Las cinco mujeres

Hallie Rubenhold · Capítulo 16 de 30

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Las cinco mujeres

15. La guardiana de su hermana

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La guardiana de su hermana

 

Emma siempre había tratado de hacer las cosas bien. Como segunda hija de una familia numerosa, le habían colocado un bebé llorón tras otro. Le habían

enseñado a revolver la sopa, a cambiar los pañales sucios de los bebés, a

mantener a los pequeños alejados de los carbones ardientes y de las ruedas de

los carruajes. Había vigilado a su hermano Alfred, ayudándolo cuando tenía

ataques, ofreciendo protección a un hermano mayor que no podía devolverle

el favor. Fue Emma la que ayudó a cuidar a su madre moribunda. Fue Emma

la que trató de consolar a su padre enfermo. Fue Emma la que aprendió a leer

y escribir, la que se puso a servir para mantener a sus hermanos y hermanas.

Fue Emma la que sufrió al pensar cómo iban a vivir aquellos niños huérfanos

cuando ya no tuvieran un hogar. Y también fue Emma quien envió a Kate a

Wolverhampton, esperando los mejores resultados, mientras ella siguió en su

puesto, fregando, lavando y sirviendo afanosamente a una familia de clase

media, ahorrando en silencio lo que iba ganando. Hacia 1860, a los

veinticinco años, conoció a James Jones, un vecino de su hermana Harriet,

que vivía en Clerkenwell. James y su familia eran cereros (hacían y vendían

velas), en otro tiempo una profesión apreciada, con su propio gremio antes de

que los faroles de gas y las lámparas de gas caseras empezaran a acabar con el

oficio. Emma hizo lo que se esperaba de una mujer de su época; el 11 de

noviembre, se casó con el hombre que le había tirado los tejos. Solo después

empezaron a llegar los hijos: seis en total.

En ausencia de Kate, la vida de sus cuatro hermanas mayores siguió

creciendo y uniéndose como las raíces de un árbol. Durante la década de

1860, las mujeres que la habían guiado y cuidado como madres habían

conseguido mudarse de Bermondsey, al sur del río, a Clerkenwell, un distrito

de clase trabajadora establecido alrededor del mercado de carne de

Smithfield. Todas se habían casado en la misma iglesia, Saint Barnabas, y

vivían a pocas calles de distancia unas de otras. Eliza se había casado con un

carnicero de la zona, James Gold, en 1859, mientras que Harriet y Robert

Garrett santificaron su unión en 1867 tras un periodo de convivencia durante

el que no tuvieron hijos. Solo Elizabeth vivía al otro lado del Támesis, en

Greenwich, donde se estableció con su marido, Thomas Fisher. A pesar del

trabajo inherente a una familia que no paraba de crecer y a las responsabilidades del hogar, las hermanas permanecían en contacto

regularmente, compartiendo cotilleos y noticias. Un día, la noticia fue que

Kate había vuelto a Londres.

La niña sin madre de quince años que Emma había enviado como un

paquete a un destinatario desconocido había vuelto hecha una mujer, con una

hija y un hombre al que llamaba su marido. Sin embargo, Kate tuvo cuidado

de no revelar demasiados detalles de su vida a sus hermanas. En principio, le

dijo a Emma que ella y Conway se habían establecido en Birmingham, sin

contarle nada de su vida como vagabundos. Su estado marital y que no llevara

anillo de boda también debió de suscitar preguntas, así como el burdo tatuaje

de las iniciales de Thomas Conway que llevaba en el antebrazo.

Aunque se pusieran de moda a finales del siglo XIX, a mediados de la

época victoriana, pocos símbolos se asociaban tanto con los bajos fondos

como los tatuajes. Tradicionalmente, el arte del tatuaje había sido territorio de

los marineros que habían viajado a determinados lugares de Asia y Oceanía,

donde adornarse con tinta era habitual. La práctica del tatuaje los siguió hasta

Gran Bretaña, así como la reputación de los marinos de pobreza, vicio y

delincuencia. Se sabía que los soldados también llevaban iniciales, insignias

del regimiento y otros diseños dibujados de manera permanente en los

miembros y el torso. Thomas Conway no era ajeno a la visión de serpientes,

corazones, cruces y nombres de amadas dibujados en los bíceps de sus

compañeros de armas. Sin embargo, aunque a los hombres se les podía

perdonar por pintarrajear su cuerpo como una señal de masculinidad y espíritu

de aventura, el tatuaje entre las mujeres no se contemplaba con tanta

indulgencia: un tatuaje en el cuerpo de una mujer no solo incumplía las

convenciones de pureza y belleza femeninas, sino que también la

masculinizaba. El tatuaje era sucio y doloroso; en el siglo XIX, incluía la

participación de una aguja, un frasco de tinta y una sucesión continuada de

pinchazos. Cualquier mujer que buscase semejante experiencia estaba

tratando de desafiar su «delicadeza natural» y alterar permanentemente la

apariencia que Dios le había dado. Como muchas de las decisiones que había

tomado Kate (no casarse, tener un hijo fuera del matrimonio y llevar una

existencia nómada), hacerse un tatuaje era algo profundamente subversivo. Es

probable que fuera idea de Thomas Conway; incluso que él tuviese las

iniciales de ella tatuadas en el brazo. Quizá fue un medio particular de sellar

su compromiso sin anillos de boda ni ceremonia religiosa.

Independientemente de lo que Harriet, Emma, Eliza y Elizabeth

cuchicheasen acerca de su hermana, su llegada a Londres sugiere que necesitaba un cambio. En 1868, Conway y ella se establecieron en lo que se

describió como una casita «pequeña y cómoda» en el 13 de Cottage Place. La

zona, cercana a Bell Street en Westminster, estaba bastante lejos de

Clerkenwell. Eso podía indicar que la relación con su familia era inestable:

entre la cercanía y la enemistad. No se sabe si sus hermanas estuvieron

presentes para ayudarla en el parto de su segundo hijo, Thomas Lawrence

Conway, pero, en marzo de 1869, ella no tuvo inconveniente en ponerle a su

tercera hija el nombre de su hermana: Harriet.

Si Conway había traído a su esposa e hija a Londres para seguir dando

rienda suelta a sus ambiciones, al cabo de tres años sus esperanzas quedaron

frustradas. Aunque la capital ofrecía un mercado más amplio para la venta de

baladas y libros de cordel, no había una zona concreta en la que Thomas se

hubiera establecido. A finales del siglo XIX, Londres era hogar de cientos de

individuos que vendían sus canciones en la calle. En realidad, puede que

fueran miles. Y, peor aún, Westminster era uno de los principales refugios de

estos vendedores, que se habían ganado la reputación de mendigar además de

cantar[245]. En el pasado, tal panorama no les habría importado ni a Conway

ni a Kate, que simplemente hubieran cortado amarras para mudarse al norte o

al sur, donde hubiera mejores posibilidades. Pero, ahora, el peso de unos

niños pequeños los había atado a un lugar fijo. A pesar de su enfermedad

cardiaca, Thomas volvió una vez más a hacer trabajos físicos para llegar a fin

de mes. Durante un tiempo trabajó como ayudante de albañil, con lo que

consiguió pagar el alquiler y algo de comida por una temporada, pero esos

lujos duraron poco. El dinero escaseó y la pequeña Harriet Conway, que

chupaba el seno vacío de su madre, empezó a marchitarse. Al cabo de tres

semanas, Kate informó de la muerte de la niña por desnutrición. Sintió las

últimas convulsiones de la niña en sus brazos.

Tal vez fuera la muerte de su hija lo que empujó a Conway a pensar en

marcharse de Londres en busca de trabajo. Fue a finales de año. Aquel

invierno puso rumbo al norte, hacia Yorkshire. En su ausencia, Kate se llevó a

Annie, de siete años, y a Thomas, de dos, a Abbey Wood, cerca de

Greenwich, posiblemente a vivir con su hermana Elizabeth y su familia.

Como los Fisher eran ocho en 1870, el acuerdo debió de ser temporal. El 20

de enero, Kate, Annie y el pequeño Thomas aparecieron ante las verjas del

asilo de Greenwich Union.

Lo que había empezado como un método temporal de solucionar un

problema se convirtió en un modo de vida para Kate. A lo largo de los diez

años siguientes, cada vez que se veía ante la desgracia, se ponía bajo el cobijo de la beneficencia. El 15 de agosto de 1873, dio a luz a otro hijo, George

Alfred Conway, en la sala de maternidad del asilo de Southwark. Los

registros indican que la longitud de sus estancias variaron: a veces, fueron

varias semanas; otras, meses. En cada ocasión, Kate iba acompañada por uno

de sus hijos, si no de todos.

Para una mujer desamparada, entrar en el asilo con sus hijos suponía una

serie de complicaciones. Según la Ley de Pobres, las madres solteras con

hijos ilegítimos no tenían derecho a recibir «alivio exterior», o donativos de la

parroquia destinados a ayudar a las familias pobres que residían en sus

propios alojamientos. A las autoridades les preocupaba que proporcionar

ayuda financiera a mujeres inmorales en sus propios hogares fuera lo mismo

que subvencionar la prostitución. Aunque eran conscientes de que muchas

mujeres pobres como Kate convivían con parejas monógamas según la ley

común, no se hacía distinción real entre esas «mujeres caídas» y las

prostitutas reconocidas. En lo que respectaba a la «sociedad respetable», una

mujer, o bien había tenido a su hijo como resultado de una unión legal, o bien

era el resultado de una unión pecaminosa. Una vez en el interior de las puertas

del asilo, la Junta de Guardianes tenía la libertad de discriminar entre las

decentes y las condenadas; podían separar a las mujeres caídas de las jóvenes

impresionables, o alimentar a las madres que habían dado a luz a hijos

ilegítimos con una dieta de castigo de caldo aguado.

Después de haber pasado por lo que se conocía como «el arco de las

lágrimas», la rutina de admisión para familias habría sido la misma para

todos, independientemente del estatus marital de la madre. Todos estaban

separados por género y edad, se les quitaban las ropas y sus posesiones, se les

mandaba al baño y se les entregaba su uniforme del asilo. Según las

estipulaciones de la Ley de Pobres, a los niños de menos de siete años se les

permitía quedarse con sus madres, durmiendo en sus sucias camas duras y

jugando con ellas en el banco mientras las mujeres destejían estopa. A los

niños de entre siete y catorce años se los separaba de sus padres y los

mandaban a vivir a dependencias escolares separadas. Se permitían

«entrevistas» parentales con los hijos en el comedor una vez a la semana,

siempre que estos permanecieran en el mismo sitio. En noviembre de 1876,

cuando Kate llegó a Greenwich Union anticipándose al nacimiento de su

cuarto hijo, Frederick[246], a George Alfred, de tres años, se le permitió

permanecer a su lado, pero a Annie, que por entonces tenía trece, y a Thomas,

de ocho, se los envió a la Escuela Industrial de Sutton.

A pesar de su terrible reputación, el asilo a menudo podía hacer bien,

sobre todo en las vidas de los niños desasistidos. La insistencia de la Unión de

la Ley de Pobres de que los asilos proporcionaran lecciones de alfabetización

y aritmética durante un mínimo de tres horas al día significaba que muchos

niños y niñas podían adquirir al menos una educación superficial. Con estos

medios se creía que tendrían una oportunidad de salir de la trampa de la

pobreza en la que sus padres y abuelos habían caído. Para mejorar la

situación, en 1857, el Gobierno ordenó la expansión de lo que se llamaban

«escuelas industriales», que luchaban para sacar a los pequeños pobres no

solo de la influencia corruptora del asilo, sino también del entorno insano de

los centros urbanos, y proporcionarles una educación práctica. Esto se refería

a una enseñanza ocupacional además de la escolarización formal, para

proporcionarles los medios de ganarse unos ingresos respetables. A los niños

se les enseñaban oficios como la zapatería, la sastrería, la carpintería y la

música; a las niñas se las educaba en las artes del hogar, como las labores de

aguja y el punto, con el fin de prepararlas para una vida en el servicio

doméstico.

La escuela a la que Annie y su hermano Thomas asistieron acogía a la

mayoría de los niños de asilos de las parroquias del sudeste de Londres. Tenía

capacidad para unos mil escolares. En la década de 1870, sus instalaciones se

consideraban de primera calidad e incluían amplias cocinas, una lavandería,

lavabos, una sala de calderas y un motor de vapor para sacar agua fresca para

los depósitos de la escuela. Además de huecos de escaleras abiertos,

espaciosos dormitorios y clases, había talleres para aprender oficios, así como

una granja donde los estudiantes aprendían agricultura. En comparación con

Dowgate (la pequeña escuela de caridad a la que había asistido Kate), las

instalaciones de la Unión de la Ley de Pobres ofrecían muchas más

posibilidades para que los niños mejoraran sus perspectivas. Según las

memorias del anónimo «W. H. R», antiguo pupilo de Sutton, sus experiencias

en la escuela se dividían entre los estímulos compasivos de algunos de sus

profesores y la violencia brutal de otros. Sin embargo, en general, Sutton

ofrecía camas más limpias, más comida y un entorno más alegre que el asilo

de Greenwich Union, con la posibilidad de cantar y hacer música en el

armonio. El régimen tuvo un impacto más que positivo en él. «En Sutton

—⁠concluía⁠—, me libré de la pobreza, pues, ocurriera lo que ocurriera, estaba

decidido a no volver a entrar jamás en el asilo como un pobre[247]».

Su éxito también puede medirse en términos del impacto que tuvo en las

vidas de los hermanos menores de Kate, Thomas, George y Mary, a los que se les envió allí desde el asilo de Bermondsey tras la muerte de su padre.

Después de algunos años, George se había formado como zapatero, mientras

que Thomas Eddowes aprendió música y se unió a la banda del 45

Regimiento de Infantería de Nottinghamshire en Preston. Mary también

consiguió sacar sus «estudios domésticos» adelante y asegurarse un puesto

como sirvienta[248]. Si Kate hubiera sido un año más joven en 1857, también

podría haberse beneficiado del plan de estudios de Sutton y el curso de su

vida podría haber sido muy distinto.

A finales de la década de 1870, los problemas de Kate se intensificaron.

Como muchas mujeres de clase trabajadora, se vio atrapada en un círculo

vicioso: Conway tenía que salir de Londres para encontrar trabajo, pero, al

hacerlo, abandonaba a su pareja de hecho y a sus hijos. Por mucho que una

mujer trabajara en fábricas, talleres o lavanderías, vendiendo objetos en las

calles o haciendo encargos en casa, ningún trabajo podría proporcionarle la

cantidad de dinero suficiente para cubrir las necesidades de una familia y

evitar que fuesen a parar al asilo. Peor aún, cuando Conway regresó, se había

vuelto violento.

Las ausencias de Conway y la extrema dureza a la que la familia se había

enfrentado habían empezado a derivar en peleas físicas. Las hermanas de

Kate y su hija se habían dado cuenta de que estaba surgiendo un oscuro

patrón. Aunque Emma dijo que, «en conjunto, vivían felices juntos», las

«peleas entre ellos» empezaron a ser difíciles de ignorar. Según Annie y

Emma, los desacuerdos de la pareja aumentaron porque Kate tenía el «hábito

de beber en exceso», mientras que Conway era abstemio. Parece ser que la

pareja «nunca pudo ponerse de acuerdo» en ese tema. Y tanto Annie como

sus tías finalmente llegaron a la conclusión de que, en ese sentido, Kate era la

causante de sus propias desgracias.

Semejante actitud no estaba en disonancia con los sentimientos

victorianos de las clases trabajadoras respecto a la violencia doméstica, que

solía responsabilizar a las mujeres de las palizas. Se creía que cierto grado de

violencia dentro del hogar tenía un efecto disciplinario. Los maridos no

sentían remordimiento alguno por propinar una bofetada, mientras que a las

esposas se les hacían sentir que quizá «lo estuvieran pidiendo»[249]. El

disgusto de un marido podía provenir de una larga serie de ofensas que

incluían el uso de lenguaje obsceno, el rechazo de sus acercamientos sexuales,

la desobediencia, la impertinencia o, simplemente, el desafío a su papel

dominante en la familia. Sin embargo, en estos casos, nada parece haber

influido más que el alcohol. Era tan probable que un hombre borracho pegara a su mujer como que uno sobrio que desaprobaba la embriaguez de su esposa

lo hiciera. En las denuncias por violencia, la embriaguez solía usarse como

eximente por parte de la defensa del cónyuge, a menudo con éxito[250]. En

1877, el mismo año en que la unión de Kate y Thomas Conway empezó a

fracturarse bajo unas circunstancias parecidas, un libro de texto legal,

Principios de castigo, describía la violencia contra la mujer como un crimen

que «varía infinitamente en grados de criminalidad». Aunque algunos casos

graves podían acarrear penas de prisión, el autor concluía que la mayoría de

los incidentes de abuso físico se podían considerar tan «insignificantes como

para permitir casi una justificación».

Sin embargo, había límites y no todo el mundo en una comunidad o en

una familia estaba dispuesto a hacer oídos sordos. Aunque los vecinos y los

amigos podían evitar con tacto la violencia física durante una disputa

doméstica, las comunidades vigilaban estrechamente a las parejas que se

peleaban observando a la mujer, o recordando al hombre que podían oír lo

que estaba haciendo. En general, se actuaba indirectamente, ofreciendo

refugio a las mujeres cuando necesitaban escapar de la ira de su marido. Y así

actuaron las hermanas Eddowes con Kate.

Entre noviembre de 1876 y diciembre de 1877, Kate entró y salió de

asilos y de sus patios en al menos siete ocasiones. El 6 de agosto de 1877, la

detuvieron por embriaguez y desórdenes públicos; la enviaron a la cárcel de

Wandsworth durante catorce días[251]. En cada ocasión, incluida la de su

encarcelamiento, se llevaba a alguno o a todos sus hijos con ella. Cuando la

vida de Kate se hacía pedazos, Emma estaba allí para recogerlos. Según una

entrevista con el London Daily News, en el peor de los momentos, Kate

adoptó la costumbre de aparecer en la puerta de su hermana y pedirle ayuda.

Emma recordaba que su cara estaba «horriblemente desfigurada» por los

golpes de Conway. Kate, con las emociones desatadas por la bebida, lloraba y

decía: «Me gustaría ser como tú»[252]. Aunque la vida de Emma, limitada a

unas cuantas habitaciones viejas en Bridgewater Gardens, no parecía muy

envidiable, para su hermana sí que lo era, y mucho.

La situación no hizo más que empeorar. En diciembre de aquel año,

volvieron las peleas con Conway. Poco antes de Navidad lo dejó. Fue a pasar

la noche en el patio del asilo, y se llevó con ella a Frederick, de nueve

meses[253]. El día de Navidad, que pasó con sus hermanas y sus familias, se

habían reconciliado, al menos en parte. Por desgracia, las celebraciones no

fueron bien. Las mujeres de la familia Eddowes se quedaron impresionadas

ante el deteriorado aspecto de Kate. Emma recordaba que «tenía los dos ojos amoratados» y «una cara espantosa». También estaba horrorizada ante la

actitud de Thomas. «Ese hombre, Conway, parecía estar apegado a ella»,

aunque a Emma le parecía difícil adivinar cómo podía existir afecto entre

ellos, sobre todo cuando resultaba tan evidente que su hermana «sufría su

brutalidad». Para disgusto de Emma, Conway no mostraba vergüenza alguna

por sus acciones y comentaba abiertamente con un suspiro de exasperación:

«Kate, un día de estos, me colgarán por tu culpa»[254]. Ocurriese lo que

ocurriese durante la reunión familiar, Kate no salió mejor parada a los ojos de

sus hermanas que Thomas Conway. Ya fuera por sus excesos con la bebida o

por otro motivo, Emma indica que surgió una escaramuza entre ellos y que,

finalmente, ella y Harriet rompieron sus relaciones con Kate. Por desgracia,

este patrón de alejamiento familiar no haría sino empeorar las cosas.

Como muchas mujeres atrapadas en el ciclo de la violencia doméstica,

Kate siempre volvía con Conway. La pareja experimentaba periodos de

estabilidad y de discordia, armonía y caos, que hacían mella en la vida de sus

hijos. Sus eternos problemas económicos los forzaban a continuos traslados,

de Westminster a Southwark y Deptford, ocupando habitaciones individuales

y recurriendo a pensiones si era necesario. Sin embargo, con Annie, que era lo

suficientemente mayor como para cuidar de sus hermanos pequeños y

ocuparse de la casa, Kate podía aceptar cualquier trabajo que encontrara. A

veces, era en una lavandería; otras, fregando para sus vecinos mejor situados.

Sin embargo, hacia finales de la década de 1879, parece ser que ella y

Thomas Conway volvieron juntos a la venta de baladas.

En 1879, su lugar habitual era Mill Lane, una pequeña calle comercial

cercana a las barracas del ejército de Woolwich, frecuentada por una serie de

vendedores y buhoneros que suministraban mercancías a residentes y

soldados. El 4 de octubre, Thomas, de once años, y su hermano George, de

seis, acompañaron a sus padres mientras cantaban y vendían sus poemas.

Finalmente, los padres se alejaron y dijeron a los niños que esperaran donde

los habían dejado, frente al número 8 de Mill Lane. Cuando empezó a

oscurecer y nadie seguía sin venir a recogerlos, se empezaron a hacer

preguntas. Alguien acompañó a los niños al asilo de Greenwich, un lugar que

conocían bien. Pasó casi una semana antes de que Kate los localizara y los

reclamara[255]. A este incidente siguió otro similar el 11 de noviembre. Esta

vez, a los niños los acompañó al asilo el oficial de policía 251, que los había

encontrado «abandonados por su madre» en la calle[256]. No pudieron

localizar a Kate. Casi un mes después, llamaron a su hermana de dieciséis

años para que fuera a recogerlos. Nadie sabe dónde estaba Kate. Sin duda, su comportamiento suscita muchas preguntas acerca de su estado mental y su

alcoholismo. Antes, ese mismo año, había perdido a su hijo pequeño,

Frederick, algo que pudo complicar su situación.

La relación destructiva entre Kate y Thomas Conway continuó a duras

penas hasta 1881. Aunque en el censo de aquel año aparece que convivían

con sus dos hijos en Chelsea, en una habitación en el 71 de Lower George

Street, en otoño la pareja se había separado. Cuando los periodistas

entrevistaron a Conway y a su hija, ninguno de los dos recordaba exactamente

cuándo había ocurrido aquello; sin embargo, Conway no tardó en describirse

como víctima. Según su versión, había dejado a Kate por su problema con la

bebida. Se aseguró de llevarse consigo a sus hijos cuando se marchó. Las

hermanas Eddowes lo niegan. Elizabeth dijo que su hermana había dejado a

Conway «porque la trataba mal», aunque Annie añadió que, «antes de que se

dejaran mutuamente, ella [Kate] nunca estaba con él más de doce meses

seguidos»[257]. La separación se forjó durante meses. Cuando se formalizó,

supuso un alivio para ambas partes.

Durante un tiempo, tras la ruptura de su relación con Conway, Kate

parece haber buscado la ayuda de su hermana Elizabeth, aunque esta situación

no duró mucho tiempo. Como Emma y Harriet antes que ella, Elizabeth

pronto encontró insoportable el comportamiento de su hermana. Una vez más,

en septiembre de aquel año, detuvieron a Kate por embriaguez; la sacaron de

la calle mientras soltaba obscenidades a los que pasaban. En esa ocasión, el

juez no la mandó a la cárcel. Pero si la ley fue indulgente, la familia no lo fue.

A finales de aquel año, Elizabeth también había roto su relación con su

hermana pequeña.

Ahora, sin Elizabeth, sin Conway ni sus hijos, sin Emma o Harriet, Kate

buscó la compañía de la única hermana con la que aún mantenía un lazo:

Eliza.

En algún momento anterior a 1881, Eliza Gold se había quedado viuda.

Aunque su marido había sido carnicero, un oficio especializado y respetado,

la familia tenía problemas económicos. No parece que hubieran ahorrado, por

lo que Eliza se vio en una posición muy comprometida. Sin ahorros ni

pensión, y con un hijo que aún no tenía edad para ganarse el sueldo, era

fundamental que Eliza buscara otra pareja lo antes posible[258]. Se sabe poco

de Charles Frost, el hombre al que llamó su segundo marido. Ambos estaban

viudos y, según la tradición de muchos hombres y mujeres de clase

trabajadora que formaban uniones después de un duelo, decidieron no

oficializar sus votos. En una entrevista, Eliza dijo que su «marido» «trabajaba en los muelles descargando fruta», y que ocasionalmente vendía libros de a

penique en la estación de Liverpool Street[259].

Hasta la muerte de James Gold, Eliza había vivido cerca de sus hermanas,

ya fuera en Clerkenwell o en Hoxton, pero la viudedad y Charles Frost la

llevaron hasta Whitechapel. Al menos desde 1881, los Frost vivieron en una

buhardilla en el 6 de Thrawl Street con su hijo y una hija de la relación

anterior de Frost. No era un buen sitio. Mientras que en Hoxton había vivido

en una zona mixta en la que había pobres y gente acomodada, Thrawl Street

era uno de los pozos de pobreza más conocidos de Spitalfields[260]. Allí fue

Kate para visitar a su hermana, probablemente con la idea de pedirle un par de

monedas, si no algo de comer o un hueco en su cama.

Aquel año, cada vez que tenía los cuatro peniques necesarios, Kate

alquilaba una cama en el 55 de Flower and Dean Street, una pensión que

estaba a la vuelta de la esquina de la casa de su hermana. «Cooney’s», como

llegó a ser conocida más tarde, también era la pensión preferida de John

Kelly, el hombre que llenaría el vacío dejado por Thomas Conway. Según

Kelly (aunque en sus palabras se entrevé cierto adorno periodístico), «puso

los ojos por primera vez en Kate» cuando ella estaba en el 55 de Flower and

Dean Street. Después de «estar viéndose una temporada», ambos se gustaron

«y decidieron llegar a un acuerdo regular»[261].

Si a las mujeres de la familia Eddowes no les gustaba Thomas Conway, el

desprecio que sentían hacia John Kelly fue aún mayor. Por lo que se refería a

Emma, la vida de Kate «fue de mal en peor» cuando dejó a Conway; al

menos, cuando estaba con su maltratador, «su casa era limpia y cómoda»[262].

Mientras que con Kelly no tenía hogar, solo una sucia cama provisional en

una pensión. Aunque se le describe como «silencioso e inofensivo», que era

más de lo que podía decirse de Conway, a ojos de la familia de Kate tenía un

defecto importante que Conway no poseía: bebía, y mucho. Annie, que

culpaba a su madre por haber destruido la familia, fue muy clara respecto a

sus sentimientos acerca de Kelly: «Nunca he hablado con él y no me

gusta»[263].

Independientemente de los sentimientos de su familia, una vez libre de su

maltratador, la vida de Kate se ciñó a un patrón más feliz, aunque no menos

errático. Ella y Kelly compartían su amor por la bebida. Su afabilidad los hizo

populares entre sus compañeros de Cooney’s[264]. Según las entrevistas que se

hicieron en los periódicos a las personas que vivían en el 55 de Flower and

Dean Street, Kate siempre estaba dispuesta a entonar una canción y no dudaba

en emplear sus últimos cuatro peniques en alguien que no hubiera conseguido el dinero para pagarse una cama. Durante un tiempo, ella y John trabajaron;

Kate, como Elizabeth Stride, se dedicó a fregar para familias judías de la

zona, mientras que John trabajaba en el mercado, aunque sus ingresos eran

parvos e irregulares.

Aunque llegaron a considerar el 55 de Flower and Dean Street como su

hogar, ellos, como la mayoría de los que vivían en las pensiones de

Whitechapel, no podían permitirse pasar allí todas las noches. Kelly deja claro

en sus declaraciones en la investigación que Kate y él podían pasar la noche

en Cooney’s o en el 52 de Flower and Dean Street, en los patios de los asilos

o en las calles. Kate, que se había pasado gran parte de su vida durmiendo al

raso, era bien conocida de los que dormían en las calles de Spitalfields. Tras

su asesinato, un puñado de mujeres sin hogar fueron las primeras que

acudieron a identificarla. La citaron como una de las «diez o veinte criaturas

que no tienen medios para pagarse una cama» que solían encontrarse

acurrucadas en un cobertizo situado junto a Dorset Street[265].

La existencia precaria de Kate y Kelly no les permitía permanecer mucho

tiempo en el mismo lugar. Los registros de los patios de asilo indican que,

desde 1883, la pareja parece haber viajado regularmente a Kent para buscar

trabajo, vagando entre Londres, Dartford, Sevenoaks y Chatham. Kate nunca

abandonó la venta callejera, que debía de haberse convertido en su modo de

vida. Después de veinte años o más de vagabundeo, lo preferiría a tener una

vida estable. La vida del vendedor ambulante, como debió de enseñarle

Conway, no la supervisaba nadie, ni siquiera la familia.

Después de que Kate se fuera a vivir con John Kelly, hasta su hermana

Eliza y su hija Annie intentaron distanciarse de ella. Annie se había ido de

casa cuando era adolescente para convivir y más tarde casarse con un

envasador de pigmentos negro, de humo, llamado Louis Philips. Según las

declaraciones de Annie que aparecen en la investigación sobre su madre, Kate

asediaba a la pareja: a menudo, aparecía en su puerta, embriagada y pidiendo

limosna. La situación se volvió insoportable y los Philips tuvieron que

mudarse para evitarla. Annie se quejó de que, mientras su madre bebiese, era

imposible mantener una relación normal con ella. En agosto de 1886, la

situación llegó a un punto crítico. Annie se había estado preparando para dar a

luz a su tercer hijo. En aquella ocasión, llamó a su madre para que la ayudara.

Kate accedió, pero insistió en que le pagaran por ello. Annie accedió de mala

gana, para descubrir más tarde que su madre había cogido el dinero y había

salido «a beber mucho». «El resultado fue desagradable […] no nos

separamos en muy buenos términos[266]». Poco más de una semana después de haber dado a luz, Annie había echado a Kate y había decidido que no

quería saber nada más de ella. Los Philips se mudaron de su casa en el 22 de

King Street en Bermondsey y no dejaron otra dirección.

La mayor diferencia respecto a sus otras relaciones es que John Kelly

parecía pedirle muy poco. Aunque todos los que los conocían, desde las

hermanas de Kate a sus amigos en la pensión de Cooney’s, afirmaron que la

pareja «sentía un sincero afecto el uno por el otro» y que Kate «nunca se fue

con otro hombre», su conexión parece haberse basado más en lo práctico que

en la complicidad emocional[267]. Kelly decía que Kate era su mujer, pero ella

prefería llevar el nombre de Conway, con el que, insistía, estaba legalmente

casada. Kate solo usaba el nombre de Kelly cuando le resultaba conveniente.

John nunca pareció haberle hecho demasiadas preguntas a Kate. Mantenía la

distancia con su familia, sin preguntar nunca por su relación con Annie, sin

hablar nunca de Thomas Conway, sin aventurarse jamás en los pensamientos

íntimos de Kate. Para alguien que vivió como su pareja durante siete años,

sabía muy poco de ella, ni siquiera que había nacido en Wolverhampton. Tal

como él y otras personas declararon durante la investigación, rara vez se

peleaban; Kelly solo recordaba una ocasión en la que «habían tenido unas

palabras», antes de que, unas horas más tarde, Kate volviese con él[268]. Kate

y Kelly parecían haberse comprometido en ayudarse a sobrevivir. Cuando

Kate conoció a John Kelly, había perdido las simpatías de la mayor parte de

su familia, había sufrido violencia doméstica, había estado de luto y había

experimentado la degradación del asilo, el hambre y la enfermedad[269]. Así

pues, dadas las circunstancias, lo que importaba era el aquí y el ahora:

comprar la bebida que anestesiaba el dolor y la comida que detenía el hambre.

La compañía de Kelly, su protección en la calle y sus ocasionales ingresos

hacían que la supervivencia fuese más fácil. Para una mujer que había tenido

tan poco era suficiente consuelo.