Las puertas del paraiso

Yiyun Li · Capítulo 12 de 14

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Las puertas del paraiso

Tercera Parte

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Capítulo 10

Kai dio un paseo solitario hasta la plaza del centro embargada por una lánguida tristeza. A esas horas, la mayoría de la gente habría vuelto a sus casas después de pasar el día fuera, en la montaña, con la sensación de que el Ching Ming se había acabado demasiado pronto, como todos los días festivos.

Al mediodía habían ido a los juzgados a entregar al funcionario de guardia, que estaba esperándolos, una copia de la petición con las firmas transcritas, en la que se solicitaba la apertura de una investigación sobre el juicio de Gu Shan y la restitución de la reputación de la joven a título póstumo. El funcionario, un conocido de Kai, había fingido que no la conocía y, sin mediar palabra, había firmado el formulario oficial como recibo de la petición.

La fotografía ampliada de Gu Shan permanecía intacta en el pedestal de la estatua de Mao, con los crespones negros agitándose al viento alrededor del marco. Las flores de papel que habían recogido a primera hora de la mañana habían sido transformadas en tres coronas, y destacaban en la pálida luz como enormes crisantemos. Debajo estaba la tela blanca con más de trescientas firmas, sujetada con una piedra en cada esquina para que no saliera volando. Los vecinos, tanto los que Kai había saludado en el acto de la mañana como los que no, habían llevado ramos de flores silvestres y brotes de pino de la montaña y los habían depositado sobre la tela. Kai contempló el santuario improvisado de Gu Shan. El ayuntamiento no había emitido ninguna orden de limpieza, lo que parecía una nueva confirmación de lo que habían logrado.

Por la tarde Kai pasó por la casucha de Jialin. Sus amigos estaban allí, felicitándose por el éxito del evento. Una mujer, que Jialin le presentó

como la doctora Fan, agradeció a Kai el bonito discurso que había pronunciado. Un hombre de mediana edad asintió con la cabeza, de acuerdo con ella. A pesar de su discreción, la bibliotecaria municipal resultó ser una persona cordial que le sirvió una taza de té de un termo que había llevado. Además de Jialin y Kai, había cuatro hombres y cuatro mujeres; la señora Gu, que había regresado a casa para cuidar de su marido, era la única que faltaba en la celebración. El grupo charlaba sobre la concentración de aquella mañana y se preguntaba cuándo empezarían a tener noticias del ayuntamiento. Jialin les recordó que debían ser pacientes, pero la irreprimible animación que se desprendía de su mirada traicionaba al joven. Les anunció que todas las emisoras británicas y estadounidenses predecían un cambio drástico en el gobierno central, y lo mismo decían en Hong Kong. Kai les confirmó la noticia y les reveló que en la capital de la provincia se estaba investigando la ejecución de Gu Shan. Llevada por la emoción, una de las mujeres abrazó a Kai y le agradeció que se hubiera unido a ellos. La locutora pensó que tal vez era una de las que habían sospechado de ella al principio, pero ahora la recibían como a una amiga y camarada, y eso era lo único que importaba.

Jialin encendió el aparato de onda corta y encontró una emisora que radiaba un vals interpretado por un grupo de acordeones. La música impregnó la casucha de ambiente festivo, y un ingeniero cincuentón dio un paso al frente hasta el centro de la estancia y lanzó una invitación de baile.

Tres de las cuatro mujeres —una contable, la profesora y la doctora Fan—

protestaron entre risas. Como si lo hubieran ofendido, el ingeniero preguntó qué tenía de malo un buen baile. Kai iba a presentarse voluntaria, pero antes de dar un paso al frente, Jialin la detuvo con un leve gesto de la cabeza. La joven se volvió y vio que la bibliotecaria salía al centro de la estancia y colocaba sus manos en las del ingeniero, que se sonrojó. El hombre le guiñó un ojo a Jialin y dirigió la danza en el reducido espacio de la casucha. Kai se fijó en que el rostro de la bibliotecaria adquiría un intenso tono carmesí, como el de una jovencita enamorada por primera vez.

Kai no había podido hablar con Jialin a solas en toda la tarde. Se preguntaba si él se sentiría tan agradecido como ella por las distracciones que el acto les había proporcionado. ¿Habrían tomado otro tipo de decisiones si cupiera la posibilidad de plantearse un futuro juntos? Jialin

había intentado ocultar su agotamiento a medida que transcurría la tarde.

Kai ignoraba si a los amigos de Jialin estaban tan apenados como ella por su enfermedad.

Una mujer, cuya barriga asomaba ligeramente por debajo de una chaqueta vieja, se acercaba a la plaza. Kai la saludó con un gesto de la cabeza, pero la mujer, que se puso a leer las firmas de la tela blanca, no se percató de ello. Kai le dijo que todavía no era demasiado tarde para firmar, preguntándose si aquella mujer, como muchas otras, no habría podido escapar al control de su marido para acercarse al acto de la mañana. La mujer se volvió hacia Kai, con la mirada llena de odio.

—Os deseo una muerte horrible a todos vosotros —dijo, sin ocultar el veneno de sus palabras.

Kai la vio escupir en el santuario antes de alejarse caminando con un ligero balanceo. La joven recordó que su padre solía decir que en este mundo había de todo, dragones y aves fénix, pero también serpientes y ratas; sin embargo, qué fácil era olvidar, tras una tarde con Jialin y sus amigos, que el mundo seguía siendo el lugar cruel y rencoroso de siempre, y que el pequeño fuego de la amistad solo daba para mantenerse caliente y no perder la esperanza. Pensó en sus suegros, que en aquellos momentos debían de estar fuera de sí. Su madre, en quien había evitado pensar durante las últimas horas, se habría encerrado en su piso, preparándose para la ira de sus consuegros. No se atrevió a pensar en Han.

Cuando Kai entró en el piso, todas las luces estaban apagadas. Llamó a Ming-Ming, como era su costumbre, y la niñera salió sin hacer ruido de la habitación del pequeño, también a oscuras. Kai encendió la luz y la chica parpadeó, con los ojos hinchados por las lágrimas. Al preguntarle dónde estaba Ming-Ming, la jovencita no contestó, pero miró atemorizada en dirección al cuarto de baño. Segundos después se abrió la puerta y apareció la madre de Kai, con el rostro congestionado y húmedo. Kai hizo una seña a la niñera para que las dejara solas.

—¿Dónde has estado? —preguntó la madre de Kai, cuando la niñera cerró la puerta de la habitación del niño.

—¿Dónde está Ming-Ming?

—Tus suegros se lo han llevado a su casa. Han dejado dicho que la niñera se vaya de aquí mañana por la mañana.

—¿A quién se lo han dejado dicho?

La madre de Kai clavó la vista en ella, con labios temblorosos.

—¡A quién se lo han dejado dicho! A tu madre. Tu madre ha tenido que hacer de tripas corazón y suplicarles a tus suegros que te perdonaran por haberte vuelto loca. Dime, Kai, ¿por qué me haces esto? Soy una vieja viuda, ¿acaso no merezco un poco de paz?

Kai se quedó viendo cómo lloraba la mujer y se dio cuenta de que no había vuelto a mirarla a los ojos desde la muerte de su padre. Hasta ahora nunca le había parecido tan extraña, con el rostro cubierto de lágrimas.

—Lo único que me consuela es que haga tanto tiempo que tu padre ya no esté con nosotros, así no ha tenido que vivir la humillación de que se le llame de todo en casa de su propia hija, delante de su nieto y la niñera —

añadió la madre de Kai entre sollozos.

—¿Qué más han dicho?

—¿De qué serviría repetir sus palabras? Lo mejor es que me lleve a la tumba todo lo que se ha dicho.

Aunque la madre de Kai siempre había sido muy dominante en casa, de todos era conocida la facilidad con que se sentía intimidada por sus superiores. No se podía esperar que alguien viviera reprimido toda su vida, le dijo su padre a Kai una vez que trató de explicarle el carácter de su madre; la mujer necesitaba dar rienda suelta a la rabia contenida. En ese momento Kai cayó en la cuenta de que su madre había descargado todo su resentimiento en su padre, y que eso debía de ser lo que lo había matado.

—Plántales cara —dijo Kai—. Olvídate de mis suegros.

—Qué fácil es decir eso para ti. Han dicho que jamás nos permitirán volver a ver a Ming-Ming, ni a ti ni a mí. Dime, ¿cómo voy a olvidar una cosa así?

Kai desvió la mirada y vio algo azul sobre el mueble del televisor, recién acabado. Se inclinó y lo recogió. Era el sonajero preferido de Ming-Ming, en forma de ballena. Kai se preguntó si la niñera sabía que el niño lo había perdido o si la criatura lo había dejado allí para jugar al escondite. Ya en otra ocasión Kai había encontrado una pequeña pelota de goma en una de sus botas, y los tres días siguientes aparecieron otros juguetes en el mismo lugar, hasta que la joven madre comprendió que el niño lo hacía

aposta. Kai se preguntó cuánto tardaría Ming-Ming en escoger un zapato de sus abuelos para seguir jugando.

—¿Por qué lo has hecho? ¿Quieres algo que todavía no tengas?

Nunca le habían hecho aquella pregunta. Kai negó con la cabeza y contestó que lo importante no era lo que ella quisiera.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó la madre—. ¿Conoces la gravedad del asunto en que estamos metidas?

A Kai le sorprendió que su madre se incluyera en el destino de su hija.

Sintió la tentación de consolarla, pero no la escucharía.

—Siempre has sido una buena niña —continuó lamentándose la mujer

—. Nunca has desobedecido ni a tus padres, ni a tus profesores, no te has descarriado.

Kai le dijo una vez más que no se preocupara, consciente de que sus palabras eran demasiado vagas para que surtieran efecto.

—Una niña tan formalita… —repitió su madre con incredulidad.

La gente siempre le había dicho que era una suerte tener una hija que acataba las normas y que ayudaba a prosperar a sus hermanos.

Kai dejó a su madre y entró en la habitación del niño. Cuando empujó la puerta, la niñera, que lo había escuchado todo, retrocedió, con el pánico y la vergüenza reflejados en su rostro. Kai fingió no darse cuenta y le preguntó si quería ganar un dinero extra e irse a su casa a la mañana siguiente.

La chica se la quedó mirando, como si no hubiera entendido la pregunta. Kai suspiró y le dijo que lo mejor era que volviera con sus padres, al menos por el momento.

—¿Te preocupa que tus padres se enfaden contigo? Si quieres les escribiré una carta para decirles que no has hecho nada malo —dijo Kai.

—Mis padres… no saben leer.

—¿Y no puedes explicárselo tú? Diles que mandaremos a alguien a buscarte en cuanto las cosas se hayan calmado.

Kai se preguntó hasta qué punto la chica comprendía la situación, y si con aquella mentira sería suficiente para ofrecerles algo de consuelo y esperanza a sus padres y a ella.

—¿Quién cuidará de Ming-Ming? —preguntó la joven.

—Por ahora está con sus abuelos.

—Pero alguien tiene que ocuparse de él —insistió la niñera—. ¿Saben qué quiere Ming-Ming cuando llora?

—El niño estará bien.

—Nunca lo han cuidado. No lo conocen —protestó—. Querían que bebiera leche cuando solo se había hecho pipí.

A pesar de que en el cuarto de baño el agua corría tras la puerta entornada, Kai oyó llorar a su madre.

—Ming-Ming estará bien —dijo Kai—. No te preocupes por él.

La chica se miró las manos, sin replicar. Kai supuso que había herido sus sentimientos de algún modo, pero estaba demasiado cansada para pensar qué le habría molestado de todo lo que había dicho. Contó el dinero correspondiente a la paga de un mes y le tendió los billetes. La joven no aceptó el dinero. Se desabrochó el cuello de la camisa y sacó un pequeño colgante de jade.

—¿Podría darle esto a Ming-Ming? —le pidió—. No tengo nada más.

—¿Significa algo para ti? —preguntó Kai—. No se lo entregues a un niño pequeño con tanta ligereza.

La joven apretó el colgante dentro del puño e insistió en que Ming-Ming no se dormiría si no lo tocaba.

—Se las apañará sin él —sentenció Kai.

Metió los billetes en el bolsillo de la camisa de la chica, le agradeció sus servicios y se disculpó por los trastornos que le hubieran ocasionado.

La joven volvió a pedirle que le diera el colgante al bebé, para que el niño se acordara de ella.

Kai lo aceptó. La joven hizo una breve reverencia con la cabeza y luego se secó las lágrimas. Aparte de sus hermanos, Ming-Ming era el primer bebé del que se había hecho cargo. Kai se preguntó si habría otros niños en los años venideros y si las despedidas le resultarían más fáciles una vez que se hubieran convertido en una parte más de la vida de la joven.

—Y, por favor, dígales a los abuelos que a Ming-Ming le gusta que alguien le toque las orejas antes de irse a dormir —dijo la chica.

Kai miró el colgante, una piedra de jade en forma de pez. Era un adorno barato, el tallado era tosco y sin gracia, el tipo de alhaja que podía

permitirse una familia de campesinos para su hija. Los padres de Han no querrían ver nada parecido cerca de Ming-Ming, pero Kai le dio las gracias y le dijo que le compraría una cadena de plata para que el niño pudiera llevarlo en la muñeca. Podía ir a visitarlos cuando quisiera y le prometió que volverían a contratarla en cuanto las aguas regresaran a su cauce. La mentira fue lanzada y aceptada sin demasiada confianza por ambas partes.

Poco después a Kai ya no le quedó nada que añadir, salvo desearle buena suerte en la vida.

Han regresó a Río Turbio la noche del Ching Ming, tras hablar con el alcalde por teléfono para anunciarle la victoria que habían estado esperando. En Pekín la situación en el gobierno central había dado un brusco giro tras una reunión a altas horas de la noche, en la que se había decidido que el muro de la democracia era un movimiento anticomunista.

El hombre al que le habían trasplantado los riñones estaba trabajando para eliminar a los partidarios y simpatizantes del muro que hubiera en la administración provincial, y se rumoreaba que o bien le concederían la dirección de la provincia o sería ascendido y trasladado al gobierno central de Pekín. A pesar de todo, el alcalde no había felicitado a Han por el trabajo realizado con demasiada efusividad. Han no comprendió la falta de entusiasmo del hombre hasta que consiguió comunicarse con sus padres por teléfono. Su madre le gritó por el auricular si sabía en qué había estado metida su mujer y le ordenó que volviera a casa de inmediato, sin esperar respuesta.

Han ensayó su defensa por el camino: había estado fuera y no tenía ni idea de lo que Kai había hecho aquellas últimas semanas. En la conversación imaginaria suplicaba a sus padres y al alcalde que ayudaran a Kai y, cuando llegó a la puerta de su piso, creía su propia invención a pies juntillas. A pesar de que sus padres le habían mandado que primero se reuniera con ellos, Han fue derecho a casa. Ya era medianoche cuando despertó a la niñera al descubrir que su mujer no estaba en la cama. La joven, asustada por la fuerza con que Han la cogía del brazo, le dijo que la señora Wu —la madre de Kai— había estado allí y le había pedido a Kai

que fuera a casa con ella. Los padres de Han se habían llevado al niño. Han la miró muy serio, como si la joven estuviera mintiéndole, pero cuando vio que la temblorosa chica del camisón estaba a punto de echarse a llorar, le sugirió que se volviera a la cama y descansara porque tenía pensado traer a Ming-Ming de vuelta a primera hora de la mañana. La niñera repuso con un hilo de voz que entonces ella estaría de camino a casa de sus padres, ya que los de Han la habían despedido.

—Tonterías —replicó Han.

Kai y él volverían con Ming-Ming al día siguiente.

Han pensó en acercarse a casa de su suegra, pero al final decidió ir al piso de sus padres. Ambos estaban fumando en el comedor con cara de no haber dormido.

—Esa mujer que tienes por esposa nos ha arruinado la victoria —le espetó su padre en cuanto lo vio.

Han se quedó mirando sus rostros inexpresivos. A pesar del alegato en su defensa que había ensayado, nada más empezar a hablar declaró que era el único culpable por no haber descubierto antes las actividades de Kai. Sin embargo, después de lo que había pasado, ¿se les ocurría el modo de salvarla antes de que fuera demasiado tarde?

—¿Salvarla? Lo que hay que pensar es cómo nos salvaremos nosotros

—replicó la madre de Han—. Lo único que podemos hacer ahora es pararle los pies y ponernos a rezar.

—Pero es mi mujer —protestó Han.

—Mañana dejará de serlo —dijo su madre, y le hizo un gesto a su marido para que tomara la palabra.

El hombre le explicó el plan, obviamente perpetrado por la madre: Han tenía que dejar lista antes del alba una petición de divorcio, que presentaría por la mañana.

—Empieza con la demanda de divorcio. Di que tenéis discrepancias ideológicas fundamentales, y exprímete los sesos para explicarlo con detalle; di que te has llevado una formidable sorpresa al enterarte del papel de tu mujer en la conspiración antigubernamental; que «sorpresa» significa que no tenías ni la más mínima idea del asunto hasta que alguien, no nosotros, claro está, sino alguien irrelevante, nadie importante, te ha contado que tu mujer era una de las cabecillas de la concentración y que

cuando te enteraste ya era demasiado tarde para hacerla rectificar. Añade también una autocrítica sincera. Y cuando digo sincera, quiero decir sincera sin reservas, sincera al cien por cien. Escarba en lo más hondo de tu ser y demuéstrales que lamentas tu falta de alerta política. Pide que te castiguen, esta parte es una estratagema, pídelo de tal forma que en realidad estés diciendo que el único error que has cometido ha sido casarte con la persona equivocada, y luego pide que te den la oportunidad de enmendarte. ¿Sabes qué significa eso? Di que deseas poner tu vida en manos del partido para demostrar que tu vida vale en algo.

—¿Qué le ocurrirá a Kai?

—Lo que le suceda a ella ya no nos incumbe —dijo la madre de Han—.

¿No has oído lo que ha dicho tu padre? Ha llegado el momento de tomar medidas. Si desperdicias esta oportunidad, todos nos veremos arrastrados por su insensatez.

Han volvió a suplicar a sus padres que se replantearan la estrategia;

¿acaso querían que su nieto se convirtiera en huérfano de madre?, y rompió a llorar en mitad de la frase.

Sin decir una palabra, su madre le llevó una toalla. El joven enterró el rostro en la húmeda calidez que le proporcionaba y siguió llorando. Sus padres se lo quedaron mirando, esperando con paciencia a que se recompusiera, y cuando al fin lo hizo, la madre le pidió con voz inusualmente suave y comprensiva que pensara en las carreras de sus padres y en su propio futuro político. Han no pudo reprimir el pensamiento fugaz de que tenía que renunciar a su mujer para ganarse el cariño de su propia madre. La mujer dijo que debía tener en cuenta el futuro de Ming-Ming, y le preguntó si quería que el niño perdiera todos sus privilegios por culpa de la estupidez de la madre. Añadió que Kai no era la única mujer del mundo, y que una vez pasada aquella crisis ya le buscarían una esposa más adecuada, más guapa y obediente, que fuera una buena madrastra.

Continuó hablando de este modo hasta que Han volvió a echarse a llorar y aseguró que no podía permitir que a Kai le sucediera aquello; su padre suspiró y le dijo a la madre que no malgastara más saliva. El hombre sacó del cajón del escritorio el borrador de una petición de divorcio que habían redactado en su nombre. La madre le dijo que solo tenía que firmarlo, sin abandonar aquel tono de voz suave y desconocido.

Han estampó su firma, totalmente abatido y abrumado por un dolor y una tristeza que jamás había sospechado que pudieran existir. Su madre le sirvió una taza de té y se la dejó al lado antes de retirarse al dormitorio con su marido para descansar un poco antes del amanecer. Han se hundió en el sofá de sus padres. Un flamante televisor sobre un mueble artesanal de perfecta factura lo observaba como un ojo de mirada sombría e impasible.

Han había imaginado una vida feliz, con tres niños, el más pequeño de ellos una niña tan guapa como Kai y malcriada por sus hermanos mayores.

Si cerraba los ojos se veía con ellos al cabo de diez años, una familia adorable sentada a la mesa en la víspera de Año Nuevo, mientras a todos se les hacía la boca agua con el aroma del pescado, el pollo y el cerdo humeantes. Cuando los petardos empezaban a estallar en la calle, anunciando la proximidad de la medianoche, acompañaba a su mujer y a los niños, todos envueltos en abrigos recién comprados, a la plaza del centro, donde sus hijos varones lanzaban los petardos con bravuconería juvenil y la niña chillaba de júbilo con la carita entre las manos de su madre.

Un rato después, ya en el piso de su suegra, Han le preguntó a Kai qué demonios quería. Sus padres le habían prohibido verla, pero él había amenazado con retirar la demanda de divorcio y, al final, habían tenido que dar su brazo a torcer y le habían permitido hablar con ella una sola vez.

Cuando la madre de Kai le abrió la puerta de madrugada, el joven leyó en aquellos ojos enrojecidos e hinchados que ella también había pasado la noche en vela.

—Por favor, sálvala —dijo la madre de Kai antes de acompañarlo a la habitación de su hija—. Kai es testaruda. Si alguna vez le pasara algo, tú serías el único en quien ella confiaría. —Han no se atrevió a mirar a la anciana a los ojos—. Tienes que ayudarla. Di a tus padres que me arrastraré hasta su puerta y les suplicaré su perdón si es eso lo que quieren que haga.

Han intentó consolar a la madre de Kai, pero se ahogó con sus propias lágrimas a media frase. La anciana le tendió un pañuelo y se volvió para secarse los ojos. Los lazos se habían estrechado entre ellos desde que seis

años atrás Han había acudido a ella para pedirle que le enseñara a cocinar los platos favoritos de Kai, algo que habían ocultado a los padres de él.

Kai estaba en la habitación de su hermana, donde siempre tenía una cama, a pesar de que ya estaba casada con Han cuando el joven lo dispuso todo para que la familia de ella se trasladara a aquel piso nuevo. Esa noche, cuando Kai y su madre habían vuelto a casa, habían encontrado una nota de Lin, la hermana pequeña de Kai, en la que decía que iba a pasar unos días en casa de su mejor amiga y aseguraba que Kai era la última persona a la que deseaba ver en esos momentos. Lin, de veintiún años, estaba empezando a disfrutar del cortejo de los jóvenes más convenientes de la ciudad. Años atrás se avergonzaba tanto como su madre de vivir en un callejón, y había convertido eso en una fuente de desdicha. Lin tenía quince años cuando Han se casó con Kai, que vio cómo la mudanza despertaba la confianza y la alegría en su hermana.

Kai no pareció sorprenderse al ver entrar a Han y le preguntó si había visto a Ming-Ming en casa de sus padres.

—Ming-Ming está bien —contestó Han. Acercó la única silla que había en la habitación hasta donde se sentaba Kai, a un brazo de distancia—. Ha crecido mucho desde la última vez que lo vi.

—Es lo que tienen los niños —dijo Kai—, que crecen, ¿no?

—Es un niño muy bueno —comentó Han y, sin poder evitarlo, las lágrimas empezaron a caerle en el regazo y oscurecieron su pantalón gris.

Cuando Han le informó de las medidas que iban a tomarse en Pekín, Kai recibió la noticia con más desilusión que sorpresa. La joven se preguntó si Jialin se habría enterado de algo similar por la radio y deseó estar con él esa noche. Sonrió cuando Han le preguntó qué deseaba y no tenía. Kai contestó que había hecho lo que le dictaba su conciencia.

—¿Y Ming-Ming? —preguntó Han—. ¿No te remuerde la conciencia?

Kai dijo que no todas las mujeres habían nacido para ser buenas madres y se disculpó por primera vez en todo el día.

Cuando Han sollozó, fue como si volviera a convertirse en un niño.

Ante todo era el hijito de su madre. A pesar de la carencia de dulzura femenina de la señora, la vida de la mujer siempre había girado en torno a él y se había encargado de hacerle saber que todo lo que ella había conseguido lo había hecho por él. Han no entendía que una madre pudiera

renunciar a su hijo con aquella facilidad; aquel tipo de crueldad, incomprensible para él, desmoronaba su universo. Iba a suplicarle, por su hijo y por él, pero sin tiempo de abrir la boca vio a través de las lágrimas que Kai, antes de levantarse e irse, lo miraba con lástima y asco. Lloró, por su hijo y por él, hasta que bajó la cabeza, exhausto. Medio aturdido, recordó que un día de primavera de no hacía mucho tiempo había sido la primera persona de Río Turbio en tener una cámara importada de Alemania. Llevaba dos meses saliendo con Kai y recordó cómo la miraba a través del visor antes de apretar el disparador.

La madre de Kai entró al cabo de un rato, presa del pánico y la desesperación, y Han se apresuró a secarse la comisura de los labios. Tenía la cabeza medio embotada. La mujer le dijo que la policía acababa de llevarse a Kai y le suplicó que la ayudara porque, ahora, él era la única persona que podía salvarla.

Los rumores y las especulaciones, fruto de la información parcial y la imaginación desbordante, se apoderaron de Río Turbio a la mañana siguiente del Ching Ming. La gente se despertó con las noticias de las siete, que ya no leyó Kai, sino un compañero suyo. Dos ingenieros jubilados, que solían pasear juntos por las mañanas, estuvieron haciendo cábalas sobre lo que podía haber sucedido. Coincidieron en que aquello podía acabar en un terremoto político. Quienes ganaran la partida se erigirían en reyes, repitieron, tal como rezaba el viejo dicho, aunque ninguno de los dos se aventuró a adivinar quiénes serían los ganadores. Ambos habían escapado indemnes de las distintas revoluciones que habían vivido. Hacía tres años que se conocían, desde que coincidieron en el depósito de cadáveres del hospital, recién enviudados; en el ocaso de sus vidas, habían descubierto que eran irreemplazables el uno para el otro. Habían discutido la situación aquellas dos últimas semanas durante sus paseos diarios, ambos convencidos de que el otro era la única persona con quien podían comentar unos temas tan delicados. Ninguno de los dos esperaba nada ni adoptaba una postura; a su edad, consideraban que el único papel que les quedaba por desempeñar en la sociedad era el de un espectador en el cine, por lo que

se limitaban a sentarse y observar a distancia. Como hombres sabios que eran, ambos sabían que por cada pobre diablo que se viera arrastrado por aquello, habría otro preparado para el ascenso. Un equilibrio de la energía social, dijo uno, y el otro asintió y añadió que, de hecho, para subir escalafones en aquel país había que utilizar a los demás de peldaños.

Ninguno de los dos se molestó en cuestionar su propio pasado, ya que ambos sabían que para seguir sanos y salvos a su edad habían tenido que acumular su propia montaña de cuerpos bajo sus pies para mantenerse a flote, y esas historias ya no le interesaban a nadie. Su avanzada edad los absolvía de la vergüenza y la culpa.

En otra parte, una mujer le comentó a su marido mientras desayunaban que la locutora se había metido en un buen lío. El marido se limitó a replicar que un simple cambio en los turnos de emisión de las noticias no significaba nada, pero la esposa insistió en que ella lo había visto venir, que de no ser por ella, él se habría dejado embaucar por el discurso de aquella mujer y habría acudido a la plaza del centro como un bobo. El marido terminó de desayunar en silencio; sin embargo, aquel gesto no fue suficiente para aplacar a su esposa, que, como algunas de sus mejores amigas, despreciaba a la mujer que leía las noticias con aquella bonita voz que dejaba a los maridos sordos a las monsergas domésticas de sus esposas.

—Hazme caso —le dijo ahogando con su voz el boletín del locutor sobre el gran aumento de los ingresos recaudados en la ciudad de Río Turbio durante el primer trimestre—, te lo digo yo, esa mujer es una pesadilla para cualquier hombre.

En la sala de urgencias del hospital municipal, donde no había ningún moribundo ni ingresaba nadie a toda prisa para morir, un chico descansaba en la sala de recuperación y su madre dormitaba junto a la cama. El joven había participado en una pelea de bandas la noche anterior y le habían abierto la cabeza con un ladrillo. La doctora que le había dado veinticinco puntos había terminado su turno y sus compañeras, dos mujeres que habían acudido a la concentración el día anterior, estaban junto a la ventana de la sala sin hablar. La que había firmado la petición pensaba que si al final se tomaban medidas enérgicas, se divorciaría para que su acción no afectara al ascenso de su marido a jefe de hematología. La otra mujer, más positiva por ser de natural optimista y porque decidió no firmar la petición, creía

que no ocurriría nada grave, pues la ley nunca castigaba a las masas cuando se equivocaban. No comentaron nada en voz alta, aunque cuando se separaron para cumplir con sus tareas matinales, una reconfortó a la otra con una palmadita en el hombro y con eso quedó todo dicho.

Jialin estaba reclinado sobre la almohada. Cuando su madre entró en la casucha con un desayuno tardío, el joven no se movió. La mujer había olvidado la tetera de agua caliente para el calentador, pero él no la pidió. La noche anterior, sus tres hermanos habían llegado a casa con las manos y la camisa ensangrentadas. Le habían aplastado la cabeza a un chico en una pelea de bandas y se habían enfrentado al miedo por primera vez en su vida. No habían dormido en toda la noche, ya que habían tenido que turnarse para vigilar la cancela por si aparecían posibles enemigos con bates y ladrillos, o peor, la policía con esposas. El más pequeño de los hermanos, con quien Jialin nunca había hablado demasiado, entró en la casucha antes del alba y le pidió que cuidara de sus padres en caso de que los tres se vieran obligados a esconderse unos cuantos años.

A Jialin el dramático comportamiento del joven le pareció ridículo, pero no se lo dijo. Antes de que entrara su hermano, Jialin, con el transistor sintonizado en la emisora de Hong Kong, había oído la noticia de que la policía secreta había empezado a realizar arrestos en Pekín.

—He oído que la gente hablaba de lo de ayer en el mercado —dijo la madre de Jialin, y dejó la comida en la mesa improvisada, hecha con un viejo tocón.

—¿Qué decían?

—Decían que el gobierno no dejará que nadie se libre de esta.

Jialin no cambió de postura.

—¿Qué más decían?

—Decían que la locutora está casada con alguien importante y que por eso no tiene nada que temer —contestó la madre de Jialin. Lo miró—.

Estabas con ellos, ¿verdad?

Jialin siempre había dicho a su familia que sus amigos lo visitaban para leer libros, pero sabía que su madre ataría cabos con facilidad.

—¿Qué más? ¿Qué más decía la gente?

—Decían que seguramente utilizó la concentración para hacerse famosa

—dijo la madre de Jialin—, pero no lo entiendo. Ya lo es. ¿Para qué iba a

querer ser más famosa?

—No hagas caso de los rumores —respondió Jialin—, la gente cree que sabe más de lo que sabe en realidad.

—¿Estabas con ellos o no?

—Sí…

La madre de Jialin no dijo nada, pero al cabo de un rato el joven la miró y vio que estaba secándose las lágrimas en silencio.

—No te preocupes, mamá —la tranquilizó Jialin—, no ha ocurrido nada y la gente no hace más que dar alas a la imaginación.

—No puede haber un cielo en las alturas —aseguró la madre, enjugándose los ojos con la punta de la camisa—. Si no, ¿por qué te dieron un cerebro, si luego iban a dejar que cayeras enfermo, mientras que tus hermanos son fuertes y sanos, pero unos cabezas huecas?

—La vida les enseñará.

—¿Y qué me dices de ti? No soportaría perderte —dijo la mujer, y las lágrimas le humedecieron la pechera de la camisa.

Jialin sonrió. Nadie ignoraba que pronto moriría, pero a él lo único que le importaba era cómo abandonaría este mundo. Su madre quería que muriera en sus brazos, quería que fuera suyo y de nadie más.

—¿Crees que habrá problemas? La gente dice muchas cosas y no sé a quién creer.

—No hagas caso de nada ni de nadie.

—¿Qué ocurrirá contigo?

Jialin negó con la cabeza. Tal vez solo era cuestión de días o de horas que alguien entrara en la casucha y le rompiera el corazón a su madre, pero no quería compartir tal convicción con ella.

—Piénsalo, mamá, sabemos que no viviré para siempre. —La madre de Jialin volvió la cabeza hacia otro lado—. No tienes por qué estar triste.

Dentro de treinta años… No, esperemos que no sea tanto tiempo. Dentro de diez años, o cinco, llamarán a tu puerta y te dirán que tu hijo Jialin fue un héroe, un precursor, un hombre valeroso con visión de futuro.

—Ojalá fueras tan poco ambicioso como tus hermanos.

—Ellos viven sus vidas en plena ignorancia, pero yo no. ¿Para qué leo libros si no es para estar a la altura de los principios por los que vale la

pena luchar?

—Preferiría que no hubieras tocado un libro en toda tu vida. Ojalá no hubiera robado nunca ni uno solo para ti.

—Eso no son más que tonterías, mamá —contestó Jialin, sorprendido por su propia vehemencia—. ¿Qué otra cosa voy a dejarte? —dijo con voz suave, tras un acceso de tos—. No puedo darte nietos.

La madre de Jialin abandonó la casucha sin responder. Se dio un golpe con el marco de la puerta al salir. El joven oyó que los sollozos entrecortados de su madre desaparecían en las profundidades de la casa y tuvo que obligarse a permanecer firme e inconmovible ante aquellas lágrimas.

El lunes siguiente al Ching Ming, la maestra tenía el corazón en un puño. Asignó a la clase la tarea de copiar el libro de texto y se sentó un rato tras el escritorio antes de salir al pasillo para charlar con otra profesora. Los alumnos, todavía emocionados, no pudieron permanecer callados. Los niños se pusieron a intercambiar historias sobre los espíritus y los animales salvajes que habían visto en la montaña; las niñas enseñaban los recuerdos con que les había obsequiado la naturaleza: un marcador de libros hecho con hojas verdes y flores silvestres prensadas entre las páginas de un libro, plumas de colores vistosos, pulseras hechas con bayas secas ensartadas…

Cuando la clase empezó a alborotarse demasiado, la profesora entró y golpeó la pizarra de madera con una regla. Les informó de que ahora deberían copiar todas las lecciones del libro tres veces en vez de una y que no podrían volver a casa a comer si no habían terminado.

Los niños, aterrados ante la perspectiva de tener que quedarse allí durante el descanso del mediodía, dejaron de removerse en sus bancos y se pusieron a escribir. Los lápices rascaban el papel como un millar de gusanos de seda masticando hojas de morera. Tong contó las pocas páginas en blanco que le quedaban en el libro de ejercicios: no tenía bastantes para acabar los deberes; sin embargo, aunque dispusiera de espacio suficiente para copiar todas las palabras del mundo, ese día tenía la cabeza en otra

parte. Oreja había vuelto a faltar aquella noche y las esperanzas de Tong empezaban a desvanecerse.

La noche anterior su padre le había dicho que todos los días robaban perros para comérselos y que no había que llorar por ello, que en el mundo no habría suficiente espacio si los perros, o ya puestos, los niños pequeños, no desaparecieran. La madre de Tong le había cogido la mano mientras el padre seguía impartiéndole su filosofía empapada de alcohol sobre niños secuestrados y perros sacrificados. Sin embargo, cuando el padre de Tong se sumió en su sopor etílico, ella corroboró lo que Tong acababa de oír. Le dijo que le comprarían un cachorrito tras la época de apareamiento, y le propuso que también lo llamara Oreja, si eso le hacía sentirse mejor.

La idea de sustituir a su perro por otro dejó perplejo y desilusionado a Tong, pero por lo visto para los adultos era algo muy natural. El viejo Hua le había dicho lo mismo, como si todo tuviera un duplicado o fuera sustituible, ya se tratara de una chaqueta, un perro o un niño.

Le escocían los ojos. Sería vergonzoso llorar en clase, por lo que se sorbió los mocos e intentó contener las lágrimas. Al cabo de poco empezó a dolerle el pecho. La noche anterior había pasado un buen rato llorando en silencio y las lágrimas lo habían abochornado. Se había preguntado qué pensaría de él la gente del pueblo de sus abuelos si supiera que era un niño tan blandengue. Tal vez perder a Oreja, igual que lo de domar al perro negro de Kwen y descubrir los secretos de la naturaleza en el pronóstico del tiempo, era otra prueba que debía superar para demostrar de lo que era capaz; sin embargo, ni siquiera aquella idea consiguió aliviar la opresión que sentía en el pecho.

Al acabar las clases, Tong salió disparado al pasillo y se agachó en un rincón, pero no se sintió mejor cuando las lágrimas largamente reprimidas cayeron en el suelo de cemento. Cuando una profesora de un curso superior se topó con él y le preguntó qué le ocurría, el niño no fue capaz de articular palabra. Temblaba de la cabeza a los pies por el esfuerzo que estaba haciendo para no estallar en sollozos. La profesora se dijo en voz alta que debía de tratarse de un dolor de estómago y le preguntó si podía volver a casa solo o si quería que lo llevara al hospital. Al principio el niño asintió, pero luego negó con la cabeza, por lo que la profesora, confundida, decidió ir en busca del conserje para que lo enviara al hospital. Tardó un poco en

encontrar al hombre, que dormía detrás de una pila de leña en el sótano del colegio. No pareció gustarle que lo zarandearan para despertarlo. Cuando siguió a la maestra hasta el pasillo, el niño enfermo había desaparecido, solo quedaba un pequeño charco de lágrimas en el suelo. El conserje rezongó y secó las lágrimas con las suelas de los zapatos; así eliminó la única prueba de que la profesora no le había mentido para interrumpir su siesta matinal.

Tong deambuló por la ciudad. Ya no valía la pena volver a peinar calles y callejones después de haber interiorizado la conclusión a la que habían llegado sus padres y el viejo Hua: si Oreja no había vuelto a casa a aquellas alturas, seguramente era porque había aterrizado en la mesa de alguien. Sin embargo, paseando bajo el claro cielo matinal, lejos del aula de techos bajos y ventanucos cubiertos de hollín, sintió que una pequeña esperanza renacía en él. Fue de manzana en manzana, intentando no mirar a los adultos a los ojos, quienes, igual que su profesora, no parecían tener intención de pillarlo haciendo novillos. Había amas de casa y trabajadores que salían del turno de noche hablando en grupos de dos o tres personas en la calle; varios tenderos habían dejado sus altos mostradores y estaban apostados delante de su puerta, charlando tranquilamente sin quitar el ojo de cualquiera que pasara por allí, en busca de un posible cliente.

—¿Por qué no estás en el colegio a estas horas? —le gritó un anciano cuando Tong entró en un callejón. El hombre llevaba un pesado abrigo de piel de borrego y un gorro forrado de algodón, aunque estaban en plena primavera. Se apoyaba con una mano en un bastón y con la otra, en la que llevaba un sobre, se agarraba a una valla de madera para mantener mejor el equilibrio—. Estoy hablando contigo. Son las diez de la mañana de un lunes, ¿qué haces en la calle?

Tong retrocedió un paso. Si echaba a correr, dejaría al viejo cascarrabias atrás sin ninguna dificultad, pero al haberse criado en el campo, donde la gente mayor merecía el respeto de los reyes, iba en contra de sus principios pasar por alto las preguntas de un anciano.

—¿A qué colegio vas?

—Al Estrella Roja —contestó Tong. Se le escapó la verdad antes de que se le ocurriera una mentira.

—Entonces, ¿se puede saber por qué estás en mi callejón y no en el colegio?

—No lo sé —dijo Tong.

—¿Eso es lo que le dices a tu profesora? Escúchame bien, soy maestro.

Hace dos semanas tenía niños como tú en mi clase, así que me sé todas vuestras tretas. Venga, que no tenga que volver a repetirlo, ¿se puede saber por qué estás haciendo novillos?

—Nuestra profesora dijo que teníamos que copiar todo el libro de texto antes de comer —contestó Tong en voz baja—. No me quedan suficientes hojas en el libro de ejercicios.

—¡Pero qué manera de enseñar es esa! —rezongó el hombre—. Viendo lo visto, casi es mejor que ni te acerques a un sitio así. —Tong se planteó huir del anciano que aseguraba ser profesor de escuela, pero que hablaba como un viejo gruñón analfabeto—. ¿Ahora quieres escaparte de mí?

¿Crees que no digo más que tonterías? Pues escúchame bien: conmigo podrías aprender todo los caracteres del diccionario y escribir las redacciones más espectaculares del mundo. Podrías ser más sabio que Confucio, ¿sabes quién era Confucio? En fin, no hay que esperar que hoy en día te enseñen algo en el colegio. De todas formas, se puede ser culto como un erudito y seguir siendo más ignorante que un campesino analfabeto o un mendigo. ¿Lo entiendes?

Tong negó con la cabeza.

—Pues esto es lo que digo: que ni la verdadera inteligencia ni la sabiduría se encuentran en los libros de texto —insistió el anciano golpeando el suelo con el bastón—. Por lo que veo, cuanto más lejos estés de esa pánfila de profesora, que solo sabe llenarte la cabeza de tonterías, mejor.

Tong sonrió a su pesar.

—Venga, si quieres ser una persona buena y de provecho, ayúdame a echar esta carta al buzón.

Tong aceptó la carta que le tendía el anciano y le sorprendió su peso.

Miró el sobre, que llevaba varios sellos.

—¡No cotillees! —le gritó el hombre; luego se lo pensó y le pidió que le devolviera la carta.

—Le ayudaré, abuelo. Ahí mismo hay un buzón.

—Lo sé de sobra. Llámame maestro Gu, no soy el abuelo de nadie.

Tong le devolvió la carta al maestro Gu, que le dio unas palmaditas antes de metérsela en el bolsillo del abrigo. Tong agarró con ambas manos el brazo libre del hombre.

—Le ayudaré a caminar —dijo Tong.

—Gracias, pero no, camino la mar de bien —contestó el maestro Gu apartando a Tong de un empujón y abriendo la marcha con el bastón.

Tong siguió al anciano por miedo a que el bastón del hombre quedara encallado en una alcantarilla. No obstante, el maestro Gu continuó adelante con paso vacilante, sin prestarle atención, como si de repente el niño hubiera dejado de existir para él. Al llegar junto al buzón, el maestro Gu repasó el horario de recogida, que estaba escrito en letra pequeña en uno de los laterales.

—¿Qué hora pone? —preguntó, después de bizquear un buen rato.

Tong se la leyó. El hombre miró la hora en su reloj de pulsera.

—Las diez y veinte —farfulló en alto—. Entonces esperaremos.

A Tong le resultó extraño que alguien quisiera esperar al cartero. ¿No se había instalado el buzón precisamente para que la gente pudiera echar las cartas y no tener que esperar?

—¿Qué haces ahí parado? —preguntó el maestro Gu al cabo de un rato

—. ¿Te ha enviado alguien para que me espíes?

Tong le dijo que creía que le había pedido que esperara, pero el maestro Gu se comportó como si hubiera olvidado sus propias palabras. El hombre echó un vistazo a la calle y luego le dio unos golpecitos al reloj de pulsera con un dedo para que Tong lo viera.

—Quienquiera que sea el responsable de este buzón se retrasa —dijo

—. Jamás creas lo que está escrito.

Nunca se le había hecho tan largo el descanso del mediodía. El maestro Gu tamborileaba los dedos sobre la mesa mientras esperaba a que su mujer terminara de comer y regresara a la ventanilla del banco. Hacia el final de la semana anterior, el colegio había enviado una solicitud para que le

concedieran la jubilación anticipada por motivos de salud, y el hombre, al comprobar que tendría derecho a tres cuartas partes de su pensión, había firmado el documento sin dudarlo un instante ni consultarlo con su mujer.

Muchos jóvenes con estudios estaban regresando del campo, por lo que podía ceder su puesto, una ocupación que ya no le reportaba ninguna satisfacción, a un joven que, con el sueño de formar una familia, sobrellevaría mejor las largas horas que debería pasar entre niños alborotadores y revoltosos.

—No hace falta que esperes ahí sentado a que acabe —dijo la señora Gu—. ¿O quieres más arroz?

—Estoy bien como estoy.

La señora Gu terminó de comer. Una vez que hubo limpiado la mesa y lavado los platos, sirvió una taza de té y la dejó junto a la mano que seguía tamborileando con los dedos.

—¿Te apetece echar una siesta? —le preguntó.

—¿No tienes que volver al trabajo? —Sí.

—Pues ve. Puedo cuidarme solito, sin ayuda de nadie.

La señora Gu, para su desilusión, se sentó a la mesa.

—¿Qué te parece si contratamos a una chica de las montañas para que nos ayude con las tareas de casa?

—¿Es que somos ricos?

—¿O tal vez a Nini? He estado pensando que… necesitas compañía. Y

puede que también necesites ayuda —dijo la señora Gu—. Nini sería la persona ideal en muchos sentidos.

—Creía que la odiabas.

La señora Gu evitó la intensa mirada de su marido.

—Sé que he sido injusta con ella —admitió.

—Pues le conviene irse acostumbrando —dijo el maestro Gu—. No serás la única persona que la haya tratado mal.

—Pero podríamos hacer las paces con ella —insistió la mujer—, y también con su familia. El otro día vi a su madre por la calle y vuelve a estar embarazada. Les vendrá bien un poco más de dinero.

El maestro Gu pensó en el lavado de cerebro que aquellos jóvenes camaradas le habían hecho a su esposa, cuyos deseos de obrar

correctamente lo sacaron de quicio.

—¿Es que no nos vigilan ya suficientes ojos? —replicó—. No, prefiero que me dejen en paz.

—¿Y si me pasara algo? —La señora Gu lo miró y luego negó con la cabeza—. Tengo que irme a trabajar.

—Sí. Es mejor no plantear cuestiones a las que todavía no hay que dar respuesta —le dijo el maestro Gu a la espalda de su mujer.

En cuanto la señora Gu cerró la puerta tras ella, el hombre sacó la pluma estilográfica del cajón y buscó la página de la libreta donde tenía otra carta para su primera mujer a medio escribir. La releyó, pero por mucho que lo intentó no consiguió retomar el hilo argumental, que había interrumpido cuando su esposa volvió a casa para comer. Arrancó la página y la metió en el sobre, que contenía otras tres cartas, también a medias. Que decidiera ella cómo prefería ordenarlas. Empezó a escribir en otra hoja: Hace poco que he repasado los textos budistas. No, no los tengo delante, como podrás imaginar; los textos que me dejó mi abuelo no sobrevivieron al fuego revolucionario iniciado ni más ni menos que por mi propia hija. Sin embargo, los que he estado leyendo los llevo escritos en la memoria. Estoy convencido de que poco o nada de esto te interesa, dado tu ateísmo comunista, pero imagina por un momento a Buda sentado bajo el árbol sagrado hablándoles una vez más a sus discípulos. El, de quien se dijo que era el más sabio entre los sabios, de quien se dijo que sentía un amor inabarcable e infinito por el mundo, ¿quién fue sino un anciano con una esperanza ciega que hablaba infatigablemente con un mundo que nunca lo entendería? Nos convertimos en prisioneros de nuestras propias creencias, un destino del que nadie escapa, y esa, mi querida amiga, es la única democracia que existe en el mundo.

El maestro Gu dejó de escribir cuando oyó que alguien entraba en el patio por la cancela, que no habían cerrado con llave. Miró por la ventana y

vio a sus vecinos, la joven revolucionaria chiflada y su marido, que se acercaban a la puerta. La mujer preguntó en voz alta si había alguien en casa. La puerta de entrada tampoco estaba cerrada y, por un instante, el maestro Gu se preguntó si le daría tiempo a atravesar la habitación sin hacer ruido y echar la llave por dentro. Sin embargo, la distancia hasta la puerta le pareció un largo y extenuante viaje. Aguantó la respiración y cerró los ojos con la esperanza de que, si permanecía en silencio un buen rato, aquella gente se desvanecería.

La pareja esperó a que alguien respondiera y a continuación la mujer comprobó si la puerta estaba cerrada. Le dio un ligero empujón y esta se abrió con un crujido.

—Ah, está en casa —dijo la mujer con fingida sorpresa—. Oímos un ruido un poco raro y decidimos venir por si ocurría algo.

El maestro Gu contestó con frialdad que no pasaba nada en absoluto, y tapó discretamente la carta que estaba escribiendo con un periódico.

—¿Está seguro? Me han dicho que tuvo un ataque. Le ayudaremos a comprobar que todo esté bien —continuó la mujer, y le hizo un gesto a su marido, que se frotaba las manos junto a la puerta como si estuviera avergonzado, para que entrara—. ¿Está su mujer en casa? —preguntó.

—¿Por qué tendría que decírselo?

—Solo preguntaba. No está bien que una mujer deje solo a su marido en casa.

—Está trabajando.

—Ya lo sé, pero hablo en general. Cuando usted estuvo en el hospital, vi que salía después del anochecer al menos un par de veces —dijo la mujer, y se volvió hacia su marido—. ¿Por qué no miras a ver qué era ese ruido? Tal vez se trate de un nido de ratones.

El hombre se adelantó a regañadientes y le echó un vistazo a la habitación, evitando la mirada del maestro Gu. La mujer, en cambio, no ocultaba su curiosidad mientras paseaba por la estancia, husmeando en todos los rincones. Al maestro Gu se le acabó la paciencia al ver que su vecina levantaba la tapa de un cacharro y miraba dentro. El anciano golpeó el suelo con el bastón.

—¿Cree que somos demasiados viejos para poder encargarnos de una rata en un cacharro y que necesitamos a víboras como ustedes?

—Vamos, esas no son maneras de dirigirse a un vecino —contestó la mujer volviendo a tapar el cacharro—. Estamos aquí para ayudarle antes de que las cosas se descontrolen.

—No necesito su ayuda —aseguró el maestro Gu. Se apoyó en la mesa con una mano y se levantó, señalando la puerta con el bastón—. Salgan de mi casa de inmediato. No traerán una orden de registro, ¿verdad?

La mujer hizo caso omiso de sus palabras y se acercó a la mesa.

Levantó el periódico, descubrió la carta a medias y sonrió. Antes de que le diera tiempo a leer nada, el maestro (¡u golpeó la mesa con el bastón, que hizo un crujido ensordecedor. La taza de té, que no había probado, saltó y su contenido se vertió sobre los pantalones de la mujer. El platillo cayó al suelo de cemento, pero no se rompió.

El marido agarró a la mujer para hacerla retroceder sin darle tiempo a reaccionar; ella empalideció cuando el hombre le aseguró al maestro Gu que no tenían intención de causarle ningún daño. Al anciano le sorprendió su bonita y educada voz de barítono. Debía de ser obrero, a juzgar por el grasiento mono y la gastada camisa que llevaba. El maestro Gu cayó en la cuenta de que era la primera vez que lo oía hablar. Si cerrara los ojos, no le costaría imaginar una mente más instruida para aquella voz.

La mujer, que empezaba a recuperar el color, salió de detrás de su marido.

—¿Qué cree que hace? Estamos en una sociedad civilizada.

Tenía una voz estridente. El maestro Gu compadeció al marido, cuya bella voz —si tuviera vida propia— seguramente no podría expresar con palabras su decepción por la falta de armonía con aquella otra, cortante y fea.

—No crea que me asustará con esas maneras de guardia rojo de su hija

—dijo la mujer—. Déjeme que le diga algo: en este país la verdad no se impone mediante la violencia.

El maestro Gu, con el cuerpo sacudido por el temblor, apuntó a la cara de la mujer con el bastón.

—No venga a decir gilipolleces a mi casa —replicó articulando lentamente cada palabra.

—Qué vulgaridad para un profesor —contestó la mujer—. Cuanto antes lo despidan, mejor para la siguiente generación.

El marido tiró de su mujer y se interpuso entre ella y el tembloroso bastón para disculparse por el malentendido. La mujer lo empujó a un lado y dijo que no tenían por qué bajar la cabeza ante la grosería de un anciano.

—Venga, pégueme. ¡Pégueme, viejo zorro contrarrevolucionario!

Pégueme y lo pondremos bajo la guillotina de la justicia.

El maestro Gu miró a la mujer, que echaba espumarajos por la boca cargados de un odio cuyo origen desconocía. Tenía la edad de su hija y tal vez no poseyera demasiados estudios, pero desde luego carecía de inteligencia. Dejó caer el bastón al suelo y se dirigió al marido.

—Joven, se lo suplico, se lo pido de hombre a hombre, se lo suplico de todo corazón: ¿por qué no le dice a su esposa que si sigue comportándose de esa manera acabará convertida en una arpía insoportable?

La mujer bufó con desdén.

—Hay que ser malo para decir una cosa así. Además, mi marido no tiene por qué enseñarme nada —dijo—. La mujer es el pilar fundamental de nuestra mansión comunista.

El maestro Gu se sentó y se puso a escribir en un papel a grandes trazos, con una caligrafía sinuosa carente de toda belleza. «CÁLLESE.

LARGO DE AQUÍ.» Le enseñó el papel a la pareja. Había decidido no seguir gastando saliva con aquella mujer.

—¿Quién es usted para darnos órdenes? Pues ¿sabe qué?, usted y esa mujer suya son como los grillos después de la primera helada: no les queda mucho tiempo para seguir saltando.

El hombre tiró de ella y, al ver que se resistía, le dijo en voz baja que era mejor que se callara. Ella levantó la voz y le preguntó por qué. El hombre la arrastró fuera de la casa medio en volandas. El maestro Gu oyó a través de la puerta abierta que la mujer imprecaba a su marido a gritos por su cobardía ante un simple anciano inútil. El maestro Gu reunió todas sus fuerzas para atravesar la estancia y cerrarla. Regresó a la mesa, pero las manos le temblaban demasiado para ponerse a escribir. Las visitas, por ridículamente obvias que fueran sus intenciones de enterarse de primera mano de algún secreto, auguraban peligro. Sin embargo, mientras esperaba a que la soga se tensara alrededor de su cuello, ¿qué otra cosa podía hacer salvo cerrar los ojos y creer en que si existía la posibilidad de escapar al

destino esta no recaía en las manos de otros sino en la voluntad de uno mismo?

Al amparo del oscuro firmamento crepuscular del día después del Ching Ming, diez casas fueron asaltadas y registradas. Se llevaron a cabo varios arrestos y ninguno de los sospechosos se resistió. Cuando cayó la noche se informó a la capital provincial por vía telegráfica de la primera victoria sobre la crisis anticomunista.

El alcalde y su camarilla dieron la bienvenida a un alto dirigente del partido, recién llegado de la capital provincial para hacerse cargo del asunto. Han y sus padres, a quienes antes se consideraban los adláteres más dignos de confianza del alcalde, fueron excluidos del encuentro. Diez camiones cubiertos del ejército transportaron hasta la ciudad varias cuadrillas especiales de seguridad compuestas por policías y trabajadores de una villa situada a cientos de kilómetros de allí, formadas para asegurar la imparcialidad de la investigación y la limpieza de Río Turbio. Durante el viaje, un joven, que no hacía mucho había heredado el cargo de su padre en el Departamento de Policía, desató un nudo de la cubierta y echó un vistazo al exterior. Las estrellas plateadas del firmamento y la oscura montaña, incluso a aquella distancia, le hicieron estremecerse como un cachorrillo.

Acababa de cumplir veinte años y nunca había salido de su ciudad natal.

Empezó a imaginar las historias que contaría a su regreso a la joven administrativa de recepción. Ella lo llamaría fanfarrón e insistiría en no creer ni una sola palabra, pero su sonrisa azorada revelaría todo lo contrario, una señal que solo ambos comprenderían.

La gente de Río Turbio, a pesar de los rumores y la incertidumbre, confiaba en el viejo dicho de que la ley no castigaba a las masas cuando se equivocaban. Aquella certidumbre les permitía ocuparse en sus borracheras, sus discusiones y sus amoríos nocturnos; sus delirios de grandeza y sus humildes aspiraciones renacían de nuevo aquella noche en que los melocotoneros y los ciruelos silvestres florecían a lo largo de la ribera y su fragancia, que impregnaba la brisa primaveral, se colaba en las casas de la gente por las ventanas abiertas.

Un carpintero y su aprendiz atravesaban el puente del Cruce en dirección a las montañas. El joven empujaba una carretilla donde transportaba sus herramientas mientras observaba la brasa roja y brillante del cigarrillo que colgaba de los labios de su maestro. El carpintero había comprado el tabaco con el dinero que les quedaba, ya que antes de ir a la ciudad se había prometido probar los cigarrillos. No era su única promesa, había hecho otras a su mujer y a los padres del aprendiz antes de dejar las montañas, pero los funcionarios que los habían contratado para hacer, entre otras cosas, tres muebles de televisor, habían desbaratado su sueño de amasar una pequeña fortuna al pagarles una retribución mínima. Entre calada y calada, el carpintero masculló que a los de la ciudad se les habían comido el corazón los perros salvajes. Puso sobre aviso a su aprendiz para que no cometiera el mismo error, pero el joven, deslumbrado por los televisores que había visto en las casas de los funcionarios, ya se imaginaba sentado en uno de aquellos sillones, que él mismo había ayudado a construir, deleitándose con las bellas mujeres que aparecerían en la pantalla con solo apretar un botón.

Un mendigo ciego se sentó delante de la casucha de los Hua y frotó un trocito de colofonia a lo largo del arco de su violín chino de dos cuerdas.

Estaba de camino entre dos ciudades cuando conoció al viejo Hua y a su mujer, quienes lo habían invitado a pasar la noche con ellos y le habían servido una buena cena. A pesar de ser la primera vez que coincidían, al mendigo no le sorprendió que, tras una ronda, la pareja empezara a contar historias de cuando vivían en la carretera. La gente reconocía a sus iguales por disfrazados que fueran. Al final, los tres acabaron bebiendo, riendo y llorando juntos. La pareja le pidió al mendigo que dejara de ir de aquí para allá y que se quedara con ellos, y al hombre le pareció una buena idea. Sin embargo, ahora que la magia del licor de arroz se había desvanecido, el ciego sabía que se iría en cuanto amaneciera. Nunca se había quedado en ningún sitio por nadie y era demasiado tarde para cambiar. Probó el arco contra la cuerda y al violín se le escapó un suspiro, seguido de un lamento.

El ciego detuvo el arco y prestó atención al oír que la puerta se abría. El marido roncaba dentro de la casucha. La mujer cerró la puerta con tanta delicadeza como la había abierto y se sentó junto al mendigo.

—Te he despertado —dijo el ciego.

—Sigue tocando —contestó la señora Hua.

El ciego había planeado escabullirse sin despertar a la pareja, pero ahora que tenía a la mujer sentada a su lado le debía una explicación.

—Habéis sido muy amables al invitarme a quedarme —dijo—. No soy de los que cambian a menudo de opinión, pero me temo que deberé rechazar vuestra gentileza.

—Tienes que volver a la carretera. Lo comprendo.

—Cuando tu destino es no tener hogar, cuesta establecerse en un sitio.

—Lo sé. Ojalá nosotros también pudiéramos volver a la carretera —

dijo la señora Hua—. Venga, toca algo.

El ciego asintió con la cabeza y supo que la pareja no se ofendería por su marcha. Pasó el arco lentamente sobre la cuerda y tocó una vieja canción titulada «Despedida», por su vieja amistad de un día.

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