Las puertas del paraiso
Capítulo 6
La señora Gu no contestó cuando su marido le anunció que la comida estaba lista. Al regresar de su visita al viejo Kwen, el maestro Gu la encontró sentada en una silla, muy callada, y desde entonces parecía una estatua. El maestro Gu intentó hacer más ruido del habitual mientras realizaba las pequeñas tareas que se le ocurrían, pero cuando se le acabaron las ideas, se sentó y se obligó a echar una cabezadita. Lo despertó la gente que volvía del acto denunciatorio: los hombres que charlaban y guardaban las bicicletas, y las mujeres que llamaban a sus hijos para comer. Se levantó y empezó a cortar, hervir y freír lo que tenía a mano para preparar la comida lo más ruidosamente posible. Trató de no pensar en lo que había ocurrido fuera de casa; desde que era adulto, sabía que el único modo de sobrevivir era concentrarse en el pequeño trecho de vida que se tiene delante.
El maestro Gu se sentó a la mesa delante de un cuenco de arroz y volvió a recomendarle a su mujer que comiera, aunque fuera poco. Ella contestó que no tenía hambre.
—Cada uno es responsable de su cuerpo —dijo el maestro Gu.
Siempre había insistido en la importancia de comer de manera regular y adecuada para mantener sanos la mente y el cuerpo. Si se enorgullecía de algo era de jamás haber desfallecido ante las dificultades hasta el punto de descuidar las obligaciones con su propio cuerpo. Había enseñado a su esposa y a su hija que la vida era impredecible, y que comer y dormir eran de las pocas cosas que uno tenía para burlarse tanto de la vida como de su volubilidad. El maestro Gu masticó y tragó con cuidado. Tal vez no había añadido suficiente agua y los granos de arroz estaban secos, porque costaba comérselos. Los hilos de la col castigaban sus dientes, poco firmes, pero él
siguió masticando, intentando dar buen ejemplo a su esposa, como siempre había hecho.
Se acercó a ella cuando terminó de comer. La mujer no se movió y, al cabo de unos momentos de vacilación, el anciano reposó una mano sobre su hombro. La retiró cuando la señora Gu dio un respingo, y le dijo que podría haber sido peor, que tenían que verlo por el lado positivo.
—¿Peor que qué? —preguntó ella.
Él no contestó.
—Los Hua no pueden encargarse de ella —dijo el maestro Gu al cabo de un rato—. Le he pedido ayuda a un conserje de la planta eléctrica.
—¿Dónde la dejará? —preguntó la señora Gu.
—Ya encontrará algún lugar. Le pedí que no lo señalara.
La señora Gu se levantó.
—Tengo que ir a buscarla —dijo.
—Creía que ya lo habíamos hablado —protestó el maestro Gu.
Habían decidido entre los dos —él lo había sugerido y ella lo había aceptado— que no la enterrarían ellos. Eran demasiado viejos para el esfuerzo que exigía y se les habría partido el corazón.
La señora Gu dijo que había cambiado de opinión y fue a buscar el abrigo. No podía permitir que un extraño se encargara de las exequias de su hija.
—Es demasiado tarde —contestó el maestro Gu—. Ya está todo hecho.
—Quiero verla por última vez.
El anciano se calló. Solo había visitado a Shan en dos ocasiones en los últimos diez años, al principio de su encarcelamiento y justo antes del juicio. La primera vez había ido con su esposa, cuando todavía ambos albergaban alguna esperanza a pesar de que habían condenado a Shan a una pena de diez años. La joven tenía dieciocho años y seguía siendo una niña.
Les había dicho a su mujer y a su hija que diez años no eran nada, solo una pequeña fracción de una larga vida. «Podría ser peor», les advirtió.
—Baba, ¿nunca te cansas de hablar de cosas que ni siquiera tú te crees?
—replicó Shan, que no había dejado de mirarlo con sorna mientras él hablaba.
—Creo en la paciencia —aseguró el maestro Gu.
No le sorprendía que su hija lo tratara de aquella manera. El arresto había sido un golpe inesperado para el maestro Gu y su esposa, que seguían pensando en su hija como en una joven revolucionaria. Más tarde averiguaron que Shan había escrito una carta a su novio donde expresaba sus dudas acerca de Mao y su Revolución Cultural. El maestro Gu y su esposa desconocían que tuviera novio. De haber sabido de la existencia de aquel hombre, el maestro Gu habría puesto a Shan sobre aviso; le habría repetido hasta la saciedad, aunque ella no hubiera querido escucharlo, que las traiciones a menudo las cometía la gente a la que más amábamos y en la que más confiábamos. Le habría pedido que les presentara a su novio. Sin embargo, ¿habría servido de algo? El novio remitió la carta al Comité de la Revolución Cultural. Shan fue sentenciada a una condena de diez años y el novio fue recompensado con el privilegio de alistarse en el ejército, aunque sus orígenes —procedía de una familia de capitalistas y contrarrevolucionarios— se lo habían impedido hasta el momento.
En aquella visita de hacía diez años, el maestro C ¡u tenía pensado decirle que el ser humano era el animal más peligroso de la tierra. «Pasa desapercibida como una mota de polvo», habría querido recomendarle, pero antes de que tuviera tiempo de decírselo, su hija se había negado a permanecer en la misma habitación que ellos y había hecho un gesto a los guardias para que se la llevaran.
El maestro Gu no había vuelto a visitar a su hija después de aquello. Su esposa sí, aunque solo iba una o dos veces al año. A la mujer le preocupaba que demasiadas visitas pudieran empañar el historial de Shan y aumentaran el tiempo de condena. Hablaban de ella en contadas ocasiones, mientras cada uno por su parte albergaba la secreta esperanza de que pasaran diez años sin incidentes. Sin embargo, lo que ocurrió al final de la pena fue que recibieron una notificación en la que se decía que volverían a juzgar a Shan: la joven no se había redimido en prisión y además había escrito, año tras año, cartas donde solicitaba una apelación y diarios personales que contenían las calumnias más infames sobre el comunismo.
Durante la reunión semanal en el colegio, el secretario del partido pidió al maestro Gu que compartiera con los demás su opinión acerca del próximo juicio de su hija. Este contestó que no tenía nada que decir, y los
demás miembros del partido negaron con la cabeza en señal de desaprobación.
—Permítame decirle lo que pienso, ya que usted no tiene nada que decir —dijo el secretario—. La última vez, a su hija se la condenó por calumniar la causa comunista. Entonces era joven y todavía podía aprender, por lo que se le concedió la oportunidad de corregir sus errores, pero ¿qué sucedió? Que no aprovechó la oportunidad que se le brindó. No solo se negó a proclamar su amor y confianza en el partido y la causa comunista, sino que además discutió con nosotros con los argumentos más contrarrevolucionarios posibles. Eso —añadió el secretario, señalando al maestro Gu con los dedos índice y corazón— no lo toleraremos jamás.
El maestro Gu no comentó la reunión con su mujer, ya que en principio debía haberse celebrado una muy similar en su unidad de producción, durante la que muy probablemente le habrían transmitido el mismo mensaje. La oyó llorar de noche varias veces. Cuando el maestro Gu intentó consolarla, ella fingió estar animada y contestó que no debían preocuparse demasiado. Le dijo que Shan todavía era joven y que ya había pasado diez años en prisión, que el juez sería indulgente y que el nuevo juicio no correspondía más que a una nueva forma de advertencia.
El maestro Gu no añadió nada que pudiera alentar la confianza ciega de su mujer. Días después fue a visitar a su hija a la cárcel. Los guardias se mostraron groseros con él, pero con los años se había acostumbrado a los insultos de la gente y no dio mayor importancia a aquel comportamiento.
Lo que sí lo sorprendió fue el estado de Shan: había dejado de ser la jovencita rebelde y alegre que había conocido diez años atrás. El uniforme de la cárcel, gris y con desgarrones, olía a sucio. Shan había perdido mucho cabello y el que le quedaba lo llevaba corto y mugriento, con una gran calva en la coronilla. Estaba tan pálida que casi parecía transparente, y lo miraba con los ojos muy abiertos y ensoñados. Lo reconoció de inmediato, aunque daba la sensación de haber olvidado todo lo ocurrido hacía diez años. La joven empezó a hablar en cuanto se sentó. Le dijo que había escrito a Mao y que él le había respondido pidiéndole disculpas por la decisión errónea que habían tomado y prometiéndole una inminente excarcelación. Hacía dos años que Mao había muerto, pero el maestro Gu, empapado en un sudor frío, no se lo dijo. La joven hablaba deprisa sobre
todas las cosas que planeaba hacer cuando saliera. En su imaginación, al otro lado de los muros de la cárcel la esperaba un prometido, y lo primero que harían sería ir al ayuntamiento para solicitar una licencia de matrimonio. El maestro Gu no protestó cuando, al final de la visita, los dos guardias cogieron a Shan por los brazos, sin miramientos, y la sacaron de la habitación a la fuerza. Ella seguía hablando, pero él ya no la oía. Se quedó mirando los pantalones del uniforme, manchados de sangre menstrual. La muerte estaba lejos de ser lo peor que podía ocurrirle a un ser humano. Lo embargó algo que superaba al miedo y deseó poder poner fin a la vida de su hija por ella.
El maestro Gu no sabía cuánto hacía que su hija había perdido la cordura ni si su esposa era consciente de ello. Quizá llevaba años ocultándoselo. A su vez, él le mintió y le dijo que habían recibido una notificación de la cárcel donde se informaba de que a Shan se le habían retirado los derechos de visita por desobediencia. Su esposa suspiró, pero no quiso saber más, de modo que el maestro Gu se preguntó si ella aceptaba la orden de buen grado por él. El maestro Gu recibió la noticia de la pena de muerte con alivio. Tal vez también fue un alivio para su mujer, aunque no tenía forma de averiguarlo. Tras el rechazo de la apelación, la señora Gu intentó ver a Shan una última vez; sin embargo, la solicitud de visita le fue denegada sin aducir razón alguna.
La señora Gu se puso el abrigo. El maestro Gu pensó que las mujeres eran como niños, por aquella forma que tenían de aferrarse tenazmente a cosas sin importancia. Cuando le suplicó que se quedara, la mujer alzó la voz y le preguntó por qué no le dejaba ver a su hija.
—Ver no es mejor que seguir ciego —citó el maestro Gu, de un antiguo poema.
—Llevamos ciegos toda la vida —replicó la señora Gu—. ¿Por qué te niegas a abrir los ojos y ver las cosas como son?
El maestro Gu reconoció en aquella mirada la misma rebeldía que antes veía en la de Shan.
—Los muertos ya no están. Pasemos página.
—¿Cómo puedes olvidar con tanta facilidad?
—Porque es necesario —contestó el maestro Gu—. Necesitar algo nunca es sencillo, pero debemos aceptarlo.
—Siempre has querido que aceptáramos todo sin cuestionar nada —
replicó su mujer—. ¿Por qué tenemos que vivir mirando al suelo?
El maestro Gu evitó sus ojos. No tenía respuestas para su mujer y deseó que esta lo dejara correr sin prolongar aquel sufrimiento para ambos. Antes de poder decir nada, sintió un súbito entumecimiento en la parte izquierda del cuerpo y tuvo que arrodillarse. Alzó la mirada hacia su esposa para pedirle ayuda, pero no veía nada. La señora Gu corrió a sujetarlo; sin embargo, el hombre era demasiado pesado para ella y esta tuvo que dejarlo caer, con cuidado. El maestro Gu sintió cómo el frío que se filtraba a través del suelo de cemento le calaba las ropas y le dormía todo el cuerpo.
—No te vayas —suplicó el anciano, deseando estar junto al fuego, junto a su suave y cálido cuerpo. En un momento de confusión creyó ver el rostro de su primera mujer, tan joven y bella como hacía treinta años—. No me dejes —dijo—. No dejes que te pierda otra vez.
El cuerpo de la mujer estaba tendido boca abajo sobre la nieve cristalizada, con los brazos dislocados y atados a la espalda de manera intrincada. La cabeza, a diferencia de lo que había imaginado Bashi, estaba de una pieza. El joven se detuvo a pocos pasos de ella y se quedó mirando las manchas de sangre del traje de presa.
—¿Está muerta? —preguntó.
—¿Por qué? ¿Ahora tienes miedo? —dijo Kwen, y se agachó para examinar el cadáver—. No te he dejado venir para que te limites a hacerme compañía.
—¿Miedo? No, no. Solo quería asegurarme de que está completamente muerta.
—Por completo —dijo Kwen, y dio una patada primero a una pierna del cadáver y luego a la otra. Se acuclilló junto al cuerpo y señaló la espalda de la mujer—. Mira esto: le ataron los brazos de esta manera en concreto para que el dedo medio de la mano izquierda apuntara al corazón.
—¿Por qué al corazón?
—Para que el verdugo supiera dónde dirigir el disparo.
Mientras cruzaba el río helado hasta la isla, Bashi ya se había inventado una extravagante historia sobre una cabeza reventada y un cerebro sanguinolento desparramado sobre la nieve, como si fuera pintura derramada. Se imaginaba contándosela a los vecinos de Río Turbio, que harían corro a su alrededor, acongojados. Se acercó un poco más y se acuclilló junto a Kwen. La mancha de sangre de la espalda tenía el tamaño de un cuenco y a Bashi le sorprendió que una herida tan pequeña pudiera acabar con una vida. La mujer tenía el rostro medio enterrado en la nieve, por lo que era imposible adivinar sus facciones. Bashi le tocó el cráneo.
Estaba frío, pero el cabello, suave y fino, tenía un tacto extrañamente vivo.
—Pongámonos manos a la obra —dijo Kwen.
Cortó los nudos con un cuchillo, pero los brazos de la mujer permanecieron en la misma posición, detrás de la espalda. Kwen se encogió de hombros. Sacó una toalla usada del bolsillo del abrigo, envolvió en ella la cabeza de la mujer con un par de vueltas y la ató con un nudo en la parte de atrás.
—¿Para qué hace eso? —preguntó Bashi.
—Para no tener que verle los ojos.
—¿Por qué?
—Porque su espíritu mira a través de los ojos buscando al responsable de su muerte. Si te ve, nunca te dejará en paz —le dijo Kwen—. Sobre todo siendo el espíritu de una mujer joven. Te sacaría toda la sustancia.
—Supersticiones —dijo Bashi—. No me importaría que alguien me sacara la sustancia.
Kwen soltó una risotada.
—He comido más granos de sal que tú de arroz. Allá tú si me crees o no, pero luego no vengas pidiéndome ayuda cuando me necesites.
—¿De qué tiene miedo? Nosotros solo estamos ayudándola —dijo Bashi. Señaló el centro del cadáver—. ¿Qué es eso? ¿También le dispararon ahí?
Ambos se acercaron un poco más para examinar la parte inferior de la espalda. El uniforme estaba empapado de sangre seca de color marrón oscuro. Al no poder ir abriendo las prendas de una en una, Kwen dio un fuerte tirón para desgarrarlas e intentó separarle la ropa del cuerpo.
—Tenga cuidado —dijo Bashi.
—¿Con qué? Ahora ya no siente nada.
Bashi no respondió. Cuando Kwen arrancó la ropa, ambos se quedaron mirando la zona del cuerpo que había quedado expuesta y aquella hendidura abierta y sanguinolenta parecida a una boca que esbozaba una sonrisa estremecedora. Bashi sintió un líquido cálido que subía por su garganta y vomitó junto a un matorral. Cogió un puñado de nieve y se lavó la cara. El frío le resultó reconfortante y le ayudó a serenarse.
—No es bonito, ¿eh? —musitó Kwen.
Había metido el cuerpo en dos sacos de loneta y estaba intentando unirlos con cuerdas.
—¿Qué le han hecho? —preguntó Bashi.
—Seguramente le sacaron algo antes de dispararle.
—¿Algo?
—Órganos. Puede que los riñones u otra cosa. Lo de siempre.
—¿Para qué los quieren?
—¿No has oído hablar de los trasplantes?
—No.
—Creía que tenías estudios —dijo Kwen—. A saber quién llevará ahora los órganos de esta chica. A veces ni siquiera los quieren para un trasplante, sino para que los médicos practiquen y no olviden lo que han aprendido.
—¿Cómo lo sabe?
—Cuando se han vivido tantos años, uno lo sabe todo —contestó Kwen.
—¿Qué edad tiene?
—Cincuenta y seis.
—Pues me juego lo que quiera a que hay una cosa de la que no sabe nada —lo retó Bashi.
Con el cadáver a buen recaudo dentro de los sacos, el joven había recuperado la confianza y el buen humor.
—¿De qué?
—De mujeres —contestó Bashi en un susurro, acercándose a Kwen.
—¿Cómo sabes que no sé nada de mujeres? —preguntó Kwen mirando a Bashi con una media sonrisa.
—Es un viejo solterón, ¿no?
—Existen muchas maneras de conocer mujeres —respondió Kwen—, y el matrimonio es la peor.
—¿Por qué?
—Porque acabas conociendo a una sola mujer.
—¿Conoce a muchas mujeres?
—En cierto modo, sí.
—¿En qué modo?
Kwen sonrió.
—He oído que la gente de la ciudad te toma por bobo. Eres demasiado curioso para ser bobo.
—¿A qué se refiere?
—A que eres un hombre con cerebro y a que debes usarlo.
Bashi estaba confuso. Jamás había estado cerca de otra mujer que no fuera su abuela.
—¿Podría enseñarme cómo? —preguntó.
—Puedo enseñarte dónde está la puerta, pero eres tú quien tiene que abrirla y encontrar el modo por ti mismo —dijo Kwen, y encendió un cigarrillo—. Deja que te explique algo que les oía contar a los ancianos cuando tenía tu edad. Había una vez una mujer a cuyo marido le gustaba acostarse con otras mujeres. La esposa, como puedes imaginar, estaba muy disgustada. «¿Por qué me dejas y vas en busca de otras mujeres?», le preguntó un día, y el marido le contestó: «Mírate a la cara, no eres guapa».
La mujer se miró en un espejo y urdió un plan. Todas las noches le preparaba verdura y adornaba los platos con gran esmero: rábanos con forma de peonías, tallos de bambú cortados para que parecieran una mujer voluptuosa… —Bashi tragó saliva sin darse cuenta—. Al principio, el marido estaba impresionado. «Te has convertido en una gran cocinera», le dijo a su esposa, pero después de cenar salía para acostarse con otras mujeres. Tras varios días comiendo verdura, el marido preguntó: «¿Dónde están las costillas de cerdo y el guiso de ternera que te salían tan buenos?
¿Por qué ya no me los preparas?». La esposa sonrió y contestó: «Pero, mi señor, no son bonitos». El marido se echó a reír y dijo: «Ahora te entiendo». Desde entonces jamás volvió a ir con otra mujer.
Bashi se quedó mirando a Kwen cuando este se calló.
—La historia ha terminado —dijo Kwen.
—¿Qué pasó luego?
—Solo es una historia, y ha terminado.
—¿Qué pasó con el hombre? ¿Por qué dejó de andar con otras mujeres?
—Porque su esposa le dio una lección.
—¿Qué lección?
—Utiliza la cabeza. Piensa.
—No se me dan bien las adivinanzas. Tiene que contarme toda la historia —dijo Bashi.
—¿Por qué? —preguntó Kwen con una sonrisa.
—Por favor —suplicó Bashi—. ¿Quiere otro paquete de tabaco? ¿Una botella de licor de arroz?
—Te la contaré si me prometes algo.
—Se lo prometo.
—¿Quieres saber de qué se trata?
—Siempre que no quiera que mate a alguien…
—¿Por qué iba a querer yo que mataras a nadie? —dijo Kwen—. Si quisiera, me las apañaría mucho mejor que tú. —Bashi se estremeció.
Kwen lo miró y se echó a reír—. No te preocupes, ¿por qué iba a querer matar a nadie? Bueno, este es el trato: sus padres me dieron dinero para comprar un ataúd y enterrarla, pero creo que con o sin ataúd el resultado va a ser el mismo, tanto para ella como para sus padres, para ti o para mí, así que no voy a molestarme en hacerlo.
—Es comprensible.
—Pero tienes que prometerme que no se lo dirás a nadie. No quiero que lo sepa la gente.
—Claro que no.
Kwen miró a Bashi.
—Si oigo algo, te retorceré el pescuezo, ¿entendido?
—Eh, no me asuste, no me gustan las bromas pesadas.
Kwen recogió una rama del suelo, gruesa como el brazo de un hombre, y la partió por la mitad con las manos.
—No bromeo —contestó mirando a Bashi muy serio.
—Lo juro: si le cuento a alguien el secreto de Kwen, tendré una muerte horrible —dijo Bashi—. ¿Me va a contar ahora la lección?
Kwen miró a Bashi largo rato antes de continuar.
—La lección es la siguiente: una cara bonita no vale para nada; lo importante para un hombre de verdad es la carne, y en esa parte todas las mujeres son iguales.
—¿Qué parte es esa?
Kwen negó con la cabeza.
—Creía que eras un chico listo.
—Pues dígamelo —dijo Bashi impacientándose.
—Ya te he contado suficiente, el resto tendrás que averiguarlo por ti mismo —contestó Kwen concentrándose de nuevo en los sacos.
En cuanto se hubo asegurado de que ambos estaban bien unidos y atados, cogió el cuerpo por un extremo y lo sopesó.
—Si no me lo explica, no le ayudaré con el cuerpo —dijo Bashi.
—Me parece bien.
—Me moriré si no me lo dice.
—Nadie se muere de curiosidad —respondió Kwen sonriendo.
—Entonces dejaré de ser su amigo.
—No sabía que lo fuéramos —respondió el viejo—. En fin, ¿por qué no te dedicas a lo tuyo y me dejas a mí seguir con lo mío?
Bashi suspiró, sin intención de dejar a Kwen.
—Solo estaba bromeando —dijo Bashi.
Cuando el joven vio que Kwen cogía uno de los extremos del cuerpo, él se hizo con el otro y alzaron el cadáver a la vez para ponérselo al hombro.
Pesaba más de lo que Bashi pensaba, por lo que a los pocos pasos empezó a jadear y tuvo que bajarlo. Kwen soltó el extremo que llevaba cogido y el cadáver cayó al suelo de un golpazo.
—Menudo alfeñique —exclamó Kwen—. ¿Qué harías con una mujer aunque la tuvieras?
A Bashi le costaba respirar, pero se inclinó para volver a cargarse el cuerpo al hombro. Antes de que Kwen pudiera atraparlo, el joven echó a andar con rapidez, tropezó con el tocón de un árbol y cayó al suelo, con el cadáver encima.
Kwen estalló en carcajadas mientras Bashi empujaba el cuerpo con fuerza para echarlo a un lado.
—Parecía pequeñita —dijo el joven masajeándose el pecho, que el cadáver le había golpeado con fuerza—, pero debe de pesar una tonelada.
—¿No sabías que cuando mueres pesas cien veces más?
—¿Cómo es posible? —preguntó Bashi.
Kwen se encogió de hombros.
—Cosas de la muerte, supongo.
Algunos conocían la sala donde se celebraba el ágape, la segunda planta del Triple Gozo, como el lugar donde se decidía el destino de muchos habitantes de Río Turbio, pero para la mayoría de la gente de la ciudad no era más que una sala con puertas dobles que jamás se abrían; lo que hubiera detrás de aquellas pesadas hojas quedaba fuera del alcance de sus exiguos salarios e imaginación. La planta baja, con diez mesas de madera pintadas de color rojo oscuro y unos bancos a juego, no era más que un restaurante cochambroso. La comida se pedía y se pagaba en una ventanilla donde una cajera malcarada aceptaba el dinero y arrojaba el cambio junto a un palillo de bambú, en el cual, de tan grasiento que estaba, apenas se distinguía el número grabado en uno de los lados. Más tarde alguien gritaba el número por una ventanilla igual de estrecha, donde los clientes debían acudir de inmediato a recoger las bandejas, antes de que los reprendieran por su lentitud. La comida nadaba en aceite, estaba muy especiada y tenía un precio abusivo, que era lo que se esperaba de un restaurante. Además de los representantes en viaje de negocios, a quienes acabarían reembolsándoles las dietas, solo aquellos que necesitaban quedar bien derrochando dinero —con la celebración de una boda para impresionar a la gente o una comida para deslumbrar a los parientes del pueblo— comían en el Triple Gozo.
Kai llegó al restaurante poco después de las doce. La planta baja estaba vacía, salvo por dos comerciales con sendas maletas de viaje a su lado, en el suelo. Cuando Kai entró los hombres levantaron la vista por encima de la nube de humo de los cigarrillos, y uno de ellos asintió con la cabeza, como
si la hubiera reconocido. Se los quedó mirando, pero hasta que intercambiaron una mirada entre ellos, Kai no se dio cuenta de que había posado la vista demasiado tiempo en los hombres. Se volvió hacia la escalera y subió a la sala de banquetes. Se preguntó si aquellos comerciales distraerían a sus esposas de regreso a casa con el relato de la ejecución o si, enterrada por otros recuerdos inservibles acumulados en sus viajes, la sacarían a relucir solo cuando necesitaran una historia con moraleja para reconvenir a un niño desobediente. La muerte de una extraña podía usarse para todo tipo de propósitos, solo hacía falta añadir o sustraer tiempo y espacio para convertirla en algo distinto. En una ocasión, Kai había cantado sobre el escenario que la sangre de un mártir alimentaría las azaleas que florecen en primavera y que sus pétalos serían rojos como el color de la revolución. La letra y la música habían inundado su corazón de una pasión tan arrolladora que el mundo terrenal le había parecido pequeño y temporal. Sin embargo, ¿qué otra cosa podría haber visto una niña de catorce años en la muerte sino un engañoso envoltorio de elevada belleza?
Kai había imaginado una escena distinta durante la ceremonia, su último encuentro con Shan: el discurso de Kai solo sería el preludio de lo que Shan tuviera que decir, y las palabras de ambas abrirían los ojos del público y cambiarían el curso de los acontecimientos. Sin embargo, lo que quedaba de Shan tras la rendición de su espíritu y antes de la ejecución de su cuerpo
—un sucio uniforme carcelario y unas cuerdas vocales cercenadas, una boca medio abierta y unos ojos inexpresivos, un cuerpo ingrávido sujetado por la policía— había asqueado a Kai. El discurso preparado, con sus palabras vacías, había sido aniquilado con facilidad por las consignas que habían llenado el estadio.
Un joven con un brazalete de guardia de seguridad abrió las puertas dobles para dejar entrar a Kai cuando esta se aproximó a la sala de banquetes. El aire, cálido y cargado de olor a fritanga, alcohol fuerte y humo de tabaco, le abofeteó la cara. Las esposas del alcalde y de otro funcionario la saludaron y la felicitaron por su excelente trabajo en el acto denunciatorio, y Kai se vio obligada a rechazar las alabanzas y a lamentar su incapacidad para cumplir con su tarea tan bien como hubiera deseado, pues la modestia era lo que se exigía en aquellas circunstancias. La conversación no tardó en derivar hacia otros temas. La esposa del alcalde,
cuya nuera ya había salido de cuentas, le preguntó sobre la inyección que le habían administrado después del parto para detener la subida de la leche.
Los padres de Han, como todos aquellos con quienes compartían estatus social, creían que la lactancia materna era un atraso en la crianza de un bebé. Kai, que ignoraba que así se había decidido, había aceptado la inyección que después la hizo llorar sobre un Ming-Ming envuelto en mantas. Kai contestó que no: no encontraba nada contraproducente en el tratamiento.
—Las mujeres jóvenes de tu generación sois unas privilegiadas —dijo una mujer de mediana edad, uniéndose a la conversación—. En nuestra época ni siquiera se hablaba de la leche en polvo.
—Ni de la leche fresca de vaca —añadió la suegra de Kai—. De verdad, las pataletas de Han bastaron para decidirme a no tener más hijos.
Las mujeres se echaron a reír y una de ellas felicitó a Kai por la suerte de haberse casado con el único hijo de los padres de Han antes de que se lo quitara otra mujer. Kai las escuchaba con una sonrisa ensayada, y asentía y contestaba cuando era necesario. Han le sonrió desde el otro extremo de la estancia antes de volverse para estirar el cuello y hacer una pequeña reverencia ante el alcalde, que hablaba y gesticulaba con un pequeño grupo de hombres. La mujer del alcalde insistía en el tema del parto y la madre de Han le propuso a Kai que hiciera una visita a la nuera del alcalde.
—No es que Kai sepa más sobre dar a luz que cualquiera de nosotras, pero como es de la edad de Susu, tendrán más cosas en común —dijo la madre de Han. Miró a Kai un segundo antes de volverse hacia la mujer del alcalde—. Además, estas jóvenes seguramente tendrán ganas de librarse de los consejos de unas viejas, para variar.
Kai pensó que Gu Shan podría haber sido fácilmente la nuera de cualquiera de aquellas mujeres e hizo lo que pudo para no perder el hilo de la conversación. Tal vez la inocente resolución de unos extraños había contribuido tanto a que Kai se sintiera desubicada en la vida como a su propia decisión de formar parte de la familia de Han. Si los jueces hubieran dado el premio a Gu Shan en vez de a Kai en el concurso de canto y baile de segundo curso, Shan habría sido la niña enviada a la escuela de teatro de la capital provincial. Todo habría sido diferente: Shan se habría convertido en la actriz principal, mientras Kai habría continuado siendo una chica
normal y corriente de Río Turbio. En ese caso, ¿habría conocido antes a Jialin? ¿Incluso antes de que cayera enfermo? Kai sintió que todo le daba vueltas de solo pensarlo e intentó controlar la voz mientras charlaba con la esposa del alcalde sobre el plato —pollo a las tres tazas— que la madre de Han le había enseñado a preparar. La suegra de Kai le comentó a la esposa del alcalde que era el plato preferido de Han, y la joven apostilló que cuando lo preparaba ella misma no tenía tanto éxito. El comentario se ganó las sonrisas de aprobación de las señoras mayores del corrillo.
Hacía muchos años que Kai no veía a Gu Shan. Habían sido compañeras de clase en primero, pero Kai había olvidado qué aspecto tenía Shan a esa edad; en cambio, recordaba a la perfección a sus padres: al maestro Gu, que había sido el profesor de ambas ese año, y a la señora Gu, a quien Kai solo había visto una vez en un festival del colegio, en el que la señora Gu había destacado por encima del resto de las madres. Kai recordaba que ya en primero envidiaba a Shan, no solo porque su padre fuera el profesor, sino también por la belleza de su madre, que el día de dicho festival se había puesto una blusa de seda debajo de la sosa chaqueta mao gris. La tela de color rojo granada asomaba por los puños y el cuello.
Un pasador de plástico, de un color similar, le adornaba el suave y oscuro cabello, cuya longitud excedía en unos centímetros el largo permitido para una mujer casada. Fue el porte de la señora Gu lo que Kai trató de imitar cuando, con catorce años, interpretó a una joven madre que había renunciado a su recién nacido para salvar al hijo de un alto cargo del Partido Comunista. Con la espalda bien recta, había apretado el muñeco de plástico contra su pecho mientras arrojaban al río del escenario otro muñeco, envuelto en un trozo de tela de estampado azul. La balada que sonaba tras el ahogamiento fue la canción preferida de Kai durante su etapa de actriz, la canción de cuna que una madre cantaba a un hijo que jamás volvería a ver la luz del día.
La última vez que Kai y Shan se vieron fue en el otoño de 1966. Shan era la cabecilla de una facción local de los Guardias Rojos y, cuando Kai abandonó la capital provincial y regresó a Río Turbio con la compañía teatral de la Guardia Roja, ambos grupos se enfrentaron en un duelo de canto y baile en la plaza del centro. Ahora, la pugna por convertirse en los adeptos más fieles a Mao y la animadversión que se desprendía de dicha
rivalidad le parecían absurdas, pero Kai recordaba aquel otoño como el principio de su vida de adulta y a veces se le ocurría que Shan debía de compartir los mismos recuerdos que ella: el sol de septiembre cegándolas sobre el escenario improvisado, los peones de una cuadrilla de obras que golpeaban el suelo con sus palas al compás de la música, los ancianos y los niños pequeños que se congregaban con gran interés para verlos y aquel chico desgarbado, que no parecía mucho mayor que Kai o Shan, apartado de la multitud, que esbozaba una sonrisa de soslayo, como si fuera el único al que no impresionaba la actuación de ambos grupos.
El chico, con un abuelo y dos tíos en el ejército nacionalista que habían luchado contra el comunismo en la guerra civil, había quedado marginado de todas las facciones de los Guardias Rojos de la ciudad. Dos años después, a Kai le llegó desde Río Turbio la noticia de que habían encarcelado a Shan, acusada de ser una criminal que trabajaba contra la Revolución Cultural. El joven desgarbado, que por entonces era su novio, había entregado al gobierno las cartas de la chica a cambio de que le concedieran la oportunidad de entrar en el ejército. Kai se preguntó si, de haberse quedado en Río Turbio, se habría enamorado de aquella sonrisa falsa.
El alcalde pidió a los invitados que tomaran asiento en las dos mesas, donde les esperaban humeantes cuencos de sopa y fuentes llenas de comida. Se inició una pantomima de humildad y reverencias al tiempo que la gente se empujaba con delicadeza alrededor de la mesa, declinando los asientos más privilegiados, los próximos al alcalde y su mujer. Hasta que el acto fue interpretado en su totalidad, el alcalde no anunció que se tomaría la libertad de asignar los asientos por el bien del estómago rugiente de todos. Los invitados se sentaron y se dispusieron a disfrutar del banquete.
Nini no volvió a casa después de ir al mercado por la tarde, sino que atravesó media ciudad renqueando, con la cesta medio llena de hojas de verduras mustias al hombro, hasta llegar a la orilla. El sol, un disco pálido y frío, había dejado atrás los nubarrones y había recorrido la mitad de su viaje hacia el oeste. No había coincidido con Bashi de vuelta del estadio, ni
en el mercado, donde recordaba haberlo visto a veces. Se preguntó si seguiría esperándola junto al sauce —Bashi parecía de los que la esperarían
— y decidió ir a buscarlo. Sus hermanas ya se habrían despertado de la siesta cuando volviera a casa, pero había echado la llave de la puerta desde fuera y la única ventana estaba cerrada herméticamente. Ya podían llorar todo lo que quisieran: no le importaba mientras no tuviera que oírlas.
Nini se puso a pensar en su futuro mientras avanzaba por la orilla del río. Su madre se refería a todas sus hijas como sacos de deudas y a menudo decía que no veía el momento de casarlas. Más les valía aprender a portarse bien para que sus suegras no tuvieran que darles una paliza hasta dejarlas medio muertas cuando se trasladaran a las casas de sus maridos. Les dejaba bien claro que si ofendían a la familia política, ya podían prepararse para el castigo y olvidarse de que sus padres acudieran en su auxilio. Sin embargo, aquellas advertencias nunca iban dirigidas a Nini. Todos daban por sentado que Nini, el peor saco de deudas de las seis, seguiría siendo una carga para sus padres. Nadie acudiría jamás con una propuesta de matrimonio para ella. La madre de Nini decía que era una lástima no tener un hijo, y una nuera, para que se encargara de sus exequias cuando partieran al otro mundo; entonces Nini comprendía que a su madre le interesaba más tener una nuera que seis hijas. Sin un varón, Nini, la hija incasable, tendría que ocuparse de sus padres el resto de sus vidas.
Hasta esa misma mañana siempre había deseado ser hija de los Gu.
Había llegado a adorar al maestro y a la señora Gu, a sus voces amables cuando la llamaban y a su tranquilo hogar, donde abundaba la comida caliente. El deseo se había convertido en un sueño, que a veces duraba horas o días, en el cual se imaginaba viviendo con los Gu. Habría malentendidos entre sus nuevos padres y ella —un cuenco de porcelana hecho añicos al resbalársele de la mano mala, una billetera perdida que el maestro Gu no encontraba o una comida quemada que Nini había olvidado atender—, pero ellos jamás le hablarían con dureza ni la mirarían con recelo. Sabían que era inocente, sabían que siempre se esforzaba cuanto podía; sin embargo, a Nini la sola idea de defraudar al maestro o a la señora Gu conseguiría arrancarle algunas lágrimas. Nini se pellizcaría o se mordería las partes inútiles del cuerpo cuando no la mirasen, pero tarde o temprano ellos descubrirían las señales y los moratones y aquello les
dolería más de lo que le había dolido a ella. La señora Gu le suplicaría que no volviera a hacerlo. El maestro Gu suspiraría y se frotaría las manos con impotencia. Entonces Nini se abriría paso entre ellos y se pellizcaría y se mordería con más fuerza porque no merecía su amor. ¿No sabían que era tan fea que estaría mejor muerta?, les gritaría. Luego volvería a autolesionarse porque se merecía el castigo, por haber gritado a las dos personas a las que más quería.
Entonces llegaba el momento en que, con palabras amables pero firmes, la señora y el maestro Gu le prohibían volver a hacerse daño. Le decían que no era fea y la abrazaban cuando ella no se resistía. Le decían que la querían y que para ellos era tan valiosa como un diamante. Ella no les creía, pero ellos se lo repetían una y otra vez hasta que ella cedía y se echaba a llorar. Nini había aprendido a alargar cada vez más las historias, hasta tal punto que se le hacía insoportable la espera de ese momento definitivo en que las dos personas que la apreciaban tanto como a sus propias vidas calmaban su soledad y su hambre. Cuando llegaba ese instante —podía ocurrir en cualquier parte a cualquier hora, de camino al mercado o a la estación, o cuando estaba dándole unas palmaditas al bebé para que se durmiera, o mientras preparaba la cena—, Nini aguantaba la respiración hasta que estaba a punto de asfixiarse. Luego su corazón latía con más fuerza y sentía una placentera debilidad en las piernas a causa del aturdimiento.
A continuación, e invariablemente, un guardia con un brazalete rojo que le gritaba en la cara, un manotazo de su madre en el hombro o un insulto de una de sus hermanas la despertaban de su sueño; y entonces se daba a otras ensoñaciones y evocaba otras vidas en las que también era hija de los Gu. A veces sus padres habían muerto y ella estaba a punto de ser enviada a un orfanato junto a sus hermanas cuando el maestro y la señora Gu acudían a rescatarlas. Otras veces, los padres de Nini la echaban de casa a patadas y los Gu, tras oír que alguien llamaba a la puerta, respondían y la arrancaban de la oscura y fría calle para hacerla entrar en su cálido hogar.
Le decían que llevaban esperando aquel momento tanto tiempo como ella y le aseguraban que todo iba a salir bien. En otro de los sueños de Nini, su madre le pegaba hasta dejarla inconsciente y al despertarse se encontraba
en los brazos de la señora Gu, cuyos ojos estaban anegados de lágrimas agradecidas porque Nini seguía viva.
¿Qué sentido tenía su vida, ahora que sabía que el maestro y la señora Gu nunca serían los padres amantísimos con los que soñaba? En sus fantasías, ellos jamás le volvían la espalda.
—Vaya, vaya, ¿por qué estás tan triste? ¿Ya me echabas de menos?
Nini alzó la vista y vio a Bashi dándole vueltas en la mano a un gorro de piel de borrego como si fuera un mago y con la frente brillante por el sudor. Ella respiró hondo y miró a su alrededor. Se encontraba a medio camino del bosque de abedules y la nieve del río helado estaba sucia. Se pasó la lengua por el interior de la mejilla y saboreó la sangre, pues se había mordido con fuerza.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó la niña, sorbiéndose la nariz.
—Estoy esperándote, ¿recuerdas? Desde esta mañana. —Bashi hizo un gesto exagerado señalándose dos veces la muñeca, aunque no llevaba reloj
—. Pero no has aparecido.
—Mi madre me envió al acto denunciatorio.
—¿Has visto a la mujer?
—No.
—Pues claro que no, porque no perteneces a ninguna unidad de producción —dijo Bashi. Se acercó a ella y le puso el gorro en la cabeza.
Le iba demasiado grande. Bashi intentó colocárselo bien, pero seguía encajado hasta las cejas—. Pareces una niña soldado de una película —
comentó Bashi.
—¿Qué película?
—No sé. En todas las películas sale una niña soldado. Las guerrillas, La historia de un corazón rojo, Los pioneros. ¿Las has visto?
Nini negó con la cabeza. Bashi chascó con la lengua, sorprendido.
—Un día de estos te llevaré a ver una película.
Nini nunca había estado en un cine. De vez en cuando, sus padres iban a ver una película con sus unidades de producción, y también sus dos hermanas, con el colegio. En verano colocaban una pantalla blanca en un prado junto al río Turbio y proyectaban una película cada semana, pero a Nini siempre la dejaban en casa con el bebé. Se quedaban en el patio todo
lo que podían, escuchando la música apagada procedente del río hasta que aparecían los enjambres de mosquitos y empezaban a zumbar a su alrededor.
Bashi la miró atentamente.
—Vaya, ¿no quieres ir a ver una película conmigo?
—¿Me darías el carbón igualmente, aunque me llevaras al cine? —
preguntó Nini.
—¿Carbón? Sí, cuando quieras —contestó Bashi, rodeándole los hombros con un brazo. Cogida por sorpresa, Nini intentó zafarse con disimulo y el joven la soltó, riéndose a carcajadas—. Vamos a buscar un tronco donde sentarnos —propuso señalándole el camino. Nini intentó seguir el paso de Bashi y, cuando este se dio cuenta, acortó la zancada—.
¿Sabes a quién he visto hoy? —preguntó.
—No.
—¿Quieres saberlo?
Nini vaciló y respondió que sí.
—He visto a la contrarrevolucionaria.
La niña se detuvo.
—¿Dónde está?
—Ahora está muerta.
—¿La has visto viva?
—Ojalá. No, ya estaba muerta —contestó Bashi, y dobló con suavidad el brazo izquierdo de Nini detrás de su espalda—. Le habían atado los brazos así, para que el dedo medio apuntara al corazón. Y ¡pum! —
exclamó Bashi apretando el dedo índice en la espalda de Nini.
La niña se estremeció. Retiró el brazo y escondió la mano mala en la manga.
—¿Dónde está ahora? —preguntó Nini.
—¿Por qué?
—Quiero verla.
—Todo el mundo quiere verla, pero, créeme, no hay nada que ver. Está más muerta que un leño. De hecho, pesa más que un leño. ¿Sabes por qué lo sé?
—No.
—Porque he ayudado a un hombre a sacar el cuerpo de la isla. Y pesa lo suyo, créeme.
—¿La tiene el hombre?
—Está cavándole una tumba.
—¿Dónde?
—Al otro lado del bosque. Es un señor trabajo cavar un hoyo ahora. No deberían ejecutar a nadie en esta época: en verano sería mucho más fácil para todos. Le he dicho al hombre que no malgastara el tiempo, que el viejo Hua y su mujer nunca cavarían un hoyo en invierno, pero me ha contestado que él se encargaría del cuerpo y que me fuera a casa. Evidentemente no he querido quedarme a ver cómo se deslomaba el pobre hombre. Podríamos ir mañana por la mañana, quizá entonces ya habrá abierto un agujero del tamaño de un tazón.
—¿Podemos ir ahora?
—¿Por qué?
—Quiero verla.
—Pero si no hay nada que ver. Está metida en un par de sacos.
Nini miró en dirección al bosque. La estufa se habría apagado cuando llegara a casa y tardaría quince minutos en encender el fuego, con lo que se retrasaría la cena. Su madre le daría un buen capón. Bashi podía cambiar de opinión y no darle carbón. Sin embargo, apartó la mano del joven y echó a andar hacia el bosque.
—Eh, ¿adónde vas?
—Quiero ver el cuerpo.
—No me dejes aquí. Voy contigo —dijo Bashi volviendo a colocar la mano en el hombro de Nini—. Verás, el tipo que está enterrándola no es un hombre muy agradable, pero es amigo mío. Pídele lo que quieras, que lo hará.
—¿Por qué? —preguntó Nini.
—Tonta, porque eres mi amiga, ¿no?
El viento arreció después de la puesta de sol y en ese momento Bashi cayó en la cuenta de que Nini se había dejado el gorro puesto en la cabeza.
Se rió entre dientes al recordar la carita seria de la niña, que apenas sonreía, pero sus ojos, incluso el malo, el que parecía caído, se abrían atentos cuando le hablaba. Ignoraba qué sabría Nini de las normas de comportamiento entre chicos y chicas, o hasta qué punto estaría enterada de la reputación del joven, pues la niña no había dicho nada cuando él le había puesto una mano en el hombro.
Antes de despedirse, Bashi le había pedido que volvieran a verse al día siguiente y ella ni había accedido ni se había negado. El joven supuso que el viejo cabrón de Kwen debía de haber aterrorizado a la pobre. Recogió una piedra del suelo. Ya era la hora de cenar y la calle estaba desierta salvo por lo que quedaba de los carteles, barridos y arremolinados por el viento.
Bashi miró a su alrededor y, en cuanto estuvo seguro de que no había nadie a la vista, apuntó con la piedra a la farola más próxima. Necesitó tres intentos para romper la bombilla.
Kwen no se había comportado precisamente como un amigo cuando Bashi y Nini lo encontraron. Les había llevado un buen rato dar con él y hasta que Bashi vio el rastro dejado por el cuerpo sobre la hojarasca no comprendió que Kwen se había llevado el cadáver más lejos, a otra parte del bosque. El viejo estaba cargando y haciendo rodar una gran roca hacia el cuerpo, medio cubierto por piedras de distintos tamaños. Cuando se acercaron a él, Kwen les dijo que era poco realista por parte de los padres esperar que la enterrara bajo tierra con aquel tiempo.
—Mire que se lo había dicho —comentó Bashi.
—¿Por qué no estás calladito para variar? —contestó Kwen.
Aquella no era forma de hablarle a un amigo, sobre todo delante de su nueva compañía, pero Bashi intentó no replicar.
—Si le preocupan los perros salvajes, podría cubrir el cuerpo con unas ramas pesadas. Es lo que hace el viejo Hua —dijo Bashi—. Así no tendría que mover todas esas piedras.
—Creía que eras un tipo listo que sabía cuándo no debía meterse en los asuntos de los demás.
—Solo era un consejo de amigo —replicó Bashi.
Kwen lo fulminó con la mirada.
—Agradecería que me dejarais solo.
—No se preocupe, su secreto está a salvo conmigo —aseguró Bashi pasándose los dedos por los labios e imitando el sonido de una cremallera.
Se acercó a Kwen—. Pero a mi amiga le gustaría echarle un vistazo al cadáver.
—¿Por qué?
—¿Quién no querría verlo?
Kwen negó con la cabeza y dijo que no era posible.
—Vamos —insistió Bashi, dándole unas palmaditas en el hombro, como había visto hacer a otros hombres—. La chica solo quiere echarle una ojeada, no le hace daño a nadie. Yo apartaré las piedras y volveré a colocarlas, y usted puede quedarse aquí para supervisarnos. No tardaremos más de un minuto.
Kwen apartó la mano de Bashi con brusquedad y el joven le hizo un mohín a Nini, como queriendo darle a entender que la rudeza era normal entre hombres. Bashi le preguntó al viejo en voz baja si no quería ayudar a un amigo a impresionar a su chica. Le susurró que solo era una niña a la que nadie prestaba atención, que por qué no iban a hacerla feliz por un día.
Kwen negó con la cabeza y cuando Bashi volvió a la carga e insistió en que él mismo abriría el saco, el viejo le dirigió una mirada cortante.
—Será mejor que os vayáis antes de que se me acabe la paciencia.
—Pero ¿qué le pasa? —preguntó Bashi—. Es el cuerpo de una contrarrevolucionaria, no el de su madre.
Kwen le dijo a Bashi que cerrara la boca y soltó un taco. El joven no daba crédito. Creía que Kwen lo apreciaba, no hacía ni una hora que el hombre le había estado contando historias. Nini los miraba con atención y Bashi se sintió dolido al ver los ojos impasibles de la niña clavados en su rostro, encendido y seguramente rojo como un tomate.
—Váyase a la mierda —le dijo Bashi a Kwen—. A la mierda sus hermanas, su madre, sus tías, sus abuelas y todas las antepasadas que estén bajo tierra.
Antes de que Bashi tuviera tiempo de reaccionar, Kwen le puso un largo cuchillo en el cuello y apretó la fría hoja contra su piel. Con voz gélida, el hombre le dijo que se arrodillara.
Durante los siguientes cinco minutos, Bashi hizo todo lo que Kwen le ordenó. Se insultó de todas las maneras posibles, se abofeteó a sí mismo y le suplicó que lo perdonara. El viejo lo miraba, sonriente.
—Eres un inútil, Bashi, ¿lo sabías?
—Sí, por supuesto —contestó el joven.
Entonces Bashi se fijó en una mancha sospechosa en la entrepierna de Kwen, cerca de la bragueta, de un color gris claro que contrastaba con el tono oscuro de la pana del mono de trabajo. Bashi se acercó como si quisiera tocar los pies de Kwen con la cabeza y volvió a mirarla de soslayo.
Kwen podría darle cien explicaciones para aquella mancha, pero Bashi no se creería ni una.
Ya era de noche cuando Bashi y Nini regresaron a la ciudad. La niña parecía nerviosa y no le contestó cuando el joven le propuso volverse a ver al día siguiente. Nini le dijo que llegaba tarde y apretó el paso con todas sus fuerzas. Bashi supuso que sus padres se enfadarían con ella, pero decidió no preguntarle por el castigo que iban a imponerle. Ya tenía suficiente de lo que preocuparse y prefería no cargar además con los problemas de la niña.
Rompió otra bombilla a una manzana de allí y envió los trozos a la cuneta de una patada.
—¡Violador de cadáveres!
El joven se preguntó qué más sería capaz de hacer un hombre así. La gente de la ciudad necesitaba alguien que velara por ellos. Decidió volver y descubrir por qué Kwen había protegido el cuerpo tan tercamente para que no se acercaran, pero antes tendría que averiguar el paradero del hombre.
Piensa cómo lo haría un buen detective, se animó. Se encaminó en silencio a la casucha de Kwen y se acercó a la valla de cara al viento, para que el perro no lo oliera. Cuando estaba a unos veinte metros, lanzó una piedra hacia la casa. El perro negro empezó a ladrar y se abalanzó sobre el enemigo invisible. Bashi corrió hacia un callejón lateral y oyó gritar a Kwen en la casucha. Al cabo de unos minutos, el hombre salió de la vivienda y se fue hacia la planta eléctrica para cubrir el turno de noche. El joven pensó que ya tenía el camino despejado. ¿Quién habría imaginado que él, Bashi, el hombre a quien todo el mundo tomaba por imbécil, sería el encargado de velar por la seguridad de la ciudad aquella negra noche? Se
frotó las orejas enérgicamente y se arrepintió de no haberse acordado de recuperar el gorro.
A trompicones y en medio de la oscuridad, a Bashi le costó bastante encontrar el lugar. Hizo una lista mental de los utensilios que tendría que comprar al día siguiente: una buena navaja; una linterna, alargada y fina, como las que llevaban los guardias de seguridad; una libreta y un bolígrafo del mismo color; unos guantes; una lupa y algunas otras cosas que suponía que necesitaba un detective. Era demasiado tarde para ir a buscarlas ahora, pero al menos la luz de la luna sobre la nieve y el reflejo de unas pálidas estrellas facilitaban mínimamente la búsqueda. Bashi rebuscó en el bolsillo y encontró media caja de cerillas. Encendió una para asegurarse de que estaba en el sitio correcto y luego empezó a trabajar en la penumbra. Las piedras eran pesadas y tenía que descansar de vez en cuando. Debía admitir que el cabrón de Kwen era un hombre fuerte para su edad.
Bashi apartó las más grandes y luego intentó desatar las cuerdas de los sacos, pero sus dedos, demasiado cansados, no pudieron acabar la tarea. Se inclinó y las cortó con los dientes. Cuando consiguió apartar el saco de loneta, la mano tocó algo duro y frío, no el uniforme carcelario rasgado que había visto antes, sino el cuerpo helado de la mujer. Sobresaltado, se le escapó un grito, y luego se rió de sí mismo.
—Será mejor que a partir de ahora te acostumbres a esto —se dijo en voz baja.
El cuerpo, completamente al descubierto, tenía un aspecto inquietante bajo aquella luz tan tenue. La vieja toalla de Kwen seguía alrededor de la cabeza de la mujer y Bashi pensó que lo mejor sería dejarla donde estaba.
—Lo siento, señorita, no es mi intención volver a molestarla —se disculpó—, solo estoy haciendo mi trabajo. También es por su bien.
Encendió otra cerilla y se agachó para examinar el cadáver, pero tardó un buen rato en comprender lo que estaba viendo. La mano empezó a temblarle con brusquedad y la cerilla cayó a la nieve, donde siseó un segundo antes de apagarse. Bashi se sentó, jadeante; las piernas le flaqueaban demasiado para soportar la carga de lo que había descubierto.
Al cabo de un rato, encendió otra cerilla y volvió a mirar. No se había equivocado: a la mujer le habían mutilado los pechos, y el tronco, con el tajo de la operación de trasplante y los cortes que Kwen le había hecho por
todas partes; era un amasijo de carne expuesta de color rojo oscuro, gris y blanco. La misma carnicería se extendía hasta la entrepierna.
Bashi se quemó el dedo con la cerilla; la sacudió y la arrojó. Se medio agachó junto al cuerpo y le vinieron arcadas. Había sido un día muy largo y ya no tenía nada que vomitar. Aun así, siguió tosiendo y sintiendo náuseas hasta que la cara se le llenó de lágrimas y empezó a resbalarle la bilis por la barbilla. Cuando por fin consiguió serenarse, cogió un poco de nieve para limpiarse la cara. Envolvió el cuerpo en los sacos de loneta e intentó volver a colocar las piedras encima, pero los brazos y las piernas le temblaban demasiado. Esparció ramas de árboles y hierba seca sobre el cadáver y cuando consideró que quedaba suficientemente disimulado, se sentó, jadeante, y se echó a llorar.
El camino de vuelta fue agotador. A unas manzanas de su casa, Bashi vio al perro, Oreja, que pasaba corriendo por su lado. Lo llamó e intentó reunir sus últimas energías para patearlo. El perro soltó un gañido y se alejó deprisa tras dejar caer algo en la calzada.
Bashi lo recogió. Era una zapatilla de mujer, con la suela agujereada de tanto usarla. Bashi apuntó a un cubo de basura, pero erró el tiro.
—Este mundo está yéndose al carajo —dijo Bashi, sin dirigirse a nadie en concreto.
El viento aulló toda la noche; sacudió ventanas, arrancó tejas sueltas de los tejados y las lanzó a los patios y los callejones vacíos. El perro negro de Kwen, atado a su poste, lloriqueaba y se estremecía a pesar de lo poco que le importaba su sufrimiento al mundo entero, y mucho menos a su amo, que dormitaba en el pequeño cubículo de portero con una botella vacía en el suelo, junto a sus pies.
En otro lugar, la señora Hua tomaba a sorbos el licor de arroz que su marido le había servido en una taza desconchada para mitigar el dolor palpitante de la palma de la mano y escuchaba el silbido del viento entre los árboles del bosque. El viejo Hua y su esposa habían estado ordenando botellas y papel toda la tarde y la noche, y justo al final, ensimismada en sus ensoñaciones, la señora Hua se había hecho un tajo en la palma de la
mano con una botella rota. No sangró demasiado; su ajado cuerpo poco tenía que ofrecer. Su marido le limpió la herida con agua salada y luego le sirvió una taza de licor de arroz. No solían probar el alcohol, pero siempre tenían una botella guardada, junto al yodo y los jirones de tela que lavaban y hervían. Era todo el botiquín que podían permitirse. En una ocasión que el viejo Hua había tenido que curarse la gangrena de la pierna él solo, se había bebido la mitad de un trago y luego había derramado la otra mitad en el corte.
El anciano se sentó en una silla y le preguntó cómo tenía la mano.
Salvo que fuera necesario, no encendían la lámpara de queroseno, por lo que ella le contestó a oscuras que no había de qué preocuparse. Él asintió con la cabeza y se quedó callado un rato, mientras ella entraba en calor gracias al fuerte licor.
—Esplendor Matinal —dijo la señora Hua, el nombre de su primera hija, y le preguntó si le apetecía hablar de ella.
Habían encontrado al bebé al alba, un verano, cuando el esplendor de la mañana —con sus rosas, azules, blancos y violetas— reclamaba los bosques a las afueras del pueblo montañés que los Hua habían cruzado como mendigos. El rocío había empapado los harapos que envolvían a la criatura, que tenía fría al tacto la carita gris azulada. Al principio la señora Hua pensó que se trataba de otra de esas niñas que morían sin haber disfrutado ni de un día de vida, pero su marido se fijó en que la pequeña movía los labios, como si succionara.
El viejo Hua encendió la pipa e inhaló el humo. La punta de color ambarino parpadeó, la única luz de la habitación. El hombre, impulsado por la resignación más que por las ganas de llevarle la contraria, le preguntó qué había que hablar. Esa misma tarde, mientras ordenaban, ella le había dicho al viejo Hua que ya era hora de que empezaran a contarse las historias de sus siete hijas, antes de que la edad borrara sus recuerdos. Los Hua no sabían ni leer ni escribir y la anciana se había sentido muy frustrada al intercambiar en sus sueños el rostro de una de las niñas por el de otra.
La mujer dijo que podían empezar con Esplendor Matinal, pero se quedó momentáneamente desconcertada. ¿Empezar por dónde? ¿Por cuando habían recogido el bulto del suelo o cuando su pobre madre la había sacado a hurtadillas del pueblo antes del alba? La señora Hua y su
marido habían buscado cualquier cosa que hubieran podido dejar los padres
—un nombre, una fecha de nacimiento o un mensaje que quizá alguien les leería después—, pero los harapos que envolvían al bebé, hechos con jirones de sábanas viejas y camisetas muy gastadas, habían sido lo bastante elocuentes acerca de la razón de su abandono.
—Era la más guapa —comentó el viejo Hua, y su esposa pensó que el hombre era tan parcial como cualquier padre, pero no le dijo nada.
Esplendor Matinal tenía diecisiete años cuando los Hua se vieron obligados a entregar a las niñas. A esa edad era lo bastante mayor para contraer matrimonio; sin embargo, cuando encontraron a una familia dispuesta a acogerla como niña esposa para uno de los hijos mayores, obligaron a dicha familia a jurar que esperarían a que Esplendor Matinal cumpliera los dieciocho antes de permitir que el marido la tocara. La señora Hua se preguntó en voz alta hasta qué punto aquella familia habría cumplido sus promesas. También tenían hijas y, como padres de chicas, lo habrían comprendido.
El viejo Hua asintió con la cabeza. Podría haber dicho que a aquellas alturas ya no importaba, así que la mujer se alegró de que se limitara a fumar en silencio y a escucharla.
—Le gustaba el vinagre —continuó la señora Hua.
El viejo Hua negó con la cabeza, como si no confiara en la memoria de su esposa, pero ella sabía que no se equivocaba. Un día, una de las pequeñas volcó la vinagrera y Esplendor Matinal se había echado a llorar.
Tenía siete u ocho años, edad suficiente para no llorar por algo así; la señora Hua recordaba que luego la sorprendió masticando tallos de trébol por su jugo ácido y que pensó que eso era una de esas cosas que solo los padres biológicos podían entender. La señora Hua se preguntó si a Esplendor Matinal se le antojarían cosas extrañas durante sus embarazos.
La anciana no había podido engendrar hijos y siempre le interesaban las historias que oía sobre los antojos de las embarazadas.
—¿Cuántos años tiene Esplendor Matinal? —preguntó de pronto la señora Hua.
El viejo Hua meditó unos instantes y contestó que ahora debía de tener cuarenta y uno o cuarenta y dos años.
La señora Hua los contó, pero el alcohol le impedía concentrarse. De mediana edad y con una caterva de niños, pensó. Se preguntó qué tipo de madre sería Esplendor Matinal. Siempre se había mostrado muy cariñosa con los gatos callejeros y los pájaros heridos, y la anciana recordó que su marido había dicho una vez que, de las siete, era la que tenía el corazón más grande, tanto como el de Buda. La señora Hua recordaba haber contestado entonces que tener un corazón de oro le complicaría la vida, aunque tal vez hacía tiempo que una casa llena de niños a quienes alimentar y de parientes a quienes complacer se lo habría endurecido.
Cayó la noche y la señora Hua sirvió una taza de licor para su marido y otra para ella. El anciano dijo que, si pudieran permitírselo, el alcohol sería el mejor remedio; sin embargo, de poco había servido para cerrar las heridas abiertas por la pérdida de sus hijas, pensó la señora Hua. Sin darse cuenta, las lágrimas le bañaron el rostro. Al oír que se sorbía la nariz, el viejo Hua le preguntó si estaba bien, y ella contestó que eran los efectos del alcohol y el viento que aullaba fuera.
No eran las únicas almas inquietas. Una celadora de la cárcel, de baja los dos próximos días tras alegar que sufría un pequeño resfriado, se despertó de un sueño irregular y boqueó en busca de aire; su marido, medio dormido, le preguntó si estaba bien.
—Una pesadilla tonta —contestó ella, sabiendo muy bien que no debía contarle que aquella mañana se había desmayado en el trabajo, cuando el director había ordenado que le cercenaran las cuerdas vocales a Gu Shan para que no pudiera gritar consignas contrarrevolucionarias en el último momento. La mujer fue uno los cuatro guardias designados para sujetar a la presa durante el procedimiento, pero el asunto no había sido fácil, como habían prometido el director y el médico. La presa luchó con una fuerza que nadie imaginaba posible en un cuerpo tan enjuto, y la celadora, que siempre había desempeñado su trabajo con nervios de acero, cayó de espaldas y se golpeó la cabeza contra el duro suelo antes de que el médico terminara la operación.
En otra casa, un viejo ordenanza de la comisaría era incapaz de dormir.
—Puedes creerme —le insistió a su mujer; ella le contestó que no quería que le recordaran otra vez lo del cubo de sangre que el hombre había tenido que retirar del jeep de la policía que había transportado a la presa—.
Pero es que no era normal —volvió a la carga—, puedes creerme, fue espantoso tener que limpiar tanta sangre.
¿Qué le habrían hecho? ¿Por qué no habían podido esperar a llegar a la isla para acabar con ella? Le lanzaba una pregunta tras otra a su mujer, que ya no lo escuchaba. Tras esperar unas respuestas que su esposa no iba a darle, el hombre pensó con tristeza que estaba haciéndose viejo. Había luchado en la guerra contra los japoneses cuando apenas era un niño y había visto muchos cadáveres, pero ahora no podía dormir por culpa de un cubo de sangre de una mujer que ya no vivía. El anciano pensó que la historia haría reír a sus viejos amigos del ejército en la próxima reunión, y entonces cayó en la cuenta de que era el único que todavía no había dado parte en el otro mundo.
De todos modos, la mujer tenía que morir, no dejaba de repetirse uno de los dos cirujanos que habían operado a Gu Shan, así que al fin y al cabo no importaba que hubieran cambiado el protocolo porque el paciente no era partidario de recibir algo de un cadáver y había insistido en que le quitaran los riñones a la presa mientras todavía estaba viva. No era la operación más cuestionable que había realizado, pero sí la que lo convertiría en jefe del Departamento de Cirugía y concedería a su mujer el puesto de jefa de enfermeras de medicina interna, aunque ella todavía no sabía nada de su ascenso. La noticia le daría una gran alegría. También ayudaría a sus hijas gemelas, unas señoritas de catorce años y medio que estaban convirtiéndose en unas jóvenes bellezas, a conseguir la recomendación del consistorio municipal para poder ir a un instituto de élite en la capital provincial. El hombre pensó en su esposa y en sus hijas; todas conciliaban el sueño sin problemas, de inmediato, libres del asedio de la muerte y la sangre. Era él quien llevaba la carga sobre los hombros, el hombre de la casa, y le resultaba difícil no pensar en el día que ya no pudiera protegerlas, sobre todo a sus hijas, de la atrocidad de un mundo del que ahora estaban enamoradas, como retoños que todavía eran. Y entonces, ¿qué?, se preguntó, sabedor de sus limitaciones como hombre atrapado entre el sentido práctico y la conciencia. Al final tuvo que convencerse de que había escogido lo mejor para su familia. El sueño que tanto necesitaba lo arrolló como la marea y lo arrancó de la orilla.
En un hospital militar, a más de cien kilómetros de allí, el medicamento goteaba en la vena de un anciano. El hombre estaba rodeado de gente que se felicitaba por el éxito de la operación de trasplante. Y en Río Turbio, en un hospital ocupado por muchos más pacientes y menos médicos y enfermeras, esperaba sentada la señora Gu, adormilada con el goteo de la solución salina en el brazo de su marido. De vez en cuando se despertaba y contemplaba el rostro de su esposo, consumido y repentinamente demasiado envejecido para reconocerlo.
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