿Qué os parece el plan,
compañeros?
—¡Muy bueno! —gritaron todos los proscritos a coro.
El célebre El día del concurso, la ciudad de Nottingham presentaba un
concurso aspecto espléndido. Al pie de las murallas, a todo lo largo de la
de tiro de verde pradera, se habían instalado filas de bancos, formando
Nottingham
estrados para las damas y caballeros, los terratenientes, los
burgueses adinerados y sus esposas; nadie se sentaba allí si no
era persona de rango y calidad. En un extremo, cerca de la
diana, había un asiento elevado, engalanado con cintas, banderolas y
guirnaldas de flores, para el sheriff de Nottingham y su dama. El espacio así
delimitado medía cuarenta pasos de anchura. A un extremo se encontraba la
diana, y al otro una tienda de lona a rayas, en cuyo mástil ondeaban banderas
y cintas de todos los colores. En esta tienda había barriles de cerveza, de los
que podía servirse gratuitamente cualquier arquero que deseara aplacar la sed.
A partir de los estrados donde se sentaban las personalidades había una
barandilla a modo de barrera para que el público corriente no se apelotonara
delante de la diana. Desde muy temprano, los bancos se fueron llenando de
personajes de calidad, que llegaban constantemente en carruajes o palafrenes,
anunciados por el alegre repicar de las campanillas de plata que adornaban
sus riendas. Y también fue acudiendo mucha gente humilde, que se sentaba o
se tendía en la hierba, cerca de la barandilla que los separaba del campo de
tiro. En la gran tienda se iban reuniendo los arqueros, en grupos de dos o tres;
algunos se jactaban a grandes voces de los triunfos obtenidos en otras
competiciones; otros revisaban sus arcos, pasando los dedos a lo largo de la cuerda para comprobar que no se deshilachaba, o examinando las flechas con
un ojo cerrado para asegurarse de que no estaban torcidas, pues tanto el arco
como las flechas debían encontrarse en perfectas condiciones, dada la ocasión
y el premio disputado. En toda la historia de Nottingham no se había visto
semejante congregación de campeones: el concurso había logrado atraer a los
mejores arqueros de toda Inglaterra. Allí estaban Gill de la Gorra Roja, el
mejor de los arqueros del sheriff, y Diccon Cruikshank, de la ciudad de
Lincoln; y Adam de Dell, el campeón de Tamworth, un hombre de más de
sesenta años pero aún fuerte como un toro, que en sus tiempos había
participado en el célebre torneo de Woodstock, donde había derrotado al
famosísimo arquero Clym o’the Clough; y muchos otros virtuosos del arco,
cuyos nombres han llegado hasta nosotros en los versos de antiguas baladas.
Todos los asientos estaban ya ocupados por nobles y sus damas o
burgueses con sus esposas cuando aparecieron por fin el sheriff y su mujer, él
cabalgando con aire majestuoso sobre un caballo blanco como la leche y ella
sobre una potra de color castaño. El sheriff iba tocado con una gorra de
terciopelo violeta, y vestía una toga del mismo color y material, con bordes de
armiño; su jubón y sus calzas eran de seda verde mar, y sus zapatos de
terciopelo negro, con las puntas atadas a las ligas mediante cadenas de oro. Al
cuello llevaba una gran cadena, también de oro, de la que pendía un enorme
diamante montado en oro rojo. Su esposa vestía de terciopelo azul, adornado
con plumón de cisne. Era todo un espectáculo verlos cabalgar juntos, y el
público los vitoreó desde sus localidades de a pie. Así llegaron el sheriff y su
esposa hasta sus asientos, donde los aguardaba a pie firme un grupo de
soldados con lanzas y cotas de malla.
Cuando ambos se hubieron sentado, el sheriff ordenó a su heraldo que
hiciera sonar su cuerno de plata; en respuesta a su orden sonaron tres
vigorosos trompetazos que provocaron ecos en las murallas de Nottingham.
Al oír la señal, los arqueros se aproximaron a sus posiciones, mientras el
público gritaba enardecido, cada uno aclamando a su arquero favorito.
«¡Gorra Roja!», gritaban unos; «¡Cruikshank!», vociferaban otros; «¡Viva
William de Leslie!», exclamaban algunos. Y mientras tanto, las damas hacían
ondear sus pañuelos, animando a los competidores a esforzarse al máximo.
Entonces el heraldo se adelantó y anunció en voz alta las reglas del
torneo:
—Se tira desde esta marca, que se encuentra a ciento cincuenta metros del
blanco. En primer lugar, cada hombre disparará una flecha, y entre todos los
arqueros se seleccionará a los diez que mejor tiro hayan realizado, que pasarán a la siguiente eliminatoria. Estos diez dispararán dos flechas cada
uno, y entre ellos se seleccionará a los tres mejores. Los tres finalistas
dispararán tres flechas cada uno, y aquel que venza ganará el premio ofrecido.
El sheriff escudriñó con la mirada la hilera de arqueros, tratando de
comprobar si Robin Hood se encontraba entre ellos; pero no había ninguno
vestido de paño verde, como solían vestir Robin y su banda.
«A pesar de todo —se dijo—, bien pudiera estar ahí, y no se le ve entre la
masa de espectadores. Esperemos a que sólo queden diez tiradores, pues, o no
le conozco, o es seguro que se encontrará entre ellos».
Los arqueros fueron disparando uno tras otro, ante el Los arqueros
asombro del público, que jamás había visto tanta puntería. Seis disparan
flechas dieron en la misma diana, otras cuatro en el círculo
inmediato, y sólo dos se clavaron en el círculo exterior; y
cuando la última flecha acertó de nuevo en la diana, los
espectadores rompieron en vítores; la competición iba a ser
muy disputada.
Una vez seleccionados los diez mejores, se comprobó que seis de ellos
eran arqueros famosos en todo el país, cuyos nombres eran conocidos por casi
toda la concurrencia. Estos seis hombres eran Gilbert de la Gorra Roja, Adam
de Dell, Diccon Cruikshank, William de Leslie, Hubert de Cloud y Swithin de
Hertford. Otros dos eran campesinos de Yorkshire, otro era un desconocido
alto y vestido de azul, que decía venir de Londres, y el último era otro
desconocido, andrajoso y vestido de rojo, que llevaba un parche cubriéndole
un ojo.
—Fíjate bien —le dijo el sheriff a uno de sus soldados—. ¿Reconoces
entre esos diez a Robin Hood?
—No, señoría —respondió el soldado—. A seis de ellos los conozco bien.
De esos dos campesinos de Yorkshire, uno es demasiado alto y el otro
demasiado bajo para tratarse del bandido. Robin tiene la barba rubia como el
oro, mientras que ese mendigo de rojo tiene la barba castaña, además de ser
tuerto. Y en cuanto al forastero de azul, calculo que Robin tiene los hombros
al menos tres pulgadas más anchos.
—Entonces —dijo el sheriff, palmeándose con disgusto la cadera—, eso
quiere decir que ese bandido es un cobarde, además de un ladrón, y no se
atreve a dar la cara ante hombres de verdad.
Tras un breve descanso, los diez arqueros clasificados se adelantaron para
disparar de nuevo. Cada uno disparó dos flechas en medio de un absoluto
silencio; la multitud miraba el espectáculo sin apenas respirar. Pero cuando se hubo lanzado la última flecha, estalló una nueva ovación, y muchas personas
arrojaron sus gorros al aire, maravilladas por la exhibición.
—¡Por la corona de la Virgen, Nuestra Señora! —exclamó sir Amyas de
Dell, un anciano de más de ochenta años que se sentaba cerca del sheriff—.
¡En mi vida vi disparar así, y eso que llevo más de sesenta años viendo a los
mejores arqueros del reino!
Sólo quedaban tres tiradores en competición. Uno de ellos era Gill de la
Gorra Roja; otro, el harapiento desconocido vestido de rojo; y el tercero era el
viejo Adam de Dell, de Tamworth. Toda la multitud vitoreaba a grito pelado,
unos exclamando «¡Viva Gilbert de la Gorra Roja!» y otros «¡Viva el
campeón Adam de Tamworth!», pero ni una sola voz se alzó para aclamar al
forastero de rojo.
—Procura afinar el tiro, Gilbert —le dijo el sheriff a su campeón—, y si
sales vencedor te daré cien peniques de plata, además del premio.
—Lo haré lo mejor que pueda —respondió Gilbert con firmeza—. Cada
uno hace lo que puede, pero esta vez intentaré superarme.
Y así diciendo, sacó de la aljaba una flecha larga y bien emplumada, y la
montó con destreza; levantó el arco y dejó partir la flecha, que voló en línea
recta hasta clavarse en la misma diana, a un dedo del centro. La multitud
rompió a gritar «¡Gilbert, Gilbert!».
—¡Un magnífico tiro, a fe mía! —exclamó el sheriff, aplaudiendo.
El desconocido A continuación se adelantó el andrajoso desconocido, y la
harapiento gente se echó a reír al ver un remiendo amarillo que le
derrota a asomaba bajo el brazo cuando levantó el codo para disparar,
Gill de la
Garra roja y también el verle tomar puntería con un solo ojo. El
forastero montó rápidamente el arco y disparó una flecha
inmediatamente; tan rápido fue el disparo que no transcurrió
ni un respiro desde que empezó a montar la flecha hasta que ésta se clavó en
el blanco; y sin embargo, se había acercado más al centro que la de Gilbert.
—¡Por todos los santos del Paraíso! —gritó el sheriff—. ¡Qué manera de
disparar!
Entonces disparó Adam de Dell, y su flecha se clavó exactamente junto a
la del desconocido. Tras un breve descanso, los tres volvieron a tirar, y una
vez más las tres flechas se clavaron en la diana, pero esta vez la de Adam de
Dell quedó más lejos del centro, y de nuevo el forastero realizó el mejor tiro.
Y tras otro período de descanso, los tres se dispusieron a tirar por última vez.
Gilbert tomó puntería con gran parsimonia, midiendo cuidadosamente la
distancia y disparando con la mayor precisión. La flecha salió silbando y la multitud empezó a gritar hasta hacer temblar las mismas banderas que
ondeaban al viento, hasta espantar a los grajos y cornejas que se posaban en
los tejados de la vieja torre gris, pues la saeta se había clavado junto al punto
que señalaba el centro exacto de la diana.
—¡Bien hecho, Gilbert! —gritó el sheriff, radiante de gozo—. Creo que el
premio es tuyo, y bien ganado. Y tú, mendigo harapiento, veamos si eres
capaz de superar ese tiro.
El forastero no dijo nada, pero pasó a ocupar su puesto El desconocido
mientras se hacía el silencio; la multitud no se atrevía a vestido de rojo
hablar ni a respirar, expectante por lo que pudiera ocurrir a gana el premio
continuación. El desconocido, apenas sin moverse, montó
rápidamente el arco, lo levantó, mantuvo la cuerda tensa
apenas un instante, y dejó partir la flecha. Ésta voló tan
acertadamente que arrancó una pluma de la flecha de Gilbert, que cayó
revoloteando al sol, mientras la flecha del forastero se alojaba en el mismo
centro de la diana, pegada a la del de la Gorra Roja. Durante unos momentos,
el silencio fue absoluto; nadie gritaba y todos se miraban asombrados.
—¡No! —dijo al fin el viejo Adam de Dell, exhalando al mismo tiempo
un largo suspiro y meneando la cabeza de un lado a otro—. Más de veinte
años llevo tirando, y puedo decir que no se me da mal, pero hoy ya no tiro
más. Es imposible competir con ese desconocido, quienquiera que sea —y
diciendo esto, metió con brusquedad la flecha en su aljaba y desmontó el arco.
Entonces el sheriff descendió de su estrado y se acercó, con un flamear de
sedas y terciopelos, hasta donde el desconocido aguardaba, apoyado en su
arco, mientras la multitud se agolpaba para contemplar a aquel hombre que
manejaba el arco de modo tan maravilloso.
—Muy bien, buen hombre —dijo el sheriff—. Aquí te entrego el premio
que tan justamente has ganado. ¿Cómo te llamas y de dónde procedes?
—Me llaman Jock de Teviodtale, y de ahí es de donde vengo —respondió
el forastero.
—Pues por la Virgen te digo, Jock, que eres el mejor arquero que han
visto mis ojos. Si quieres entrar a mi servicio, te vestiré con algo mejor que
esos andrajos que llevas encima; comerás y beberás de lo mejorcito, y
recibirás como salario ochenta marcos cada Navidad. Apuesto a que eres
mejor arquero incluso que ese cobarde bandido de Robin Hood, que no se ha
atrevido a asomar la nariz por aquí. ¿Qué me dices? ¿Quieres unirte a mis
hombres?
—No, creo que no —respondió el forastero, con cierta brusquedad—. Yo
voy por mi cuenta y no acepto órdenes de ningún hombre de Inglaterra.
—¡Entonces, vete y mala fiebre te mate! —exclamó el sheriff, con la voz
temblando de ira—. A fe mía que me están entrando ganas de hacerte azotar
por tu insolencia —y, girando sobre sus talones, se alejó a grandes zancadas.
Robin y Aquel mismo día se celebró una alegre reunión alrededor del
su banda árbol grande, en lo más profundo del bosque de Sherwood.
regresan a Había por lo menos veinte frailes descalzos, unos cuantos tipos
Sherwood
que parecían hojalateros, y otros que parecían mendigos y
labradores. Y en el asiento de musgo se sentaba un hombre
vestido de harapos rojos, con un parche que le cubría un ojo, y
que empuñaba en una mano la flecha de oro ganada en el concurso de tiro. En
medio de un estruendo de risas y voces, se quitó el parche del ojo, se despojó
de los andrajos rojos, bajo los cuales llevaba un traje de paño verde, y dijo:
—Esto es fácil de quitar, pero el tinte castaño no se me irá tan fácilmente
del pelo.
Esto hizo que todos rieran aún más fuerte; en efecto, era el propio Robin
Hood quien había recibido el premio de manos del sheriff.
Todos se sentaron a disfrutar de la fiesta, mientras comentaban la
jugarreta que le habían gastado al sheriff y las aventuras que les habían
ocurrido a los miembros de la banda mientras iban disfrazados. Pero cuando
la fiesta hubo concluido, Robin se llevó aparte al Pequeño John y le dijo:
—La verdad es que en el fondo me siento ofendido, cada vez que me
acuerdo del sheriff diciendo «eres mejor que ese cobarde bandido de Robin
Hood, que no se ha atrevido a asomar la nariz». Me gustaría hacerle saber
quién ha ganado la flecha de oro entregada por su propia mano, y decirle de
paso que no soy tan cobarde como él me considera.
—Pues entonces —dijo John— iremos tú y yo y Will Stutely y le daremos
la noticia al gordinflón del sheriff por un medio que no se espera.
Aquella noche, el sheriff dio una gran cena en el salón Robin Hood
principal de su mansión de Nottingham. Se habían instalado envía un
mesas largas en la enorme sala para más de ochenta mensaje al
sheriff
comensales, entre soldados, empleados y siervos. Todos ellos
hablaban de la gran competición de tiro, entre platos de carne y
jarras de cerveza. El sheriff presidía la comida, desde un
asiento elevado con un dosel, y a su lado se sentaba su mujer.
—¡Por vida de…! —Estaba diciendo—. Hubiera jurado que ese bribón de
Robin Hood iba a presentarse hoy al concurso. No pensé que fuera tan cobarde. Pero ¿quién sería ese otro insolente que me respondió con tanto
descaro? No sé cómo no lo mandé azotar; pero tenía algo que hacía pensar
que no siempre ha vestido harapos.
Apenas había terminado de hablar cuando algo cayó con gran estrépito
entre los platos de la mesa, haciendo que algunos comensales se levantaran
sorprendidos, preguntándose qué ocurría. Al cabo de unos instantes, un
soldado reunió el valor necesario para recoger el objeto y presentárselo al
sheriff. Entonces todos pudieron ver que se trataba de una flecha con la punta
roma y un pergamino atado cerca de la punta. El sheriff desplegó el
pergamino y lo examinó, mientras se le hinchaban las venas de la frente y sus
mejillas enrojecían de ira, a causa de lo que en él leía:
Ríen las gentes de Sherwood
mientras comentan a coro
que el astuto Robin Hood
ganó la flecha de oro.
—¿De dónde ha salido esto? —rugió el sheriff con voz atronadora.
—Entró por la ventana, señoría —respondió el hombre que le había
entregado la flecha.