Las cinco mujeres

Hallie Rubenhold · Capítulo 11 de 30

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Las cinco mujeres

10. Allmän Kvinna 97

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Allmän Kvinna 97

 

En el siglo XIX, ningún hogar podía funcionar de manera eficiente sin el trabajo femenino, aunque meter en casa a jóvenes desconocidas era

arriesgado. La mayor parte de empleadores conocían los peligros de contratar

a jóvenes de fuera de la ciudad. Aun así, eran las preferidas: las hijas de

mejillas sonrosadas de los propietarios rurales que olían a hierba y a cabras,

que aún no habían aprendido a disimular o a robar, que se habían criado en

comunidades estrechamente unidas donde el párroco presidía la vida de todo

el mundo. Las muchachas urbanas, al haber estado expuestas a la avaricia y al

libertinaje y haber presenciado las costumbres mundanas de sus mayores, se

consideraban más corrompibles. Así pues, las chicas de ciudad podían parecer

poco de fiar, mientras que sus hermanas del campo se veían como más

inocentes y vulnerables. Al vivir en entornos desconocidos, en casas de

completos extraños, tendían a la nostalgia y a la sensación de soledad. Su

inexperiencia de la vida metropolitana las convertía en víctimas perfectas de

la gente poco escrupulosa. Aunque mantenerlas fuera de peligro era

responsabilidad de sus señores, el daño procedía del lugar mismo en donde

estaban empleadas.

Las sirvientas, a las que no les estaba permitido entrar en los bares ni

pasar la noche fuera de la casa de su patrón sin permiso, no tenían

prácticamente ninguna oportunidad de establecer relaciones con miembros del

sexo opuesto más allá de las personas del hogar o de la comunidad cercana.

Sus interacciones con otros sirvientes de las casas de amigos o familiares de

sus patronos, o con otros trabajadores como tenderos, carniceros, panaderos y

recaderos, eran breves (aunque a veces insinuantes y afables). Las jóvenes

como Elisabeth, que vivían en estrecha convivencia con la familia que las

empleaba, pudieron convertirse en una tentación para los miembros

masculinos de la familia (y viceversa). En hombres de todas las edades, los

líos sexuales con la sirvienta (que tenía un conocimiento íntimo de sus

hábitos, que le hacía la cama, le lavaba la ropa y le llenaba la bañera) se

consideraban casi el pan nuestro de cada día. Provocara ella o no los avances

del patrón o su hijo, su hermano, primo, amigo o padre, las oportunidades de

encontrarla sola eran innumerables, y eran ocasiones en que podían

obligarlas, forzarlas o en las que ceder al deseo mutuo.

Aunque se creía que el servicio formaba el carácter de una joven de clase

trabajadora, tener una aventura sexual con un hombre bajo el techo de su

patrón las desviaba del camino. Esas relaciones solían citarse como un factor

que finalmente conducía a las mujeres a la prostitución: «La doncella de un

farmacéutico o un cirujano puede ser seducida por el ayudante de su patrón;

una sirvienta de una pensión, por un estudiante, viajante comercial o

funcionario […]. La sirvienta de un hotel, por un cliente habitual; un joven

oficinista puede seducir a la sirvienta de sus padres», y así sucesivamente[152].

A menudo, el amante de una mujer le prometía cuidar de ella, y muchos

cumplían su palabra: establecían a su amante en un alojamiento, que podía ser

una habitación individual o una casa entera, en función de sus recursos.

Algunos vivían con sus enamoradas, y se comportaban como si estuvieran

casados; otros las visitaban solo de vez en cuando. Algunas relaciones se

prolongaban años, incluso toda una vida, pero muchas más acababan al cabo

de semanas o meses. Aunque la doble moral del siglo XIX permitía a los

hombres alejarse de semejantes lazos, solían destruir la vida de las mujeres,

que acababan teniendo que soportar sus consecuencias.

Elisabeth se llevaría a la tumba el nombre de quien, con su lujuria, alteró

el curso de su vida. Nunca sabremos si su primer encuentro fue consentido o

forzado, dónde ocurrió ni en qué circunstancias. Todo lo que se sabe es que, a

lo largo del mes de abril de 1865, ella siguió describiéndose como sirvienta,

aunque su nombre no se localiza en ninguno de los censos de Gotemburgo.

Una explicación plausible es que no permaneció mucho tiempo en su nuevo

puesto como doncella antes de establecerse con un amante, o en un

alojamiento que él mismo pagaría. En tales casos, la práctica habitual era

esconder la verdadera naturaleza de la relación adoptando el nombre del

amante, convirtiéndose, por decoro, aunque fuese por un corto periodo de

tiempo, en su esposa.

En Gotemburgo, mantener una apariencia de respetabilidad mientras se

vivía en pecado se hacía no solo para convencer al casero y a los vecinos del

carácter de una mujer, sino para esconderse de la ley y de las sospechas de la

policía. Hasta 1864, el sexo extramatrimonial y los embarazos ilegítimos eran

ilegales y podían ser castigados por la ley. Además, en 1859 se introdujo una

ley que regulaba la prostitución en la ciudad para contener la expansión de las

enfermedades venéreas, sobre todo la sífilis. La nueva legislación suponía una

amenaza para cualquier mujer que viviera en una situación potencialmente

comprometida.

En esta gran ciudad portuaria, con una población creciente de más de cien

mil habitantes y barcos extranjeros fondeando a diario en el río Göta, las

autoridades se preocupaban mucho por la manera tan fácil en la que esta

debilitante enfermedad podía transmitirse entre la población civil y extenderse

entre el ejército. Suecia aprendió de otras naciones europeas, como Francia y

Alemania, que, cuando se enfrentaron a una amenaza similar, instituyeron una

serie de leyes estrictas diseñadas para regular el comercio sexual y asegurar la

salud de las mujeres que lo practicaban. Asimismo, Gran Bretaña comprobó

las ventajas de introducir estas medidas en las ciudades portuarias, y en 1864

publicó la primera de sus actas sobre enfermedades infecciosas.

Aunque los métodos para poner en práctica tales regulaciones diferían

entre los distintos países, el concepto que todos compartían era que las

mujeres que comerciaban con el sexo eran las culpables de transmitir la sífilis.

Se creía que si el Estado pudiera controlar a las mujeres caídas, moralmente

corruptas, que eran instrumento de la expansión de la enfermedad, el

problema podría aislarse. El varón que transmitía la enfermedad se libraba de

cualquier regulación. En Gotemburgo, como en Estocolmo, París, Hamburgo,

Berlín y otras ciudades de toda Europa, las mujeres que participaban en el

comercio sexual tenían que registrar sus nombres y direcciones en la policía y

someterse a exámenes ginecológicos regulares para verificar que estaban

libres de la enfermedad. Sin embargo, determinar a quién se podía colocar

exactamente en esta situación quedaba totalmente en manos de la policía de

costumbres que patrullase esos barrios. Muchas mujeres que fueron obligadas

a registrarse no vendían sexo, sino que eran sospechosas de lo que la policía

describía como «vida lasciva»[153]. Según la historiadora Yvonne Svanström,

el sistema de Gotemburgo usaba dos listas diferentes: una en la que aparecían

los nombres de prostitutas reconocidas, y la otra, los de mujeres sospechosas:

solteras embarazadas, mujeres a las que se veía con frecuencia solas con

hombres, o en la calle por la noche, y amantes reconocidas.

La policía y sus vecinos pudieron sospechar durante un tiempo de

Elisabeth, pero, en marzo de 1865, quedó claro que era culpable de «vida

lasciva». Por entonces estaba embarazada de seis meses, cosa que ya no podía

disimular bajo su ropa. Quien la hubiera colocado en aquella situación ya no

estaba ahí para protegerla de las consecuencias. Nunca se supo adónde se

había ido o con qué medios de vida la había provisto mientras estuviera

embarazada. A finales de marzo, cuando el viento aún arrastraba un manto de

nieve, se le ordenó a Elisabeth que compareciera para el primero de los exámenes de sus genitales, que a partir de ese momento serían regulares. Lo

llevaría a cabo un cirujano en el local de inspecciones de la policía.

En su primera visita, su nombre, Elisabeth Gustafsdotter de Torslanda, fue

inscrito en el registro oficial como «Allmän Kvinna [mujer pública] número

97»[154]. Se le pidió que proporcionara un certificado de nacimiento e

información sobre su pasado, como, por ejemplo, si había trabajado

anteriormente, y dónde vivía. Ella permaneció deliberadamente en silencio

acerca de esos temas, declarando solo que era hija de granjeros y que había

venido del campo a la ciudad, donde había trabajado como sirvienta. Le

preguntaron también por su educación religiosa y declaró (incorrectamente)

que se había confirmado a los diecisiete años[155]. El funcionario que

registraba sus detalles miró entonces a la joven y describió su apariencia.

Anotó que tenía «ojos azules» y «pelo castaño». Describió su nariz como

«recta», el rostro, «ovalado»; alargado, en vez de redondo. Más allá de tener

el vientre hinchado por su avanzado estado de gestación, conjeturó que

aquella mujer de veintiún años no había vivido una vida de glotonería. Medía

un metro cincuenta y ocho, y añadió que era de porte «esbelto[156]».

Le explicaron las reglas que gobernarían su día a día. Debía acudir a la

casa de inspección dos veces a la semana, martes y viernes, o enfrentarse a

una detención y una multa, o a tres noches en prisión a pan y agua. No se le

permitiría salir después de las once de la noche. Se le pedía que «llevara una

vida tranquila y silenciosa», lo que suponía que era una prostituta y que

requería públicamente a los hombres. Las regulaciones le prohibían asomarse

a las ventanas o a la puerta de donde viviera y «llamar a los paseantes». Se le

pedía «vestir decentemente cuando apareciera en público» y que «no llamara

la atención sobre sí misma». La humillación que las mujeres debían

experimentar al escuchar tales admoniciones, sobre todo si no tenían relación

con el comercio sexual, o si sus delitos no eran públicos, sino una violación o

una indiscreción privada con un amante, debía de ser abrumadora. A pesar de

que su nombre apareciera en lo que se llamaba coloquialmente «el registro de

la vergüenza», Elisabeth siguió describiéndose a sí misma en su

documentación no como prostituta, sino como sirvienta.

La rutina de inspección estaba diseñada tanto para castigar a las «mujeres

públicas» de la ciudad como para protegerlas. Para evitar ofender la

sensibilidad de los respetables ciudadanos de Gotemburgo que pasaban por

Östra Hamngatan, a todas las «mujeres públicas» conocidas o sospechosas de

serlo se les pedía que entraran en el edificio de la policía por un pasaje

escondido en la parte de atrás. Una vez dentro se les ordenaba que se desnudasen y formaran una cola. A veces, si la espera era larga, se les decía

que esperaran fuera en el patio, al aire libre, temblando de frío, mientras

policías uniformados las vigilaban.

Para una joven educada en una comunidad religiosa e instruida en la

catequesis, la indignidad de la experiencia debió de ser brutal. Sin embargo,

como Elisabeth estaba embarazada de un hijo ilegítimo, es probable que ella,

como muchas mujeres de su época, hubiera interiorizado ese castigo como

justificado. La sociedad y la Iglesia le habrían hecho creer que había pecado

contra sus padres, su comunidad, contra ella misma y contra Dios. Su

sensación de desgracia se refleja en su negativa a revelar en su documento de

registro más detalles acerca de sus circunstancias. Cuando le preguntaron por

sus padres, no dudó en declarar que ambos habían fallecido. Aunque era

cierto en el caso de su madre, que había muerto de tuberculosis en agosto de

1864, el padre de Elisabeth estaba aún bien vivo, pero la vergüenza de su

estado le habría impedido volver con él[157]. Asimismo, Anna Christina, que

se había casado en mayo de aquel año, parece haber cortado todos los lazos

con su hermana, a la que podía muy bien considerar como perdida para la

familia.

Desde que su nombre se registró en los archivos policiales en marzo,

Elisabeth habría vivido sujeta a esa rutina no mucho más de un puñado de

veces antes de que se descubriera, el 4 de abril, que había desarrollado un

condiloma, o verrugas genitales. El examinador médico reconoció

inmediatamente qué significaba: Allmän Kvinna 97 presentaba los síntomas

de la sífilis. Bajo la escolta de la policía, la enviaron inmediatamente a la

Kurhuset, o «casa de curas», el hospital de enfermedades venéreas.

Cuando Elisabeth quedó bajo vigilancia policial, su sífilis ya había

entrado en fase secundaria. La primera manifestación de la enfermedad habría

tenido lugar más o menos de diez a noventa días después de la exposición e

incluía la aparición de un chancro, o llaga indolora, en los genitales, que

desaparecería entre tres y seis semanas después. Posteriormente, Elisabeth

habría empezado a experimentar síntomas parecidos a la gripe: fiebre,

ganglios inflamados, dolor de garganta y después la erupción de un sarpullido

en la espalda, manos y plantas de los pies. En este estadio, las víctimas

también sufrían excrecencias semejantes a las verrugas y lesiones en sus

genitales. Esta fase secundaria podía haber durado no más de unos cuantos

meses o podía haber seguido afectando a la paciente durante bastante más de

un año. Aunque es imposible determinar con seguridad de quién contrajo la

sífilis, el estadio de su enfermedad indica que podía haber sido del padre de su hijo. Las personas no experimentadas sexualmente, que no habrían sabido

buscar los síntomas de la enfermedad en sus parejas, estaban más expuestas a

quedar infectadas que las profesionales del sexo.

Los informes sobre Elisabeth cuentan que se quedó en la Kurhuset hasta

el 13 de mayo[158]. Lejos de ser un santuario donde los enfermos podían

retirarse para su curación, el hospital de enfermedades venéreas de

Gotemburgo tenía fama de tratar a los pacientes como a prisioneros. Como los

que se encontraban allí lo estaban por orden de la ley, sus empleados y sus

enfermeras estaban autorizados a usar la fuerza y la coerción para mantener a

los pacientes encerrados hasta que se hubiesen curado oficialmente. En 1855,

la Kurhuset albergaba a ciento treinta y tres mujeres en su pabellón de sífilis,

muchas de las cuales compartían cama, por culpa de la superpoblación.

Cuando el número de pacientes excedía la capacidad del centro, a los internos

se les hacía dormir en el suelo.

En la década de 1860, la clase médica recomendaba dos tipos de

tratamiento para la sífilis. El primero y más tradicional incluía la ingesta de

mercurio, así como su aplicación tópica en los chancros y lesiones. La

segunda teoría, más moderna, favorecía el uso de otros metales (oro, plata,

cobre), así como bromo, yodo y ácido nítrico, que debía tomarse internamente

o ser aplicados en ungüentos. Ambos eran peligrosos para la salud del

paciente. De estos dos métodos, la Kurhuset de Gotemburgo parece haber

sido partidaria de los que no aplicaban mercurio. Elisabeth, durante su

estancia, fue tratada internamente con ácido hidroyódico, cuyos principales

componentes son el yodo y el hidrógeno, mientras que sus verrugas genitales

serían deshidratadas con una crema, o cortadas. Tras recibir esta cura durante

diecisiete días, Elisabeth tuvo un parto prematuro, a los siete meses de

embarazo. El 21 de abril dio a luz a una niña que nació muerta, aún estando

encerrada bajo llave en la Kurhuset[159]. No citó el nombre del padre en el

certificado de nacimiento.

El trauma de aquella experiencia, entre finales de marzo, cuando su

nombre entró en «el registro de la vergüenza», y el 13 de mayo, cuando fue

liberada de la Kurhuset, no puede pasarse por alto. Haber sido denunciada

públicamente como prostituta, haber sufrido la indignidad de los exámenes

policiales, haber descubierto que tenía una enfermedad potencialmente mortal

y deformante, haber sido encarcelada y sujeta a insoportables procedimientos

médicos, haber sufrido un parto prematuro en un entorno hostil y después

haber sido arrojada a la calle sin parientes a los que poder recurrir debió de

dejarle profundas cicatrices.

Una de las consecuencias de un sistema que trataba a mujeres sospechosas

de «vida licenciosa» como a reconocidas prostitutas era que a todas se las

condenaba a un mismo destino. Una vez que una mujer aparecía en el registro

de la policía, no podría conseguir un trabajo respetable. El único medio que

tenía entonces para ganarse la vida era recurrir a la profesión que le habían

acusado de practicar. No se sabe cómo Elisabeth llegó exactamente a unirse a

las filas de mujeres que se vendían en Pilgatan, infamante «calle de las mil

ninfas» de Gotemburgo, pero, en octubre de aquel año, ella misma la cita

como su dirección[160]. Como vagar por la calle y ejercer la prostitución

abiertamente estaba prohibido, Elisabeth habría recurrido a practicar su oficio

en el interior, ya fuera en uno de los varios cafés de la zona que se

camuflaban como establecimientos legales o en un burdel, aunque las

madamas que manejaban esos negocios no estarían muy dispuestas a contratar

a mujeres que acabaran de pasar por un tratamiento de sífilis. Arrastrarse por

los cafés que había entre Pilgatan y Husargatan, aprender las reglas no

escritas que gobernaban las relaciones entre las diversas mujeres, sus clientes

y los dueños de esos negocios, debió hacérsele muy cuesta arriba. La

violencia y el miedo a sufrirla debieron formar parte de la vida de Elisabeth.

Como su nombre sigue sin aparecer en este tiempo en el censo de Haga (el

distrito de clase trabajadora en el que dijo que vivía), es probable que siguiera

usando un alias cuando llevaba hombres a su alojamiento. El lugar que

llamaba «hogar» era probablemente una de las muchas habitaciones

semejantes a cubículos conocidas como luderkupor (o «armarios de putas»)

situados en los áticos de muchas casas de la zona. Estos estaban

especialmente diseñados para que las prostitutas los alquilaran y pudieran

ganarse la vida de manera discreta pero escasa.

La incurabilidad de la enfermedad que sufría Elisabeth fue una de las

muchas desgracias que le cayeron encima y, sin duda, a un buen número de

hombres con los que se acostó. Como la patología de la sífilis aún no se

comprendía del todo, se creía erróneamente que los afectados no eran

contagiosos mientras no hubiera señales visibles de la enfermedad. A pesar de

los incansables esfuerzos de la profesión médica, hasta 1910 no estuvo

disponible un tratamiento eficaz para esta devastadora enfermedad. Ocurrió

con la introducción del Salvarsan, y más tarde con los antibióticos. Así pues,

no es de extrañar que el 30 de agosto Elisabeth estuviera manifestando de

nuevo síntomas de la sífilis. La enviaron de nuevo a la Kurhuset, donde

permaneció hasta el 23 de septiembre. En esta ocasión, la trataron con

aplicaciones de nitrato de plata, para una lesión en el pubis. Veintitrés días después del alta, de nuevo ingresó, el 17 de octubre, por otra lesión, esta vez

en el clítoris: un nuevo tratamiento con nitrato de plata antes de que se la

declarara «curada» el 1 de noviembre. Los posteriores exámenes policiales

hechos el 3, el 7 y el 10 afirmaban que estaba «sana», aunque, en realidad,

nunca lo estaría[161]. En algún momento después de esta fecha, la sífilis de

Elisabeth entraría en su fase latente. Aunque sus síntomas desaparecieron y ya

no contagiaría, muchos años más tarde la enfermedad volvería en su

destructiva y terminal fase terciaria.

Aunque el sistema legal tenía muy poca compasión por quienes caían

atrapados en un círculo vicioso de prostitución y enfermedad, la actitud entre

algunos segmentos de la población era más empática. Como muchas naciones

europeas, la Suecia de mediados del siglo XIX (en general, los países nórdicos)

asistió a un súbito interés por «rescatar» a mujeres caídas. Esta labor, en su

mayor parte llevada a cabo por mujeres de clase media o alta a través de la

Iglesia, pretendía rehabilitar y hacer volver a la vida cristiana a aquellas que

de otro modo se habrían perdido para Dios. Generalmente, se admitía que las

circunstancias no eran las que empujaban a las mujeres a la prostitución, sino

que era una opción personal. Tras haberse salido de la senda correcta, una

mujer caída también podía decidir volver a ella. Esta reforma del carácter

podía efectuarse convirtiendo «una mujer pública en una mujer privada»;

llevándola de nuevo a la esfera doméstica, el lugar que las Escrituras

destinaban a las buenas mujeres luteranas. La rehabilitación suponía volver a

formarse como doncellas o lavanderas, aprender a limpiar, planchar, cocinar,

cuidar, coser y crear artesanía tradicional. Las diaconesas luteranas que se

colocaban a la vanguardia de esta obra abrían refugios reformatorios y

lavanderías, y hacían visitas regulares a los distritos de luces rojas y

hospitales de enfermedades venéreas como parte de su misión reclutadora.

Es probable que fuese así como Maria Ingrid Wiesner descubriera a

Elisabeth. Maria era la esposa de un músico alemán que la Orquesta de

Gotemburgo había contratado en el recién construido Teatro Nuevo de la

ciudad. Aunque no eran ricos, los Wiesner, como las familias de sus colegas

músicos que vivían en el bloque de apartamentos de madera del 27 de

Husargatan, estaban acostumbrados a tener una doncella como signo de

estatus social. La decisión de contratar a una joven caída pudo haber sido el

resultado de la posición financiera del matrimonio, o también responder a un

sentido cristiano del deber. Solo unos meses antes, la orquesta se había

disuelto por falta de fondos, y en vez de volver con su esposa sueca a su

Bohemia natal, Carl Wenzel Wiesner decidió quedarse en Gotemburgo y ganarse la vida como intérprete de oboe. Los Wiesner no tenían doncella, y

como Maria estaba esperando su primer hijo, la ayuda sería bienvenida,

especialmente porque a las mujeres del registro de la policía solo se las podía

contratar en un régimen de cama-y-comida.

El 10 de noviembre, Elisabeth acudió a su habitual examen sanitario.

Maria, con su gorro y abrigo de invierno, la esperaba fuera de la casa de

inspección para acompañarla a su nueva vida. La oferta de trabajo de un

hogar, de alguien que le tendía una mano comprensiva, era un golpe de buena

suerte excepcional. Según la ley, también era la única forma, aparte del

matrimonio, en el que una mujer que estaba en el registro de la policía podía

eliminar de él su nombre y, de este modo, recuperar su vida y su reputación.

No se sabe lo que impulsó a Maria Wiesner a escoger precisamente a

Elisabeth entre los muchos rostros de la Kurhuset, pero es posible que algo en

la trágica historia de la Allmän Kvinna 97 la conmoviera. Quizá fuese porque

ambas tenían una edad parecida y procedían de pueblos del oeste de Suecia.

Tal vez Maria, que llevaba dos años casada, necesitase una compañera

además de una sirvienta. Quizá viera en Elisabeth una devoción religiosa y el

verdadero deseo de cambiar su destino.

Era necesario que un empleador escribiese una carta de garantía a la

policía para que el nombre de alguien se eliminase de «el registro de la

vergüenza»; alguien que respondiera por el carácter y la conducta futuros de

la antigua mujer pública. El día 13, tres días después de que Elisabeth siguiera

a Maria Wiesner a su apartamento del primer piso, su empleadora escribió:

«La doncella Elisabeth Gustafsson ha sido contratada a mi servicio el 10 de

noviembre y soy responsable de su buena conducta mientras permanezca a mi

servicio»[162]. Al día siguiente se le pidió a Elisabeth que se sometiera a una

última inspección sanitaria. El doctor declaró que su cura había sido un éxito,

y Allmän Kvinna 97 dejó de existir.

No podemos sino esperar que la época que Elisabeth estuvo trabajando

para los Wiesner en el 27 de Husargatan fuese feliz. El propietario del

edificio, Johan Frederik Bergendahl, un sargento del ejército que había tocado

la trompeta en la orquesta con Carl Wiesner, parece haber favorecido a los

inquilinos, con los que tenía una relación personal. Además de los Wiesner,

Bergendahl escogió como vecinos a otro trompetista, Frans Oscar Malm, y a

una viuda de militar con sus hijos. Aquel año, cuando entró el invierno y la

pesada y fría oscuridad envolvió la ciudad, la otrora triste y penosa existencia

de Elisabeth debió de estar llena de luz de velas, fuego en la chimenea y

música.

En el siglo XIX, la música y el arte era lo que unía a las clases sociales más

dispares. Aunque los que producían el entretenimiento solían proceder de las

clases trabajadoras o «artesanas», los que participaban y patrocinaban los

actos culturales solían ser los miembros más ricos e influyentes de la

comunidad. Los artistas, como sus adinerados patronos, viajaban por todo el

mundo; se mezclaban con todo tipo de personas de todas las nacionalidades y

podían acceder a los oídos de los poderosos. Es probable que Elisabeth

encontrara su siguiente oportunidad gracias a la música.

La expansión comercial de Gotemburgo, que había empezado en el

siglo XVIII, continuó a buen ritmo durante el XIX. El gran puerto de la ciudad y

el acceso a materias primas como madera y mena de mineral atrajeron una

cantidad significativa de inversiones extranjeras por parte de emprendedores

británicos, que veían allí grandes oportunidades de hacer fortuna. Familias

como los Dickson, los Keiller y los Wilson pusieron en marcha imperios

navieros. David Carnegie abrió un banco de inversión, una refinería de azúcar

y una fábrica de cerveza. Gotemburgo pronto atrajo a los maestros cerveceros

británicos, así como a ingenieros escoceses e ingleses, que fueron contratados

para diseñar ferrocarriles y sistemas de alcantarillado. La comunidad británica

tuvo una presencia tan fuerte que Gotemburgo pronto adquirió el

sobrenombre de «Pequeño Londres».

Los «pequeños londinenses» de Gotemburgo, que procedían en su

mayoría de Escocia, eran también algunos de los filántropos más generosos

de la ciudad. James Jameson Dickson, su hermano y su padre fueron

personalmente responsables de reunir el dinero para fundar la Orquesta de

Gotemburgo y desempeñaron un papel fundamental en las vidas de los

músicos. El director de la orquesta y de la banda militar de Gotemburgo, Josef

Czapek, amigo y jefe de Carl Wiesner, también trabajó como organista en la

Iglesia inglesa, el corazón de la comunidad británica. Es muy probable que a

través de esta red de conocidos los Wiesner se enteraran de que había un

puesto para una doncella que quisiera viajar con una familia británica a

Londres.

Es posible que, durante el tiempo que Maria pasó con Elisabeth, hubieran

hablado de sus sentimientos acerca de lo que le quedaba en Gotemburgo.

Aunque Elisabeth ya no estaba en el registro de la policía ni trabajaba como

prostituta, no tenía más que salir de la puerta de los Wiesner a Husargatan

para ver las caras de los que le recordaban lo que había sido. Cada día, cuando

visitaba las tiendas o el mercado, podía encontrarse con antiguos clientes, los

dueños de los cafés y las mujeres que habían compartido su profesión. La policía también seguía vigilándola. Mientras permaneciera en la ciudad,

Elisabeth nunca escaparía de su pasado, por lo que la posibilidad de empezar

de cero en Londres, como doncella de una familia rica, debió de parecerle un

don de la providencia.

El destino ya había sido generoso, pero ahora le proporcionaba una gran

oferta final. Mientras vivía con los Wiesner, recibió lo que se cree que fue una

herencia de sesenta y cinco coronas del legado de su madre[163]. Sin embargo,

como la ley sueca estipulaba que las mujeres menores de veinticinco años no

podían heredar dinero por derecho propio y que la propiedad pertenecía al

marido después de la muerte de la mujer, no es probable que ese dinero fuera

lo que en un principio parecía[164]. La suma era relativamente pequeña y

hubiera servido para comprar objetos útiles para su nueva vida: ropa, zapatos,

sombreros, quizás incluso un baúl de viaje. Si Elizabeth recibió el pago, es

probable que tuviera un origen diferente, quizá de alguien que quisiera pagar

la deuda que tenía con ella. Gestos de este tipo eran una práctica común entre

hombres que abandonaban a sus amantes.

A principios de febrero, la nieve formaba una capa espesa sobre las calles

de la ciudad. Los canales de Gotemburgo estaban impracticables a causa del

hielo. En el puerto, el 7 de febrero de 1866, los trabajadores de los muelles,

marineros y pasajeros se envolvían en lana y pieles para protegerse del frío

cortante. Elizabeth estaba entre ellos, dispuesta a abordar uno de los barcos

que se dirigían a Londres y cuyas chimeneas apuntaban al cielo, lanzando

cálidas nubes hacia el aire helado.

Cinco días antes, había rellenado la petición para emigrar a Inglaterra y

entregó un certificado de cambio de residencia para la capital. En su

formulario declaraba que viajaba sin su familia. Acababa de cumplir veintidós

años y sería la única sueca que emigraría a Londres aquel día[165]. No viajaría

en uno de los abarrotados barcos de inmigrantes que salían por Hull, sino con

cierto grado de comodidad con sus nuevos señores británicos. Mientras

permanecía en la cubierta y observaba cómo disminuían a lo lejos, a través de

las ventanas, las agujas y las cúpulas de la línea del horizonte de la ciudad, es

probable que no sintiera nostalgia alguna. Gotemburgo había dejado en ella

una marca cruel que permanecería para siempre, fuera cual fuera el lugar al

que llamase «hogar».