Las cinco mujeres
11. La inmigrante
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La inmigrante
Pocos hombres inspiraban tanto respeto en Sheerness como William Stride. Era el tipo de oscura figura local ante el cual las gentes del lugar se tocaban el
ala del sombrero, pero a quien en el fondo temían. Stride había hecho todo lo
que un obrero en su posición podía hacer para mejorar su vida y trepar hasta
lo más alto de la burguesía propietaria. Su carrera se había iniciado alrededor
de 1800, como simple carpintero de barcos, pero, tras décadas de ahorrar e
invertir prudentemente, llegó a entrar en el negocio de la compraventa de
terrenos y la venta de casas. En la década de 1840, vivía en una de sus propias
construcciones, en una calle que llevaba su nombre: Stride’s Row. De ser
trabajador de los muelles había ascendido hasta convertirse en la persona que
ocupaba la posición de comisionado del Sheerness Pier. Si alguien se
aventuraba a preguntarle a qué atribuía su éxito, Stride citaba su devoción por
Dios.
Poco después de su matrimonio, en 1817, Stride se convirtió al
metodismo, una religión que practicó estrictamente durante toda su vida y que
gobernaba cada una de sus decisiones. A pesar de su riqueza relativa, Stride,
su esposa Eleanor y sus nueve hijos llevaban una vida austera y abstemia.
Durante la mayor parte del tiempo, ellos y su creciente familia decidieron
vivir en uno de los cottages de Stride’s Row. Según los mandamientos de su
religión, deberían evitar cualquiera de los signos externos de riqueza: ni ropa
cara, ni joyas ni nada que no fueran los muebles más simples. En lugar de
bailar, ir al teatro y jugar a las cartas, la familia hacía ayuno una vez a la
semana. Más importante aún: en aquella pequeña ciudad de marineros y
diversiones portuarias, no habría alcohol. A pesar de que tenía la posibilidad
de hacerlo, William Stride nunca empleó a una sirvienta interna, incluso
después de la muerte de su esposa en 1858.
John Thomas Stride nació en 1821, en aquel entorno austero y estrecho.
Como segundo hijo, John fue iniciado en la profesión de su padre y aprendió
carpintería. Aunque los animados almacenes de los muelles de Sheerness
habrían ofrecido a hombres del oficio de John muchas oportunidades para
trabajar en la primera parte de su vida, a mediados del siglo XIX, cuando el
hierro sustituyó a la madera en la construcción de barcos, le habría sido más
difícil asegurarse un empleo. Es probable que esta fuera la razón por la cual John, soltero a los cuarenta años, seguía viviendo en la casa de su familia,
cuidando de su anciano padre y vigilando a su hermano más joven, Daniel,
que al parecer tenía problemas de salud mental. Aquel año, en 1861, una
situación difícil en casa pudo haber llegado a su punto álgido cuando John
atrapó a Daniel robando seis libras, once chelines y seis peniques de su cajón.
A William Stride no le habría parecido nada bien tal comportamiento y es
posible que fuera él quien decidiera denunciar a su hijo a la policía. Daniel
fue detenido, encarcelado y juzgado en las Petty Sessions en marzo, pero John
no quiso que lo procesaran y gestionó su liberación[166]. Poco después de este
incidente, el frustrado carpintero decidió marcharse de Sheerness y buscar
trabajo en Londres.
En la década de 1860, cualquier londinense que quisiera comprar un juego
de sillas hermosamente talladas o un aparador moderno tendría que hacer una
visita a uno de los más de setenta establecimientos situados cerca de la parte
norte de Tottenham Court Road. La zona, que se extendía desde Marylebone
Road hacia el este a lo largo de más de un kilómetro hasta la estación de Saint
Pancras, estaba llena de fábricas, almacenes y tiendas en los que el aroma a
caoba y a roble recién cortados perfumaba el aire. Cuando John Stride llegó a
Londres, el distrito de los muebles de la ciudad congregaba a 5252
trabajadores que se dedicaban a todos los aspectos del negocio, desde la
tapicería hasta la fabricación de armarios y las ventas. Stride, con su caja de
herramientas de carpintero, habría podido encontrar fácilmente trabajo en uno
de los muchos talleres.
También alquiló una habitación en la zona, en casa de Charles Leftwich,
en el 21 de Munster Street, al lado de Euston Road. Leftwich, que había
hecho dinero como comerciante de plomo, agente de arrendamientos e
inventor ocasional de aparatos de fontanería, era un respetable hombre de
familia de clase media que no le hacía ascos a tomar un inquilino para ocupar
una habitación que le sobraba. John, un metodista soltero de mediana edad
acostumbrado a la vida tranquila y abstemia, habría sido un huésped ideal.
Pero es probable que la familia Leftwich, asistida por sus dos sirvientas,
mantuviera una digna distancia social. John, que se marchaba al trabajo al
amanecer y volvía tarde, tomaba sus comidas aparte de la familia; en su
habitación o en la cocina, o a veces en el café de Daniel Fryatt en el 6 de
Munster Street.
A mediados del siglo XIX, los cafés, a menudo asociados con las
aspiraciones intelectuales de la época georgiana, estaban experimentando un
renacimiento entre las filas de los trabajadores de Londres. Abiertos desde las cinco de la mañana y a menudo hasta las diez de la noche, estos
establecimientos ofrecían comidas sencillas, chuletas, riñones, pan con
mantequilla, encurtidos y huevos, junto con tazas de café con azúcar.
También se podían leer los últimos periódicos y revistas o también oír su
lectura en voz alta. No se servía alcohol. Los cafés se convirtieron en un
refugio para aquellos que se habían comprometido con la abstinencia, o
simplemente para hombres que disfrutaban de un entorno alegre en un lugar
que no fuera un pub. Trabajadores de fábricas y artesanos, que antes bebían
porter (un tipo de cerveza negra) por las mañanas, ahora se detenían de
camino al trabajo para tomar un panecillo y una taza de café caliente. De
camino a casa, el animado ambiente del local se convertía en algo más
tranquilo. Se animaba a los clientes a que se tomaran su tiempo entre los
reservados, separados por paneles de madera oscura, disfrutando de un plato
de chuletas de cerdo junto con el periódico, ya ligeramente manchado. «Por
las noches, estos lugares se convierten en salas de lectura —escribe un
observador—. Son cómodos para muchas personas que no encuentran esa
comodidad en sus casas. El buen fuego, la luz brillante, el suministro de
periódicos y revistas y la taza de una sencilla bebida se pueden obtener por
unos pocos peniques…»[167].
John Stride, sin esposa ni familia, y lejos de la familiaridad de la costa de
Kent, debió de pasar muchas horas en tan agradable entorno, conversando con
Fryatt y contemplando la posibilidad de abrir un establecimiento similar.
Como hombre que sobrepasaba los cuarenta, John no tardaría mucho tiempo
en admitir que trabajar sobre un banco de carpintero o en una fábrica de
muebles seis días a la semana era demasiado duro. Como su padre, reconocía
que merecía la pena invertir sus esfuerzos en un negocio que pudiera generar
unos ingresos mayores y más cómodos, y algún día mantener a una esposa e
hijos.
Como era el caso con la mayor parte de obreros especializados, las
oportunidades que tenía John de conocer mujeres eran escasas debido a la
extensión de sus jornadas laborales. Conocer gente podía hacerse en pubs,
parques públicos, music halls o en actos de la Iglesia. Los cafés también
ofrecían oportunidades.
Generalmente, las mujeres no frecuentaban esas salas de madera oscura
que olían a grasa y a café recién hecho y que resonaban con roncas
conversaciones masculinas. Sin embargo, las dependientas, sirvientas y
aquellas que trabajaban por un salario diario solían acudir a tomar un café y
un bollo mientras hacían algún recado para sus señoras o pasaban la hora de comer tomando sopa, púdines de fruta y tapioca. Debió de ser así como John
Stride conoció a una joven doncella de Suecia llamada Elizabeth
Gustafsdotter[168].
Cuando llegó a Londres en el invierno de 1866, Elizabeth vivía lejos de
los animados alrededores comerciales de Tottenham Court Road, en una
elegante urbanización muy cerca de Hyde Park. A mediados de siglo, pocos
lugares de la ciudad eran sinónimo de riqueza y clase alta como aquellas
calles que rodeaban el lugar favorito de los paseos del beau monde. Aunque la
identidad del empleador de Elizabeth y su familia no se conocen, sí se conoce
su nivel social. Elizabeth se debió de instalar en medio de todo un equipo de
sirvientes, en el hogar de una familia próspera y cosmopolita, no muy
diferente de los Dickson, que viajaban con regularidad por Suecia, Gran
Bretaña y Europa para supervisar su imperio de barcos, hierro y madera de
construcción. Aunque esta posición en el servicio doméstico habría sido
prestigiosa, las exigencias eran para Elizabeth mucho mayores de lo que lo
habían sido en sus anteriores empleos. Ahora formaba parte de una jerarquía y
tendría que someterse a las órdenes de un ama de llaves o un mayordomo en
una gran casa de varios pisos, en lugar de a una señora generosa de clase
media que vivía en unas cuantas habitaciones. Este puesto incluiría una serie
de rígidas normas: manos limpias, espalda recta, lengua quieta y ojos que
nunca se encontraban con los del señor o la señora. Si se encontraba a un
miembro de la familia cuando atravesaba un pasillo o una escalera, se le
habría dicho que volviera el rostro hacia la pared. Las exigencias del trabajo,
las diferencias culturales y las dificultades del aprendizaje de un nuevo
idioma debieron de resultar abrumadoras en ciertos momentos.
Cuando aceptó un trabajo en Londres, también decidió establecerse
permanentemente en las islas. Aunque no se exigía que cada sueco que se
trasladase a Londres se registrara en la iglesia sueca, era una formalidad
administrativa para aquellos que habían solicitado la residencia permanente
en el Reino Unido. El viaje desde Hyde Park a la iglesia sueca en Prince’s
Square, en el East End de Londres, debió de llevarle mucho tiempo a una
sirvienta que solo tenía un día libre al mes. Cuando Elizabeth pudo acercarse
hasta allí, habían pasado cinco meses desde su llegada al país. Al final, parece
ser que fue por orden de su empleador, pues este estaba preparando un
traslado al extranjero que a ella no le habría gustado. Elizabeth, que no sabía
escribir, dio su nombre al funcionario de la iglesia que la inscribió en el
registro, junto con una nota con su ocupación y su estado civil de soltera. Al
mismo tiempo, Elizabeth expresó también su intención de viajar a Brest, en Francia, uno de los centros de la industria naviera, y solicitó un cambio de
residencia[169]. No se sabe si realmente siguió a sus señores hasta Francia, ya
que más tarde otra mano trazó una línea sobre su solicitud, quizás antes de la
partida prevista o después de una vuelta a Londres.
Las circunstancias que llevaron a Elizabeth a abandonar su puesto en
Hyde Park no están muy claras, pero una extraña deducción hecha durante la
investigación del juez de instrucción en 1888 sugiere un posible escándalo, no
muy distinto de aquel en el que se vio envuelta en Gotemburgo. Los
comentaristas dijeron que Elizabeth había sido bendecida con hermosos
rasgos. El inspector jefe Dew observó tristemente que, a pesar de sus trabajos
y tribulaciones, «trazas de su belleza permanecían en su rostro»[170]. Como
mujer joven en Londres, con un exótico acento extranjero, frente alta y oscuro
cabello ondulado, seguramente habría llamado la atención de muchos
admiradores. Uno de ellos, un policía, la cortejó cuando vivía con sus señores
en Hyde Park, aunque, debido a su larga jornada de trabajo, la relación no
llegó a cuajar. Sin embargo, también alguien más cercano a su casa pudo
haber solicitado su afecto.
Más de veinte años más tarde, se interrogó a un testigo que formaba parte
de la investigación por la muerte de Elizabeth. Se le preguntó sobre los
detalles de su relación romántica con esa mujer. El hombre dijo que había
sido tormentosa. Michael Kidney aseguró que había tratado a Elizabeth como
a una esposa, independientemente de que ella lo dejase en varias ocasiones.
—¿Sabe de alguien con quien hubiera salido, aparte de usted? —preguntó
el juez de instrucción.
—He visto la dirección del hermano del caballero con el que vivía como
sirvienta en algún lugar cercano a Hyde Park —respondió extrañamente
Kidney.
—Eso no es lo que le he preguntado —respondió el juez—. ¿Cree que
salía con alguien más? —repitió, refiriéndose al periodo en el que Kidney se
relacionaba con Elizabeth, no a un episodio del pasado, antes de que él la
conociera[171].
Que Elizabeth recordara los detalles no del señor para el que había
trabajado más de veinte años antes, sino de su hermano, es algo que suscita
muchas preguntas. Sin embargo, es muy revelador que Kidney aportase tal
información cuando le preguntaron sobre los hombres con los que su pareja
podía haber tenido una relación. Cómo apareció esta dirección también es un
misterio. Como Elizabeth no sabía escribir, los detalles los habría escrito otra
persona, que luego se los habría entregado. Quizá fuese una carta escrita por ese mismo hombre y que había conservado durante décadas. Obviamente,
Elizabeth le había hablado de él y de su historia a Michael Kidney. Es
llamativo que recordara, veinte años después, al hermano de aquel que la
había empleado. Es lógico sospechar que había algo más.
Quizás esa supuesta relación ilícita hizo que Elizabeth abandonara la
residencia de Hyde Park. En cualquier caso, lo que sabemos seguro es que su
empleador (o quizá su hermano) le proporcionó unas referencias lo bastante
buenas como para permitirle encontrar empleo en otra parte.
A principios de 1869, si no antes, Elizabeth estaba trabajando para una
viuda llamada Elizabeth Bond. La señora Bond, como la conocían sus dos
sirvientas, dirigía una amable casa de huéspedes y alquilaba habitaciones
amuebladas a una respetable clientela en el 67 de Gower Street, a la vuelta de
la esquina de los almacenes y tiendas de muebles de Tottenham Court Road.
Una doncella sueca bien entrenada en el hogar de un caballero en Hyde Park
habría conferido cierta sofisticación a su establecimiento, aunque la
monotonía de las tareas de Elizabeth no debía de ser muy distinta. Aunque la
señora Bond y su hija también viuda Emily Williams dirigían a diario su
negocio, Elizabeth y su compañera pasaban los días subiendo y bajando los
tres tramos de escaleras con sus baldes de carbón y sus cubos de agua, sus
bandejas de la cena en precario equilibrio y los montones de ropa para lavar.
Aquellos cuyas rejillas de chimenea limpiaba y cuyas camas hacía eran, sin
duda, de clase media. Los huéspedes de la señora Bond incluyeron
sucesivamente un conferenciante y miembro del Corpus Christi College de
Oxford, un comerciante prusiano de «objetos de fantasía», un antiguo
fabricante de cerveza y su esposa e hija, un abogado y una viuda «que vivía
independientemente con sus propios medios». Entre 1868 y 1869 también
estuvo entre ellos un músico alemán, Charles Louis Goffrie, y su hija, que
vivían en las habitaciones de la señora Bond y daban allí clases de
música[172]. Una vez más, Elizabeth se encontró entre músicos, y sus días y
tareas se vieron aliviados por la presencia de melodías y quizá por el recuerdo
de aquellos que otrora la habían sacado de la adversidad.
Un día, cuando la enviaron a hacer la compra o a la oficina de correos,
Elizabeth pudo haberse detenido en un café del lugar para tomar algo. En ese
momento, es probable que un carpintero de cuarenta y siete años de Sheerness
la viera. Es imposible saber cómo tuvo lugar el encuentro, o cómo avanzó su
relación, si los caminos de John y Elizabeth se cruzaron en múltiples
ocasiones, en la calle camino del trabajo, o en los reservados de madera, bebiendo aquel oscuro y azucarado brebaje. Sea como sea, en los primeros
meses de 1869, estaban comprometidos.
No se sabe nada del aspecto físico de John Stride; si era un hombre muy
atractivo, o corriente y de aspecto respetable. A esa edad, ya tendría el pelo
gris. ¿Qué vio entonces una preciosa doncella de veinticinco años, que podía
haber sido recientemente la amante del hermano de su empleador, en un
modesto fabricante de muebles que casi le doblaba la edad? A los veinticinco
años, Elizabeth sabía que tendría que casarse pronto, y John, que había vivido
soltero durante muchos años, habría podido ahorrar dinero. Quizá después de
su tumultuoso pasado, el afecto de John le pareciera auténtico. Ella había
experimentado el daño que podían hacerle los hombres, y John Stride debió
de parecerle una elección segura.
Es interesante que no se casaran ni en una capilla metodista ni en una
iglesia luterana, sino en la parroquia de Elizabeth, Saint-Giles-in-the-Fields,
con su aguja en forma de cola de langosta apuntando a través del hollín del
cielo de Londres. Aquel día, el 7 de marzo de 1869, Elizabeth fue al altar sin
nadie que la acompañara, ni familia ni amigos que actuasen como testigos.
Aunque Daniel Fryatt firmó con su nombre en el registro, junto con el de su
eterno compañero, el sacristán de la iglesia desempeñó ese papel para
Elizabeth. No debía haber nada de su pasado en el día de su boda. Incluso
decidió citar a su padre con un nombre falso: «Augustus Gustafsson». Su
experiencia fue la típica de una inmigrante que no deseaba que sombras ni
recuerdos del pasado se cerniesen sobre este nuevo capítulo de su vida. Se
desconoce lo que sabía su marido de su trágica vida en Gotemburgo ni de la
enfermedad que llevaba consigo.
La boda de los Stride marcó un nuevo comienzo en la vida de ambos.
Sellaron su unión con el nacimiento de un negocio y un traslado a otra parte
de la ciudad: Poplar, a unos ocho kilómetros de distancia en el East End. Sin
duda, fue un paso muy meditado. La intención de John Stride era la de abrir
un café, pero la posibilidad de hacer trabajos de carpintería en los muelles
también le ofrecía un respaldo. Los bulliciosos muelles de la zona empleaban
a más de dos mil obreros a tiempo completo y durante la década de 1860
estaban pasando por una fase de ampliación que unía el Ferrocarril del Norte
de Londres con el puerto. George, el hermano de John, trabajador del puerto,
se había establecido allí con su familia, y es probable que tener parientes
cerca fuera un atractivo para la pareja, que esperaba tener hijos propios
pronto. En 1871, a los dos hermanos Stride se unió un tercero: Charles, que se
había establecido en Limehouse.
Al cabo de unos meses de su boda, los Stride habían abierto su nuevo
negocio en Upper North Street, en el corazón de lo que se llamaba Poplar
New Town. Esta cuadrícula de calles recientemente construidas del siglo XIX
al norte del borde del mar era una zona en la que había modestas villas, casas
adosadas de clase media y alojamientos para familias obreras. Según el
escritor Jerome K. Jerome, que vivió allí de pequeño en la década de 1860,
era un lugar de contrastes, donde «ciudad y campo luchaban por imponerse»,
donde las marismas que lo rodeaban seguían aún salpicadas de granjas y
donde rebaños de cabras y vacas podían verse por las calles del centro.
También era una visión habitual las «procesiones de desempleados»
moviéndose entre los muelles y el almacén[173].
En lo esencial, la composición social de Upper North Street, con sus
tiendas de comestibles, boticas, sastres y carniceros, no era diferente de la de
Munster Street, donde John había aprendido de su amigo Daniel Fryatt cómo
sacar adelante un café. Los maestros, albañiles, sirvientes, constructores de
buques y obreros que vivían junto a los tenderos habrían sido la clientela de
los Stride, más que los trabajadores del muelle. La ubicación del café, frente a
la capilla metodista de la Trinidad, también resultaba estratégica. El
desembolso del arrendamiento y la inversión inicial requerida para establecer
el negocio debió de cubrirse seguramente gracias a algunos ahorros, a los que
Elizabeth también contribuyó, con toda probabilidad. Es posible que John
empleara sus habilidades como carpintero para crear o mejorar el interior, que
generalmente consistía en reservados de madera, paneles separadores
barnizados y mesitas con alas. Con la experiencia de Elizabeth como
sirvienta, ella y John habrían llevado juntos el negocio. Charles Dickens
describe que en aquellos cafés se solía ver a obreros pidiendo a una camarera
que solía ser «de pocas palabras»; siempre estaba «alternando entre sus dos
frases favoritas: “café y una rebanada” y “té y un huevo”»[174]. Las horas de
trabajo del propietario de un café eran eternas, pero la pareja podía distribuir
los horarios a su conveniencia. Por primera vez en su vida, Elizabeth fregaba,
cocinaba, lavaba y servía no para un jefe, sino para sí misma y para su
marido. Para nadie más.
La competencia de los pubs debieron de ser una de las dificultades a las
que tenían que enfrentarse. A pesar de la popularidad de los cafés, no todos
los trabajadores estaban dispuestos a abandonar el alcohol y la alegre
camaradería del pub. Las cafeterías tenían sus fervientes partidarios, pero un
negocio podía triunfar o desplomarse según su localización. Demasiados pubs
y muy pocos abstemios podían provocar que las puertas incluso de la más acogedora de las salas de café tuvieran que cerrar. En 1871, los Stride lo
aprendieron de la manera más dura posible y tuvieron que trasladar su
negocio al 178 de Poplar High Street, donde esperaban que la empresa les
fuera mejor. El fracaso del primer establecimiento debió de tener un coste
importante para la pareja. Para cubrir las pérdidas, John parece haber vuelto,
al menos a tiempo parcial, a su antiguo oficio: en el censo de ese año, no se le
cita como dueño de un café, sino como carpintero. Pero los Stride no estaban
dispuestos a darse por vencidos y como buenamente pudieron mantuvieron su
negocio.
En los cuatro años que llevaban casados, no habían tenido hijos. Si
Elizabeth estuvo encinta, los embarazos no llegaron a buen término,
seguramente debido a su enfermedad. Aunque puede que no transmitiera su
sífilis a John, tenía muchas posibilidades de abortar o de parir un feto muerto.
En un esfuerzo por enterrar su pasado, Elizabeth también pudo sentirse
demasiado avergonzada como para confiarle su secreto a su marido. Llevar la
sífilis al hogar se consideraba una desgracia social y una tragedia, pero solía
culparse a los maridos que visitaban prostitutas o mantenían a una amante.
Los textos médicos solían hablar del problema desde esta perspectiva,
exonerando parcialmente al hombre de su conducta, al decir que la verdadera
raíz del asunto se encontraba en la egoísta inmoralidad de las que se
dedicaban al comercio del sexo[175]. La posibilidad de que un hombre pudiera
casarse con una mujer con un pasado sexual, que hubiera estado expuesta a la
enfermedad, parecía inconcebible. La incapacidad de Elizabeth para ser
madre en una época en la que la identidad y el propósito en la vida de una
mujer se definían por este papel debió de resultar devastador para ella,
especialmente porque la sociedad y la Iglesia se asegurarían de que la mujer
asumiese la culpa de su propia desgracia. A Elizabeth debieron inculcarle la
idea de que aquello era un castigo por su vida de pecado. No se sabe cómo
verían John y su devota familia metodista la situación. Aunque Stride
mantenía el contacto con Charles y su mujer y sus hijos durante los primeros
años de su matrimonio con Elizabeth, empezaron a distanciarse después de
1872. La familia Stride parece haber estado dividida, y jamás las grietas
fueron tan evidentes como tras la muerte de su reverenciado patriarca.
A principios de la década de 1870, William Stride se acercaba a su
nonagésimo cumpleaños. Terco y decidido hasta el final, nunca se perdió una
reunión de la Comisión del Muelle de Sheerness. Sin embargo, a finales del
verano de 1873, su salud empezó a decaer. El 6 de septiembre murió en la
casa que aún compartía con su hijo Daniel. En la hora postrera, lo asistió su hija Sarah Ann. Para alguien que había desempeñado un papel tan importante
en el desarrollo de Sheerness, el obituario del periódico local fue bastante
parco en palabras. Lo describía solo como alguien «al que generalmente se
respetaba en toda la ciudad»[176]. No aparecía una lista de sus grandes obras o
de sus generosos actos de caridad. Y lo que era aún más revelador, no había
mención alguna de su devota y doliente familia.
Con la excepción de Daniel, ninguno de los hijos de Stride había cuidado
de su padre durante la vida adulta de John. Si alguien albergaba la esperanza
de recibir algo en el testamento de William Stride, era su segundo hijo, que
había pospuesto su matrimonio hasta los cuarenta y que permaneció en
Sheerness a costa de sus ingresos y de su futura seguridad económica, todo
para ayudar a su familia. Sin embargo, el testamento, que se leyó el día 30 de
aquel mes, contenía una gran cantidad de sorpresas.
Daniel fue generosamente recompensado con propiedades. Su padre le
dejó cinco casas en Stride’s Row y dos casas en Victory Street, que incluían
un «terreno, un establo, un cobertizo de carbón, un taller y un jardín». La hija
de William Stride, Sarah Ann Snook, que se había establecido a tres puertas
de la casa de su padre, también fue favorecida con dos casas en Stride’s Row.
El rico hermano de John, Edward, que se había quedado en Sheerness, había
estudiado para ser cirujano y se había convertido en la estrella de la familia,
también recibió una casa en Stride’s Row[177]. John no recibió nada, ni
siquiera un «gracias».
William Stride había enviado una clara señal desde la tumba; había dejado
bien claro quién entre su progenie lo había complacido o deshonrado. El
hermano mayor de John, William James, que había nacido sordo y había
luchado para ganarse un sueldo como obrero en Sheerness toda su vida,
también fue excluido, así como todos los hijos que habían abandonado a su
padre para irse a Londres.
No puede ser una coincidencia que John y Elizabeth tuvieran que vender
el arrendamiento de su café al cabo de unos meses de la muerte de William
Stride. El hundimiento de su primer negocio en Upper North Street debió de
dejar deudas, y el fracaso de un segundo negocio no habría hecho sino
aumentarlas. Para mantenerse a flote, John pudo haber pedido prestado
dinero, seguramente porque esperaba heredar pronto algún dinero. Tras el
testamento de su padre, no pudo más que olvidarse de sus ambiciones e
intentar, mientras fuera capaz, tener un lugar donde caerse muerto.