Las jamonas
III. En el que se ve que las amistades de la infancia son duraderas
III
En el que se ve que las amistades de la infancia son duraderas
La juventud de Amalia brotó como una flor dentro de los muros del Colegio de las Vizcaínas.
La Chata vio nacer esa flor y de aquí nació la intimidad de Amalia con la Chata.
El primer brote de esa flor es, por lo general, un pedazo de cielo, es una paloma que anida, un beso que se oye, o un estremecimiento que no se comprende.
Suele tomar la forma de una meditación que termina en un suspiro; suele ser una lágrima pero nunca una sonrisa: hay algo melancólico y grave; hay como un aviso secreto y misterioso, pero solemne, en la aurora de ese día primaveral que se llama la juventud.
Las organizaciones nerviosas de las hijas del trópico, presienten esa aurora entre los juguetes de su felicidad, entre las muñecas con que juegan.
Un día, Amalia y la Chata jugaban con sus muñecas.
Amalia tenía en las manos una hermosa muñeca, a la que acababa de vestir.
—Mira a mi Rosa qué linda está —le dijo a la Chata—. ¿Sabes por qué?
Porque se va a casar; tiene un novio muy elegante que ha pedido su mano:
¡ay!, y la quiere mucho… mucho; y oye… mi Rosa me va a dejar por seguir a su marido, y hace muy bien; pero lo siento mucho.
Una de las primeras instituciones de la mujer, es la tendencia a la maternidad: las niñas encuentran un placer inefable en jugar a las madres.
Amalia tenía la grata ilusión de ser madre de su muñeca, a la que llamaba Rosa.
—Mira —continuó diciendo a la Chata—: mi Rosa estrenará el día que se case un vestido blanco de gro, adornado con blondas y le pondré una preciosa corona de azahares, porque éstas son las flores de las novias, y esta corona sujetará un velo transparente que le caerá sobre la espalda, ¡ah!, qué linda estará mi Rosa. Y su novio, su novio es muy buen mozo e irá al casamiento vestido de negro, con una casaca muy bien hecha; un chaleco negro también y muy abierto, para dejar lucir una elegante camisa de batista con vuelos encarrujados con una puntita de piña hecha con hilo del ciento; llevará una corbata blanca también de Cambray, perfectamente bordada: guantes blancos y botas de charol. El novio ha de tener una cabeza muy artista, cuyos cabellos ensortijados siempre le den a su frente y a su fisonomía un aspecto distinguido y elegante.
—¿Y no tendrá bigotes? —preguntó la Chata.
—¿Bigotes? Sí, un bigotito, pero como de seda, muy suave y muy bien peinado… barbas no, no me gustan esas barbas de gastador, esas barbas gruesas y groseras; ¡no, ni lo permita Dios! La barba del novio de Rosa ha de parecer de seda.
—¿Y qué? —interrumpió la Chata—, ¿no le haces a Rosa un vestido para la iglesia?
—Sí, por supuesto; un vestido negro de gro de a cuatro pesos vara, todo lleno de adornos, y una mantilla de blonda española de a 200 pesos. Sí, ése será su traje para la ceremonia de la iglesia.
—¿Pues qué tú sabes todo eso?
—Sí.
—¿Quién te lo ha enseñado?
—Mi nanita.
—¿La señora?…
—Sí, me contó la otra noche su casamiento.
—¿Conque ha sido casada?
—¡Vaya!
—¿Y qué te dijo?
—Me informó de que hay tres ceremonias.
—Cuéntame eso —dijo la Chata tomando una actitud a propósito para no perder una sola palabra de Amalia.
—Pues en primer lugar son los amores.
—¿Y cuánto tiempo duran?
—Según… si la novia tiene papá y mamá que se oponen al matrimonio, entonces duran mucho tiempo.
—¿Y si no se oponen, duran menos los amores?
—Sí, porque entonces se casan pronto.
—Yo creo —objetó la Chata—, que los amores han de ser más bonitos que la ceremonia.
—¿Por qué lo crees?
—Porque ha de tener uno que hacer tantas cosas para ocultarse y ha de pasar por tantas ansiedades, que yo creo que ha de ser uno muy feliz.
—¡Quién sabe! Yo no sé de amores porque nunca los he tenido.
—Pues yo sí.
—¿Tú?
—Quiere decir, no fueron amores sino que mi primo…
—Ya me vas a hablar de tu primo; parece que no sabes hablar de otra cosa.
—Es que como se trataba de amores…
—Sí, pero eso ya me lo has dicho muchas veces.
—Pues bien, por eso creo que los amores han de ser lo más bonito.
—Puede ser, ¿pero por fin, te cuento lo de las ceremonias?
—Sí.
—Pues quedamos en que primero son los amores y después la toma del dicho.
—¿Y cómo es eso?
—Muy sencillo: viene el señor cura y le pregunta a uno si es cierto que… Fulano, la quiere a uno, y se contesta si sí o si no, y en fin, le hacen a uno una porción de preguntas de que ya no me acuerdo, en seguida firma uno un papel y también los testigos.
—¡Ah!, ¿conque hay testigos?
—Por supuesto.
—¿Y después del dicho?
—Siguen las amonestaciones.
—¡Ah!, y entonces todo el mundo sabe que se va uno a casar.
—Para eso es, para que lo sepan.
—¡Ah!, ¡qué vergüenza!
—¿Vergüenza por qué?
—Eso es muy feo.
—Pues entonces se pagan 60 pesos en el Arzobispado, y no hay amonestaciones.
—¿Sí?
—Sí; eso es lo que se llama dispensa de vanas.
—¡Mira qué instruida estás!
—Todo me lo ha dicho mi nanita.
—¿Sabes que los viejos saben muchas cosas?
—Y nosotros no, todo lo ignorarnos.
—No, no todo, ya lo ves; yo sé también muchas cosas más que tú.
—Pues bien, sígueme contando; quedamos en que no hay amonestaciones.
—Siguen las donas.
—Sí, eso sí ya lo sé, son los regalos, son los vestidos, el blanco y el negro, y las alhajas; muchas alhajas, ¿no es verdad?
—Sí, por supuesto, porque cuando uno se casa se pone brillantes.
—Y todo.
—Ya se ve. ¿Pero me dejas acabar?
—Sigue.
—Porque si me estás interrumpiendo…
—Ya no chisto.
—Siguen las donas y después la ceremonia, en que le preguntan a una si recibe por esposo y compañero a…
—¿A quién? —preguntó la Chata riéndose.
—Al que sea; dicen su nombre. Después de la ceremonia la velación.
—Sí. eso ya lo he visto en la iglesia, lo de la cadena y el paño azul y todo eso, ¿pero después?
—Después se van los novios a su casa y viven juntos.
Hubo un largo rato de silencio: la materia estaba agotada, el casamiento descrito y Rosa la muñeca se había quedado abandonada.
Amalia y la Chata navegaban en ese piélago misterioso de las dudas de amor y se forjaban quimeras halagadoras; y sin saber por qué aquella conversación las había entristecido.
Al cabo de algún tiempo Amalia le dijo a su amiga:
—No le digas a nadie nada de lo que hemos platicado.
—No.
—A nadie.
—¿Es pecado?
—Mira… yo no sé; pero mi confesor me ha dicho que las niñas no deben hablar del matrimonio.
—¿Eso te dijo?
—Sí, porque yo le conté que iba a casar a Rosa mi muñeca grande, y que por hacerla trajes no había podido repasar los verbos irregulares.
—¡Ah!, entonces te lo dijo por lo de los verbos; así con razón, si no estudias…
—Pero siempre será bueno no decirlo.
La amistad de la Chata con Amalia comenzó a atesorar secretos y a ser por lo mismo más íntima.
Desde aquel día las dos amigas experimentaban un dulce bienestar en conversar a solas e imprimían a todas sus acciones cierto carácter misterioso, porque aquella conversación sobre el matrimonio de la muñeca era ya para ellas un asunto de cierta gravedad que ellas mismas comprendían pero que se empeñaban en sostener y en fomentar.
Halagaba su vanidad de niñas la idea de tener un secreto que guardar, un asunto de que tratar a solas y se segregaban de las demás para ir a reclinarse sobre el barandal de uno de los corredores más lejanos, con objeto de estar a la vista de todas sus compañeras y a la vez sustraídas a su curiosidad.
Las niñas comenzaban a censurar aquella conducta y hasta había lenguaraz que exclamara:
—Parecen marido y mujer, nunca se separan.
Dispuesto el corazón a recibir las primeras impresiones del amor, basta a la mujer estar en contacto con otro ser para revestirlo de un encanto particular: la Chata y Amalia se querían entrañablemente, gozaban en estar juntas, deseaban estar solas, y como los celos son inseparables del amor, especialmente del amor indefinido, la mayor parte del tiempo lo empleaban en darse celos y satisfacciones mutuamente.
Esta intimidad iba tomando creces y del matrimonio de la muñeca entraron al terreno de las suposiciones, personificando más resueltamente la cuestión.
—¡Casarse! —decía Amalia—. ¡Qué felices han de ser las que se casan!
—¿Por qué?
—Porque aman, porque son amadas.
—¡Pero nosotras! —exclamó la Chata con un acento de tristeza imposible de describir—, nosotras condenadas a vivir entre estas cuatro paredes; sin conocer el mundo ni a los hombres. ¡Si vieras cuántas cosas he oído decir de los hombres!
—¿Sí?
—Ya lo ves, aquí todas las señoras grandes no los pueden ver, siempre están hablando mal de ellos.
—¡Pobrecitos! —dijo la Chata, y lo dijo de todo corazón, porque la Chata era muy buena chica; por lo menos en lo de abogar por nosotros.
—Yo creo que los calumnian, porque si los hombres fueran tan malos como dicen, no se casarían tantas mujeres todos los días.
—Y aun suponiendo que sean malos —dijo a su vez la Chata—, ¡qué hemos de hacer! Es necesario conformarse y admitirlos tales como son, porque no hay otros.
—Yo quisiera tener un novio para desengañarme. ¿Y tú?
—Yo también.
—¿Y dejarías de quererme a mí?
—No; jamás —dijo la Chata, dando un beso en la frente a Amalia.
—¡Ay!, ¿y si te casas?
—Viviremos siempre juntas. ¿Y si te casas tú?
—También viviremos juntas.
Comenzaron los primeros días de la juventud de Amalia y de la Chata, en medio de todos los sinsabores y sueños de la reclusión; hasta que un día los parientes de Amalia, que regresaban a Oaxaca, determinaron llevar a la huérfana, pues según todas las combinaciones de familia, Amalia podía ya salir a luz y darse a conocer a sus parientes.
Amalia y la Chata lloraron muchos días, antes de separarse; se hicieron mutuos regalos, se cortaron cada una un rizo de cabello, y se despidieron al fin, recibiendo cada una por su parte el primer golpe doloroso: ofrecieron escribirse y se dirigieron la última mirada.
La Chata, lo mismo que Calipso, no podía consolarse de la partida de Ulises; pero Amalia que se veía libre, recibía a cada paso las más halagüeñas impresiones, y bien pronto entró en un mundo nuevo para ella, y en el que todos los objetos que la rodeaban tenían un encanto particular.
No es nuestro ánimo seguir paso a paso la juventud de Amalia, pues conviene al interés de nuestro relato guardar cierto misterio acerca de lo que a esta joven le pasó en Oaxaca, de donde como sabe ya el lector, vino a México en el polvo de la revolución y en los brazos de Sánchez; de manera que volvemos a anudar el hilo de esta historia en el momento en que la Chata y Amalia después de haberse dejado de ver algunos años han vuelto a ser las amigas de colegio.
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