Las alegres aventuras de Robin Hood

Howard Pyle · Capítulo 4 de 29

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Las alegres aventuras de Robin Hood

II. El concurso de tiro de Nottingham

II

 

El concurso de tiro de Nottingham

 

L fracaso de su intento de capturar a Robin Hood encolerizó al

sheriff, sobre todo cuando se enteró de que la gente se reía de él y

hacía chistes a su costa, por habérsele ocurrido presentar una orden

de detención al audaz bandolero; nada irrita tanto como que se burlen de uno.

Así que el sheriff dijo:

—Es preciso que el rey, nuestro señor y soberano, se entere de esto, de

cómo esta banda de rebeldes forajidos viola y quebranta sus leyes. Y en

cuanto a ese hojalatero traidor, yo mismo le ahorcaré, si llego a cogerlo, del

árbol más alto de todo Nottinghamshire.

Tras lo cual, ordenó a todos sus criados y servidores que prepararan el

viaje a Londres, para comparecer ante el rey.

Se dispone Todo era ajetreo en el castillo del sheriff, todo eran carreras

a visitar de un lado para otro, y todos los fuegos de las herrerías de

al rey Nottingham brillaban en la noche como estrellas centelleantes,

pues todos los herreros se encontraban ocupados haciendo o

reparando armaduras para las tropas que escoltarían al sheriff.

Los preparativos se prolongaron durante dos días; al tercero,

todo estaba ya dispuesto para el viaje. Brillaba el sol cuando la partida salió

de Nottingham, en dirección a Fosse Way y de ahí a Watling Street. Viajaron

durante dos días, hasta que por fin divisaron las torres y chapiteles de la gran

ciudad de Londres; y a su paso la gente se detenía a mirar, admirando el

magnífico espectáculo de los jinetes que recorrían los caminos con sus

relucientes armaduras, sus vistosos penachos y sus engalanadas cabalgaduras.

En Londres tenían su corte el rey Enrique y la reina Leonor, con sus

alegres damas vestidas de seda y raso, terciopelo y tela de oro, con sus

valientes caballeros y galantes cortesanos. Cuando llegó el sheriff, fue llevado

a presencia del rey.

—Una petición, señor —dijo arrodillándose en el suelo.

—Bien, veamos —dijo el rey—. ¿Qué es lo que deseas? El sheriff

—¡Oh, señor y soberano! —exclamó el sheriff—. En el comparece

bosque de Sherwood, perteneciente al noble condado de ante el rey

Nottingham, se oculta un bandolero llamado Robin Hood.

—¡Valiente novedad! —dijo el rey—. Sus hazañas han

llegado incluso a nuestros reales oídos. Parece ser un truhan

rebelde e insolente, pero apostaría a que también es un tipo divertido.

—Escuchad, ¡oh gracioso soberano! —insistió el sheriff—. Le hice llegar

una orden de detención, con el mismísimo sello de vuestra majestad, y él

emborrachó al portador y robó la orden. Y además mata vuestros venados y

roba a vuestros leales súbditos, asaltándolos por los caminos.

El rey —¿Y bien? —preguntó el rey, indignado—. ¿Qué es lo que

se indigna pretendes de mí? Te presentas ante mí con un despliegue de

soldados y escuderos y aun así no eres capaz de capturar a una

miserable banda de rufianes sin petos ni armaduras. ¡Y en tu

propio condado! ¿Acaso no están vigentes mis leyes en

Nottinghamshire? ¿No eres capaz de entendértelas por ti mismo

con los que quebrantan las leyes o atentan contra ti y los tuyos? Fuera de aquí,

fuera, y piénsatelo bien; haz tus propios planes, pero no me molestes más, y

tenlo muy presente, sheriff: quiero que mis leyes sean obedecidas por todos

los habitantes de mi reino, y si no eres capaz de hacerlas cumplir, no me

sirves como sheriff. Así que, te repito, piénsatelo bien o te irá tan mal como a

esos ladrones de Nottinghamshire. Cuando llegue la riada, arrastrará por igual

el grano y la paja.

El sheriff salió de la audiencia con el corazón turbado y El sheriff

oprimido, arrepintiéndose de haber acudido con tan aparatosa regresa

escolta, ya que al rey le había indignado que tuviera tantos a su casa

hombres a sus órdenes y aun así no pudiera hacer cumplir las

leyes. Y mientras cabalgaban de regreso a Nottingham, el sheriff

permaneció en silencio, sumido en sus pensamientos. No dijo una

sola palabra y ninguno de sus hombres se atrevió a hablarle; se pasó todo el

tiempo maquinando planes para atrapar a Robin Hood.

—¡Ajá! —exclamó de pronto, palmeándose la cadera—. ¡Ya lo tengo! ¡Al

galope todos! ¡Regresemos a Nottingham lo antes posible! Y fijaos bien en lo

que os digo: antes de que pasen quince días, ese maldito Robin Hood estará

encadenado en los calabozos de Nottingham.

Pero ¿cuál era el plan del sheriff?

Igual que un judío que cuenta las monedas de una bolsa, palpando cada

moneda para comprobar si tiene el peso exacto, el sheriff iba puliendo los

detalles de su plan mientras cabalgaba hacia Nottingham, contemplando uno

por uno todos sus aspectos y encontrando algún defecto en todos ellos. Por fin

se le ocurrió pensar en el carácter atrevido de Robin Hood, que —como bien

sabía el sheriff— le llevaba a veces a penetrar tras los muros de la propia

Nottingham.

«Veamos —se dijo el sheriff—: Si pudiera atraer a Robin Hood hasta

Nottingham, donde le tendría al alcance de la mano, le echaría el guante y no

podría volver a escapárseme».

Y de pronto se le ocurrió la luminosa idea de convocar un gran concurso

de tiro y ofrecer un premio irresistible, que por fuerza tuviera que atraer a

Robin Hood. La idea le pareció tan brillante que exclamó «¡ajá!» y se palmeó

de nuevo la cadera.

El sheriff En cuanto hubo regresado a Nottingham, envió mensajeros

convoca un en todas direcciones: norte, sur, este y oeste, anunciando por

concurso pueblos, granjas y caseríos el gran concurso de tiro, al que

de tiro en la

ciudad de podía presentarse cualquiera que fuera capaz de tender un arco,

Nottingham y cuyo premio consistiría en una flecha de oro puro.

Cuando Robin Hood escuchó la noticia se encontraba en

Lincoln, pero se apresuró a regresar al bosque de Sherwood, donde reunió a

todos sus hombres y les habló así:

—Escuchad, camaradas, las noticias que hoy traigo de Robin Lincoln. Nuestro amigo el sheriff de Nottingham ha se entera del

convocado un concurso de tiro, y sus mensajeros lo anuncian concurso y

decide acudir

por todo el condado. El premio es una flecha de oro puro. Yo

creo que estaría bien que uno de nosotros la ganara, porque se

trata de un buen premio y porque lo ha ofrecido nuestro buen

amigo el sheriff. Cojamos, pues, nuestros arcos y flechas y vayamos a

participar en el concurso. Estoy convencido de que no nos faltará la diversión.

¿Qué decís, muchachos?

El joven de Doncaster tomó entonces la palabra y dijo:

—Te ruego, jefe, que escuches lo que digo. Vengo ahora mismo de hablar

con nuestro amigo Eadom, el del Jabalí Azul, y allí también se habló de este

concurso. Pero Eadom me contó, y a él se lo dijo Ralph el Caracortada, uno

de los hombres del sheriff, que ese bribón te ha tendido una trampa, y que el

concurso no es más que un pretexto para atraerte allí. No vayas, jefe; lo que pretende es engañarte. Más vale que te quedes en el bosque, donde, por el

momento, no nos acecha ninguna desgracia.

—Mira, David —dijo Robin—. Eres un chico listo, que sabe mantener los

ojos bien abiertos y la boca cerrada, como corresponde a un buen emboscado.

Pero ¿quién dice que el sheriff de Nottingham es capaz de acorralar a Robin

Hood y a más de cien arqueros tan buenos como los mejores de Inglaterra?

No, David, lo que me cuentas hace que sienta aún más deseos de ganar el

premio. ¿Qué es lo que decía el bueno de Swanthold? «El que se apresura se

quema la boca, y el insensato que cierra los ojos cae al pozo». Le haremos

caso y combatiremos la astucia con la astucia. Algunos de vosotros os

vestiréis de frailes, otros de labradores, otros de hojalateros o de mendigos,

pero que cada uno lleve su arco y su espada, por si surge la necesidad. Estoy

dispuesto a competir por esa flecha de oro, y si la gano la colgaremos de las

ramas de este árbol, para regocijo de toda la banda. ¿Qué os parece el plan,

compañeros?

—¡Muy bueno! —gritaron todos los proscritos a coro.

El célebre El día del concurso, la ciudad de Nottingham presentaba un

concurso aspecto espléndido. Al pie de las murallas, a todo lo largo de la

de tiro de verde pradera, se habían instalado filas de bancos, formando

Nottingham

estrados para las damas y caballeros, los terratenientes, los

burgueses adinerados y sus esposas; nadie se sentaba allí si no

era persona de rango y calidad. En un extremo, cerca de la

diana, había un asiento elevado, engalanado con cintas, banderolas y

guirnaldas de flores, para el sheriff de Nottingham y su dama. El espacio así

delimitado medía cuarenta pasos de anchura. A un extremo se encontraba la

diana, y al otro una tienda de lona a rayas, en cuyo mástil ondeaban banderas

y cintas de todos los colores. En esta tienda había barriles de cerveza, de los

que podía servirse gratuitamente cualquier arquero que deseara aplacar la sed.

A partir de los estrados donde se sentaban las personalidades había una

barandilla a modo de barrera para que el público corriente no se apelotonara

delante de la diana. Desde muy temprano, los bancos se fueron llenando de

personajes de calidad, que llegaban constantemente en carruajes o palafrenes,

anunciados por el alegre repicar de las campanillas de plata que adornaban

sus riendas. Y también fue acudiendo mucha gente humilde, que se sentaba o

se tendía en la hierba, cerca de la barandilla que los separaba del campo de

tiro. En la gran tienda se iban reuniendo los arqueros, en grupos de dos o tres;

algunos se jactaban a grandes voces de los triunfos obtenidos en otras

competiciones; otros revisaban sus arcos, pasando los dedos a lo largo de la cuerda para comprobar que no se deshilachaba, o examinando las flechas con

un ojo cerrado para asegurarse de que no estaban torcidas, pues tanto el arco

como las flechas debían encontrarse en perfectas condiciones, dada la ocasión

y el premio disputado. En toda la historia de Nottingham no se había visto

semejante congregación de campeones: el concurso había logrado atraer a los

mejores arqueros de toda Inglaterra. Allí estaban Gill de la Gorra Roja, el

mejor de los arqueros del sheriff, y Diccon Cruikshank, de la ciudad de

Lincoln; y Adam de Dell, el campeón de Tamworth, un hombre de más de

sesenta años pero aún fuerte como un toro, que en sus tiempos había

participado en el célebre torneo de Woodstock, donde había derrotado al

famosísimo arquero Clym o’the Clough; y muchos otros virtuosos del arco,

cuyos nombres han llegado hasta nosotros en los versos de antiguas baladas.

Todos los asientos estaban ya ocupados por nobles y sus damas o

burgueses con sus esposas cuando aparecieron por fin el sheriff y su mujer, él

cabalgando con aire majestuoso sobre un caballo blanco como la leche y ella

sobre una potra de color castaño. El sheriff iba tocado con una gorra de

terciopelo violeta, y vestía una toga del mismo color y material, con bordes de

armiño; su jubón y sus calzas eran de seda verde mar, y sus zapatos de

terciopelo negro, con las puntas atadas a las ligas mediante cadenas de oro. Al

cuello llevaba una gran cadena, también de oro, de la que pendía un enorme

diamante montado en oro rojo. Su esposa vestía de terciopelo azul, adornado

con plumón de cisne. Era todo un espectáculo verlos cabalgar juntos, y el

público los vitoreó desde sus localidades de a pie. Así llegaron el sheriff y su

esposa hasta sus asientos, donde los aguardaba a pie firme un grupo de

soldados con lanzas y cotas de malla.

Cuando ambos se hubieron sentado, el sheriff ordenó a su heraldo que

hiciera sonar su cuerno de plata; en respuesta a su orden sonaron tres

vigorosos trompetazos que provocaron ecos en las murallas de Nottingham.

Al oír la señal, los arqueros se aproximaron a sus posiciones, mientras el

público gritaba enardecido, cada uno aclamando a su arquero favorito.

«¡Gorra Roja!», gritaban unos; «¡Cruikshank!», vociferaban otros; «¡Viva

William de Leslie!», exclamaban algunos. Y mientras tanto, las damas hacían

ondear sus pañuelos, animando a los competidores a esforzarse al máximo.

Entonces el heraldo se adelantó y anunció en voz alta las reglas del

torneo:

—Se tira desde esta marca, que se encuentra a ciento cincuenta metros del

blanco. En primer lugar, cada hombre disparará una flecha, y entre todos los

arqueros se seleccionará a los diez que mejor tiro hayan realizado, que pasarán a la siguiente eliminatoria. Estos diez dispararán dos flechas cada

uno, y entre ellos se seleccionará a los tres mejores. Los tres finalistas

dispararán tres flechas cada uno, y aquel que venza ganará el premio ofrecido.

El sheriff escudriñó con la mirada la hilera de arqueros, tratando de

comprobar si Robin Hood se encontraba entre ellos; pero no había ninguno

vestido de paño verde, como solían vestir Robin y su banda.

«A pesar de todo —se dijo—, bien pudiera estar ahí, y no se le ve entre la

masa de espectadores. Esperemos a que sólo queden diez tiradores, pues, o no

le conozco, o es seguro que se encontrará entre ellos».

Los arqueros fueron disparando uno tras otro, ante el Los arqueros

asombro del público, que jamás había visto tanta puntería. Seis disparan

flechas dieron en la misma diana, otras cuatro en el círculo

inmediato, y sólo dos se clavaron en el círculo exterior; y

cuando la última flecha acertó de nuevo en la diana, los

espectadores rompieron en vítores; la competición iba a ser

muy disputada.

Una vez seleccionados los diez mejores, se comprobó que seis de ellos

eran arqueros famosos en todo el país, cuyos nombres eran conocidos por casi

toda la concurrencia. Estos seis hombres eran Gilbert de la Gorra Roja, Adam

de Dell, Diccon Cruikshank, William de Leslie, Hubert de Cloud y Swithin de

Hertford. Otros dos eran campesinos de Yorkshire, otro era un desconocido

alto y vestido de azul, que decía venir de Londres, y el último era otro

desconocido, andrajoso y vestido de rojo, que llevaba un parche cubriéndole

un ojo.

—Fíjate bien —le dijo el sheriff a uno de sus soldados—. ¿Reconoces

entre esos diez a Robin Hood?

—No, señoría —respondió el soldado—. A seis de ellos los conozco bien.

De esos dos campesinos de Yorkshire, uno es demasiado alto y el otro

demasiado bajo para tratarse del bandido. Robin tiene la barba rubia como el

oro, mientras que ese mendigo de rojo tiene la barba castaña, además de ser

tuerto. Y en cuanto al forastero de azul, calculo que Robin tiene los hombros

al menos tres pulgadas más anchos.

—Entonces —dijo el sheriff, palmeándose con disgusto la cadera—, eso

quiere decir que ese bandido es un cobarde, además de un ladrón, y no se

atreve a dar la cara ante hombres de verdad.

Tras un breve descanso, los diez arqueros clasificados se adelantaron para

disparar de nuevo. Cada uno disparó dos flechas en medio de un absoluto

silencio; la multitud miraba el espectáculo sin apenas respirar. Pero cuando se hubo lanzado la última flecha, estalló una nueva ovación, y muchas personas

arrojaron sus gorros al aire, maravilladas por la exhibición.

—¡Por la corona de la Virgen, Nuestra Señora! —exclamó sir Amyas de

Dell, un anciano de más de ochenta años que se sentaba cerca del sheriff—.

¡En mi vida vi disparar así, y eso que llevo más de sesenta años viendo a los

mejores arqueros del reino!

Sólo quedaban tres tiradores en competición. Uno de ellos era Gill de la

Gorra Roja; otro, el harapiento desconocido vestido de rojo; y el tercero era el

viejo Adam de Dell, de Tamworth. Toda la multitud vitoreaba a grito pelado,

unos exclamando «¡Viva Gilbert de la Gorra Roja!» y otros «¡Viva el

campeón Adam de Tamworth!», pero ni una sola voz se alzó para aclamar al

forastero de rojo.

—Procura afinar el tiro, Gilbert —le dijo el sheriff a su campeón—, y si

sales vencedor te daré cien peniques de plata, además del premio.

—Lo haré lo mejor que pueda —respondió Gilbert con firmeza—. Cada

uno hace lo que puede, pero esta vez intentaré superarme.

Y así diciendo, sacó de la aljaba una flecha larga y bien emplumada, y la

montó con destreza; levantó el arco y dejó partir la flecha, que voló en línea

recta hasta clavarse en la misma diana, a un dedo del centro. La multitud

rompió a gritar «¡Gilbert, Gilbert!».

—¡Un magnífico tiro, a fe mía! —exclamó el sheriff, aplaudiendo.

El desconocido A continuación se adelantó el andrajoso desconocido, y la

harapiento gente se echó a reír al ver un remiendo amarillo que le

derrota a asomaba bajo el brazo cuando levantó el codo para disparar,

Gill de la

Garra roja y también el verle tomar puntería con un solo ojo. El

forastero montó rápidamente el arco y disparó una flecha

inmediatamente; tan rápido fue el disparo que no transcurrió

ni un respiro desde que empezó a montar la flecha hasta que ésta se clavó en

el blanco; y sin embargo, se había acercado más al centro que la de Gilbert.

—¡Por todos los santos del Paraíso! —gritó el sheriff—. ¡Qué manera de

disparar!

Entonces disparó Adam de Dell, y su flecha se clavó exactamente junto a

la del desconocido. Tras un breve descanso, los tres volvieron a tirar, y una

vez más las tres flechas se clavaron en la diana, pero esta vez la de Adam de

Dell quedó más lejos del centro, y de nuevo el forastero realizó el mejor tiro.

Y tras otro período de descanso, los tres se dispusieron a tirar por última vez.

Gilbert tomó puntería con gran parsimonia, midiendo cuidadosamente la

distancia y disparando con la mayor precisión. La flecha salió silbando y la multitud empezó a gritar hasta hacer temblar las mismas banderas que

ondeaban al viento, hasta espantar a los grajos y cornejas que se posaban en

los tejados de la vieja torre gris, pues la saeta se había clavado junto al punto

que señalaba el centro exacto de la diana.

—¡Bien hecho, Gilbert! —gritó el sheriff, radiante de gozo—. Creo que el

premio es tuyo, y bien ganado. Y tú, mendigo harapiento, veamos si eres

capaz de superar ese tiro.

El forastero no dijo nada, pero pasó a ocupar su puesto El desconocido

mientras se hacía el silencio; la multitud no se atrevía a vestido de rojo

hablar ni a respirar, expectante por lo que pudiera ocurrir a gana el premio

continuación. El desconocido, apenas sin moverse, montó

rápidamente el arco, lo levantó, mantuvo la cuerda tensa

apenas un instante, y dejó partir la flecha. Ésta voló tan

acertadamente que arrancó una pluma de la flecha de Gilbert, que cayó

revoloteando al sol, mientras la flecha del forastero se alojaba en el mismo

centro de la diana, pegada a la del de la Gorra Roja. Durante unos momentos,

el silencio fue absoluto; nadie gritaba y todos se miraban asombrados.

—¡No! —dijo al fin el viejo Adam de Dell, exhalando al mismo tiempo

un largo suspiro y meneando la cabeza de un lado a otro—. Más de veinte

años llevo tirando, y puedo decir que no se me da mal, pero hoy ya no tiro

más. Es imposible competir con ese desconocido, quienquiera que sea —y

diciendo esto, metió con brusquedad la flecha en su aljaba y desmontó el arco.

Entonces el sheriff descendió de su estrado y se acercó, con un flamear de

sedas y terciopelos, hasta donde el desconocido aguardaba, apoyado en su

arco, mientras la multitud se agolpaba para contemplar a aquel hombre que

manejaba el arco de modo tan maravilloso.

—Muy bien, buen hombre —dijo el sheriff—. Aquí te entrego el premio

que tan justamente has ganado. ¿Cómo te llamas y de dónde procedes?

—Me llaman Jock de Teviodtale, y de ahí es de donde vengo —respondió

el forastero.

—Pues por la Virgen te digo, Jock, que eres el mejor arquero que han

visto mis ojos. Si quieres entrar a mi servicio, te vestiré con algo mejor que

esos andrajos que llevas encima; comerás y beberás de lo mejorcito, y

recibirás como salario ochenta marcos cada Navidad. Apuesto a que eres

mejor arquero incluso que ese cobarde bandido de Robin Hood, que no se ha

atrevido a asomar la nariz por aquí. ¿Qué me dices? ¿Quieres unirte a mis

hombres?

—No, creo que no —respondió el forastero, con cierta brusquedad—. Yo

voy por mi cuenta y no acepto órdenes de ningún hombre de Inglaterra.

—¡Entonces, vete y mala fiebre te mate! —exclamó el sheriff, con la voz

temblando de ira—. A fe mía que me están entrando ganas de hacerte azotar

por tu insolencia —y, girando sobre sus talones, se alejó a grandes zancadas.

Robin y Aquel mismo día se celebró una alegre reunión alrededor del

su banda árbol grande, en lo más profundo del bosque de Sherwood.

regresan a Había por lo menos veinte frailes descalzos, unos cuantos tipos

Sherwood

que parecían hojalateros, y otros que parecían mendigos y

labradores. Y en el asiento de musgo se sentaba un hombre

vestido de harapos rojos, con un parche que le cubría un ojo, y

que empuñaba en una mano la flecha de oro ganada en el concurso de tiro. En

medio de un estruendo de risas y voces, se quitó el parche del ojo, se despojó

de los andrajos rojos, bajo los cuales llevaba un traje de paño verde, y dijo:

—Esto es fácil de quitar, pero el tinte castaño no se me irá tan fácilmente

del pelo.

Esto hizo que todos rieran aún más fuerte; en efecto, era el propio Robin

Hood quien había recibido el premio de manos del sheriff.

Todos se sentaron a disfrutar de la fiesta, mientras comentaban la

jugarreta que le habían gastado al sheriff y las aventuras que les habían

ocurrido a los miembros de la banda mientras iban disfrazados. Pero cuando

la fiesta hubo concluido, Robin se llevó aparte al Pequeño John y le dijo:

—La verdad es que en el fondo me siento ofendido, cada vez que me

acuerdo del sheriff diciendo «eres mejor que ese cobarde bandido de Robin

Hood, que no se ha atrevido a asomar la nariz». Me gustaría hacerle saber

quién ha ganado la flecha de oro entregada por su propia mano, y decirle de

paso que no soy tan cobarde como él me considera.

—Pues entonces —dijo John— iremos tú y yo y Will Stutely y le daremos

la noticia al gordinflón del sheriff por un medio que no se espera.

Aquella noche, el sheriff dio una gran cena en el salón Robin Hood

principal de su mansión de Nottingham. Se habían instalado envía un

mesas largas en la enorme sala para más de ochenta mensaje al

sheriff

comensales, entre soldados, empleados y siervos. Todos ellos

hablaban de la gran competición de tiro, entre platos de carne y

jarras de cerveza. El sheriff presidía la comida, desde un

asiento elevado con un dosel, y a su lado se sentaba su mujer.

—¡Por vida de…! —Estaba diciendo—. Hubiera jurado que ese bribón de

Robin Hood iba a presentarse hoy al concurso. No pensé que fuera tan cobarde. Pero ¿quién sería ese otro insolente que me respondió con tanto

descaro? No sé cómo no lo mandé azotar; pero tenía algo que hacía pensar

que no siempre ha vestido harapos.

Apenas había terminado de hablar cuando algo cayó con gran estrépito

entre los platos de la mesa, haciendo que algunos comensales se levantaran

sorprendidos, preguntándose qué ocurría. Al cabo de unos instantes, un

soldado reunió el valor necesario para recoger el objeto y presentárselo al

sheriff. Entonces todos pudieron ver que se trataba de una flecha con la punta

roma y un pergamino atado cerca de la punta. El sheriff desplegó el

pergamino y lo examinó, mientras se le hinchaban las venas de la frente y sus

mejillas enrojecían de ira, a causa de lo que en él leía:

 

Ríen las gentes de Sherwood

mientras comentan a coro

que el astuto Robin Hood

ganó la flecha de oro.

 

—¿De dónde ha salido esto? —rugió el sheriff con voz atronadora.

—Entró por la ventana, señoría —respondió el hombre que le había

entregado la flecha.