Las jamonas
XXIII. De cómo el espiritismo puede ser un magnífico recurso amoroso
XXIII
De cómo el espiritismo puede ser un magnífico
recurso amoroso
El mismo día en que Sánchez cumplía su palabra a los dependientes del almacén de Carlos, Amalia estaba fuera de su casa en conciliábulos con la Chata, y Chona acababa de ver sobre la mesa una carta que le habían llevado.
No sabía quién la había puesto allí, pero no se ocupó de averiguarlo ni tuvo dificultad alguna en figurarse que era de Salvador.
Efectivamente, en el sobre estaba el timbre rojo que ella conocía perfectamente.
Chona leyó lo que sigue:
Chona:
Algo como una sombra de muerte nos separó anoche. Yo nunca había descendido desde tan alto; y si no tuviera la esperanza de que usted haya comprendido el mal que me hizo, créalo usted, Chona, hoy me entregaría a la desesperación.
Hay en el fondo de la repulsa de usted, una cosa que se parece un poco a la justicia, pero no a la verdad. Cuando he podido reflexionar acerca del desdén de usted, que es el único en el mundo
que me ha hecho impresión, me he decidido a aceptarlo con todas sus consecuencias.
Usted ha pensado, lo mismo que yo, en que tanto rigor fue inútil; no obstante que la honra y el deber han tenido, merced a esto, un momento de sentirse verdaderamente complacidos: razón por lo que creo que empezamos a liquidar cuentas con esas entidades morales que a mi vez respeto profundamente.
Voy a hacer más: sepulto solemnemente, al pie del ara de esas entidades morales, hasta mi última esperanza de acariciar a usted alguna vez; renuncio formalmente a mi persona y me presento a usted de nuevo en mi calidad de incorpóreo; ¿está usted contenta?
Lo infinito no necesita pretextos para existir y estoy seguro de que la he de amar a usted muerto, lo mismo que vivo; prescindo totalmente de la forma, y el alma de usted es mi alma, ya se esconda en el cuerpo de usted o se desprenda de él.
«¡Salvador está loco!», exclamó Chona y suspendiendo la lectura se quedó profundamente pensativa.
No me preocupa ninguna traba humana —siguió leyendo Chona—, nuestro amor no es más que un principio aparente: nos hemos amado antes, y la revelación manifiesta de habernos encontrado en el mundo, no es más que un eslabón de nuestra vida perenne.
Aquí en la tierra está usted custodiada por dos espíritus que la preocupan y a quienes cree usted que les pertenece moralmente: uno es Carlos, y otro es el sacerdote con quien ha pensado usted consultar mi amor.
«Salvador adivina», pensó Chona.
Me complazco con proporcionarle a usted la satisfacción de que les dé gusto: ame usted a su marido y obedezca a su confesor; lejos de
oponerme a esto, sanciono sus resoluciones; cumpla usted su misión con esos señores.
Esta carta debe preceder a mi visita porque es mi fianza. La adoro a usted, Chona; dentro de poco lo va a oír usted de mis labios.
Así terminaba la carta.
Chona al acabarla de leer, sintió que su imaginación se perdía en un mundo desconocido, mundo del que le hablaba Salvador con una seguridad que la espantaba; y tomando las ideas de Chona cierta forma de superstición, sentía a la vez la curiosidad más viva por descifrar aquellos misterios.
«¿Será capaz Salvador —pensaba Chona—, de haberse dejado impresionar por el espiritismo y estará perdiendo la cabeza, o lo que me dice es el resultado de una mistificación real y positiva? Para creerlo loco, debo tener en cuenta su sensatez, su juicio, su experiencia, y por otra parte, lo que me dice tiene no sé qué carácter de verdad que si me espanta, no por eso dejo de sentirla dentro de mí misma.
»Conozco a mi pesar que hay en Salvador algo superior que me domina; me siento a merced de su influencia y vacilo, temo… tiemblo… y me horroriza pensar que mi recurso, mi gran esperanza, mi fuerte égida… el sacerdote… pudiera ser débil. Salvador lo contempla pequeño, no le impone, como si contara con algo superior a todas las trabas de este mundo».
Volvió Chona a leer la carta y en seguida exclamó:
«¡Bueno!, esta carta revela más cabeza que corazón; yo le temo a su amor, pero no a su filosofía; que siga siendo filósofo y yo seguiré siendo fuerte; fingiré que lo creo, obraré con astucia y tendré siempre expedita la retirada: él me hace concesiones, yo también voy a hacérselas y si siendo así que la resistencia exacerba el cariño, en no habiéndola, acabamos por ser indiferentes; eso así, acepto de lleno la garantía que me ofrece su fianza: en estos límites todo será espiritual y nada tendré que reprocharme.
»Estoy deseando ardientemente la llegada de Salvador: hoy nuestra sesión va a estar muy divertida y sobre todo voy a reírme mucho con su mentido espiritismo; ¡tiene unas cosas Salvador!».
Poco tiempo tuvo que esperar Chona, pues antes de la hora de costumbre, se presentó Salvador.
—Chona… —dijo al entrar, dándole a esta palabra el acento de saludo y de pregunta a la vez.
—¡Salvador! —dijo Chona tendiéndole la mano.
—¿La mano sí? —preguntó Salvador sin tomarla.
—¿Qué?
—¿Me propone usted una transacción?
—Quiere decir que usted se había propuesto…
—Ser espíritu.
—Pues hagamos de cuenta que los espíritus se dan la mano.
—Bueno, la acepto con todo mi corazón —exclamó Salvador, estrechando la mano de Chona, más como hombre que como espíritu.
Se sentaron en su rincón.
El amor tiene un modo localizado de ser.
Las golondrinas tienen una cornisa favorita: en todo el tiempo de sus amores y de la incubación, se paran en el mismo sitio.
Los enamorados tienen siempre su cornisa, sólo que el hombre sabe forrarla de terciopelo y de brocatel, y ponerle resortes y otras cosas muelles.
Salvador y Chona ocupaban invariablemente, Salvador el sofá y Chona el sillón del lado derecho.
Allí estaban bien: los resortes del sofá sentían a Salvador y estaban más dóciles que sus compañeros de la izquierda.
El taburete de la derecha conocía los pies de Chona: había dos taburetes iguales, pero Chona no dejaba que le cambiasen el suyo, que conocía, no sabemos por qué.
La luz de los balcones hería el rostro de Salvador, mientras que Chona quedaba contra la luz, dando la cara a un magnífico grabado que representaba a Daniel respetado por los leones.
—Vamos a ver —dijo Salvador—, ¿qué le ha parecido a usted mi carta?
—Muy rara.
—¿Por qué?
—Por el espiritismo.
—El espiritismo es muy raro en sí, como lo son todas las verdades que han dormido muchos siglos en el abismo de la ignorancia humana.
—La fe de usted me cae en gracia.
—Y la incredulidad de usted me deleita.
—¿No le impacienta a usted?
—No, al contrario, y estamos por lo tanto en muy buen terreno.
—¿Quiere decir que me permite usted todas mis armas para combatirlo?
—Todas.
—¿Hasta la risa?
—Hasta la risa; usted se ríe de una manera que me encanta.
—¿Ya empezamos?
—Positivamente, usted sabe reírse, y para tener un ejemplar de la risa de usted, no hay más fotógrafo que el amor.
Chona no se rio.
—Tiene otra particularidad la risa de usted y es, que siempre viene después de un momento en que se pone usted muy seria.
Chona se rio.
—¿Ya lo ve usted? —dijo Salvador riéndose también.
—¡Todo lo ve usted! —exclamó Chona.
—¿Por qué será?
Chona no pudo contestar más que con una mirada.
—Volvamos a mi carta.
—Volvamos a la carta.
—Se reduce a esto: a que me diga usted que me ama.
—¿Traducción libre? —preguntó Chona.
—Literal —contestó al punto Salvador—; ¿hacemos la traducción?
—Sí, porque va a ser curiosa; al menos si ha de quedar probado que es literal.
—Una vez aceptada mi fianza —contestó Salvador—, quedan a salvo todos los escrúpulos de conciencia.
—¿Todos?
—Sí, porque la dejo a usted vivir en su mundo, obedeciendo todos sus caprichos.
—¿Cuáles son esos caprichos?
—La fidelidad, el deber, la paz doméstica.
—Ésas son leyes muy severas, no caprichos.
—Sean leyes severas; la dejo a usted bajo su influencia y bajo su protección; es usted libre aquí abajo.
—¡Qué raro es todo eso!
—¿Cree usted que el alma es inmortal?
—Seguramente.
—Lo que no sabe usted es esto: que su alma de usted y la mía, han existido antes de venir al mundo.
—¡Eso sí no lo comprendo!
—Yo sí; hay más, lo sé.
—¡Eso es mucho!
—Pues hay más todavía: lo siento en mí de una manera palpable, mi espíritu está pasando por una transformación, la he encontrado a usted en el mundo para que me revelara mi existencia anterior y para que me haga pensar en la futura; hasta hoy he estado siendo una negación, quiero decir, no me había dado cuenta de mí mismo, y he empleado mi vida en vivir: antes de conocer a usted me hacía temblar la muerte, y pensaba que el fin de mi vida, mi mismo yo pasaría a la otra perdiéndose… en un infinito desconocido y terrible; pero hoy, Chona, hoy está empezando mi regeneración espiritual, porque al ponerse mi alma en relación con la de usted, he sentido a mi libertadora ofreciéndome el crisol de un amor imposible en el mundo, pero necesario para nuestra eternidad.
—¡Me va usted a volver loca!
—No lo temo; lo que podría temer es que se volviera usted ciega; pero poco a poco irá usted acostumbrándose a la luz, hasta ver el sol de la verdad frente a frente.
—Sí; ante todo, cuide usted de mis ojos, porque me son muy útiles.
—Le aseguro a usted que cada día verá mejor —y luego agregó Salvador, uniendo el hilo de su discurso—: mi alma hubiera permanecido vacía si no hubiera conocido a usted, y esto, que es sin duda una frase de estampilla, y que acaso no habrá enamorado en el mundo que no la haya dicho, encierra, no obstante, una inexorable verdad y es ésta: amo por la primera vez en mi vida.
Chona se rio.
—Usted —continuó Salvador— no es la continuación de mi vida anterior, sino el principio de la eterna; todas las mujeres que me han amado, han tomado de mí la parte de mi ser transitorio en mi estado de negación, que concluyó antes de conocer a usted.
—Debo recordar a usted que nos conocemos hace mucho tiempo, y antes…
—Antes no nos amábamos, es cierto; estaba yo acabando mi periodo; era yo otro, por eso estaba triste y hastiado, no me quedaba nada por saber, en la copa de mis placeres no quedaba ya ni una gota; ¿se acuerda usted de la licorera?
—Sí.
—Allí estaba mi copa seca, por eso no quise llenarla de nuevo; había acabado todo, todo; y quedó solo mi espíritu enlazado al espíritu de usted para siempre.
—¡Sobre que le digo a usted que me voy a volver loca!
—No haga usted ningún esfuerzo por comprenderme; dice usted que le divierten mis extravagancias; búrlese usted supuesto que le he dejado ese derecho.
Hubo una larga pausa.
—No puede usted reírse y lo desea; me felicito por este síntoma, que me revela la fuerza de mis razones.
—No me río, porque la locura de usted es del género sublime y empieza por pasmarme. ¿Cómo supo usted que he pensado consultar esto a mi confesor?
—Porque le ha espantado a usted la palabra espiritismo y empieza usted a escandalizarse.
—Me he decidido a tomarlo a pechos, y lo sigo a usted sólo con la imaginación; por lo demás, me considero bastante dueña de mí misma.
—Tiene usted razón, tanto más cuanto que yo la ayudaré a usted en todo; he ofrecido respetar cuanto a usted pertenezca.
—Estoy segura de que ningún amante ofrecerá otro tanto.
—Es cierto, y ésa es una señal de que empieza usted a comprenderme, y de esta manera acabará usted por amarme como yo la amo.
—Supuesto que usted cree, Salvador, que la cuestión consiste sólo en el camino que se elija, debo decirle a usted que para mí no es el medio sino el resultado lo que me espanta; yo no debo amar a usted, porque cometería un crimen; no debo entregarle mi corazón, porque no me pertenece, y cualquiera que sean los argumentos de que usted se valga, y por sutiles y poderosas que sean las razones que pretenda usted darme, de todos modos hemos de venir a dar al punto de donde debo huir a toda costa; yo debo sacrificar mi amor y mi vida, si es necesario, al cumplimiento de mi deber.
Esta conversación, como las anteriores, fue interrumpida por haber sonado la hora en el reloj, hora que anunciaba la llegada de Carlos.
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