Las jamonas

Jose Tomas de Cuellar · Capítulo 9 de 34

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Las jamonas

VIII. En el que se da a conocer a la jamona de «sangre pura»

VIII

En el que se da a conocer a la jamona de «sangre

pura»

La revolución en sus cien mil engendros monstruosos, hace morir sus últimas oleadas en la familia.

En la familia está escrita esa fatídica palabra como el título genérico de muchos volúmenes, que son otras tantas historias de lágrimas.

La revolución nos ha proporcionado, entre muchos, uno de estos tomos que hemos hojeado para dar a conocer al lector nuevos personajes, que en relación y contacto con los ya conocidos hasta aquí, completan el número de los que nos han de dar hasta el fin la materia de que trataremos en este volumen.

Como la jamona es por ahora el objeto de nuestro estudio, comenzaremos por ella.

La jamona, según hemos dicho ya, tiene perfiles que se escapan, y presenta cambiantes tornasoles como algunas reacciones químicas.

En ese piélago de dudas y contradicciones que constituye el corazón de la mujer, hay, no obstante, fundamento para asegurar que determinadas causas producen casi con generalidad determinados efectos; y esta circunstancia nos anima a emprender la difícil tarea de señalar algunas, siquiera como aviso anticipado que pueda servir de farol para que no caigan en el precipicio algunas apreciables criaturas.

Vamos a hablar de la señora doña Encarnación N…, persona conocida con otro nombre convencional que la costumbre se ha empeñado en que sea el mismo; quiere decir, a esta señora le llaman lodos Chona o Chonita.

Chona es rica, bastante rica; no ha sabido jamás lo que es miseria, ni se la ha podido figurar hasta el momento en que tuvo que ver con una sociedad filantrópica que se llama La Conferencia.

Tiene Chona en la actualidad sus cuarenta y tres calendarios, y tal circunstancia constituye el primero y el más importante de sus secretos íntimos.

Chona es una mujer bien cuidada: la visita Lucio como médico de cabecera hace veinte años, y es tan formal la lucha que Chona ha emprendido desde entonces contra los estragos del tiempo, que se puede decir propiamente que no ha pasado día por ella.

Chona disfruta, además de todas las cualidades de su posición y su patrimonio, de las inmunidades propias a su condición y nacimiento.

Chona en su calidad de mujer de polendas ha sido una de las más encarnizadas enemigas de la Reforma, y sin transigir un solo momento con las ideas del progreso, se encastilla en sus preocupaciones y es implacable en sus odios, para los que encuentra siempre una sanción en su conciencia.

Nació oyendo hablar mal de nuestros gobiernos y de todas nuestras cosas: sus padres, descendientes por ambas líneas de los principales conquistadores, heredaron el odio de aquellos señores contra todas las cosas de México, que nunca vieron como su patria, sino como la colonia arrebatada a sus legítimos dueños por el desbordamiento de las ideas del 93; de manera que Chona, esclava de la tradición y con apego a todo lo viejo, había aprendido a conservar todos sus errores y a aborrecer a quienes no pensaran del mismo modo que ella.

Las ideas nuevas fueron siempre en la casa de Chona consideradas como una verdadera nota infamante.

El portero de la casa era un viejo español mutilado, del regimiento de la reina, y se apellidaba Santos.

Las personas que visitaban la casa eran, casi sin excepción, todos los ricos que aún conservaban los pergaminos de sus ascendientes, y además las notabilidades eclesiásticas: si contraían algunas nuevas amistades, eran la

de algún ministro extranjero o de algún español que por razón de sus asuntos mercantiles, estuviera ligado con el escritorio de la casa.

La familia tenía casa en Tlalpan, en San Ángel y en Tacubaya.

Chona no había sido la hija única: tenía dos hermanos que de muy niños habían sido enviados a educarse a Europa.

Chona, obligada a sentir y a vivir en cierto círculo, se había habituado desde niña más a aborrecer que a amar, porque incesantemente las conversaciones familiares rodaban, por lo general, sobre la antipatía profunda que inspiraban los hombres y las cosas de México.

A los catorce años supo Chona que la persona que le estaba destinada para marido, era uno de sus parientes educado en Europa, y que estaba próximo a llegar a México.

Chona no había amado a nadie, si se exceptúa una corta temporada en la que uno de sus primos tomó la costumbre de visitarla con frecuencia; pero constantemente vigilada, no llegó nunca a oír de boca del primo una declaración en forma.

Llegó por fin el pariente, su presunto esposo; y como venía rodeado de todo el brillo que un elegante de veintiocho años, e hijo de una familia rica, puede adquirir en París, a Chona no le fue antipático el novio, al grado de que, sin pensarlo siquiera, consintió en el enlace.

En aquel matrimonio se trabajó más en el escritorio que en la iglesia, pues se trataba, sobre todo, de unir dos fortunas que juntas iban a formar en lo de adelante un capital de consideración.

Chona vivió tranquila, pero sin goces: educada en el refinamiento y el lujo, había acabado por habituarse a todas las comodidades que hacían su segunda naturaleza, sin apreciarlas en lo que valen y sin pensar que había nada más allá de aquella vida en que todo le salía tan bien y tan a medida de su deseo.

El marido de Chona había dejado en París todo lo que a los veintiocho años le quedaba de sentimentalismo y de fe; y gastado hasta la indiferencia, había aceptado su posición de marido y padre de familia, como el segundo periodo indispensable de la vida, en el que entraba por hacer lo que hacen todos.

A la sazón en que conocemos a Chona ha entrado ya a la edad de la mujer, tiene más de treinta años, periodo de tiempo que a pesar de la notable hermosura de Chona, ha podido imprimir a su fisonomía no sabemos qué gesto de desdén aristocrático, que la hace de cierta manera interesante.

El marido de Chona tiene un amigo, un amigo íntimo y compañero suyo en su vida parisiense; juntos hicieron allí la campaña contra su propio corazón, contra su resistencia y contra su fe.

Este joven se llamaba Salvador, era de Buenos Aires y pertenecía a una familia rica de comerciantes.

A Salvador lo habían mandado sus padres a París para que se educara, y Salvador sabía efectivamente a su llegada a México, todo lo que hacen los estudiantes: conocía prácticamente, y con intimidad, la vida del barrio latino, ciencia que le basta al hombre para no quedar en aptitud de necesitar aprender otra cosa.

El marido de Chona vivía en el escritorio donde entre los grandes libros de caja se engolfaba horas enteras, porque ya en este corazón marchito no había quedado más que ese último jugo amargo que se llama avaricia.

En cambio, Chona se fastidiaba soberanamente entre sus colgaduras, entre los tapices y los primores de sus habitaciones, y buscaba un entretenimiento en las labores de mano, en esas curiosidades en las que la mujer que las concluye no tiene siquiera el mérito de la invención; bordaba con cuentas de vidrio sobre terciopelo una cartera; pero todos los trabajos preliminares eran obra del bordador a quien le pagaba porque restirara el lienzo y pusiera la cartulina, de manera que Chona reducía su afán a ensartar cuentas para cubrir la labor.

Chona no había tenido hijos; circunstancia que había obligado a los médicos de la casa a tener largas conferencias con el marido, quien a su vez confesó con ese motivo el forzoso desencanto a que estaba reducido merced a sus prodigalidades parisienses.

Salvador, en su calidad de hombre acomodado, se había acostumbrado a vivir con esa triste facilidad del que no lucha para conseguirlo.

La lucha del trabajo, esta lucha que para algunos es una sentencia y hasta una maldición, encierra el tesoro de la esperanza, la perspectiva de un

más allá que nos alienta, explotando nuestras facultades y empeñándonos en sacar de nosotros mismos ese material de guerra, doloroso si se quiere, pero con el que compramos un pan blanco y una cama donde se duerme bien.

Salvador desde niño no había aceptado un puesto en esa lucha perenne; no era obrero ni paladín de la esperanza, era simplemente consumidor, y el caudal de sus esfuerzos era nada más el depósito de esa suma de facultades para el goce y para los placeres.

Salvador decía que había nacido para gozar, y gozaba; pero si bien lo averiguamos, no soñaba con la felicidad como soñamos nosotros, nunca había despertado con el deslumbramiento de una de esas dichas lejanas que se le acercan al pobre sólo en mirajes y en fantasías.

Salvador no tenía necesidad de poner a contribución sus deseos no realizados, sus esperanzas de mejoramiento, sus ensueños, sus imposibles, sus quimeras; todo esto era para él una música incomprensible porque todo lo tenía: era buen mozo, no carecía de talento y de gracia, y siendo muy rico, no necesitaba apurar su ingenio para procurarse comodidades.

Había sentido la saciedad antes que el hambre, y su espíritu repleto no esperaba ya en la vida ninguna transformación, no se alentaba con ningún estímulo, estaba muerto en el término de su viaje moral; en una palabra, un fisiólogo hubiera podido diagnosticar sin equivocarse esa terrible enfermedad moral que se llama spleen, no el abuso de esta palabra que no tiene embarazo hoy en aplicarse con risible prosopopeya hasta el miserable remendón, sino la legítima desolación inglesa que llega a hacer suicidas a los millonarios.

Salvador, pues, pasaba al lado de Chona las largas horas que su amigo pasaba en el escritorio.

—¿Qué tiene usted, Chona?

—Nada. ¿Y usted?

—¿Yo…? Nada.

—¿Nada de nada?

—Nada de todo.

—Lo compadezco a usted.

—¿Por qué?

—Está usted muerto.

—Me hago digno del mundo, digno de la época, digno de la sociedad en que vivimos.

—¡Blasfemo!

—Vea usted, Chona, le hablo a usted con el corazón.

—¿Qué corazón?

—Me hace usted unas preguntas…

—Eso es porque le conozco.

—Creo que no.

—Mucho, Salvador.

—Deme usted una prueba.

—Ésta.

—¿Cuál?

—Dejarlo a usted pasar junto a mí cuatro horas diarias.

—Llámeme usted de una vez inofensivo.

—No quería decir la palabra, me parecía dura.

—Eso requiere una explicación.

—Estoy dispuesta a darla.

—Pero deje usted esas cuentas de vidrio, a las que tengo una aversión horrible.

—¿Por qué? ¡Pobres cuentas! Las dejo.

—¿Por qué me considera usted inofensivo, vamos a ver?

—¿Cuántos años tiene usted?

—¡Ah!, la cosa es seria; treinta y dos.

—¡Me da usted lástima! —dijo Chona después de un momento de contemplar a Salvador.

Salvador sintió, como el enfermo, que la sonda había llegado hasta el fondo de la herida y guardó silencio; pero un silencio terrible, porque Salvador sintió que algo muy amargo se había revuelto en el fondo de su alma.

Después de un largo rato dijo Salvador con una voz vacilante, y conmovido, contra su costumbre:

—Tiene usted mucho talento.

Otra vez se quedaron callados y sin verse.

—¿Y no tengo remedio? —preguntó Salvador.

—¡Ah…! —exclamó Chona moviendo la cabeza con ese gesto del médico que no tiene esperanza.

—Cúreme usted.

—¿Yo?

—O usted o nadie.

—¿Quién soy yo?

—Ahora me toca a mí. Usted es una mujer desgraciada.

—Entonces un enfermo no puede curar a otro.

—Sí, porque uno de los enfermos es médico, y el otro es simplemente enfermo. Usted, Chona, tiene todavía lo que yo ya perdí para siempre; usted no ha malgastado su caudal.

—Es lo mismo, porque mi caudal consiste en bienes de manos muertas.

—Yo seré la ley de 25 de junio.

—Gracias.

—Yo sé una cosa: que usted nunca ha amado.

—¿Cómo lo sabe usted?

—No sé cómo; pero conozco las flores que no se han abierto.

—¡Soy casada!

—No me haga usted reír.

—Le recuerdo lo que pretende usted olvidar.

—Al contrario; hablemos de usted como mujer casada; ¿no tiene usted inconveniente en ello?

—No; ¿por qué?

—Usted se casó sin amor.

—Cierto.

—Y no había amado antes.

—Cierto.

—Usted no ama todavía.

—Eso… eso no es cierto.

—¡Chona, cuidado con mentiritas!

—Entendámonos, amo a mi marido.

—Lo creo, ¡pero si viera usted cuántos peros hay que poner después de esa frase!

—¿Muchos?

—Sí, muchos.

—Me voy haciendo curiosa: empiece usted.

Salvador sacó su reloj.

—Son las once y media.

Chona se acercó a una mesita china que servía para soportar una magnífica licorera, que consistía en una caja de madera preciosa con incrustaciones; tocó un resorte y la caja se transformó.

—Me entristece usted, Chona.

—¿Por qué?

—Si le digo a usted lo que pienso ¿no se burlará usted de mí?

—¡Burlarme! ¡Salvador…!

—Pues bien, óigame usted: este detalle es una galantería por parte de usted, que aislada tiene un atractivo encantador.

—Pero…

—Pero me ha hecho una impresión distinta de la que debía producirme.

No cabe duda en que me adivinó usted el pensamiento; mejor dicho, eso es lo que yo iba a pensar y usted pensó por mí; pero en seguida me ha sucedido una cosa muy rara.

—¿Qué?

—Si se riera usted de mí por lo que voy a decirle, me lastimaría mucho.

—No me reiré, voy a estar formal.

—Pues bien, me ha dado vergüenza beber delante de usted. Chona se quedó pensando.

—No me reiré, ¿pero me será permitido sorprenderme?

—Sí, sorpréndase usted como yo: sorprendámonos.

—Insisto en que me voy volviendo curiosa: explíquese usted.

—Las licoreras, las copas, las botellas, los buffet son las hojas secas de mi historia; del fondo de las copas de cristal han brotado mis tristezas y mis alegrías; todo ese aparato del placer opulento es un teatro de día que me hiela la sangre. París me sigue por todas partes como una novia que estuviera yo obligado a cargar por todas partes asida de mi cuello; París me mató, Chona, y no puedo aborrecer ni su esqueleto, ni su sombra; no quiero volver y lo extraño; no quiero acordarme de él, y todo me lo recuerda; estoy enamorado, contra mi voluntad, de mi verdugo.

—Acabo de ver a París dentro de esa licorera, y al abrirse me ha parecido que usted también veía lo que yo en esas copas y en esos frascos…

voy a cerrarla y… no he de beber delante de usted, Chona.

Salvador cerró la licorera.

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