Las alegres aventuras de Robin Hood
II. Robin Hood se hace mendigo
II
Robin Hood se hace mendigo
UANDO Robin Hood se separó del Pequeño John en la bifurcación
del camino, prosiguió alegremente su marcha bajo los suaves rayos
del sol. De vez en cuando daba un par de brincos o cantaba un
fragmento de canción, de puro contento por lo agradable del día. Pues, a
causa de la belleza de la primavera, su corazón estaba tan rebosante de gozo
como el de un ternero que sale por primera vez a pastar. A veces caminaba un
largo trecho, contemplando distraído las grandes e hinchadas nubes blancas
que recorrían lentamente el cielo azul; otras veces se detenía a absorber la
plenitud de vida que le rodeaba, pues los setos estaban en flor y la hierba de
los prados crecía alta y verde; unas veces se quedaba inmóvil escuchando el
melodioso canto de los pajarillos entre los matorrales o el vigoroso canto del
gallo que desafiaba al cielo a que lloviera, lo cual hacía reír a Robin, pues se
necesitaba poca cosa para alegrarle el corazón. Así marchaba con paso
varonil, deteniéndose con frecuencia por una u otra razón y siempre dispuesto
a entablar conversación con las alegres muchachas que se encontraba aquí y
allá. Y así fue transcurriendo la mañana, sin que encontrara ningún mendigo
con quien cambiar de ropas.
«Si mi suerte no cambia pronto —se dijo—, me temo que voy a perder el
día; ya ha transcurrido más de la mitad, y aunque he dado un agradable paseo
por el campo sigo sin saber nada de la vida del mendigo».
Al cabo de un rato sintió hambre, y su mente se desvió de los temas de la
primavera, las flores y los pájaros, para concentrarse en capones asados, vino
de malvasía, pan blanco y cosas así, que llegaron a enternecerle.
«Ojalá tuviera la capa de los deseos de Willie Wynkins; bien sé lo que
desearía, y sería esto —y fue contando con los dedos las cosas que pediría—:
Primero, un buen pastel, dulce y tostado, de alondras tiernas; adviértase que
no cocinadas en seco, sino con buena salsa para mojar. Luego, una buena
gallina, bien guisada, con huevos de paloma, cortados en rodajas, a modo de guarnición. Para acompañar todo esto, una barra larga de pan blanco recién
cocido; habrá de estar aún caliente del horno, con la corteza dorada y
brillante, del mismo color que los cabellos de mi dama Marian, y tan crujiente
como el hielo fino que se forma en los surcos por la mañana a principios del
invierno. Con esto bastará en el capítulo de sólidos; pero además necesitaré
tres botellas bien gordas, una de vino de malvasía, otra de Canarias, y otra
bien llena de mi jerez favorito».
Todo esto se decía Robin Hood, mientras se le hacía la boca agua al
pensar en los manjares que había conjurado en su mente.
Robin Hood se Y así, hablando consigo mismo, llegó a un punto en el
encuentra con que el camino torcía bruscamente alrededor del seto,
un mendigo rebosante de verdor con la salida de las nuevas hojas, y al
sentado
en una valla cabo de la curva vio un individuo sentado sobre una valla,
balanceando plácidamente las piernas. De todas las partes del
cuerpo del vagabundo colgaban bolsas y bolsillos de
diferentes clases y tamaños, una docena o más en total, con bocas grandes y
abiertas como una nidada de cornejas hambrientas. La capa, que tenía
recogida alrededor de la cintura, presentaba remiendos de tantos colores como
las cintas de un poste de mayo. Se tocaba la cabeza con un gorro alto de
cuero, y sobre sus rodillas descansaba un grueso bastón de palo de espino, tan
largo y pesado como el de Robin. Era, sin duda, un mendigo tan auténtico
como el más auténtico que pudiera recorrer las sendas y caminos de
Nottinghamshire, y sus ojos, grises como la pizarra, brillaban, centelleaban y
danzaban de regocijo, y su cabello negro y rizado le cubría toda la cabeza con
pequeños anillos espirales.
—Buenos días, buen amigo —dijo Robin al acercarse—. ¿Qué estáis
haciendo aquí en este hermoso día, mientras brotan las flores y se abren los
capullos?
El otro guiñó un ojo y, sin más preámbulo, entonó con alegre voz:
Sentado en la valla espero,
estoy sentado en la valla,
y canto una cancioncilla
mientras espero a mi amada,
y el sol en lo alto brilla,
y en torno las hojas bailan,
y cantan los pajarillos
que ya se acerca mi amada.
—Y eso es lo que hago, valiente mozo, exceptuando que mi amada no
vendrá.
—A fe mía que es una buena canción —dijo Robin—, y de encontrarme
en el estado mental adecuado para escuchar, no me importaría oír más; pero
tengo dos cuestiones muy graves que plantearos, así que os ruego que me
escuchéis.
Al oír esto, el jovial mendigo ladeó la cabeza, como una urraca
vagabunda, y dijo:
—Soy mal cántaro para echar en él cosas pesadas, amigo mío, y si no me
equivoco, pocas palabras graves deben salir de vuestros labios.
—Os equivocáis —dijo alegremente Robin—. Lo que tengo que decir en
primer lugar es para mí la más grave de todas las cuestiones, a saber: ¿dónde
puedo encontrar algo que comer y que beber?
—¿Eso os parece? —dijo el mendigo—. Pardiez, yo no me planteo esas
cuestiones con tanta gravedad. Como cuando puedo, y mastico corteza
cuando no puedo conseguir miga; de manera similar, si no hay cerveza me
lavo el polvo del gaznate con un trago de agua fresca. Y cuando vos
aparecisteis, estaba sentado aquí, planteándome si debo romper mi ayuno. Me
gusta dejar crecer el apetito antes de comer, pues de ese modo un mendrugo
me sabe tan bien como le sabe al propio rey Harry un pastel de venado con
manteca y pasas. Ahora mismo tengo ya bastante apetito, pero creo que en un
poco más de tiempo madurará hasta convertirse en verdadera hambre.
—Bien decís —respondió Robin, riendo de buena gana—. Veo que tenéis
una lengua ágil entre los dientes. Pero ¿es posible que no tengáis más que un
mendrugo seco? Me daba la impresión de que vuestras bolsas y bolsillos se
ven demasiado abultados para tan flaco cargamento.
—Bueno, a decir verdad, es posible que haya algo más —dijo el mendigo
con aire malicioso.
—¿Y para beber no tenéis nada más que agua fresca? —preguntó Robin.
—Ni una sola gota —respondió el mendigo—. Pero un poco más allá de
aquel grupo de árboles hay una pequeña posada, tan acogedora como la mejor
en la que hayáis puesto los ojos; sin embargo, yo no la frecuento, porque allí
no me miran bien. En cierta ocasión, cuando estaba cenando allí el reverendo
prior de Emmet, la posadera preparó una excelente tarta de cangrejos
estofados con azúcar de cebada, y la puso a enfriar sobre el alféizar de la
ventana. Al verla allí, y temiendo que pudiera perderse, me hice cargo de ella
hasta que lograra encontrar a su legítimo dueño. Desde entonces se comportan
de manera muy rara conmigo; con todo, la veracidad me obliga a declarar que
tiene la mejor cerveza que jamás haya catado mi lengua.
Al oír esto, Robin se echó a reír en voz alta.
—¡Pardiez! —dijo—. ¡Qué mal os agradecieron vuestra amabilidad! Pero
decidme sinceramente: ¿qué lleváis en esas bolsas?
—Bueno… —dijo el mendigo atisbando por las aberturas de sus bolsas—.
Aquí veo un apreciable fragmentó de pastel de pichón, envuelto en hojas de
lechuga para conservar la salsa. Aquí veo un delicioso trozo de cerdo
adobado, y aquí un hermoso pedazo de pan blanco. Por aquí veo cuatro pastas
de cereal y una punta de jamón cocido. ¡Ajá! Esto es verdaderamente extraño,
pero aquí veo seis huevos que deben haber llegado por accidente desde algún
gallinero de los alrededores. Están crudos, pero si los asamos sobre las brasas
y les ponemos un poco de mantequilla que veo aquí…
—¡Compasión, amigo mío! —exclamó Robin Robin Hood extendiendo la mano—. Hacéis que mi pobre estómago dé ofrece bebida
saltos de alegría al escuchar vuestras dulces palabras. Si me al mendigo a
cambio de
invitáis a comer, iré ahora mismo a esa pequeña posada de la compartir la
que hablabais antes y traeré un pellejo de cerveza para que comida de éste
ambos bebamos.
—Amigo mío, no digáis más —respondió el mendigo, descendiendo de la
valla—. Nos daremos un banquete con lo mejor de mis existencias y doy
gracias a san Cedrio por vuestra compañía. Pero os ruego, camarada, que
traigáis por lo menos tres cuartos de cerveza: uno para beber vos y dos para
mí, pues os advierto que mi sed es de tal calibre que me considero capaz de
beber tanta cerveza como agua salada beben las arenas del río Dee.
Robin se separó entonces del mendigo, que, por su parte, se dirigió a una
mata de tilo situada detrás del seto, y allí desplegó sobre la hierba sus
provisiones, y asó los huevos en un fuego de leña, con una destreza adquirida
gracias a una larga experiencia en el asunto. Al cabo de un rato regresó
Robin, acarreando al hombro un voluminoso pellejo de cerveza, que depositó
en la hierba. Luego, al contemplar el banquete extendido sobre el suelo —y se
trataba de un espectáculo digno de verse—, se frotó lentamente el estómago
con la mano, pues a sus ojos hambrientos le pareció la más bella visión que
habían contemplado en su vida.
—Amigo —dijo el mendigo—, dejadme tantear el peso de ese pellejo.
—Ciertamente —dijo Robin—; servíos a placer, camarada, y mientras
tanto, veamos si ese pastel de pichón está fresco o no.
Robin Hood Así pues, el uno se dedicó a la cerveza y el otro al pastel de
y el mendigo pichón y durante un buen rato no se oyeron más sonidos que el
comen propio de la masticación y el gorgoteo de la cerveza al salir del
a la sombra
de un tilo pellejo.
Cuando hubo transcurrido un largo rato de este modo,
Robin apartó la comida y exhaló un gran suspiro de satisfacción, pues se
sentía como nuevo.
—Y ahora, amigo mío —dijo, apoyándose en un codo—. Me gustaría
hablaros de la otra gravísima cuestión que os mencionaba no hace mucho.
—¡Cómo! —exclamó el mendigo en tono de reproche—. ¡Espero que no
pretenderéis hablar de cuestiones de gravedad delante de una cerveza como
ésta!
—No —respondió Robin riendo—. No pretendo Robin Hood
obstaculizar vuestra sed, amigo mío; podéis beber mientras yo declara que le
hablo. Esta es la cuestión: debo haceros saber que me atrae gusta la vida
de mendigo
vuestro oficio y me apetece probar personalmente la vida de
vagabundo.
—No me sorprende que os guste mi modo de vida, amigo
—dijo el mendigo—. Pero «gustar» y «hacer» son dos cosas muy diferentes.
Os aseguro, amigo mío, que se necesita un largo aprendizaje para llegar a ser
simple pordiosero, y no digamos ya descuidero o palanquín. Mucho me temo,
camarada, que sois demasiado viejo para iniciar una profesión que puede
llevaros años en coger el tranquillo.
—Eso es muy posible —dijo Robin—, y me trae a la mente lo que decía
el viejo Swanthold: zapatero, a tus zapatos. No obstante, estoy decidido a
probar la vida de mendigo, y sólo necesito para ello unas ropas adecuadas.
—Os aseguro, amigo —dijo el mendigo—, que aunque os vistierais tan
bien como el mismísimo san Andrajo, santo patrón de nuestra profesión,
nunca seríais un buen mendigo. Pardiez, el primer vagabundo con quien os
toparais os haría papilla por meter las narices en un oficio que no os
corresponde.
Robin Hood —Aun así —insistió Robin—, me propongo intentarlo. Y
le propone creo que cambiaré de ropas con vos, pues vuestro atavío me
al mendigo complace. No sólo os cambiaré las ropas, sino que os daré dos
cambiar
de ropa monedas de oro de propina. Traía este sólido bastón por si
tuviera que convencer a alguno de vuestros cofrades a base de
palos en la cabeza, pero me caéis tan bien a causa del banquete
que me habéis ofrecido que no levantaría ni el dedo meñique contra vos, de
modo que no debéis tener ni un ápice de miedo.
El mendigo escuchaba con los nudillos apoyados en las caderas, y cuando
Robin terminó de hablar ladeó la cabeza y adoptó una expresión burlona.
—¡Pardiez, intentadlo! —dijo al fin—. ¡Levantad un dedo contra mí, vive
Dios! ¡Habéis perdido la chaveta, amigo! Me llamo Riccon Hazel y soy de
Holywell, Flintshire, a orillas del río Dee. Os digo, bellaco, que les he partido
la cabeza a muchos hombres mejores que vos, y ahora mismo os pelaría el
cráneo de no ser por la cerveza que me habéis traído. No os llevaréis ni tan
siquiera un jirón de mi capa, aunque lo necesitarais para libraros de la horca.
—Vamos, camarada —dijo Robin—. Me sentaría muy mal estropearos
esa bonita cabeza vuestra, pero os digo a las claras que de no ser por la
comida os iba a dar un repaso que os impediría recorrer los caminos en una
buena temporada. Mantened la boca callada, muchacho, o vuestra suerte se os
escapará por la boca junto con vuestras bravatas.
—¡Lo siento por vos, buen hombre, pues habéis comido vuestro último
almuerzo! —exclamó el mendigo, poniéndose en pie y empuñando su bastón
—. Tomad el bastón y defendeos, porque no sólo voy a daros una paliza, sino
que además os quitaré el dinero, sin dejaros ni un penique mellado para
comprar sebo de ganso con que frotaros los chichones. ¡Defendeos, digo!
Entonces Robin se incorporó y empuñó su bastón, diciendo:
—Quítame el dinero si puedes. Te prometo hasta el último penique que
poseo si eres capaz de tocarme —y a la vez hizo girar su bastón entre los
dedos hasta que empezó a silbar.
El mendigo levantó su bastón y dirigió un fuerte golpe Robin Hood
contra Robin, que el proscrito desvió. Tres veces golpeó el lucha con el
mendigo, y ni una vez llegó a tocarle un cabello a Robin. mendigo
Entonces Robin vio llegar su oportunidad y, en menos que
canta un gallo, el bastón de Riccon voló por encima del seto y
el propio Riccon quedó tendido en la hierba, tan inmóvil como
una tripa de chorizo vacía.
Robin Hood —¿Y ahora, qué? —dijo Robin, riendo alegremente—.
vence al ¿Queréis mi pellejo o mi dinero, camarada?
mendigo Pero el otro no respondió palabra. Entonces Robin,
comprendiendo que se encontraba aturdido por el golpe, echó a
correr sin dejar de reír y trajo el pellejo de cerveza, vertiendo
parte de la misma sobre la cabeza del mendigo y parte en su
garganta, hasta que el vagabundo abrió los ojos y miró a su alrededor, como
preguntándose por qué estaba tendido de espaldas.
Entonces Robin, viendo que el otro recuperaba parte de los sentidos que el
golpe le había quitado, dijo:
—Y ahora, amigo mío, ¿querréis cambiar de ropas conmigo, o tendré que
zurraros otra vez? He aquí dos monedas de oro si me entregáis de buen grado
todos vuestros harapos, bolsas, gorro y demás cosas. Y si no me las dais de
grado, mucho me temo que tendré que… —y al decir esto, miró de arriba a
abajo su bastón.
Riccon se sentó y se frotó el chichón de la cabeza.
—¡Maldita sea! —exclamó—. Pensé que os zurraría con facilidad,
compañero. No sé cómo ha sido, pero creo haber comprado más cerveza de la
que puedo beber. Si tengo que daros mis ropas, sea, pero prometedme
primero, con la palabra de un honrado campesino, que no me quitaréis más
que los vestidos.
—Os doy mi palabra de honrado campesino —dijo Robin, El mendigo
pensando que el mendigo tenía algunos peniques que deseaba resulta ser
poner a salvo. más listo
que Robin
Entonces el mendigo tomó una navaja que llevaba colgada
al costado y rasgó con ella el forro de su capa, extrayendo diez
relucientes libras de oro que colocó en el suelo frente a él, con
un guiño de astucia.
—Ahora podéis llevaros mis ropas, y que os aprovechen —dijo—. Os las
ofrezco a cambio de las vuestras sin que os cueste un penique, y mucho
menos dos monedas de oro.
—¡Pardiez! —exclamó Robin—. Sois un tipo astuto, y lo digo de verdad.
De haber sabido que llevabais tanto dinero encima, es posible que no lo
hubierais conservado, pues tengo la sospecha de que no lo adquiristeis por
medios honestos.
Robin cambia Entonces cada uno se quitó sus ropas y se puso las del
sus ropas otro, y Robin quedó hecho un mendigo tan aparente como el
por las del mejor que pueda encontrarse en un día de verano. Por su
mendigo
parte, Riccon de Holywell daba saltos, se contoneaba y
bailaba de alegría por el magnífico traje de paño verde que
acababa de agenciarse.
—Ahora soy un pájaro de mejor plumaje —dijo—. Apuesto que mi
querida Moll Peascod jamás me reconocería vestido así. Podéis quedaros las
sobras frías de la comida, amigo, pues me propongo vivir a lo grande y con
estilo mientras me dure el dinero y las ropas se vean bien.
Y dando media vuelta, cruzó la empalizada y se perdió de vista, aunque
Robin le seguía oyendo cantar al otro lado del seto mientras se alejaba:
Cómo se alegra Polly y se sonríe
cuando llaman mendigos a su puerta,
y Jack y Dick se alegran al abrirlos
y prepara la cena la casera.
Y entonces, ole ay, Willy Waddykin.
Oye, Will Waddykin, digo yo,
que corra, corra, corra, la cerveza,
la vida del mendigo es la mejor.
Robin siguió escuchando hasta que la canción se desvaneció en la
distancia, y entonces él también cruzó la valla para salir al camino, aunque
encaminó sus pasos en dirección contraria a la que el mendigo había tomado.
El camino ascendía por una pequeña colina, y Robin caminó cuesta arriba,
con media docena de bolsas, o más, colgándole alrededor de las piernas.
Siguió adelante durante un buen rato, pero no encontró ninguna otra aventura.
El camino estaba completamente desierto, exceptuando a él, que seguía
andando levantando nubecillas de polvo con cada paso, pues era ya pleno
mediodía, la hora más apacible del día después de la del crepúsculo.
Toda la tierra estaba en silencio, con la tranquilidad propia Robin Hood
de la hora de comer; los caballos que tiraban de los arados se pone
descansaban junto a los surcos, masticando el pasto contenido en camino
disfrazado
en grandes bolsas que colgaban bajo sus hocicos, y el labrador de mendigo
se sentaba junto al seto con su hijo, y también ellos masticaban,
sujetando cada uno un gran pedazo de pan en una mano y un
gran pedazo de queso en la otra.
Y mientras tanto, Robin, con todo el camino para él solo, seguía adelante
alegremente, con las bolsas y los bolsillos bailando sobre sus muslos. Por fin
llegó a un punto en el que un pequeño sendero cubierto de hierba se separaba
del camino, cruzaba una empalizada y bajaba una cuesta, atravesaba un
vallecito y un riachuelo del mismo valle, y subía cuesta arriba por el otro lado
hasta conducir a un molino de viento que se alzaba en lo alto de la colina,
donde el viento mecía los árboles con pausado movimiento. Robin contempló
el lugar y lo encontró de su agrado, y sin más razón que su capricho, tomó el
sendero, atravesó el prado cubierto de hierba y bañado por el sol, cruzó la
cañada y, casi sin darse cuenta, se encontró con cuatro alegres compañeros
sentados en el suelo ante un suculento banquete.
Robin Hood se Se trataba de cuatro mendigos, cada uno de los cuales
encuentra con llevaba colgada del cuello una tablilla con una inscripción. En
cuatro alegres una de las tablillas se leía «Pobre ciego»; en otra, «Pobre
mendigos en
una cañada sordo»; en la tercera, «Pobre mudo»; y en la cuarta,
«Apiadaos del inválido». Pero a pesar de las terribles
aflicciones que indicaban los letreros, los cuatro camaradas
parecían disfrutar de la comida, tan felices como si la mujer de Caín jamás
hubiera abierto el saco que encerraba todos los males del mundo, dejándolos
escapar como plagas de moscas para atormentar a los mortales[6].
El primero que oyó a Robin fue el sordo, que al momento dijo:
—Escuchad hermanos: oigo que alguien se aproxima.
Y el primero que lo vio fue el ciego, que respondió:
—Es un hombre honrado, de nuestro mismo oficio.
Entonces, el mudo empezó a dar grandes voces, diciendo:
—¡Bienvenido, hermano! Sentaos con nosotros, que aún nos queda algo
de comida y un poco de malvasía en la bota.
Y el inválido, que se había quitado la pata de palo y desatado la pierna
verdadera, extendiéndola sobre la hierba para descansar mejor, se hizo a un
lado para dejar sitio a Robin.
—Nos alegramos de veros, hermano —dijo, tendiéndole la bota de vino.
—¡Pardiez! —dijo Robin, echándose a reír y sopesando en Robin Hood
las manos la bota antes de beber—. ¡Y no os falta razón para bebe con
alegraros, puesto que mi sola presencia hace que los ciegos los mendigos
vean, los mudos hablen, los sordos oigan, y a los cojos les
salgan tan robustas piernas! Bebo por vuestra felicidad,
hermanos, ya que no puedo beber a vuestra salud, viendo lo
sanos que estáis de cuerpo y mente.
Todos sonrieron al oír estas palabras, y el mendigo ciego, que era el
cabecilla del grupo, además de tener los hombros más anchos y mayor cara de
pícaro, palmeó el hombro de Robin, alabando su broma.
—¿De dónde venís, muchacho? —preguntó el mudo.
—Vengo del bosque de Sherwood, donde he dormido la última noche —
respondió Robin.
—¿De verdad? —dijo el sordo—. Ni por todo el dinero que llevamos
entre los cuatro a Lincoln dormiría yo una sola noche en Sherwood. Si Robin
Hood llega a coger a uno de los nuestros en el bosque, es muy probable que le
corte las orejas.
—Sí, no me extrañaría —comentó Robin, riendo—. Pero ¿qué dinero es
ése del que habláis?
—Nuestro rey, Peter de York —explicó el cojo—, nos ha enviado a
Lincoln con este dinero que…
—Callad, hermano Hodge —interrumpió el ciego—. No es que desconfíe
de este hermano nuestro, pero tened en cuenta que no le conocemos. ¿Qué sois, hermano? ¿Descuidero, palanquín, espadista, bajón o cabal?
Al oír esto, Robin miró primero a uno y luego a otro con la boca abierta.
—La verdad —dijo—, creo que soy un hombre cabal, al menos me
esfuerzo por serlo; pero no sé lo que quiere decir esa jerga, hermano. A mi
entender, lo más apropiado sería que este mudo, que tan buena voz tiene, nos
cantara una canción.
Estas palabras fueron acogidas con un silencio general, hasta que al cabo
de un rato el ciego habló de nuevo.
—Sin duda estáis bromeando cuando decís que no entendéis lo que digo.
Respondedme a esto: ¿alguna vez le habéis mareado los piojos a un julai en la
romana para florearle la mosca?[7]
—¡Ya basta! —dijo Robin irritado—. Si os estáis burlando de mí con toda
esa jerigonza, os advierto que lo lamentaréis. Me están entrando verdaderas
ganas de partiros la cabeza a los cuatro, y bien que lo haría de no ser por el
magnífico vino que me habéis ofrecido. Hermano, pasadme la bota, no sea
que se enfríe.
Los mendigos Pero los cuatro mendigos se habían puesto en pie en
descubren que cuanto Robin terminó de hablar; el ciego empuñó un grueso y
Robin Hood nudoso bastón que reposaba en el suelo junto a él, y otro tanto
no es un
verdadero hicieron los demás. Viendo que las cosas se ponían feas,
mendigo aunque no sabía la razón del alboroto, Robin se incorporó de
un salto y, empuñando su fiel bastón, apoyó la espalda en un
árbol y se puso en guardia.
—¿Qué es esto? —exclamó haciendo girar el bastón entre los dedos—.
¿Cuatro contra uno? ¡Atrás, bellacos, si no queréis que os machaque el cráneo
hasta dejaros con más marcas que la puerta de un retrete! ¿Estáis locos? ¡No
os he hecho ningún daño!
—¡Mientes! —gritó el que se fingía ciego, que, siendo el El ciego ataca
más fuerte, era el cabecilla del grupo—. ¡Mientes! ¡Has a Robin, pero
venido a nosotros como un vil espía! ¡Pero tus orejas han oído se lleva la
peor parte
demasiado, más de lo que te convenía, y no saldrás de aquí si
no es con los pies por delante, pues aquí vas a morir! ¡Vamos,
hermanos! ¡Todos a la vez! ¡A por él!
Y haciendo girar su bastón, se lanzó contra Robin como un toro furioso
que embiste contra un trapo rojo. Pero Robin estaba preparado. «¡Crick,
crack!», dos golpes propinados en un abrir y cerrar de ojos, y el falso ciego
cayó rodando sobre la hierba.
Al ver esto, los otros retrocedieron y se mantuvieron a prudente distancia,
mirando con ferocidad a Robin.
—¡Vamos, escoria! —exclamó éste animadamente—. Aquí hay pastas y
cerveza para todos. ¿Quién es el siguiente?
Los mendigos no respondieron a sus palabras, pero miraron a Robin como
el gigante Blunderbore miró a Jack el matagigantes, como dispuestos a
comérselo con huesos y todo; no obstante, no se atrevían a acercarse
demasiado a su terrible bastón. Viéndolos vacilar, Robin saltó de improviso
sobre ellos, golpeando al mismo tiempo.
Robin Hood El mudo cayó dando tumbos y su bastón salió volando de
derriba al sus manos. Los otros retrocedieron para evitar otro golpe, y casi
mudo y los de inmediato dieron media vuelta y salieron corriendo, cada
otros salen
huyendo uno en una dirección, como si llevaran puestas las botas de
siete leguas. Robin los miró marchar y se rió al pensar que
nunca había visto a nadie correr tan rápido como corría el cojo;
ninguno de los mendigos se detuvo ni miró atrás, pues ambos sentían en los
oídos el silbido del bastón de Robin. Entonces Robin se dirigió a los dos
rufianes caídos en el suelo y se dijo:
«Estos tipos hablaban de cierto dinero que llevaban a Lincoln; me parece
que voy a registrar a este ciego, que goza de tan buena vista como el mejor
arquero de Nottingham o Yorkshire. Sería una lástima dejar buenos dineros
en los bolsillos de semejantes bellacos y ladrones».
Y así diciendo, se agachó junto al corpulento pícaro y Robin Hood
registró sus harapos, hasta que por fin sus dedos palparon una encuentra una
bolsa de cuero que llevaba colgada por debajo de las raídas y bolsa repleta
entre las ropas
remendadas ropas. La sacó, sopesándola en las manos, y del mendigo
comprobó que era bastante pesada. ciego
«Sería estupendo —se dijo— que esta bolsa estuviera
llena de oro, y no de peniques de cobre».
Sentándose en la hierba, abrió la bolsa e inspeccionó su interior,
encontrando cuatro rollos de monedas envueltos en badana curtida; abrió uno
de ellos y se quedó con la boca abierta y los ojos fijos, como si nunca más
fueran a cerrarse, pues contenía nada menos que cincuenta libras en
relucientes monedas de oro. Abrió los demás paquetes y comprobó que todos
contenían lo mismo, cincuenta libras de oro recién acuñadas. Entonces Robin
se dijo:
«Había oído decir con frecuencia que el gremio de mendigos era más que
rico, pero nunca imaginé que enviaran semejantes sumas a su tesoro. Creo que me quedaré con ello, pues estará mejor empleado en obras de caridad y en
el bienestar de mis hombres, que en el enriquecimiento de rufianes como
éstos».
Robin Hood Y con estas palabras, envolvió de nuevo las monedas en la
deja a los badana y metió los paquetes en la bolsa, guardándosela a
mendigos continuación en la pechera Luego, recogiendo la bota de vino la
y sigue su
camino levantó ante los caídos y dijo:
—Amigos míos, bebo a vuestra salud y os agradezco lo que
tan amablemente me habéis dado en este día, y con ello me
despido —y recogiendo su bastón, se marchó de allí y prosiguió alegremente
su camino.
Pero cuando los mendigos apaleados recuperaron los sentidos y se
incorporaron, y cuando los otros dos lograron superar su miedo y regresaron,
quedaron tan tristes y desconsolados como cuatro ranas en secano, pues dos
de ellos tenían la cabeza rota, se habían quedado sin vino y nos les quedaba ni
un penique que llevarse a la mano. En cuanto al tesoro del Gremio de
Mendigos en la Posada del Bosque de los Mendigos, cerca de la ciudad de
Lincoln, ingresó doscientas libras menos de lo que habría ingresado de no
haberse encontrado Robin Hood con el ciego, el sordo, el mudo y el cojo
junto al camino real que lleva a Blyth.
Cuando Robin salió del vallecillo, siguió su camino animadamente,
cantando sobre la marcha; tan gozoso se le veía y, a pesar de ser un mendigo,
tan limpio y lozano, que todas las muchachas con que se cruzaba le dirigían
una palabra amable y no daban señales de miedo, y los mismos perros, que
por lo general aborrecen la mera visión de un mendigo, le olfateaban
amistosamente las piernas y meneaban la cola con simpatía; pues los perros
conocen a un hombre honrado por el olor, y Robin era, a su manera, un
hombre honrado.
Siguió andando hasta que por fin llegó a una desviación Robin Hood
cerca de Ollerton y, sintiéndose fatigado, se sentó a descansar se para
sobre la hierba a la vera del camino. a descansar
en el cruce
«Se aproxima la hora de regresar a Sherwood —se dijo—. de Ollerton
No obstante, no me disgustaría tener otra aventura divertida
antes de volver con mi banda».
Miró camino arriba y camino abajo para ver si alguien se acercaba, y por
fin divisó una figura que se aproximaba montada a caballo.
Robin ve llegar Cuando el viajero estuvo lo bastante cerca como para
a un extraño verle bien, Robin se echó a reír, pues se trataba de una figura
personaje
verdaderamente chocante. Era un hombre flaco, de tez
curtida, y al mirarlo resultaba imposible decir si tenía treinta
años o sesenta, de tan reseco y reducido a piel y huesos como
estaba. En cuanto al jamelgo, era tan escuálido como su jinete, y ambos
parecían cocidos en el horno de la Madre Celestina, que seca a la gente y la
hace vivir eternamente. El cuello del caballo se torcía hacia abajo, en lugar de
hacia arriba, como suelen hacer los cuellos de los caballos, y la crin se veía
tan raída como si hubiera vivido en ella una comunidad de ratones; el lomo
tenía bordes tan rectos como un surco recién abierto por el arado; y las
costillas asomaban bajo la piel como los aros de un barril de cerveza de cinco
años. El caballo avanzaba cojeando, y a cada paso el jinete se tambaleaba en
la silla, y su cabeza oscilaba sobre el delgado cuello siguiendo el ritmo de los
movimientos del rocín. Semejante visión hizo que Robin se echara a reír hasta
que se le saltaron las lágrimas, pues, como para aumentar la ridiculez de su
imagen, el jinete llevaba en lugar de botas un par de grandes zuecos con
suelas de madera de medio palmo de grosor y remachadas con grandes clavos.
Pero a pesar de reírse, Robin sabía que el viajero era un rico mayorista de
grano de Worksop, que más de una vez había comprado todo el grano de la
región para acapararlo hasta que alcanzaba precios de crisis, con lo cual había
hecho una fortuna a costa de la necesidad de los pobres, y por esta razón era
odiado y aborrecido por todos los que conocían su existencia.
Cuando vio quién era el que se aproximaba, Robin se dijo:
«¡Ajá, mi querida urraca ladrona! ¿Eres tú, verdad? ¡Cómo me gustaría
desplumarte hasta dejarte completamente pelado! Pero eres tan astuto que
dudo que lleves encima una muestra de tus mal adquiridas ganancias, estando
tan cerca de Sherwood. No obstante, veremos lo que se puede hacer, pues,
como decía el viejo Swanthold, “el que nada intenta, nada consigue”».
Al cabo de un rato, el mayorista de grano llegó hasta Robin detiene
donde Robin se encontraba sentado, y el proscrito se puso en al mayordomo
pie de un salto, todo harapos y remiendos, con las bolsas y de grano y
pide limosna
bolsillos bailando alrededor de su cuerpo, y puso la mano
sobre la brida del caballo, ordenando al jinete que se
detuviera.
—¿Quién sois vos, que os atrevéis a detenerme de este modo en pleno
camino real? —preguntó el hombre flaco con voz seca y severa.
—Apiadaos del pobre mendigo —dijo Robin—. Dadme un cuarto de
penique para comprar un trozo de pan.
—¡Apartad! —rugió el otro—. Los rufianes vagabundos como vos
estarían mejor en prisión o bailando en el aire con un collar de cáñamo al
cuello, que rondando con tanta libertad por los caminos.
—¡Caramba, qué manera de hablar! —dijo Robin—. Vos y yo somos
hermanos, hombre. ¿Acaso no quitamos a los pobres aquello de lo que
malamente pueden prescindir? ¿Acaso no nos ganamos la vida sin hacer nada
bueno? ¿Acaso no vivimos ambos sin tocar ni de lejos el trabajo honrado?
¿Alguna vez hemos contado peniques ganados honradamente? ¡Venga ya!
Somos hermanos, os digo, sólo que yo soy pobre y vos sois rico; en
consecuencia, os lo pido de nuevo, dadme un penique.
—¿Cómo te atreves a hablarme así, villano? —exclamó el mayorista
enfurecido—. Si te pillo en algún poblado donde la ley pueda echarte mano,
voy a hacer que te azoten, y bien. Y en cuanto a darte un penique, te juro que
no llevo ni un cuarto en la bolsa. Aunque me asaltara el propio Robin Hood,
podría registrarme de pies a cabeza sin encontrar sobre mi persona ni rastro de
dinero. Soy demasiado listo como para viajar tan cerca de Sherwood con
dinero en la bolsa, estando ese ladrón suelto por los bosques.
Entonces Robin miró a un lado y a otro, como para comprobar que no
había nadie en las proximidades, y después, acercándose más al mayorista, se
puso de puntillas y le dijo al oído:
Robin le hace —¿Creéis de verdad que soy un mendigo como aparento
extrañas ser? Miradme bien: ni una mota de suciedad en mis manos, mi
revelaciones rostro o mi cuerpo. ¿Alguna vez habéis visto un mendigo así?
al mayorista
de grano Os aseguro que soy un hombre tan honrado como vos. Mirad,
amigo —y sacándose de la pechera la bolsa de dinero, la
mostró al especulador, que miraba con ojos asombrados, las
relucientes monedas de oro—. Amigo, estos harapos sólo sirven para ocultar a
un hombre rico y honrado de los ojos de Robin Hood.
—Guardad vuestro dinero, muchacho —exclamó el otro con rapidez—.
¿Estáis tan loco como para creer que esos harapos os protegerán contra Robin
Hood? Si os coge os desnudará de cabo a rabo, pues odia tanto a los mendigos
prósperos como a los curas gordos o a los de mi clase.
—¿De verdad? —dijo Robin—. De haberlo sabido, es posible que no
hubiera venido por aquí de esta guisa. Pero ahora no me queda más remedio que seguir adelante, pues muchas cosas dependen de mi viaje. ¿Dónde vais
vos, amigo?
—Voy a Grantham —dijo el mayorista de grano—, pero pasaré la noche
en Newark, si es que consigo llegar tan lejos.
—Caramba, yo también voy camino de Newark —dijo alegremente Robin
—. Y teniendo en cuenta que dos hombres honrados son mejor que uno solo
cuando ronda por los caminos un tipo como ese Robin Hood, podemos viajar
juntos, siempre que no os moleste mi compañía.
—Bueno, puesto que sois un hombre honrado, y además rico —dijo el
especulador de grano—, no pongo reparos a vuestra compañía; pero, a decir
verdad, no siento mucha simpatía por los mendigos.
—Entonces, adelante —dijo Robin—, que el día se acaba Robin Hood
y será de noche antes de que lleguemos a Newark. y el mayorista
Y allá fueron los dos, el escuálido jamelgo renqueando de grano
viajan juntos
como antes, y Robin corriendo al lado, aunque por dentro se
retorcía de risa de tal modo que le costaba mantener el
equilibrio; sin embargo, no se atrevía a reír en voz alta, para
que el mayorista de grano no sospechara nada. Continuaron viajando de este
modo hasta llegar a una colina justo en el lindero de Sherwood. Allí el enjuto
viajero puso el caballo al paso, pues el camino era empinado y deseaba
conservar las fuerzas de su montura, quedando aún mucho camino para llegar
a Newark. Y luego se giró sobre la silla y le habló a Robin por primera vez
desde que partieron del cruce.
—Aquí empieza el mayor peligro, amigo —dijo—. Nos encontramos muy
cerca de donde se esconde ese miserable ladrón de Robin Hood. Cuando
pasemos este trecho saldremos de nuevo al campo abierto y honrado, y
podremos viajar con más seguridad.
—¡Ay! —exclamó Robin Hood—. Me gustaría llevar tan poco dinero
como vos, pues estoy temiendo que ese Robin Hood me quite hasta el último
cuarto.
Entonces el otro miró a Robin y le hizo un guiño burlón.
—Os revelaré, amigo mío, que llevo encima casi tanto dinero como vos,
pero está escondido de tal modo que ni esos rufianes de Sherwood podrían
encontrarlo.
—Sin duda, estáis bromeando —dijo Robin—. ¿Cómo puede uno
esconder doscientas libras sobre su persona?
—Teniendo en cuenta que sois un hombre honrado, y además mucho más
joven que yo, voy a confiaros lo que no le he contado nunca a nadie, y así aprenderéis a no volver a hacer tonterías como ésta de creer que un disfraz de
mendigo os protegería contra Robin Hood. ¿Veis estos zuecos que llevo en
los pies?
—¿Cómo no? —dijo Robin riendo—. Son tan grandes que cualquiera los
vería, aunque tuviera la vista tan nublada como Pedro Tirado, que nunca
podía ver si era hora de ir al trabajo.
El mayorista —Tranquilo, amigo —dijo el mayorista de grano—, que
de grano éste no es asunto para tomar a broma. Las suelas de estos
le revela zuecos no son lo que aparentan, sino que cada uno es una
a Robin Hood
un gran secreto cajita, y girando el segundo clavo a partir de la punta, la
parte superior del calzado y parte de la suela se levantan
como una tapa, revelando unos huecos que contienen
noventa libras de oro en cada zueco, bien envueltas en pelo para que no
tintineen y descubran el secreto.
Cuando el mayorista de grano hubo dicho esto, Robin estalló en
carcajadas y, apoyando las manos en la brida, detuvo al miserable caballero.
—Parad, amigo —dijo entre explosiones de risa—. Sois en verdad el
zorro más astuto que he visto en mi vida. ¡En las suelas de los zapatos, vive
Dios! Si vuelvo a fiarme de un hombre con aspecto de pobre, que me afeiten
la cabeza y me la pinten de azul. ¡Especulador de grano, campeón de
equitación, agente de propiedades y más astuto que una urraca, ya lo creo! —
y se echó a reír de nuevo hasta estremecerse dentro de sus zapatos.
Todo este tiempo, el mayorista de grano había estado mirando a Robin
con la boca abierta de asombro.
—¿Estáis loco, para hablar de tal modo, tan fuerte y en un sitio como
éste? —dijo—. Sigamos adelante y guardaos las risas hasta que estemos sanos
y salvos en Newark.
—No —dijo Robin, con lágrimas de risa corriéndole por las mejillas—.
Pensándolo bien, no seguiré adelante, pues tengo buenos amigos por estos
alrededores. Vos podéis seguir si lo deseáis, querido y excelente amigo, pero
tendréis que seguir descalzo, porque me temo que vuestro calzado se quedará
aquí. Ya podéis quitároslo, amigo, pues os aseguro que les he cobrado gran
afición.
Al oír estas palabras, el mayorista de grano se puso tan pálido como una
servilleta de lino.
—¿Quién sois para hablarme así? —dijo.
Entonces Robin se echó a reír de nuevo y dijo:
—La gente de por aquí me llama Robin Hood; de modo, querido amigo,
que más os vale hacer lo que os digo y entregarme vuestros zuecos sin
demora, pues de lo contrario no llegaréis a la bella Newark hasta mucho
después de anochecer.
Al oír el nombre de Robin Hood, el especulador se estremeció de miedo
de tal manera que tuvo que agarrarse a la crin de su caballo para no caer de la
montura. Luego, sin más dilación ni más palabras, se quitó los zuecos y los
dejó caer al camino, sin soltar las riendas, se agachó a recogerlos y dijo:
—Querido amigo: tengo la costumbre de invitar a los que hacen negocios
conmigo a cenar en Sherwood. A vos no os diré que vengáis, en atención al
agradable viaje que hemos hecho juntos; pues os aseguro que hay algunos en
Sherwood que no se mostrarían tan amables con vos como me he mostrado
yo. El nombre del mayorista de grano deja mal sabor en la lengua de todos los
hombres honrados. Seguid el consejo de un tonto como yo y no os volváis a
acercar tanto a Sherwood, pues es posible que un día os encontréis con una
flecha de a metro entre las costillas. Y con esto, me despido de vos.
Diciendo lo cual, dio una palmada en las ancas del caballo Robin Hood
y allá fueron jamelgo y caballero. Pero el rostro del hombre se queda
estaba empapado de sudor, producto del miedo, y puedo y el mayorista
sigue su viaje
aseguraros que nunca más se dejó ver tan cerca de Sherwood descalzo
como aquel día.
Robin se quedó mirándolo marchar y, cuando se perdió de
vista, dio media vuelta, sin dejar de reír y se internó en el bosque llevando los
zuecos en la mano.
Robin Hood Aquella noche, en Sherwood, las rojas hogueras
y el Pequeño iluminaron con su luz temblorosa los árboles y matorrales,
John cuentan y a su alrededor se sentaron o reclinaron los aguerridos
sus aventuras
a sus compañeros miembros de la banda para escuchar el relato de las
de Sherwood aventuras de Robin Hood y el Pequeño John. Empezó a
hablar el Pequeño John, que contó su encuentro con las tres
muchachas, entre grandes carcajadas y con lenguaje rebuscado, ofreciendo un
atractivo relato de sus andanzas. Luego tomó la palabra Robin Hood, para
referir su encuentro con el mendigo y lo ocurrido tras el seto, a la sombra del
tilo. A continuación, el Pequeño John narró la alegre reunión en la posada, y
Robin contó su aventura con los cuatro mendigos, enseñando el dinero que les
había arrebatado. Por último, el Pequeño John explicó cómo había rezado a
san Dunstano con los frailes grises y enseñó el oro que el santo le había
enviado. A lo cual correspondió Robin con su relato del encuentro con el mayorista de grano en el cruce de Ollerton, y enseñó los zuecos robados al
enjuto traficante. Todos escuchaban con la máxima atención, y de vez en
cuando el bosque retemblaba con sus sonoras carcajadas.
Cuando concluyó la narración, el fraile Tuck tomó la palabra.
—Querido jefe —dijo—, te lo has pasado muy bien, pero El fraile Tuck
me sigo ateniendo a lo dicho: que la vida de un fraile descalzo y Will Stutely
es la más divertida de las dos. opinan
de diferente
—No —dijo Will Stutely—. Yo le doy la razón a nuestro manera
jefe y opino que fue el que mejor se lo pasó, puesto que tuvo
dos peleas con bastón en un mismo día.
Y así, algunos de la banda estaban de parte de Robin Hood y otros del
Pequeño John. En cuanto a mí, lo que yo pienso es… pero es mejor que deje
que cada uno de vosotros saque sus propias conclusiones.
Y cuando hayáis llegado a una decisión, podremos pasar a ver cómo
Robin fue a la famosa ciudad de Londres, donde dio una exhibición de tiro
ante la propia reina Leonor; y también nos enteraremos de las aventuras que
le acontecieron después; de manera que escuchad lo que sigue.