Las alegres aventuras de Robin Hood
II. Cómo pagó sir Richard de Lea su deuda
II
Cómo pagó sir Richard de Lea su deuda
L camino real se extendía en línea recta, gris y polvoriento y
quemado por el sol. A ambos lados del mismo había zanjas llenas
de agua, en cuyas márgenes crecían juncos, y en la distancia se
alzaban las torres del priorato de Emmet, rodeadas de altos álamos.
Sir Richard Por el camino cabalgaba un caballero seguido de una
de Lea llega veintena de hombres de armas. El caballero vestía una sencilla
al priorato túnica de sarga gris, ceñida en la cintura con un ancho cinturón
de Emmet
de cuero, del que pendían una recia espada y un largo puñal.
Pero aunque vestía de manera tan sencilla, el caballo que
montaba era un bereber de pura sangre y sus jaeces iban
engalanados con sedas y campanillas de plata.
La partida siguió el camino flanqueado por zanjas hasta llegar al portalón
del priorato de Emmet. Allí el caballero indicó a uno de sus hombres que
llamara a la garita del portero, golpeando con el pomo de su espada.
El portero se encontraba amodorrado en su camastro, pero al oír la
llamada se despejó al instante, abrió el postigo, salió al exterior y saludó al
caballero, mientras un estornino encerrado en su jaula de mimbre que colgaba
del techo de la portería rompía a gritar: « [5] ¡In caelo quies! ¡In caelo quies! »,
tal como le había enseñado a hacer el pobre y lisiado portero.
—¿Dónde está el prior? —preguntó el caballero.
—Está comiendo, señor caballero, y aguarda vuestra visita —respondió el
viejo portero—, pues, si no me equivoco, vuestra señoría es sir Richard de
Lea.
—Soy sir Richard de Lea —confirmó éste—, y quiero verle ahora mismo.
—¿Debo llevar vuestro caballo al establo? —preguntó el portero—. Vive
Dios que es un noble corcel, y con los más regios jaeces que he visto en mi
vida —y al decir esto acarició el costado del caballo.
—No —respondió sir Richard—. Los establos de este lugar no son para
nosotros. Os ruego que me dejéis paso.
Y con estas palabras se puso en marcha y, encontrando las puertas
abiertas, penetró en el patio empedrado del priorato, seguido por sus hombres.
Las pisadas de los cascos de los caballos, unidas al chocar de las armas y
armaduras, hicieron levantar el vuelo a una bandada de palomas, que volaron
con estruendoso aleteo hasta los elevados aleros de las torres.
Mientras el caballero se dirigía a Emmet, en el comedor del priorato tenía
lugar un espléndido festín. El sol de la tarde penetraba a través de las ventanas
ojivales, cayendo en forma de parches de luz sobre el suelo de piedra y sobre
la mesa, cubierta con un mantel blanco como la nieve y dispuesta para un
banquete principesco.
A la cabecera de la mesa se sentaba el prior Vincent de El prior Emmet, con holgadas vestiduras de paño y seda. Se tocaba la Vincent
cabeza con un bonete de terciopelo negro con adornos de oro, departe con
el sheriff de
y de su cuello pendía una gruesa cadena de oro con un gran Nottingham
medallón. Junto a él, posado en el brazo de su sillón, tenía a su y el abogado
halcón favorito, pues el prior era un gran aficionado al noble
arte de la cetrería. A su derecha se sentaba el sheriff de Nottingham, ataviado
de púrpura con rebordes de piel, y a su izquierda un famoso doctor en leyes,
sobriamente vestido de oscuro. Los asientos de menor importancia estaban
ocupados por el bodeguero jefe de Emmet y otros destacados miembros de la
comunidad.
De un extremo a otro de la mesa circulaban las risas y las bromas, y el
ambiente era tan festivo como se puede desear. El rostro, habitualmente
severo, del hombre de leyes aparecía alterado por una amplia sonrisa, pues en
su bolsa llevaba ochenta monedas de oro que el prior le había pagado como
comisión por llevar el asunto de sir Richard de Lea. El sabio doctor había
insistido en cobrar por adelantado, pues no tenía demasiada confianza en el
reverendo Vincent de Emmet.
El sheriff de Nottingham estaba diciendo:
—¿Estáis seguro, reverendo padre prior, de que ya podéis contar con esas
tierras?
—Ya lo creo —respondió el prior, chasqueando los labios después de
haber bebido un largo trago de vino—. Lo he tenido sometido a vigilancia,
aunque él no se ha dado cuenta, y me consta que no tiene dinero para
pagarme.
—Muy cierto —confirmó el hombre de leyes con voz seca y cascada—.
Si no se presenta a pagar, puede dar por perdidas sus tierras. Pero recordad,
señor prior, que tenéis que lograr que os firme la cesión, pues de lo contrario
os resultará difícil conservar las tierras sin problemas.
—Ya sé —dijo el prior—. Me lo habéis dicho antes. Pero este caballero es
tan pobre que de buena gana firmará la cesión de sus tierras por doscientas
libras en dinero contante.
Entonces tomó la palabra el jefe de las bodegas:
—A mí me parece vergonzoso arruinar de este modo a un desdichado
caballero. Y me parece una lástima que tenga que perder sus magníficas
posesiones de Derbyshire por quinientas miserables libras. Y me parece…
—¿Qué es todo este parloteo en mis propias barbas? —interrumpió el
prior con voz airada, los ojos centelleantes y las mejillas rojas de indignación
—. ¡Por san Huberto, más os valdría reservar el aliento para enfriar vuestra
sopa, si no queréis que os escalde la lengua!
—Lo malo —dijo suavemente el hombre de leyes— es que me atrevería a
asegurar que nuestro caballero no vendrá a saldar su deuda, prefiriendo
mostrarse esquivo. Pero de cualquier modo encontraremos la manera de
quedarnos con sus tierras, así que no temáis.
Apenas había terminado el doctor de pronunciar estas palabras cuando se
oyó ruido de cascos de caballos y cotas de malla en el patio. El prior ordenó a
uno de los hermanos que se sentaba en los lugares de menor respeto que se
asomara a la ventana y viera quién estaba abajo, aunque sabía muy bien que
no podía ser otro sino sir Richard.
El hermano se levantó, miró por la ventana y dijo:
—Veo una veintena de hombres de armas y un caballero que en este
preciso instante desmonta de su caballo. Viste una túnica gris, bastante
humilde a mi entender. Pero el caballo que le sirve de montura es el corcel
más espléndido y mejor enjaezado que jamás he visto. El caballero, tras
desmontar, se dirige hacia aquí; ahora entra en el gran vestíbulo.
—Ya lo veis —dijo el prior Vincent—. He ahí un caballero cuya bolsa no
le alcanza ni para comprar un mendrugo de pan, y sin embargo mantiene
guardias armados y engalana su caballo mientras él va con el trasero al aire.
¿Acaso no es justo que hombres así se vean rebajados?
—¿Estáis seguro —preguntó el leguleyo con voz temblorosa— de que
este caballero no nos hará ningún daño? Los hombres de su clase son terribles
cuando se sienten engañados, y trae consigo una banda de hombres violentos.
Quizá fuera mejor concederle un aplazamiento del pago de su deuda.
Resultaba evidente que el doctor tenía miedo de lo que pudiera hacer sir
Richard.
—No temáis —dijo el prior, mirando de arriba a abajo al hombrecillo—.
Este caballero es más bien pacífico y no se le pasaría por la imaginación hacer
daño a un anciano como vos.
Sir Richard de No había acabado de hablar el prior cuando se abrió una
Lea apela a la puerta al extremo del comedor y por ella entró sir Richard,
caridad del con las manos juntas y la cabeza inclinada sobre el pecho. En
prior de
Emmet esta humilde postura avanzó despacio por el salón, mientras
sus hombres aguardaban junto a la puerta. Cuando llegó ante
el asiento del prior, hincó una rodilla en el suelo.
—Dios os guarde, señor prior —dijo—. He venido a cumplir mi
compromiso.
—¿Habéis traído el dinero? —preguntó el prior sin más rodeos.
—¡Ay! No traigo encima ni un penique —respondió el caballero, mientras
al prior le brillaban los ojos.
—A fe mía que sois un mal deudor —dijo el prior—. Señor sheriff, bebo a
vuestra salud.
Pero el señor seguía arrodillado sobre las duras piedras, de modo que el
prior se dirigió de nuevo a él, hablándole en tono brusco:
—¿Qué más queréis?
Al oír estas palabras, un leve rubor tiñó las mejillas del caballero; pero
continuó arrodillado.
—Apelo a vuestra misericordia —dijo—. Tal como vos esperáis la
misericordia divina, mostraos compasivo conmigo. No me despojéis de mis
tierras, reduciendo a la pobreza a un digno caballero.
—Vuestro plazo está cumplido y vuestras tierras perdidas —dijo el
hombre de leyes, envalentonado por el tono humilde del caballero.
—Vos, señor doctor en leyes —dijo sir Richard—, ¿no me apoyaréis en
este momento de necesidad?
—No —respondió el otro—. Me mantendré al lado de este santo prior,
que me ha pagado mis honorarios en oro contante y sonante, lo que me deja
ligado a él.
—¿Y vos, sheriff, tampoco me apoyaréis? —preguntó sir Richard.
—Líbreme Dios —dijo el sheriff de Nottingham—. Este asunto no me
atañe, pero haré lo que pueda —y al decir esto le dio al prior con la rodilla,
por debajo del mantel—. ¿No podéis aliviar parte de la deuda, reverendo
prior?
El prior sonrió aviesamente.
—Pagadme trescientas libras, sir Richard —dijo—, y os eximiré de
vuestra deuda.
—Sabéis muy bien, señor prior, que tan fácil me resulta pagar trescientas
como cuatrocientas —dijo sir Richard—. ¿Pero no podríais concederme otros
doce meses de plazo para saldar mi deuda?
—Ni un solo día —respondió el prior tajantemente.
—¿Eso es todo lo que haréis por mí? —preguntó el caballero.
—¡Fuera de aquí, falso caballero! —exclamó el prior, estallando en cólera
—. ¡O me pagáis la deuda como os he dicho o me cedéis vuestras tierras! ¡Y
ahora, fuera de mi salón!
Entonces sir Richard se puso en pie.
—¡Vos sí que sois un falso sacerdote, y un mentiroso además! —dijo con
voz tan autoritaria que el hombre de leyes se encogió asustado—. ¡Falso
caballero yo, cuando sabéis muy bien que siempre he mantenido muy alto mi
pabellón en las pruebas y torneos! ¿Tan poca cortesía tenéis que permitís que
un auténtico caballero permanezca de rodillas todo este tiempo, y verle entrar
en vuestro salón sin ofrecerle de comer ni de beber?
El hombre de leyes intervino con voz trémula:
—Éste no es en absoluto el modo adecuado de tratar asuntos de negocios;
procuraremos hablar con más mesura Veamos, señor prior, ¿cuánto estaríais
dispuesto a pagarle a este caballero por la cesión de sus tierras?
—Pensaba ofrecerle doscientas libras —respondió el prior—. Pero
después de haberme hablado con tanta insolencia, no le daré ni un penique
más de cien libras.
—Aunque me hubierais ofrecido mil libras, falso prior —dijo el caballero
—, no os quedaríais ni con una pulgada de mis tierras.
Y entonces, volviéndose a sus hombres, que aguardaban junto a la puerta,
les dijo:
—Venid aquí —y acompañó la orden con una señal hecha con el dedo.
El más alto de los hombres de armas se adelantó y le Sir Richard de
entregó una abultada bolsa de cuero. Sir Richard tomó la Lea paga su
bolsa e hizo saltar de ella una cascada de monedas de oro, que deuda, con
gran sorpresa
cayeron tintineando sobre la mesa. del prior
—Recordad, señor prior —dijo—: Me habéis prometido
saldar la deuda por trescientas libras. Y no recibiréis ni un
penique más.
Y tras decir esto, contó trescientas libras y empujó el montón hacia el
prior.
El prior dejó caer los brazos e inclinó la cabeza en signo de abatimiento,
pues no sólo había perdido toda esperanza de apoderarse de la tierra, sino que
había perdido doscientas libras, además de las ochenta monedas pagadas en
vano al doctor en leyes. De pronto se dirigió a éste.
—Devolvedme el dinero que os entregué.
—¡De eso nada! —chilló el otro—. Son mis legítimos honorarios y lo que
se da no se quita —y al decir esto se arropó con su gabán.
—Y ahora, señor prior —dijo sir Richard—, he cumplido mi compromiso
y pagado mis deudas; como no queda nada pendiente entre nosotros,
abandonaré de inmediato este inmundo lugar —y girando sobre sus talones,
salió de la estancia.
El sheriff de Durante todo este tiempo, el sheriff había estado mirando,
Nottingham se con los ojos como platos y la boca bien abierta, al corpulento
encuentra con hombre de armas que permanecía tan inmóvil como una
un viejo amigo
y le reconoce estatua de piedra. Por fin consiguió articular:
—¡Reynold Hojaverde!
Al oír este nombre, el corpulento guerrero, que no era otro que el Pequeño
John, se volvió sonriente hacia el sheriff.
—Buen día tengáis, honorable charlatán —dijo—. Puedo aseguraros,
señor sheriff, que he escuchado todo lo que aquí se ha dicho y no dejaré de
comunicárselo a Robin Hood. Adiós de momento, hasta que volvamos a
encontrarnos en el bosque de Sherwood —y también él se retiró, siguiendo
los pasos de sir Richard y dejando al sheriff pálido, descompuesto y encogido
en su asiento.
A sir Richard le aguardaba una alegre fiesta, pero dejó tras de sí un grupo
desolado, que había perdido por completo el apetito por los principescos
manjares servidos a la mesa. Sólo el sabio doctor estaba contento, pues
conservaba sus honorarios.
Pasaron doce meses y un día desde el banquete del prior Vincent de
Emmet y llegó el otoño de un nuevo año. Pero puedo aseguraros que en aquel
año se produjeron grandes cambios en las tierras de sir Richard de Lea; los
prados donde antes sólo crecían malas hierbas se veían ahora cubiertos de
dorados rastrojos, testimonio de una cosecha abundante. Y también podían
observarse grandes cambios en el castillo, pues donde antes sólo había polvo
y abandono ahora todo estaba en orden y bien cuidado.
Brillaba el sol sobre almenas y torreones, y una bandada Sir Richard de
de ruidosas cornejas surcaba los aires, revoloteando en Lea acude a
torno a las doradas veletas de los chapiteles. En la radiante pagar su deuda
con Robin Hood,
mañana, el puente levadizo se abatió sobre el foso, con gran al cabo de un
ruido de cadenas, se abrieron lentamente las puertas del año y un día
castillo, y una vistosa comitiva de hombres armados, a cuyo
frente cabalgaba un caballero completamente cubierto de cota de malla tan
blanca como la escarcha que cubre las plantas en invierno, salió al trote del
patio del castillo. El caballero empuñaba una larga lanza, en cuya punta
ondeaba un gallardete rojo como la sangre y tan ancho como la palma de la
mano. Salió, pues, la tropa del castillo, llevando en medio tres bestias
cargadas con bultos de diversas clases y formas.
Así partió aquella hermosa mañana el buen sir Richard de Lea, para saldar
su deuda con Robin Hood. La comitiva recorrió el camino real con paso
acompasado y rumor de armas y arreos. Viajaron hasta llegar a las
proximidades de Denby, donde, desde lo alto de un otero, vieron, más allá de la ciudad, numerosas banderas y banderolas ondeando al viento. Entonces sir
Richard se dirigió al guerrero que tenía más cerca:
—¿Qué sucede hoy al otro lado de Denby?
—Con la venia de vuestra señoría —respondió el hombre de armas—, se
celebra hoy una feria, con un gran torneo de lucha al que acudirá mucha
gente, pues se ha ofrecido como premio un tonel de vino tinto, un anillo de
oro y un par de guantes, todo lo cual pasará a manos del mejor luchador.
Sir Richard —A fe mía que no debe ser mal espectáculo —dijo sir
hace una Richard, muy aficionado a los deportes viriles—. Se me
parada en la ocurre que quizá tengamos tiempo de detenernos un poco
feria de Denby
para contemplar tan noble espectáculo.
Y guió su caballo en dirección a Denby y a la feria, donde
llegó seguido de sus hombres.
Allí todo era alboroto y diversión. Por todas partes ondeaban cintas y
banderolas, había saltimbanquis haciendo piruetas sobre la hierba, se oía
música de gaitas y jóvenes parejas danzaban al son de la música. Pero donde
mayor multitud se congregaba era en torno a un cuadrilátero donde se
celebraban los combates de lucha, y allí dirigieron sus pasos sir Richard y sus
hombres.
Cuando los jueces del torneo vieron que se aproximaba sir Richard,
sabiendo quién era, el principal de todos ellos descendió de su estrado, se
acercó al caballero, le tomó de la mano y le rogó que se sentara con ellos para
actuar de árbitro. Sir Richard desmontó de su caballo y acudió a sentarse con
los demás jueces en un estrado levantado junto al cuadrilátero.
La competición estaba muy animada. Cierto campesino llamado Egbert,
natural de Stoke, en el condado de Staffordshire, había arrojado del
cuadrilátero sin esfuerzo a todos sus contrincantes; pero un hombre de Denby,
conocido en toda la región como William Caracortada, había estado
aguardando su oportunidad, y cuando Egbert se hubo deshecho de todos los
demás, William saltó al cuadrilátero.
El combate fue durísimo, pero por fin William logró William
derribar a Egbert, lo cual fue recibido con grandes Caracortada
aclamaciones y mucho estrechar de manos, pues todos los derriba
a Egbert
habitantes de Denby se sentían orgullosos de su paisano. de Stoke
Cuando llegó sir Richard vio que William, enardecido por
las aclamaciones de sus vecinos, caminaba de un lado a otro
del cuadrilátero, desafiando a quien quisiera enfrentarse con él.
—¡Venid, venid todos! —gritaba—. ¡Aquí estoy yo, William Caracortada,
y me atrevo con cualquiera! Si no hay ninguno de Derbyshire que se atreva,
que vengan los de Nottingham, los de Stafford o los de York, y si no les
refroto a todos el hocico contra el suelo, como cerdos en el bosque, dejaré de
llamarme William el luchador.
Todos se echaron a reír, pero por encima de las risas se oyó una fuerte
voz:
El desafío —Puesto que tanto presumes, aquí viene uno de
de William Nottingham dispuesto a intentarlo, amigo.
es aceptado Y al instante, un joven de elevada estatura que empuñaba un
robusto bastón se abrió paso entre la muchedumbre y al fin
llegó a la palestra, saltando ágilmente por encima de las
cuerdas. No era tan corpulento como William Caracortada, pero
sí más alto y ancho de hombros, y de articulaciones flexibles. Sir Richard le
examinó con atención y después se dirigió a uno de los jueces:
—¿Sabéis quién es este joven? Me parece haberle visto antes.
—No —respondió el juez—. Me resulta completamente desconocido.
Mientras tanto, sin decir palabra, el joven dejó a un lado su bastón y
comenzó a despojarse de su jubón y demás ropas superiores, hasta quedar con
el torso y los brazos desnudos; y era una fiesta para la vista contemplarle en
tal estado, pues sus músculos eran robustos y bien marcados, tan fuertes como
las aguas rápidas.
Ambos contrincantes se escupieron en las manos, las pusieron sobre las
rodillas y se agacharon, vigilando atentamente al otro para procurar conseguir
ventaja en la presa. Luego, con la velocidad del relámpago, saltaron uno
contra el otro y la multitud estalló en gritos, pues William había conseguido
hacer mejor la presa. Durante breves instantes forcejearon, tiraron y se
retorcieron, y de pronto William aplicó una astuta zancadilla para derribar al
forastero, pero éste respondió con mayor destreza aún, anulando la zancadilla.
Entonces, con un brusco giro y una llave, el forastero se soltó y Caracortada
se encontró apresado por un abrazo que amenazaba con quebrarle las
costillas. Durante un rato permanecieron así, respirando ruidosamente,
forcejeando, con los cuerpos relucientes de sudor, que también caía en
grandes goterones por sus rostros. Pero la presa del forastero era tan fuerte
que al fin los robustos músculos de William se aflojaron bajo el abrazo y
emitió un gemido.
Entonces el joven, recurriendo a todas sus fuerzas, aplicó William con
una brusca zancadilla con el talón y un rápido empujón con la la horma de
su zapato y el cadera derecha, y William cayó sobre las tablas con un golpe desconocido
le derrota
terrible, y allí quedó como si jamás fuera a ser capaz de
moverse de nuevo.
Pero no se oyeron gritos aclamando al forastero, sino un airado murmullo
que recorría la multitud, asombrada de lo fácilmente que había vencido.
Entonces uno de los jueces, que estaba emparentado con William
Caracortada, se levantó con los labios temblorosos y mirada siniestra.
—Dejadme que os diga, amigo —dijo—, que si habéis matado a ese
hombre lo pasaréis mal.
Pero el forastero respondió con osadía:
—Él corrió el riesgo conmigo como yo lo corrí con él. Ninguna ley puede
condenarme, aunque le haya matado, puesto que lo hice luchando
limpiamente en el cuadrilátero.
—Eso lo veremos —dijo el juez, mirando de mal modo al joven, mientras
entre la multitud se seguía oyendo un murmullo indignado, pues, como ya he
dicho, las gentes de Denby se sentían orgullosas de la fortaleza de William
Caracortada.
Entonces sir Richard habló en tono apaciguador:
—No —dijo—. El muchacho tiene razón. Si el otro muere, habrá muerto
en buena lid, aceptando el riesgo y en pelea limpia.
Pero mientras tanto, tres hombres se habían adelantado a recoger a
William, comprobando que no estaba muerto, aunque sí muy maltrecho por la
caída. Entonces el juez principal se levantó y dijo:
—Joven, el premio es vuestro y con justicia. Aquí tenéis el anillo de oro
rojo, y aquí los guantes, y ahí está el tonel de vino, para que hagáis con él lo
que queráis.
Al oír esto, el joven, que se había vuelto a poner sus ropas y había
empuñado de nuevo su bastón, se inclinó sin decir palabra; luego, recogió los
guantes y el anillo, se metió los unos bajo la faja y se deslizó el otro en el
pulgar, dio la vuelta y, saltando ágilmente sobre las cuerdas una vez más, se
abrió paso entre la multitud y desapareció.
—Me pregunto quién podrá ser ese joven —dijo el juez, dirigiéndose a sir
Richard—. Parecía un auténtico sajón, por sus mejillas coloreadas y su pelo
rubio. Este William nuestro es duro de verdad y jamás le había visto
derribado, aunque bien es cierto que nunca se ha enfrentado a grandes
luchadores como Thomas de Cornualles, Diccon de York o el joven David de
Doncaster. ¿No pensáis que se maneja bien en el cuadrilátero, sir William?
—Muy cierto; y sin embargo, ese mozo le derribó limpiamente, y con una
facilidad pasmosa. Yo también me pregunto quién podrá ser —respondió sir
Richard en tono pensativo.
Durante un rato, el caballero siguió conversando con las personas que le
rodeaban, pero por fin se incorporó y se dispuso a partir. Llamó a sus
hombres, apretó las correas de la silla y montó en su caballo de nuevo.
Mientras tanto, el joven desconocido se había abierto camino entre la
multitud, pero a su paso iba oyendo murmullos y comentarios del tipo de:
«¡Mirad el gallito!», «¡Fijaos cómo se pavonea!», «Apostaría a que jugó sucio
con William», «Sí, ¿no has visto que lleva liga para pájaros en las manos?»,
«No estaría mal cortarle la cresta a ese gallo».
Los hombres El forastero no prestaba atención a todo esto, y caminaba
de Denby con empaque, como si no hubiera oído nada. Así atravesó el
siguen al prado hasta llegar al recinto donde se bailaba, y se asomó a la
forastero
con malas puerta para echar un vistazo. Mientras miraba distraído, una
intenciones piedra le pegó de pronto en el brazo con un golpe doloroso, y
al volverse vio que un grupo de hombres furiosos le había
seguido desde el cuadrilátero. Cuando ellos le vieron volverse, empezaron a
dar tales gritos y alaridos que la gente salió del recinto de baile a ver lo que
ocurría. Por fin, un herrero alto, de hombros anchos y miembros robustos,
salió de entre la multitud y se adelantó con un grueso garrote en las manos.
—¿Qué es eso de venir a nuestra honrada ciudad de El herrero de
Denby, so pasmarote, para derrotar con malas mañas de Denby ataca
tramposo a un muchacho honesto? —gruñó con voz ronca al forastero
y se encuentra
como el mugido de un toro enfurecido—. ¡Pues a ver qué te con lo que no
parece esto! esperaba
Y le lanzó al joven un golpe capaz de derribar a un buey.
Pero el otro desvió el golpe con gran habilidad y le devolvió otro, tan terrible
que el hombre de Denby cayó con un gemido, como herido por un rayo. Al
ver caído a su cabecilla, la multitud volvió a gritar indignada; pero el
forastero apoyó la espalda en la tienda, enarbolando su temible bastón, y tan
demoledor había sido el golpe que recibió el herrero, que ningún otro se
animaba a ponerse al alcance del cayado, sino que todos se echaron hacia
atrás, como una jauría de perros ante un oso.
La multitud Sin embargo, algún cobarde lanzó desde atrás una piedra
ataca al joven que acertó al forastero en la frente, haciéndole tambalearse
forastero mientras la sangre brotaba de la brecha, cayendo sobre su
rostro y su jubón. Y entonces, viéndole aturdido por el
traicionero golpe, la multitud se lanzó sobre él, hasta
conseguir derribarlo a sus pies.
Mal lo hubiera pasado entonces el joven, pudiendo haber Sir Richard de
llegado a perder allí su joven vida, de no haber acudido sir Lea acude al
Richard en su ayuda; de pronto se oyeron gritos y brillaron rescate del
forastero y
los aceros, se recibieron cintarazos, y sir Richard de Lea se descubre que
abrió camino entre la muchedumbre, espoleando a su caballo se trata de un
viejo conocido
blanco. La chusma, viendo al caballero acorazado y a los
guerreros que le acompañaban, se disolvió como nieve en una chimenea,
dejando al joven en el suelo, ensangrentado y cubierto de polvo.
Al notarse libre, el joven se incorporó y, limpiándose la sangre del rostro,
levantó la mirada.
—Ah, sir Richard de Lea —dijo—. Es muy posible que hoy me hayáis
salvado la vida.
—¿Quién eres tú que tan bien conoces a sir Richard de Lea? —preguntó
el caballero—. Ya me parece haber visto antes tu cara, jovenzuelo.
—Sí que la habéis visto —dijo el joven—. No soy otro que David de
Doncaster.
—¡Ja! —exclamó sir Richard—. No me explico cómo no te reconocí,
David; pero tu barba ha crecido y pareces haberte hecho más hombre en estos
doce meses. Entra en esta tienda, David, y lávate la sangre de la cara. Y tú,
Ralph, tráeme ahora mismo un jubón limpio. Lamento lo que te ha ocurrido,
pero no obstante me alegro de haber tenido la oportunidad de pagar parte de
mi deuda con tu buen jefe, Robin Hood, pues a fe mía que lo habrías pasado
mal de no llegar yo, jovencito.
Y así diciendo, el caballero ayudó a David a entrar en la tienda, donde el
joven se limpió la sangre del rostro y se puso un jubón limpio.
Mientras tanto, había empezado a difundirse el rumor de que el joven
desconocido no era otro que el gran David de Doncaster, el mejor luchador de
Inglaterra central, el que la pasada primavera había tumbado al formidable
Adam de Lincoln en la feria de Selby, Yorkshire, y ahora ostentaba el
cinturón de campeón de toda Inglaterra central. Y así ocurrió que cuando el
joven David salió de la tienda acompañado por sir Richard, con el rostro
limpio de sangre y su manchado jubón cambiado por otro limpio, no se oyó ni
un grito airado, sino que todos se empujaban para contemplarle, orgullosos de
que uno de los más grandes luchadores de Inglaterra hubiera subido a la
palestra en la feria de Denby. Así de volubles son las multitudes.
Entonces sir Richard proclamó en voz alta:
—Amigos, éste es David de Doncaster; no penséis, pues, que ha habido
vergüenza en que vuestro campeón de Denby haya sido vencido por
semejante luchador. Él no os guarda mala voluntad por lo que ha sucedido,
pero que esto os sirva de advertencia en vuestros futuros tratos con los
forasteros. De haberlo matado, éste habría sido un día funesto para todos
vosotros, pues Robin Hood habría arrasado vuestro pueblo como el cernícalo
arrasa el palomar. Acabo de comprarle el barril de vino y es mi deseo
regalároslo para que bebáis a vuestro placer. Pero nunca más volváis a acosar
a un hombre sólo por ser esforzado.
Al oír esto, todos estallaron en aclamaciones; pero, a decir verdad,
pensaban más en el vino que en las palabras del caballero. Entonces sir
Richard, con David a su lado y sus hombres de armas a su alrededor, dio la
vuelta y abandonó la feria.
Pero en tiempos posteriores, cuando los grandes luchadores ya habían sido
vencidos por la edad, cada vez que alguien hablaba de un combate
apasionante, la gente sacudía la cabeza y decía: «Ya, ya; pero tendríais que
haber visto al gran David de Doncaster cuando tumbó a William Caracortada
en la feria de Denby».
Sir Richard Robin Hood estaba sentado al pie del árbol de las reuniones,
llega con el Pequeño John y la mayor parte de su banda rodeándole,
para pagar aguardando la llegada de sir Richard. Por fin vieron brillar el
su deuda
acero entre la hojarasca del bosque, y sir Richard salió de la
espesura, cabalgando a la cabeza de sus hombres. Se dirigió
directamente a Robin Hood y, tras desmontar de su caballo,
estrechó al proscrito en sus brazos.
—Vaya, vaya —dijo al cabo de un rato, separándose un poco de sir
Richard y mirándole de pies a cabeza—. Vuestra señoría parece un pájaro
más alegre que la última vez que le vi.
—Así es, gracias a ti, Robin —dijo el caballero, poniendo la mano sobre
el hombro del proscrito—. De no ser por ti, ahora estaría vagando en la
miseria por un país lejano. Pero he cumplido mi palabra, Robin, y te he traído
el dinero que me prestaste, que en este tiempo he doblado cuatro veces, de
manera que soy otra vez rico. Y con el dinero os he traído un pequeño regalo
para ti y para tus valientes, de parte mía y de mi señora.
Y volviéndose hacia sus hombres, les gritó:
—Acercad los caballos de carga.
Pero Robin los detuvo.
—No, sir Richard —dijo—. No me juzguéis atrevido por oponerme a
vuestros deseos, pero aquí en Sherwood jamás hablamos de negocios hasta
después de haber comido y bebido.
Con lo cual, tomando a sir Richard de la mano, lo condujo al asiento
principal bajo el árbol de las reuniones, mientras los principales miembros de
la banda se sentaban a su alrededor. Entonces Robin dijo:
—¿Cómo es que he visto llegar al joven David de Doncaster con vuestra
señoría, señor caballero?
El caballero contó entonces todo lo sucedido en Denby durante la feria, y
cómo el joven David estuvo a punto de pasarlo muy mal; concluido su relato
añadió:
—Y esto, amigo Robin, es lo que me ha retrasado tanto; de otro modo,
habría estado aquí hace una hora.
Cuando el caballero acabó de hablar, Robin extendió su mano y asió la de
sir Richard, diciendo con voz temblorosa:
—Ahora he contraído con vuestra señoría una deuda que nunca podré
pagar, sir Richard, pues dejad que os diga que antes preferiría perder mi mano
derecha a enterarme de que al joven David de Doncaster le ha sucedido una
desgracia como la que parece que estuvo a punto de ocurrirle en Denby.
Así siguieron conversando hasta que al cabo de un rato Robin Hood
uno de los hombres se acercó a anunciar que la cena estaba invita a cenar
servida, al oír lo cual todos se levantaron y se unieron al a sir Richard
en el bosque
banquete. Cuando éste hubo terminado, el caballero ordenó a
sus hombres que trajeran las bestias de carga, lo cual se hizo
como había ordenado. Luego, uno de los hombres de armas
trajo un pesado cofre, que sir Richard abrió, sacando de su interior una bolsa
que contenía quinientas libras, la suma de dinero que Robin le había prestado.
—Sir Richard —dijo Robin—. Nos daría un gran placer si os quedarais
con esa bolsa como regalo de los hombres de Sherwood. ¿No es así,
muchachos?
Todos respondieron a grandes voces:
—¡Sí!
—Os lo agradezco de corazón —dijo el caballero muy serio—, pero no
me juzguéis mal si me niego a aceptarlo. De buena gana lo tomé prestado,
pero no es posible que lo acepte como regalo.
Robin Hood no dijo nada y le entregó el dinero al Pequeño John para que
lo ingresara en el tesoro, pues tenía suficiente conocimiento como para saber que nada engendra tantos resentimientos y mala voluntad como los regalos
impuestos, que uno no puede negarse a aceptar.
Sir Richard de Entonces sir Richard hizo extender sobre el suelo los
Lea les hace paquetes y los abrió, ante lo cual se levantó un griterío que
un espléndido hizo retemblar el bosque, pues allí había doscientos arcos del
regalo a Robin
y su banda mejor tejo español, todos bruñidos hasta el punto de relucir, y
cada arco incrustado con vistosos adornos de plata, pero sin
que las incrustaciones llegaran a afectar a su solidez y
precisión. Y junto a ellos, doscientas aljabas de cuero con bordados en oro, y
en cada aljaba una veintena de flechas con plumas de pavo real y remates de
plata.
Sir Richard entregó a cada proscrito un arco y una aljaba con flechas, pero
a Robin le dio un arco con las más elaboradas incrustaciones de oro, así como
una aljaba con flechas rematadas en oro.
Una vez más, todos estallaron en aclamaciones de agradecimiento por el
regalo y juraron que, de ser necesario, morirían por sir Richard y su dama.
Por fin llegó el momento en que sir Richard tuvo que partir, y Robin Hood
convocó a toda su banda y cada hombre tomó una antorcha en las manos para
iluminar el camino a través del bosque. Así llegaron al lindero de Sherwood,
donde el caballero besó a Robin en las mejillas, siguió su camino y se perdió
de vista.
Así fue como Robin Hood ayudó a un noble caballero a salir de un mal
paso, que de no ser por él habría arruinado la felicidad de su vida.
Y ahora escuchad, y os enteraréis de ciertas curiosas aventuras que
acontecieron a Robin Hood y al Pequeño John, y de cómo el uno se convirtió
en mendigo y el otro en fraile descalzo; asimismo, sabréis lo que cada uno
consiguió con ello.