Las puertas del paraiso
Capítulo 11
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
Bashi estaba enamorado y eso lo tenía desconcertado. El deseo de compartir todos los minutos de su vida con Nini no provenía de su entrepierna, sino de otras partes de su cuerpo, algo para lo que le faltaba experiencia y explicación. Estuvo cavilando y la única vivencia similar que recordaba era de cuando tenía tres años, poco después de que su madre lo dejara con su abuela. El invierno de ese año había sido particularmente duro en Río Turbio y cuando se levantaban por la mañana se encontraban las toallas heladas en el lavabo, a pesar de que su abuelo no había escatimado ni un solo céntimo en carbón. Todos los días se iban a la cama nada más acabar de cenar y Bashi a menudo se despertaba a media noche con los pies congelados. El niño lloriqueaba y la abuela, medio dormida, le cogía los piececitos y los apretaba contra su pecho, sin que la tela del camisón mediara de por medio. La suave calidez hacía que Bashi se estremeciera con un miedo y una emoción inexplicables, y se quedaba tumbado despierto, moviendo un dedito detrás de otro, imaginando sus aventuras hasta que caía rendido.
Bashi deseaba estar junto a Nini con la misma intensidad con que en su momento había anhelado el pecho de su abuela. A veces le preocupaba que le ocurriera algo a su raíz masculina, a pesar de que esta siempre se empinaba diligentemente cuando pensaba en Nini. El problema aparecía cuando estaba a su lado, junto a un cuerpo tangible, cálido y suave. No podía desearla como quería. Lo atormentaba la comprobación prenupcial de la novia que había realizado por antojo. Lo avergonzaba el atisbo del sendero secreto que Nini le había abierto con confianza y tranquilidad, incluso con picardía. El cabello, corto y fino, que su madre le había cortado de manera despreocupada, parecía un nido de pájaro; la barbilla
puntiaguda, los brazos esqueléticos y los labios permanentemente agrietados lo empujaban a desear cogerla entre sus brazos para mecerla y cantarle con dulzura. Sin embargo, incluso aquel deseo lo ponía nervioso delante de ella. ¿Qué pensaría de él? ¿Que le faltaba más de un tornillo?
Sin embargo, Nini parecía ajena a toda aquella lucha interna. La mañana siguiente al Ching Ming había entrado en la casa con la misma naturalidad que la luz del día. Se manejaba como si hubiera crecido allí.
Bashi esperaba que en cualquier momento volviera a sacar el tema del matrimonio; el joven había hablado muy en serio cuando había realizado la comprobación prenupcial, pero sabía que casarse con una niña de doce años era más fácil de decir que de hacer. No obstante, Nini no lo presionó tal como él había temido. Estaba más parlanchina, tal vez demasiado. La niña criticó en son de burla el desorden que había en el dormitorio y, antes de que Bashi tuviera oportunidad de defenderse, se adjudicó la tarea de recogerlo todo. No pestañeó cuando descubrió los apestosos calcetines y calzoncillos debajo de la cama. Bashi protestó cuando Nini reunió toda la ropa sucia para hacer la colada, pero la niña no le hizo caso. Le contestó que si un hombre supiera cuidar de sí mismo, ¿para qué necesitaría a una mujer?
Bashi se dijo que Nini no parecía comprender cuánto valía. No se daba los aires que se daban otras mujeres cuando se sabían cortejadas. .. O tal vez solo fuera una niña de gran corazón. Abrumado por su buena suerte, estaba ansioso por encontrar un amigo con quien compartir su historia de amor, pero no tenía a nadie a quien pudiera considerar como tal. Hizo un repaso mental de toda la gente que conocía y los primeros que le vinieron a la mente de manera espontánea fueron los Hua. Cuantas más vueltas le daba, más convencido estaba de que eran las únicas personas que estarían dispuestas a ofrecerles la ayuda que Nini y él necesitaban. Aunque ¿y si eran tan anticuados que no veían con buenos ojos un matrimonio concertado por los propios jóvenes? Aquella mañana, Bashi se topó con la señora Hua en la calle. Los arrestos de la noche anterior apenas habían conseguido perturbar el día a día en Río Turbio.
—¿Fueron sus padres o los del viejo Hua quienes concertaron su matrimonio? —le preguntó Bashi.
La anciana siguió barriendo. Sabía que le hablaba alguien, pero desde que había soñado con la muerte de su hija pequeña, Conejito, le costaba concentrarse en las conversaciones. El violinista ciego, con su llegada y luego su marcha, acompañado por sus canciones desgarradoras, le había hecho añorar los días y las noches al raso. La anciana le había propuesto a su marido dejar la casa y volver a la vida errante. Irían a visitar a sus hijas, a las casadas y a las que les habían quitado, antes de partir de este mundo.
El viejo Hua no había dicho nada al principio, pero cuando ella volvió a preguntárselo, él contestó que tenía la impresión de que aquellas visitas no les harían ningún bien, ni a sus hijas ni a ellos.
—¿Señora Hua?
Bashi tocó la escoba y la mujer se lo quedó mirando. Aquel día en particular el joven le recordó más que nunca a alguien que había conocido hacía mucho tiempo. La anciana cerró los ojos, pero no consiguió identificar a la persona en cuestión en su memoria.
—¿Fue una casamentera la que habló con sus padres y con los del viejo Hua?
El joven, tan empecinado en hacerle preguntas irrelevantes, la desconcertaba… ¿Quién era la persona que volvía a la vida en el cuerpo de aquel chico?
—¿Señora Hua?
—Lo conocí cuando era una mendiga —contestó.
—¿Quiere decir que nadie medió entre sus padres y los de él como casamentera?
—Ninguna casamentera visitaría en sus tumbas a una pareja de padres fallecidos. Mi marido es huérfano desde que tiene uso de razón.
A Bashi le complació la respuesta de la señora Hua. Él también era huérfano y Nini casi podía considerarse otro tanto. Por descontado que no necesitaban la bendición de sus padres, estuvieran vivos o muertos.
—¿Qué le parece Nini?
La señora Hua clavó la mirada en él con tanta intensidad que lo asustó.
El joven se preguntó si no habría cometido un error al sacar el tema. Quizá la anciana sospecharía y lo delataría a la policía.
La señora Hua cayó en la cuenta de que se trataba del niño flautista, aquel que una vez fue a pedirles que lo adoptaran como hijo. La anciana
alzó la vista al cielo y empezó a contar. ¿En qué año había sido? El año en que su marido y ella se habían planteado por primera vez su propia muerte y la vida de sus hijas sin ellos: 1959, el año en que había empezado la hambruna, duro revés para cualquiera, pero mucho peor para los mendigos.
Por entonces tenían cuatro hijas: Esplendor Matinal, de trece años; Peonía, de diez; Loto, de ocho, e Hibisco, de siete. El niño no tenía más de doce años, un huérfano que iba de pueblo en pueblo, igual que ellos, y que mendigaba con su flauta.
—¿Sabes tocar la flauta? —preguntó la señora Hua a Bashi.
—¿Que si sé tocar qué? ¿Y quién es ese Flauta? No lo conozco. ¿Me conoce él a mí?
Aquel niño de hacía veinte años también era muy dado a la palabrería, pero con su música podía hacer llorar hasta a las piedras, tal era la tristeza que arrastraba su flauta. De igual modo, era capaz de hacer reír a un muerto en su ataúd, cuando estaba de humor. El niño había conseguido enamorar a chicas mucho mayores que él, incluso había mujeres casadas que, cuando sus maridos estaban en las ferias o en el campo, se apostaban a la puerta de casa y le lanzaban pullas como las que las mujeres y los hombres casados se dirigían tras las puertas cerradas. A pesar de la atención que atraía, el chico acudió a la señora Hua y a su marido y les pidió que lo adoptaran.
Les prometió que los llamaría baba y mamá y que contribuiría con su flauta a la economía familiar, pero el viejo Hua se negó. Más tarde, el hombre le comentó a su esposa que, con la flauta y aquella labia, el chico les haría pasar un infierno a sus hijas. Ella le dio la razón, aunque no sin cierto resentimiento, y ahora el chico había vuelto a ella reencarnado en otra persona, sin su flauta; pero aun así lo había reconocido.
—¿Qué le parece Nini, señora Hua?
—¿Por qué lo preguntas, hijo?
—¿Qué le parecería si me casara con ella? —dijo Bashi—. Señora Hua, no me mire como si tuviera dos cabezas. Me asusta.
—¿Por qué quieres casarte con Nini?
—Estará mucho mejor conmigo que con sus padres —contestó Bashi
—. Y sería el hombre más feliz del mundo si pudiera pasar el resto de mis días con ella.
La señora Hua lo miró fijamente. Loto se había pasado el año posterior a la marcha del chico flautista de un humor sombrío, algo poco habitual en una niña de ocho años. De todas las hermanas, era la que le había tenido más apego; había aprendido a cantar para acompañarlo, y él decía bromeando que harían la mejor pareja de mendigos, él con su flauta y ella con su voz. Por aquel entonces, la señora Hua se preguntaba si no habrían cometido un error al rechazar al muchacho, pero el viejo Hua, ante las dudas de su mujer, negaba con la cabeza. Loto era la menos agraciada de las cuatro niñas, y el chico, con una picardía que iba a traerle problemas, habría acabado rompiéndole el corazón. Además, añadió el viejo Hua,
¿acaso querían que su hija acabara como ellos, casada con otro mendigo y sin un techo sobre su cabeza?
—Lo digo en serio —insistió Bashi. El silencio de la señora Hua lo puso nervioso y sintió la necesidad de demostrar su valía—. La trataré bien.
—Te he visto crecer a lo largo de los años, Bashi —dijo la señora Hua
—. Te conozco lo suficiente para saber que no eres una mala persona, pero cualquiera que te oiga decir una cosa así pensará que te has vuelto loco.
—¿Por qué?
—Todavía es una niña.
—Pero crecerá —replicó Bashi—. Puedo esperar.
De hecho, ¿por qué no tenía derecho el chico a pensar en casarse con Nini? ¿Y si hubieran permitido que el joven flautista formara parte de su familia? Puede que ahora tuvieran algo más, una hija y un yerno que pudieran ocuparse de ellos cuando tuvieran que partir hacia el otro mundo, un poco de música para dar color a su apagada vida, nietos a los que querer.
—¿Quién querrá casarse con ella y tratarla bien sino yo? La quiero —
dijo Bashi enderezando la espalda al tiempo que hacía tan atrevida declaración—. No es feliz en su casa. ¿Querría ser usted mi casamentera?
¿Podría hablar con su familia en nuestro nombre? No recibirán una oferta mejor.
—Es demasiado joven —contestó la señora Hua.
—Ustedes casaron muy jóvenes a sus hijas y las entregaron a otras familias, ¿no? —insistió Bashi—. Puedo esperar a que crezca. Podría pagarles para que Nini viviera con ustedes. Solo necesito su palabra de que ella será mía.
La señora Hua miró a Bashi. La rueda de la vida, con su giro inexorable, a veces se apiadaba de los humanos. El chico había vuelto a ella para darle una segunda oportunidad, pero como madre, como mujer,
¿cuál era la decisión correcta?
—Deja que lo hable con mi marido —contestó—. ¿Podrías pasar por casa esta tarde? Te diremos lo que hemos decidido.
Tong necesitó dar un largo paseo para reunir el valor suficiente y volver al colegio. No dejaba de imaginar a su profesora pidiéndole una explicación por lo del día anterior. Nunca conseguiría el pañuelo rojo ahora que había demostrado su poca honradez al fingir que estaba enfermo y saltarse las clases. En una ocasión la profesora había comentado que una pequeña grieta en el fondo de un barco era capaz de hacerlo naufragar en mar abierto, y Tong se imaginaba como una pobre alma malograda encaminándose hacia una vida pecaminosa, una idea que hacía acudir las lágrimas a sus ojos. Lo primero que haría esa mañana sería admitir que había obrado mal, antes de que la grieta se ensanchara y él se convirtiera en un joven delincuente.
Sin embargo, la maestra no estaba por la labor de interrogar a Tong. Se habían cancelado las clases, desde primero hasta sexto. El director había convocado una reunión de urgencia para los profesores y todo el personal, y los alumnos habían sido conducidos al auditorio, donde quedaron sin vigilancia. Sin nadie que pusiera orden, el griterío no tardó en inundar la sala. Los chicos de los cursos superiores se pusieron a correr como locos por los pasillos y los niños más pequeños se lanzaban aviones de papel unos a otros, aunque sin atreverse a abandonar sus asientos. Las niñas chillaban cuando los chicos tropezaban o chocaban con ellas, y algunas sacaron tiras de plástico de colores para trenzar llaveros en forma de pececitos o de loros. Nadie preguntó ni por qué ni por cuánto tiempo los habían dejado allí. Si dependiera de ellos, aquel feliz día podía eternizarse.
Tong estaba sentado entre algunos de los más callados de la clase, chicos y chicas que eran capaces de permanecer quietos en sus sillas durante horas cuando lo pedían los profesores. La niña que se sentaba junto
a Tong le susurró que se avecinaba una guerra. Tong le preguntó qué guerra, pero la niña no supo qué contestarle y se limitó a añadir que había oído que su padre se lo decía a su madre. Era de las que se ruborizaban en cuanto abrían la boca, y cuando Tong la miró a la cara sonrojada, le resultó muy difícil creerla.
Media hora más tarde, el director acompañó a los profesores al auditorio, donde hizo sonar el silbato con tanta fuerza que a todo el mundo le pareció que se le perforaba el tímpano. Los alumnos regresaron rápidamente a sus asientos y el auditorio no tardó en guardar silencio. El director subió al estrado y, como de costumbre, se aclaró la garganta varias veces antes de iniciar su discurso delante del micrófono, que crujió y amplificó el sonido.
—Un brote de epidemia contrarrevolucionaria ha sorprendido a Río Turbio desprevenida —dijo—. Quiero que comprendáis que la situación es grave y que si bajamos la guardia podríamos ser los siguientes en quedar infectados por esta enfermedad tan virulenta.
Algunos niños se removieron en sus asientos, otros tosieron y algunos otros se frotaron la nariz.
—Ha llegado el momento de limpiar nuestros corazones y almas con el desinfectante más poderoso —continuó el director golpeando el atril para recalcar cada palabra. Los corazones de los niños palpitaban al mismo son que el puño—. Todos habéis nacido bajo la bandera roja de la revolución y habéis crecido en el tarro de miel que ha provisto el partido. A veces es precisamente este privilegio la razón por la que olvidamos dar las gracias por lo felices que somos en este país. Respondedme, niños: ¿quién os ha proporcionado una vida tan feliz?
Hubo un momento de desconcierto antes de que algunos de los alumnos de los cursos superiores respondieran.
—El Partido Comunista.
—No os oigo —dijo el director—. Contestad más alto si confiáis en vuestra respuesta.
Varios profesores se levantaron e hicieron señas a los niños, tras lo cual otras muchas voces se unieron al coro. El director necesitó varias rondas más hasta quedar completamente satisfecho con la atronadora respuesta.
—Larga vida al más grande, glorioso e infalible Partido Comunista —
repitió el hombre golpeando con el puño—. ¿Entendéis estas palabras? ¿Su significado? Significan que nuestro partido jamás se ha equivocado y jamás se equivocará, significan que cualquier cosa que hagamos no escapará al escrutinio del partido. Sé que os han enseñado a respetar a vuestros padres, pero ¿qué son ellos comparados con el partido, nuestros primeros padres?
Sois hijos del partido antes que hijos de vuestros padres. El partido ama a todos por igual; no obstante, si alguien comete un error, igual que cuando lo comete un niño, el partido no dejará pasar ni a un solo infractor sin castigo. No se librará nadie, no se tolerará ningún crimen.
Tong tenía los ojos hinchados y le escocían. ¿Cómo había podido él, un hijo amado por el partido, hacer novillos por haber perdido una mascota?
¿Cómo había podido olvidar que estaba destinado a convertirse en héroe?
La compasión lo convertiría en un inútil, como había dicho su padre.
Estaba llamado a ser un niño especial y nunca más se permitiría olvidarlo.
Gritó las consignas con los demás alumnos. No se oía entre las demás voces, pero estaba seguro de que la suya llegaría hasta el partido para pedir misericordia.
Tras la reunión, los alumnos formaron filas y volvieron a sus aulas respectivas. A los de los cursos superiores se les pidió que redactaran con todo tipo de detalles lo que ellos y hasta el último miembro de su familia habían hecho el día del Ching Ming. A los niños más pequeños se les dio tiempo para pensar y recordar, mientras sus profesores se paseaban por los pasillos para reprender a cualquier chico o chica que tendiera al distraerse en clase habitualmente.
Cuando le tocó realizar su confesión en un aula aparte, Tong les contó a los profesores que su perro había desaparecido la noche anterior y que el día del Ching Ming lo había estado buscando. Tong no conocía a los dos interrogadores, sentados tras el escritorio ante unas libretas abiertas. Los habían llamado de otro colegio, ya que el distrito escolar había ordenado que las escuelas intercambiaran el personal para que las respuestas de los niños no se vieran influenciadas de ningún modo por sus propios maestros.
El más joven de los dos, una mujer de unos treinta años, tomó nota y se dispuso a preguntar.
—¿Cómo se llama tu perro?
—Oreja.
Los profesores intercambiaron una mirada.
—¿Qué nombre es ese? —preguntó el otro interrogador, un hombre de unos cincuenta años.
Tong se removió en el asiento de adulto donde estaba sentado; los pies no le llegaban al suelo. Habían colocado la silla en medio de la habitación, delante del escritorio y las dos sillas que había detrás. Tong intentó concentrar la mirada en sus zapatos pero, como si tuvieran voluntad propia, sus ojos no tardaron en vagar hasta las cuatro piernas que se veían por debajo de la mesa que tenía enfrente. Los pantalones del hombre, de un gris verdoso, tenían dos parches de un color similar que le cubrían las rodillas.
Los zapatos de piel negra de la mujer lucían unos brillantes broches metálicos en forma de mariposa. Tong no sabía cuánto tiempo seguirían interrogándolo. Aunque el director y los profesores no habían dicho nada sobre la recogida de firmas, él sabía que era una de las cosas que debía ocultar.
—¿Quién puede corroborar que estabas buscando a tu perro? —
preguntó el hombre.
—Mis padres —contestó Tong.
—¿Iban contigo cuando lo buscabas? —Tong negó con la cabeza—.
Entonces, ¿qué hacían mientras tú buscabas el perro?
—No lo sé —dijo Tong—. Salí temprano. Los domingos siempre se levantan tarde.
—¿Sabes lo que hacen los domingos por la mañana? —preguntó el hombre con curiosidad.
La mujer miró la libreta, intentando ocultar una sonrisa de complicidad.
Tong volvió a negar con la cabeza mientras un sudor frío le recorría la espalda.
—¿Qué hicieron después de levantarse? —insistió el hombre.
—Nada —contestó Tong.
—¿Nada? ¿Cómo no van a hacer nada dos adultos?
—Mi madre hizo algo de colada —dijo Tong, vacilante.
—Eso es algo. Y ¿luego?
—Mi baba arregló la cocina —dijo Tong.
No era del todo mentira. El regulador del tiro de la cocina se había roto y su madre le había pedido muchas veces que lo arreglara antes de que por fin su padre lo hiciera la semana anterior. Era una de esas cosas que un padre haría un domingo.
—¿Qué más?
—Mi madre preparó el desayuno y la cena.
—¿La comida no? ¿Salieron ella o tu padre a comprar la comida?
—Los domingos solo hacemos dos comidas —dijo Tong—. No salieron. Se echaron una larga siesta por la tarde.
—¿Otra vez? —preguntó el hombre, con fingida incredulidad.
Tong se mordió los labios y no dijo nada. Su madre siempre decía que dormir era el mejor modo de ahorrar energía, y así no tenían que gastar dinero en la comida los domingos, pero ¿cómo iba a contarles eso a los profesores?
—¿Tus padres salieron de casa en algún momento de la mañana? —
preguntó el hombre—. Pongamos que entre las siete y las doce.
Tong negó con la cabeza. Tenía la vaga sensación de que no lo creían y que tarde o temprano informarían al colegio y a sus padres de que había mentido. ¿Qué harían con él? No podría lucir el pañuelo rojo alrededor del cuello antes de junio.
—¿Estás seguro?
—Volví a casa para desayunar y luego dijeron que era una pérdida de tiempo seguir buscando a Oreja, así que me quedé en casa con ellos.
—¿Has encontrado a tu perro? —preguntó la profesora, mientras enroscaba el capuchón de su estilográfica y miraba la lista, preparándose para el siguiente alumno.
Tong intentó contener las lágrimas con todas sus fuerzas, pero cedió ante el miedo de ser castigado no ya por mentir, sino sobre todo por firmar con el nombre de su padre en la tela blanca. Los profesores se lo quedaron mirando un momento.
—No llores por un perro perdido —dijo la mujer—. Pídeles a tus padres que te compren otro.
Tong empezó a berrear, pero no contestó. El hombre hizo un gesto con la mano para que saliera y la mujer lo acompañó fuera de la clase, dándole
la mano. Por un instante estuvo a punto de confesárselo todo a la profesora, cuya palma suave y cálida lo tranquilizó un poco; sin embargo, antes de poder abrir la boca, ella le hizo una señal a la maestra de Tong para que se lo llevara y llamó en voz alta al siguiente de la lista.
Tong esperó en su silla, sin hablar con los demás niños. Nadie le preguntó por qué lloraba. Dos niñas y un niño habían vuelto sorbiéndose los mocos y sollozando antes que él, y nadie había mostrado sorpresa o preocupación.
Ya era más de mediodía cuando el director anunció por los altavoces que había llegado el momento de tomarse un descanso de una hora para ir a comer. Dijo que no debían comentar nada ni con sus compañeros de clase ni con sus padres y que cualquiera que no acatara aquella orden tendría problemas serios.
Tong caminó despacio. Esa mañana se había fijado en la repentina aparición de un montón de orugas negras, a las que llamaban «aguijones de álamo». Apenas medio día después había centenares de ellas en la acera y en las paredes de los callejones. Muchas habían acabado espachurradas bajo pisadas descuidadas o ruedas de bicicleta, y sus cuerpos y sus diminutas entrañas se secaban al sol.
Cuando Tong entró en la habitación, sus padres lo miraron unos instantes y luego retomaron su conversación.
—¿Quién sabe? —dijo su padre—, tal vez solo sea un montaje del gobierno para asustar un poco a la gente y al final la cosa quedará en nada.
Tong se sentó a la mesa, donde le esperaba un cuenco de sopa de fideos. Su madre le dijo que se diera prisa, ya que ambos tenían que volver a trabajar en media hora.
—La forma en que están llevando todo esto me tiene con el corazón en un puño.
—Las mujeres están con el corazón en un puño por cualquier cosa —se burló el padre de Tong—. Pero si ves un gorrión espachurrado y se te sale el corazón por la boca. Hazme caso: la ley no castiga a las masas. No hace falta que te vayas muy lejos, solo tienes que pensar en cuántas personas apalearon los Guardias Rojos en 1966. Ahora que su comportamiento se considera incorrecto e ilícito, ¿has visto que algún guardia rojo haya sido castigado? No.
Tong comió lentamente. Le costaba tragar cada bocado.
—Baba, ¿por qué la ley no castiga a las masas? —preguntó cuando su madre le dijo que se apresurara.
—Por fin una pregunta sobre algo que no tiene que ver con ese perro tuyo —replicó el padre de Tong.
Se oyeron unas sirenas a lo lejos. La madre de Tong soltó los palillos y prestó atención.
—Parecen los bomberos —comentó la mujer con su marido.
El hombre salió al patio y echó un vistazo.
—Se ve humo —dijo cuando entró al cabo de un minuto.
—¿Dónde es el fuego?
—Hacia el este.
Cualquier otro día Tong habría pedido permiso para ir corriendo a ver el fuego, pero se limitó a quedarse sentado y a seguir masticando un fideo que parecía interminable. Su madre le puso una mano en la frente.
—¿Estás enfermo?
—Enfermo de amor por un perro —terció el padre de Tong.
Tong no contestó y se obligó a terminar de comer para que su padre no hiciera comentarios sobre sus hábitos alimenticios. Después de todo, puede que al final no pasara nada malo, como decía su padre. Aquella esperanza lo animó de camino al colegio. Aunque ¿y si se equivocaba? Los adultos no lo sabían todo, igual que cuando le dijeron que no le habría pasado nada a Oreja. Hundido de nuevo en la miseria ante aquella idea, Tong se estremeció con la brisa primaveral. Iba arrastrando los pies, como si caminara sobre nubes de algodón.
Otros dos profesores, también de otro colegio, fueron asignados a la clase de Tong, y uno por uno los alumnos entraron para responder a las mismas preguntas por segunda vez. En esta ocasión los profesores fueron menos intimidantes y Tong se sintió capaz de mirarlos a los ojos. No encontraron nada raro en los hábitos de sueño de sus padres. Cada vez que Tong contestaba, uno de ellos le preguntaba si estaba seguro. La mujer tenía una voz tan agradable que al niño no le costó mentir. Hacia el final del interrogatorio se sentía aliviado. Los profesores habían sido amables con él y no se habrían mostrado tan cordiales de haberlo descubierto. De
hecho, aparte de buscar a Oreja, no había hecho nada grave. Cuanto más lo pensaba, menos real le parecía la firma que había estampado en la tela blanca, por lo que la petición no tardó en dejar de preocuparlo.
Para Nini fue algo nuevo descubrir que un secreto podía tener vida propia. Contar con un lugar al que poder ir algún día consumió todo el espacio de su pecho en un abrir y cerrar de ojos, y la continua expansión hacía que le dolieran los incipientes senos. Tenía la sensación de que las extremidades, incluso la mano y la pierna buenas, se alejaban de ella y notaba que las articulaciones se soltaban y que perdía el control sobre ellas.
Nini se miró en un espejo de forma oval, del tamaño de una mano, que su segunda hermana escondía debajo de la almohada. Aunque era tan pequeño que solo conseguía verse parte del rostro, la persona que se reflejaba ya no era aquel ser espantoso que ella recordaba. Ahora tenía los labios más carnosos y las mejillas más redondas, arreboladas constantemente.
No era la primera vez que algo ocupaba sus pensamientos por completo. Antes de Bashi habían sido el maestro y la señora Gu, aunque algunos deseos eran más acuciantes que otros. Nini tenía la sensación de que su cuerpo era demasiado pequeño para contener su secreto. Tenía que morderse el interior de la mejilla para que no se le escapara la noticia ante cualquier extraño con el que se cruzaba por la calle, o peor, ante su familia.
Al final, creyendo que estaba a punto de explotar, Nini cogió al bebé y les dijo a Cuartita y a Quintita que se iba al mercado. Las dos niñas le suplicaron que las llevara con ella, pero Nini contestó que tenía asuntos que atender y que no serían más que un estorbo. Para contentarlas, les dio un caramelo, que había traído de casa de Bashi. Les prometió más golosinas si se quedaban en casa y se portaban bien. Cuartita preguntó si podían jugar en el patio y le dio su palabra de que no saldrían al callejón. Nini vaciló.
Las niñas cada día se parecían más entre ellas y cuando estaban juntas no necesitaban nada más. Por lo general solía dejar que salieran a jugar al patio, pero Nini decidió que esta vez no le vendría mal ejercer más autoridad, de ese modo sus favores se verían recompensados con gratitud y obediencia. Les dijo que tendría que encerrarlas en casa. No pareció
hacerles demasiada gracia, pero las niñas no protestaron. Se quedaron una junto a la otra, chupando el caramelo y mirando cómo Nini cerraba la puerta y echaba la llave por fuera.
—Te he encontrado un cuñado —le susurró Nini a Sextita una vez en la calle, con los labios pegados a la oreja del bebé.
—Luz, luz —dijo Sextita, señalando un coche de policía con las luces enfocadas hacia una calle lateral.
—A ti también te encontraré un buen marido y la gente se pondrá tan celosa que se le volverán los ojos verdes —le dijo Nini a su hermanita, imaginando la rabia incontenible de sus padres y sus hermanas mayores.
Si Cuartita y Quintita se portaban bien, se plantearía si también las ayudaba a ellas o no. Tiró del bebé con delicadeza hasta que Sextita tuvo que volverse hacia ella y olvidar el coche de policía.
—Escucha: ¿deseas una vida mejor? Si es así, tienes que seguir a mi lado. No puedes querer a nadie más que a mí. Solo yo puedo hacerte feliz, tu hermana mayor.
—Tata —exclamó Sextita, y acercó su boquita húmeda a la mejilla de Nini.
—Tu cuñado —siguió Nini, y se sonrojó ante el nombre tan atrevido que le había dado a Bashi—. Tu hermano mayor sabe cómo hacer reír hasta a las piedras. —El bebé balbuceó mientras repetía la palabra «hermano», nueva para ella—. Es rico y te dará una dote cuando te llegue la hora de casarte. No esperes que nadie más haga nada parecido por ti.
Nadie respondió de inmediato a los saludos de Nini cuando entraron en casa de Bashi. No estaba echada la llave. La joven llamó a la puerta del dormitorio, que estaba cerrada.
—Sé que estás ahí, no me tomes el pelo —dijo.
No obtuvo respuesta del interior de la habitación. Nini pegó la oreja a la puerta y oyó un susurro de ropas.
—¿Bashi? —lo llamó.
El joven contestó que esperara un segundo, con la voz atenazada por el pánico. Nini empujó la puerta y Bashi se acercó corriendo, abotonándose la bragueta con una mano.
—No sabía que ibas a venir —dijo el joven ligeramente jadeante.
Nini observó con atención el rostro sonrojado de Bashi.
—¿Quién hay ahí?
—Nadie —contestó él—. Estoy solo.
Nini le pasó a Sextita con brusquedad y entró para comprobarlo. La reacción de Bashi le pareció sospechosa e instintivamente supo que la estaba engañando con otra mujer. Levantó la colcha revuelta de la cama, pero nadie se escondía debajo. Miró bajo la cama. El lecho de la abuela estaba vacío al otro lado de la cortina. Igual que el armario.
—¿Qué andas buscando? —preguntó Bashi con una sonrisa y el bebé sentado a horcajadas sobre sus hombros, tirándole del pelo.
—¿Estás engañándome con alguien? —preguntó Nini al no encontrar rastro alguno de otra mujer en el dormitorio.
—Claro que no —contestó Bashi.
—¿Y por qué estabas durmiendo a media mañana?
—En realidad no estaba durmiendo. Había vuelto de dar un paseo y pensé en echarme un rato en la cama a descansar —dijo Bashi—. De hecho, estaba soñando contigo cuando has entrado.
—¿Qué idiota iba a creerte?
—Créeme. No pienso en nadie más que en ti.
Nini iba a reírse de él, pero en la intensa mirada del joven se leía cierta desesperación.
—Te creo —dijo.
—He hablado con la señora Hua.
Nini creyó que se le paraba el corazón.
—¿Qué te ha dicho?
—No ha dicho que no —contestó Bashi.
—Pero ¿ha aceptado?
—Dijo que tenía que hablar con el viejo Hua, aunque creo que al final dirán que sí. No veo por qué no. La señora Hua estuvo a punto de besarme cuando le conté que quería casarme contigo.
—Tonterías. ¿Por qué iba a querer besarte? Es una anciana.
—¿Quieres besarme tú, jovencita?
Nini le dio un pequeño manotazo en el brazo. Bashi se hizo a un lado de un salto, lo que provocó el chillido gozoso del bebé. Nini abrió los
brazos para intentar atrapar a Bashi, pero él empezó a dar saltos por la habitación mientras los tres reían sin parar.
Nini fue la primera en recuperar la calma. Se sentó en la cama del joven, diciendo que estaba cansada. Sextita le tiró del pelo a Bashi para que siguiera dando vueltas. Este empezó a desfilar por la estancia cantando una canción sobre unos soldados que se iban al frente de Corea. La niña iba dándole palmaditas en la cabeza. Nini tarareaba al compás. Bashi bajó a Sextita y la dejó junto a Nini cuando acabó la canción. A continuación, cogió el pañuelo de Sextita, lo dobló en forma de ratoncito y empezó a jugar con los dedos haciendo que el ratón saltara sobre la niña, como si el animalito tuviera vida propia. La pequeña chilló regocijada. Nini se sobresaltó, pero luego se echó a reír.
—Qué suerte la mía, tener un par de florecillas —comentó Bashi.
Nini dejó de reír.
—¿Qué has dicho?
—Que con una sola bufonada os he hecho reír a las dos.
—No, has dicho otra cosa —insistió Nini—, ¿Qué has querido decir?
Bashi se rascó la cabeza.
—¿Qué he querido decir? No lo sé.
—Mientes —dijo Nini, y sin poder evitarlo, las lágrimas acudieron a sus ojos.
Nini se avergonzó de sí misma, parecía una de aquellas mujeres de mal carácter que veía en el mercado, o su propia madre.
Sextita siguió masticando la cola del ratón de tela mientras los miraba con interés. Bashi se volvió hacia Nini, preocupado.
—¿Te duele la barriga?
—¿Qué planes has estado haciendo para la niña? —dijo Nini—.
Escúchame bien: no es tuya. Se casará con el mejor hombre del mundo.
—¿Un hombre incluso mejor que yo?
—Cien veces mejor —contestó Nini, aunque empezaba a escapársele una sonrisa—. Ni se te ocurra poner los ojos en Sextita.
—¡Por todos los cielos, pero si solo es un bebé!
—No lo será siempre. Se convertirá en una mujer y entonces sé que dejaré de gustarte, porque ella será más guapa y más joven. Dime: ¿era eso
lo que habías planeado? ¿Casarte conmigo para tener algún día a Sextita?
—Te juro que no había planeado nada.
—Y cuando la niña se convierta en una jovencita…
—Soy su hermano mayor, así que la cuidaré, claro está. Escogeré un hombre cien veces mejor que yo para ella.
Sextita empezó a decir «hermano, hermano» sin sacarse el pañuelo de la boca.
Nini aseguró que no lo creía, intentando que no la delataran las ganas de reír.
—Lo digo en serio. Si no, que vengan todos los ratones del mundo y me coman vivo, o que me pique un escorpión en la lengua y no pueda volver a hablar, o que se me clave una espina en la garganta y no pueda volver a tragar ni un solo grano de arroz —contestó Bashi—. Te juro que eres la única dueña de mi corazón.
Nini se volvió hacia Bashi, pero no descubrió ni un asomo de burla en su mirada.
—No hace falta que jures tanto —dijo Nini en voz baja—. Te creo.
—No, no me crees. Si tú supieras… —replicó Bashi, y suspiró hondamente—. Nini, te quiero.
Era la primera vez que hablaba de amor, y ambos se sonrojaron.
—Lo sé, yo también te quiero —contestó Nini en un susurro, con la sensación de que no tenía ni un solo miembro en su sitio y que su cuerpo era una torpe y pesada carga.
—¿Qué? No te he oído. Dilo más alto —le pidió Bashi llevándose una mano detrás de la oreja—. ¿Qué has dicho?
Nini sonrió.
—No he dicho nada.
—Vaya, qué pena. Estoy enamorado de alguien, pero en vano.
—Eso no es verdad —protestó Nini en voz más alta de lo que había pretendido. Bashi la miró y negó con la cabeza como si no la creyera. A Nini le entró el pánico. ¿La habría malinterpretado?—. Si no lo he dicho en serio, que el dios del rayo me parta por la mitad.
—Pues entonces que la diosa del trueno brame hasta matarme —replicó Bashi.
—No, que mi muerte sea cien veces más dolorosa que la tuya.
—Que mi muerte sea mil veces más dolorosa que la tuya.
—Yo me convertiría en tu esclava en la siguiente vida —dijo Nini.
—Yo me convertiría en una mosca para revolotear a tu alrededor en la siguiente vida hasta que tú me aplastaras.
Ambos se quedaron callados, extasiados por el deseo mutuo de demostrar su disposición a sufrir por el otro. En medio del silencio, oyeron los balbuceos del bebé. Nini se preguntó qué ocurriría ahora que ambos sabían hasta qué punto se deseaban. (inundo Bashi le tocó la cara, fue algo natural que sus labios rozaran los de ella. Luego dejaron que el resto de sus cuerpos los arrastraran de la cama al suelo, sin hacer un solo ruido, donde se aferraron el uno al otro hasta que les dolieron los huesos.
Bashi la levantó y la dejó sobre el camastro de su abuela. Sextita los miraba, pero perdió el interés en cuanto corrieron la cortina. Se puso a gatear por la cama de Bashi, de un extremo al otro, explorando el nuevo territorio, disfrutando de la libertad de no estar atada a ningún poste. No tardó en caer rodando al suelo, pero la almohada que arrastraba con ella le sirvió para amortiguar la caída. Lloró sin demasiada convicción y luego gateó hasta la otra cama, dejó atrás la cortina en la que podría haberse enredado, rodeó un par de zapatos grandes, luego otro par, más grandes aún, y finalmente alcanzó el lugar que se había propuesto: bajo la cama donde su hermana y su hermano mayores jadeaban inmersos en un gozo y una agonía faltos de experiencia. Recogió del suelo medio palito de ginseng y empezó a masticarlo. Al principio lo encontró dulce, pero enseguida le supo a rayos. Se lo sacó de la boca y lo arrojó tan lejos como pudo. Cayó en uno de los zapatos grandes.
—Bashi —murmuró Nini.
A escasos centímetros, Bashi miró fijamente a Nini y luego enterró la cabeza en la curva del cuello de la joven.
—Esperemos a estar casados —susurró él también—. Quiero que sepas que soy un hombre responsable.
Nini miró sus ropas desabrochadas y sonrió con timidez. Bashi le abotonó la camisa y se quedaron escuchando al bebé, que hablaba solo.
—Voy a buscar a la señora Hua y a su marido en cuanto vuelvas a casa
—anunció Bashi.
—Diles que queremos casarnos mañana —contestó Nini—. A mis padres les dará igual.
—Qué afortunado soy —dijo Bashi.
—La afortunada soy yo.
Se quedaron tumbados, abrazados. De vez en cuando, uno de los dos rompía el silencio para hablar de los planes que tenían para el bebé y para ellos, de su vida futura. Al cabo de un buen rato, Bashi miró el reloj, y volvió a mirarlo.
—Si casi es mediodía —exclamó.
Nini se volvió hacia el reloj y aguzó el oído. Todo estaba muy silencioso para la hora que era, un momento del día en que, por lo general, los escolares y los adultos regresaban a casa para comer. Se incorporó y dijo que era hora de irse. Sus movimientos eran lentos, como si su cuerpo estuviera lleno de sueños indolentes, demasiado pesados para arrastrarlos.
Que esperaran sus padres y hermanas.
—¿Vendrás esta tarde? —preguntó Bashi—. Ya habré hablado con el viejo Hua y su esposa.
—Vendré después de comer —contestó Nini.
Le dio la espalda y se recompuso la ropa. Antes de irse, se metió una bolsa de cacahuetes fritos en el bolsillo del abrigo. Dijo que eran para Cuartita y Quintita, y Bashi añadió algunos caramelos de café con leche.
Al ver salir a Nini del patio de Bashi, dos ancianas la observaron e intercambiaron una mirada entre ellas. Era la primera vez que salía por la puerta de la casa del joven a plena luz del día —solía ser prudente y entraba y salía con sigilo al amparo del crepúsculo matutino—, pero ¿qué más daba? Que a aquellas mujeres les reconcomieran la curiosidad y los celos. Ella le pertenecía a él y él a ella, y el viejo Hua y su esposa iban a casarlos muy pronto. Ahora ya no tenía nada que temer.
La calle se veía inquietantemente desierta. El mercado estaba cerrado y casi ninguna tienda de la calle mayor había abierto. Cuando Nini pasó junto a la escuela de primaria, las puertas se abrieron y salieron corriendo niños de todas las edades. Pensó que el colegio había decidido hacer salir más tarde a los niños, y aceleró el paso. Se preguntó si le daría tiempo a llegar a casa antes que sus padres y hermanas. Puede que ni siquiera descubrieran que se había ido.
A unas cuantas manzanas de casa, Nini vio el humo que se alzaba hacia el cielo. La gente pasaba corriendo junto a ella con cuencos y cubos.
—Nini, gracias al cielo que no estás dentro —le gritó un vecino, aliviado, al verla entrar en el callejón.
Nini contempló su casa, pasto de las llamas. El humo era negro y denso en contraste con el cielo azul, y las anaranjadas lenguas de fuego, ligeras y traviesas, lamían el tejado con avidez. El vecino le gritó que se mantuviera a una distancia prudente, que sus padres estaban de camino, y también los bomberos.
Varios escolares avanzaron corriendo junto a Nini. Avisaban a gritos a todo el que pasaba por allí, más emocionados que alarmados, y los adultos no tardaron en echarlos del callejón. Nini miró al vecino que se apresuraba hacia la casa y que entonces la habría olvidado, o eso esperaba ella.
Estrechó al bebé contra sí y se metió en otro callejón, en dirección contraria a la que corría la gente, con el deseo de convertirse en una exhalación.
Bashi pasó dos veces por el callejón de Nini, pero ninguno de los vecinos que respondieron a la puerta supo darle pistas sobre el paradero de la familia de Nini. Las paredes de ladrillo todavía aguantaban en pie, pero el tejado se había desplomado. La sala principal, con unos boquetes ennegrecidos donde antes estaban las dos ventanas y la puerta, le recordaron una calavera. Escupió y se reprendió por la desafortunada relación que había establecido. Una anciana que andaba removiendo las ruinas con unas tenacillas levantó la vista asustada al oír los pasos del joven. Pensando que era una vecina, Bashi intentó entablar conversación con ella y le preguntó si conocía a la familia sacudida por aquella tragedia, pero la mujer se asustó y se apresuró a alejarse con un cesto de paja lleno de cachivaches. Bashi tardó unos instantes en comprender qué había estado haciendo la mujer y le gritó que devolviera lo que no era suyo, pero enseguida la perdió de vista.
Decidió acercarse al hospital municipal en busca de información.
Alguien de allí debía de saber si las dos hermanas, tal como Nini creía, habían quedado atrapadas por el fuego. Aquella tarde, al volver de visitar a
los Hua, Bashi había encontrado a Nini hecha un ovillo delante de la puerta de casa, que había cerrado con llave. Le había dicho que despertara, que traía grandes noticias, pero cuando Nini abrió los ojos, Bashi quedó atónito al comprobar que en menos de una hora se había convertido en una extraña.
El pequeño rostro de la joven siempre había sido un libro abierto: en él se leía el hambre, la rabia, la curiosidad o la determinación, pero en aquellos momentos su inexpresividad lo asustó. Sextita, al oírlo, salió gateando del cobertizo del patio y sonrió.
Nini le preguntó si todavía quería casarse con ella, una chica con mala estrella, que había asesinado a sus hermanas y había dejado a su familia sin hogar. Bashi tardó varios minutos en comprender la pregunta. Intentó pensar en algo que pudiera animarla, pero era como si aquellos ojos inexpresivos le hubieran paralizado el cerebro. Bashi le contó que los Hua habían accedido a acogerla si sus padres aceptaban la propuesta matrimonial, aunque le transmitió la noticia con menos aplomo y alegría de lo que había imaginado. Nini contestó que podrían haber estado en el cielo, que podrían haber sido muy felices. Bashi replicó que todavía podían serlo, pero Nini negó con la cabeza y dijo que estaba siendo castigada por ser feliz. Bashi recordó el dicho favorito de su abuela y se lo recitó a la joven: el cielo era tacaño y aceptaba más de lo que solía dar. Nini dijo que el cielo era malo y Bashi contestó que, en ese caso, él iría al infierno con ella. Tras aquello, estuvieron un rato con las manos entrelazadas contemplando a Sextita, que gateaba por el patio. Eran dos criaturas marginadas por el mundo desde el primer momento, que, en cuestión de medio día y en compañía mutua, se habían convertido en un hombre y una mujer que preferían mantenerse apartados de dicho mundo.
De camino al hospital, Bashi vio a gente desconocida que holgazaneaba por la calle en grupos de dos o tres personas. De no ser por el incendio, se habría detenido a charlar y habría tratado de entablar conversación con aquellos extraños, pero ahora Bashi los miró con indiferencia. Aunque el mundo estuviera desmoronándose, a Nini y a él les habría dado lo mismo.
La recepcionista de urgencias se mostró igual de antipática que siempre, y al ver que era imposible sacarle ninguna información útil, Bashi pensó en los dos extraños que había visto delante del hospital.
—Un día movidito, hermanos —dijo Bashi acercándose a ellos.
Los dos hombres lo miraron de arriba abajo y no respondieron. Bashi les ofreció un cigarrillo. El más joven, no mucho mayor que Bashi, alargó una mano y luego, echando un rápido vistazo a su compañero, negó con la cabeza y dijo que ya tenían tabaco.
—Qué lástima. Sin ánimo de ofender, pero creo que es inaceptable rechazar un cigarrillo cuando se lo ofrecen a uno. Al menos aquí, en esta ciudad.
El mayor de los dos asintió, como si se disculpara, y sacó dos cigarrillos, uno para él y otro para su compañero. El joven prendió una cerilla y encendió primero el pitillo del mayor. Cuando se volvió con la cerilla encendida, a punto ya de consumirse, y le ofreció fuego a Bashi, este negó con la cabeza.
—Bueno, ¿de dónde sois?
—¿Por qué lo preguntas? —quiso saber el mayor.
—Por curiosidad. Resulta que conozco a mucha gente de por aquí, pero no me suenan vuestras caras.
—¿Ah, sí? ¿A qué te dedicas? —se interesó el mayor.
Bashi se encogió de hombros.
—¿Habéis oído hablar del incendio? —preguntó.
—¿Ha habido un incendio?
—Se ha quemado una casa.
—Mala suerte —dijo el más joven.
—Entonces, ¿no habéis visto ni oído nada? Pensé que, como pasáis aquí todo el día, tal vez sabríais algo.
—¿Quién te ha dicho que nos pasamos aquí todo el día? —preguntó el más joven.
El otro carraspeó y tiró de la manga de su compañero. Bashi los miró y sonrió.
—¿Creéis que soy idiota? —dijo—. Estáis aquí por lo de la concentración, ¿no?
—¿Quién te lo ha dicho? —quisieron saber, acercándose a él, uno por cada lado.
—No soy ciego ni sordo —contestó Bashi—. Incluso podría ayudaros, si a cambio me ayudáis vosotros.
El mayor colocó una mano en el hombro de Bashi.
—Dinos lo que sepas, hermanito.
—Eh, que me haces daño —protestó Bashi—. ¿Qué queréis saber?
—Todo lo que sepas —contestó el mayor de los dos.
—Como ya os he dicho, primero tenéis que prometerme que me ayudaréis a cambio.
—Yo que tú no negociaría con estas cosas.
—¿Ah, no? ¿Queréis saber qué ha hecho esa persona? —dijo Bashi señalando a un hombre de mediana edad que había salido del hospital y estaba cruzando la calle.
El mayor de los dos miró al más joven, que asintió y atravesó la calle apretando el paso para ponerse a la altura del hombre.
—Si entras en urgencias y les preguntas si hay ingresado algún herido por lo del incendio, te diré qué ha hecho —contestó Bashi cuando el mayor de los dos volvió a presionarlo.
—Primero dímelo.
—Entonces no me ayudarás.
—Lo haré.
Bashi lo miró fijamente antes de contestar.
—Me fiaré de tu palabra. Ese hombre, no sé cómo se llama, pero trabaja en el hospital, firmó una petición a favor de la contrarrevolucionaria. Ahora tienes que entrar y ayudarme.
El hombre no se movió.
—¿Solo eso?
—¿Qué? ¿No crees que la información es lo bastante importante?
—Piensa un poco, hermanito. Si dejó su nombre en la petición,
¿necesitaríamos que tú nos lo dijeras?
—Entonces, ¿qué andáis buscando?
—¿Viste a alguien, pongamos, que asistiera a la concentración y que se fuera sin firmar?
De modo que era eso lo que buscaban, pensó Bashi asintiendo con una sonrisa y señalando la entrada de urgencias. El hombre lo miró y luego arrojó la colilla a la alcantarilla.
—Entraré, pero será mejor que a cambio tengas algo para mí que valga la pena.
Regresó al cabo de unos minutos y le dijo que no había muerto nadie en el incendio, pero que esa tarde habían trasladado a dos niñas pequeñas con quemaduras de consideración a la capital provincial. Bashi imaginó los dos cuerpecitos envueltos en llamas y se estremeció.
El hombre lo miró fijamente.
—Las niñas no han muerto. No sé si eso serán buenas o malas noticias, pero lo he preguntado por si te interesaba. Tu turno.
—¿Qué quieres saber?
—Ya te lo he dicho, todo lo que sepas.
—La anciana, la madre de la contrarrevolucionaria, no sé si sabes de quién te hablo, es una de las que mueven los hilos.
El hombre resopló, impávido.
—¿Qué más? —dijo—. Dinos algo que no sepamos.
—Vi a tanta gente que apenas recuerdo sus nombres.
—Pero recordarás alguno.
—Veamos…
Bashi pensó y empezó a recitar nombres, los de alguna gente que había visto en la concentración y los de otros que, en algún momento, no se habían portado bien con él. El hombre no parecía interesado en comprobar la veracidad de la información, así que Bashi se envalentonó un poco más y le dio todos los nombres que recordaba de aquellos que habían acudido a la concentración; a continuación añadió los de un grupito a los que consideraba sus enemigos. El hombre los anotó en una libreta y acto seguido le pidió sus señas. El joven le facilitó su nombre y dirección.