Las jamonas

Jose Tomas de Cuellar · Capítulo 31 de 34

Páginas del PDF

Las jamonas

XXX. Amor platónico

XXX

Amor platónico

En la casa de Chona todo era igual hacía mucho tiempo. Salvador hacía invariablemente dos visitas al día, una de las diez y media a las doce, y otra de las ocho a la una de la noche.

Esta constancia no necesitaba ponerse a discusión ni entre la servidumbre, ni entre los dependientes de la casa, sino que era traducida desde luego de esta manera:

—Salvador es el amante de la señora.

Se murmuraba ya entre las amistades de la casa, sobre aquella constancia ejemplar de Salvador, aunque no faltaba persona que saliera garante de la inculpabilidad de Chona, por haberla visto con sus propios ojos confesarse en la Profesa.

De todos modos y en la duda de lo que pudiera haber de cierto, dos familias se habían retirado resueltamente; otras habían escaseado sus visitas, y Chona comprendía ya la causa de aquel retraimiento.

Pero seguían yendo los parientes y muy especialmente las personas que tenían negocios en la casa.

—¿Por qué estás triste? —le preguntaba Salvador a Chona una noche.

—Ya lo sabes, porque las gentes que nos rodean, no son capaces de medir el sacrificio que hacemos por nuestro deber, sino que nos juzgan como a todos.

—Qué quieres, ¡esto no se puede evitar! La sociedad está acostumbrada a juzgar sólo por las apariencias. ¿Pero no te basta tu conciencia?

—Es cierto, en cuanto a mí estoy tranquila, ¿pero de qué me sirve esta convicción, cuando paso a los ojos de las gentes que me rodean, como una mujer culpable?

—Desecha esas ideas, ¿no tienes en mi amor una dulce compensación de cuanto pudieran hacerte sufrir las gentes? ¡Sabes cómo te amo! ¡Ah!, ¡si llegaran a comprender lo inmenso de mi amor…! Oye, cuando te veo, contemplo en tus ojos el cielo de una felicidad incomparable; cuando me hablas, escucho en tu acento una armonía que me enajena; cuando me sonríes, está el iris de todas las esperanzas en tus labios. ¡Ah!, ¿de qué cielo has descendido hasta mi corazón, redentora mía? Dime ¿en qué flor hay algo de tu esencia para besarla? ¿En qué estrella hay algo de tu mirada, para bendecirla? Yo siento que el amor viene de Dios, porque tú eres un ángel, y siento que mi alma al unirse con la tuya se eleva hasta el cielo.

»¿Y rehusarías habitar en el santuario que se levanta en mi alma?

¿Romperías sus puertas para mezclarte entre los que no te comprenden?

Enséñame otra felicidad más grande que la de amarte. Dime si hay otro mundo más allá de tus ojos, otra vida más allá de tu amor.

»Te tengo en mi alma, aquí te siento, aquí palpitas con mi sangre, aquí vives con mi aliento, Dios te ha puesto en mí, como ha puesto la esencia en la flor, como ha puesto su luz en mi espíritu, para que no perezca; tu nombre está en mis labios convertido en una oración y cuando lo pronuncio me lleno de ti. ¡Ámame como yo te amo, y verás desaparecer el mundo y sus miserias ante nuestros ojos!».

—¡Salvador! —articuló apenas Chona, conmovida.

—¡Chona, vida mía!

Salvador sin darse cuenta de lo que hacía, tomó entre las suyas las manos de Chona y las cubrió de besos.

Chona tenía embargada la voz y no fue dueña de sí misma.

—¡Ay! —dijo al fin—, ¿por qué me amas así?

—Te amo —contestó Salvador—, porque siento que en mi alma hay algo de la tuya; siento como si allá en la inmensidad desconocida, donde

nacen las almas, las nuestras brotaron al mundo de un solo soplo y hasta hoy volvieron a juntarse.

—¡Es cierto! —exclamó Chona, identificándose con Salvador—, es cierto, yo he sentido otro tanto, he adivinado ese misterio y por eso me espanta este amor que nunca he sentido; conozco que mi camino es el del abismo, pero corro al impulso de una fuerza superior a mis fuerzas; me muevo con una voluntad que no me pertenece, y gozo con un corazón, que me parece no ser el mío.

—¡Con razón! —interrumpió Salvador con entusiasmo—, si es el mío.

¡Ah!, ¡de veras me amas…! ¡Es cierto! ¡Y esta dicha es tan inmensa…!

¡Este placer es tan supremo…!, que ante mis ojos no hay ya más que horizontes de felicidad que se sobreponen hasta tocar el cielo.

—¡Repíteme tus promesas, Salvador! Ampárame contra tu propio poder, sé generoso, sé grande y báñate en mi espíritu; lejos de toda mancha; así al menos ofreceremos un holocausto al mundo y nos sentiremos fuertes para arrostrar la mirada de los que pretenden avergonzarnos con su desprecio; armémonos con el escudo de esta superioridad, ya que alcanzamos el amor en la esfera de las almas grandes, ya que hemos sabido elevarnos sobre todas las miserias y sobre todas las violaciones vulgares.

—Sí, Chona, así nos amaremos. ¿No es verdad que en esa región espiritual, único templo de nuestro amor, llevando por lema la pureza, por blasón el orgullo, por juez la conciencia, podemos vivir eternamente esperando la accidental transformación para seguir viviendo allá donde nos amaremos como los ángeles?

—Sí, Salvador mío, así nos amaremos.

—Siempre ¿no es verdad?

—¡Sí, siempre! ¡Siempre!

Al cabo de un rato, durante el cual Chona y Salvador parecieron tomar aliento, Chona preguntó:

—¿Qué me ves?

—Te veo… voy a decírtelo. La suprema ley de las armonías me enseña que hay efluvios hermanos que se elevan juntos a la región de los espíritus;

¿cómo podría dudar que cuando me dices te amo en la vibración de tu voz no resuenan también las vibraciones hermanas como las notas del ave,

como las cuerdas del piano? Si en la música no hubiera una de esas notas que salen de tu garganta cuando me hablas ¿cómo podría haber música en el mundo?

—Si en tus ojos no hubiera un destello de lo infinito, ¿cómo podría yo comprender el amor y la eternidad?

—¿No es verdad que sientes la aspiración constante a la perfectibilidad?

¿No es cierto que palpas lo transitorio de nuestra actualidad y nace mecido en las elucubraciones de tu amor, un ángel que se llama esperanza: un ángel que te señala mi horizonte?

—Sí, Salvador, ese ángel me acaricia; a tu nombre ese ángel me sonríe cuando te llamo, ese ángel me consuela; cuando no te veo, te sustituye para tranquilizarme; y cuando estás a mi lado nos acompaña a los dos.

—Y jamás ha de abandonarnos, Chona mía, ¡jamás!, ¡jamás…!

—¡Qué cortas son las horas!

—Muy cortas ¿no es verdad? ¿Y lo hallas triste?

—Quisiera yo que se alargaran.

—Que sean leves, Chona, porque así acortarán el plazo: las horas del que espera, son siempre largas y las nuestras pasan…

—Sí, tienes razón que sean ligeras.

Necesitamos un volumen aparte para seguir paso a paso los giros de este amor que, como un caleidoscopio, presentaba a cada movimiento, un nuevo y encantador aspecto; pero los límites que nos hemos prescrito nos obligan a detenemos sólo en algunas situaciones.

Carlos, por más que estuviera entregado completamente a su debe y haber, había tenido tiempo de pensar en que Salvador y Chona se amaban, y más de una vez esta idea había venido a colocársele a Carlos entre dos guarismos a pesar de su indiferentismo.

Carlos, como lo hemos dicho antes, no tenía ya corazón; había visto siempre en Chona a la señora de su casa en los salones, y en el almacén a la fuente de donde nacía el inventario de la mitad de una fortuna: sin un hijo a quien acariciar, Carlos miraba su matrimonio como una sociedad; es cierto que de sus labios no había salido nunca una orden ni una contrariedad; la

libertad de que había disfrutado Chona había sido ilimitada, y ni el placer con sus sonrisas, ni el dolor con sus amarguras, habían turbado ni por un momento aquella paz claustral; pero hacía algún tiempo que Carlos, a su pesar, pensaba más frecuentemente en su mujer, y empezaba a temer que las miradas de los extraños llevaran cierta expresión secreta que lo alarmaba.

«¿Si estaré haciendo un marido de Balzac? —pensaba Carlos—; me estoy viendo demasiado bueno, excelente; ¡vamos, soy un tipo de bondad!

Y en el mundo, esto, que bien pudiera ser una virtud, es uno de tantos sambenitos.

»Ello es que un marido tiene que serlo de algún modo; es preciso aceptar un papel: registremos el repertorio, que al fin me creo bastante buen actor para representar el que elija.

»El hombre acaba por ser actor genérico. Primer papel: el que hago, el de buen marido, y ya quedamos en que este papel me parece recargado; soy demasiado bueno y precisamente por eso quiero aceptar otro.

»Segundo papel: marido celoso; éste es de difícil desempeño; los celos son un libro desencuadernado y todavía no está bien defínido el asunto: para este papel se necesita una brutalidad como la de Otelo, que es el modelo por excelencia, y el papel de bruto lo rechaza mi amor propio.

»¿Dónde están los demás papeles? —se preguntó Carlos, creyendo él mismo que se había divagado en aquella cuestión que se proponía resolver con mucha calma.

»¿No hay más papeles en este repertorio? ¡Pobre repertorio marital!

¡Qué mal dotado estás! Me ocurre una cosa que se parece a una muletilla: el término medio.

ȃste, dado caso que sea papel, tiene el inconveniente de estar colocado entre el drama y el sainete; es papel de zarzuela y a la larga degenera en uno de los dos primeros.

»Supongamos que espío, que me rebajo hasta el grado de andar de puntillas, de decir mentiras, de ser cómico, en fin, y que del ridículo de la posición del que acecha escondido, paso a persuadirme de esto: Chona y Salvador… etcétera, etcétera.

»Aquí acaba mi papel y tengo que elegir otra vez uno de los dos primeros.

»Sigo siendo tan excelente como aquí, y me bajo al escritorio… muy convencido de que soy un miserable.

»No, esto es un absurdo; tomaré el otro papel.

»Salgo de mi escondite, me presento con aire de… con aire de marido ultrajado: parodio a Agamenón en la “Bella Elena”, preguntando por mi honra.

»A mi mujer le dará un ataque de nervios, mientras Salvador, que es hombre de fibra, me espeta que… me dice la verdad sin andarse con ambages.

»En tal predicamento vuelvo a elegir, en el tercer acto, uno de los dos consabidos papeles, que a esa altura tendrán que reducirse a esto: mato a Salvador, o me callo.

»Melodrama o Balzac. Supongamos que mato a Salvador, cuyo cadáver es la planta tipográfica de la edición de mi deshonra, porque el muerto tiene a su disposición las cien mil trompetas de Gutenberg, para repartir el argumento de mi drama a los doscientos mil habitantes de la capital, y aún le sobran para enviarme, desde la tumba, un nuevo ejemplar en cada correo extraordinario.

»Hay una ley estúpida que se le cuelga al marido en el cuello, obligándolo a que el día en que quiera recobrar su honra perdida, publique previamente su deshonra y la pruebe.

»Lógica: mato a Salvador en secreto, me convierto en un asesino vulgar, que tiene que temblar ante el más asqueroso diurno que se me pare delante.

»Lógica: le digo a Salvador un día con voz de asmático: “Te comprendo. Lárgate”.

»Salvador, que es un calavera, se ríe de mí; me recuerda a París, y me da lecciones de filosofía, de la filosofía que aprendimos juntos. Otra cosa; preparo un rapto, me robo a mi propia mujer y la escondo, y como no es legal ninguno de estos procedimientos, vuelvo a convertirme en un reo, sobre quien tiene jurisdicción mi lacayo, si lo que no es difícil, piensa mañana ser ministril, o ayudante de acera.

»Lógica: le doy fuego a la casa y morimos tirios y troyanos…

»¡Lógica! —gritó por fin Carlos en el colmo de la desesperación—;

¡lógica!: me voy a acostar porque tengo mucho sueño».

OceanofPDF.com