Las puertas del paraiso

Yiyun Li · Capítulo 11 de 14

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Las puertas del paraiso

Capítulo 9

La mañana del Ching Ming el maestro Gu fingió que dormía mientras su mujer entraba y salía del dormitorio sin hacer ruido. El hombre hizo oídos sordos al pequeño ajetreo e intentó concentrarse en el recuerdo de otra mañana, en el lejano día de su primera luna de miel, en que su mujer había abandonado sigilosamente el lecho matrimonial y le había preparado té. El hombre se había propuesto no oír el suave tintineo de tazas y platillos, pero al abrir los ojos ante el té con fingida sorpresa, ella sonrió y lo reprendió con ternura por su actitud teatral. Su esposa le preguntó si no sabía que sus pestañas temblorosas lo habían delatado y él contestó que no, porque nunca había tenido que fingir delante de nadie que dormía.

—Voy a salir unas horas —le advirtió la señora Gu, junto a la cama—.

Te he dejado aquí el desayuno, en el termo. No tardaré.

El maestro Gu no respondió. Deseó que desapareciera para poder volver a aquella otra mañana.

—Si necesitas el orinal, lo he puesto aquí, detrás de la silla.

El maestro Gu pensó en las cosas que desconocía aquella mañana de recién casado, en las intimidades que no deseaban compartirse con nadie, en la vulnerabilidad a la que uno se veía abocado al llegar a la vejez.

También pensó en los secretos, en el hecho de dormir en la misma cama con una mujer y soñar con otra, en la esposa que le ocultaba una vida social a su marido enfermo y medio moribundo en el hospital. Aquel tipo de engaños debían de darse en todas las familias, aunque seguramente unos eran más dolorosos que otros. Su primera esposa debía de haber pensado a menudo en otros hombres durante la luna de miel, pensamientos carentes de trasfondo romántico, pero aun así unos extraños sin nombre tenían que haber ocupado su mente. Ella se había encargado de todo para que pasaran

aquellos días en aquel balneario en concreto y así poder trabajar como mensajera secreta para el clandestino Partido Comunista, utilizando de tapadera a un marido que trabajaba para el Congreso Nacional. Estas historias, ignoradas mientras duró el matrimonio, las supo después de firmar los papeles del divorcio. En aquella época no había dudado del amor de su primera mujer, ni siquiera después de que ella presentara la solicitud de divorcio, pero ahora, treinta años después y tras la muerte de una hija, se preguntaba si habría sido demasiado ingenuo para ver la verdad. Tal vez su primer matrimonio se había basado desde el principio en el único mérito de servir a un gobierno al que ella y sus camaradas luchaban por derrocar. Él le servía de tapadera y llevaba a casa documentos oficiales que ella no debía ver. ¿Su primera esposa lo consideraba una vía de escape por si su bando fracasaba?

El maestro Gu intentó levantarse de la cama. La señora Gu entró en el dormitorio, completamente vestida para salir a unas horas intempestivas de aquella mañana de abril. Llevaba un brazalete negro en el brazo, en señal de luto.

—¿Necesitas algo? —Se acercó y le ayudó a ponerse los zapatos—. No he oído lo que decías.

—No he dicho nada —contestó él—. Habrán sido imaginaciones tuyas.

—¿Estás bien? ¿Quieres que vaya a buscar a alguien para que te haga compañía mientras estoy fuera?

—¿Quién va a querer hacerle compañía a un hombre moribundo?

—No discutamos.

—Escucha, mujer, no discuto ni contigo ni con nadie. Tú tienes tus cosas que hacer y yo las mías. —Le apartó la mano y fue renqueando hasta el salón, donde vio una foto de Shan, junto a la puerta, ampliada a tamaño de póster y enmarcada con papel negro y un lazo de seda blanca—. Ya veo que tus camaradas y tú estáis convirtiéndola en un títere —comentó el maestro Gu.

Antes de que su mujer contestara, el anciano arrastró los pies hasta el viejo escritorio que había en la cocina y se sentó. Apartó dos vasos y un plato con sobras.

—Es una mártir —dijo la señora Gu.

—Un mártir sirve a una causa igual que un títere sirve a un espectáculo.

Si repasas la historia, algo que ha dejado de hacerse en este país, verás que un mártir siempre ha estado al servido del engaño a gran escala, ya fuera por una religión o por una ideología —contestó el maestro Gu, sorprendido ante su elocuencia y la tranquilidad con que hablaba.

Llevaba varios días manteniendo aquellos diálogos imaginarios con su primera mujer. La señora Gu dijo algo, pero su marido no alcanzó a oírlo.

Su mente ya navegaba rumbo a la otra mujer, quien durante tres años lo había engañado intencionadamente, o tal vez no, si es que todavía le quedaba algo de suerte en su desafortunada vida. Quería escribirle una carta para pedirle que le dijera la verdad.

La señora Gu se fue con la foto, sin despedirse. El maestro Gu se detuvo a pensar unos instantes y recordó que había estado buscando la pluma. Miró en los dos cajones de la mesa y se horrorizó al encontrar el revoltijo de bagatelas que había dentro, como si hubiera olvidado que llevaban años allí. Después de andar un rato rebuscando, cayó en la cuenta de que su esposa debió de guardar la vieja estilográfica en un lugar seguro cuando él cayó enfermo. ¿Habría imaginado la mujer que iba a morir y la había apartado para quemarla junto a él? ¿O ya la habría vendido a una casa de segunda mano a cambio de unos pollos? Un sudor frío le cubrió el cuerpo ante aquel nuevo temor. Se la había regalado su profesor de universidad cuando él inauguró la primera escuela para chicos en la que entonces era una de las provincias con mayor índice de analfabetismo de la nación. Había gastado y sustituido la punta de oro un par de veces, pero el cuerpo —liso, de color azul oscuro y pulido tras años de primoroso cuidado

— aún conservaba su toque aristocrático. Incluso Shan, en sus años más fervorosos de joven revolucionaria, durante los que cualquier objeto occidental era susceptible de ser considerado capitalista, había respetado la pluma del maestro Gu, fingiendo que desconocía dónde la escondían. La madre la había cosido en el forro de una colcha.

El maestro Gu se apoyó en la mesa y se levantó. En la casa no había muchos lugares seguros para esconder nada, y descubrió la pluma en una caja de madera, en el dormitorio, donde su mujer guardaba las pocas joyas que habían sobrevivido a la Revolución Cultural, junto con una instantánea de ellos tres, de cuando Shan apenas caminaba. Entrecerró los ojos y le

echó un vistazo. La había tomado un amigo que había ido a visitarlos en la primavera de 1954; Shan miraba fijamente a la cámara mientras sus padres la miraban a ella. En aquella época, una cámara de fotos era toda una novedad en Río Turbio, y un grupo de niños y unos cuantos adultos se habían reunido para estudiar de cerca la caja negra que colgaba del cuello de su amigo. El hombre había sacado un sinfín de fotos, tanto de la familia del maestro Gu como de los niños curiosos, pero aquella era la única que le había enviado. El anciano se preguntó qué habría pasado con las demás y decidió que tenía que escribir otra carta antes de recordar que el tal amigo, intelectual anticomunista, se había suicidado en 1957.

El maestro Gu volvió al salón arrastrando los pies. Sacó la estilográfica del estuche de terciopelo, desenroscó el tapón con cuidado y limpió la tinta seca que se había acumulado en la punta de oro con un trocito de seda que guardaba en el estuche para tal propósito.

«Muy apreciada camarada Cheng», empezó a escribir, y a pesar de que en las últimas tres décadas había iniciado con aquella fórmula las cartas que le mandaba una o dos veces al año, pensó que era una introducción ridícula, teñida de aquella fealdad revolucionaria. Arrancó la página de la libreta y empezó de nuevo. «La que un día fuera mi mejor amiga, colega y amada esposa», escribió con gran esfuerzo. «La que un día fuera mi mejor amiga, colega y amada esposa», leyó en voz alta, y decidió que aquello estaba más en consonancia con su estado de ánimo.

¿Recuerdas el paraguas que mi padre le prestó a mi madre en una esquina de una calle de París y que inició una historia de amor que duró toda la vida? Por si no lo recuerdas, fue en el otoño de 1916. Cuando te lo conté, dijiste que era una verdadera historia de amor. Te escribo para hacerte saber que el emblema de aquel gran amor ya no existe. El paraguas no sobrevivió a la muerte de mi hija porque su madre, mi actual esposa, creyó que la muchacha necesitaría uno en el cielo. Si tal lugar existiera, me pregunto si mis padres no estarán peleándose con ella por el paraguas. Los abuelos no conocieron a la nieta en vida y, ahora que están muertos, espero que no tengan que pasar demasiado tiempo en su compañía. Mis padres,

como puede que recuerdes, poseían la elegancia y la sabiduría de los intelectuales de su generación; sin embargo, mi hija fue más un producto de esta era revolucionaria que de la noble sangre manchú de sus abuelos.

Murió intoxicada por un veneno que ella misma ayudó a preparar. A pesar del arte, la filosofía, tus adoradas matemáticas y mi fe en el progresismo, al final, lo que caracteriza nuestra época —¿acaso no podríamos hasta tomarnos la libertad de creer, no sé, que esta era puede perdurar los siguientes cien años?— es el lamento de nuestros huesos aplastados bajo el peso de palabras vacías. No existe belleza en tal molienda, ni tampoco,

¡ay!, escapatoria para nosotros, ni ahora ni nunca.

El maestro Gu dejó de escribir y leyó la carta. Su letra era la de un anciano de mano temblorosa, pero de qué le servía preocuparse por la pérdida de aptitudes como calígrafo. Dobló la carta de aquella manera especial en que los jóvenes amantes doblaban las cartas de amor hacía cuarenta años y la metió en un sobre, pero entonces recordó que no le había hecho la pregunta. Había desperdiciado tiempo y espacio en una carta inútil y taciturna. Abrió la libreta.

Grandemente apreciada camarada Cheng: Te agradecería que fueras sincera y me dijeras si los dirigentes de tu partido te encomendaron que contrajeras matrimonio conmigo por la causa comunista. Cada día estoy más cerca de mi última hora y preferiría no abandonar este mundo engañado.

El maestro Gu escribió su nombre con cuidado y metió esta carta en el sobre, junto a la otra, sin releer ninguna de las dos. Se guardó el sobre en el bolsillo, arrastró los pies por la habitación y se dejó caer pesadamente en un viejo sillón. Escribir lo había dejado exhausto. Cerró los ojos y retomó

la discusión que había mantenido toda la noche con su primera esposa sobre si el marxismo era una forma de opio espiritual, tal como en su momento Marx había dicho de otras religiones.

—Muy apreciados ciudadanos de Río Turbio.

El bando retransmitido por los altavoces interrumpió la elocuente discusión del maestro Gu. El hombre reconoció la voz de la famosa locutora y pensó que le parecía falsa, demasiado seria para tratarse del anuncio de una fiesta relacionada con los espíritus.

—Buenos días, camaradas. Listáis oyendo una emisión especial sobre la actualidad de Río Turbio. Como es posible que desconozcáis, está produciéndose un gran cambio histórico en la capital de nuestra nación, donde varias personas han levantado un tramo de pared, el llamado muro de la democracia, para expresar sus ideas sobre la dirección que está tomando nuestro país. Aunque las noticias sobre dicho muro no lleguen hasta nosotros, nuestra nación se halla en un momento crítico. Durante años nos han enseñado que en nuestro estado comunista somos los dueños de nuestro país y de nuestras vidas. Sin embargo, ¿es eso siempre cierto?

No hace mucho, Gu Shan, una hija de Río Turbio, fue injustamente sentenciada a muerte. No era una criminal, era una mujer que sentía una inmensa responsabilidad por el futuro de su país, que denunció con valor y gran visión un sistema corrupto; no obstante, ¿qué le ocurrió a esta heroína que actuó adelantándose a su tiempo?

Al maestro Gu le temblaron las manos cuando intentó levantarse del sillón. La mujer seguía hablando, pero ya no la escuchaba. Abrió la libreta con dificultad, con una mano tan trémula que arrancó varias páginas antes de encontrar una intacta.

Solo te pido una cosa —escribió el maestro Gu a su primera mujer—: permíteme encomendarme a ti ahora que ya no puedo confiar en la mujer con la que llevo treinta años casado. Solo nuestra cultura tolera la exhumación y la exhibición de un cadáver por las ambiciones políticas de otros. ¿Te importaría encargarte de mi cremación? No dejes que quede ni el

más mínimo vestigio de mí que mi actual esposa, o cualquier otra persona, pudiera utilizar.

—¡Camaradas con conciencia! —insistió la mujer a través de los altavoces—. Os ruego que acudáis a la plaza del centro y denunciéis nuestro corrupto sistema. Por favor, venid a conocer y a apoyar a una madre heroica que perpetúa la leyenda de su hija.

—Qué estúpidas —dijo el maestro Gu en voz alta. Se puso un abrigo encima del pijama y se preparó para enviar las cartas.

El patio estaba sumido en un inquietante silencio cuando Tong se despertó antes del alba. Abrió la cancela con la esperanza de ver a Oreja esperándolo ansioso al otro lado, pero salvo por unos cuantos hombres madrugadores, que cargaban en sus bicicletas cajas de bambú llenas de ofrendas para la excursión, el callejón estaba desierto. Les preguntó si habían visto a Oreja, pero ninguno había visto al perro.

Dejó atrás el callejón y, en el cruce de dos calles importantes, empezó a ver a las primeras personas que se dirigían a pie a la plaza del centro. Iban en silencio, hombres con gorros encasquetados hasta las cejas y mujeres con la mitad del rostro oculto por un pañuelo. Tong se quedó en la acera y los vio pasar, a veces de dos en dos, pero casi siempre solos y a cierta distancia de la persona que tenían delante. Reconoció a un tío de la unidad de producción de su padre y lo saludó, pero el hombre se limitó a devolverle el saludo con un breve gesto de la cabeza y apretó el paso, como si tuviera prisa por librarse de él. Las tiendas de la calle principal estarían cerradas todo el día; por tanto, lo único que podía atraer a tanta gente al centro de la ciudad era aquel acto público. Tal vez encontraría allí a Oreja, un perro sociable que disfrutaba con el bullicio. Tong esperó que se hiciera un hueco en la procesión para unirse a ella.

El cielo empezó a iluminarse por el este: un nuevo día claro de primavera. A pesar del número cada vez mayor de personas que se

congregaba en la plaza, procedentes de calles laterales y callejones, la avenida principal estaba en silencio. Nadie hablaba, pero los cuervos y las urracas graznaban bajo la pálida luz con mayor estridencia de la habitual.

La gente saludaba con un gesto de la cabeza a los conocidos, pero casi nunca levantaba la vista del tramo de calzada que tenía delante. Varios hombres, también con el rostro oculto bajo un gorro o tras un cuello levantado, se entretenían delante de las puertas de las tiendas que flanqueaban ambos lados de la calle principal.

—¿Sigues buscando a tu perro? —le preguntó alguien dándole una palmadita en el hombro.

El niño levantó la vista y se encontró con el joven del día anterior, que le sonreía mostrando sus dientes amarillentos.

—¿Cómo lo sabes? —dijo Tong.

—Porque si no, ahora estaría a tu lado —contestó Bashi—. Soy detective, no se me escapa nada.

—¿Has visto a mi perro?

—¿Crees que me lo callaría si lo hubiera visto? Aunque, hazme caso: has venido al lugar equivocado. A nadie de los que ves por aquí le importa que hayas perdido a tu perro —dijo Bashi señalando hacia la plaza.

Tong sabía que el joven tenía razón. ¿Cómo iba a preguntar por un insignificante perro cuando la gente tenía cosas más importantes en las que pensar? Aun así le dio las gracias a Bashi y se dirigió hacia la plaza, con la esperanza de que el hombre dejara de seguirlo.

—Sé que no me escuchas —lo regañó el joven sacándolo de la procesión de un tirón—. No puedes ir solo.

—¿Por qué?

—¿Cómo vas a entrar en la plaza? ¿Tienes entrada? No te dejarán pasar sin entrada.

Tong estaba convencido de que mentía, por lo que dio media vuelta para marcharse, pero el joven lo cogió por el hombro.

—¿No me crees? —dijo Bashi, y se sacó algo de la manga—. Mira, esta es la entrada de la que te hablo. ¿Tienes una? —Tong vio que llevaba una flor blanca de papel medio escondida—. Mira a toda esa gente, todos llevan una flor blanca en la manga o debajo del abrigo. Sin flor no te dejarán entrar; tienen que cerciorarse de que no eres un espía del enemigo.

¿Ves a esos hombres delante de las tiendas? Mira, ahí. ¿Por qué no van a la plaza? —Bashi calló unos segundos, disfrutando con la mirada intrigada de Tong—. Si quieres saber mi opinión, yo diría que son de la secreta. ¿Cómo vas a demostrar que no trabajas para la policía? Claro que podrías decir que eres demasiado pequeño, aunque también lo eres para asistir a un acto de este tipo. Salvo que vayas con alguien mayor.

Tong meditó las palabras de Bashi. A pesar de que no acababa de encontrarles sentido, no supo cómo rebatirlas.

—¿Tú vas? —preguntó Tong.

—¿Lo ves? Eso es lo que preguntan los chicos listos. Sí y no. Voy, pero por una razón distinta a la de esta gente; de todos modos, si buscas a alguien que te acompañe, has dado con la persona adecuada. Sin embargo, debes prometerme una cosa; escúchame bien: no quiero que te pierdas ni que la gente te pisotee.

En ese momento se oyó la voz de la locutora por los altavoces. Tong y Bashi se detuvieron a escucharla.

—No sabía que Guisante de Olor estuviera involucrada en esto —

comentó Bashi cuando la mujer terminó de hablar—. Eso debe de significar que el gobierno está detrás del acto. Mal asunto, ¿no?

—¿Por qué es un mal asunto?

—Por nada. Bueno, ¿quieres venir conmigo?

Tong lo pensó y accedió.

—Aunque soy lo bastante mayor para ser tu tío —dijo Bashi—, esta vez voy a ser bueno contigo: puedes llamarme hermano mayor.

Tong no contestó, pero siguió a Bashi. Al llegar a la plaza, comprendió que Bashi lo había engañado: ni pedían la flor blanca a cambio de ser admitido ni la gente se atropellaba para llegar hasta allí. La cola iba desde el centro hasta la esquina inferior izquierda de la plaza, luego doblaba a la derecha y seguía hasta la de enfrente, donde iba engrosándose. Cuando Tong se puso detrás del último hombre, Bashi tiró de él y le susurró que verían más cosas desde otro sitio. El niño vaciló, pero acabó siguiéndolo por curiosidad. Bashi lo felicitó y, mientras se encaminaban hacia la derecha de la estatua de Mao, donde había menos gente, le dijo que era un chico listo y sensato. Habían colocado varias coronas de flores blancas a lo largo del pedestal. Las presidía una fotografía ampliada, apoyada en un pie

casero hecho con cañas de bambú. La joven de la foto, una adolescente, tenía la cabeza ladeada ligeramente hacia atrás y sonreía de oreja a oreja, como si el fotógrafo le acabara de contar un chiste.

Bashi chascó con la lengua.

—¿Es esa la mujer?

—¿Quién?

—La contrarrevolucionaria.

Tong miró la foto. Por mucho que lo intentó, no consiguió relacionar la imagen de la chica, segura, joven y guapa, con la mujer de rostro ceniciento y el cuello envuelto en un esparadrapo manchado de sangre que había visto el día de la ejecución.

—Eh, eh, ¿te has quedado embobado ante una cara bonita? —dijo Bashi—. Mira eso.

Tong respiró hondo y se puso de puntillas. Habían formado un círculo con varias coronas tan altas como un hombre, y la cola que entraba y salía por el otro lado, a través de un hueco, le impedía ver nada.

Bashi se entretuvo un buen rato observando el desfile de personas.

—Muy interesante. Ajá, mírala, es ella. Y él también ha venido.

Tong no quería admitir que era demasiado bajito y que no veía nada.

Bashi reparó en él y suspiró.

—En fin, yo te he traído, así que supongo que me toca distraerte, ¿no?

Se agachó y le dijo que se subiera a sus hombros. Tong vaciló, pero cuando Bashi le espetó que dejara de comportarse como un mariquita, se decidió.

—Agárrate a mi cabeza —ordenó el joven, y se levantó—. ¡Uf!, pareces una col, pero pesas como un buda de piedra —se quejó, aunque Tong no contestó.

El interior del círculo de coronas había acaparado toda la atención del niño. En el centro, una mujer dejó con cuidado una flor blanca en un cesto enorme que tendría más de dos brazos de diámetro, junto al que había una mesa cubierta con un trozo de tela blanca. El hombre que se sentaba detrás señaló la tela y le dijo algo a la mujer, que sacudió la cabeza como si se disculpara antes de alejarse de allí, sin mirarlo a la cara. Tong lo reconoció: era uno de los profesores de su colegio.

—¿Ves lo que yo veo? —preguntó Bashi, y se acercó un poco más a la barricada de coronas. Tong se bamboleó y se aferró al cuello del joven—.

Eh, que me ahogas.

Tong soltó las manos.

—Aquella tiíta de allí es la locutora —dijo el niño, tal vez demasiado alto.

Kai levantó la vista al oírlo, pero se volvió rápidamente hacia la mujer que estaba a punto de salir del círculo.

—Gracias, camarada —le dijo—. Esta es la madre de Gu Shan.

—Gracias por su apoyo —añadió la señora Gu.

La mujer fingió no haber visto la mano que Kai y la señora Gu le tendieron para agradecerle su presencia. Salió con prisas del círculo y pensó en su marido y en sus dos hijos, quienes a esas horas ya debían de estar preguntándose por qué tardaba tanto si solo iba a pasarse un momento por la unidad de producción. Les había mentido; les había dicho que tenía que reajustar uno de los parámetros de la máquina que tenía a su cargo en la fábrica de procesado de alimentos.

La cola avanzaba en silencio. La gente dejaba una flor blanca tras otra en el cesto. Algunos firmaban en la tela blanca, pero otros, cuando se les invitaba a hacerlo, se disculpaban. Kai los saludaba a todos y les hablaba de la importancia de la petición para el bienestar de la nación. Su voz, suave y clara, era tranquilizadora. Después de todo, ¿acaso no era la locutora oficial? Algunos cambiaban de opinión y firmaban la petición después de hablar con Kai.

—Eh, ¿estás sordo? —preguntó Bashi a Tong—. Te he hecho una pregunta.

—¿Qué has dicho?

—¿Hasta dónde llega la cola? No puedo levantar la cabeza por tu culpa.

—Todavía queda mucha gente.

—¿Cuántas personas ves?

Tong se puso a contarlas.

—Sesenta, puede que ochenta. Es difícil de calcular. Vienen y van.

—¿Conoces a alguien de los que has visto?

—A la tiíta que está junto al cesto —contestó Tong—. Es la locutora,

¿lo sabías? Me ha sonreído.

—Eso lo sabe todo el mundo. ¿A quién más?

—Un profesor del colegio.

—¿A quién más?

Echó un vistazo a la gente que estaba esperando y reconoció algunas caras: otro profesor del colegio, que daba clases a cursos superiores; un viejo empleado de la farmacia, a quien le gustaba dar ciruelas en vinagre a los niños como si fueran una chuchería; al cartero que repartía el correo en el barrio de Tong dos veces al día y que siempre silbaba cuando pasaba montado en su bicicleta verde; al viejo Hua y a su mujer, quienes esperaban en la cola uno detrás del otro, aunque separados por un brazo de distancia, sin mirar a la gente que los rodeaba. Tong iba retransmitiéndole lo que veía y Bashi lo animó para que siguiera así: lo estaba haciendo muy bien.

—No me vendrías mal como aprendiz —comentó Bashi.

El joven saludaba a todos los que pasaban por su lado, como si los conociera, aunque muy pocos le devolvían el gesto. Algunos miraban al niño de soslayo, pero la mayoría de ellos no mostraba el más mínimo interés en él ni en su acompañante. Tong pensó que debían de considerarlo un niño pequeño que había ido a divertirse al lugar menos apropiado. Le entristeció no poder demostrar que se equivocaban. Se preguntó si el joven con quien estaba habría ido únicamente a pasar un buen rato, pero consideró que era demasiado tarde para enfrentarse a él.

Pasó media hora, tal vez más. Retiraron el cesto, a punto de desbordarse, y colocaron uno nuevo en su lugar. El sol había salido por completo y la estatua de Mao proyectaba su sombra sobre Tong y Bashi. El joven se alejó de la penumbra, con el niño todavía en sus hombros. Al cabo de un rato, cuando Tong le comunicó que la cola se había acortado, Bashi le pidió que bajara.

—Si no, acabarás partiéndome la espalda —dijo masajeándose el cuello con ambas manos.

—¿Vas a dejar la flor blanca en el cesto? —preguntó Tong.

Se le habían dormido las piernas y tuvo que golpear el suelo con los pies para despertarlas.

—No —contestó Bashi—, ¿Para qué?

—Creía que habías venido por eso.

—Ya te dije que estoy aquí por otros motivos —contestó el joven.

Desilusionado, Tong se alejó renqueando—. ¿No quieres saber dónde está Oreja?

El niño dio media vuelta.

—¿Lo has visto?

—Últimamente, no —dijo Bashi—, pero recuerda: soy detective y puedo averiguar lo que quieras.

—Ya lo encontraré yo —repuso Tong negando con la cabeza.

—¿Quieres que te preste mi flor?

El niño sopesó la oferta y contestó que sí con un gesto. Habría preferido que su madre no hubiera destruido la flor para no tener que pedírsela a aquel hombre que tan poco le gustaba. Bashi se sacó la flor de la manga y se la tendió a Tong.

—Ahora es tuya —dijo—, a condición de que no te vayas todavía.

—¿Por qué?

—Porque hemos venido juntos, ¿recuerdas? —respondió Bashi guiñándole un ojo.

Tong accedió a regañadientes y el joven lo acompañó al final de la cola.

Cuando le llegó el turno, el niño saludó a la locutora y dijo que lo había enviado su madre. Bashi se limitó a sonreír y permaneció en silencio.

—Por favor, dale las gracias a tu madre en nombre de todos nosotros —

dijo la mujer.

La anciana que había junto a la tiíta hizo una leve reverencia con la cabeza y le agradeció a Tong su presencia, como si fuera un adulto más. A aquella distancia la reconoció: era la mujer que había quemado la ropa en el cruce el día de la ejecución.

—¿Señora Gu? —intervino Bashi, estrechando la mano de la anciana

—. Lu Bashi. Espero que esté disfrutando del primer Ching Ming de su hija. También es el primero de mi abuela; la enterramos hoy. Ya sabe lo que es tener que esperar hasta la primavera. Si quiere saber mi opinión, no es la mejor época para morir. En fin, ¿ya ha enterrado a su hija?

Kai le dio una palmadita en el brazo.

—Lo siento, no podemos perder el tiempo en chácharas.

—Pero si no he venido a charlar —contestó Bashi, y le dio un apretón de manos a Kai—. Lu Bashi. Hermana, me encanta tu programa. ¿Sabes qué apodo te ha puesto la gente? Guisante de Olor. Fresco y delicioso. Sí, lo sé, me voy. No pasa nada, sé que estáis muy ocupados, aunque no he venido a causar problemas. Sus padres me pidieron que lo acompañara —

dijo Bashi, y señaló a Tong—. Es demasiado pequeño para venir solo, ¿no crees?

Tong se mordió los labios. No quería que lo vieran con aquel hombre; sin embargo, Bashi le había dado la flor blanca y, cuando había mentido al decir que lo había enviado su madre, no lo delató. Tong esperó, angustiado, mientras Bashi seguía hablando y preguntaba a Kai qué pensaba sobre la cantidad de gente que había acudido al acto y qué tenía planeado hacer a continuación. A pesar de que la joven intentó mostrarse educada, Tong sabía que no tenía ningún interés en hablar con Bashi.

—Sé que estás muy ocupada, pero ¿podría hablar contigo en privado?

—insistió Bashi.

Kai dijo que, efectivamente, estaba ocupada. El joven chascó con la lengua y dijo que era una lástima, que en ese caso tendría que hablar con la señora Gu sobre los riñones de su hija.

Aunque lo había dicho en voz baja, Kai se sobresaltó. La mujer miró a la señora Gu y le hizo un gesto a Bashi para que se apartara un poco. Tong los siguió, y ni el uno ni la otra parecieron reparar en él.

—¿Qué has oído sobre los riñones? —preguntó Kai.

—No es ningún secreto —dijo Bashi—. ¿O sí lo es?

Tong vio que la locutora fruncía el entrecejo.

—¿Te importaría no mencionarlo delante de la señora Gu?

—Haré lo que me pidas —contestó Bashi.

Bajando aún más la voz, le explicó que, aparte de los riñones, había más cosas relacionadas con el cuerpo y que él solo quería que Kai supiera que estaba trabajando en ello. Le aseguró que el asunto estaba en buenas manos y que sería la primera persona a quien informaría en cuanto hubiera resuelto el caso. Tong comprendió que la locutora no sabía de qué le hablaba Bashi y que solo le seguía la corriente. Se les acercó un hombre vestido con un grueso abrigo; una mascarilla de algodón le cubría casi toda la cara.

—¿Ocurre algo? —preguntó con ojos alarmados tras los cristales de las gafas.

Bashi contestó que todo iba bien. El hombre miró a Kai, que negó con la cabeza lentamente, aunque no dijo nada. Sin quitarse el guante, el joven de la mascarilla estrechó la mano de Bashi y le agradeció que hubiera acudido a apoyar el acto. Bashi contestó que era obligación de todos luchar contra lo que estaba mal y, al comprender que no iba a dejarlo a solas con Kai, le hizo un gesto a Tong para que lo acompañara hasta la mesa.

—¿Os importa si le echo un vistazo? —preguntó Bashi, y se inclinó sobre el trozo de tela.

El hombre que había detrás de la mesa, un profesor nuevo del colegio de Tong —que no reconoció al niño—, contestó que no era para que la gente fuera a curiosear.

—Pero nosotros también hemos venido a firmar, ¿verdad, hermanito?

—dijo Bashi dirigiéndose a Tong—. ¿No dijeron tus padres que tú los representabas? Por cierto, el chaval es alumno suyo.

El hombre se volvió hacia Tong.

—¿Vas al Estrella Roja?

El niño asintió con la cabeza.

—¿Y no acabas de pedirme que te dejara venir para firmar la petición?

—intervino Bashi. Se volvió hacia el hombre—. Es un chico tímido, sobre todo cuando tiene a un profesor delante.

El hombre miró a Tong y dijo que tal vez era demasiado joven para firmar.

—¿Demasiado joven? Tonterías. Gan Luo fue dirigente de una nación con once años —replicó Bashi—. Nunca se es demasiado joven. ¿No ha oído decir que el héroe se forja en un alma joven? Pues aquí tiene a un joven héroe. Además, ¿no necesitan todas las firmas que consigan reunir?

El hombre vaciló y mojó el pincel en el tintero.

—¿Estás seguro de que entiendes lo que dice la petición? —le preguntó a Tong.

—Pues claro. Acabo de decirle que es un joven héroe —contestó Bashi, y a continuación le dijo al niño en un susurro—: Ya ves que tanto tu

profesor como la tiíta locutora están detrás de la petición. Se pondrán muy contentos si pones aquí tu nombre. ¿Sabes escribir tu nombre?

Tong estaba avergonzado y cansado de Bashi. Cogió el pincel y buscó un sitio donde estampar su firma. El profesor iba a comentar algo, pero Bashi le preguntó a qué venía tanto jaleo y aseguró que el chico sabía lo que hacía, igual que una golondrina sabe encontrar su hogar. Tong cogió aire y empezó a escribir en la tela blanca con cuidado, intentando que todos los trazos fueran uniformes. Al principio iba a poner su nombre, pero en el último momento cambió de opinión y escribió el de su padre. Después de todo, él era demasiado pequeño y puede que el suyo no valiera.

Nini cerró la casa con llave en cuanto el taxi a pedales que había contratado su familia desapareció al doblar la esquina. Tenía que hacer la colada, fregar cazuelas y sartenes y pasar la escoba y el trapo, pero todo aquello, junto con el recuerdo de las risitas ahogadas de sus hermanas cuando sus padres le ordenaron que tuviera acabadas aquellas tareas cuando ellos volvieran a casa, apenas consiguió empañar su humor. Había oído que su padre le decía a su madre que el conductor del taxi no podría pedalear en el camino de subida a la montaña, y que tendría que ayudarlo a empujar. Su madre había contestado que les convenía pasar todo el tiempo posible allí arriba para aprovechar al máximo lo que le pagaban al conductor, así que la familia tardaría bastante en volver a casa. Además, aunque no lo acabara todo, ¿qué más daba? Aquel también era un día de fiesta para ella, un día especial para estar con Bashi. Nini llevaba a Sextita en el brazo bueno y le dijo que iban a salir a pasárselo bien. La pequeña le devolvió una mirada límpida y confiada. Cuando Nini le hizo cosquillitas bajo la suave barbilla y le preguntó si estaba preparada para el paseo, el bebé por fin esbozó una amplia sonrisa y le mostró sus nuevos dientecitos.

El sol lucía en lo alto de un cielo azul sin un solo jirón de nube, un día perfecto para el Ching Ming. La gente salía de los callejones y se dirigía hacia el puente del Cruce, las mujeres y los niños a pie, los hombres empujando bicicletas cargadas con ofrendas y cestas de picnic. Nini se encaminó hacia el norte, en dirección contraria a la marea humana, aunque

tenía que ir parando de vez en cuando para dejar desfilar a aquella riada de personas, algunas de las cuales chocaban frontalmente con ella sin aflojar el paso, como si no existiera. Sextita se chupaba la mano y luego señalaba a los que pasaban por su lado con un dedito húmedo.

—Gatito, gatito —balbuceaba sin sentido.

A medio camino de casa de Bashi, Nini dobló hacia el callejón de los Gu. No esperaba que le hubieran preparado nada especial por ser el día que era. Además, aunque le suplicaran que entrara en casa y pasara unos minutos con ellos, les diría que estaba muy ocupada y que no tenía tiempo que perder. O puede que fuera más generosa e intercambiara unas palabras amables con ellos. Les contaría que había oído que el maestro Gu había estado enfermo y que quería saber cómo se encontraba o si necesitaba algo especial del mercado que pudiera llevarle la próxima vez. Los imaginó estupefactos delante de ella, atónitos ante su garbo y su desenvoltura de joven adulta. Ella sonreiría y les diría que, si no tenían ninguna petición especial, ya pasaría a visitarlos en otro momento, cuando tuviera más tiempo. Ellos asentirían con un gesto e intentarían recuperar la voz, atormentados por el secreto deseo de retenerla un poco más; sin embargo, ella se iría de todos modos, como una hija casada con un marido rico se despide de sus sencillos padres, para quienes su fortuna es su única alegría.

Aparte de los gorriones que daban saltitos entre las gallinas, el callejón de los Gu estaba en silencio. Nini llamó a la cancela, al principio con cierta timidez, y luego con mayor vehemencia. Al cabo de un buen rato, oyó que alguien trasteaba en el patio. El corazón se le aceleró de repente y se preparó para salir volando de allí antes de que la vieran. Sin embargo, ¿qué imagen daría sino la de una cría inútil? Insistió y volvió a llamar a la puerta, más fuerte esta vez.

La cancela se abrió. El maestro Gu, apoyado en un bastón, fulminó a Nini con la mirada.

—¿Qué haces aquí? —preguntó—. ¿No sabes que la gente tiene cosas más importantes que hacer que esperar a que vengan a molestarla?

Sextita señaló el bastón del anciano y se rió tontamente por algo que solo ella sabía. Nini miró al hombre, abatida. Lo había imaginado debilitado y entristecido por su enfermedad, necesitado de consuelo, pero tuvo la sensación de que el anciano que tenía delante —como muchos otros

que deambulaban por el mercado o se sentaban junto a la carretera y que solo disfrutaban despotricando de un mundo que, según ellos, los había tratado mal— era un extraño que se había apoderado del cuerpo del maestro Gu. Nini respiró hondo.

—He oído que estaba enfermo, maestro Gu —dijo poniendo a prueba su recientemente descubierta seguridad—. He venido para ver cómo se siente y por si necesita algo.

—¿Y a ti qué te importa? —contestó el anciano—. Que no espere nadie que ahora me ponga a recibir a todo aquel al que le sobre buena voluntad.

Sin darle tiempo a responder, el hombre le estampó la puerta en las narices.

Sextita, asustada, se echó a llorar y le entró hipo. Nini se quedó mirando la cancela. Sintió ganas de escupir y renegar, su modo de enfrentarse a las humillaciones que le imponía la vida, aunque sabía que aquello ya no le reportaría la satisfacción de antes. El maestro Gu, a quien había idolatrado, admirado y deseado como padre, había quedado un peldaño por debajo de ella como persona.

Bashi parecía nervioso cuando Nini y Sextita llegaron. En la mesa les esperaban viandas de todo tipo, encargadas en el Triple Gozo, el restaurante más caro de la ciudad. Bashi se ofreció a coger el bebé, y cuando la pequeña protestó agitando las manitas, el joven le hizo muecas graciosas y aflautó la voz para cantarle una canción sobre un caracol, lo que la asustó aún más e hizo que rompiera a llorar. Nini los hizo callar a ambos y se dirigió derecha al dormitorio. La cama de Bashi estaba recién hecha. La sábana tenía un estampado a juego con la manta y las fundas de las almohadas: un par de golondrinas acurrucadas en un sauce reverdecido.

—La fiesta es por los muertos —dijo Nini, que todavía no se había recuperado del encuentro con el maestro Gu—. ¿Creías que era por ti? —

Bashi esbozó una sonrisa enigmática—. No me pongas esa sonrisita tonta

—le espetó la jovencita.

Nini llevó al bebé a la otra cama, desnuda tras la muerte de la anciana, y se sacó una cuerda del bolsillo. El colchón era mucho más pequeño que el lecho de ladrillos que tenían en casa, por lo que tuvo que doblar la cuerda hasta tres veces para poder atarla alrededor de la cintura del bebé y a uno de los postes de la cama. Bashi parecía preocupado, pero Nini lo

tranquilizó: Sextita estaba acostumbrada a la cuerda. Sería un milagro que consiguiera estrangularse con ella o deshacer el nudo y caer de cabeza al suelo.

Bashi observó cómo la pequeña exploraba su nuevo territorio.

—Qué niña tan guapa —comentó.

Se arrodilló junto a la cama para ponerse al nivel del bebé y empezó a hablar con voz chillona y a hacer muecas, que no gustaron a Sextita.

Cuando la pequeña arrancó a llorar de nuevo, se levantó resignado.

—¿Y si se aburre?

—¿Por qué iba a aburrirse? —preguntó Nini—. Es lo que hace todos los días.

Muy poco convencido, Bashi fue a la cocina a por una bolsa de galletas y colocó un montoncito en cada una de las esquinas de la cama. Rebuscó en el armario y encontró un par de zapatos de seda viejos que habían sido de su abuela. Su abuela había llevado los pies vendados, así que los zapatos eran del tamaño de la palma de un niño. Más intrigada por los zapatos que por las galletas, Sextita los cogió y empezó a morder las flores bordadas.

Nini se quedó mirando cómo Bashi se preocupaba por que la pequeña se sintiera cómoda. Al ver que perdía el tiempo de aquella manera con un bebé, pensó que a veces era un hombre de una bondad inusitada. La muchacha se fue al salón y se repantigó en una enorme silla acolchada. La solicitud de Bashi hacía que se sintiera importante; no le costaría demasiado convertirse en la señora de la casa y hacer de él su sirviente.

Bashi apareció al cabo de unos minutos.

—Tengo un regalo para ti —anunció. Nini se volvió para mirarlo.

Cuando no se comportaba como un bicho raro, casi parecía guapo—.

¿Adivinas qué es?

—¿Cómo voy a adivinarlo? A saber qué tornillo se te ha aflojado —

respondió ella.

—Tienes razón —admitió Bashi echándose a reír—, tardarías un millón de años en descubrirlo.

El joven se acercó a la alacena y un segundo después apareció con una caja de cartón. No era grande, pero por el modo en que la sujetaba, equilibrándola con cuidado entre las manos, Nini pensó que debía de ser

algo caro o pesado, o ambas cosas, y se preguntó si podría esconderlo de sus padres y hermanas.

Bashi dejó la caja sobre la mesa y la abrió. A continuación, se apartó a un lado y, con una profunda reverencia, invitó a Nini a acercarse, como si fuera un gran mago. La muchacha se inclinó sobre la caja y miró en su interior. No encontró ni manjares exquisitos ni joyas caras, sino un revoltijo de jirones de periódico y, en medio, una bolita gris con púas. Lo tocó con un dedo y aquella cosa rodó a un lado, pero debajo del pequeño cuerpo solo había papelotes.

—Bueno, ¿qué te parece? —preguntó Bashi.

—¿Qué es?

—Un erizo.

El joven estudió con curiosidad la expresión de Nini, que se impacientó.

—¿Qué clase de regalo es este? ¿Crees que soy una mofeta que quiere un erizo para comer?

Bashi soltó una risotada, como si hubiera oído el chiste más gracioso del mundo y, aunque la intención de ella era mantenerse seria y enfadada, no pudo por menos que echarse a reír. Cogió el erizo por las púas y lo dejó en la mesa. El animalito no se movió, estaba hecho un ovillo, con la cabeza y la suave barriga a resguardo del mundo.

—Está muerto —dijo Nini.

—Qué tontita, parece muerto porque anoche lo dejé en el cobertizo del patio. —El joven fue a buscar un recogedor y levantó el erizo—. Verás cómo funciona —dijo, y se lo llevó a la cocina.

El fuego de la cocina de carbón rugía, por lo que aquella estancia estaba más caldeada que el resto de la casa. Bashi se quitó el jersey y se arremangó.

—Mira —dijo dejando el recogedor en el suelo, cerca de los fogones.

El erizo empezó a moverse al cabo de un rato. Al principio muy lentamente, pero luego se alargó y se acható, y la cabeza empezó a asomar por debajo del cuerpo desenroscado. Nini le miró el hocico rosáceo y los ojillos. El animalito parecía desconcertado y fruncía la nariz sin parar.

—¿Tiene hambre? —preguntó la muchacha.

—Espera y verás —contestó Bashi.

El joven dejó un plato plano con agua en el suelo, cerca del erizo, que no tardó en arrastrarse hasta el agua. Cuando la encontró, y para asombro de Nini, se la bebió casi de un trago, sin detenerse a respirar.

—¿Cómo sabías que tenía sed? —preguntó la muchacha.

—Porque lo he probado antes de que vinieras —contestó Bashi—. Si congelas un erizo y luego lo descongelas, el pobre cree que acaba de salir de la hibernación y que está sediento.

—Qué animal más tonto —comentó Nini.

Bashi sonrió y dijo que tenía otro truco que enseñarle. El joven sacó un tarro de sal del armario y le dijo que le diera la mano. Ella le tendió la buena, cerrada en un puño, de modo que Bashi fue abriéndola, dedo por dedo. Nini sintió un pequeño cosquilleo que no procedía de su mano, sino de una parte de su cuerpo que hasta ese momento no sabía que existiera.

Bashi le puso un puñadito de sal en la palma.

—Ahora estate bien quieta —dijo el joven, y se inclinó para chuparle la mano.

Nini la retiró antes de que la tocara con la lengua, y la sal se derramó sobre la encimera.

—¿Qué haces? —preguntó la muchacha.

Bashi suspiró.

—Estoy enseñándote cómo se hace el truco —contestó él—. Tienes que estar muy quieta o el erizo se asustará.

La joven miró a Bashi con recelo, pero él parecía concentrado en la demostración. Se echó un poco de sal en la palma y le pidió a Nini que no hiciera ruido. Se arrodilló junto al erizo y tendió la mano, bien estirada, hacia el inseguro animal. Al cabo de un momento, el erizo se acercó y empezó a chupar la sal de la mano de Bashi. El animalito tenía una lengua tan pequeña que Nini no la veía, pero el joven le guiñó un ojo y sonrió como si estuvieran haciéndole cosquillas. La pequeña montañita de sal no tardó en desaparecer. El erizo se alejó, lento y satisfecho, y Nini miró a Bashi, intrigada. Él sonrió y le hizo un gesto para que esperara. Un minuto después, el animalito empezó a toser con fuerza. Nini se quedó pasmada y miró a su alrededor, aunque sabía que no había nadie más en la casa. El erizo hacía un ruido grave y angustiosamente humano, como el ataque de

tos de un anciano con tisis. Nini se lo quedó mirando: no cabía duda de que era el animal el que tosía. Bashi se volvió hacia la muchacha y se echó a reír. El animalito siguió tosiendo un minuto más, hasta que se hizo un ovillo, como si estuviera dolorido. Nini le dio un par de golpecitos y cuando se convenció de que ya no volvería a toser, se levantó.

—¿Dónde has aprendido esa gamberrada?

Bashi sonrió.

—¿Qué más da? Lo divertido es que el erizo no aprende a no acercarse a la sal.

—Y eso, ¿por qué?

El joven meditó la respuesta.

—Igual le gusta que le hagan gamberradas.

—Qué animal más tonto —dijo Nini. Cogió el ovillo de púas y volvió a dejarlo en la caja—. ¿Qué más hace, aparte de toser?

—No mucho más.

—¿Qué vas a hacer con él?

—Eso es cosa tuya —contestó Bashi—. Es tu regalo.

Nini negó con la cabeza. No se le ocurría nada que hacer con el erizo y de repente, después de lo bien que se lo había pasado con Bashi, se sintió vacía.

—¿Para qué quiero un erizo? —dijo.

—Te lo puedes quedar de mascota.

—¿Por qué no te lo quedas tú? —sugirió Nini, y se acercó al dormitorio para ver cómo estaba Sextita.

El bebé había descubierto las galletas y Nini se quedó mirando cómo mordisqueaba una. Había llegado el día que la joven tanto había esperado, pero, sin saber por qué, en esos momentos estaba hecha un flan.

Bashi la siguió al dormitorio y le ofreció más galletas al bebé, pero Nini las apartó antes de que Sextita las cogiera. La niña se echó a llorar.

—¿Es que quieres que reviente? —le espetó Nini.

Bashi se rascó la cabeza. Parecía confuso ante el súbito cambio de humor de Nini.

—Tengo otra idea —dijo el joven al cabo de un momento.

—Tus ideas me aburren —contestó ella.

—Puede que esta no. Podríamos comernos el erizo. He oído decir que no hay tónico que lo supere.

—No tenemos ochenta años y no necesitamos ni ginseng ni erizos que nos alarguen la vida —repuso Nini—. ¿Quién querría comerse esa cosa tan fea, con todas esas púas?

Bashi sonrió y pidió a Nini que lo acompañara para poder enseñarle otro truco del que había oído hablar. La muchacha no sentía la más mínima curiosidad, pero cualquier cosa sería mejor que quedarse en el dormitorio con Sextita, que, después de llorar un rato sin ganas, empezó a chuparse el puño. Nini sabía que la pequeña no tardaría en dormirse. Salió en busca de Bashi y lo encontró en el patio, cavando la tierra recién descongelada con una pala. Cuando hubo reunido una montañita, el joven vertió un poco de agua encima y amasó el barro con paciencia, como si fuera un panadero experimentado.

—¿Vas a hacer un pastel de barro con el erizo? —preguntó Nini.

—Más o menos —contestó Bashi. Entró en la casa y sacó la caja. El pobre animal seguía hecho un ovillo. El joven lo cogió y lo dejó sobre la pasta de barro—. ¿Sabes cómo cocinan los mendigos los pollos que roban?

—preguntó a Nini—. Rebozan el pollo en barro y lo ponen todo sobre brasas calientes. Cuando está asado, rompes la capa de barro y te comes la carne, que queda muy tierna. Pues he oído que puede hacerse lo mismo con un erizo.

Bashi embadurnó el erizo con barro hasta que quedó cubierto por completo. Luego lo hizo rodar sobre la pasta unas cuantas veces más y le fue dando forma de pelota.

El fuego de la cocina de carbón rugía. Bashi intentó apagarlo a soplidos, en vano; Nini, riéndose de él, cerró de golpe el regulador del tiro y el fuego fue consumiéndose en silencio hasta que no tardó en extinguirse del todo. Bashi metió la bola de barro entre las ascuas y ambos se quedaron mirando cómo la capa exterior se secaba y se convertía en una costra en el vientre de la cocina.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Nini al cabo de un rato, tras un suspiro.

Bashi se volvió estirando las manos embarradas como si fueran garras.

—Podemos jugar al ratón y al gato —propuso el joven mostrando sus dientes amarillentos—. Voy a por ti.

Nini lanzó un chillido alegre y se alejó renqueante. Bashi la seguía, siempre dos pasos por detrás, haciendo rechinar los dientes con un gracioso ruido. Dieron vueltas por el salón hasta que la muchacha entró en el dormitorio y se arrojó sobre la cama de Bashi, jadeando.

—No me gusta este juego —dijo con la cara enterrada en la almohada.

Bashi no contestó. La muchacha rodó sobre sí misma y le sorprendió verlo junto a la cama, mirándola con una extraña sonrisa—. No te quedes ahí como un pasmarote —dijo—, piensa algo más divertido.

—¿Quieres casarte conmigo? —preguntó Bashi.

Al principio Nini creyó que bromeaba.

—No —contestó la muchacha—, no quiero casarme contigo.

—¿Por qué no? —Bashi parecía ofendido y decepcionado—. Deberías pensarlo antes de decidirte. Tengo dinero, tengo una casa solo para mí. Soy tu amigo, te hago reír, te trataré bien. Siempre trato bien a las mujeres,

¿sabes?

Nini lo miró. Los ojos del joven, clavados en su rostro con una seriedad que la muchacha jamás había visto en él, la pusieron nerviosa y se preguntó si su cara parecería especialmente deforme. Se volvió y le ocultó la mitad imperfecta.

—Piénsalo —insistió Bashi—. Pocos hombres querrían casarse contigo.

Nini no necesitaba que se lo recordaran, cualquiera con ojos en la cara sabía que jamás le propondrían matrimonio. Había albergado la ciega esperanza de que Bashi no se hubiera fijado en su rostro deformado, pero, claro, era imposible que lo olvidara, igual que los demás.

—Entonces, ¿por qué quieres casarte conmigo? ¿No eres como todos?

Bashi se sentó junto a ella y le pasó un dedo por la melena. Nini no se movió, ni siquiera al ver que el joven tenía la mano manchada de barro.

—No, soy diferente —contestó Bashi—. ¿Por qué si no crees que soy tu amigo?

Nini se volvió para mirarlo y él asintió con un gesto que parecía sincero. La muchacha se preguntó si debía confiar en él. Quizá fuera lo que

decía, un hombre distinto a los demás, o tal vez no. Sin embargo, aunque estuviera engañándola, ¿qué más daba? Era su único amigo y, si la veía como a un monstruo, no parecía importarle. No tenía más opciones; en cualquier caso, Bashi no era un mal partido.

—¿Te casarías conmigo si aceptara casarme contigo? —preguntó Nini.

—Claro. ¿Para qué iba a querer a otras mujeres si aceptaras casarte conmigo?

Nini pensó que pocas mujeres querrían casarse con él y se preguntó si ella no sería también la única opción de Bashi. Sin embargo, tanto daba lo extraño que fuera aquel hombre, en cuanto al matrimonio, ella ocupaba el último peldaño y él estaba unos escalones más arriba.

—¿Qué tendríamos que hacer si decidiéramos casarnos? ¿Cuándo tendría que irme de casa de mis padres? —preguntó Nini.

Bashi dibujó un círculo alrededor de los ojos de Nini con su dedo embarrado y luego se echó hacia atrás para ver el efecto.

—Ve al espejo y mira qué tontita pareces —contestó el joven—. Si alguien te oyera decir eso, se reiría de ti.

Nini sintió que empezaba a tirarle la piel de alrededor de los ojos.

—¿Por qué iba a reírse de mí? —preguntó.

—Porque ninguna chica debería mostrar esas ganas de casarse, aunque no pudiera esperar ni un minuto más.

—No puedo esperar ni un minuto más a irme de casa de mis padres.

Odio a toda mi familia —replicó la muchacha.

El bebé balbuceó al otro lado de la cortina, como si le diera la razón.

Nini se levantó de la cama y fue a echarle un vistazo. Sextita estaba gateando para alcanzar media galleta que antes le había pasado por alto. El bebé se relamió los labios con satisfacción después de comérsela y empezó a jugar con la cuerda. Era una niña buena; mientras no tuviera hambre, sabía entretenerse sola un buen rato. Nini soltó la cortina y se sentó junto a Bashi.

—¿Crees que podría traer a Sextita conmigo si me casara contigo? —

preguntó.

—¿Dos de golpe? Debo de ser un hombre con buena fortuna —contestó Bashi.

Si ella no se ocupara de Sextita, a saber qué sería de la pobre, sobre todo ahora que su madre estaba a punto de dar luz a un niño. Nini pensó que si a sus padres no les gustaba la idea, ya encontraría el modo de sacar al bebé de la casa. Aunque ¿por qué no iban a alegrarse de deshacerse de dos hijas sin más quebraderos de cabeza? Cuantas más vueltas le daba, más convencida estaba de que Sextita era más suya que de sus padres. Incluso podría encontrarle un buen marido cuando llegara el momento. Se volvió hacia Bashi y le dio unas palmaditas en la cara para que dejara de sonreír.

—Lo digo en serio —dijo Nini—, ¿cuándo puedo irme de casa de mis padres?

—Un momento, ¿cuántos años tienes?

—Doce. Doce y medio.

—Créeme, me encantaría casarme contigo ahora mismo, pero hay un problema: quizá eres todavía demasiado joven para casarte.

—¿Por qué?

—Porque a algunas personas tal vez no le gustará la idea.

—¿A quién? ¿Y a ellos qué les importa?

Bashi le hizo un gesto con un dedo para que guardara silencio. El joven empezó a darse golpecitos en la frente con el puño cerrado mientras Nini lo miraba atentamente. Olía raro; la muchacha arrugó la nariz para identificar el olor que inundaba la habitación.

—El erizo —dijo al fin—. Está listo.

Bashi le puso una mano en la boca.

—No me distraigas —dijo sin retirar la palma de los labios de Nini.

El barro de las manos se había secado y la muchacha pensó en el erizo que se asaba entre las brasas. Con Bashi siempre había cosas inesperadas que la hacían feliz. Nini empezó a pensar que tal vez no fuera tan mala idea casarse con él.

—Ya lo tengo —anunció Bashi, al cabo de un momento—. ¿Has oído hablar de las niñas esposas?

—No.

—Pregúntale a la señora Hua y ella te lo explicará. A veces la gente envía a sus hijas pequeñas a vivir con el futuro marido y su familia, y

cuando dichas jovencitas son lo bastante mayores, se casan. Tal vez podrías convertirte en mi niña esposa.

—¿Y a esa gente de la que hablabas no le parecería mal?

—¿Por qué iba a parecerles mal que fueras mi niña esposa? Si tus padres no accedieran, podríamos pedirle ayuda a los Hua. Te dejarían vivir con ellos; son buenos amigos. No les importaría que te quedaras con ellos y yo podría pagarles tu manutención. ¿Así serías más feliz?

Nini lo meditó. ¿Sus padres dejarían que ella, una criada que no les costaba ni un solo yuan, se marchara por las buenas? Aunque ¿qué podían hacer si ella insistía en irse con su marido? La gente del mercado siempre decía que una hija dispuesta a casarse tenía la determinación del agua que se vierte de un tazón: por mucho que se empeñaran los padres, jamás conseguirían recuperar esa agua. Estaba segura de que sus padres lo entenderían. Tal vez incluso celebrarían que hubiera sido capaz de encontrar marido y quizá fueran lo bastante generosos para concederle una pequeña dote.

—Vayamos a buscar a los Hua y hablemos con ellos —concluyó Nini.

—Qué chica tan impaciente —dijo Bashi—. En estos momentos están enterrando a mi abuela. Ya iremos a verlos después, ahora tenemos cosas más importantes que hacer.

—¿El erizo?

Bashi sonrió.

—Aún más importantes. ¿Has oído hablar del examen de la novia?

—No.

—La casamentera era la que solía encargarse de examinar el cuerpo de la novia y comprobar que era apta para ser una buena esposa —dijo Bashi

—. En los casos de los matrimonios por amor, como el nuestro, es el marido quien lleva a cabo el examen.

Nini pensó en su cara deformada, en su mano de garra y en su pie lisiado. ¿Cabía la posibilidad de que al final la rechazara, aunque le hubiera prometido aceptarla como niña esposa?

—No te pongas nerviosa —dijo Bashi, y se acercó. La hizo levantarse y la colocó delante de él. A continuación, puso las manos en los hombros de la muchacha y metió los pulgares por debajo del viejo jersey de Nini—.

Solo es esto —dijo masajeándole los omóplatos con los dedos—, ¿te hago daño?

Nini lo miró y vio que Bashi tenía una expresión seria y concentrada.

La muchacha contuvo la respiración y negó con la cabeza. El joven bajó las manos y le abarcó la caja torácica con las dos. Nini se revolvió y se echó a reír porque sintió cosquillas.

—El jersey molesta —dijo Bashi pidiéndole silencio—. ¿Por qué no te lo quitas? —Nini lo miró con recelo y el joven sonrió—. No es necesario

—añadió, y metió los dedos por debajo del jersey y la camiseta interior para volver a encerrar aquel torso esquelético entre sus manos. Nini se estremeció al contacto de los dedos calientes de Bashi sobre su fría piel. El joven empezó a moverlos arriba y abajo, como si contara las costillas—.

De las flacuchas —comentó—, aunque este problema es más fácil de solucionar que tener una arpía gorda.

Nini levantó la mirada hacia Bashi, que tenía la cara muy cerca de la suya. La muchacha sabía que no estaba bien que un extraño tocara a una jovencita de aquella manera, pero, después de hablar de matrimonio, Bashi había dejado de ser un extraño. A Nini le gustaba la sensación de las manos del joven sobre su piel y, aunque su cuerpo seguía estremeciéndose, como si tuviera voluntad propia, ya no estaba nerviosa. Cuando el joven volvió a bajar las manos, Nini no protestó. Bashi se detuvo unos instantes en la cintura.

—También tengo que examinarte ahí abajo —dijo con voz ronca.

—¿No crees que el erizo estará recocido cuando terminemos? —

preguntó Nini.

El aroma a carne ligeramente quemada que llegaba desde la cocina se hacía cada vez más penetrante y le sorprendió que Bashi no se hubiera percatado.

El joven no contestó, sino que la levantó en volandas y la tumbó en la cama. Nini sintió que las manos de Bashi intentaban deshacerle el nudo del cinturón, un jirón de tela largo y raído que había arrancado de una sábana vieja. Le dijo que la dejara a ella y lo apartó a un lado, con suavidad, sintiéndose azorada por primera vez delante de él. Nini desató el nudo y él la ayudó a bajarse los pantalones y las braguitas hasta las rodillas. Al mirarlo, la muchacha vio que el joven temblaba incluso más que ella, y le

preguntó si tenía frío. Él no contestó, pero tapó el cuerpo descubierto de Nini con una manta. Con un hilo de voz, Bashi le dijo que no quería que ella cogiera frío y que necesitaba una linterna para meterse allí abajo.

Entonces salió de la habitación.

Nini esperó, pensando que el erizo estaría completamente quemado cuando hubieran acabado. Se preguntó qué le haría Bashi. ¿Tal vez aquellos

«asuntos de alcoba» de los que hablaban los hombres y las mujeres en el mercado? Desconocía en qué consistían, pero estaba convencida de que eran algo bueno, pues aunque aquellas mujeres desvergonzadas siempre fingían que no les interesaban, sus rostros sonrojados y sus risitas tontas decían lo contrario.

Estaba preguntándose por qué Bashi tardaba tanto en encontrar una linterna cuando Sextita arrancó a llorar al otro lado de la cortina.

—Estoy aquí —dijo Nini con su voz dulce, pero al ver que el bebé no se calmaba, la muchacha empezó a entonar la nana favorita de la pequeña, una canción que Nini se había inventado y que le cantaba cuando estaba de buen humor. Sextita dejó de llorar y empezó a balbucear. Nini siguió cantando, absorta en la tonada sin letra de su creación.

A su vuelta, Bashi parecía menos aturullado.

—¿Dónde estabas? —preguntó Nini—. Has tardado mucho.

—Ah, he tenido que ir al excusado —contestó Bashi. Dirigió el haz de luz de la linterna hacia la cara de la muchacha—. La que querría cualquier detective —dijo, y se metió debajo de la manta. Los pies le quedaron colgando del borde de la cama.

Nini sintió que le separaba las piernas con delicadeza, y estaba a punto de preguntarle qué hacía allí abajo cuando un dedo tanteó el pubis con timidez. A Nini le entraron ganas de orinar, pero se aguantó y esperó. El dedo siguió inspeccionando un poco más, con tanta delicadeza que apenas lo notaba. Al cabo de un buen rato, Bashi salió de debajo de la manta.

—Eres perfecta —dijo.

—¿Has acabado?

—Por ahora sí.

Nini estaba decepcionada. Una noche oyó los jadeos de sus padres durante largo rato y hasta un tiempo después no cayó en la cuenta de que habían estado ocupados en sus asuntos de alcoba.

—¿Por qué te ha llevado tan poco tiempo? —preguntó.

—¿El qué me ha llevado poco tiempo?

Nini se levantó de la cama y se vistió.

—Creía que marido y mujer hacían algo más que echar un vistazo —

contestó.

Bashi se la quedó mirando largo rato antes de acercarse a ella y abrazarla.

—No quería asustarte —dijo.

—¿Por qué iba a asustarme? —preguntó Nini—. Ahora somos marido y mujer, ¿no?

Bashi sonrió.

—Sí, eres la esposa perfecta y, no lo dudes, nos casaremos muy pronto.

—¿Por qué no ahora?

Bashi la miró desconcertado, sin saber qué responder.

—Hay que celebrar una boda para ser marido y mujer —contestó al fin.

Nini se encogió de hombros: le daban igual las ceremonias. El había examinado su cuerpo y había dicho que todo estaba bien. Era lo único que le importaba a Nini, ahora que por fin había encontrado un lugar al que trasladarse. No podía esperar a que se hiciera realidad.

—¿Qué tal está el erizo? —preguntó Nini tras unos instantes.

Bashi dio un respingo, como si acabara de recordar el animal asado.

Corrió a la cocina, y Nini fue tras él. La chica no se sorprendió al ver que, cuando Bashi abrió de un golpe la pelota de barro seco, el erizo era una bola de carbón incomestible.

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