Las jamonas

Jose Tomas de Cuellar · Capítulo 16 de 34

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Las jamonas

XV. Sánchez hace partícipe a Amalia de las dulzuras del vino de champagne

XV

Sánchez hace partícipe a Amalia de las dulzuras del vino de champagne

Sánchez dirigió una mirada, una larga mirada de borracho a Amalia, y en seguida dejó caer una mano como de plomo en la sedosa falda de aquella mujer, que se estremeció al sentir el golpe inesperado.

—¡Qué bonita estás, Amalia! —dijo Sánchez acercando su cara a la de Amalia para bañarla con la aldehída de la embriaguez.

—Mira —continuó Sánchez—, es una lástima que te visite ese mequetrefe… No te ofendas, Amalia… pero es una lástima… él me dio este cigarro que no arde…

Sánchez tiró el cigarro y continuó:

—Los cigarros de ése no arden, los míos sí; porque tengo muchos pesos que me ha dado la nación por mis importantes servicios… porque yo he andado en la revolución para elevar… para que suba este indio a quien amo… porque ya lo sabes… yo amo a don Benito, Amalia, y ahí lo tienes de presidente de la República mexicana.

Reinó en seguida un silencio soporoso, durante el cual no se oía más que la fatigosa respiración de Sánchez.

—¿Qué hora es? —preguntó Amalia.

—Sácame el reloj y mira tú, Amalia… no te ofendas… porque la verdad tengo la vista un poco turbada, turbadita, Amalia; quiere decir, así…

como… yo no he tomado mucho, y tengo muy buena cabeza; pero:

¿creerás, Amalia, que no sé qué tenía el champagne?

En ese momento daba la una la campana del reloj de la sala.

—¡Vaya! —exclamó Sánchez, atisbando de una manera grotesca el reloj de bronce—; ése sí no tiene la vista turbada… ni la campanilla tampoco.

Y Sánchez rio de su propia gracia, con una risa de idiota.

Ya estaba atravesando Sánchez por ese periodo de excitación, en el que los objetos materiales toman cierto realce como si crecieran en tamaño; experimentaba esa lucidez febril que lo reviste todo de una luz intensa, y que en el orden moral engendra este otro fenómeno: Todas las ideas entran en la esfera de la hipérbole, y nada queda en su justo medio.

De aquí nace la tendencia del borracho a parecer valiente, porque cuando los gases alcohólicos están excitando ciertos órganos, el borracho cobarde siente un placer nuevo al descubrirse valiente; el tonto se sorprende de esa misma lucidez, que en su propio concepto lo hace aparecer afluente y decidor; el enamorado siente avivado el fuego de su pasión, y la belleza del objeto amado toma nuevo encanto.

Por este estilo son las elucubraciones que se producen a merced de ese fuego fatuo que nace de la excitación alcohólica.

Sánchez sentía todo esto en presencia de Amalia, y estaba a punto de romper el velo de sus reservas, para afrontar con la indiscreción de un borracho cuestiones delicadísimas.

Sánchez tenía, ya hacía tiempo, para su coleto, que Ricardo enamoraba a Amalia; pero había sabido ahogar, hasta entonces, la punzante desazón de este celo, en una compensación: en la cocota.

Infiel, antes que Amalia, había preferido no ver ni oír para que a él no lo vieran ni lo oyeran; y tal sistema, según él mismo decía, le conquistaba, cuando menos, la paz.

Pero en aquellos momentos estaba mirando a Amalia más hermosa, más interesante, y con los atractivos que su imaginación exaltada le prestaba.

—Ya te he dicho, Amalia, que estás bien; quiere decir, que te estoy viendo más bonita ahora… y no es porque tenga nada… no; ya sabes que tengo muy buena cabeza, y… y lo que he tomado es un traguito nada más…

no te negaré que me siento más expansivo… pero ya sabes que esto es por… es por ti… ¿Tengo razón?

—Sí —murmuró Amalia, sólo con el deseo de no contrariar a Sánchez.

—¡Ay!, qué sí tan frío… Y eso sí no lo puedo tolerar, porque lo que es a ese mequetrefe que te visita, lo echo por el balcón el día menos pensado;

¡júralo…! Lo tomo por la cintura y cataplum… hasta la calle… esto es una cosa muy sencilla.

Siguió Sánchez repitiendo estas palabras por medio de ese sistema peculiar del borracho que gira en un estrecho circulo, como si el limbo del embrutecimiento fuera invadiéndolo todo para dejar sólo en su centro una pobre idea girando sobre sí misma, como la llama de una lámpara expirante.

Amalia, que aún conservaba las violentas impresiones de la larga conferencia que acababa de tener con Ricardo, contemplaba a Sánchez en los momentos más a propósito para hacer la más desfavorable de las comparaciones.

Toda contrariedad determina la obstinación y la cólera en un cerebro exaltado, y la impasibilidad de Amalia comenzaba a ser para Sánchez motivo suficiente para excitar su furor; de manera que algunos momentos le bastaron para entrar en este nuevo periodo.

Se levantó de su asiento con un vigor de que no se le hubiera creído capaz, y sin vacilar se paró frente a Amalia para insistir en sus reconvenciones de una manera brusca y descompuesta.

Amalia comprendió que iba a tener lugar una horrible escena, y procuró revestirse de toda la resignación de que era capaz; pero Amalia no tenía ningún camino, no salía avante con ningún recurso, no encontraba nada que pudiera calmar la ira de Sánchez, a quien exaltaban tanto el silencio como la prudencia, tanto la lógica como las concesiones; y si Amalia profería una palabra, si expresaba una idea, esta idea era tergiversada e interpretada por Sánchez, que se obstinaba en enredar un hilo que Amalia no podía romper.

En vez de acercarse, se alejaba más y más del periodo de la postración, y sobreexcitado su sistema nervioso, Sánchez se había colocado en la situación moral del demente.

Estaba pálido, sus ojos brillaban de una manera extraña y su mirada, lejos de estar vacilante y opaca como al principio, tenía una fijeza febril que

no se podía contemplar con indiferencia.

Al llegar a este término, había perdido la conciencia de su propia embriaguez; se había desprendido del origen y no tenía ya la facultad de juzgarse a sí mismo; estaba entregado completamente al objeto que lo preocupaba, cobrando más y más vigor a medida que entraba más al fondo de sus mismas ideas.

Un hombre en este terrible estado de enajenación, impresiona vivamente al que lo contempla.

Las facultades que constituyen el ser moral, que son parte de ese espíritu que no ha de perecer, pierden, al influjo de una lesión material, la admirable armonía que las une, para convertirse en las cuerdas flojas de un arpa o en las ruedas de una máquina descompuesta que no llena su objeto.

Amalia fluctuaba entre la contrariedad y la ira, entre la resignación y el sufrimiento; y sólo después de una terrible lucha de algunas horas, cuyas escenas se resiste a escribir nuestra pluma, fue cuando pudo contemplar en medio de un triste consuelo, que Sánchez al proferir una de sus más feroces imprecaciones, cayó a plomo sobre el sofá como si todas sus fuerzas lo hubieran abandonado de pronto, como si hubiera sido herido por una descarga eléctrica.

Amalia contempló todavía por algunos momentos aquella masa inerte, y convencida de que habían de pasarse algunas horas para que Sánchez despertara, salió lentamente de la pieza.

Necesitaba respirar otro aire, y comprendiendo que ya estaba sola y que podía entregarse sin testigos a sus amargas reflexiones, atravesó algunas piezas hasta llegar a la asistencia.

Ardía aún una vela en un candelabro; don Aristeo envuelto en su capa parda estaba sentado en su sillón favorito, y Felipa estaba frente a él en otro sillón.

Don Aristeo hizo un movimiento al presentarse Amalia; pero Felipa permaneció inmóvil: estaba dormida.

—Serán las cuatro —dijo don Aristeo muy bajo y torciendo la cabeza como tenía de costumbre.

Amalia se apoyó en un mueble, porque experimentó un desvanecimiento.

—¿Está usted mala? —preguntó don Aristeo, incorporándose.

—No —dijo Amalia—, necesito aire.

—¡Cuidado con eso! Vea usted que las pulmonías…

Amalia atravesó la pieza dirigiéndose a la puerta: ésta había permanecido entreabierta, con objeto de que las voces de Sánchez y de Amalia entraran por allí cómodamente.

Don Aristeo salió en seguimiento de Amalia hasta el corredor.

—¿Se durmió por fin? —preguntó don Aristeo.

—Sí.

—¡Ah qué mi compadre…! Y vea usted, antes no era así, pero yo no sé qué tienen hoy las gentes; si casi no se conoce una persona que no le cuente a usted que se la pone seguido.

Amalia permaneció callada.

—Pero en fin, usted no debe hacerle caso cuando se pone en ese estado, porque ya sabe usted que así no sabe uno lo que hace.

—Lo peor es —continuó al cabo de un rato— que a mi compadre le da por enfurecerse; si es una fiera, lo he estado oyendo, y pensaba, como es muy natural, que no debía recogerme supuesto que de aquella disputa sabe Dios lo que resultaría.

—Tiene que resultar algo muy grave —dijo Amalia podiendo apenas contenerse.

—Yo ya se lo dije a mi compadre; y cuidado si le he predicado; vamos, que yo no sé cómo se ha podido alucinar al grado de… Usted por su parte debe tener en cuenta que es imposible, absolutamente imposible, que pueda inspirar amor una mujer semejante.

—¿Qué está usted diciendo?

—Eso, que es imposible.

—¡Don Aristeo! —exclamó Amalia en tono de reconvención.

—Digo… —continuó don Aristeo turbado—, que… figúrese usted que la mujer que es capaz de dejarse traspasar como un mueble…

—¿Estoy sentenciada esta noche a sufrir injurias de todo el mundo? —

dijo Amalia en el colmo de la indignación.

—¡Injurias! —repitió don Aristeo—; ¡injuriar a usted… no comprendo!

—¿Entonces de qué mujer está usted hablando?

—¡Ah!, ta, ta, ta, usted tomó… vaya… ¿Conque usted…? ¿Pues de quién había yo de hablar sino de la cocota, a quien no he podido olvidar un solo momento?

—¿La cocota? —preguntó a su vez Amalia con extrañeza.

—Sí, Amalia; sobre que estoy escandalizado, materialmente escandalizado, porque yo no sabía ninguna de estas modas de París.

—No entiendo lo que me está usted diciendo, don Aristeo, y temo seguir interpretando sus palabras de una manera muy poco favorable.

—¡Vaya! ¡Conque yo, que ya soy viejo y que he tenido mi mundo, no lo podía entender tampoco!

—¿Entender qué?

—Eso del traspaso, y sobre todo, de que esas mujeres se dejen llevar y traer… ¡vaya! Sobre que estoy, según lo he dicho a usted, verdaderamente escandalizado.

—Señor don Aristeo, ruego a usted se sirva hablar claro, porque tengo el sentimiento de no entenderlo a usted.

—Sírvase usted calmarse y procuraré ser lo más claro que me sea posible.

—Pues señor —continuó don Aristeo—, el caso pasó así: Manuel, usted conoce a Manuel, se fastidió un día de la cocota y se la dejó a mi compadre…

Un mundo de ideas se vino a las mientes de Amalia, porque en aquel momento ataba muchos hilos, corroboraba muchas sospechas y encontraba de lleno si no una disculpa, al menos una compensación a la infidelidad que estaba próxima a cometer.

Ricardo le había exigido a Amalia aquella misma noche, una resolución que pusiera término a sus ansias amorosas, y Amalia, que había empezado a familiarizarse con sus propias ligerezas, había retrocedido ante la idea de faltar a sus deberes.

Debemos confesar en honor de Ricardo, que sabiendo, como sabía todo México, la historia de la cocota de Sánchez, no blandió esta arma innoble para obligar a Amalia a decidirse; pero lo que no había hecho el amante, acababa de hacerlo el querido compadre de Sánchez, quien efectivamente estaba de tal modo preocupado con la historia de la cocota, que no pensaba

en otra cosa, ni quería hablar sino de la honda impresión que le había causado la conducta de aquella americana; conducta que, lejos de hacerla odiosa y despreciable, le atraía postores que, como Sánchez, pagaran 300

pesos al mes por apreciar sus prendas morales.

Amalia, con esa sagacidad y tino de que sólo es capaz una mujer, creyó conveniente guardar cierta reserva acerca de lo que le contaba don Aristeo, quien, como se habrá comprendido, atribuía el reciente disgusto al único motivo que según él había de determinar en la casa todo género de calamidades: la cocota.

No fue muy difícil a Amalia conseguir que don Aristeo la pusiera al tanto de cuanto sobre el particular podía decirse, al grado que sólo el canto de algunos gallos y cierto fulgor blanquecino que se empezaba a percibir en el cielo, pudieron cortar aquel relato que, según todas las apariencias, iba a acabar por volver loco al pobre compadre don Aristeo.

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