Las jamonas

Jose Tomas de Cuellar · Capítulo 15 de 34

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Las jamonas

XIV. La embriaguez

XIV

La embriaguez

El hombre, que alternativamente se siente rey del mundo o náufrago perdido, padece con notable frecuencia una enfermedad rara.

Siente su insuficiencia.

Los resultados de una educación imperfecta, la ignorancia y el natural encogimiento de todo el que se encuentra coartado por los reproches de su conciencia, pone al hombre en el peligroso predicamento de recurrir a una modificación física y moral que se llama embriaguez.

Desde que el hombre pudo descubrir que su ser moral es susceptible de modificarse por influencias físicas, creyó haber encontrado en el alcohol un elemento maravilloso.

Allí donde el hombre encuentra que su razón no le basta, es el punto en que acepta el embrutecimiento, prefiriendo retroceder hasta la insensatez, a seguir luchando con su inteligencia fatigada.

Entre todos los animales, el hombre es el único que se embriaga y el único que se suicida.

La embriaguez es el suicidio de las almas mezquinas.

Nacer, ofreciendo el maravilloso organismo del cuerpo humano como recinto de ese yo incorpóreo y eterno, llegar a sentir el poderoso impulso de la razón, llegar a medir el universo con el poder de la inteligencia, reinar, dominarlo todo y penetrar en el vastísimo campo de las maravillas de la creación; tener todo este caudal, todo este tesoro de luz y de poder, para

apurar en seguida a manera de tósigo un litro de alcohol y descender desde el pedestal del ser pensador y libre hasta ese recinto de sombras y de vértigos en donde alientan el loco y el calenturiento, el insensato y el bruto, es la más estupenda de las barbaridades, el acto más criminalmente atentatorio y el más cobarde de los suicidios.

Todas las almas débiles, todos los cobardes y todos los criminales propenden a ese embrutecimiento, para probar si entre las luces perennes que se apagan en el alcohol la conciencia siquiera se adormece.

El débil, al echar de menos la suma de poder, la suma de saber que necesitaría en la liza humana para representarse a sí mismo competentemente; desesperado de no hallar lo que le falta, lo busca en el fondo de un vaso, y al experimentar los primeros síntomas del envenenamiento alcohólico, cuando merced a la excitación de ciertos ramos nerviosos y a la inflamación de ciertos tejidos siente dislocarse una rueda de su preciosa máquina, los engendros de esa descomposición se presentan bajo la forma de una expansión grotesca, y el ebrio con la mirada brilladora prorrumpe estrujando la prosodia de las palabras y perdiendo su encogimiento habitual; no se acuerda de que todo lo ignora, y cree saberlo todo y enseña al pensador, ya sin los velos de la modestia, sin las pausas del miedo, sin las vacilaciones del tímido, sin las reservas del buen juicio, toda su alma, todo su ser moral, en toda la desnudez de su impotencia, de su ignorancia y de su nulidad.

El hombre entonces creyendo ocultarse su insuficiencia y su cobardía, no hace más que disfrazarse con la ropa de sus propios defectos, ocultándose de sí mismo para que lo conozcan todos.

Tal es la embriaguez, tal es el contraproducente principio de buscar, en una enfermedad física, el remedio de las insuficiencias o la curación de males morales de un origen puramente moral.

Esta funesta enfermedad tan generalizada en el mundo, tan favorecida por el comercio, tan en boga en la época presente, tiene un sinnúmero de cambiantes, y su sintomatología es interminable.

La guerra, ese formidable enemigo de la humanidad, esa hidra destinada a escupir en la frente de la fraternidad universal, es la primera que ha recurrido al útil recurso de envenenar a sus cadáveres mientras pueden

moverse, como el gallero que explota el coraje de su noble animal jalándole las barbas.

La conciencia humana es como el sol; siempre tiene una hora en que acierta a penetrar a un punto para señalar el meridiano.

El criminal pretende tapar ese objetivo con alcohol; pero al despertar de su atonía siempre se encuentra a la verdad sentada frente a sus acciones, inflexible y severa; siempre escucha después de su aturdimiento pasajero el formidable grito de su conciencia.

Estudiemos ahora los síntomas de la embriaguez en Sánchez, a quien nos preciamos de conocer perfectamente; hay más, como saben ya nuestros lectores, tenemos el poder mágico de penetrar en su interior.

Sánchez, cuando era bueno y pobre no bebía. La primera vez que Sánchez habló en público después de haber preparado su discurso, le faltó una cosa: cognac.

Tomó cognac y no tuvo miedo, y merced a este descubrimiento, Sánchez siguió bebiendo.

Ingresó a ciertos círculos, formó parte de ciertas combinaciones, y Sánchez se encontró siempre más expansivo y más locuaz, si se aplicaba por vía de aguijón de su timidez cierta dosis de cognac.

Sánchez era de los borrachos que saben contenerse en ciertos límites, merced a que el estrago del envenenamiento lo invadía lentamente.

No hubo circunstancia extraordinaria de su vida, no hubo lance, pendencia, conquista o determinación arriesgada que no hubiera sido precedida de su estímulo favorito.

La locución de Sánchez se hacía difícil cada vez que se acordaba de su propia ignorancia en materia de idioma, y tales recuerdos fatales le hacían vacilar sobre algunos escollos, precisamente porque temiéndolos, no encontraba en su saber noción alguna para salvarlos.

Cuando Sánchez pensaba mucho hablaba mal; pero cuando no se acordaba de que no sabía nada, entonces tenía cierta facilidad y cierto aplomo para no pararse en escrúpulos de lenguaje.

En este temple había empezado a ponerse en el círculo de los dependientes, en el cual, dando rienda suelta a su flujo de hablar, no cesó de hacerlo un solo instante.

Sólo que Sánchez no tenía más que una materia completamente a sus órdenes, y esta materia era la historia de la última revolución, y como a ésta debía su ser político y social, se había acostumbrado ya a narrar los acontecimientos con una naturalidad que alucinaba un tanto a sus oyentes, a quienes entretenía largamente con una lección aprendida de memoria y relatada multitud de ocasiones.

De manera que Sánchez dijo casi todo lo que sabía, defendiéndose por medio de sus largos parlamentos de descubrir su ignorancia en otras materias.

Poco antes de concluir el concierto, Sánchez volvió al salón en compañía de los dependientes, recibió de nuevo los cumplimientos de Carlos, y al fin, poniéndose a los pies de Chona, se retiró muy satisfecho, pensando en que aquella casa fuerte podía muy bien sacarlo de apuros el día que menos lo esperase.

Al volver a su casa encontró todavía en ella a la visita cotidiana de Amalia, a Ricardo, quien a su vez había logrado llamar ya la atención de Sánchez por la asiduidad de sus visitas.

En el momento en que Sánchez se había separado del comedor de Carlos acababa de tomar ese trago final, que, sobre los anteriores, viene siempre a colmar la medida y a determinar la embriaguez.

Al entrar a su saloncito notó Sánchez que la lámpara colocada en la mesa del centro había hecho una genuflexión, ni más ni menos que una persona, y todos los muebles tapizados de rojo habían girado de derecha a izquierda, como formándose a su derredor.

Sánchez era el que había dado un pequeño giro para dirigirse de la puerta lateral al estrado, pero perdió la conciencia de este movimiento y resultó para él, que los muebles y las paredes eran las que habían cambiado de posición.

Se sentó en un sillón, poniendo más cuidado del que se requiere para ejecutar esta operación sencillísima, y pronunció un «buenas noches» más acentuado y preciso de lo que se necesitaba.

Antes de perderse todo para el borracho, se establece en su interior una lucha heroica de la razón contra el ofuscamiento.

Le estaba pareciendo a Sánchez que cada sílaba era un escalón; pero se consideraba con la fuerza suficiente para subir uno y veinte y más que se le presentaran; estaba en ese periodo de la embriaguez en el que la dificultad de entenderse a sí mismo, se le atribuye a los demás, y resulta un hombre haciendo un esfuerzo tan poderoso como inútil, para que le entiendan lo que nadie tiene dificultad de entender.

—¿Fuma usted, caballero? —dijo Sánchez buscándose la cigarrera en la bolsa del chaleco y después en la del sobretodo; se paró para poder registrar mejor y dijo:

—¡Adiós! Pues dejé mis cigarros… sí señor… dejé mis cigarros… en la casa de Carlos mi amigo, los dejé… allí he dejado mis cigarros, en la casa…

A Sánchez se le estaba olvidando que debajo del sobretodo estaba el frac y en el frac los cigarros.

Ricardo le ofreció cigarro, y al dárselo, Sánchez abrió los dedos tanto cuanto los hubiera abierto para coger un vaso; se volvió a sentar y pretendió deshacer las cabezas del cigarro; pero esta operación empezó a parecerle muy difícil.

—Estos cigarros están pegados… ¡Vaya…! Pues están pegados… ¡cosa rara! ¡Pegados! Vea usted, señor, este cigarro está pegado: vamos a ver, dígame usted si este cigarro no está pegado; pero completamente pegado; parece un trinquete; está pegado, lo que se llama pegado, como si fuera un gis…

Ya Ricardo había encendido un cerillo y Sánchez encendió el cigarro sin intentar componerlo, siguiendo la regla sabidísima de un borracho de profesión, que en materia de luces decía haberle demostrado su experiencia que, de tres luces que ve el borracho, la de en medio es la segura.

Ricardo, después de un momento de embarazoso silencio, optó por retirarse. Se despidió con naturalidad y salió de la sala.

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