Las cinco mujeres
Parte IV. Kate
PARTE IV
Kate
14 de abril de 1842 - 30 de septiembre de 1888
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Siete hermanas
Una agradable mañana de junio de 1843, George y Catherine Eddowes, cargados con cestas, bultos y niños quejumbrosos, subieron a bordo de una
barcaza en Wolverhampton. Un viaje por tren a Londres habría sido mucho
más rápido, pero semejante lujo estaba muy por encima de las posibilidades
de aquella familia de ocho personas. Hacer el viaje andando, atravesando
caminos rurales desde el amanecer hasta el anochecer durante una semana,
habría sido casi imposible para los seis niños de menos de diez años. Viajar
en barcaza, junto con las pocas posesiones de los Eddowes, era la única
opción sensata.
Durante dos días, más o menos, la familia se apretujó en el barco ancho y
plano que habrían compartido con otros pasajeros, así como con el barquero y
una serie de extraños cargamentos: cajas, baúles, muebles y barriles. Si llovía,
no había más que un pequeño espacio cerrado en la cabina (parcialmente
ocupado por una estufa de carbón) que ofreciera refugio. Pero las vistas a lo
largo del Gran Union Canal habría mantenido entretenidos a los niños
mientras avanzaban por el paisaje industrial que había desde Birmingham a la
capital. Dejando atrás los tan familiares montones de escoria y las fraguas, los
Eddowes viajaban a través del extraño paisaje nuevo del sur de Inglaterra,
atravesando aldeas, sorteando granjas, pasando junto a campos verdes y
amarillos que brillaban con flores silvestres, entreviendo antiguas iglesias y
posesiones rurales a medida que avanzaban. El intrincado sistema de esclusas
que hacía que el barco subiera y bajara con los niveles del agua, así como los
robustos caballos que tiraban de él, habría fascinado a Alfred, de nueve años,
y a sus hermanas: Harriet (ocho), Emma (siete), Eliza (seis) y Elizabeth
(cuatro). Sin embargo, la más pequeña, Catherine, nacida el 14 de abril del
año anterior, no era lo bastante mayor como para recordar nada del viaje, ni
siquiera las circunstancias que obligaron a la familia a abandonar
Wolverhampton.
Kate, o «Chick», como la llamaba la familia, tenía apenas nueve meses
cuando la vida de su padre empezó a cambiar. Durante dos generaciones, la
familia Eddowes entregó a sus hijos al negocio de la hojalatería, una de las
principales industrias de Wolverhampton. Como se describe en el Libro de
oficios de 1820, un hojalatero no solo debía hacer «hervidores, sartenes, latas de todas clases y tamaños, lecheras, faroles, etcétera» a partir de hojas de lata,
sino que también debía tener la habilidad de cubrir el metal con una capa
protectora resistente al óxido del material fundido. Como esta profesión era
especializada, se suponía que los hojalateros empezaban a trabajar a los
catorce años y completaban un aprendizaje de siete años, aunque a principios
del siglo XIX, con la introducción de la maquinaria, esas prácticas
tradicionales estaban en declive. George Eddowes, que estaba entre los
últimos que habían recibido este tipo de entrenamiento intensivo, empezó el
suyo en 1822, en el Old Hall Works. Allí, George y sus hermanos menores,
William y John, trabajaban todo el día bajo el mismo techo que su padre,
Thomas, que en años posteriores sería considerado como el trabajador más
antiguo de la fábrica. Bajo el ojo atento de su maestro, George habría
aprendido a empuñar «una gran cizalla para cortar la hoja de lata de forma y
tamaño adecuados» y a «aplicar el fuego para soldar las juntas de su trabajo».
Durante seis días a la semana, de seis de la mañana a seis de la tarde en
verano, y de ocho a ocho en los meses de invierno, trabajaba con sus
compañeros aprendices en el banco de trabajo, aprendiendo la diferencia entre
los martillos para aplanar, ahondar y arrugar, y cuándo usar «los yunques
grandes y pequeños, los picos de hierro, cinceles, calibres, tenazas, alicates,
escuadras y reglas». Solo al final de su riguroso periodo de aprendizaje, que
concluía cuando el aprendiz presentaba un objeto de hojalata de creación
propia a sus examinadores, se le concedería el derecho a practicar su oficio.
Al final de aquel periodo de siete años habría adquirido no solo una serie de
habilidades esenciales, sino un fuerte sentido de identidad dentro de una
comunidad de compañeros artesanos.
Desde 1767, el Old Hall Works, un ruinoso edificio isabelino rodeado de
prados en las afueras de Wolverhampton, era el centro neurálgico de la vida
de los hojalateros. Las calles que partían de él (Dudley Street, Bilston Street
y, más al oeste, en el entorno más rural, Merridale Road) se convirtieron en el
barrio tradicional del hojalatero y del japanner: los que decoraban y lacaban
las piezas de hojalata con elaborados dibujos pintados. Los hombres que
habían sido aprendices juntos y trabajaban juntos en las fábricas también
vivían codo con codo en los envejecidos cottages y las vetustas casas
adosadas que bordeaban las calles. Las familias se entremezclaban y sus
miembros se casaban entre sí. Los rumores y los chismes se extendían
rápidamente, sobre todo en los pubs locales que frecuentaban los hojalateros:
Merridale, el Cisne y la Vaca Roja.
Fue en la Vaca Roja donde se reunía regularmente, desde 1834, la
Sociedad de Amigos de la Unidad Operativa de Trabajadores de la Hojalata
de Wolverhampton, la Tin Man Society. La inquietud causada por la
introducción de maquinaria había provocado un desasosiego laboral en la
década de 1820; temiendo que los futuros conflictos con los dueños de las
fábricas fueran inevitables, la organización empezó a trazar una estrategia
para proteger los intereses de los trabajadores. Se esperaba que todos los
miembros contribuyeran con no menos de cinco peniques y no más de seis
chelines a la semana como fondo de resistencia. Además, compilaron un
«libro de tarifas», para unificar los precios de su trabajo, y en 1842 exigieron
que las seis hojalaterías de Wolverhampton lo firmaran. La mayoría de los
empleados lo hicieron, incluido William Ryton, el dueño del Old Hall Works,
que a menudo era celebrado entre sus iguales como «un conocido amigo de
las clases trabajadoras»[205]. Por desgracia, no todos los dueños de
hojalaterías de la ciudad tenían la misma reputación o pensaban que un pago
estandarizado se ajustaba a sus intereses. Sobre todo Edward Perry, el hombre
que hacía poco había contratado a George Eddowes y a su hermano William.
La respuesta de la Sociedad de Hojalateros fue llamar a la huelga y, en enero
de 1843, Perry tenía «no menos de treinta y cinco hombres […] fuera de su
fábrica»[206].
Edward Perry no era amigo de los trabajadores y no toleraría la acción
sindical bajo ninguna circunstancia. A lo largo de su carrera como dueño de
una fábrica, usaba mano de obra extranjera, amenazas de muerte, espías y
detenciones para romper las huelgas. Perry se enorgullecía de poseer «un
buen conocimiento de los derechos del […] trabajo, y sobre todo de las leyes
relativas a la conspiración». Más importante aún, «se sentía seguro de que la
ignorancia y el entusiasmo de […] los trabajadores le daría ventaja»[207]. En
esta ocasión, estaba decidido a perseguir, personalmente y con contundencia,
a cada empleado que no cumpliese el contrato. Cuando Perry se enteró de que
desde Londres estaban convenciendo a sus hombres para que se fueran para
allá bajo la protección del sindicato, salió tras ellos. Con la ayuda de
informadores y detectives, localizó a sus empleados en fuga en los pubs de
trabajadores metalúrgicos de Clerkenwell y se los trajo de vuelta bajo orden
judicial. Una vez detenidos por contravenir los términos de sus contratos, hizo
que los juzgaran y los condenaran a dos meses de trabajos forzados en la
prisión de Stafford.
Tal como esperaba, la decisión de Perry de no hacer concesiones dividió a
la comunidad de hojalateros y japanners. Muchedumbres furiosas y vociferantes comenzaron a reunirse ante el edificio del tribunal cada vez que
Perry decidía juzgar a sus empleados. Pronto, las disputas degeneraron en
violencia.
Los hermanos Eddowes, que eran miembros comprometidos de la
Sociedad de Hojalateros, estaban entre los treinta y cinco hombres que se
habían marchado ilegalmente de la fábrica de Edward Perry. Los hermanos y
otros miembros de la sociedad trataron de presionar a sus colegas para que se
unieran a la protesta, prometiéndoles que la organización les pagaría «quince
chelines a la semana mientras la calamidad [la huelga] durase». El 9 de enero,
Richard Fenton, «uno de los hombres de Perry», que se había negado a hacer
huelga, estaba disfrutando de su cerveza en la taberna de Merridale cuando, al
parecer, William Eddowes y otros dos hojalateros entraron por la puerta y
empezaron a acosarlo. Más tarde, en el juicio, algunos testigos dijeron que
creían que él «y su grupo habían entrado buscando pelea».
«¡Tienes a un hermano en huelga, sinvergüenza!», se dice que gritó
Eddowes. Entonces «levantó el puño y golpeó a Fenton, y le dio patadas». En
un momento, un grupo de al menos nueve hojalateros, incluida la mujer de
William Eddowes, Elizabeth, se lanzó contra Fenton, pegándole y dándole
patadas, y gritando: «“Lo vamos a matar, ¡matad al cabrón!”, mientras Fenton
trataba de huir escaleras arriba»[208].
Según el magistrado que presidió el tribunal, Fenton tuvo suerte de
escapar con vida. Al pensar en la gravedad de sus actos, es probable que
William temiera que lo encarcelaran y se escondió. Dejó que fuera su mujer la
que compareciera en el juicio.
Por desgracia, este incidente no fue más que el primero de los infortunios
de la familia. El 15 de febrero, Edward Perry ordenó que se imprimiera un
aviso en el Wolverhampton Chronicle. Perry declaraba que él y otros dos
dueños de fábricas sabían que había «reuniones secretas diarias» celebradas
para «inducir a nuestros hombres a dejar su empleo» y ofrecía treinta libras…
… A cualquier persona que pueda dar información que conduzca a la detención
de los conspiradores, con pagos de dinero o de otra forma, para evitar que llevemos a cabo nuestros respectivos oficios, hacer retirarse a nuestros hombres u obligarnos a alterar los métodos de gobernar nuestros negocios, o someternos a sus condiciones.
El 24 de marzo, el anuncio del periódico produjo resultados. Fuera quien
fuese el informante, señaló con el dedo a George Eddowes.
En el juicio que siguió, Perry subió al estrado y dirigió su artillería contra
su antiguo empleado. Dijo que «el acusado ha sido un agitador» y «era un
instigador». Perry quería que Eddowes se fuera y siguió diciendo que «había presionado a los demás; si no hubiera sido por él, no habría tenido lugar
ninguna huelga»[209]. El juez sentía simpatía por el atribulado dueño de la
fábrica e inmediatamente sentenció a George a dos meses de trabajos
forzados. Según el Wolverhampton Chronicle, Eddowes no mostró
arrepentimiento alguno por sus delitos, ni preocupación por tener que dejar
atrás a su esposa y a seis hijos pequeños. En lugar de ello, «se retiró […] con
una especie de aire desafiante y una disposición a sufrir […] el castigo»[210].
Puede que el padre de Catherine Eddowes disimulara su preocupación
ante la perspectiva de ir a prisión. En todo caso, como comprometido
sindicalista, George Eddowes habría conocido los riesgos que corría cuando
se convirtió en agitador y habría esperado que el sindicato los compensase a
él y a su familia por su sacrificio. Por otro lado, sabía que encontrar trabajo en
Wolverhampton a partir de entonces iba a resultar imposible.
La familia Eddowes entró en Londres a través de las aguas sucias y
grisáceas del Támesis, dejando atrás un arco de grúas colgantes que
enmarcaba los muelles de Bermondsey. La casita en la que se establecieron en
el 4 de Baden Place estaba a una distancia segura de la contaminada orilla del
río que los había recibido. George Eddowes pagó un dinero extra para estar
más cerca de los espacios verdes de la zona y los jardines de los mercados que
surgían entre las fábricas y los almacenes. Aunque las casas disponibles no
eran de lo mejor (mal alcantarillado, falta de ventilación, carencia de agua
corriente), la familia no se vería sometida directamente al hedor de los
productos químicos que emitían curtidurías, tintoreros y fábricas de cerveza
locales. Uno de los pocos privilegios de los que la familia podría disfrutar
sería una bocanada de aire relativamente fresco.
Si George hubiera sido un hombre soltero o incluso con menos hijos, su
traslado de Wolverhampton podría haber supuesto una oportunidad para la
familia. Es probable que el sindicato fuese responsable de su nuevo trabajo en
Perkins and Sharpus, un gran fabricante de objetos de hojalata y cobre en el
lado opuesto al puente de Londres. Como «mecánico especializado», George
recibiría un sueldo mejor que un obrero general, uno de los muchos porteros,
«cocheros» (recaderos) o trabajadores de los muelles que poblaban los
vecindarios de Bermondsey. Según El Libro inglés de los oficios, en la década
de 1820, un hojalatero, «si era sobrio e industrioso», podía «ganar fácilmente
de treinta y cinco chelines a dos guineas a la semana». Sin embargo, es
probable que, hacia mediados de siglo, George esperara recibir un sueldo de
unas tres libras y nueve peniques de su nuevo jefe[211]. Este ingreso habría
ofrecido a una familia con dos o tres hijos cierta seguridad de que se podría
pagar el alquiler, encender las chimeneas y permitirse un buen corte de carne
en su mesa. Como describe C. S. Peel, en Londres un hombre podía «alquilar
una pulcra casita de seis habitaciones», una de las cuales seguramente
alquilaría a un tercero y recibiría veinte libras al año. Seguramente, los niños
irían «a una escuela financiada o a una escuela British Day. Habría
excursiones ocasionales a Gravesend o Margate: buenas botas, ropa de
domingo». Gracias a un sueldo seguro, los dos o tres hijos de George podrían
haber ascendido en la escala social. Si hubiesen recibido una cierta educación,
podrían convertirse en dependientes o tenderos; sus hijas, en maestras de
escuela o esposas de dependientes o tenderos. Pero la carga de seis hijos hizo
incompatible ese ansiado ascenso social. Es improbable que un panorama
semejante pasase siquiera por las mentes de George y Catherine Eddowes,
que procedían de grandes familias cuyas necesidades excedían por mucho el
montante de los sueldos de sus padres[212].
Tal como descubrió el reformador social Seebohm Rowntree, el ciclo vital
de las clases trabajadoras estaba marcado por fases de «necesidad y plenitud».
Los ingresos del hogar subían y bajaban según el número de personas adultas
que ganaran dinero y vivieran bajo el mismo techo. Mientras un joven viviera
con sus padres y tuviera un empleo, podía disfrutar de una «prosperidad
relativa», una situación que «continuaría después del matrimonio hasta que
tuviera dos o tres niños, momento en el cual la pobreza volvería a afligirlo».
La mayor parte de los trabajadores estaban resignados a pasar «un periodo de
pobreza que duraría quizás al menos diez años, esto es, hasta que el primer
hijo cumpliera catorce años y pudiera ganar un sueldo». Pero Rowntree
también señalaba que, «si hay más de tres hijos, el periodo puede durar más».
Para una mujer de clase trabajadora, el patrón era el mismo, aunque ella solía
contribuir menos, antes de que sus posibilidades de ganar dinero se viesen
limitadas por los embarazos y las obligaciones domésticas.
La experiencia de la madre de Kate Eddowes, Catherine Evans, era un
buen ejemplo. Como segunda de los siete hijos de un humilde cerrajero de
Wolverhampton, no tuvo muchas oportunidades de ir a la escuela antes de que
la enviaran a trabajar. Cuando entró en la adolescencia, ya había adquirido
experiencia como criada de cocina y acabó convirtiéndose en cocinera en el
Peacock Inn, uno de los primeros albergues de Wolverhampton. Sin embargo,
fue allí, en 1832, con apenas dieciocho años, donde su corta carrera se
interrumpió. En el siglo XIX, el matrimonio traía consigo el principio de la auténtica vocación de la mujer: la de la maternidad; en este sentido, Catherine
resultó ser sumamente experta. En los cinco primeros años de su matrimonio
tuvo cuatro hijos, el mayor de los cuales, Alfred, era mentalmente
discapacitado y sufría ataques epilépticos. Aunque muchas mujeres de clase
obrera seguían trabajando después de convertirse en madres, ya fuese lavando
o zurciendo ropa para otros, ya fuese en fábricas o lavanderías, es posible que
la situación de Alfred y la rápida sucesión de nacimientos posteriores le
impidieran contribuir a los ingresos familiares. Sea como sea, si ella o George
hubieran tenido acceso a información fiable sobre métodos anticonceptivos,
sus vidas y las vidas de sus hijos podrían haber sido diferentes.
A menudo se piensa erróneamente que, en el siglo XIX, se era demasiado
puritano para pensar en las vidas reproductivas de las parejas casadas y
mucho menos en escribir acerca de ello. Nada más lejos de la realidad. En la
primera parte del siglo, Francis Place, Robert Dale Owen y George Drysdale
habían publicado obras sobre métodos gracias a los cuales hombres y mujeres
podían «restringir el tamaño de la familia». Las sugerencias variaban, desde el
coitus interruptus a las «cartas francesas» (reutilizables) hechas con intestino
de oveja, las duchas espermicidas y los «paños anticonceptivos» colocados en
el interior de la vagina. Sin embargo, aunque esta información se transmitía
discretamente a las clases medias ilustradas que podían permitirse la compra
de libros, la propagación de tales materiales entre las clases obreras no tenía
tanto éxito. Ni George ni Catherine Eddowes sabían leer, ni es probable que
se hubieran enterado nunca de la existencia de dichos libros o dónde
conseguirlos. La adquisición de «cartas francesas» habría sido igualmente
complicada, si no totalmente fuera del alcance de los medios de una familia
que apenas llegaba a fin de mes. En cualquier caso, se consideraba que la
concepción y su prevención eran responsabilidades de la mujer. Como su
madre y su abuela, y la mayor parte de las mujeres de su comunidad,
Catherine estaría condicionada para aceptar los embarazos constantes como
parte del hecho de ser una esposa. La anticoncepción, cuando se usaba, solía
deberse al agotamiento o la enfermedad del marido. En tiempos
especialmente desesperados, se podían preparar tisanas de hierbas y duchas de
propiedades espermicidas o abortivas, si una mujer tenía tiempo, dinero o el
coraje para adquirir los ingredientes. En muchos casos, no se daban ninguna
de esas circunstancias.
El resultado de todos esos factores (falta de información, pobreza y la
sensación de estar obligada a llevar a cabo el papel de esposa obediente) dio
lugar a lo que la luchadora por los derechos de las madres del siglo XIX Margaret Llewelyn Davies llamó «una vida de excesivos embarazos». El
precio que había que pagar tanto en el bienestar físico como en el emocional y
material de mujeres como Catherine era enorme. En familias grandes como la
de los Eddowes, en la que la suma de una boca más se convertía en un hecho
prácticamente anual, los recursos eran cada vez más escasos. En términos
reales, significaba menos comida en la mesa: sopa más clara, un bocado de
despojos, una rebanada de pan en leche aguada. En tales casos, era la madre la
que se esperaba que se privase. Independientemente de que estuviera
embarazada o estuviera lactando «en un momento en que debía estar bien
alimentada», se «privaba a sí misma, para ahorrar; pues en un hogar obrero, si
hay que ahorrar, no son ni el marido ni los niños, sino la madre la que come
los restos o chupa los huesos sin carne»[213]. Los expertos solían señalar que
el estado de desnutrición conllevaba una alta tasa de abortos, niños muertos al
nacer y otros que no conseguían pasar de su primer año de vida.
De todos modos, las mujeres que se encontraban en la situación de
Catherine, obligadas a enfrentarse a las exigencias de un recién nacido y de
niños pequeños mientras al mismo tiempo mantenían la casa para su marido
con una paga cada vez más exigua, no podían permitirse el lujo de que sus
embarazos, o incluso sus partos, las apartasen de sus deberes. Incluso con la
ayuda ocasional de mujeres de la familia o de vecinas, se esperaba que una
mujer estuviera en pie, enfrascada en «las tareas incesantes de la labor
doméstica» hasta el momento mismo del parto. Si no poseía los medios para
pagar a alguien que la ayudara durante el periodo de recuperación, no tenía
más posibilidades que «volver a la cocina, a fregar y limpiar, al balde de lavar
la ropa […] alzando y transportando pesadas cargas» al cabo de pocos días
del parto. Tales esfuerzos tenían serias repercusiones en la salud, como
hemorragias, venas varicosas e invalidantes dolores de espalda.
Ninguno de esos factores puso límite al crecimiento numérico de la
familia Eddowes, que siguió aumentando con regularidad tras su llegada a
Londres. El año siguiente nació el séptimo hijo, Thomas; luego llegaron
George (1846) y John (1849). Dos niñas más, Sarah Ann y Mary, nacieron en
1850 y 1852. Con la llegada de William en 1854, Catherine había dado a luz
doce veces, aunque solo diez de sus hijos sobrevivieron más allá de la
adolescencia[214]. Podía parecer que, cada vez que un hijo mayor volaba del
nido para ir a ganarse el sustento, un nuevo hermanito llorón lo sustituía. Para
acomodar los cambios de tamaño de la familia y ajustar el presupuesto
familiar, los Eddowes se cambiaron de casa al menos cuatro veces entre 1843
y 1857, aunque generalmente se desplazaban poco más de una calle más allá
de donde se habían establecido originalmente en Baden Place[215]. En sí
mismo, es un buen indicador de cómo la familia era percibida en la
comunidad. Es probable que, por muy difíciles que llegaran a ser sus
circunstancias económicas, los Eddowes tuvieran que pagar la renta y las
deudas que tuvieran con los tenderos locales. Contrariamente a lo que les
sucedía a muchas familias menos afortunadas, como los obreros no
especializados con trabajo irregular, George, Catherine y sus hijos nunca
necesitaron «largarse» por la noche y desaparecer en otro barrio insalubre,
dejando tras de sí cuentas sin pagar. Una cuestión de gran orgullo para la
familia, que, por encima de todo, quería conservar el respeto de sus vecinos.
Catherine, como otras esposas de su nivel social, habría intentado siempre que
le fuera posible ahorrar algo de dinero para comprar cortinas de encaje, un
aparador para la vajilla o una alfombra que se extendería los domingos.
Idealmente, todos los niños de un obrero especializado habrían poseído un par
de zapatos. Y no es probable que a las «siete hermanas» del clan Eddowes
(como se las llegó a conocer) se les permitiera mezclarse con aquellos niños y
niñas que corrían descalzos por las calles.
Hasta donde era posible, dadas las dificultades prácticas de manejar a un
ejército de niños, parece que, por lo menos, George, si no Catherine, deseaba
que su progenie se beneficiase de algún tipo de educación. Aunque no estaban
obligados legalmente a llevar a sus hijos a la escuela, Elizabeth, de doce años,
Kate, de diez, Thomas, de ocho, y George, de seis, aparecen en el censo de
1851 como escolares[216]. Sin embargo, en muchos casos, los padres decían
que sus hijos estaban recibiendo una educación para mantener las apariencias.
Es cuestionable hasta qué punto se instruyeron las cuatro hermanas mayores
de Kate, ya que ninguna sabía leer ni escribir, como demuestran las cruces
que hicieron en el lugar de las firmas en sus certificados de matrimonio
(Emma fue la excepción).
El analfabetismo y una pobre de educación general no eran raros entre las
hijas de la clase trabajadora en un momento en que el 48,9 % de las mujeres
inglesas ni siquiera sabían firmar con su nombre[217]. La asistencia regular a
la escuela no se consideraba esencial si una niña le era más útil a su madre en
casa, o ayudando a la familia a ganar dinero. Como señaló el reformador
educativo James Bryce en la década de 1860: «Pueden ayudar con el trabajo
de casa y a cuidar al bebé… Por tanto, suele ocurrir que a las niñas no se las
envíe a la escuela hasta mucho después de la edad en que debería empezar la
instrucción sistemática, y […] a menudo se las mantiene apartadas con
cualquier motivo». Ese «cualquier motivo» no era más que una serie de excusas, pero normalmente correspondía al nacimiento de un hermanito o a
una enfermedad familiar, que podía tener como resultado que se sacase a la
niña de la escuela durante varios meses, si no para siempre. En familias
numerosas, en las que se esperaba que los hijos mayores ayudasen en el
cuidado de sus hermanos y hermanas más pequeños, el orden de nacimiento
determinaba cuánta instrucción recibiría una niña. Como la atención de
Catherine se centraba en sus bebés, serían Harriet, Emma y Eliza las que se
turnaran para ocuparse de Alfred, así como de los niños más pequeños,
además de cocinar, hacer la compra, la colada y la limpieza. Estas
obligaciones cambiarían cada vez que una hija entrara a trabajar; entonces la
siguiente en edad tendría que ayudar en casa. Mientras que el salario que
ganaban por cuidar niños había sido un obstáculo para la educación de las
cuatro hermanas mayores, para Kate había supuesto justo lo contrario.
No se sabe quién avisó a George Eddowes de la disponibilidad de plazas
en las escuelas Bridge, Candlewick y Dowgate, que estaban a poco más de
unos minutos andando de la verja de Perkins and Sharpus. El establecimiento
de caridad, que se había fundado para proporcionar educación a los niños
pobres de los asilos, había ampliado recientemente su política de admisiones
y aceptaba hijos e hijas de trabajadores de la zona. Al enterarse, Eddowes
trató de inscribir a Kate en la escuela de Dowgate.
En la década de 1840, la escuela de Dowgate impartía clases a «no menos
de setenta niños y cincuenta niñas», para lo cual, a veces, existía una lista de
espera. Aunque la educación que se ofrecía se ceñía al sistema nacional
basado en la religión, sus enseñanzas estaban mucho más centradas y eran
más rigurosas. Niños y niñas estudiaban separados, aunque a ambos se les
enseñaba a leer, a escribir y aritmética, así como estudios de la Biblia y
música. Además, a las niñas se les enseñaba costura. Conseguir una plaza en
una escuela así habría sido un honor para cualquier familia de clase
trabajadora. Aunque Dowgate no era un internado, sus alumnos estaban
sometidos a un día entero de aprendizaje estructurado, siete días a la semana,
de ocho de la mañana a doce del mediodía, y de dos de la tarde a cuatro, en
primavera y verano; desde las nueve de la mañana, durante el otoño y en
invierno. Los domingos tenían que asistir a no menos de dos servicios
religiosos, normalmente en la catedral de San Pablo, a cuya sombra se había
construido la escuela. La limpieza y la respetabilidad eran absolutamente
obligatorias. Cada niño tenía que llevar un uniforme, lavado y proporcionado
por la escuela y hecho por las alumnas. Tanto los niños como las niñas eran
responsables de remendar sus ropas y no se admitía a ningún niño en la clase por las mañanas si no llevaban la cara y las manos limpias. Para asegurarse de
ello, se había instalado una pila, y se presupuestaba una suma cada año para la
compra de jabón. Entre los deberes del maestro y la maestra también estaba
«asegurarse de que el pelo de los niños se corte cada seis semanas»[218].
La intención de la escuela de Dowgate y de otras parecidas era crear una
persona de clase trabajadora mejor: alguien que se valorase a sí mismo y los
principios del cristianismo, y que avanzara en la fuerza de trabajo dignificada,
limpia, considerada y obediente. Cuando un estudiante se acercaba a los
catorce años y terminaba su escolarización, Dowgate se esforzaba por
colocarlo en una industria respetable. A los niños se les ofrecían puestos con
arquitectos e ingenieros, o como empleados en bancos y negocios, mientras
que a las niñas se las preparaba para trabajos en el servicio doméstico. Los
buenos alumnos que perseveraban en sus nuevos oficios y eran recomendados
por sus jefes podían optar a premios de la escuela, que podían llegar a las
cinco libras. Los libros de actas de Dowgate están llenos de historias así.
Finalmente, uno de los objetivos de Dowgate parece haber sido apartar a
los niños, en la medida de lo posible, de las circunstancias degradantes de su
vida diaria. No eran un par de manos más, sino escolares. La intensidad del
programa educativo implicaba que los niños rara vez veían a sus familias más
que a la hora cenar y de irse a la cama; de ese modo, evitarían los vicios
inherentes a sus casas. Cualquier padre que pusiera a sus hijos en la situación
de recibir semejante oportunidad habría reconocido que la escuela de
Dowgate ofrecía una ligera ayuda para salir del ciclo de la pobreza.
No se sabe por qué George y Catherine escogieron a Kate de entre todos
sus hijos para beneficiarse de una educación en la escuela. Sin duda, el orden
de nacimiento debió de desempeñar un papel importante, pero es probable
que Kate mostrara además una brillantez especial o una aptitud para el
aprendizaje que la hacía destacar entre sus hermanos y hermanas. En años
posteriores, Emma recordaba la personalidad infantil de su hermana como
«vivaz […], de corazón cálido y divertida»[219], mientras que otros conocidos
comentaban que Kate «poseía un grado inhabitual de inteligencia»[220]. Como
la escuela admitía a niños desde los seis años, es probable que iniciara su
educación allí en 1848, quizá junto con Emma. Todas las mañanas y todas las
noches, Kate cruzaba el puente de Londres, igual que su padre. Vestida con el
uniforme azul y blanco que ella misma había cosido, se abría paso por el
mercado de cueros y el hospital de Guy’s, entre fábricas y curtidurías,
parpadeando al sol en verano y envuelta en una capa de lana en invierno.
Es imposible saber exactamente cuáles fueron las experiencias de Kate en
la escuela de Dowgate; su nombre no aparece en ninguna de las actas que
registraban a los alumnos excepcionales o de mal comportamiento. Podemos
suponer que era una estudiante media y obediente. Como establecimiento de
caridad, Dowgate atraía el interés de numerosos benefactores que deseaban
ver destacar a los niños, pero que también creían que la educación debía
impartirse con amor. Los administradores advertían al maestro y a la maestra
de que «se abstuvieran todo lo posible de infligir severos castigos» a los
alumnos. En lugar de ello, durante el periodo en que Kate asistió a la escuela,
ricos benefactores ponían premios a disposición de la escuela para fomentar el
buen comportamiento. «Un libro se entregará al niño que se haya comportado
mejor y una caja de labores a la niña en el mismo sentido». El maestro y la
maestra decidían «dejar la concesión de los premios a los propios niños […]
de modo que ellos seleccionaran al niño y a la niña que fueran realmente los
que más se los merecían»[221].
Los eminentes donantes de la escuela también estaban dispuestos a
ofrecer oportunidades a los niños. El 26 de junio de 1851, Edmund Calvert,
dueño de la cercana fábrica de cerveza Calvert and Co., patrocinó un día de
campo para los ciento veinticuatro alumnos de las escuelas de Bridge,
Candlewick y Dowgate en el recién abierto Crystal Palace de Hyde Park. El
espectáculo de la Gran Exposición, una de las primeras ferias mundiales,
celebrado en el interior de una igualmente magnífica estructura de cristal, era
algo nunca visto en Gran Bretaña. Parecida a un enorme invernadero, su
interior de noventa y dos mil metros cuadrados llegaba a una altura de cuatro
metros y albergaba a más de quince mil expositores de todo el mundo. La
cantidad de objetos exhibidos era abrumadora. Obras maestras del avance
tecnológico (prensas de imprenta, martillos hidráulicos y motores de
locomotora) compartían espacio con grandes jarrones de porcelana de China,
pieles de Canadá, un pedazo de oro de cincuenta kilos de Chile y el diamante
Koh-i-Noor en una jaula de seguridad iluminada por haces de luz de gas. Los
expositores internacionales desfilaban con sus trajes nativos; hombres con
turbantes, túnicas bordadas y telas con hilos de oro con rostros extranjeros
acompañaban a los tesoros de sus países. «Cualquier cosa que la industria
humana haya creado puede encontrarse aquí», escribió la escritora Charlotte
Brontë de su visita. Había…
… Grandes compartimentos llenos de motores de ferrocarril y calderas, con
maquinaria de molino a pleno rendimiento, con espléndidos carruajes de todo tipo, con arneses de cualquier descripción, hasta los stands cubiertos de cristal y terciopelo cargados con la obra más elegante de orfebres y plateros, y los cofres
cuidadosamente custodiados llenos de auténticos diamantes y perlas de cientos de miles de libras de valor. Podría llamarse un bazar o una feria, pero es un bazar o una feria como los que hubieran creado genios orientales. Parece como si solo la magia hubiese podido reunir esta cantidad de riqueza de todos los confines del mundo; como si solamente unas manos sobrenaturales hubieran podido colocarla así, con
semejante resplandor, contraste de colores y maravilloso poder para impresionar[222].
La experiencia del Crystal Palace debió de dejar asombrada a Kate Eddowes,
que apenas tenía nueve años. Aquella mañana, ella y sus compañeros de clase,
acompañados por el maestro y la maestra, viajaron en carruajes especialmente
dispuestos por la fábrica de cerveza «hasta el gran centro de atracción»;
ciento veinticuatro cabecitas con sus gorras fueron contadas y recontadas,
guiadas en filas a través de las maravillas de lo que les debió de parecer una
suerte de país de las hadas. Niños que habían visto pocas cosas más allá de los
interiores simples de sus casas y clases quedarían hipnotizados ante aquel
circo mareante de objetos exóticos. Luego, tras «haber disfrutado durante
unas horas de las muchas atracciones del lugar, volvieron hacia las seis de la
tarde a la fábrica de cerveza». Allí «se les había preparado una excelente
cena», que tomaron en compañía de los jefes de Calvert and Co. Se hicieron
brindis antes de que los niños se levantaran y cantaran el himno nacional «de
un modo muy sentido»[223]. Fue una ocasión excepcional para los alumnos de
Dowgate. Seguramente, Kate jamás olvidaría aquella experiencia.
La niñez, para los hijos e hijas de las clases obreras victorianas, era una
fase fugaz de la vida, a menudo interrumpida bruscamente por diversas
circunstancias familiares. El decimocuarto cumpleaños de Kate en abril de
1856, que normalmente habría supuesto el final de su etapa educativa,
también coincidió con la disolución de Perkins and Sharpus, la empresa en la
que trabajaba su padre. No se sabe si George pudo encontrar fácilmente otro
trabajo, pero sin duda pasó a ser urgente que su hija encontrase empleo. Sin
embargo, la catástrofe que se cernió sobre la familia Eddowes en 1855 es
probable que acabase incluso antes con su etapa escolar.
Durante la mayor parte de 1855, Catherine Eddowes había estado
sufriendo un catarro terrible. Su familia observaba cómo se iba debilitando,
cada vez más delgada y febril. Es posible que sospecharan qué le pasaba
incluso antes de que llegara el diagnóstico. Llamaron a una de las hijas
mayores para que la cuidara, y George, con pocas alternativas en una casa de
unas tres habitaciones, ahora ocupada por ocho miembros de la familia, siguió
durmiendo a su lado mientras ella sudaba y escupía sangre. En noviembre,
cuando el frío y la humedad aumentaron, ella empeoró. Kate solo tenía trece
años cuando perdió a su madre, el día 17 de aquel mes. Catherine, cuyo cuerpo estaba destrozado por los embarazos, el trabajo físico y la mala
alimentación, había vivido cuarenta y dos años, que es lo que solía sobrevivir
una mujer de su clase social: esa era su esperanza de vida.
Tras la enfermedad y la muerte de Catherine Eddowes, el hogar se
reorganizó. En un relato escrito en 1888, Emma contaba que, como segunda
hija, le tocó dirigir la casa y cuidar de Alfred y de los cuatro hermanos más
pequeños, todos menores de doce años. Sin embargo, tales arreglos resultaron
ser solo temporales. En 1857, menos de dos años después de que la
tuberculosis se llevara a su esposa, George también enfermó[224]. La familia
sabía que iba a llegar lo inevitable. En septiembre de aquel año, las mayores
de la familia empezaron a pensar en su futuro. El día 27, Elizabeth, de
diecinueve años, accedió a casarse con su pretendiente, Thomas Fisher, un
vecino que por entonces tenía solo dieciocho años y se consideraba a sí
mismo un obrero. Bajo otras circunstancias, George habría deseado un marido
con mejores perspectivas, pero al menos una de sus hijas estaría legalmente
casada y habría establecido su propio hogar cuando él dejara este mundo.
Mortalmente enfermo, George, con ayuda de sus hijas, asistió a la boda en
Saint Paul, Bermondsey, en Kipling Street: un paseo corto pero difícil desde
su casa en King’s Place. Allí entregó a Elizabeth e hizo de testigo, poniendo
una cruz en el registro junto a su nombre. La de aquel otoño tan sombrío fue
una ceremonia agridulce que marcaría el final de la vida en común de la
familia Eddowes.
Cuando las hojas enrojecieron y cayeron, cuando octubre se convirtió en
noviembre, el problema de lo que se iba a hacer con Alfred y los hijos más
pequeños tras la muerte del padre sobrepasaba a sus hermanas mayores. En el
relato que Emma hace de los hechos, que apareció en el Manchester Weekly
Times, dice que Harriet ya se había ido a vivir (aunque aún no se había
casado) con Robert Carter Garret, un cochero[225]. Eliza había empezado a
servir, mientras que la recién casada señora Fisher y su marido se encargaron
de una tienda de pájaros en Locks Fields[226]. Emma también reconocía que
iba a tener que volver a emplearse para poder sobrevivir: cuando surgió la
oportunidad de una buena casa en Lower Craven Place, en Kentish Town, al
norte del río, dejó el cuidado de los niños y de su padre a Harriet.
Puede que en un principio su plan fuera asumir entre todas la
responsabilidad de cuidar de sus hermanos, pero, como la familia era tan
grande, la tarea no sería fácil. La cuestión de quién se ocuparía de Alfred se
convirtió en «una fuente constante de problemas» para las hermanas mayores,
pero, por alguna razón no especificada, Emma dijo que la que más les preocupaba era Kate. «Sobre todo, deseábamos que saliera de allí»,
recordaba. A los quince años, es probable que Kate estuviera profundamente
afectada por la pérdida de su madre, y la muerte inminente de su padre
seguramente habría agravado su dolor. Es posible que Emma y Harriet
pensaran que su hermana requería más control y estabilidad de la que ellas
podían proporcionarle, o quizá creían que Kate, brillante y con una educación,
iba a ser capaz de mejorar más bajo el ojo vigilante de la familia. Sea cual sea
el caso, Harriet envió una carta a sus tíos, Wiliam y Elizabeth Eddowes, en
Wolverhampton, «para ver si podían proporcionarle una situación a Kate lejos
de Londres». Sus parientes accedieron, pero no pudieron aportar el dinero del
billete de tren. Como se estaba quedando sin tiempo, Emma, que nunca dejó
de dibujarse a sí misma como la más ingeniosa de sus hermanas, tomó cartas
en el asunto y recurrió a su jefe. «Mi señora —recordaba, treinta y un años
después—, al enterarse de nuestra desafortunada posición, pagó el billete de
tren de Kate hasta Wolverhampton». Y eso fue todo. Es poco probable que
Kate tuviera algo que decir en un asunto que acabaría determinando el curso
de su vida.
Dados los limitados recursos de la familia, el destino de los demás hijos
de los Eddowes era tristemente inevitable. Ni Elizabeth ni Thomas Fisher, ni
Harriet ni Robert Garret tenían medios para mantener a Thomas, de trece
años, a George, de once, a Sarah Ann, de siete, a Mary, de cinco, ni a Alfred,
que ya tenía veintitrés. El 9 de diciembre, una semana después de la muerte
de su padre, quizá fuera incluso el día mismo de su funeral, enviaron a Alfred
y a los tres pequeños al asilo de Bermondsey como huérfanos. Thomas se
unió a ellos al día siguiente. No puede pensarse que George se fuera tranquilo
a la tumba sabiendo que las costuras que unían a su familia se desgarrarían
tras su muerte.
Respecto a Kate, sola en un tren en dirección a Wolverhampton, aquel día
de diciembre de 1857 marcó el final de su niñez. Había dejado atrás todo lo
que conocía para irse a un lugar que no recordaba, para vivir con unos
extraños que no compartían con ella más que un apellido.