Las jamonas
XXIV. En el Tívoli del Elíseo
XXIV
En el Tívoli del Elíseo
A pesar de todas las reticencias de Amalia y de su falsa reserva con respecto a Ricardo, la mañana en que salió de su casa después de la embriaguez de Sánchez, fuese en derechura a ver la Chata.
—Chata de mis ojos —le dijo al entrar—, tú eres mi paño de lágrimas.
—¡Ave María Purísima! ¡Amalia, qué mala idea me da tu visita! ¿Qué te ha sucedido?
—Tronamos.
—¿Cómo?
—Ni más ni menos.
—¿Pues qué…?
—Figúrate que llegó Sánchez… ya sabes.
—¿Borracho?
—Como una uva.
—No me digas más; ¡por mis negros pecados me ha tocado verlo así algunas ocasiones, y te compadezco!
—Pues bien, vamos a lo que importa —dijo Amalia bajando la voz—.
¿Has hablado con Ricardo?
—Sí.
—¿Y qué?
—Te quiere.
—Pero entendámonos, Chata, a mí no me basta saber que me quiere…
así como tú me lo dices.
—¿Pues cómo?
—Mira; yo necesito saber… pero fíjate bien en esto, necesito saber hasta qué punto me ama Ricardo, hasta qué punto es hombre de resoluciones y en fin… si en último caso puedo contar con él.
—¿Para qué?
—¡Anda! ¡Chata! ¿Para qué ha de ser? ¿No ves que ya no es posible vivir con Sánchez?
—Pero salvo ese maldito vicio, por lo demás no debes quejarte.
—Estás hoy muy candorosa, Chata de mi alma; escúchame: motivos no me faltan, especialmente con respecto a él: figúrate que sé…
—¿Qué, mujer?
—Lo de la americana.
—¿Y ya se lo dijiste?
—Tengo mi plan.
—Piénsalo bien.
—En fin, te diré la parte más grave del asunto.
—¿A ver?
—Sánchez está arruinado.
—Ya lo sé.
—Un día de estos nos quedamos en un petate; y ya verás que no teniendo yo la culpa de ese despilfarro, no debo soportar las consecuencias; pero a la vez no quiero dar un golpe en falso y por eso te pregunto si Ricardo será hombre de resoluciones y si puedo descansar en él.
—Mira, Amalia, eso es muy grave, y no me atreveré a aconsejarte resueltamente: lo que es Ricardo, es hombre de posibles, ya lo ves cómo gasta y con qué lujo se viste: yo no sé cuáles serán sus recursos, pero él pasa por hombre rico: en cuanto a que te ame, él me ha dicho muchas veces tantas cosas de ti, que he llegado a creer que está verdaderamente enamorado. Vamos a ver, me ocurre un plan que nos servirá para explorar el terreno.
—Veamos tu plan: necesitas lucirte en esta ocasión, porque la cosa es grave.
—Pues mira, provocaremos una conferencia.
—¿Los tres?
—Los tres.
—¿Y dónde?
—Déjame a mí.
La Chata llamó a una criada y le dijo:
—Vas a la calle de San Juan de Letrán y le dices a Jacinto Rodríguez, de mi parte, que me mande el coche cerrado del otro día, el de los frisones tordillos.
La criada salió.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Amalia.
—Ya sabes que soy mujer de expedientes.
—¿Pero adónde vamos?
—Del lugar no has de quejarte.
—¡Ah!, ya sé, al Tívoli.
—Sí.
—¡Qué mala eres!
—¿Por qué?
—Como Ricardo es poeta, vas a poner la escena en un jardín. —Si fuera en una noche de luna respondía del éxito.
—¿No te digo que eres mala?
—¿Por qué? Yo no hago más que preparar las situaciones.
—Debías haber sido novelista.
—Ya se ve que sí, escribiría tu historia y la mía; pero no tengas cuidado, que aun cuando yo no escriba tengo quien lo haga.
—¿Quién?
—Un buen amigo.
—¿Cómo se llama?
—Facundo.
—¡Dios nos asista, Chata de mi alma! Mira que tú y yo estamos que ni pintadas para salir a danzar en la Linterna mágica.
—Pues el día que quieras te presento a Facundo, le cuentas tu historia y le das facultades; verás cómo en seguida nos dedica un libro.
—Bueno, ya veremos eso; vamos a lo que importa y ya que tú vas a dirigir la escena, dime ¿qué es lo que yo debo hacer?
—¿Tú? Llorar.
—¡Pero si no tengo ganas!
—¿Quieres una cebolla?
—¿Es preciso llorar?
—Sí, indispensablemente.
—Pues dame la cebolla.
La Chata desapareció por un momento y en seguida volvió trayendo en un plato una cebolla y un cuchillo.
—No tienes remedio, Chata de mis pecados, eres la más mala que yo he visto.
—Vamos, date prisa.
—¿Y si me huele?
—¡No!, te lavas las manos con mi jabón.
—¡Ay, qué sacrificio! Se me van a poner los ojos de bruja.
—Al contrario, si vieras que te sienta llorar.
—¿Es posible?
—Cuando lloras me gustan más tus ojos.
—¡Ah!, entonces salgo ganando de todos modos.
Y partiendo Amalia la cebolla, se la aplicó a los ojos lo bastante para producirse una ligera inflamación.
Algún tiempo después llegó la criada.
—Me tardé —dijo al entrar—, porque no estaba allí el señor Rodríguez, pero ahí está el coche.
Amalia y la Chata se dirigieron al Tívoli del Elíseo.
Hay ciertos parajes públicos, lo más secreto que se conoce en materia de citas.
El Tívoli del Elíseo estaba solo. Al través de aquellas callecitas que caracolean en torno de los cenadores circulares, se deslizaron Amalia y la Chata y apenas un criado las vio por los intersticios de las enredaderas. La Chata dejó instalada a Amalia en un cenador, salió del Tívoli y volvió a montar en el coche.
Media hora después volvía acompañada de Ricardo, sólo que esta vez, no se paró el coche a la puerta del Puente de Alvarado, sino en la calzada del Paseo de Bucareli.
La Chata guió a Ricardo a un cenador.
—¿Conque es cierto? —exclamaba Ricardo—, ¡qué hombre! ¡Dios mío! ¡Qué hombre! ¡Pobre Amalia!
—Y más que usted no sabe, y que no hay para qué se lo cuente; sobre que la pobrecita ha vivido mártir, pues como usted conoció muy bien desde un principio, de semejante unión no podía resultar nada bueno; pero qué quiere usted, las mujeres somos tontas para elegir y siempre vamos a dar con lo peor.
—¿Y dice usted que Amalia se ha salido de su casa?
—Sí señor, ¿qué había de hacer la pobre?
—¿Pero a dónde habrá ido?
—Por lo pronto yo sé donde está, pero lo que me aflige es el porvenir de esta desgraciada.
—En cuanto a eso —dijo Ricardo con aire de gran señor—, aquí estoy yo: conozco mis deberes y supuesto que he tenido una parte tan directa en este rompimiento, a mí me toca darle a Amalia una compensación; yo no soy rico, pero no importa; ¿quién piensa en el dinero cuando hay deberes de honor que cumplir? Sin dilación, Chata, sin dilación; vamos a ver a Amalia, quiero tranquilizarla, quiero probarle que… ¡vamos, vamos!
—Piénselo usted bien, Ricardo.
—¿Cómo pensarlo? ¿Acaso necesito consultar con nadie mis asuntos?
—No: pero tal vez un acaloramiento será causa de que después…
—¡Qué disparate! Jamás me arrepentiré.
—Figúrese usted que la pobrecita que tanto ha llorado, en medio de sus lágrimas en lo que más pensaba era en usted.
—¿En mí?
—Sí: pero para que no supiera usted nada…
—¡Ah!, ¡qué alma tan noble tiene Amalia! —exclamó Ricardo enterneciéndose.
—Usted era su ir y venir, y me decía: ¡Chata, por Dios que no sepa nada Ricardo! Mira que él es muy caballero y muy noble y si sabe el
predicamento en que me encuentro, es capaz de sacrificarse por mí.
—Y cómo que sí.
—Y yo no quiero eso, decía Amalia —continuó la Chata—, no quiero que jamás haga Ricardo por mí lo que tal vez no ha pensado; no, Chata de mi vida, que nada sepa Ricardo; veré dónde me voy, me volveré a encerrar en el colegio, si es necesario, pero que él no se sacrifique por mí, ni se encuentre tal vez en un compromiso.
—¿Todo eso dijo?
—Todo eso; si no tiene usted una idea de cómo lo quiere.
—Vamos a ver a Amalia, dígame usted, en dónde está —dijo Ricardo en tono suplicante.
—Figúrese usted —dijo la Chata—, que por lo pronto… como la cosa me cogió de sorpresa, no supe qué hacer con ella: en mi casa la buscarían y en otra parte no tendríamos libertad para hablar; tomamos un coche y nos venimos aquí.
—¿Aquí está?
—Y yo al verla tan afligida y sin saber por mi parte qué partido tomar, me pareció conveniente avisarle a usted.
—¿En dónde, en dónde está? Vamos a verla.
—Vamos.
Y la Chata y Ricardo salieron del cenador que ocupaban y se dirigieron al que ocupaba Amalia, quien había tenido tiempo sobrado de prepararse y había estado observándolo todo desde su escondite.
—¡Amalia! —dijo Ricardo abriendo los brazos.
—¡Ricardo! —dijo Amalia arrojándose a ellos y reclinando la frente en el pecho de Ricardo.
Hubo el silencio propio del tableau; silencio durante el cual la Chata fingió enjugarse una lágrima, de manera que lo pudiera notar Ricardo.
—¡Vamos! —dijo éste—, ¿qué lágrimas son ésas? No señor, nada de llorar, hoy es día de felicidad, de alegría, de… ¡mozo…! nada, nada, aquí estoy yo y que ruede el mundo; ¡mozo…! Soy el más feliz de los hombres; Chata, deme usted un abrazo, es usted mi madrina, a usted se lo debo todo,
¿no es verdad Amalia?
—¡Ay, es tan buena amiga la Chata!
—¡Mozo! —volvió a gritar Ricardo.
El criado se presentó.
—¡Comida para tres! ¿Tomaremos sauterne? ¿O prefieren ustedes el tinto?
—¿Pero para qué se va usted a meter en…? —dijo la Chata.
—¿Qué apetito vamos a tener con esta aflicción?
—Los duelos con pan son menos; conque ¿sauterne?
La Chata y Amalia no contestaban.
—Trae sauterne y borgoña; dicen ustedes que no tienen apetito; ¡mira!
—agregó llamando al criado—, tres copas cognac y curazao ¡vuela!
—Pero… —murmuró Amalia— ¡esto es una calaverada!
—Qué quieren ustedes, hijas mías, ésta es la vida; yo por eso me la paso bien; en todas partes soy muy filósofo y recibo las cosas como vienen; no hay por qué afligirse, y lo que es yo me he propuesto ahorrarme todos los disgustos posibles; hagan ustedes lo mismo y no se arrepentirán de haber seguido mis consejos; ¡qué más da! Vamos, el mundo es grande y yo les garantizo a ustedes que nos vamos a pasar una vida de ángeles. ¡Ya verán!
¡Ya verán!
—Vamos, aquí están las copas, ustedes curazao, y yo cognac; pero mira
—agregó dirigiéndose al criado—, trae las botellas.
El criado dejó las copas y voló a traer una botella de cognac y otra de curazao y las destapó en el acto.
—¡A la salud de ustedes, por nuestra futura felicidad! Vamos, Amalia, no hay que asustarse por tan poco o creeré que ha perdido usted algo saliendo del poder de un hombre que… no quiero hablar señor, no quiero hablar; porque me he propuesto que hoy sea día sólo de placer; conque… ¡a la salud de ustedes!
La Chata y Amalia besaron sus copas.
—¡Pero qué es esto! ¡Traición! ¡Esto es una traición! ¡Qué se diría de semejante desacato! No, señor. ¡Hasta verte, Jesús mío! ¿Saben ustedes el origen de esta frase? Ya se lo explicaré cuando tenga seis copas en la cabeza. Conque… hasta arriba.
—Pues por mi ahijado —dijo la Chata y bebió su copa.
—Por usted —dijo Amalia y bebió la suya.
—¿Por usted? —preguntó Ricardo—, pues ahora vamos a beber esta otra… por ti.
Y llenó las copas.
—Pero… —se atrevió a murmurar Amalia refiriéndose a la segunda copa.
—¡Amalia! —exclamó la Chata en tono de reconvención, y le dio la copa.
—¿Por quién? —preguntó Ricardo.
—¡Por… por ti! —dijo Amalia sabiéndose poner colorada.
—¡Muy bien! —dijo la Chata en son de aplauso.
Ricardo bebió, se limpió los labios, tomó la mano de Amalia y le dio un beso.
La Chata fue entonces la que se supo poner colorada.
Amalia bajó los ojos.
Ricardo la miró y pensó.
No sabemos qué pensaría Ricardo.
El criado había puesto ya la mesa.
—Mira, chico —le dijo Ricardo al criado—, te recomiendo que nos traigas huevos a la polaca.
—Está muy bien, señor.
—Y… será bueno un poco de pollo a la Marengo.
—Sí señor.
—¡Oh!, si hubiera mondongo a la lionesa sería yo el más feliz de los hombres; verán ustedes qué platillo: ¿hay mondongo a la lionesa?
—Voy a preguntar.
—Ve, hombre, ve a preguntar si hay mondongo a la lionesa.
El criado voló.
—Pues señor, creo que no vamos a almorzar muy mal.
—Al contrario —dijo la Chata—, ¡cómo habíamos de almorzar mal en el Tívoli!
—Ésta es mi vida: aquí donde ustedes me ven, no hay semana que no tenga aquí dos o tres convivialidades.
—¡Dichoso usted! —dijo la Chata.
—Pero no hay cuidado —contestó Ricardo—, ya de hoy en adelante mis convivialidades serán a tres; voy a abandonar a todos mis comensales y que busquen anfitrión, porque lo que es yo me incrusto entre este par de encantadoras beldades y ni se vuelve a hablar más de mí en México.
—¡Qué buen humor tiene siempre Ricardo! ¿No te lo decía yo, Amalia?
—Sí, sólo conmigo es adusto, sólo a mí me pone mal modo.
—¡Ay hija! ¡Qué mal modo! ¡A pesar de que has sido tan cruel conmigo, me has hecho sufrir tanto! Pero eso sí, vida nueva, ¿no es verdad, amor mío? Se acabaron las trabas y ancho mundo. ¿No es verdad que no nos volveremos a separar, Amalia?
—Sólo Dios lo sabe.
—Y tu amante y tú, ¿no es cierto?
—¡Vamos! ¡Vamos, ahijado! En todo caso su madrina de usted es una persona de respeto.
—¿Usted?
—Yo.
—Usted es una Chata sin pasar de ahí, pero tan encantadora, que es usted el tipo de la buena amiga, de la hermana, de la madrina, de la… de todo lo que hay de más hechicero sobre la tierra.
—¡Pues está usted galante!
—No, expansivo; hablo con el corazón y al aire libre.
El criado trajo los huevos a la polaca y comenzó el almuerzo.
Amalia se proponía comer poco, y la Chata mucho; porque la Chata era de buen diente.
—Acaba los huevos, vida mía.
—¡Es mucho!
—¿No te gustan?
—Están deliciosos —dijo la Chata saboreándose.
Amalia siguió tomando los huevos.
—¡Ah!, bien; ahora… petit poisson á la crème; ¡oh!, ¡esto es selecto!
Ricardo tomó un pedacito de pescado de su plato y lo ofreció a Amalia poniéndoselo muy cerca de la boca; Amalia iba a tomar el tenedor, pero Ricardo le dio a entender con una mirada que deseaba otra cosa.
—¡Anda, niña! —dijo la Chata con cierto tono de reconvención cariñosa, como si hubiera querido decirle: «¡Qué chambona eres!».
Amalia abrió la boca.
—¡Gracias! —le dijo Ricardo—, me haces feliz. ¿No te encelarás si le ofrezco una sopita de cariño a la Chata?
—¡Encelarme! Yo no soy celosa.
Ricardo dio a la Chata, en la boca, otro pedacito de pescado.
Aquel platillo estuvo mejor que el primero.
—¡Oh!, ¡esto es soberbio! —dijo Ricardo viendo el tercer platillo—.
Vea usted, madrina.
—¿Qué es eso?
—Esto es jamón York lasañas al Málaga; pero antes tomaremos.
Y sirvió sauterne en las copas.
Chocáronse las tres, y se agotaron con delicia.
Amalia empezaba a olvidar sus proyectos de comer poco.
Al servirse el tercer platillo, la Chata se comía a señas a Amalia, quien comprendiendo al fin lo que debía hacer, partió un pedacito de jamón, le colocó encima la pasta, y a su vez lo acercó a la boca de Ricardo, quien, prendado de aquel mimo, no supo cómo ponderar su agradecimiento.
Amalia también le ofreció a la Chata otra sopita de cariño.
—El tercer platillo estuvo mejor que el segundo —dijo Ricardo.
—¡Ya se ve! —dijo la Chata.
—¡Otra libación! —exclamó Ricardo.
—A este paso… —dijo la Chata.
—¡Oh! El sauterne, el haut sauterne se puede tomar por barriles, éste es un vino noble; yo no tomo otra cosa.
—¡Con razón, sí es delicioso! —dijo la Chata, lamiéndose los labios, después de haber apurado su copa.
Debemos confesar, en obsequio de la verdad, que Ricardo fue el más amable de los anfitriones, y que supo hacer los honores de la mesa de tal manera, que logró hacer aquél el más delicioso almuerzo a tres, de que pueden hacer mención los cenadores del Tívoli del Elíseo.
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