Las cinco mujeres
Parte I. Polly
PARTE I
Polly
26 de agosto de 1845 - 31 de agosto de 1888
1
La hija del herrero
Los cilindros giraban. Las correas se movían. Los engranajes entrechocaban y zumbaban mientras los tipos y la tinta presionaban el papel. Los suelos
temblaban; las luces estaban encendidas a todas horas. En algunas
habitaciones, largas hojas llenas de palabras colgaban de los techos en
secaderos: en otras, había torres de cajas de madera llenas de pequeños tipos
de metal. Había habitaciones en las que varios hombres se inclinaban y
moldeaban cuero, grababan cubiertas con panes de oro y cosían
encuadernaciones. Había cobertizos en los que se grababan planchas de cobre
y se fundían letras. Había almacenes llenos de libros y periódicos y revistas,
fragantes con el delicioso perfume del papel fresco y de la tinta acre. Fleet
Street, y todas las callejuelas que la rodeaban, era una colmena
compartimentada de impresores. Cada infatigable trabajador estaba envuelto
en lona; sucios mandiles y manchados delantales eran la única moda; cuanto
más llenos de hollín y más negros, más duro era el trabajador. Los chicos de
la imprenta llevaban sus recados cubiertos de la cabeza a los pies de polvo de
tinta. Difícilmente había un solo hombre en la parroquia de editores de Saint
Bride que hubiera podido presumir de no tener manchados los dedos;
tampoco lo hubiera querido. Este era el hogar del autor, del impresor, del
periodista, del librero y de todos aquellos cuyas profesiones dependían de la
palabra escrita.
Fleet Street y sus pobladas bocacalles rebosaban de tráfico humano. Como
comentó un escritor, era posible mirar hacia atrás desde Ludgate Hill, cerca
de la catedral de San Pablo, y no ver «nada más que una masa oscura,
confusa, rápida de hombres, caballos y vehículos» sin que se viera «ni un
metro de acera; solo las cabezas a lo largo de las filas de casas, y en la
calzada, también, un océano de cabezas»[6]. Entre esta ancha vía pública y la
de High Holborn, que era paralela, había una compacta red de callejones y
pasajes más pequeños bordeados de estructuras de madera carcomida y
húmedos edificios de ladrillo que habían sido desde el siglo XVII los hogares y
talleres de impresores, pensadores y escritores empobrecidos. Nadie se
encontraba lo bastante lejos de su vecino como para no oír un estornudo, un
gemido o incluso un suspiro. En verano, con las ventanas abiertas de par en par, el golpeteo y el girar de las prensas (las que funcionaban a vapor y las de
mano) podían oírse prácticamente por todas las calles.
Entre toda esta cacofonía, Caroline Walker dio a luz a su segunda hija,
Mary Ann. Nació el 26 de agosto de 1845, un día que los periódicos de la
zona describieron como «soleado y seco». La vivienda en la que vino al
mundo, una casa ruinosa de doscientos años de antigüedad conocida como
Dawes Court, en Gunpowder Alley, Shoe Lane, una dirección digna de
cualquier heroína de Charles Dickens. Sin duda, el autor de Oliver Twist
había llegado a conocer íntimamente aquellos lóbregos patios y fétidos
callejones en su juventud, mientras trabajaba como limpiabotas o cuando más
tarde escribía en habitaciones cercanas. Polly, como llamaban a la hija de
Caroline Walker, pasaría sus primeros años en los mismos lugares que el
Fagin de la ficción y sus chicos carteristas.
Los Walker nunca habían sido una familia rica; dadas las limitaciones de
la profesión de su padre, tampoco tenían posibilidades de llegar a serlo.
Edward Walker había sido aprendiz de herrero en Lambeth, en la otra orilla
del Támesis, hasta que el trabajo en la «calle de la Tinta» lo atrajo al otro lado
del río. Se había especializado en hacer cerraduras; después, probablemente
por su emplazamiento, en el fundido de tipos o la creación de fuentes[7].
Aunque el oficio de herrero era un trabajo especializado y respetado, apenas
se ganaba lo suficiente para vivir. Al principio de su carrera, a un oficial
herrero podían pagarle entre tres y cinco chelines al día; cuando conseguía un
puesto fijo, podía llegar al menos a seis chelines y seis peniques. Aunque, si
la familia crecía, había que estirar al máximo cualquier penique extra[8].
Edward, Caroline y sus tres hijos (Edward, nacido dos años antes que
Polly, y Frederick, cuatro años después) salían adelante con esos ingresos.
Vivían modestamente, aunque con cierta comodidad. En las primeras décadas
de la época victoriana no era tarea fácil, cuando una enfermedad o la pérdida
repentina del trabajo podía provocar que la familia se retrasara en el pago de
la renta; de ahí te ibas derecho al asilo. El gasto medio de una familia como la
de los Walker se calculaba en una libra, ocho chelines y un penique. El precio
del alquiler de una habitación grande o dos pequeñas en el centro de Londres
fluctuaba entre los cuatro chelines y los 4,6 chelines a la semana. En comida
se iban veinte chelines más, mientras que un chelín y nueve peniques era lo
menos que uno podía esperar gastar en carbón, madera, velas y jabón[9]. Un
trabajador especializado como Edward Walker también podía ahorrar unos
peniques; en la educación de sus hijos se le irían un chelín y tres peniques.
Aunque la escolaridad no fue obligatoria hasta 1876, los padres más
prósperos de clase trabajadora solían enviar a sus hijos varones (y a veces a
las chicas) a escuelas locales de caridad o de pago. Esto ocurría sobre todo
entre las familias asociadas al oficio de la imprenta, donde la alfabetización
no solo estaba muy valorada, sino que se consideraba fundamental. Algunos
patronos, como, por ejemplo, Spottiswoode & Co, uno de los principales
editores de la época, llegaban a ofrecer la escolarización en la fábrica a los
niños menores de quince años, y también poseían una biblioteca de préstamos
para su personal con el objetivo de fomentar la alfabetización en casa.
Aunque puede que Polly y su hermano Edward no tuvieran acceso a tal
recurso, es probable que acudieran a una escuela nacional o a una escuela
británica. Las escuelas nacionales, como la Escuela Nacional de la Ciudad de
Londres, sita en la cercana Shoe Lane, estaban dirigidas por la Iglesia
anglicana y ofrecían una educación a tiempo parcial para niños que aún no
tenían que llevar un sueldo a casa. Las escuelas británicas, preferidas por las
familias trabajadoras que se consideraban un poco por encima de las más
pobres de la comunidad, ofrecían lo que se consideraba una experiencia
docente algo más rigurosa, en la que los niños mayores enseñaban a los más
pequeños bajo la vigilancia de una maestra o maestro. Como Edward Walker
parece haber sido un firme defensor de la educación, a Polly, de manera poco
frecuente para lo que solía ocurrirles a las chicas de su clase, se le permitió
seguir yendo a la escuela hasta los quince años. Durante ese tiempo, cuando
lo habitual era enseñar a leer pero no a escribir a las niñas de clase
trabajadora, Polly aprendió correctamente ambas disciplinas. Aunque los
Walker hubieran podido permitirse pocos lujos, el acceso a material escrito
quizá fuera la única ventaja que tuvo Polly al crecer cerca de la calle de la
Tinta.
Había pocas comodidades más que pudieran disfrutarse en las casas donde
pasó su juventud. Los Walker nunca vivieron lejos de Shoe Lane ni de High
Holborn. De Dawes Court se mudaron a Dean Street, Robinhood Court y
Harp Alley. El espacio y la privacidad eran lujos casi desconocidos en los
alojamientos apiñados en el interior de las estrechas calles medievales de las
parroquias de Saint Bride y Saint Andrew. Una investigación de 1844 sobre el
estado del alojamiento en los populosos distritos de Londres descubrió que los
edificios situados en patios cerrados y callejones estrechos, como en el que
vivían los Walker, eran algunos de los «peor acondicionados […] mal
ventilados y sucios […] de todo el vecindario». La mayoría de las familias
compartían una habitación, cuyas «medidas habituales eran de 2,5-3 metros
por tres metros, y de 1,8 a 2,5 metros del suelo al techo»[10]. En esas
habitaciones compactas se apiñaban familias enteras. Dawes Court, que había
sido una casa grande de estructura de madera y paredes de escayola, se había
dividido en tres hogares separados antes de trocearse aún más en habitaciones
individuales de alquiler. La habitaban no menos de cuarenta y cinco personas.
Un lecho podía bastar para una familia entera; debajo se improvisaban camas
nido para los niños más pequeños. Una mesa y unas cuantas sillas hacían las
veces de sala, comedor y vestidor. Cada rincón contenía algo útil, desde
escobas, ollas y cubos a sacos de cebollas y carbón. Los trabajadores sociales
se preocupaban por semejantes condiciones de vida y por el impacto que
podían tener en la moral y la decencia de la esforzada clase trabajadora.
Padres, hijos, hermanos y familiares se vestían, se lavaban, practicaban sexo
y, si no había «recintos adyacentes», defecaban unos delante de otros.
Mientras un miembro de la familia preparaba la comida, un niño enfermo con
fiebre alta podía estar vomitando al lado en un orinal, mientras que un padre o
un hermano estaba por allí medio desnudo cambiándose de ropa. Los maridos
y las mujeres engendraban a sus hijos al lado de los actuales. Poco podía
esconderse de la condición humana.
Aunque costaran cuatro chelines a la semana, el estado de aquellos
edificios era lamentable. Los inquilinos se encontraban con paredes húmedas
y agrietadas, techos manchados de hollín con escayola cayendo a capas,
suelos carcomidos, ventanas rotas o que no encajaban y agujeros que dejaban
pasar la lluvia y el viento. Las chimeneas obstruidas devolvían el humo a las
habitaciones y contribuían a la aparición de una gran cantidad de
enfermedades respiratorias. Los pasillos interiores y las escaleras no estaban
mucho mejor; a veces, eran incluso peligrosos. De uno de esos edificios se
describía: «Una barandilla rota» y unas escaleras no mucho mejor; «una
pesada bota ha atravesado ya un escalón y muy poco falta […] para que el
conjunto ceda y se derrumbe»[11].
Sin embargo, las cuestiones urgentes, como el acceso a agua limpia, las
cañerías y el aire fresco solían preocupar más a los habitantes que su modo de
vivir amontonados en edificios ruinosos. Los pequeños patios de la ciudad
eran los que se llevaban la peor parte, y los inspectores solían encontrar una
única fuente de agua para dar servicio a un gran número de hogares. Casi
todos los barriles en los que se almacenaban los suministros de agua estaban
más o menos contaminados por «una asquerosa capa acumulada en la
superficie». En algunos casos, los residentes tenían que echar mano de «aguas
residuales» para cocinar o limpiar, agua que se recogía en charcos estancados que en verano apestaban. Como muchos de esos edificios no tenían pozos
negros, los contenidos de los orinales se vaciaban «en los patios o calles,
donde se quedaban hasta que la lluvia se los llevaba a las alcantarillas»[12].
Como era de esperar, los brotes mortales de cólera, tifus y lo que los
inspectores médicos describían de manera general como «fiebres»
proliferaban, sobre todo en los meses más cálidos.
Como sabían demasiado bien las clases trabajadoras de la capital, los
alojamientos sucios y superpoblados eran el caldo de cultivo ideal para las
enfermedades. Las habitaciones llenas de humo, así como las nocivas
«nieblas» amarillas de Londres, no contribuían en nada a mejorar la salud de
los que trabajaban demasiado y se alimentaban mal. Polly lo aprendería antes
de cumplir los siete años. En la primavera de 1852, su madre enfermó. Al
principio, Caroline mostraba lo que parecían ser síntomas de gripe, pero la tos
empeoró con el tiempo. Cuando la tuberculosis empezó a consumirle los
pulmones, su horrible carraspeo se manchó de sangre. Febril, esquelética y
agotada, continuó su declive hasta el 25 de noviembre.
Dejó tras de sí un viudo y tres hijos, el más pequeño de los cuales,
Frederick, no había cumplido aún los tres años. En una época en la que no se
esperaba que un trabajador se ocupara de los niños pequeños, que Edward
Walker insistiera en hacerlo da buena prueba del afecto que tenía a su familia.
En lugar de dejar a sus hijos con familiares, o incluso al cuidado de un asilo,
Walker estaba decidido a proporcionarles un hogar. Como nunca se volvió a
casar, parece que la hermana mayor de Caroline, Mary Webb, pudo haberse
ocupado de la tarea de cuidar a los niños y atizar la chimenea[13].
Cuando murió, Caroline no podía sospechar que había contagiado su
enfermedad a Frederick ni lo peligrosa que había sido su constante
proximidad con los niños. Hasta finales de siglo, la tuberculosis fue una gran
desconocida. Como se extendía por medio de partículas que viajaban por el
aire durante un periodo de exposición regular, fue uno de los grandes asesinos
de la época victoriana, sobre todo dentro de los grupos familiares. Las
mujeres que cuidaban a parientes y vecinos enfermos solían introducir la
infección en sus casas, de forma involuntaria. Menos de dieciocho meses
después de la muerte de su madre, Frederick enfermó. Al darse cuenta de que
el niño no viviría, Edward y Mary lo bautizaron. Fue el 14 de marzo de 1854.
Un mes más tarde, enterraron a Frederick junto a su madre en la iglesia de
Saint Andrew en Holborn.
A pesar de contar con la ayuda de una tía y de otras mujeres de la familia,
Polly tuvo que crecer deprisa. Lo quisiera o no, sobre ella había caído la responsabilidad de ser la mujer de la casa, aun con lo joven que era. Según
testimonios de la época, se esperaba que la hija de un padre desconsolado
«fuera un consuelo para su padre viudo» y que «mantuviera su casa y se
ocupara de su familia». En ausencia de la madre, su primer deber, incluso por
encima de su educación, era el hogar. Eso también le impediría buscar un
trabajo a tiempo completo, lo que habría hecho necesario que viviera en otra
parte[14]. Sin duda, a los nueve años, Polly ya habría adquirido las habilidades
necesarias para mantener una casa y cocinar para su padre y su hermano.
Como dictaban las convenciones, también parece que permaneció bajo el
techo de su padre durante su adolescencia, en lugar de buscar trabajo como
sirvienta, como solían hacer las chicas de su condición. El sueldo de Edward
pudo cubrir las necesidades de su familia, y los días de Polly pasaban entre
sus deberes domésticos y el lujo de una escolarización prolongada hasta su
adolescencia.
Como resultado de la desgracia familiar, parece haberse forjado un
estrecho lazo entre Polly y su padre, que duró durante la mayor parte de su
vida. Aunque se esperaba que la niña asumiera la carga física del papel de su
madre en la casa, la sociedad victoriana también contemplaba que la hija
proporcionara a su padre el apoyo emocional del que carecía. La literatura de
la época suele dibujar a las hijas de los padres viudos como parangones de
generosa devoción: comportamiento perfecto, sin necesidades infantiles,
apañadas, amables e inocentes. La Florence Dombey de Charles Dickens, de
Dombey e hijo, una historia escrita el año posterior al nacimiento de Polly, era
uno de esos personajes irreprochables. Tras perder a su madre, lucha con
éxito para ganarse y asegurarse el amor de su padre viudo gracias a su fuerza
moral y su sacrificio. En el caso de Polly y de Edward Walker, parecían sentir
devoción el uno por el otro.
Durante la mayor parte de su vida, Polly rara vez estuvo muy lejos de su
padre, incluso en la elección de marido. En 1861, William Nichols, de
diecinueve años, vivía en una pensión de hombres en el 30-31 de Bouverie
Street, y trabajaba como almacenista, seguramente en el negocio de la
impresión. Nichols era hijo de un pintor de heráldica, los que
tradicionalmente pintaban escudos sobre carruajes y letreros; en el siglo XIX,
se fueron reconvirtiendo para dedicarse cada vez más a la papelería y las
cubiertas de libros. En algún momento anterior a la primavera de 1861,
William salió de su lugar de nacimiento, Oxford, para empezar a trabajar
como impresor. Bouverie Street era el corazón del negocio. Al menos siete
revistas y periódicos tenían sus oficinas entre los números 10 y 25 de esa calle, entre ellos el Daily News, editado en otro tiempo por Dickens, y la
revista Punch, cofundada por el investigador social Henry Mayhew. El
Londres que contaban estos dos escritores era el Londres de William Nichols
y de los Walker. Mayhew, como Dickens, había conocido las deudas y la
pobreza; había experimentado la precariedad de la vida junto con gran parte
de la fraternidad de los impresores de la zona. El mundo de «Grub Street»,
como se llamó desde el siglo XVII, era una comunidad estrecha de hombres
que procedían de muchas partes, que escribían, leían, producían y vendían
textos, que bebían juntos, que se pedían prestado dinero unos a otros y cuyos
familiares se casaban entre sí.
En esta historia dickensiana, la huérfana hija del herrero conoció a
William Nichols, un joven de rostro ancho y luminoso, de pelo claro. Como
Nichols era de la edad del hermano de Polly, que trabajaba como «ingeniero»,
es posible que Edward se lo presentara a la familia. Con dos pastores
guardando a la pequeña joven, de pelo oscuro y ojos castaños, William se
aseguró de congraciarse con su círculo más cercano. Poco antes de las
navidades de 1863, se hizo y se aceptó una propuesta de matrimonio. Se
leyeron las amonestaciones y, el 16 de enero de 1864, Polly, de dieciocho
años, y su amado se casaron en Saint Bride, la iglesia de los impresores.
Orgulloso, William citó su profesión en el registro.
La boda de Polly cambiaría la vida familiar. Su padre y su hermano, que
se habían acostumbrado a apoyarse en ella, tendrían que aceptar a otro
hombre en la casa; además, era probable que pronto tuvieran hijos. Los
Walker-Nichols se trasladaron al 17 de Kirby Street, situado en el ruinoso
barrio de Saffron Hill, al norte de High Holborn. Como eran dos familias que
vivían como una sola, buscaron tres habitaciones separadas, para que la pareja
pudiera disfrutar de cierto grado de intimidad. No obstante, el edificio de
Kirby Street donde acabaron (dividido en tres pisos, cada uno ocupado por
una familia) no debió de suponer una gran mejora.
Como estaba previsto, tres meses después de su boda, Polly ya esperaba el
primer hijo de la pareja. El 17 de diciembre de 1864, los llantos de William
Edward Walker Nichols llenaron las habitaciones del 17 de Kirby Street[15].
En el otoño de 1865, la señora Nichols volvía a estar embarazada; necesitaban
una casa más grande.
En la década de 1860, para una familia trabajadora era mejor vivir al sur
del Támesis, en Southwark, Bermondsey, Lambeth, Walworth o Camberwell,
en lugar de las cercanías de Fleet Street, en las zonas de Holborn y
Clerkenwell. Por cuatro o cinco chelines a la semana, se podía alquilar una casita con tres o cuatro habitaciones, y posiblemente con un jardín trasero.
Pero tampoco es que hubiera una gran disponibilidad de viviendas en la zona
ni que saliera mejor económicamente, a menos que encontraran un trabajo
bien pagado no demasiado lejos. En el verano de 1866, los Walker-Nichols
volvieron a Walworth, la parte de la capital en la que Edward Walker había
pasado su juventud. Los seis miembros de la familia alquilaron una casa en el
131 de Trafalgar Street, en lo que se describía como «casitas adosadas de
ladrillo de dos pisos». Aunque la calle y sus edificios eran de construcción
relativamente reciente (se habían construido poco después de 1805), el paso
de los años ya había hecho mella en ellos. La demanda constante de
alojamientos asequibles implicaba que aquellas casas (diseñadas otrora para
las clases medias georgianas) estaban ahora, en la época victoriana, divididas
y ocupadas por numerosas familias. Los vecinos de William y Polly eran
carpinteros, maquinistas, tenderos y mozos de almacén, cuyas grandes
familias vivían en apenas más espacio que el que habían conocido en
Holborn. Los Walker-Nichols, con tres hombres que ganaban un sueldo,
tenían más suerte, pues podían permitirse vivir en las cuatro habitaciones de
su casa. Sin embargo, esa situación no iba a durar.
En el hogar victoriano de clase trabajadora, el nivel de confort de una
familia subía y bajaba como la marea con cada nacimiento o muerte. A
medida que empezó a aumentar el número de hijos de los Nichols, sus medios
para sobrevivir siguieron estirándose. El hijo mayor no consiguió vivir más de
un año y nueve meses, pero a la familia pronto se les unieron otros. Edward
John fue el primer hijo que nació en la casa de Trafalgar Street. Fue el 4 de
julio de 1866. Lo siguieron dos años más tarde George Percy, el 18 de julio, y
Alice Esther en diciembre de 1870. Durante la mayor parte de su vida, Polly
tuvo la suerte de vivir bajo un techo financiado por al menos dos hombres que
trabajaban y en el que había pocos dependientes, pero tal equilibrio cambió a
medida que las vidas de los Walker-Nichols evolucionaban. Poco después del
nacimiento de su hija, el hermano de Polly se fue de casa para fundar una
familia propia. La pérdida de la contribución económica de Edward sumada a
la llegada de una boca más que alimentar debió de hacer que los Nichols
tuvieran que apretarse el cinturón y preocuparse seriamente por el futuro.