Las alegres aventuras de Robin Hood
II. Robin Hood y Will Escarlata
II
Robin Hood y Will Escarlata
OS tres marchaban camino adelante, tres hombretones como sería
difícil encontrar otros en toda la vieja Inglaterra. Al cruzarse con
ellos, eran muchos los que se volvían a mirarlos, tan anchos de
hombros y tan firme su paso.
Robin Hood, el —¿Por qué no fuiste directamente a Ancaster, como yo te
Pequeño John dije? —pregunto Robin Hood al Pequeño John—. Si me
y Arthur de hubieras obedecido, no te habrías metido en semejante lío.
Bland charlan
por el camino —Me pareció que amenazaba lluvia —dijo el Pequeño
John refunfuñando, pues aún se sentía ofendido por las burlas
de Robin Hood.
—¡Lluvia! —exclamó Robin, parándose de pronto en mitad del camino y
mirando con asombro al Pequeño John—. ¡Serás burro! ¡En tres días no ha
caído ni una gota de agua, ni se ha visto en el cielo o en la tierra la menor
señal de que fuera a caer!
—¿Y eso qué importa? —gruñó el Pequeño John—. El bendito San
Sucinto, que mantiene controladas las aguas del cielo en su caldero de peltre,
puede dejarlas caer, si tal es su deseo, incluso en el día más despejado. ¿Qué
querías? ¿Que me calara hasta los huesos?
Al oír esto, Robin Hood no pudo evitar echarse a reír.
—¡Ah, bribón! ¡Qué condenado ingenio tienes en esa cabezota! ¿Cómo
puede uno estar enfadado contigo?
Y con esto todos reanudaron la marcha, procurando empezar con el pie
derecho, como recomienda el dicho.
Tras haber recorrido cierta distancia bajo el sol Los tres camaradas implacable y tragando polvo, Robin empezó a sentir se sientan a
sed; sabiendo que detrás del seto había una fuente de descansar a la sombra,
a un lado agua fresca como el hielo, saltaron la empalizada y del camino
llegaron al manantial, cuyas aguas burbujeantes
brotaban bajo una piedra. Arrodillándose y formando copas con las manos,
bebieron hasta saciarse y después, pareciéndoles que el lugar invitaba al
descanso, se tumbaron a la sombra para reposar un rato.
Frente a ellos, al otro lado del seto, el polvoriento camino se extendía a
través de la llanura; tras ellos se extendían praderas y campos de trigo verde
que maduraba al sol; y sobre sus cabezas se extendía la fresca sombra de las
ramas de un haya. A sus narices llegaba la agradable fragancia de las violetas
y el tomillo que crecían aprovechando la humedad de la fuente; y a sus oídos,
el melodioso borboteo del agua; todo lo demás era sol y silencio, roto tan sólo
de vez en cuando por el lejano canto de un gallo que llegaba en alas de la
brisa, o por el hipnótico zumbido de los abejorros que revoloteaban entre las
flores de trébol, o por la voz de una mujer, procedente de una granja cercana.
Todo era tan apacible, tan repleto de los encantos del florido mes de mayo,
que durante un largo rato ninguno de los tres pronunció palabra, quedándose
tendidos de espaldas, mirando el cielo a través de las hojas de los árboles,
agitadas por la brisa. Por fin, Robin, cuyos pensamientos no estaban tan
absolutamente dedicados a las musarañas como los de los demás y que
llevaba un rato mirando a su alrededor, rompió el silencio y dijo:
Robin ve a un —¡Mirad! ¡He ahí lo que se llama un pájaro de vistoso
desconocido plumaje!
vestido Los otros dos bajaron la mirada y vieron a un hombre
de rojo
joven que se acercaba despacio, camino abajo. Y, como Robin
había dicho, resultaba en verdad vistoso, con su apuesta figura
y su jubón y calzas a juego, de vivo color rojo; de su cintura
colgaba una magnífica espada, en vaina de cuero repujado y adornado con
hilos de oro; su gorra era de terciopelo rojo, con una gran pluma que le
colgaba sobre una oreja. Tenía los cabellos largos, rubios y ondulados sobre
los hombros, y en la mano llevaba una rosa temprana, que de vez en cuando
olía con satisfacción.
—¡Por mi vida! —exclamó Robin Hood, echándose a reír—. ¿Habíais
visto alguna vez un tipo tan bonito y remilgado?
—Ciertamente, sus ropas resultan excesivamente bonitas para mi gusto —
comentó Arthur de Bland—; pero no obstante, sus hombros son anchos y su
cintura estrecha. ¿Y habéis visto cómo le cuelgan los brazos? No cuelgan
como chorizos, sino bien firmes y doblados por el codo. Vive Dios que, aunque los cubran ropas tan refinadas, esos brazos no son de mantequilla,
sino de carne prieta con tendones duros.
—Es posible que tengas razón, amigo Arthur —intervino el Pequeño John
—. Me inclino a pensar que ese tipo no es ningún lindo galán de mírame y no
me toques, como podría parecer a primera vista.
—¡Puaf! —exclamó Robin Hood—. La mera visión de un tipo así me
pone enfermo. Mirad cómo sujeta esa flor entre el pulgar y el índice, como
diciendo «gentil rosa, no te deseo ningún mal, pero quisiera gozar de tu
fragancia una vez más». Os digo que os equivocáis. Si se cruzara en su
camino un ratón furioso, estoy seguro de que exclamaría «¡Ay, Dios!» y
caería desmayado. Me pregunto quién será.
—El hijo de algún barón, sin duda —aventuró el Pequeño John—. Con la
bolsa bien llena de los dineros del viejo.
—En eso creo que tienes razón —concedió Robin—. No hay duda. ¡Qué
pena que hombres como éste, que no piensan más que en lucirse por ahí
vestidos de mariposas, tengan a sus pies a gente mucho mejor, a la que no son
dignos ni de desatar los zapatos! ¡Por San Norberto, san Alfredo, san Canuto
y todos los demás santos del calendario sajón! ¡Me pone malo ver a estos
señoritos venidos del continente pisando el cuello a los buenos sajones, que
poseían esta tierra desde mucho antes de que sus tatarabuelos se destetaran!
¡Por las barbas de san Cosme, que voy a despojarlos de sus mal ganadas
fortunas, aunque me cuelguen por ello del árbol más alto del bosque de
Sherwood!
—¡Vamos, vamos jefe! —interrumpió el Pequeño John—. No te acalores.
Has puesto la olla a hervir sin tener carne para el cocido. A mí me parece que
ese joven es demasiado rubio para ser normando. Por lo que sabemos, lo
mismo podría ser un hombre de bien.
—¡De eso nada! —insistió Robin—. Me apuesto la Robin Hood se cabeza contra un penique de plomo a que es lo que yo dispone a demostrar
digo. ¿Dónde se ha visto un sajón tan remilgado y al Pequeño John
y Arthur de
peripuesto como ése, que parece que tiene miedo de Bland cómo se
mancharse las puntas de los zapatos? Como mínimo, voy maneja un bastón
a pararle y aligerarle la bolsa de los dineros mal
adquiridos. Y si estoy equivocado, quizá le deje seguir su camino sin robarle
ni un penique; pero si tengo razón, le voy a desplumar como se despluma a un
ganso por San Juan. Tú dices que es un hombre cabal, Pequeño John; pues
quédate aquí y observa, que voy a enseñarte cómo la vida en los bosques
endurece a un hombre, mientras que la holgazanería a la que tú te has entregado últimamente lo reblandece. Quedaos aquí los dos y veréis la zurra
que se lleva ese tipo.
Y con estas palabras, Robin abandonó la sombra del haya, cruzó el seto y
se plantó en mitad del camino, cerrándole el paso al caminante.
Mientras tanto, éste seguía caminando muy despacio, sin acelerar el paso
ni dar muestras de haber advertido la visible figura de Robin Hood plantado
frente a él. Así pues, Robin se quedó esperando en medio del camino,
mientras el otro avanzaba muy despacio, oliendo su rosa y mirando a todas
partes, excepto en dirección a Robin.
Robin Hood —¡Alto! —gritó Robin Hood cuando por fin el otro se
para al acercó lo suficiente—. ¡Quedaos donde estáis!
desconocido —¿Por qué habría de pararme, buen hombre? —preguntó
vestido de rojo
el desconocido en tono suave y amable—. ¿Y por qué habría
de quedarme donde estoy? No obstante, puesto que deseáis
que me pare, accederé a pararme por un breve instante,
mientras escucho lo que tengáis que decirme.
—Entonces —dijo Robin—, puesto que tenéis la amabilidad de acceder a
mis deseos, expresándolo de manera tan delicada, yo también os trataré con la
más exquisita cortesía. Debo haceros saber que soy, como si dijéramos,
cofrade del santuario de San Wilfredo, quien, como quizá ya sepáis, arrebató
todo su oro a los paganos y lo fundió para hacer candelabros. En
consecuencia, a todos los que pasan por aquí les cobro una cierta cuota, que
dedico a fines más elevados, en mi humilde opinión, que la fabricación de
candelabros. Así pues, querido amigo, os ruego que me entreguéis vuestra
bolsa para que yo pueda echar un vistazo a su contenido y juzgar, en la
medida en que lo permitan mis pobres aptitudes, si lleváis en ella más dinero
del que autorizan nuestras normas. Pues, tal como decía el viejo Swanthold, a
todo gordo holgazán le conviene una sangría.
Mientras Robin hablaba, el joven desconocido seguía oliendo su rosa,
sosteniéndola entre el índice y el pulgar. Cuando Robin hubo terminado,
exhibió una amable sonrisa.
—Me encanta escuchar vuestra conversación, apuesto joven —dijo—. Si
por ventura no habéis concluido, os ruego que prosigáis. Todavía puedo
quedarme un ratito más.
—Ya lo he dicho todo —respondió Robin—. Y ahora, si tenéis la bondad
de darme vuestra bolsa, os permitiré seguir vuestro camino sin más molestias,
en cuanto inspeccione su contenido. Si lleváis poco dinero, no os quitaré
nada.
—¡Oh! Lamento mucho comunicaros que no puedo acceder a vuestros
deseos. Me resulta imposible daros nada. Os ruego, pues, que me dejéis
seguir. Yo no os he hecho ningún mal.
—De aquí no os movéis hasta que me hayáis enseñado la Robin no deja
bolsa —dijo Robin Hood. que el
—Amigo mío —insistió el otro, siempre con suavidad—. desconocido
siga su camino
Tengo cosas que hacer. Ya os he concedido demasiado
tiempo y os he escuchado con gran paciencia. Ahora os ruego
que me permitáis seguir mi camino en paz.
—Ya os he dicho, y ahora os repito —dijo Robin con firmeza— que no
daréis ni un paso hasta que hagáis lo que os digo —y al decir esto levantó el
bastón por encima de la cabeza, en gesto amenazador.
—¡En fin! —exclamó el otro con tristeza—. Me duele muchísimo que las
cosas se pongan así. Mucho me temo, pobre hombre, que voy a tener que
mataros —y al decir esto, desenvainó su espada.
—Envainad la espada —dijo Robin—. No quiero abusar de vos. Vuestra
espada no os serviría de nada contra un bastón de roble como el mío, capaz de
romperla en pedazos como si fuera una espiga. Ahí, junto al camino, tenéis
una buena rama de roble. Haced un bastón con ella y defendeos, que vais a
recibir una buena paliza.
El desconocido midió a Robin con la mirada y a continuación midió el
cayado de roble.
El desconocido —Tenéis razón, amigo mío —acabó por decir—. En
vestido de rojo verdad, mi espada resultaría impotente contra ese bastón. Os
se hace con un ruego que esperéis hasta que yo me haga con uno igual —y
bastón para
pelear contra diciendo esto, tiró la rosa que aún llevaba en la mano,
Robin Hood enfundó la espada en su vaina y, moviéndose con más
ligereza que la que había demostrado hasta el momento se
acercó al borde del camino donde crecía un grupo de jóvenes robles. Tras un
breve escrutinio, encontró un brote de su agrado y, en lugar de cortarlo, se
remangó las mangas del jubón, hincó los pies en el suelo, agarró el tronco y de un tremendo tirón arrancó el arbolillo con raíces y todo. Luego regresó al
camino, recortando con su espada las raíces y ramillas con absoluta
tranquilidad, como si no hubiera hecho nada digno de mención.
El Pequeño John y el curtidor habían estado observándolo todo, y cuando
vieron al desconocido arrancar el arbolillo y escucharon los chasquidos de las
raíces al partirse, el curtidor frunció los labios y dejó escapar un largo silbido.
—¡Por la sangre de mis venas! —exclamó el Pequeño John en cuanto
pudo salir de su asombro—. ¿Has visto eso, Arthur? Pardiez, me temo que
nuestro jefe no lo va a pasar muy bien con ese sujeto. ¡Por el velo de la
Virgen! ¡Ha arrancado ese arbolito como si fuera una espiga de trigo!
En cuanto a Robin Hood, se calló lo que pensaba y se mantuvo en su
puesto, haciendo frente al forastero vestido de rojo.
Robin no olvidaría fácilmente aquella pelea. Lucharon Robin Hood y de un lado a otro del camino, la agilidad de Robin contra la el desconocido
fuerza del desconocido, levantando nubes de polvo que vestido de rojo
luchan en
dificultaban la visión a John y al curtidor, que a veces no mitad del camino
veían nada y solamente oían el constante chocar de los
palos. Tres veces consiguió Robin Hood tocar a su rival;
una en el brazo y dos en las costillas; y hasta el momento había logrado
desviar todos los golpes del otro, tan fuertes que si uno solo de ellos hubiera
alcanzado su objetivo habría dado con Robin por los suelos sin más remedio.
El desconocido Pero por fin el desconocido golpeó el bastón de Robin en
gracias a su el centro, con tanta fuerza que casi se lo arranca de las
tremenda fuerza manos; un nuevo golpe, y Robin cedió bajo su impacto; un
derrota a Robin
Hood y le hace tercero, y éste no sólo atravesó la guardia de Robin sino que
pedir clemencia le derribó por los suelos, haciéndole morder el polvo.
—¡Alto! —exclamó Robin Hood, al ver que el otro
volvía a levantar su bastón—. ¡Me rindo!
—¡Alto! —exclamó el Pequeño John, saliendo de su El Pequeño
escondite seguido por el curtidor—. ¡Teneos ahí! John intenta
—¡Vaya! —dijo el desconocido con absoluta tranquilidad detener al
desconocido
—. Veo que hay dos más de vosotros, y ambos tan robustos,
por lo menos, como este buen amigo de aquí. Va a ser una
mañana atareada. No obstante, acercaos y os aseguro que haré
lo posible para que quedéis bien servidos.
—¡Quietos! —gritó Robin Hood—. No habrá más lucha. ¡Vive Dios,
Pequeño John, vaya día que llevamos tú y yo! Tengo la muñeca… no, todo el
brazo paralizado por la vibración del golpe que este tipo me ha asestado.
Entonces el Pequeño John se dedicó a atender a Robin.
El Pequeño —Vaya, vaya, querido jefe —decía—. ¡Dios mío, qué
John se aspecto tan lamentable ofrecéis! Lleváis todo el jubón
burla de las manchado de polvo. Permitid que os ayude a incorporaros.
desgracias de
Robin Hood —¡Métete tu ayuda donde te quepa! —gritó Robin,
indignado—. Puedo levantarme perfectamente sin tu ayuda.
—¡Oh, pero al menos permitidme que os sacuda el polvo
del jubón! Temo que vos estéis demasiado dolorido para poder hacerlo —
siguió diciendo el Pequeño John con voz muy seria, pero con un brillo burlón
en los ojos.
—¡Quítame las manos de encima! —gritó Robin, cada vez más irritado—.
Ya me han sacudido bastante por ahora —y volviéndose al desconocido, le
preguntó—: ¿Cómo os llamáis, amigo?
—Me llamo Gamwell —respondió el otro.
—¿De verdad? —exclamó Robin Hood—. Ese apellido me es muy
conocido. ¿De dónde venís, amigo mío?
—Vengo de la ciudad de Maxfield —respondió el desconocido—. Allí
nací y allí me crié, y de allí vengo, en busca del hermano menor de mi madre,
a quien la gente de aquí llama Robin Hood. Si fuerais tan amables de
orientarme…
—¡Ja, ja, Will Gamwell! ¡No podía ser otro! —exclamó Robin Hood
Robin, poniendo las manos sobre los hombros del otro y descubre que
mirándole fijamente—. Tendría que haberte reconocido por el desconocido
es el hijo
esos andares de damisela y ese aire de remilgado. ¿No me de su propia
conoces, muchacho? Mírame bien. hermana
—¡Vaya, por los clavos de Cristo! —exclamó a su vez el
otro—. Empiezo a sospechar que sois mi tío Robin Hood. ¡Sí, estoy seguro!
—y los dos hombres se unieron en un fuerte abrazo, besándose mutuamente
en las mejillas.
Entonces Robin extendió de nuevo los brazos para mantener a distancia a
su sobrino y lo examinó atentamente de pies a cabeza.
—Vaya, vaya —dijo—. ¿Qué cambio es éste? Hace ocho o diez años eras
un muchacho delgaducho, con articulaciones abultadas y miembros
desgarbados, y hete aquí, tan recio como el que más, como bien he
comprobado. ¿Te acuerdas de cuando te enseñé a sostener una flecha entre los
dedos y mantener firme el arco? Me prometiste que llegarías a ser un gran
arquero. ¿Y no te acuerdas cuando te enseñaba a parar y golpear con el
bastón?
—¡Ya lo creo! —dijo el joven Gamwell—. Te admiraba tanto y te
consideraba tan por encima de los demás que, te lo juro, si hubiera sabido
quién eras jamás me habría atrevido a levantarte la mano. Confío en no
haberte hecho daño.
—No, no —se apresuró a decir Robin Hood, mirando de reojo al Pequeño
John—. No me has hecho ningún daño. Pero no hablemos más de ello, por
favor. Eso sí, te diré que espero no volver a recibir otro golpe como el que tú
me has dado. ¡Por la Virgen, aún tengo el brazo dormido desde las uñas al
codo! En verdad te digo que creí quedar paralítico de por vida. Puedo
asegurarte que eres el tipo más fuerte que han visto mis ojos. Vive Dios que
se me encogió el estómago cuando te vi arrancar de esa manera el arbolillo.
Pero dime, ¿cómo es que has dejado a sir Edward y a tu madre?
Will Gamwell —¡Ay! —suspiró el joven Gamwell—. Es una triste
cuenta su historia, tío, la que tengo que contarte. El mayordomo de mi
historia padre, que entró a nuestro servicio tras la muerte del viejo
Giles Malapata, era un bribón redomado y no sé cómo mi
padre no se libró de él y siguió haciendo la vista gorda. Me
ponía enfermo oír con qué arrogancia hablaba con mi padre,
que, como sabes, fue siempre un hombre muy paciente, nada propenso a los
ataques de ira ni a las malas palabras. Bien, pues un día, y fue un día aciago
para aquel truhan insolente, intentó provocar a mi padre, estando yo delante.
No lo pude soportar, tío, de manera que me fui a por él y le sacudí un
guantazo en la oreja. ¿Y qué dirás que pasó? El muy cretino se murió en el
acto. Creo que dijeron que le partí el cuello, o algo parecido. Así que me
mandaron aquí a toda prisa, para escapar de la justicia. Iba en tu busca cuando
tú me viste. Y aquí estoy.
—¡Pues que me condenen! —exclamó Robin Hood—. Para ser un
fugitivo de la justicia, te lo tomas con una calma como no se ha visto en la
vida. ¿Cuándo se ha visto en el mundo que un fugitivo que acaba de matar a
un hombre vaya pavoneándose por el camino, como una frágil damisela de la
corte, mientras huele una delicada rosa?
—Bueno, verás, tío —respondió Will Gamwell—. No por batir más aprisa
se hace mejor mantequilla, como dice el refrán. Además, estoy convencido de
que esta fortaleza de mi cuerpo ha acabado con la ligereza de mis pies. Ya
viste cómo pudiste golpearme tres veces, mientras que yo no pude acertarte ni
una, y tuve que avasallarte con mi fuerza.
—No, no, no hablemos más de eso —dijo Robin—. Me Will Gamwell
alegro mucho de verte, Will, y serás una gran adquisición para recibe un
nuevo nombre mi banda de alegres granujas. Pero tendrás que cambiar de
nombre, porque se dictarán órdenes de detención en tu contra;
así pues, en vista de tus alegres ropajes, a partir de este
momento te llamarás Will Escarlata.
El Pequeño —Will Escarlata —repitió el Pequeño John, adelantándose
John no deja y extendiendo su mano, que Will se apresuró a estrechar—.
en paz a Will Escarlata, el nombre te viene a la perfección. Es un placer
Robin Hood
darte la bienvenida a nuestro grupo. Yo soy el Pequeño John y
éste es un amigo que acaba de unírsenos, un honrado curtidor
llamado Arthur de Bland. Vas a hacerte famoso, Will, te lo
digo yo; más de una balada se cantará en Sherwood contando la historia de
cuando Robin Hood enseñó al Pequeño John y a Arthur de Bland cómo se
maneja un bastón; o dicho de otra manera, de cómo nuestro querido jefe se
encontró con que había mordido más de lo que podía tragar.
—Escucha, Pequeño John —dijo Robin con mucha suavidad, empezando
a hartarse de la broma—. ¿Por qué tenemos que seguir hablando del asunto?
Lo mejor sería guardar absoluta discreción acerca de los acontecimientos de
este día.
—Por mí, encantado —dijo el Pequeño John—. Lo que pasa, jefe, es que
pensé que te gustaría que una historia tan graciosa trascendiera, teniendo en
cuenta lo mucho que mencionas últimamente la supuesta acumulación de
grasa en mis articulaciones, presuntamente adquirida durante mi estancia en
casa del sheriff de…
—¡Basta, Pequeño John! —exclamó Robin, irritado—. Creo haber dicho
que no hablemos más del asunto.
—Muy bien, muy bien —dijo el Pequeño John—. Por mi parte, empiezo a
cansarme del tema. Pero, ahora que me acuerdo, también te tomaste a broma
lo de la lluvia que amenazaba anoche; así que…
—¡Basta, he dicho! Me equivoqué. Ahora recuerdo que parecía como si
fuera a llover.
—¿Verdad que sí? Eso me pareció también a mí —insistió el Pequeño
John—. En tal caso, sin duda pensarás que hice bien al buscar cobijo en el
Jabalí Azul, en lugar de aventurarme en plena tormenta. ¿No es así?
—¡Que el diablo te lleve, a ti y a tus insidias! —exclamó Robin Hood—.
Si te empeñas en ello, diré que hiciste bien refugiándote donde te diera la
gana.
—Ya te digo que, por mí, de acuerdo —dijo el Pequeño John—. En
cuanto a mí, hoy he estado completamente ciego. No he visto la zurra que te han dado; no he visto cómo rodabas patas arriba por el suelo; y si alguien
dijera que tal cosa ha sucedido, le retorcería la lengua por mentiroso, con la
conciencia bien tranquila.
—¡Vámonos! —gritó Robin mordiéndose el labio Los cuatro inferior, mientras los demás se veían en apuros para camaradas
contener la risa—. Ya no seguiremos viaje hoy, sino que emprenden juntos
el regreso al
regresaremos a Sherwood; y tú ya irás a Ancaster otro día, bosque de
Pequeño John. Sherwood
La verdadera razón de esta decisión era que, con los
huesos tan doloridos, Robin no se sentía nada inclinado a realizar un largo
viaje. Así pues, dando media vuelta, desandaron el camino y se volvieron por
donde habían venido.