Las cinco mujeres
Parte III. Elizabeth
PARTE III
Elizabeth
27 de noviembre de 1843 - 30 de septiembre de 1888
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La chica de Torslanda
Las velas esparcían una cálida luz amarillenta sobre las paredes revestidas de madera de las habitaciones de la granja. Las velas y el fuego de la
chimenea conseguían eliminar la oscuridad de finales de noviembre en
Suecia, un tiempo en que los cielos se mueven rápidamente entre sombras
grises y la negrura de la noche. En una de las habitaciones de las cuatro que
pertenecían a Gustaf Ericsson, su mujer, Beata, yacía boca arriba, dando a luz
a su segunda hija. Tres años antes había traído al mundo a una niña, Anna
Christina. En esta ocasión, al granjero le hubiese gustado tener un hijo que lo
ayudara en el manejo del ganado y las cosechas. No tuvo suerte: el 27 de ese
mes, en 1843, los gritos de la pequeña Elisabeth llenaron el dormitorio del
matrimonio.
Los Ericsson era más afortunados que muchos de los que trabajaban las
tierras en Torslanda, una zona que se encuentra a unos dieciséis kilómetros al
oeste de Gotemburgo. Aunque Elisabeth había nacido durante un periodo de
sequía que había empezado en la década de 1840, la familia era relativamente
próspera. Gustaf Ericsson no solo podía permitirse cultivar campos de
cereales, lino y patatas, sino que también poseía un granero, varias vacas,
cerdos, gallinas y un caballo. La casa de madera en la que Elisabeth, su
hermana mayor y posteriormente sus dos hermanos menores, Lars (nacido en
1848) y Svante (nacido en 1851) compartían era espaciosa, con una gran
cocina en la que la familia comía, un cuarto de estar y al menos tres
dormitorios situados en los pisos bajo y superior.
Como hija de granjero, Elisabeth se inició en la rutina de la vida agrícola
tan pronto como tuvo la fuerza suficiente para llevar cubos y recoger huevos.
De mayor, ayudaría con las tareas básicas de ordeñar, cuidar a gallinas y
cerdos, hacer mantequilla y, como era tradicional en los hogares suecos,
aprender a destilar aquavit, el licor alcohólico que se ofrecía a la hora de
comer. En los meses de invierno, las mañanas empezaban muchas horas antes
del amanecer, cuando ella, su hermana o su madre se levantaban en lo que
parecía plena noche y encendían los fuegos y las lámparas. En verano, los
hombres y las mujeres trabajaban en los campos hasta bien entrada la noche,
bajo un crepúsculo casi infinito. Aunque antes las mujeres de los granjeros
trabajaban como uno más junto con sus maridos, a mediados del siglo XIX la disponibilidad de mano de obra barata implicaba que las tareas más exigentes
podían encargarse a trabajadores pagados, por lo que Beata y sus hijas se
ocupaban principalmente de las tareas en el interior del hogar. A pesar de este
privilegio, la vida diaria rural era muy parecida para todos. Se hacían pocas
distinciones entre amo y sirviente. «Todos se sentaban en la misma mesa y
comían del mismo plato», recordaba uno de los trabajadores de la época, que
también rememoraba que todo el mundo en la familia «hacía los mismos
trabajos, y las hijas del granjero compartían cama con las criadas»[145].
En el pequeño asentamiento rural de Stora Tumlehed, también rezaban
juntos. Los domingos en la conservadora comunidad luterana se dedicaban a
la iglesia y al escrupuloso estudio de la Biblia. Como cabeza de familia, el
padre de Elisabeth esperaba pastorear no solo a su familia, sino también a sus
trabajadores en sus deberes religiosos diarios. Las oraciones marcaban las
horas del día: antes de las comidas, antes de irse a la cama y al levantarse,
cuando daban gracias a Dios por permitir que las ovejas hubieran pasado la
larga noche a salvo.
No es probable que a Elisabeth se le ocurriera pensar alguna vez que su
experiencia partía del ritmo constante de la vida en la granja: el paso de las
estaciones, la siega de los campos, el congelamiento de la tierra, el deshielo,
la siembra de semillas. De niña, poco se esperaba de ella como no fuera el
dominio de las tareas domésticas, el cuidado de los niños y el manejo básico
de los animales, todo lo cual lo podía aprender ayudando a su madre. Su
mínima escolarización lo dejaba claro. Los padres que vivían en el campo
solían considerar que la educación distraía a sus hijos del trabajo agrícola, y
no aportaba más que «conocimientos superfluos». Aunque a mediados del
siglo XIX se pedía a cada parroquia que estableciera una escuela común para
los niños del lugar, el aprendizaje que se ofrecía era poco más que lectura y
aritmética, así como escritura para los chicos. Entre los luteranos, la
capacidad de leer se consideraba de vital importancia, ya que el estudio de la
Biblia y la comprensión del catecismo eran el núcleo de la devoción.
Elisabeth y sus hermanos recorrían regularmente el camino de casi media
hora hasta la iglesia de Torslanda para recibir las enseñanzas necesarias sobre
las Escrituras con el fin de prepararse para su confirmación.
Se les enseñaba el pequeño catecismo del Libro de la Concordia de 1529,
de Martín Lutero, que establece las bases de la fe luterana. La instrucción de
Elisabeth comprendía la memorización de los diez mandamientos, el credo de
los apóstoles, la oración a Dios, el sacramento del santo bautismo, el oficio de
las llaves y la confesión, así como el sacramento de la eucaristía. Pero como también era necesario que todos los miembros de la fe poseyeran una
comprensión completa de la palabra de Dios, su educación habría incluido un
análisis de las Escrituras y escuchar constantemente al párroco y a su padre
hablarles acerca de su significado.
—¿Qué son los diez mandamientos? —preguntaba el párroco.
—Los diez mandamientos son la ley de Dios — decía Elisabeth, como se
esperaba.
—¿Cómo entregó Dios su ley?
—Cuando Dios creó a las personas, escribió la ley en sus corazones. Más
tarde ordenó la ley en diez mandamientos, escritos en dos tablas de piedra, y
los dio a conocer a través de Moisés —sería la respuesta.
Luego vendrían citas concretas de las Escrituras.
—¿Cuál es el sexto mandamiento? —se le preguntaba a Elisabeth en
numerosas ocasiones.
—No cometerás adulterio.
—¿Qué significa eso?
—Debemos temer y amar a Dios de modo que llevemos una vida
sexualmente pura y decente en lo que decimos y hacemos, y marido y mujer
se amarán y se honrarán el uno al otro. Las relaciones carnales se reservan
para el matrimonio y no debemos ceder a las bajas pasiones.
Eso es lo que se le había enseñado a responder.
Con tales conocimientos, Elisabeth estaba preparada para asumir su papel
como miembro comprometido de la fe. A los quince años, el 14 de agosto de
1859, fue confirmada ante la congregación de la antigua iglesia de Torslanda.
Al hacerlo, Elisabeth demostraba que estaba preparada para entrar en el
mundo de los adultos y, armada con sólidos conocimientos de la palabra de
Dios, enfrentarse a las pruebas y tentaciones que la esperaban.
Justo un año después, y un mes antes de su decimoséptimo cumpleaños,
Elisabeth Gustafsdotter se fue a Gotemburgo a buscar empleo como sirvienta.
En 1857, Anna Christina había emprendido el viaje de medio día hasta la
ciudad con el mismo propósito. En Suecia, como en otros países europeos, era
tradicional que las jóvenes adquirieran experiencia de la vida doméstica más
allá de los confines de su casa y su comunidad. Muchos pensaban que los
años anteriores al matrimonio pasados en las cocinas, en los cuartos de niños
o fregando suelos bajo las miradas de otras mujeres funcionaban como un
aprendizaje antes de que asumiesen el mando de sus propias casas. Este
periodo de trabajo también ofrecía a las chicas la oportunidad de ganarse una
dote o dinero suficiente para ayudar a la compra de vestidos, ropa de cama y otros objetos necesarios para la vida de casada y madre. Para las mujeres
jóvenes de las comunidades rurales como Elisabeth y su hermana, trasladarse
a la ciudad aumentaba sus perspectivas de encontrar un marido adecuado.
Aunque a las hijas de los granjeros que poseían tierras o eran arrendatarios se
las criaba junto a las de los agricultores y los que tenían un estatus social
menor, el matrimonio entre clases se desaconsejaba vivamente. En un centro
urbano, lleno de hijos de artesanos y pequeños comerciantes, se multiplicaban
las oportunidades de encontrar un cónyuge más adecuado.
Anna Christina fue especialmente afortunada en este sentido. No solo
consiguió una plaza trabajando en la casa de Bernhard Olsson, un zapatero,
sino que, tras siete años de servicio, en 1864, se casó con su señor, una
situación que no era infrecuente cuando jefe y empleada eran de una clase
similar[146]. En muchos casos, las hermanas mayores ya establecidas en el
servicio podían ayudar a sus hermanas pequeñas a obtener ciertos puestos, a
veces en la misma casa. Es probable que Anna Christina tuviera alguna
influencia a la hora de conseguir trabajo para su hermana en Gotemburgo.
Según sus informes de residencia, Elisabeth estaba viviendo en Majorna, un
barrio de clase trabajadora de Gotemburgo, el 5 de octubre de 1860; cuatro
meses más tarde, en febrero, su nombre aparece oficialmente en el censo
como doncella de la familia de Lars Fredrik Olsson[147].
Al igual que el jefe de Anna Christina, Lars Fredrik Olsson y su familia
no eran ricos, pero sí miembros de la más acomodada clase media baja. Su
empleo como månadskarl hace suponer que desempeñaba la tarea de portero,
posiblemente de un bloque de apartamentos en los que vivía la familia en
Allmänna Vägen, una colina ligeramente elevada sobre el puerto[148]. Al
parecer, la fortuna de Olssen estaba aumentando, y en la década de 1870
había comprado más propiedades en Majorna.
La línea social que separaba a Elisabeth de su empleador habría sido
relativamente fina, pero, como las perspectivas de los Olsson estaban
mejorando, debían de estar deseando demostrar sus recursos a sus vecinos y
socios. Como el trabajo femenino en Suecia era sumamente barato y el «acta
del sirviente» hacía obligatorio para aquellos que no tenían ingresos por
medio de tierras que buscaran empleo en el servicio, incluso las familias con
escasos recursos podían contratar a chicas para que trabajaran en sus casas.
Lars Fredrik y su esposa, Johanna, podían permitirse dos: Elisabeth y Lena
Carlsson, que habrían compartido cama en un espacio abuhardillado encima
de las habitaciones familiares. Sin duda, la cantidad de trabajo que podía
encontrarse para ocupar a dos mujeres (y a su señora) en el mantenimiento de un puñado de habitaciones y en el cuidado de los dos hijos de tres y cuatro
años es cuestionable. Testimonios suecos de la época solían señalar que las
familias de clase media baja solían emplear a más sirvientes de los necesarios
para hacer todas las tareas que había que hacer. El historiador de arte Henrik
Cornell, al hablar de su niñez, recordaba a una esposa de clase media que
ocupaba a sus aburridas y ociosas doncellas haciéndoles pasar trapos mojados
por las habitaciones para atrapar el polvo antes de que se asentara[149].
La ley sueca era muy explícita sobre la relación entre un señor y una
señora y su empleada. Aunque el señor tuviera la obligación de albergar,
alimentar, vestir y asistir a una sirvienta cuando estaba enferma, a cambio esta
debía mostrar una obediencia total. «El descontento infundado respecto a la
comida» o «tratar un fuego en la propiedad del amo de un modo descuidado»
eran motivos de despido, así como la «visita a las tabernas u otros lugares
donde se sirvieran bebidas alcohólicas»[150].
La razón exacta de la ruptura del acuerdo laboral entre Elisabeth y los
Olsson a principios de febrero de 1864 será siempre un misterio. Los registros
del censo indican que el 2 de febrero, Elisabeth se trasladó hasta el vecino
barrio de Domkyrko, a no más de un corto paseo por las calles empedradas de
edificios de madera de brillantes colores[151]. Cuando el funcionario que
añadió su nombre al registro le preguntó por su ocupación, ella le dijo que era
sirvienta, pero la dirección en la que estaba empleada, junto con el nombre de
su señor o señora, no se registró. Es posible que fuera una simple omisión, un
despiste por parte del funcionario, o quizá nos indique algo importante: que
Elisabeth misma no estaba muy segura de su futuro ni en qué manos iba a
ponerlo.