Las cinco mujeres

Hallie Rubenhold · Capítulo 17 de 30

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Las cinco mujeres

16. «Nada»

16

 

«Nada»

 

Para los que vivían en las partes más pobres de Londres, el final del verano traía la oportunidad de ganar algún dinero y divertirse en el campo en Kent

participando en la cosecha de lúpulo. La recogida del lúpulo era lo más

cercano a unas vacaciones que fuesen a tener jamás: la oportunidad de

disfrutar del aire fresco, la camaradería del fuego de campamento y los

barriles de cerveza y sidra gratis que aportaban los granjeros. Cada

septiembre, miles de habitantes de las ciudades acudían a la zona; los que se

lo podían permitir viajaban en tren, mientras que otros muchos iban andando

por las carreteras desde Londres. En un buen año, como 1890, se calcula que

entre cincuenta y sesenta mil hombres, mujeres y niños llegaron para la

cosecha del lúpulo, donde les pagaron dos peniques la fanega por su trabajo y

se albergaban gratis en cabañas, cobertizos o graneros cercanos a las

plantaciones de lúpulo.

Sin pagar alojamiento y con la bebida regalada, Kate y John Kelly no se

iban a perder semejante oportunidad para llenarse los bolsillos y saciar el

estómago. Habían sido habituales entre los recogedores de lúpulo de años

anteriores, y en el verano de 1888 se unieron a la procesión de londinenses

que se dirigían al sur de Kent. Por desgracia, todos ellos se encontraron con

una cosecha especialmente escasa. The Echo comentó que los trabajadores se

dieron cuenta de que «no merecía la pena recoger el lúpulo» en muchas partes

de Kent. «Después de probar muchas zonas para trabajar», los trabajadores

tuvieron que «volver a Londres, sin haber ganado nada»[270].

Kate y Kelly habían salido hacia finales de agosto, cuando en los huertos

y los campos de bayas estaban buscando manos para recoger la cosecha. Esto

formaba parte de su circuito habitual a través de Kent, y los dos habrían

estado dedicándose a la venta ambulante además de buscar trabajos de

recogida aquí y allá hasta que el lúpulo estuviera listo para cosecharse. Poco a

poco, la pareja avanzó hacia Maidstone, donde habían oído que la cosecha era

algo mejor que en otras zonas. Como capital del condado, Maidstone ofreció

a Kate y a John la oportunidad de adquirir algunos objetos necesarios para el

trabajo que tenían por delante; Kelly necesitaba un nuevo par de botas y una

chaqueta, que compraron en una tienda de empeños. Después se dirigieron

hacia Hunton, una aldea a unos ocho kilómetros, donde, como otros posibles recogedores, pronto descubrieron que la cosecha era demasiado escasa y que

«los de fuera no tenían nada que hacer»[271]. Decepcionados, decidieron

«volver a pie» a Londres[272].

La pareja llegó a la ciudad la noche del jueves 27 de septiembre. Tras

comerse y beberse lo poco que habían ganado en el campo, tuvieron que

buscar alojamiento en el patio del asilo de Thavies Inn, en Shoe Lane.

Después de años de vagabundeo, Kate y John se habían vuelto expertos en

seleccionar los mejores sitios, y Thavies Inn era uno de los lugares favoritos

entre la gente errante. A pesar de las reglas establecidas en el Acta Casual de

Pobres de 1882, que exigía que todos los internos se quedaran durante al

menos dos noches, para pasar un día entero deshaciendo estopa y picando

piedras antes de marcharse, Shoe Lane era más laxo en la aplicación de la

norma; se citaba como un lugar al que «los pobres acudían en masa» porque

«la detención y el trabajo no son obligatorios»[273]. Esto coincide con el relato

de Kelly de los hechos; a él y a Kate los dejaron salir el viernes por la mañana

temprano, lo que le permitió encontrar algo de trabajo en el mercado de

Spitalfields. Aquella tarde había ganado seis peniques, cosa que cubría los

gastos de alojamiento de una noche para uno de ellos, pero no para los dos.

John, que no quería parecer un marido descuidado tras el asesinato de su

pareja, dijo en su declaración oficial que se había ofrecido a caminar hasta el

patio del asilo de Mile End mientras Kate cogía cuatro peniques para pagar la

cama en Cooney’s. «No, tú vas a ir a la cama y yo iré al patio del asilo»,

aseguró que dijo Kate. Sin embargo, lo que se acordó y lo que realmente

ocurrió es un poco más «confuso», como el propio John Kelly admitió ante el

juez de instrucción.

Gran parte de lo que se sabe de los movimientos de Kate y Kelly en

septiembre procede del enmarañado relato de John, varias versiones del cual

aparecieron en los periódicos[274]. En principio, Kelly declara que Kate se fue

a Mile End hacia las tres o las cuatro de la tarde el viernes, a hacer cola para

conseguir una cama, pero no era cierto. El juez de instrucción sacó a relucir

un billete de la casa de empeños por un par de botas que Kelly dijo que había

empeñado, con fecha del viernes 28. John se vio cogido por sorpresa, ya que

originalmente había dicho que había empeñado las botas el día siguiente, el

sábado por la mañana, y había comprado comida y bebida con los dos

chelines y seis peniques que le dieron. «Fue el viernes por la noche o el

sábado por la mañana. Estoy muy confuso», declaró, cuando la mentira

empezó a descubrirse. Más tarde reveló que, de hecho, había sido Kate la que

había empeñado las botas aquel viernes por la noche, mientras Kelly se

quedaba descalzo en la puerta[275]. «¿Había estado bebiendo cuando se

empeñaron las botas?», le preguntó el juez de instrucción. «Sí», admitió Kelly

mansamente. Su confesión dejó claro por qué sus recuerdos eran tan poco

claros[276].

De hecho, ni Kate ni Kelly habrían comido desde que salieron de Thavies

Inn aquella mañana. Y lo primero que habrían pensado era en llenar sus

rugientes estómagos con comida y bebida. Los seis peniques que John había

ganado se habían ido en alcohol, circunstancia que explica su estado cuando

empeñaron las botas. Según el testimonio de John, «la mayor parte» de los

dos chelines y seis peniques que recibieron los usaron para comprar

provisiones que tenían que durarles hasta la mañana siguiente[277]. La pareja

compró té y azúcar, que Kate cargó en los bolsillos de su falda, y seguramente

unas cuantas bebidas más. Al final de la velada, les resultaría evidente que se

habían quedado sin la mayor parte del dinero del empeño y decidieron que

John se llevara cuatro peniques para una cama individual en la pensión.

Aquella noche, Kelly no se quedó en el 55 de Flower and Dean Street, sino en

el número 52. Es casi seguro que, por su parte, Kate no estaba entre los que se

iban a quedar en el patio de Mile End. No solo no hay registro de su

admisión, sino que Mile End no compartía la reputación laxa de Thavies Inn

sobre la práctica de las reglas. Si Kate hubiera cogido una cama allí, tendría

que haberse quedado durante dos noches para deshacer estopa. Sin embargo,

parece que vio a John al día siguiente, nada menos que a las ocho de la

mañana. John se resistió a decir que Kate había dormido al raso aquella

noche, quizás incluso en el cobertizo que había junto a Dorset Street[278]. Con

los recientes crímenes de Whitechapel, admitir aquello no iba a quedar muy

bien.

Evidentemente, al juez de instrucción y al jurado no les convencía mucho

la versión de Kelly; no solo por sus muchas contradicciones en sus

declaraciones, sino porque ellos, al igual que la policía y la prensa, estaban

convencidos de que el objetivo del asesino eran las prostitutas. Ni el

testimonio de John Kelly ni el de la hermana de Kate, Eliza Gold, o el de su

hija, o incluso el de Frederick William Wilkinson, el vigilante de Cooney’s,

van por ese camino. Wilkinson, que aseguró que conocía a la pareja desde

hacía siete años, afirmó que «nunca había oído que [Kate] tuviera ninguna

intimidad con nadie que no fuera Kelly»[279]. El juez de instrucción también

presionó a John sobre este punto. En todo el tiempo que había estado con ella,

dijo que nunca supo que Kate «saliera con fines inmorales por la noche»; ni jamás «le había traído dinero por la mañana después de haber estado fuera».

Nunca hubiera tolerado semejante situación, declaró.

Por desgracia, mientras defendía el honor de Kate, Kelly cometió el error

de usar una frase de doble sentido. Cuando declaró que le preocupaba la falta

de dinero para la cama, dijo que no quería «tener que verla caminando por las

calles por la noche». El juez se percató de esto inmediatamente.

—¿Qué quiere decir con «caminar por las calles»? —⁠preguntó.

—Bueno, señor, muchas veces no teníamos el dinero para pagar el

alojamiento y teníamos que andar por ahí — [280] ⁠ aclaró John.

«Caminar por las calles»[281], como explicó William Booth en su libro

Darkest England, formaba parte de la experiencia de los que dormían a la

intemperie; describía la eterna búsqueda nocturna de un lugar tranquilo donde

descansar antes de que un policía de patrulla les hiciera marcharse. Según

Howard Goldsmith, era un modo de vida habitual para aquellos que

frecuentaban las pensiones de Thrawl Street, Dorset Street y Flower and Dean

Street. Cuando no estaban tirados «en los bordillos, en las zanjas, en

montones de basura, en cualquier parte», se les podía ver andando «arriba y

abajo con las manos en los bolsillos y los turbios ojos soñolientos casi

cerrados»[282]. Por desgracia, la aclaración de este término no sirvió para

evitar que muchos periodistas insistieran en decir que Kate era una prostituta.

Según el Daily Telegraph, que se hacía eco de los prejuicios de su época al

tiempo que intentaba contar una historia más procaz, las mujeres sin hogar y

las que vendían sexo eran lo mismo. El periódico informó de que Kate dormía

regularmente en la calle o en un cobertizo junto a lo que llamaron «niños

abandonados, prostitutas sin un penique, como ella misma…»[283].

Pasara donde pasara la noche Kate, Kelly y ella estaban de vuelta en

Cooney’s el sábado por la mañana, acomodándose en la cocina comunal y

pensando de nuevo en cómo conseguir el dinero para la noche. Finalmente,

esa fue la razón que les hizo salir aquel día. Caminaron hacia el sur, en

dirección a Bishopsgate, aunque probablemente no tenían ningún destino

concreto en la cabeza.

A primera hora de la tarde, estaban cerca de Houndsditch, el centro del

comercio de los ropavejeros judíos, una calle de tiendas cuyos tenderetes

solían estar cubiertos con enaguas sucias y pantalones de lana deshilachados.

Como John había empeñado sus botas el día anterior, es posible que Kate

hubiera pensado en vender una de las múltiples capas que llevaba bajo su

falda de chintz y su abrigo negro de paño. Pero como era sábado, el sabbat

judío, la pareja solo encontró persianas cerradas.

Según Kelly, Kate sugirió que podía ir a Bermondsey e intentar que su

hija le diese dinero. Seguramente, no lo dijo en serio. Hacía más de dos años

que Kate no hablaba con Annie. Ni siquiera sabía su dirección. Como gran

parte de la historia de John, los detalles de lo que sucedió entonces son

«confusos».

No está claro dónde la pareja pasó la tarde. Houndsditch estaba a un corto

paseo de Flower and Dean Street, pero por el camino había muchos

establecimientos de bebidas. Como residentes en Whitechapel desde hacía

siete años, Kate y Kelly debían de tener muchos conocidos y compañeros,

muchos de los cuales habrían estado dispuestos a «invitarlos a una copa» o a

varias; seguramente, la pareja los había invitado a ellos otras veces. Tras una

o dos rondas, Kate tal vez pensara que era absurdo pretender encontrar a

Annie por las calles de Londres.

Cuando John y Kate se separaron, ella le aseguró que estaría de vuelta a

las cuatro. Según Kelly, no tenían ni un penique entre los dos. Ella bajó por

Houndsditch hacia Aldgate. No llegó muy lejos. De hecho, hizo poco más que

dar la vuelta a la esquina, una vez, o incluso dos, hacia Aldgate High Street,

antes de encontrarse con alguien que sin duda le debía una copa. Y Kate no

era de las que decían que no. Su resolución, como tantas otras veces, se

esfumó con el primer vaso.

 

A las ocho y media de aquella noche, una mujer estaba sentada hecha un

guiñapo apoyada en una pared en el 29 de Aldgate High Street, paralizada por

la bebida. Balbuceaba, cantaba y maldecía, lo que inevitablemente atrajo a un

grupo de personas. No es que fuera algo extraño en Whitechapel. Aun así, los

mirones debían de estar observando, algunos divertidos, otros con verdadera

preocupación, a esa desgraciada. Un policía que pasaba, Louis Frederick

Robinson, decidió acercarse para averiguar qué atraía tanto a la

muchedumbre. Vio a una figura patética con un sombrero de paja atado con

una cinta de terciopelo negro. Apestaba a alcohol. Robinson preguntó a los

espectadores si alguno conocía a la mujer o si sabía dónde vivía. Nadie

contestó, aunque hubo gente que sabía perfectamente quién era y que incluso

corrió a avisar a John Kelly de que a su «mujer» la habían pescado borracha.

Robinson trató de levantarla del suelo, pero las piernas de Kate, con sus

botas de hombre, con cordones, colgaban como las de una marioneta; pronto

se cayó de lado sin que pudiera sujetarla. Solo con la ayuda de un colega, el

policía George Simmons, pudo conducirla a la comisaría de Bishopsgate. Como era rutinario, antes de meterla en una celda tenían que registrar su

nombre en un libro de entradas.

—¿Cómo se llama? —preguntó Robinson.

—Nada —balbuceó Kate.

Metieron a «Nada» en una celda para que se le pasara la borrachera. En

lugar de ello, cayó en un sopor alcohólico.

Hacia las 21.55, y luego varias veces más, George Henry Hutt, el guardia

que tenía a su cargo las celdas de la comisaría de Bishopsgate, le echó un

vistazo. Hacia las 00.15, Kate se despertó y empezó a cantar para ella. Estuvo

así un cuarto de hora, antes de que Hutt fuera a verla a la celda.

—¿Cuándo me va a dejar salir? —le preguntó con voz seca y cansada.

—Cuando sea capaz de cuidarse a sí misma.

—Ya soy capaz de cuidarme a mí misma.

No era cierto. Si Kate estaba fatal a las 20.30, era improbable que

estuviera sobria a la 1.00, hora en que Hutt decidió ponerla en libertad. Podía

parecer más firme sobre sus pies que cuando la llevaron a la celda de la

comisaría, pero aún no estaba bien.

—¿Qué hora es? —preguntó soñolienta al guardia.

—Demasiado tarde para que consigas más bebida — ⁠contestó Hutt.

—Ya, bueno, pero ¿qué hora es?

—La una.

—Me voy a llevar una buena cuando vuelva a casa — ⁠murmuró ella,

sabiendo que no era cierto[284]. Eso podía haber sido verdad, cuando vivía con

Thomas Conway, pero no ahora.

—Lo tendrás merecido, no haces bien en emborracharte — ⁠respondió Hutt,

que compartía ideas con las hermanas de Kate y su hija: una mujer que

andaba por ahí de ese modo se merecía una paliza.

Antes de liberarla, James Byfield, que estaba a cargo del mostrador de

entrada, le preguntó una vez más su nombre y su dirección. Kate, que se había

pasado la mayor parte de la vida tratando de engañar al personal de los patios

y los asilos inventándose y mezclando nombres y direcciones, sabía

exactamente cómo jugar a eso. En esa etapa de su vida, su desprecio hacia la

autoridad era una segunda naturaleza.

—Mary Ann Kelly —mintió.

Dio como dirección «el número 6 de Fashion Street» y dijo que acababa

de volver de deshacer estopa, lo que no era inverosímil[285].

Los policías le devolvieron el contenido de lo que había llevado en los

bolsillos, un conjunto de objetos que Kate debía de llevar siempre con ella: seis trozos de jabón y un peine de dientes pequeños, un cuchillo de mesa de

mango blanco y una cucharilla de té de metal, sus cajas de hojalata de té y

azúcar, una caja de cerillas de hojalata vacía, un trozo de franela roja en la

que había prendido alfileres y agujas, un dedal y unos cuantos trapos

menstruales. Se rellenó las faldas con sus demás posesiones, que eran unas

cuantas cosas que podía vender: una pitillera de cuero rojo vacía, dos cortas

pipas negras de arcilla y un ovillo de cáñamo.

Una vez que se hubo recompuesto, Hutt se levantó para acompañarla a la

puerta.

—Por aquí, señorita —dijo, empujando la puerta batiente que daba al

pasaje.

Kate siguió el pasaje hasta la puerta exterior. Hutt le recordó

educadamente que «cerrara la puerta» al salir.

—Muy bien —contestó Kate—. Buenas noches, viejo.

Para enojo de Hutt, ella solo cerró la puerta parcialmente. La vio girar

hacia la izquierda al salir de la comisaría, hacia Houndsditch[286].

A la una de la mañana, la primera idea de Kate debió de ser localizar a

John. Como él no tenía un penique cuando se habían separado, no tenía por

qué pensar que habría podido pagarse una cama en Cooney’s. En cualquier

caso, a esa hora, el vigilante estaría echando a los que no hubieran podido

pagar el dinero de la cama. Ella lo había visto por última vez en los

alrededores de Houndsditch. Algo nublado, su instinto la impulsó a volver allí

y preguntar a los que andaban bebiendo si sabían por dónde andaba[287].

Las calles, con escasas y sibilantes luces de gas, debían de estar tan negras

como un pozo en las primeras horas del 30 de septiembre. Kate estaba

acostumbrada a caminar en la oscuridad y conocía los callejones y pasajes de

Whitechapel tan bien como el fondo de una botella. Aquí y allá, seguía

habiendo luces encendidas que la guiaban mientras rodeaba Houndsditch y se

abría paso por Duke Street, buscando algún rostro familiar. Aunque era tarde,

las calles de Whitechapel nunca estaban silenciosas ni vacías. Siempre había

alguien por allí: los que eran como ella, los borrachos, los desposeídos, los sin

hogar, los delincuentes. Algunos iban en busca de rincones oscuros, otros

vagaban hacia sus camas. Tras unos veinte minutos, Kate seguramente pensó

que su búsqueda no acabaría como ella quería. Debía de estar cansada y

resignada a la idea de pasar otra noche a la intemperie.

Por entonces, para esa mujer de cuarenta y seis años, aquello debía ser

casi una rutina. Kate sabía cómo dormir bajo las estrellas, cómo encontrar un

modo menos doloroso de apoyar la cabeza contra una pared dura, cómo ignorar la mugre que se acumulaba en su falda o el hilillo de agua sucia que

corría bajo sus pies.

Encontró un lugar en la esquina más alejada de Mitre Square, lejos de las

lámparas que arrojaban círculos de luz. Allí, se agachó, con la espalda contra

la pared como si fuera una silla. Al hacerlo, los diversos objetos que llevaba

encima se moverían. Entre ellos había pequeñas cajas de hojalata llenas de

azúcar y té, y vales de empeños. Como no llevaba encima recuerdos de su

familia, pues parecía decidida a superar un doloroso pasado y cortar todos los

lazos, ¿se estarían burlando de ella aquellos pequeños objetos? ¿Le traería

recuerdos de ese olor a hojalata de Wolverhampton, del Old Hall Works o de

su padre? A pesar de su buen humor y de sus canciones, el corazón de Kate

tuvo que estar roto de dolor.

Cerró los ojos y buscó un alivio en el sueño. Como todos aquellos que no

tenían refugio, que vagaban o «caminaban por las calles», supo que era solo

cuestión de tiempo que alguien llegara y la hiciera seguir adelante.

 

En la mañana del 30 de septiembre, una niña pequeña subió corriendo las

escaleras hasta el piso de arriba del número 7 de Thrawl Street. Aporreó la

puerta y llamó a su vecina, la «señora Frost». Un caballero quería verla en la

calle; le acompañaba un inspector de policía. La señora Frost, también

conocida como la viuda Eliza Gold (anteriormente, Eliza Eddowes), gimió

desde su cama. Estaba muy enferma y no podía moverse. Enseguida despidió

a la niña.

La muchacha bajó y transmitió a los hombres el mensaje. Como aquel era

un asunto urgente, el inspector de policía la mandó de vuelta arriba para que

le rogara a la señora Frost que bajara inmediatamente. Esta vez envió a la niña

con un mensaje mucho más claro: tienes que decirle que su hermana está

muerta y que se le pide que identifique el cadáver.

Estremecida, Eliza, vestida pero débil y enferma, bajó a la calle

apoyándose en un vecino y en su hijo, George. Se dirigió al depósito de

Golden Lane con el inspector de policía y John Kelly.

Cuando retiraron la tapa del ataúd, Eliza soltó un torrente de angustiados

lamentos. Tal fue el dolor que tuvieron que ayudarla a salir de la habitación.

Pasó algún tiempo antes de que pudiera articular palabra. Aunque el rostro

de Kate estaba desfigurado, Eliza dijo que podía reconocer los rasgos de su

hermana perfectamente. El asesino no la había despojado de lo que la

distinguía como una Eddowes. Rompió una vez más en violentos sollozos, mientras le decía a un periodista en el depósito: «¡Oh, mi pobre hermana!

¡Que haya tenido que acabar así!»[288].

A pesar de sus dificultades económicas, la familia Eddowes no iba a dejar

que a su hermana la arrojaran a una fosa común; tampoco los residentes de

Whitechapel iban a permitir que Kate se fuera sin una sonora despedida.

Cientos de personas llenaron las calles el 8 de octubre. En algunos lugares, la

muchedumbre era tan densa que ralentizaba el paso del coche fúnebre y el

carruaje de luto que lo seguía. La enterraron en el cementerio de Ilford. Casi

quinientas personas acudieron a presentarle sus respetos. Entre ellos muchos

del clan Eddowes, familiares que no se habían visto desde hacía años. Al

perder a un miembro de la familia, hermanas, hijas, primos y tías se sintieron

más cerca unos de otros: una reunión que cerró el espacio vacío que rodeaban.