Las puertas del paraiso

Yiyun Li · Capítulo 10 de 14 · parte 1/3

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Las puertas del paraiso

Capítulo 8

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Un carpintero de mediana edad y su aprendiz, ambos en camiseta y cubiertos de serrín y sudor, movieron el caballete para que Kai pudiera entrar en su piso. El pasillo común de las cuatro familias de la planta baja había sido convertido en un taller temporal y, por pura curiosidad, Kai preguntó para qué familia estaban trabajando. Sin embargo, la inocente pregunta pareció azorar de inmediato a ambos hombres, que intercambiaron una mirada. El mayor agachó la cabeza y el joven aprendiz contestó que el consistorio municipal les había encargado un cometido político.

Kai se extrañó, pero antes de poder preguntar nada más, se abrió la puerta de su piso y Han le sonrió misteriosamente. Le dijo que tenía una sorpresa para ella y le pidió que cerrara los ojos. El carpintero joven los miró con tímida curiosidad y Han le dijo al chico que siguiera trabajando.

Luego tiró de Kai para que entrara de una vez. Ella preguntó de qué se trataba, pero su marido insistió en que mantuviera los ojos cerrados. La joven suspiró y dejó que la cogiera de la mano y la condujera hasta el comedor. Cuando su marido le dijo que ya podía mirar, vio una enorme caja de cartón en medio de la estancia, con el dibujo de un televisor impreso en color azul.

—¿Cuándo has salido de la ciudad? —quiso saber Kai.

El único sitio donde podía comprarse un televisor, y con un permiso especial, era la capital de la provincia y, aunque Han hacía días que hablaba de comprar uno, Kai creía que tardaría semanas en conseguir que le concedieran el permiso.

—Hoy no he salido de la oficina —contestó Han— y no he tenido que gastar ni un céntimo. —Kai asintió, ausente, y Han pareció desilusionado

ante una reacción tan poco entusiasta—. Es un regalo —insistió—. Y solo lo tienen tres familias de Río Turbio. ¿Adivinas cuáles?

—Tus padres, el alcalde y nosotros, ¿no?

—No se te escapa nada —dijo Han—. ¿Quién más se merece un premio así?

—¿Por el trasplante de riñón?

Han sonrió y le contó que el alcalde y su mujer le habían recomendado aquellos carpinteros, pues habían acabado un mueble de gran calidad para su televisor hacía un par de días, y él les había pedido que tuvieran listo el suyo para el día siguiente. Kai preguntó si no deberían haber avisado primero a los vecinos antes de dejar que los carpinteros utilizasen un espacio común, pero Han no le dio importancia y dijo que estaba convencido de que les daría igual. Los hombres de las otras tres familias ocupaban cargos más o menos similares al suyo en cuanto a categoría, pero ya no podían seguir medrando, según Han. Él era el único con futuro en aquel rellano.

Kai asintió y le preguntó si había alguna otra noticia.

—Tengo que comentarte algo —contestó Han en el momento en que se abría la puerta de la habitación del niño.

Ming-Ming salió caminando de puntillas mientras la niñera le sujetaba los bracitos en alto. El niño miró a sus padres y llevó a la niñera hacia el sofá. Han había movido los muebles del salón para dejar sitio al del televisor, y cuando Ming-Ming trepó al sofá, que ahora quedaba cerca del interruptor de la luz, alargó la mano y la encendió; después la apagó, y volvió a encenderla y a apagarla. Kai y Han, ambos absortos en sus pensamientos, observaron a la criatura bajo la luz intermitente.

Por fin Han le hizo una seña a la niñera. Kai levantó a Ming-Ming y lo besó, pero él se retorció entre sus brazos para volver al sofá. Kai preguntó a la niñera cómo había comido el niño y luego le dijo que le pusiera algo de abrigo y que lo sacara a pasear a la plaza del centro. La joven se extrañó de que quisiera sacarlo antes de la siesta, pero Kai insistió en que hacía muy buen día y que al niño le vendría bien un poco de aire fresco.

Han estaba junto a la ventana, mirando la calle.

—Supongo que ya sabes cómo están las cosas ahí fuera —dijo cuando la niñera cerró la puerta del piso.

Hacía tres noches que se habían distribuido mil quinientas copias del primer panfleto, aunque al mediodía del día siguiente habían sido arrancados por el servicio de limpieza y recogida de basuras, y nadie había vuelto a mencionar el tema desde entonces. Un par de noches después había aparecido un segundo panfleto, y esa vez no hablaba solamente sobre la ejecución de Gu Shan, sino también de un movimiento relacionado con el muro de la democracia de Pekín. Kai pensó que, a esas alturas, sería sospechoso fingir que no sabía nada.

—Te refieres a los panfletos —comentó, con una acritud que solo ella era capaz de detectar.

Le hubiera gustado formar parte de lo que estaba ocurriendo en Río Turbio.

—Todas esas tonterías del muro de la democracia y las habladurías sobre la mujer ejecutada… No pasarían de un mero quebradero de cabeza si se trataran por separado.

—¿Por qué?

Han agitó la mano para cambiar de tema. Dijo que la comida estaba lista y que lo mejor era que disfrutaran de un buen plato casero.

Kai casi nunca le preguntaba sobre sus asuntos, aunque él tenía la costumbre de contarle lo que había hecho durante el día cuando se iban a dormir, por lo que decidió esperar antes tic seguir indagando.

Se sentaron y comieron en silencio unos minutos, hasta que Han se animó y retomó la conversación sobre el televisor nuevo. Tenía una pantalla de catorce pulgadas y era en blanco y negro, importado de Japón, más grande y de mejor calidad que el otro del que se había encaprichado.

Los tres televisores habían llegado esa mañana por sorpresa; sin duda un gesto de gratitud del poderoso amigo que tenían en la capital de la provincia.

Kai consideró que era la invitación perfecta para preguntar.

—¿Quién es ese amigo misterioso del que no dejas de hablar?

Han lo meditó unos instantes y luego negó con la cabeza.

—Te lo diré en cuanto averigüemos de dónde salen esos panfletos.

—¿Ocurre algo?

—No, por lo que sé —contestó Han, y extendió la mano sobre la mesa para darle unas palmaditas a Kai en el hombro—. No deberías preocuparte por estas cosas. La política no es para las mujeres. Lo último que desearía es que te convirtieras en mi madre —dijo Han con una sonrisa.

Antes de que Kai pudiera responder, Han se puso muy serio y parodió el discurso que su madre había dado el día de los Trabajadores del año anterior. Los subordinados de su suegra la apodaban la Mujer de Hierro a sus espaldas, aunque Kai no creía que Han lo supiera, ya que por todos era conocido que tanto el padre como él admiraban a la mujer que compartían.

—Deberías dar gracias por tener la madre que tienes —comentó Kai—, Si no fuera por ella, no habrías tenido tanta suerte.

—La quiero de todo corazón, pero no desearás una madre como ella para nuestro hijo, ¿verdad? —contestó Han guiñándole un ojo.

Alguien llamó a la puerta. Kai, suponiendo que se trataba de la niñera con el niño dormido en brazos, fue a abrir, pero se encontró con los padres de Han, que muy serios esperaban a ser invitados a pasar. Les dio la bienvenida y ellos le devolvieron el saludo con un gesto de la cabeza; entraron en el piso sin decir palabra. En voz baja y tono adusto, apremiaron a Han, que ya les servía una taza de té n la cocina, para que fuera al piso de ellos de inmediato.

Kai seguía junto a la puerta, desde donde se despidió de sus suegros.

Nadie se molestó en explicarle nada, y Han se limitó a darle un apretón en el hombro y a decirle que no se preocupara antes de salir corriendo tras ellos. El aprendiz del carpintero se detuvo un instante y miró a Kai. Cuando el mayor tosió y le dijo que se ocupara de lo suyo y dejara en paz lo de los demás, le sonrió con timidez y siguió lijando la madera.

Aquella tarde Han salió hacia la capital de la provincia sin esperar a que los carpinteros terminaran su trabajo. «Un encargo especial del alcalde», fue la explicación que dio al regresar del piso de sus padres. El alcalde y los padres de Han querían que fuera a la capital para recabar información de primera mano sobre qué medidas estaba adoptando Pekín respecto al muro de la democracia antes de tomar una decisión sobre los panfletos. No sabía cuánto tiempo tendría que quedarse allí, dijo Han con un desánimo muy poco habitual en él. Kai supuso que le habían advertido que no le revelara nada, pero cuando lo presionó un poco más, él admitió

que la administración se encontraba en una situación delicada, ya que el gobierno central de Pekín no se había pronunciado de manera clara respecto al muro de la democracia. Kai preguntó si aquello quería decir que iba a producirse un cambio en la política nacional y Han contestó que eso significaría el fin de su carrera. Estaba abatido: era un niño a quien sus padres le habían encomendado una tarea de adultos. Kai lo miró casi con cariño. Le acarició la mejilla con la palma de la mano y, antes de encontrar una palabra de consuelo, Han le cogió la suya y quiso saber si seguiría queriéndolo aunque aquello no saliera bien.

Kai se preguntó qué se estaría jugando su marido, y trató de ave riguarlo; sin embargo, Han se limitó a suspirar y a decirle que ella tenía razón, que era demasiado pronto para tirar la toalla y que conservaría la esperanza.

Kai pidió otra baja laboral al médico y se tomó la tarde libre. No sabía dónde vivía el maestro Gu, pero cuando llegó a la barriada la primera ama de casa a quien preguntó por los Gu le indicó el callejón. La mujer le dijo que era el número once y le comentó de pasada cómo malvivía la señora Gu en esos momentos, sin hijos con quienes compartir la carga de un marido inválido.

Kai llamó a la puerta y la señora Gu tardó un rato en llegar a la cancela, con una gallina cloqueando bajo el brazo. Antes de que Kai pudiera abrir la boca, la mujer le dijo que seguramente se había equivocado de dirección.

—He oído que el maestro Gu no se encuentra bien —respondió Kai—.

He venido a verlos.

—No la conocemos —contestó la anciana. Se quedó mirando a Kai unos instantes y su dura expresión se suavizó—. ¿Fue usted quien dejó el sobre con el dinero?

—¿El dinero? —preguntó Kai, cuya confusión pareció decepcionar a la señora Gu.

—¿Quién habrá sido entonces? —musitó la mujer para sí.

Kai miró a su alrededor. Aparte de un anciano que dormitaba al sol del atardecer, no había nadie más en el callejón. Le pidió permiso para pasar al patio y charlar unos minutos con ella, y la señora Gu, aunque reticente, le franqueó el paso. La gallina cloqueó y la mujer la dejó en el suelo,

diciéndole con un tono natural que se pusiera al sol para no coger frío. La gallina se alejó con aire despreocupado, picoteando su propia sombra.

Kai sacó las copias de los dos panfletos que había recuperado.

—He venido a hablar con el maestro Gu y con usted de esto —dijo.

La señora Gu miró las páginas desdobladas, sin leerlas.

—Mi marido está en el hospital —contestó—. No puede hablar con usted.

Kai le dijo que eran panfletos en defensa de Gu Shan, y le aseguró que no toda la gente de Río Turbio respaldaba la decisión del tribunal. La señora Gu la miró unos instantes y le preguntó con voz cortante si era la locutora de las noticias.

—Sí —contestó Kai.

—¿Conocía a mi hija?

Kai le contó que se había trasladado a Río Turbio después de terminar los estudios en la escuela de teatro de la capital de la provincia. Le aseguró que siempre había admirado a Shan, aunque ¿qué más daba ya lo que dijera?

—Mi hija habría hecho su trabajo tan bien como usted; tenía buena voz.

Siempre era la mejor —dijo la señora Gu. Echó un vistazo a los panfletos

—. ¿Los ha escrito usted? —preguntó.

Kai contestó que ojalá lo hubiera hecho, pero no, apenas había colaborado.

—¿Sabe quién lo ha hecho? ¿Son amigos suyos?

Kai vaciló y contestó que sí, que algunos eran amigos suyos.

—Dígales que son muy amables, aunque no hace falta que hagan nada.

La señora Gu añadió que lo único que le importaba en esos momentos era que su marido estaba en el hospital, de lo cual se alegraba, ya que el hombre se habría agitado mucho de haber visto los panfletos.

—Pero nosotros… Ellos… Solo intentan ayudar —replicó Kai—. Hay que enmendar el error. Shan fue una precursora y le reconfortaría saber que hay amigos y camaradas luchando por la misma causa.

La señora Gu se quedó mirando a Kai largamente y suspiró. Dijo que le complacía oír que Kai y sus amigos no habían olvidado a Shan.

Dijo que ella tampoco, pero que tenía un marido enfermo que atender y que no podía hacer nada por ellos, ni ellos por ella. Kai le aseguró que no les pedía nada, sino que únicamente había ido a visitarlos para hacerles saber que no estaban solos en este mundo, donde el recuerdo de su hija sobrevivía como una inspiración.

—Se le dan muy bien los discursos —señaló la señora Gu. El comentario ruborizó a Kai, pero la mujer no parecía haberlo dicho con mala intención—. Shan también era así. Era la niña más elocuente que pueda imaginar —añadió con dulzura—, ¿Cuántos años tiene?

—Veintiocho.

—¿Está casada? ¿Tiene hijos?

Kai contestó que su marido y ella tenían un niño pequeño.

—Y sus padres, ¿están bien?

Kai le dijo que su padre había fallecido. La señora Gu asintió con la cabeza, sin añadir palabras de condolencia.

—Ha sido muy amable al venir a visitarnos y hacernos saber que se preocupa por Shan. Ni conozco a sus amigos ni sé nada de sus vidas, pero usted es hija y madre. ¿Se ha preguntado cómo se sentiría su madre si supiera lo que está haciendo? ¿Se ha detenido alguna vez a pensar en ella?

Kai no supo qué responder. No había visitado a su madre desde hacía semanas, a pesar de que vivían a cinco minutos a pie la una de la otra.

—No ha pensado en ella, ¿verdad? —insistió la señora Gu—. Todas las hijas son iguales. Sus padres apenas cuentan en sus decisiones, y no la culpo. ¿Ha pensado en su hijo?

Kai contestó que sí, que hacía aquello para que su hijo pudiera vivir en un mundo mejor. La señora Gu replicó que todos los padres pensaban lo mismo, que deseaban hacer lo mejor para sus hijos; sin embargo, lo cierto era que al final acababan haciendo justamente lo peor para ellos.

—No la entiendo, señora Gu.

—Piense en Shan —contestó la mujer, esta vez con mayor vehemencia y el rostro encendido—. Creíamos que le daríamos la mejor educación porque mi marido era una de las personas más cultas de la ciudad, pero

¿qué hicimos sino convertirla en una extraña? Sus padres deben de haber trabajado mucho para conseguirle un buen empleo, no obstante ¿qué hace usted sino ponerse en peligro sin pensar en ellos? Cree que lo hace por su

hijo, aunque lo último que él necesita es que usted vaya por ahí hablando con la gente sobre panfletos secretos.

Kai repuso que su familia no era su única responsabilidad. La señora Gu clavó los ojos en Kai. Le dijo que lo sentía por su madre con una breve mirada de tierna tristeza que al instante se volvió gélida. Le pidió que se fuera; su esposo la esperaba en el hospital.

Ese año la primavera había empezado para Tong el 21 de marzo, el día del equinoccio, al ver la primera golondrina que regresaba del sur, acontecimiento que había anotado en su cuaderno de campo. El viejo Hua decía que las golondrinas eran las mensajeras de la primavera, los pájaros más nostálgicos y leales, que volvían un año tras otro a sus viejos nidos.

Tong expresó en voz alta su preocupación, pues en ese caso las golondrinas jamás se detendrían en el tejado de su casa, ya que no había visto ningún nido. Entonces, dijo el viejo Hua, tendrían que esperar a que una joven pareja que ya no regresaba al nido de sus padres se construyera uno nuevo.

Al día siguiente, Tong vio una bandada de ocas surcando el resplandeciente cielo del atardecer. La oca que iba en cabeza se dirigía hacia el norte. El viejo Hua le dijo que, al igual que las golondrinas, las ocas siempre sabían hacia dónde debían volar; pero cuando Tong le preguntó por qué no se perdían nunca, la única respuesta que el anciano le dio fue que habían nacido así.

Todas las tardes después del colegio, Tong iba a la plaza del centro, donde los periódicos del día estaban dispuestos en sus expositores de cristal. Había más de diez entre los que elegir, algunos impresos en Pekín y otros en la capital de la provincia, pero para Tong el más importante era el Diario de Río Turbio, del cual copiaba las temperaturas locales del pronóstico del tiempo y las trasladaba a su propio diario. Tong había leído en un ejemplar atrasado del Trimestral Infantil que el viejo Hua había encontrado hacía unas semanas, que un chico se había pasado años anotando la temperatura tres veces al día en un cuaderno de campo. Al cumplir los trece, el chico había percibido un cambio en el comportamiento de la temperatura, había predicho un terremoto con acierto y se había

ganado el título de Héroe de la Ciencia por salvar vidas humanas. La historia no decía qué tipo de cambio había percibido, lo que dejaba a Tong la libertad de inventarse su propia teoría, pero al menos el artículo le había ofrecido un nuevo modo de llegar a convertirse en héroe. Estaba seguro de que sus padres le habrían dicho que no les sobraba el dinero para tonterías como un termómetro, así que a Tong ni se le había ocurrido pedírselo, y por eso había decidido utilizar el periódico local en su lugar. Cuando el viejo Hua se enteró de lo del cuaderno de campo, se preguntó qué necesidad había de confiar en los números si la piel de uno era capaz de detectar hasta el más mínimo cambio en la temperatura del aire. Tong no le explicó el plan al anciano y guardó el secreto con la esperanza de que un día Río Turbio le agradeciera su celo.

Según la predicción del tiempo, la temperatura había ascendido por encima de los cero grados el 22 de marzo, el día después del acto denunciatorio, y el viento de media tarde ya no era tan cortante como antes.

Los niños salieron del colegio sin gorro; de hecho algunos lo lanzaban al aire y lo recogían al vuelo. Oreja llegó a casa esa noche con un guante rosa de chica que tenía un agujero en la punta del pulgar. Tong se lo probó, le iba perfecto, y sacó el dedo por el agujero, como si fuera una marioneta. Le dijo a Oreja que lo dejarían junto a la estatua de Mao a la mañana siguiente, por si a la chica le gustaba la plaza del centro tanto como a él.

Al día siguiente Tong salió al callejón y vio los panfletos pegados en la pared, a su altura si se subía a una pila de ladrillos. Arrancó uno y lo leyó.

El panfleto hablaba de cosas que no entendía y, dos días después, en el callejón apareció una nueva octavilla. El modo misterioso en que había llegado hasta su puerta intranquilizó al niño. Le recordaba las historias que había aprendido en el colegio sobre miembros clandestinos del Partido Comunista que arriesgaban sus vidas para difundir la verdad entre el pueblo, pero en la nueva China, donde todo el mundo era tan feliz como si viviera en un tarro de miel —tal como rezaba la nueva canción que habían aprendido en el colegio—, ¿a qué venían aquellos panfletos?

Tong se preguntó con quién podría comentarlo. A sus padres no les interesaban sus cosas, y su maestra seguía dando las clases como si no pasara nada. Le dio unas palmaditas a Oreja y le dijo que formarían un equipo para resolver juntos el misterio.

—Enséñame cualquier cosa que te parezca sospechosa —lo animó—, por pequeña que sea.

Oreja se puso a dar vueltas alrededor del niño, nervioso. Tong desconocía que, las noches anteriores, el perro había oído unos pasos amortiguados en el callejón que se habían detenido y luego habían continuado su camino. Oreja había dado un bote y había apoyado las patas delanteras en la valla para olisquear, pero sus últimas experiencias le habían enseñado a no dar la alarma. En ambas ocasiones se había tratado de la misma persona, cuyo olor —a tierra, estiércol de caballo, pajar y trigo segado— le recordaba su pueblo natal. Igual que Tong y Oreja, el rondador nocturno provenía del campo, donde un día Oreja fue detrás de un gorrinillo chillón hasta tropezarse con la imponente mole de una cerda indiferente ante el apuro de su cría; y donde había ladrado muchas veces al vagón de la caballería, el mismo en el que iba sentado un buhonero que, con mano experimentada, giraba con brío un tambor chino cuyo pim-pam, pim-pam jamás lograban ahogar los ladridos de Oreja y sus compañeros.

En los últimos seis meses, el perro se había acostumbrado a los campesinos de las montañas, que traían con ellos el olor a nieve vieja y pinos ancestrales, a liebres recién despellejadas y setas acabadas de coger, un olor diferente al de su hogar en la llanura. El extraño noctámbulo inquietaba a Oreja.

Igual de preocupados estaban los miembros del ayuntamiento, la delegación de Río Turbio del Partido Comunista y otros funcionarios. El primer panfleto, una carta en la que se cuestionaba el segundo juicio de Gu Shan, no había causado demasiada agitación; lo habían considerado una simple molestia, gente insatisfecha con su vida por la razón que fuera que se dedicaba a utilizar el cadáver de una mujer como excusa para armar jaleo. El alcalde decidió que lo mejor era esperar y solicitó un aumento de la vigilancia nocturna. Sin embargo, los nuevos guardias de seguridad, que patrullaban helados y hambrientos a altas horas de la noche, no consiguieron atrapar a las personas que habían repartido el segundo panfleto. El movimiento del muro de la democracia de Pekín había iniciado un nuevo capítulo de la historia nacional, según informaban los panfletos a la población de Río Turbio. ¿Por qué no les llegaban las noticias de lo que

ocurría en la capital? ¿Por qué no podían expresarse libremente sin ser sentenciados a muerte como Gu Shan?

Los únicos que tuvieron acceso a la noticia de las protestas fueron unos pocos funcionarios de alto rango, y la relación que se había establecido entre la ejecución de Gu Shan y la situación en Pekín parecía una conspiración siniestra, sobre todo cuando planeaba la incertidumbre sobre qué debía hacerse con el movimiento del muro de la democracia ya no solo en la capital de la provincia, sino también en Pekín. Estos veteranos de la política local leían y releían a diario las noticias sobre lo que ocurría en Pekín, recién llegadas por el servicio de teletipo clasificado. Había dos bandos bien diferenciados, y ambos contaban con una representación significativa tanto en el gobierno central como entre los líderes del partido.

¿Eran los panfletos de Río Turbio consecuencia de un muro de la democracia levantado a más de mil kilómetros de allí? Además, ¿qué debían hacer?, ¿de qué lado debían ponerse? Estas cuestiones se las planteaba gente que jamás había tenido que preocuparse por la falta de comida, cama o trabajo. Los despachos se habían convertido en campos de minas donde cada uno tenía que guardarse las espaldas y definir y redefinir amigos, enemigos y camaleones que podían metamorfosearse de amigos en enemigos y una vez más en amigos. Con su futuro y el de su familia en sus manos, esta gente andaba sonámbula de día y se estremecía de noche. ¿Qué iban a hacer con aquellos panfletos que solo traerían problemas?

Durante el tiempo de indecisión e incertidumbre, la nieve vieja y aburrida del invierno empezó a fundirse. El suelo ya no estaba tan duro y la tierra oscura rezumaba humedad al amanecer. Los sauces que flanqueaban ambas aceras de la calle principal lucieron un tono amarillento durante un par de días antes de que reverdecieran las yemas. Era el verdor más bello del año: limpio, fresco y lozano. Los niños de primaria cortaban las puntas tiernas de las ramas de sauce, las vaciaban y convertían las vainas en flautas. Los pocos que tenían sentido musical tocaban melodías sencillas con aquellos instrumentos y hacían sonreír a las niñas de su edad.

El hielo del río armaba gran estruendo de noche, resistiéndose a la primavera, pero al amanecer su determinación se fundía con la llegada del día. Los niños de primaria, a pesar de las repetidas advertencias de padres y profesores, se montaban en las placas de hielo arrastradas por la corriente,

con los pies plantados con toda la firmeza posible. Cuando las placas pasaban unas junto a otras, los niños intentaban empujarse para tirar al agua al contrincante. A veces, cuando uno de ellos perdía el equilibrio y se zambullía en el río, los demás pateaban el hielo y aullaban como animales.

El niño empapado esquivaba las placas de hielo, gateaba por la orilla y corría a casa, compartiendo las risas porque aquel fracaso no importaba, podía ocurrirle a cualquiera. Al día siguiente estaría entre los ganadores, riéndose del que hubiera caído. Era un juego, y no garantizaba victorias permanentes ni derrotas que duraran más de un día.

Los campesinos llegaban de las montañas y del otro lado del puente del Cruce con cestas de bambú llenas de pollos y patos recién salidos del cascarón; la primera remesa de helechos comestibles recogidos por las manitas de unos niños, que cargaban a otros aún más pequeños a sus espaldas; y ciervos que no habían escapado a los perdigones de los cazadores y que llegaban despiezados: astas, piel, cecina y aquellas partes llamadas «fustas de ciervo» que, según decían, mejoraban el rendimiento de los hombres en sus «asuntos de alcoba».

También llegó abril, y con él el cada vez más próximo Ching Ming, la primera y anhelada festividad de la temporada, el día en que la gente llevaba a sus antepasados y a los familiares fallecidos hacía poco rollitos humeantes pintados con grama de olor, vino de arroz recién hecho y otras ofrendas. Los habitantes de Río Turbio, inmigrantes en una ciudad de nueva construcción, estaban demasiado lejos de los cementerios o mausoleos de sus familias para ir a visitarlos, por lo que el Ching Ming se había convertido en una fiesta para los vivos además de para los muertos.

Los comercios y los vendedores ambulantes preparaban paquetitos de velas e incienso, y también tinte verde comestible, ya que en Río Turbio no crecería la hierba de verdad hasta después de la celebración. Las mujeres compraban la mejor carne y preparaban tajadas frías con las que darse un festín durante la comida campestre, y los hombres engrasaban y limpiaban las bicicletas para la salida primaveral anual. A pesar de que el consistorio municipal había anunciado una nueva medida política para eliminar el Ching Ming como fiesta oficial —cualquier tipo de comunicación con los muertos era superstición, algo impropio de la nueva era de reconstrucción del país tras la Revolución Cultural—, ese año la fiesta caía en domingo,

por lo que la nueva disposición tendría un impacto mínimo entre los ciudadanos.

Los padres de Nini decidieron que ese año celebrarían el Ching Ming como una ocasión especial: necesitaban la bendición de sus antepasados más que nunca. No dudaban que sus difuntos, a los que apenas habían recordado los últimos años, habían sido adecuadamente honrados en su provincia natal por parientes más piadosos; sin embargo, nadie rechazaría una dádiva adicional. Los padres de Nini calculaban y discutían de noche el menú de la ofrenda a los antepasados, quienes, de sentirse complacidos, seguramente propiciarían una progenie masculina.

Nini no recordaba una preparación semejante para el nacimiento de ninguna de sus hermanas. Desde la ejecución de la hija de los Gu, sus padres veían la vida con más alegría. Su madre se movía con mayor precaución, protegiéndose la barriga con las manos. El padre solía tocarle el vientre de una manera que hacía estremecer de asco a Nini, aunque la niña no conseguía apartar la mirada de aquella mano de grandes nudillos sobre el cuerpo de su madre. Y seguía mirando hasta que uno de ellos, su madre por lo general, la pillaba y le encargaba alguna tarea. El padre había prohibido a su esposa que hiciera las faenas de la casa, incluso las cajas de cerillas, que no resultaban trabajosas ni para las niñas. Todos los quehaceres que antes recaían sobre los hombros de la madre habían pasado a los de Nini y ahora, además de buscar el carbón y las verduras que nadie quería y hacer la compra, tenía que preparar tres comidas al día y encargarse de la colada de toda la familia. Nini les hizo ver que si tenían que esperar a que ella hiciera el desayuno cuando regresara de la estación con el carbón, llegarían tarde al trabajo y al colegio. A sus padres les sorprendió que la niña se atreviera a poner su decisión en entredicho, pero lo que dijo era cierto, así que tuvieron que reasignar aquella tarea a su segunda hija, la cual odió a Nini más que nunca.

Salvo el bebé, el resto de las niñas percibía la importancia de aquel embarazo. La madre de Nini tenía náuseas y, dos veces al día, por la mañana y por la noche, vomitaba en un orinal, que Nini debía limpiar. Las

hermanas segunda y tercera se apresuraban a preparar agua templada y una toalla limpia para su madre. Nini lo observaba todo con impotencia, asqueada por la intensidad del olor acre y amargo del embarazo de su madre que impregnaba sus vidas. Aunque ya hacía bastante calor para tener las ventanas abiertas, era como si aquel olor se adhiriera a todo lo que había en la estancia, a las mantas y las almohadas de la cama de ladrillo, a lo que Nini cocinaba, a la colada tendida de un extremo a otro de la habitación, incluso a la piel de Nini. Sin embargo, sus otras dos hermanas no arrugaban la nariz cuando atendían a su madre y por eso su padre las elogiaba. Después de todo, decía el hombre, la educación las había convertido en seres humanos maduros y útiles. A pesar de que Nini era la mayor, añadía su madre, seguía siendo una atontada que no servía para nada. La niña soportaba todo aquello con una expresión inmutable, se mordía la parte interior de la mejilla y clavaba los ojos en una grieta del suelo, actitud que exasperaba a su madre aún más; sin embargo, cuando la mujer buscaba algo con que zurrarla, una escoba o una regla, el padre la detenía. Le decía que no valía la pena intentar hacer entrar en razón a Nini, que ahora tenía que dedicarse a cuidar del bebé y que los enfados podían perjudicarlo.

La madre de Nini le hacía caso y le decía a la niña que fuera a enterrar la cabeza a otra parte para no tener que verla. En vez de hacerse la tonta, como solía, Nini fingía con descaro que buscaba un lugar donde esconderse en aquella pequeña y abarrotada estancia antes de coger a Sextita y enterrar el rostro en la suave barriguita del bebé.

Una noche Nini oyó a sus padres discutir en el otro extremo de la cama de ladrillo sobre si debían enviarla fuera unos meses, ya que, según la creencia popular, una mujer embarazada transmitía al bebé, de forma consciente, rasgos físicos de la gente que tenía alrededor. La madre no quería que el bebé heredara nada de Nini y preguntó si no habría algún lugar al que poder enviarla unos meses. El padre dijo que no lo había y, al cabo de un rato, la madre comentó:

—Si nos hubiéramos deshecho de ella cuando nació…

El padre de Nini suspiró.

—Es más fácil decirlo que hacerlo —contestó el hombre—. Una vida es una vida, y nosotros no somos asesinos.

A Nini se le humedecieron y enrojecieron los ojos. Solo por aquello, cuando llegara el momento de tener que enterrar a sus padres, bañaría al hombre con agua caliente en vez de fría. Su padre nunca le dirigía más de tres frases al día, pero era un hombre callado y lo perdonaba. Sin embargo, aquel momento de ternura duró el tiempo que tardó en pronunciar la siguiente frase.

—Además, Nini nos hace de criada gratis.

Tranquilamente, Nini apagó el fuego y llenó la jofaina de agua helada.

Cuartita y Quintita, que hacía poco habían formado una alianza y no participaban demasiado en lo que ocurría fuera de su mundo secreto, se daban la mano y observaban cada vez que su madre montaba el espectáculo matutino y vespertino de las náuseas. A Nini le resultaban menos molestas porque nunca se peleaban por la atención de sus padres: todavía no eran lo bastante mayores o tal vez obtenían todo lo que necesitaban la una de la otra. En alguna ocasión, a Nini se le había ocurrido estrechar lazos con ellas, pero sus hermanas no parecían demasiado interesadas en el asunto y sus miradas inquisitivas clavadas en el rostro de Nini le recordaban que jamás sería tan guapa como ellas. Por entonces ya era evidente que ambas serían las bellezas de la familia.

Sin embargo, todo aquello —la poca paciencia de sus padres con ella, las conspiraciones de sus dos hermanas mayores para que la castigaran y la indiferencia de Cuartita y Quintita— le fastidiaba mucho menos ahora que contaba con Bashi. Sin que nadie lo supiera, Nini exploraba su poder: añadía una pizca más de sal de la necesaria al guisado o media taza más de agua al arroz; empapaba la ropa interior de sus padres en agua jabonosa y luego la escurría y la tendía sin enjuagarla primero; escupía en los pañuelos rojos de Jóvenes Pioneras de sus hermanas y frotaba los pañales orinados del bebé contra las camisas de su madre. Hasta el momento nadie se había percatado de aquellos sabotajes, aunque cuando cometía los actos más audaces casi deseaba que la descubrieran. Si sus padres la echaban de casa a patadas se mudaría a la de Bashi, que estaba en la otra punta de la ciudad, tal vez a menos de treinta minutos a pie de allí, pero a un mundo de distancia, liberada de su vida de prisionera.

No obstante, las nuevas tareas del hogar le impedían pasar más tiempo con Bashi durante el día. Aparte de proveerlos de carbón y verduras, el

joven no tenía poderes para conseguir que la comida se preparara sola o que la colada, la estufa y sus hermanas se atendieran solas a ellas mismas sin su ayuda. Bashi se ofreció a ir a casa de Nini para hacerle compañía cuando sus padres se fueran a trabajar. Ella sopesó la idea, seductora y emocionante, pero enseguida rechazó la oferta. Sus padres no tardarían en enterarse de las visitas de Bashi; si tío era por los vecinos, sería por sus hermanas, y la echarían sin pensárselo dos veces. Además, a pesar de las ilusiones que se había hecho, ¿podía confiar plenamente en Bashi? Nini decidió darle un poco más de tiempo.

Aquel ratito, casi de madrugada, acabó convirtiéndose en el momento más feliz del día. Bashi siempre tenía algún manjar preparado cuando ella llegaba, a las seis en punto: salchichas, tofu frito, cacahuetes tostados, gelatina de sangre de cerdo, todo comprado en el mercado el día anterior y en mayor cantidad de lo que podían comer. Nini encendía el fuego —Bashi era incapaz de realizar una tarea tan sencilla él solo, pero después de todo era un hombre, por lo que se le perdonaba aquel pequeño defecto— y mientras ella preparaba en la cocina las gachas que acompañaban el festín matutino, Bashi pelaba peras heladas a su lado. La carne de las peras era de un color marrón oscuro poco apetecible, pero cuando el joven las cortaba en finas rodajas y se las daba de comer a Nini le sorprendía el sabor fresco y dulce. La fría sensación en la boca y el calor que desprendía la cocina la hacían estremecerse de extraña alegría. A veces el dedo de Bashi se demoraba en los labios de Nini después de que la rodaja de pera hubiera desaparecido. Nini abría la boca y fingía que iba a morderlo, ante lo que él se echaba a reír y retiraba la mano rápidamente.

—El viejo Hua dice que ha llegado el momento de enterrar a mi abuela

—comentó Bashi la mañana anterior al Ching Ming, entre rodajas de pera helada.

—¿Cuándo? —preguntó Nini.

—Mañana. Creen que es el momento idóneo por ser el día que es.

Nini pensó que, por lo visto, todo el mundo tenía planeado algo importante para el Ching Ming. Su padre había alquilado un taxi a pedales para ese día, un lujo que a duras penas podían permitirse. Cuartita, Quintita y una cesta de ofrendas enorme irían con su madre, mientras que las dos niñas mayores y el padre lo harían a pie. Nini y el bebé tendrían que

quedarse en casa porque ninguna de las dos podría seguirles el paso a los demás. A Nini le costó ocultar su decepción; era la única comida campestre que su familia había planeado jamás, y soñaba con ir a la montaña, que nunca había pisado, aunque eso significara tener que aguantar a su familia todo el día.

—¿Dónde vas a enterrarla? —preguntó a Bashi.

—Junto a mi abuelo y mi baba. El viejo Hua dijo que hoy se pasaría por allí para asegurarse de que todo estuviera listo.

—No sabía que Río Turbio fuera tu ciudad natal.

—Muy cerca de aquí. Mi abuelo era recolector de ginseng: decía que los mejores eran los que crecían en forma de cuerpo de mujer.

—Qué tontería.

—Chist. No digas eso de un muerto —le advirtió Bashi—. Los espíritus oyen. —Nini se estremeció—. Además, es verdad. Algunas raíces de ginseng se convierten en mujeres —insistió el joven.

Metió la última rodaja de pera en la boca de Nini y le dijo que esperara.

No tardó en salir del dormitorio con una caja envuelta en seda roja, que abrió para la niña. Dentro había una raíz de ginseng, dispuesta sobre un trozo de seda de color marfil.

—Mira, la cabeza, los brazos y las piernas. El pelo largo —dijo Bashi pasando los dedos por la raíz, la cual, para asombro de Nini, se parecía a un cuerpo de mujer desnudo—. Es bonita, ¿verdad? Es la mejor de todas las que recolectó mi abuelo. Si la hubiera vendido, habría podido comprar siete concubinas sin problemas, pero no quiso separarse de ella porque creía que era una diosa de ginseng. Cuando vino el ejército, mi abuela y él le rezaron a la diosa para que no se llevaran a mi padre, pero es evidente que los defraudó.

—¿No habías dicho que fue un héroe de guerra?

—Eso del héroe de guerra es una tontería. ¿Sabes cómo lo reclutaron?

Llegaron al pueblo de mi padre y dijeron que invitarían a todos los jóvenes a comer a una casa. En fin, si alguien te invita a comer apuntándote con una pistola en la cabeza, vas. Así que mi padre se presentó junto a otros jóvenes. Les sirvieron una buena comida y luego los invitaron a sentarse en una gran cama de ladrillo. Un soldado mantenía el fuego vivo bajo el lecho, añadiendo un leño detrás de otro hasta que al cabo de poco la cama casi

ardía. Como si fuera una barbacoa. En ese momento el oficial dijo:

«Jóvenes, somos el Ejército de Liberación del Pueblo y luchamos por la gente. Pensadlo. Si estáis interesados en nuestra causa, bajad de la cama y obtendréis la gloria junto a nosotros». Nadie se movió. Por descontado, todos los padres habían advertido a sus hijos que no se alistaran, que el ejército comunista no reclutaría a nadie a punta de pistola, como lo había hecho el nacionalista. Y sí, es cierto, el oficial estaba siendo muy educado.

Le pidió al joven soldado que siguiera subiendo la temperatura de la cama de ladrillo para los invitados, y había un ordenanza que no hacía más que llevarles té caliente y hojas de tabaco para las pipas. En fin, ¿tú qué habrías hecho? ¿Te habrías movido o te habrías quedado en la cama hasta achicharrarte el trasero? Al cabo de un buen rato, mi padre ya no pudo soportar más el calor y bajó de la cama. Fue el primero, por lo que le concedieron un rango mayor que a sus compañeros, y luego lo enviaron a aprender a pilotar aviones de combate. Los demás acabaron de soldados rasos y ordenanzas.

—Entonces, ¿se alistaron todos?

—Todos salvo uno: el mejor amigo de mi padre. Acabó con el culo quemado de tal manera que lo llamaron Culo Caliente el resto de su vida.

—Nini sonrió. Bashi solía contarle historias y ella jamás conseguía adivinar qué parte era cierta y qué parte se inventaba—. ¿Qué pasa? ¿No me crees? ¡Pregúntale a quien quieras del pueblo de mi padre! Decían que mi padre fue más listo que los demás porque se levantó de la cama el primero y obtuvo la mejor promoción, pero ¿de qué le sirvió? Por otro lado, Culo Caliente tampoco acabó mucho mejor. Fue ejecutado por sabotaje en el cincuenta y nueve. Mi padre y él murieron con un mes de diferencia. Decían que el espíritu de su amigo había llamado a mi padre.

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