Las jamonas

Jose Tomas de Cuellar · Capítulo 17 de 34

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Las jamonas

XVI. Don Aristeo y la cocota

XVI

Don Aristeo y la cocota

Sánchez durmió hasta la una del día.

Amalia salió de su casa a las nueve y media, dejando avisado que no se la esperase a comer.

Don Aristeo y Felipa siguieron hablando de la cocota en la asistencia, cada uno en su sillón.

—¡Vaya! ¡Vaya con la impresión que me ha hecho a mí ese negociado, doña Felipa!

—¿Qué negociado?

—El de la cocota.

—No piensa usted en otra cosa.

—Y lo peor es, que mientras más pienso, menos lo entiendo y me estoy viendo tentado de una cosa.

—¿De qué cosa? ¡Ave María Purísima! Don Aristeo, ¿de qué cosa se está usted viendo tentado?

—No, no se alarme usted, doña Felipa, no quiero más que esto.

—¿Qué?

—Conocerla.

—¿Y para qué?

—¿Cómo para qué? Para juzgar con mis propios ojos eso que debe tener esa mujer, ese privilegio exclusivo, esa cuadratura del círculo de a 300

pesos mensuales en billetes de banco.

—¿Pero para qué se va usted a meter en esas cosas, señor don Aristeo?

¿No considera usted que una mujer de ésas ha de estar naturalmente excomulgada? Porque de seguro no es cristiana.

—¡Qué cristiana va a ser, doña Felipa! Empiece usted porque es muy güera.

—Sí, eso ya lo sé; tiene el cabello casi blanco.

—Eso es lo que yo digo, esa mujer no ha de ser como todas, es seguro que tiene algo.

—En cuanto a lo demás —continuó Felipa—, doña Ceferina que la conoce ya, dice que es bonita, pero que no le parece tanto como dicen.

—No lo crea usted, doña Felipa, ésas son cosas de doña Ceferina, porque como ya no ve bien…

—¡Ah!, pues usted tampoco tiene muy buena vista que digamos, especialmente para conocer a las gentes; es usted muy mal mista.

—No lo crea usted, doña Felipa; si yo encontrara un medio para acercarme a la cocota, le aseguro a usted que no le perdería detalle ni circunstancia hasta convencerme de lo que quiero.

—¿Y qué sacaría usted de todo eso?

—No, lo que es de sacar… pero vea usted, doña Felipa, siempre es bueno saber y no que le cuenten a uno.

—¡Vaya! —dijo doña Felipa como inspirada por una idea súbita—; ya que tiene usted tanto empeño en acercarse a esa… mujer de mis pecados, y que no le teme usted a la excomunión, sería bueno ver si de paso hacemos una cosa bien hecha.

—¿Cuál, doña Felipa?

—Quitarle a mi hermano ese quebradero de cabeza.

—Y ese gastadero de pesetas.

—Y esa inmoralidad.

—Y el escándalo.

—Y la ruina; porque mi hermano se arruina.

—Irremisiblemente, doña Felipa, júrelo usted.

—¿Pues qué le ocurre a usted?

—¿Qué sería bueno hacer? ¿Con qué pretexto pudiera yo presentarme en su casa?

—¡Ah!, ya caigo.

—¿Con cuál, doña Felipa? ¿Con cuál? Veamos.

—Mi hermano no sale hoy.

—Es cierto, hoy es día de jaqueca, y si acaso a la noche será cuando se vaya encaminando…

—Pues bien, vaya usted a verla con pretexto de avisarle que mi hermano está enfermo, y una vez allí y para que no descubra a usted con mi hermano, le dice usted que la visita es a excusas de él y…

—Etcétera, yo me introduciré, yo haré de modo… no tenga usted cuidado, doña Felipa. Está decidido, voy, voy sin pérdida de tiempo.

—Vaya usted.

—¿Y si conseguimos que mi compadre se desimpresione…?

—Figúrese usted qué triunfo para nosotros.

—Va a creer doña Ceferina que es obra de la novena que está andando por esta desgracia. Es seguro, figúrese usted que doña Ceferina la pobre…

es tan fanática.

—Conque voy, voy en el acto, sólo que… lo que siento es tener que ponerme camisa limpia… porque en fin… ella será todo lo que se quiera, pero supuesto que es una persona limpia… porque yo supongo que ha de ser muy limpia, ¿no es verdad doña Felipa?

—¡Ah!, ¡por de contado, con 300 pesos cada mes cómo no ha de ser uno limpia! Que me den a mí la mitad y verá usted cómo ando toda la semana, albeando.

—Ya se ve. Conque… voy a vestirme, doña Felipa.

—Bueno, bueno, vaya usted pronto.

A poco rato volvió a presentarse don Aristeo.

—¿Qué hay? —preguntó doña Felipa.

—Nada, que… ¿me hace usted favor de pegarme este botón?

—Con mucho gusto.

—¿Y usted tiene curiosidad por conocerla, doña Felipa?

—¡Vaya!, si estoy como usted, y no sé qué hacer para conseguirlo; y luego que como esa extranjera, supuesto que es tan güera y todo, no ha de ser cristiana, no hay modo de verla en la iglesia.

—¡Vaya! ¡Qué iglesia! Para el infíernote que se ha de mamar la mi señora.

—Eso es seguro… aunque vea usted, don Aristeo, en eso hay de todo, bien puede ser que se arrepienta a tiempo.

—Eso sí, si es a tiempo…

—Ya está pegado el botón.

—Dios se lo dé a usted de gloria. Iré de negro, ¿no le parece a usted, doña Felipa?

—Sí, es lo natural.

—¿Y será cosa de guantes?

—Vea usted… siempre no será malo, porque ella ha de tener guantes.

—¿En su casa?

—¡Como dicen que gasta mucho lujo!

—En fin, llevaré mis guantes amarillitos.

Después de una hora, apareció don Aristeo otra vez en la asistencia: se había afeitado, estaba vestido de negro y se había puesto unos botines de charol que tenía guardados hacía seis meses, porque le habían lastimado horriblemente los callos.

Felipa examinó a don Aristeo de pies a cabeza.

—Pero va usted a rabiar con esos botines, don Aristeo.

—¿Por qué?

—¿Son aquéllos…?

—Sí, son los mismos, pero han dado de sí, ya no me molestan.

Don Aristeo estaba mintiendo descaradamente, a juzgar por la manera con que tenía puesto el pie izquierdo sobre la alfombra; casi no pisaba.

—¡Ay! —exclamó doña Felipa—, ¿qué es lo que huele?

—Es el alcanfor; yo pongo alcanfor entre mi ropa para que no se pique.

—¡Ah!, pues eso es fatal, es capaz de no recibir a usted esa… esa señora, si va usted oliendo a alcanfor.

—¿Qué hacemos?

—Voy a ponerle a usted agua de Colonia.

Felipa trajo un frasco y roció a don Aristeo a toda su satisfacción.

—En fin, ahora con el aire libre acabará de quitarse el mal olor.

—Dios se lo pague a usted, doña Felipa. Conque si mi compadre pregunta por mí, le dice usted…

—Sí, que tuvo usted qué hacer; bueno, hasta luego don Aristeo.

—Hasta luego, doña Felipa.

Ya había andado don Aristeo algunos pasos cuando le dijo Felipa:

—Don Aristeo, oiga usted.

—¿Qué?

—¡Cuidado! —añadió Felipa riéndose—; ¡cuidado como se va usted a enamorar de la cocota!

—¡Va!, ¡va! ¡Qué doña Felipa tan candorosa!

—Es que…

—Es que voy prevenido.

—¿A ver?

—Mire usted.

Y don Aristeo sacó de la bolsa un rosario, del que pendían varias medallas y cruces y especialmente pequeñas bolsitas bordadas con chaquira y que contenían reliquias de un prestigio y un poder ilimitados.

—¡Ah!, pues con eso… —dijo Felipa, no sin burlarse interiormente de don Aristeo.

Felipa se quedó pensando en la entrevista que iba a tener lugar, mientras que don Aristeo, apenas salió de la casa, empezó a cojear.

A poco andar, exclamó:

—¡Malditos botines! ¡Válgame Dios! A lo que expone a uno un animal de éstos traídos de París. Si mi compadre llega a saber que he visitado a su cocota, ¡adiós!, se armará una zambra… Pero no, bien puede ser que no se arme nada; mi compadre se tiene por hombre muy civilizado.

A don Aristeo no sólo le iban haciendo sufrir los botines, sino que le raspaba el cuello de la camisa, e iba notando que su levita negra le apretaba de la sisa: hacía mucho tiempo que no se la ponía; no obstante, todas aquellas mortificaciones eran otros tantos avisos que le despertaban la presunción, y al pasar frente a una vidriera o frente a una peluquería, no dejaba de mirar de reojo su imagen retratada de cuerpo entero.

«Estoy bien acabado —se decía—; pero en fin, vestido, todavía no estoy tan mal: creo en todo caso que mi figura no me expondrá a que esa señora

me haga una grosería.»

En don Aristeo se había operado una verdadera revolución: jamás había sentido más punzante el aguijón de la curiosidad; nada le había hecho más impresión en su vida, como la noticia de que hubiera mujeres que se dejasen alquilar, según expresión del mismo don Aristeo: no le cabía en el juicio, ya no tanto que las hubiera, sino que de buenas a primeras encontraran hombres que, como su compadre, no vacilaran en pagarlas tan caras.

«¡Si no será mujer…! —pensaba don Aristeo—; pero eso no puede ser, porque lo que es a mi compadre, en esa materia no le dan gato por liebre.»

Andaba don Aristeo absorto en sus cavilaciones y deseando y temiendo al mismo tiempo que se acercara el momento de ver a la cocota, hasta que llegó a la calle en que vivía; pero como don Aristeo era corto de vista, recorrió dos veces la calle por una y otra acera sin encontrar el número 10.

«Vamos —exclamó—, decididamente en esta calle no hay número 10.

Éste es un chasco; doña Ceferina ha equivocado el número a propósito, o tal vez la calle. ¿Qué haré?»

Don Aristeo estaba tan preocupado, que había dicho casi en voz alta estas palabras, y como aunque el hablar solo no tenga nada de particular, esto siempre es una cosa que llama la atención.

Uno de esos muchachos vagamundos que salen deseando fijarse en algo nuevo, lo había estado observando: y a la sazón que don Aristeo hablaba solo, el vagamundo se había parado frente a él fijándole una mirada escudriñadora.

Don Aristeo sacó sus anteojos con objeto de hacer un nuevo examen, fijándose más detenidamente en el número de cada puerta.

Tan luego como se puso a andar el vagamundo le siguió colocándose a su lado, porque para aquel muchacho empezaba a ser aquello un lance divertido, y aun deseaba entablar conversación con aquel señor que le parecía, según todas las trazas, un loco manso.

Con objeto de llegar a ser interpelado, el vagamundo se rozaba con don Aristeo y no le perdía movimiento: llegó don Aristeo a la última casa, y al ir a atravesar la calle para recorrer la acera opuesta, tropezó con el muchacho, que dio un traspiés y exclamó:

—¡Ay!, señor, por poco me tira usted; ¿qué no ve?

«¡Adiós! —exclamó para sí don Aristeo—, este chico me va a armar camorra.»

—Perdona, hijito, no te vi.

—Usted no ve nada, ni los números.

—¿Ni los qué?

—¿No anda usted buscando números?

—Sí, el número 10.

—¿Qué 10? Si aquí no hay 10.

—Eso es lo que me desespera.

—¿Busca usted al médico?

—No.

—¿A la partera?

—No.

—Yo conozco a todos los de la calle; ¿al licenciado?

—No.

—¿A don Juanito Gómez?

—No; a ninguno de ésos; ¿dices que tú conoces a todos los de la calle?

—Sí, señor amo.

La palabra amo era ya la solicitud manifiesta de una propina.

—¿Quién vive en el 8?

—Es la casa de la Purísima, viven la partera, la…

—¿En el número 7?

—El licenciado.

—¿En el 6?

—Don Juanito; en el 5, los españoles del empeño.

—¿En el 4?

—Un padre; ¿busca usted al padrecito?

—No.

—Pues en el 2 vive el médico, y el 1 está vacío.

—¿Y por qué te saltas el 3?

—¡Ah…! —dijo el muchacho riéndose.

—Vamos a ver, ¿por qué te saltas el 3?

—Porque usted no ha de ir allá.

—¿De qué lo infieres?

—Como allí vive…

—¿Quién?

—Una persona que… yo no creo que usted la busque.

—¿Por qué?

—Porque es arañita.

—¡Cállate, muchacho! Y no seas quitacréditos; ¿qué sabes tú de eso?

—Quiero decir, ella es muy guapa, y es güera; pero no por eso deja de ser arañita.

—No andes diciendo eso, ¡qué sabes tú!

—¡Ah qué señor! ¿A qué va usted allá?

—Vamos, vamos, muchacho, ve, ve a comprar tus tronadores o tus dulces; toma, toma este realito y múdate; ve con Dios, hijito, ve con Dios.

El muchacho se separó de don Aristeo, en dirección opuesta, pero para observar más a sus anchas.

Iba don Aristeo a entrar en la casa número 3, cuando de manos a boca dio con doña Ceferina.

—¡Señor don Aristeo de mi alma! ¿Qué milagro es verlo a usted por mi barrio?

—Qué quiere usted, doña Ceferina, aquí dando vueltas. ¿De qué se ríe usted?

—De nada; vea usted lo que son las cosas, nos hemos venido a parar en la lumbre.

—¿Cómo en la lumbre? ¿Por qué?

—Estamos en el 3.

—¿Y qué?

—Que aquí vive.

—¿Quién?

—La americana.

—¿No decía usted que en el 10?

—Yo nunca he dicho semejante cosa, porque ni los hay en esta calle.

—¿Conque aquí…?

—Sí, aquí… tanto que yo creí que iba usted a entrar.

—¿Yo, doña Ceferina?

—Por lo menos usted ha estado buscando una casa en esta calle, y ya hace un cuarto de hora que lo veo a usted recorrer los zaguanes, hasta que el pelón habló con usted y entonces sin vacilar se ha dirigido usted hacia aquí; ya ve usted que tenía yo razón en creer que iba usted a entrar.

Don Aristeo estaba perplejo.

—Y además —agregó doña Ceferina—, como viene usted de tiros largos…

—Sí, pero eso es porque…

—Vamos, vamos, vendrá usted tal vez a ver si esa mujer de mis pecados se quita de en medio.

—Pues es cierto, doña Ceferina, a eso venía yo, a ver si por fin conseguimos evitar los males que son la consecuencia inmediata de… de esta corrupción de costumbres, doña Ceferina.

—¿Y eso de acuerdo con Felipita?

—Sí, señora.

—¿Y cómo está de salud?

—Bien, a Dios gracias.

—¡Vaya!, bendito sea Dios, don Aristeo; ¿conque va usted, eh?

—Voy a hacer ese sacrificio.

—¡Pobre de usted! Pero cómo ha de ser, señor, cómo ha de ser; eso sí, que no le arriendo a usted las ganancias con los vecinos, porque todos van a saber que usted ha venido, y será el habladero para poner tablados.

—¡Sea todo por el amor de Dios! Pero usted bien sabe cuán sana es mi intención y qué sinceros nuestros deseos.

—Ya se ve, señor don Aristeo… conque… que salga usted bien de su empresa; allá iré a saber cómo le fue a usted de visita; Dios lo lleve por buen camino.

—Adiós, doña Ceferina.

—Adiós, don Aristeo.

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