Las puertas del paraiso
Primera Parte
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Capítulo 1
El 21 de marzo de 1979 el día empezó antes del alba, cuando el maestro Gu se despertó y descubrió a su mujer ahogando los sollozos entre las mantas, en silencio. Era un día de igualdad, o al menos así se le había antojado muchas veces al hombre al reflexionar sobre la fecha, el equinoccio de la primavera, una idea que de nuevo acudió a él: la vida de su hija acabaría en un momento en que no imperaba ni el sol ni su sombra.
Un día después, el sol estaría más cerca de ella y de todos los que habitaban esa parte del hemisferio, algo tal vez imperceptible para los torpes ojos humanos, pero los pájaros, los gusanos, los árboles y los ríos apreciarían la transformación en el ambiente y asumirían la responsabilidad de anunciar el cambio de estación. ¿Cuántos kilómetros de río en deshielo y cuántos árboles con flores en cierne se necesitaban para llamar primavera a la estación? Aunque para ríos y flores deben de tener bien poca importancia tales etiquetas en tanto repiten sus ritmos con fidelidad e indiferencia. La fecha escogida para la muerte de su hija era tan arbitraria como el crimen que el tribunal le había imputado: el de ser una contrarrevolucionaria impenitente; solo los insensatos buscarían el significado de una fecha escogida al azar. El maestro Gu ordenó a su cuerpo que permaneciera inmóvil con la esperanza de que su esposa no tardara en comprender que estaba despierto.
La mujer continuó llorando. Al cabo de un rato el maestro Gu se levantó de la cama y encendió la luz del dormitorio, una vieja bombilla de diez vatios. Una cuerda de plástico rojo para tender la ropa se extendía de un extremo a otro de la habitación. La colada que su mujer había colgado la noche anterior estaba húmeda y fría, y la cuerda se combaba por el peso.
Las brasas del pequeño fogón que había en un rincón de la estancia se
habían apagado, por lo que el maestro Gu se dispuso a añadir un poco más de carbón, aunque se lo pensó antes de hacerlo. En circunstancias normales, su esposa sería la encargada de avivar el fuego, así que dejaría que fuera ella quien se ocupara de la cocina.
Descolgó un pañuelo de la cuerda, blanco, con caracteres chinos impresos en rojo —un lema que pedía a todos los ciudadanos lealtad absoluta al Partido Comunista— y lo dejó sobre la almohada de su mujer.
—A todos nos llega la hora —dijo. La señora Gu se pasó el pañuelo por los ojos y las manchas húmedas no tardaron en extenderse y teñir el lema de carmesí—. Imagina que hoy es el día que liquidamos nuestras deudas.
Todas —insistió el maestro Gu.
—¿Qué deudas? ¿Qué debemos? —preguntó su mujer, y el anciano torció el gesto ante la desacostumbrada estridencia en el tono de voz de su esposa—. ¿Qué se nos debe?
No tenía intención de discutir con ella, aunque tampoco habría sabido qué responderle. Se vistió en silencio y se dirigió al salón, dejando entornada la puerta del dormitorio.
El salón, que hacía las veces de cocina, comedor y habitación de su hija Shan antes de que la arrestaran, era la mitad de grande que el dormitorio y estaba abarrotado de objetos acumulados durante décadas. Había varios tarros vacíos y polvorientos apilados en un rincón, que antes usaban, año tras año, para conservar los encurtidos preferidos de Shan. A su lado había una caja de cartón donde el maestro Gii y su esposa tenían dos gallinas, pues apreciaban su compañía y los pocos huevos que ponían. Al oír los pasos del hombre, las gallinas se movieron, pero él ni las miró. El maestro Gu se puso el viejo abrigo de piel de borrego y arrancó la hoja del calendario del día anterior antes de salir de casa, un hábito que tenía desde hacía décadas. La fecha, 21 de marzo de 1979, y los pequeños caracteres que había debajo, «equinoccio de primavera», destacaban incluso en la oscuridad. Arrancó también la segunda hoja y arrugó los dos finos papelitos hasta formar una bola. Estaba quebrantando un rito, pero ¿qué ganaba fingiendo que ese día era como los demás?
El maestro Gu se acercó hasta el excusado público al final del callejón.
Cualquier otro día su mujer estaría pisándole los talones. Eran una pareja de costumbres arraigadas y su rutina matinal no había variado en los
últimos diez años. El despertador sonaba a las seis en punto y ellos se levantaban sin remolonear. Cuando volvían del excusado, se turnaban para lavarse la cara en el fregadero; ella bombeaba el agua para ambos, los dos en silencio.
A unos pasos de la casa, el maestro Gu se fijó en una hoja blanca atravesada por una enorme marca roja que habían pegado en la pared del resto de casas adosadas y supo que anunciaba la muerte de su hija. Salvo por la farola solitaria al final del callejón y el resplandor tenue de unas cuantas estrellas, reinaba la oscuridad. El maestro Gu se acercó y se fijó en que los caracteres del edicto estaban escritos con la antigua caligrafía al estilo Li: cada trazo arrastraba un peso adicional, como si el autor estuviera habituado a la tarea de redactar la muerte inminente de alguien con pausada elegancia. El maestro Gu imaginó que el nombre pertenecía a un extraño que no había pecado de pensamiento, sino de obra, y solo entonces, gracias a un entrenamiento intelectual del que había hecho una costumbre, consiguió abstraerse de la obscenidad del crimen —una violación, un asesinato, un robo o cualquier otro delito cometido contra un pobre inocente— y apreciar la caligrafía por su mérito estético, aunque el nombre no fuera sino el que él había elegido para su hija, Gu Shan.
Hacía tiempo que el maestro Gu había dejado de comprender a la persona que llevaba aquel nombre. Su mujer y él habían sido ciudadanos temerosos y respetuosos con la ley toda la vida. Desde que Shan tenía catorce años, la joven se había visto consumida por pasiones que él no conseguía entender, primero como una fanática adepta del presidente Mao y su Revolución Cultural, y luego como una firme escéptica y una dura crítica del celo revolucionario de su generación. Podría haber sido una de aquellas criaturas divinas de los relatos antiguos que toman prestado el vientre de sus madres para venir al mundo de los mortales y labrarse una fama como heroína o como demonio, dependiendo de la intención de los poderes celestiales. El maestro Gu y su mujer podrían haber sido sus padres mientras ella los hubiera necesitado, a lo largo de su educación. Sin embargo, incluso en las viejas historias, esos padres, privados de sus hijos cuando estos los abandonaban para responder a la llamada del destino, acababan con el corazón roto como humanos de carne y hueso que eran,
incapaces de imaginar una vida con horizontes más lejanos que los conocidos.
El maestro Gu oyó el chirrido de una puerta al final del callejón y se apresuró a desaparecer antes de que alguien lo sorprendiera llorando delante del edicto. Su hija era una contrarrevolucionaria y cualquiera podía buscarse un problema, los padres de la criminal incluidos, si se le veía derramando lágrimas por la inminente muerte de la joven.
Cuando el maestro Gu volvió a casa, encontró a su mujer rebuscando algo en un viejo arcón. Había ropa de niña, que ella se había negado a vender a las tiendas de segunda mano cuando a Shan ya no le valía, esparcida sobre la cama deshecha. Enseguida se añadieron más prendas a la pila: camisas, pantalones, unos cuantos pares de calcetines de nailon, algunos de Shan antes de que la arrestaran, aunque la mayoría eran de su madre.
—Hace diez años que no le compramos ropa —le dijo la mujer con voz tranquila mientras doblaba una chaqueta mao de lana y un par de pantalones a juego que la señora Gu solo se ponía en días festivos y en ocasiones especiales—. Tendremos que pasar con la mía.
En aquella región era costumbre que los padres quemaran la ropa y el calzado del niño que fallecía para que este no pasara frío y se sintiera cómodo durante el viaje hacia el otro mundo. El maestro Gu había compadecido a los padres que había visto quemando bolsas en los cruces mientras pronunciaban el nombre de sus hijos, pero no conseguía imaginar a su mujer, ni a él, haciendo algo similar. Con veintiocho años —veintiocho años, tres meses y once días, la edad que tendría para siempre a partir de entonces—, Shan ya no era una niña. Ellos no podían ir a un cruce y pronunciar el nombre de su espíritu contrarrevolucionario.
—Tendría que haberme acordado de comprarle un par de zapatos nuevos —dijo su mujer, dejando un viejo par de zapatos de piel de Shan junto a sus sandalias en lo alto de la montaña de ropa—. Le encantan los zapatos de piel.
El maestro Gu observó a su esposa mientras esta metía las prendas y los zapatos en una bolsa de tela. Siempre había creído que el peor luto de todos era considerar la otra vida una continuidad de esta, que la gente arrastrara ya no su propia carga, sino también la de los muertos. «Cuídate de caer en
las tradiciones inútiles y pueriles de los aldeanos incultos», iba a recordarle a su mujer, pero al abrir la boca no fue capaz de encontrar palabras lo suficientemente amables para transmitirle ese mensaje. Se volvió con brusquedad y se dirigió al salón.
La pequeña cocina seguía apagada. Las dos gallinas cloqueaban hambrientas en la caja de cartón, a la expectativa. En un día normal, su mujer encendería ti fuego y haría unas gachas con el arroz sobrante mientras él daba de comer a los animales un puñadito de mijo. El maestro Gu llenó la lata de la comida. Las gallinas parecían tan concentradas en el mijo como su esposa en el paquete de ropa. El hombre colocó un recogedor bajo la cocina y abrió la rejilla de la ceniza, que hacía bastante ruido. Las cenizas del día anterior cayeron en el recogedor, en silencio.
—¿Vamos a enviarle la ropa? —preguntó su mujer. Estaba junto a la puerta con una voluminosa bolsa en los brazos—. Encenderé el fuego cuando volvamos —añadió al ver que él no respondía.
—No podemos salir a quemar esa bolsa —contestó el maestro Gu en un susurro. Su mujer lo fulminó con una mirada inquisitiva—. No sería correcto —continuó. Le fastidiaba tener que explicarle esas cosas—. Es supersticioso, reaccionario… No está bien.
—¿Y qué es lo que está bien? ¿Aplaudir a los asesinos de nuestra hija?
Una olvidada estridencia había regresado a su voz y su rostro había adoptado una expresión severa.
—A todos nos llega la hora.
—A Shan van a matarla. Es inocente.
—No nos corresponde a nosotros decidir esas cosas —contestó el hombre.
Por un segundo estuvo a punto de farfullar que su hija no era tan inocente como pensaba su mujer. A nadie le sorprendía que una madre fuera la primera en perdonar y olvidar las malas obras de su hijo.
—No estoy hablando de lo que podemos decidir nosotros o no —
replicó su mujer alzando la voz—. Estoy apelando a tu conciencia. ¿De verdad crees que debe morir por lo que ha escrito?
No se necesita conciencia para vivir, pensó el maestro Gu, pero antes de que le diera tiempo a decirlo en voz alta, alguien dio unos golpecitos en la delgada pared que separaba su casa y la de sus vecinos, tal vez en
protesta por el jaleo que estaban armando a aquellas horas de la mañana o, lo que era más probable, para advertirlos. Los vecinos de al lado eran una pareja joven que llevaba un año viviendo allí. La mujer, delegada de la Liga de las Juventudes Comunistas del distrito, había acudido en dos ocasiones a casa de los Gu y les había preguntado por su posición ante el encarcelamiento de su hija.
—El partido y el pueblo han depositado su confianza sobre vuestros hombros y depende de vosotros el ayudarla a corregir su error —había dicho la mujer en ambas ocasiones, observando su reacción con mirada atenta.
Aquello había sido antes de la revisión de la causa de Shan; por aquel entonces todavía conservaban la esperanza de que soltaran pronto a su hija, después de haber cumplido los diez años de condena estipulados en el primer juicio. Nunca imaginaron que pudieran volver a juzgarla por lo que había escrito en sus diarios en prisión o que las palabras que había trasladado al papel pudieran considerarse prueba suficiente para justificar una pena de muerte.
El maestro Gu apagó la luz, pero los golpes en la pared no cesaron.
Veía la luz que desprendía la mirada de su esposa en la oscuridad, provocada más por el miedo que por la ira. Sus ojos eran un par de pajarillos aterrorizados ante la vibración de la cuerda de un arco.
—Dame la bolsa —se apresuró a pedirle el maestro Gu con tono amable.
La mujer vaciló, pero luego le pasó la bolsa, que él escondió detrás de la caja de las gallinas. El ruido que hacían al escarbar y escoger el mijo invadió el espacio vacío. Los Gu oyeron algún que otro chirrido de puertas abriéndose y cerrándose en el callejón oscuro mientras varios cuervos revoloteaban por el tejado de una casa aledaña. Sus graznidos tenían un extraño tono parlanchín. El maestro Gu y su esposa esperaron y, cuando cesaron los golpes en la pared, el hombre le dijo a su mujer que descansara un poco hasta que amaneciera.
La ciudad de Río Turbio llevaba el nombre del afluente que corría hacia el este, en el límite meridional de la población. Siguiendo su curso, el río Turbio confluía con otras corrientes hasta formar el río Dorado, la mayor vía fluvial de la llanura noroccidental, aunque no era oro lo que arrastraban sus aguas, sumamente contaminadas y sucias debido a las ciudades industriales que se alzaban a ambas orillas. Igual de inexacto era el nombre del río Turbio, ya que sus aguas se formaban a partir del deshielo de la nieve de la montaña Blanca. En verano, los niños que buceaban en el río podían alzar la vista hacia la titilante luz del sol que atravesaba los cuerpos transparentes de los hacendosos pececillos mientras sus hermanas, golpeando la colada contra las rocas a lo largo de la orilla, cantaban a veces himnos revolucionarios a coro con una voz tan cristalina y alegre como el agua.
La ciudad, construida sobre el tramo de tierra que quedaba entre una montaña, al norte, y el río, al sur, tenía forma de huso. Tanto la montaña como el río limitaban su expansión, pero Río Turbio se extendía desde el centro hacia el este y el oeste, e iba reduciéndose a medida que se acercaba a las zonas rurales, no urbanizadas. Se tardaba media hora en ir desde la montaña Norte hasta las orillas del sur, y dos horas en recorrer la distancia que había entre los dos extremos del huso. Sin embargo, para una ciudad de su tamaño, Río Turbio estaba densamente poblada y era en gran parte autosuficiente. La población, construida hacía veinte años, una urbanización que se había proyectado para industrializar la zona rural, dependía de sus múltiples y pequeñas fábricas, que proporcionaban trabajo y manufacturas a sus habitantes. Las viviendas también habían sido ideadas sobre plano y, salvo unos cuantos edificios de cuatro o cinco plantas que rodeaban la plaza del centro y una calle principal donde se levantaban unos grandes almacenes, un cine, dos mercados y muchas tiendecitas, el resto de la ciudad estaba dividido en veinte manzanas de gran tamaño que, a su vez, se dividían en nueve manzanas más pequeñas, cada una de las cuales estaba compuesta por cuatro hileras de ocho casas adosadas, de una sola planta.
Cada casa, un cuadrilátero de cuatro metros y medio de lado, constaba de un dormitorio y un salón, y tenía un pequeño patio delantero rodeado por una valla de madera o, en el caso de las familias más acomodadas, por un muro de ladrillo que superaba la altura de un hombre. Los callejones
delanteros, que separaban los patios, apenas tenían un metro de ancho, y por los traseros difícilmente podía escurrirse una persona. Para evitar que la gente viera el dormitorio al pasar junto a la casa, la única ventana de dicha estancia era un pequeño cuadrado en lo alto de la pared posterior. Durante los meses más cálidos, no era extraño que un niño llamara a su madre y que contestara otra madre desde una casa distinta. Incluso en la estación más fría, la gente oía a sus vecinos toser, y a veces roncar, a través de las ventanas cerradas.
Ochenta mil personas vivían en aquellas manzanas numeradas, donde los padres compartían con sus hijos lechos de ladrillo debajo de los cuales había una estufa de leña para caldearlos. A veces incluso lo compartían con algún abuelo. No era habitual ver a ambos ancianos en una casa, ya que la ciudad era muy reciente y sus habitantes, inmigrantes de aldeas cercanas y lejanas, solo los acogían cuando estos enviudaban y ya no podían vivir solos.
Salvo para estos ancianos viudos, el final de 1978 y el principio de 1979 fueron prometedores tanto para Río Turbio como para la nación.
Hacía dos años que Mao había fallecido y que, un mes después, la señora Mao y su cuadrilla del gobierno central habían sido arrestados y acusados de los diez años de Revolución Cultural que habían hecho descarrilar al país. Los altavoces de los tejados anunciaban políticas nacionales para impulsar la tecnología y la economía tanto en ciudades como en pueblos, y si un hombre viajaba de una población a otra, se encontraba, como el vagabundo ciego que recorría con su vetusto violín y sus ancianas piernas aquella parte de la provincia donde se levantaba Río Turbio, despertado al amanecer y arrullado a la caída del sol por las mismas noticias leídas por distintos locutores. Había llegado la primavera después de diez largos años de invierno, cantaban a coro aquellas bellas voces, avanzándose a una nueva era comunista colmada de amor y progreso.
En una de las manzanas del oeste de la ciudad, donde la zona residencial poco a poco daba paso a la industrial, la gente dormía en casas adosadas parecidas a las de los Gu, indiferentes, en su último sueño antes del alba, a los padres que ese día iban a perder a su hija. En una de aquellas casas se despertó Tong, riendo. Olvidó el sueño en cuanto abrió los ojos, pero la risa siguió acompañándolo como el regusto de su plato favorito:
estofado de carne con patatas. Sus padres dormían junto a él, en el lecho de ladrillo. El cabello de su madre se enroscaba alrededor del dedo de su padre. Tong pasó de puntillas por encima de los pies de ambos y recogió su ropa, que su madre siempre dejaba sobre el horno de leña para procurar que estuviera caliente. Para Tong, un recién llegado a la casa de sus propios padres, el lecho de ladrillo seguía siendo una novedad, con túneles misteriosos y complejos y una estufa debajo.
Tong se había criado en la aldea de sus abuelos maternos, en la provincia de Hebei, y hacía escasamente seis meses que se había trasladado a casa de sus padres, cuando le llegó el momento de entrar en la escuela primaria. Tong tenía más hermanos, pero en esos momentos era el único hijo que vivía bajo el techo de sus padres. Sus dos hermanos mayores se habían ido a capitales de provincia después de acabar el colegio, igual que habían hecho sus padres veinte años atrás al abandonar sus aldeas respectivas para instalarse en Río Turbio. Ambos hermanos trabajaban de aprendices en fábricas y los padres de Tong conversaban planificando su futuro: matrimonios con buenas trabajadoras en la capital de provincia, hijos que nacerían con residencia legal en una ciudad llena tic enormes edificios de corte soviético… La hermana de Tong, una muchacha del montón incluso para sus padres, había conseguido casarse en una ciudad más grande, a ochenta kilómetros río abajo.
Tong apenas conocía a sus hermanos y tampoco sabía que debía su propia existencia a un preservativo roto. El padre, cuya paciencia habían consumido las largas horas de trabajo en el torno y la manutención de tres adolescentes, no había festejado precisamente la llegada de la nueva criatura, un hijo que en muchos otros hogares habría sido recibido con regocijo. El hombre había insistido en enviar a Tong con los padres de su mujer y, tras pasar todo un día llorando, la madre de Tong emprendió un viaje heroico de veintiocho horas a bordo de un tren abarrotado, con un bebé de un mes a cuestas. Tong no recordaba ni el gruñido de los cerdos ni los aldeanos que fumaban a su lado, pero los desgarradores chillidos de la criatura habían endurecido el corazón de su madre, quien, a la llegada a la aldea, sintió un gran alivio al entregárselo a los abuelos. Durante sus primeros seis años de vida Tong solo vio a sus padres en un par de
ocasiones, pero nunca se había sentido abandonado hasta que lo arrancaron de la aldea y lo llevaron a un hogar desconocido.
El niño se dirigió al salón sin hacer ruido. Encontró a oscuras el cepillo de dientes con una pizca de dentífrico y un cuenco lleno de agua junto al lavabo. Su madre siempre dejaba todo listo la noche anterior para la higiene matutina y eran aquellas pequeñas cosas las que hacían comprender a Tong el amor que le profesaba aquella mujer, aunque siguiera siendo una extraña para él. El niño se enjuagó la boca con una rápida gárgara y embadurnó el borde exterior de la taza con pasta de dientes para que su madre creyera que se los había lavado. Metió un dedo en el agua y se dio unos toquecitos en la frente y en las mejillas, el grado máximo de higiene personal que estaba dispuesto a permitirse.
Tong no estaba acostumbrado a la vida que llevaban sus padres.
En la aldea de sus abuelos, los campesinos no malgastaban el dinero en pasta de dientes de sabor extraño o en jabón aromático.
—¿Para qué sirve lavarse la cara y estar guapo? —solía preguntar su abuelo cuando contaba leyendas antiguas—. Si vives treinta años de cara al viento, el polvo, la lluvia y la nieve, sin lavarte, te convertirás en un hombre de verdad.
Los padres de Tong se reían de aquellas ocurrencias. Por lo visto, para la madre era de primordial importancia que su hijo adoptara la apariencia y las maneras de un chico de ciudad; sin embargo, a pesar de sus esfuerzos por que el niño se bañara a menudo y se vistiera con las mejores ropas que podían permitirse, incluso los niños más pequeños del barrio adivinaban que Tong no era de allí por su acento de pueblo. Tong no guardaba rencor a sus padres, ni tampoco les hablaba de las veces que en el colegio se burlaban de él. Caranabo, lo llamaban los demás niños, y a veces Comeajos o Mendrugo de Pueblo.
Tong se puso el abrigo, heredado de su hermana. Su madre se había tomado la molestia de cambiar de lado todas las hebillas, pero el abrigo seguía pareciendo más de chica que de chico. Cuando abrió la puerta para salir al pequeño patio, Oreja, el perro de Tong, saltó de su caja de cartón y salió disparado detrás de él. Oreja tenía dos años y lo había acompañado durante todo el camino desde la aldea hasta Río Turbio; sin embargo, para los padres de Tong, Oreja no era más que un chucho cualquiera, y su
lustroso pelo amarillento y sus oscuros ojillos almendrados no les enternecían el corazón.
El perro colocó las patas delanteras en los hombros del niño y soltó un suave gañido. Tong se llevó un dedo a los labios para pedirle silencio, pero se relajó al ver que sus padres no se habían despertado. No le había enseñado a Oreja a mantenerse callado y a no armar jaleo cuando vivían en la aldea. De no haber sido por las amenazas de sus padres y de los vecinos de vender el perro a un restaurante, Tong jamás habría encontrado el valor para pegar al perro al mudarse a Río Turbio. Una ciudad era un lugar inhumano, o al menos eso pensaba Tong, ya que incluso el más pequeño error podía acabar convirtiéndose en un delito grave.
Echaron a correr hacia la cancela, el perro delante dando brincos. En la calle, la última hora antes del alba se aferraba a la tenue luz amarillenta de las farolas y a las ventanas a oscuras de los dormitorios de la gente. Al doblar la esquina, Tong vio al viejo Hua, un indigente que rebuscaba en la basura, agachándose y escarbando en una pila con unas pinzas enormes para recoger hasta los fragmentos más diminutos de papel usado y meterlos en un saco de arpillera. El hombre inspeccionaba cada mañana lo que los demás tiraban, antes de que la cuadrilla de jóvenes del servicio de limpieza y recogida de basuras de la ciudad llegara y arramblara con todo.
—Buenos días, abuelo Hua —lo saludó Tong.
—Buenos días —contestó el anciano.
El viejo Hua se enderezó y se secó los ojos. Los tenía enrojecidos y llorosos, y se le habían caído las pestañas. Tong había aprendido a no quedarse mirando los ojos achacosos del viejo Hua. Al principio le daban grima, pero cuando el niño empezó a conocer mejor al anciano, se olvidó de ellos. El hombre lo trataba como si Tong fuera alguien importante: dejaba de rebuscar con las pinzas cuando hablaba con él, como si temiera perderse las cosas tan sumamente interesantes que le contaba el chico. Por esa razón Tong siempre apartaba la mirada cuando hablaba con el anciano, por respeto. Sin embargo, los chicos de la ciudad perseguían al viejo Hua y lo llamaban «camello de ojos rojos», y a Tong le entristecía que al anciano jamás pareciera importarle.
El hombre sacó un pequeño fajo de papel del bolsillo —varias páginas arrancadas de los periódicos y algunos papeles usados por una sola cara,
apretados todo lo posible— y se lo tendió. Todas las mañanas, el viejo I lúa guardaba el papel limpio para Tong, que lo leía y luego practicaba su caligrafía en la parte que no estaba impresa o usada. El niño le dio las gracias y se guardó el fajo en el bolsillo del abrigo. Miró a su alrededor, pero no vio a la esposa del viejo Hua, que a esas horas ya debería estar blandiendo la enorme escoba de bambú, tosiendo a causa del polvo. La señora Hua era barrendera, empleada por el municipio.
—¿Dónde está la abuela Hua? ¿Está enferma?
—Tenía que pegar unos carteles a primera hora de la mañana. El anuncio de una ejecución.
—Nuestro colegio irá a verla —dijo Tong—. Una pistola en la sien del hombre malo y ¡pum!
El viejo Hua negó con la cabeza y no contestó. En el colegio era diferente, allí los niños hablaban de la salida escolar como si se tratara de una visita emocionante y ningún maestro les recriminaba tanta animación.
—¿Conoce al hombre malo del edicto? —preguntó Tong al viejo Hua.
—Ve a verlo —contestó el anciano señalando el otro extremo de la calle—. Luego vuelve y dime qué opinas.
Al final de la calle, Tong descubrió un cartel recién pegado, cuyas esquinas inferiores empezaban a desprenderse por el viento. El niño encontró una silla destartalada delante de un patio, la arrastró hasta allí y se subió a ella, pero aun así no llegaba hasta el cartel, ni siquiera de puntillas.
Se dio por vencido y dejó que las esquinas se agitaran con toda tranquilidad.
Las farolas proyectaban una luz débil, sin embargo, el firmamento había adoptado una tonalidad blanca azulada hacia el este, como la del vientre de un pez boca abajo. Tong leyó el edicto en voz alta, saltándose las palabras que no sabía pronunciar, aunque adivinó el significado sin demasiados problemas:
La contrarrevolucionaria Gu Shan, mujer, de veintiocho años, ha sido sentenciada a muerte y privada de todos sus derechos políticos. La ejecución tendrá lugar el veintiuno de marzo de mil novecientos setenta y
nueve. Por motivos educativos, se requiere la presencia de todos los colegios y las unidades de producción en el acto denunciatorio previo a la ejecución.
Al final del edicto había una firma, dos de cuyos tres caracteres Tong no supo identificar. Una enorme marca en tinta roja atravesaba el cartel.
—¿Entiendes lo que pone? —preguntó el anciano cuando Tong lo encontró rebuscando en otro cubo.
—Sí.
—¿Dice que se trata de una mujer?
—Sí.
—Es muy joven, ¿verdad?
Tong no creía que tener veintiocho años fuera ser joven. En el colegio le habían enseñado historias sobre héroes jóvenes. Un pastor de siete años y medio, no mucho mayor que Tong, había acompañado a los invasores japoneses hasta un campo de minas cuando estos le habían pedido que los guiara, y el niño había muerto junto a los enemigos. Otro chico, este de trece años, había impedido que robaran bienes de la comuna popular y el ladrón lo había matado. El Ejército Blanco había ejecutado a Liu Huían, de quince años y medio, por ser la miembro más joven del Partido Comunista de su provincia y, antes de que la decapitaran, se decía que la joven había mirado a sus ejecutores con desdén y había proclamado: «Quien trabaja para el comunismo no teme a la muerte». La heroína de mayor edad que Tong conocía era una chica soviética llamada Zoya. Los fascistas alemanes la habían colgado cuando solo tenía diecinueve años, aunque ya eran muchos para una heroína.
—Veintiocho años es una edad demasiado temprana para morir —dijo el viejo Hua.
—Liu Huían sacrificó su vida por la causa comunista con quince —
replicó Tong.
—Los niños pequeños deberían pensar en vivir, no en sacrificarse —
repuso el anciano—. Es a los mayores a quienes nos corresponde cavilar
sobre la muerte.
Tong no estaba de acuerdo con el anciano, pero no quiso discutir.
Sonrió con vacilación y se alegró de ver que Oreja volvía al trote, con ganas de continuar su expedición matutina conjunta.
Incluso el más leve rumor era capaz de despertar a un pobre ser hambriento y helado. El débil ladrido de un perro, la tos apagada de un vecino en su dormitorio o unos pasos en el callejón se transformaban en truenos en los sueños de Nini, mientras que otros ruidos la dejaban indiferente, como los ronquidos de su padre. Nini se arrebujó en la fina manta ayudándose de la mano buena, aunque por mucho que lo intentara siempre había una parte de su cuerpo que quedaba expuesta al frío glacial.
El fuego que ardía en la estufa bajo el lecho de ladrillo se apagaba todas las noches por culpa del limitado suministro de carbón que recibía la familia y, al ser la que dormía más alejada de la fuente de calor, sentía que el frío le calaba los huesos a través del fino colchón de algodón y las capas de ropa vieja que no se quitaba para acostarse. Sus padres dormían en el otro extremo, así que la estufa, que tenían justo debajo, los mantenía calientes más rato. En medio se acurrucaban cuatro de sus hermanas pequeñas —de diez, ocho, cinco y tres años—, de dos en dos para darse calor mutuamente.
Solo había otra persona despierta aparte de ella: el bebé, que, como Nini, no tenía a quien arrimarse para pasar la noche y ahora buscaba a tientas el pecho de su madre.
Nini se levantó de la cama y se puso un abrigo de algodón varias tallas más grande, donde podía esconder con facilidad la mano deforme. El bebé siguió los movimientos de Nini con ojos brillantes e inexpresivos, pero al poco, frustrada por su esfuerzo inútil, apretó los dientes que acababan de salirle. Su madre soltó un chillido y propinó un bofetón a la pequeña sin abrir los ojos.
—Saco de deudas. Comer, comer y comer, es lo único que sabes hacer.
¿Es que te moriste de hambre en tu última vida?
La pequeña se puso a berrear y Nini frunció el entrecejo. Para los hambrientos, como ellas, siempre amanecía demasiado pronto. A veces
Nini se acurrucaba con su hermanita cuando ambas estaban despiertas: la pequeña la confundía con su madre y le golpeaba el pecho con su pesada cabeza. Esos momentos hacían que Nini se sintiera especial, y por eso se sentía unida a su hermana y responsable de todo lo que esta no pudiera obtener de su madre.
Nini se acercó renqueando hasta la pequeña. La cogió y la arrulló, le metió un dedo en la boca y sintió los dientecitos recién estrenados. Salvo las dos hermanas que seguían a Nini, que ahora iban al colegio, el resto de las chicas, igual que la propia Nini, carecían de nombres oficiales. Sus padres ni siquiera se habían tomado la molestia de ponerles sobrenombres a las más pequeñas, como al menos habían hecho con Nini, y se limitaban a llamarlas Cuartita, Quintita y, al bebé, Sextita.
El bebé chupó el dedo de Nini con fruición, pero al cabo de un rato, insatisfecha, lo soltó y empezó a llorar. La madre abrió los ojos.
—Vosotras dos, ¿es que no podéis estar calladas ni un momento?
Nini devolvió a Sextita a la cama y huyó antes de que su padre se despertara. En el salón, cogió la cesta de bambú para el carbón y dio con un par de botas. Aunque ya había enfilado el callejón, siguió oyendo los lloros del bebé. Alguien aporreó la ventana y protestó. Nini intentó acelerar el paso. 1.a pierna izquierda, la lisiada, dibujaba círculos más amplios de lo habitual, y la cesta, que llevaba colgada al hombro de una cuerda, golpeaba contra su cadera a un ritmo discontinuo.
Nini vio un cartel en la pared al final del callejón y se acercó para echar una ojeada a la enorme marca roja que lo atravesaba. No reconoció ni un solo carácter de los que había escritos en el papel —hacía mucho tiempo que sus padres habían dejado claro que darle educación a una tullida era malgastar el dinero—, pero por el olor sabía que la pasta que habían utilizado para pegarlo a la pared estaba hecha de harina. Le rugió el estómago. Miró a su alrededor buscando un taburete o unos ladrillos y, al no encontrar nada a mano, dejó la cesta en el suelo boca abajo y se subió a ella. El fondo se combó, aunque no cedió bajo el peso de la niña. Nini alcanzó una esquina del cartel con la mano buena y la arrancó de la pared.
La pasta de harina todavía no se había secado ni se había congelado, por lo que Nini la rebañó y se metió los cinco dedos en la boca. Estaba fría, pero tenía un sabor dulce, y rascó un poco más. Estaba chupándose los dedos
cuando un gato callejero saltó desde una pared y se detuvo a unos pasos de ella, observándola amenazadoramente. La niña se apresuró a bajar de la cesta y estuvo a punto de caer sobre el pie malo. El gato salió espantado.
Al doblar la esquina Nini se encontró con la señora Hua, que estaba aplicando pasta en las cuatro esquinas de un cartel cuando apareció la niña.
—Buenos días —la saludó la anciana.
Nini miró el pequeño cuenco de pasta sin responder. A veces devolvía el saludo a la señora Hua con educación, sin embargo, cuando estaba de mal humor, lo que solía ocurrir a menudo, se mordía el interior del moflete con fuerza para que nadie la hiciera hablar, y aquel era uno de esos días: Sextita había vuelto a dar problemas. Nini quería a Sextita más que a nadie en el mundo, pero ese amor, que a veces sentía como un nudo prieto en el estómago, no mitigaba el hambre.
—¿Has dormido bien?
Nini no contestó. ¿Cómo esperaba la señora Hua que durmiera bien si siempre estaba hambrienta? Los lametones de pasta habían desaparecido y el ligero sabor dulzón que le habían dejado en el paladar había azuzado aún más su apetito.
La anciana sacó del bolsillo un bollo que le había sobrado; procuraba llevar alguno todas las mañanas por si veía a Nini, aunque la niña nunca llegaría a saberlo. Le recordaba a las hijas que tuvo, niñas abandonadas por sus padres todas ellas. La señora Hua pensó que en otra vida la habría adoptado y no habría permitido que pasara ni frío ni hambre. Tenía la sensación de que no hacía tanto tiempo que la vida había sido un dique sólido para su marido y ella —con cada niña que habían recogido durante su vagabundeo habían redescubierto una y otra vez que la vida no estaba exenta de momentos jubilosos, ni siquiera para los mendigos—, pero el dique se había roto y la corriente lo había arrastrado, su felicidad había quedado devastada como las impotentes llanuras bajo una inundación. La señora Hua se quedó mirando mientras Nini daba un gran mordisco al bollo, y luego otro. Poco después la niña empezó a hipar.
—Comes demasiado deprisa —dijo la señora Hua—. No olvides que tienes que masticar.
Cuando ya solo quedaba medio bollo, Nini empezó a comer más despacio. La señora Hua volvió a concentrarse en el edicto. Años de barrer
las calles y, antes de eso, de vagar de una ciudad a otra y rebuscar entre la basura, le habían encorvado la espalda. Aun así, seguía siendo muy alta y solía sacar un palmo a la mayoría de los hombres y de las otras mujeres.
Nini pensó que tal vez por eso la anciana había conseguido aquel trabajo, para que pegara los carteles fuera del alcance de la gente, de modo que nadie pudiera robar la pasta.
La señora Hua dio unos golpecitos a las esquinas del papel para que quedara bien adherido a la pared.
—A por la siguiente calle dijo.
Nini no se movió; el cuenco de pasta que la señora Hua tenía en la mano acaparaba toda su atención. La anciana siguió la mirada de la niña y negó con la cabeza. Al ver que no había nadie por la calle, cogió una de las hojas de papel de la pila de carteles e hizo un cono.
—Toma —dijo, y colocó el cono en la mano buena de Nini.
Ella observó atenta mientras la señora Hua vertía un poco de pasta en el cucurucho; cuando se lo hubo acabado, se lamió la mano para limpiarse los churretones. La señora Hua la miraba con profunda tristeza. Iba a decir algo, pero la niña echó a andar.
—Nini, tira el papel cuando hayas terminado —dijo la anciana en voz baja cuando la niña ya había dado media vuelta—. Que la gente no te vea utilizar el edicto.
Nini asintió con la cabeza sin mirar atrás. Entre hipo e hipo seguía mordiéndose con fuerza el interior del moflete para asegurarse de que no decía nada más allá de lo imprescindible. No era consciente de la amabilidad que le demostraba la señora Hua. Nini aceptaba tanto la benevolencia como la crueldad del mundo del mismo modo que se había resignado a su cuerpo, deforme desde que nació. Lo que sabía de los seres humanos lo había aprendido a través de las historias que escuchaba a escondidas. Sus padres, cuando estaban de buenas, la esquivaban como si fuera un mueble, y los demás parecían ignorar su existencia, lo que le brindaba la oportunidad de enterarse de cosas vetadas a los oídos de otros niños. Las amas de casa hablaban en el mercado sobre «asuntos de alcoba»
mientras intentaban ahogar sus risotadas y hacían bromas hirientes sobre los jovencísimos vendedores ambulantes de las aldeas de las montañas, quienes, nuevos en el negocio, intentaban pasar por alto las palabras de las
mujeres, aunque a veces el rubor los traicionaba. Los vecinos, antes de cenar tras un día de trabajo, se reunían en parejas o en tríos en el callejón e intercambiaban chismorreos sin que la cercana presencia de Nini les urgiera a cambiar de tema, como habría ocurrido si cualquier otro niño hubiera pasado por allí. Oía historias de todo tipo: una nuera que trituraba hierbajos para mezclarlos con el relleno de las bolas de masa de su suegra, una niñera que había abofeteado a un bebé y lo había dejado sordo para el resto de su vida, una pareja que hacía tanto ruido cuando se dedicaba a los
«asuntos de alcoba» que el vecino, un mecánico que trabajaba en la cantera, había instalado una bomba de relojería diminuta para que, del susto, al marido se le quedara el pene como algodón de azúcar… Aquellas historias reportaban a Nini el placer que otros niños obtenían con sus juguetes o con sus amigos y, aunque sabía muy bien que debía mantener una expresión despreocupada, la libertad y la felicidad momentánea que le ofrecían aquellos chismes oídos a hurtadillas eran la experiencia más próxima a una infancia que le estaba negada, una privación de la que ella no era consciente.
El tren de las seis y media silbó. Nini iba a la estación a recoger carbón todas las mañanas. El puente del Cruce, el único que unía la ciudad con la otra orilla del río Turbio, tenía cuatro carriles, pero a aquellas horas de la mañana apenas se veían camiones o bicicletas. I .os únicos transeúntes eran aldeanas y campesinos adolescentes que bajaban de las montañas con huevos recién puestos, que mantenían calientes en sus pañuelos, pequeñas latas de leche fresca de cabra o de vaca y fideos y tortitas caseros. Nini se abría paso a contracorriente y los miraba con recelo cuando se volvían para observarla sin molestarse en ocultar la repulsión que les producía la visión de la cara deforme de la niña.
En la estación próxima al puente del Cruce solamente se detenía el tren de mercancías, que cargaba el carbón, la madera y el mineral de aluminio de las montañas que luego transportaba hasta las grandes ciudades. Los trenes de pasajeros paraban en otra estación, al este de la ciudad, y Nini a veces los veía pasar con estruendo desde el puente mientras los rostros de los viajeros se reflejaban en las numerosas ventanillas cuadradas. Nini siempre se preguntaba qué debía de sentirse al ir de un sitio a otro en un abrir y cerrar de ojos. Le gustaba la velocidad: los largos trenes de ruedas
traqueteantes que hacían saltar chispas sobre los raíles; los jeeps con matrículas oficiales que, conducidos sin miramientos incluso por las calles más transitadas, levantaban polvo en la estación seca y salpicaban barro cuando llovía; los fragmentos de hielo que flotaban en el río Turbio en primavera; los adolescentes temerarios que pedaleaban con ganas sin agarrarse al manillar de sus bicicletas.
Nini aceleró el paso. Si no llegaba a la estación de tren a tiempo, los operarios habrían terminado de trasladar el carbón de los camiones a los vagones de carga. Todas las mañanas dichos operarios, con una falta de atención intencionada, dejaban caer algo de carbón al suelo y luego se lo dividían entre ellos. La tarea matinal de Nini consistía en quedarse cerca, mirarlos fijamente y esperar a que uno de ellos acabara reparando en ella y le diera una pequeña cantidad de carbón. La madre de Nini solía decir que cada uno tenía que ganarse su pan y lo único que la niña quería era llegar a la estación a tiempo para que no le negaran el desayuno.
Bashi, que cruzaba el puente entre los grupos de campesinos en dirección contraria a la de Nini, estaba absorto en sus pensamientos y no vio a la chica ni oyó a dos aldeanas haciendo comentarios sobre la cara deforme de Nini. Bashi iba dándole vueltas en la cabeza a una preocupación: cómo eran las chicas «allí abajo», entre las piernas. Tenía diecinueve años y nunca le había visto sus partes a una chica, por lo que era incapaz de imaginar su aspecto. Para Bashi, hijo de un héroe comunista —
la más roja de las semillas rojas—, eso era una laguna preocupante.
El padre de Bashi, uno de los primeros pilotos de la nación, había luchado en la guerra de Corea y había recibido grandes honores como héroe de guerra. No lo habían matado las bombas estadounidenses, sino un error humano: había muerto de una operación de amígdalas cuando Bashi tenía dos años. El médico que le administró la anestesia incorrecta fue sentenciado a muerte por socavar las bases de la nación comunista y asesinar a uno de sus mejores pilotos, aunque a Bashi le traía sin cuidado el destino del médico, ya fuera una cadena perpetua o la pena de muerte. Su madre lo había dejado con la abuela paterna y había vuelto a casarse en otra
provincia. Desde entonces, el gobierno había sufragado la manutención de Bashi. La compensación, una suma generosa comparada con lo que solía ganar la gente, hacía posible que su abuela y él vivieran con cierta comodidad. La abuela siempre había albergado la esperanza de que Bashi fuera un buen estudiante y se ganara la vida gracias a su inteligencia, pero no había sido así, ya que al chico también le traía sin cuidado su educación.
La abuela se preocupaba y siempre andaba detrás de él, pero él la perdonaba porque era la única persona que lo quería y por la que él sentía el mismo afecto. Algún día la anciana moriría; su salud había sufrido un notable deterioro en los dos últimos años y tenía la cabeza hecha un lío: mezclaba hechos reales con fantasías, confundía unos con otras. Bashi no deseaba que llegara el momento en que ella lo dejaría para emprender el viaje al más allá, si bien el joven era consciente de que podría seguir ocupando la casa toda la vida, aunque fuera propiedad del gobierno, y de que el dinero que había en la cartilla de ahorros bastaría para cubrir los gastos de manutención, ropa y carbón sin tener que mover un solo dedo.
¿Qué más podía pedir? Una esposa, claro, pero ¿qué coste suplementario en comida supondría eso? Lo único que le importaba a Bashi era llevar una vida sin ahogos con una mujer y que ninguno de los dos tuviera que pensar en trabajar.
Por tanto, el problema era cómo encontrar una mujer. Salvo por mi abuela, Bashi tenía muy poca suerte con las mujeres. Las mayores, las de la edad de su abuela o de su madre, lo ponían como ejemplo ante sus hijos de lo que había que evitar ser. No podrían soportar la vergüenza de reencontrarse con sus ancestros tras su muerte si al final resultaba que tenían que aguantar a un hijo, o un nieto, como Bashi. Ese tipo de comentarios, a menudo expresados en voz lo bastante alta para que Bashi los oyera, iban dirigidos a aquellos niños que precisaban una reprimenda.
Las mujeres jóvenes en edad casadera lo rehuían como una princesa de cuento haría con un sapo. Bashi creía que necesitaba recabar más conocimientos sobre el cuerpo femenino antes de abrirse camino hacia su corazón, pero ¿cuál de aquellas jóvenes que lo miraban con desprecio le confiaría sus secretos?
Había acabado depositando sus esperanzas en las muchachitas. Ya lo había intentado varias veces: había ofrecido dulces a las niñas pequeñas de
otros barrios, pero ninguna había accedido a irse con él a las hierbas altas de la ribera. Es más, una de las niñas se lo había contado a sus padres y estos le habían propinado a Bashi una paliza y habían hecho correr la noticia, de modo que, allí donde iba, el joven tenía la impresión de que la gente con hijas lo vigilaba muy de cerca. Las niñas se habían inventado una canción sobre él en la cual lo llamaban moscón, pajarraco y culebrilla persigueniñas. Bashi no se ofendía, de hecho le gustaba entrar en los corros de las niñas cuando jugaban y sonreía cuando le cantaban la canción a la cara. Se imaginaba llevándoselas una tras otra detrás de un arbusto secreto para explorarlas, y sonreía aún más ufano, puesto que ninguna de esas niñas que le cantaban con sus adorables y bonitas voces imaginaría jamás qué podría estar sucediéndole en ese mismo instante.
Bashi también tenía otros planes. Por ejemplo: esconderse en los excusados públicos después de medianoche o a primera hora de la mañana, cuando las mujeres llegaban con prisas y medio adormiladas, demasiado somnolientas para reparar en él, que estaría agazapado donde no llegara la luz de la única bombilla. Sin embargo, la idea de permanecer escondido durante mucho tiempo, con frío, cansado y apestando, le había impedido llevar a cabo su plan hasta la fecha. También podía vestirse con la ropa de su abuela y ponerse un pañuelo en la cabeza para ir a un excusado público.
Hablaría con voz aflautada y pediría un tíquet para la sección de mujeres, entraría en los vestuarios y se alegraría la vista mientras ellas se desnudaban. Se quedaría un rato y luego fingiría tener prisa para ir a casa a ocuparse de cosas importantes, como vigilar un pollo que tuviera en el horno o recoger la colada del tendedero.
Sin embargo, existían otras posibilidades que le ofrecían mayores esperanzas, como encontrar una recién nacida junto al río, lo que trataba de hacer en esos momentos. Había seguido la orilla que corría paralela a la vía del tren y ahora avanzaba lentamente por la que daba .1 la ciudad, mirando detrás de todas las rocas y los troncos. No era demasiado probable que alguien hubiera abandonado a una recién nacida con aquel frío, pero nada se perdía comprobándolo. Una mañana de febrero de hacía dos años Bashi había encontrado a una criatura bajo el puente del Cruce. La niña estaba rígida, ya fuera por haberse congelado durante la fría noche o por el rigor mortis. Bashi se había quedado mirando fijamente su cara grisácea. No
sabía por qué, pero la idea de separar la manta y mirar debajo de los harapos le erizaba el vello, así que la dejó donde la había encontrado.
Volvió al lugar una hora después y ya había un grupo de gente reunido alrededor de la criatura. Comentaron que debía de tratarse de una niña, un bebé sano v rollizo, y que era una lástima que no hubiera nacido varón.
Dijeron que solo se necesitan unas cuantas capas de papel de paja húmedo y poco más de cinco minutos, como si todos hubieran asfixiado a una recién nacida al menos una vez en su vicia, a juzgar por la viveza con que relataban los detalles. Bashi sugirió que la niña podría haber muerto por congelación, pero nadie le hizo caso. Siguieron hablando entre ellos hasta que llegaron el viejo Hua y su esposa y metieron el pequeño montón de harapos en un saco de arpillera. Bashi fue el único que acompañó a los Hua al lugar en que enterraban a las criaturas abandonadas: río arriba, al oeste de la ciudad, donde brotaban todo el verano unas flores blancas sin nombre que los niños del lugar conocían como las flores de los bebés muertos. Ese día la tierra estaba demasiado helada para cavar incluso un hoyo chiquito, así que la pareja buscó un pequeño hueco detrás de una roca, cubrió al bebé con hojas secas y hierba mustia y luego señaló el lugar. Le dijeron a Bashi que volverían más tarde para enterrarla y él respondió que no dudaba que la despedirían como era debido, pues como gente de buen corazón que eran nunca defraudaban a nadie.
Bashi creía que, si esperaba lo suficiente, algún día encontraría un bebé vivo en la orilla. No comprendía por qué la gente no quería a las niñas.
Desde luego, a él no le importaría llevarse a una a casa, darle de comer, bañarla y criarla, pero debía guardarse mucho de comentar un propósito como ese con sus vecinos, quienes lo trataban de imbécil; por lo visto, la imbecilidad era uno de los pocos delitos para los que no existía castigo suficiente. A un atracador o a un ladrón le caía una pena de un año o más por el crimen cometido, pero ser tachado de imbécil, igual que de contrarrevolucionario, era una acusación contra la esencia de uno mismo y por esa razón a Bashi no le gustaban sus vecinos. Incluso el contrarrevolucionario a veces obtenía el perdón y volvía a integrarse en la sociedad, como parecía ser habitual en los días que corrían. En la radio no hacían más que contar historias sobre alguien con quien se había cometido una injusticia durante la Revolución Cultural y que había sido readmitido
en la gran familia comunista. Sin embargo, Bashi creía que aquella redención estaba fuera de su alcance. La gente no solía prestarle atención cuando se unía a las conversaciones de los cruces o al pequeño grupo que jugaba al ajedrez a un lado de la carretera en las tardes de verano, y cuando lo hacían, todos esbozaban divertidas sonrisas de incredulidad, como si Bashi les hiciera comprender que eran mucho más inteligentes que él. El joven había decidido dejar de hablarles en muchísimas ocasiones, pero en cuanto se topaba con alguna de aquellas reuniones, sentía renacer la esperanza. A pesar de lo mal que lo trataban, adoraba a la gente y le encantaba hablar con ella. Soñaba con el día en que sus vecinos aprenderían a valorar su importancia, ese día en que tal vez incluso le estrecharían la mano, le darían palmaditas en el hombro y se disculparían por el error que habían cometido.
Un perro se acercó correteando por la orilla. El pelaje dorado relucía bajo el sol de la mañana. Llevaba un cucurucho de papel en la boca y Bashi le lanzó un silbido.
—Oreja, ven aquí, ¿has encontrado un tesoro?
El perro miró a Bashi y retrocedió un paso. Era de un recién llegado a la ciudad y el joven se había fijado en ambos. Pensaba que ()reja era un nombre extraño para un perro y estaba convencido de que algo no andaba bien en la cabeza del chico que lo había bautizado así. El niño y el perro eran tal para cual: se habían criado en el (ampo y no eran demasiado espabilados.
—Mira, Oreja, un hueso —dijo Bashi con voz suave llevándose una mano al bolsillo.
El perro vaciló, pero no se acercó. Bashi no apartó los ojos del peno y avanzó unos centímetros; volvió a llamarlo con voz suave, y de repente cogió una piedra y se la lanzó al chucho, que soltó un breve gañido y salió corriendo, dejando caer el cono al suelo. El joven siguió arrojando piedras hacia donde había desaparecido el perro. En una ocasión había conseguido convencerlo para que se acercara lo suficiente y le había propinado una patada en la barriga.
Bashi recogió el cucurucho de papel y lo extendió en el suelo. La tinta se había corrido, pero aún podía leerse el mensaje.
—Un contrarrevolucionario no es un juego —comentó en voz alta.
El nombre que aparecía en el edicto no le sonaba y se preguntó si aquella mujer sería de la ciudad. ¿De quién era hija? Pensó que era muy triste que ejecutaran a la hija de alguien, ningún crimen cometido por una joven debería acabar con un final tan trágico, aunque… ¿seguiría siendo virgen? Bashi releyó el edicto. Apenas se daba información sobre aquella tal Gu Shan. Tal vez estuviera casada, nadie esperaba que una mujer de veintiocho años siguiera siendo virgen, salvo que fuera…
—¿Una solterona? —dijo en voz alta para apuntillar su pensamiento.
Se preguntó qué habría hecho para ganarse el tratamiento de contrarrevolucionaria. La única persona conocida que había cometido un crimen similar era el médico que había matado a su padre. Bashi leyó el edicto una vez más. Tenía un nombre bonito, así que tal vez se tratara de alguien como él: una persona incomprendida a la que nadie se molestaba en intentar comprender. Qué lástima que tuviera que morir el día que la había descubierto.
Tong llamó a Oreja varias veces antes de que el perro apareciera de nuevo.
—¿Has vuelto a molestar al perro negro? —le preguntó mientras Oreja se acercaba corriendo hacia él, presa del pánico.
El perro negro era del viejo Kwen, un conserje de la planta eléctrica que, a diferencia de la mayoría de la gente que vivía en las manzanas, ocupaba una casucha pequeña y destartalada en el límite entre la zona residencial y la industrial. Una de las pocas cosas que el padre de Tong le había contado acerca de la ciudad cuando el niño llegó era sobre el viejo Kwen y su perro. Atado toda su vida delante de la casucha —lo que únicamente le permitía moverse en un radio de menos de metro y medio—, se decía que era la peor mala bestia y el mejor perro guardián de la ciudad, dispuesto a derribar y arrancarle la yugular a quien se atreviera a poner un pie en la choza de su amo. «Mantente alejado de un hombre que cuida a su perro de esa manera», le había advertido su padre, pero cuando Tong le preguntó el porqué, no le dio una explicación.
Oreja, demasiado curioso y juguetón, se había acercado al perro negro varias veces y este siempre le había gruñido o había intentado saltarle encima mientras tiraba del extremo de la cadena con una inercia
descomunal. Después de aquellos encuentros, a Tong siempre le costaba mucho calmar a Oreja.
—Tienes que aprender a dejar en paz a los demás perros —dijo Tong, pero Oreja se limitó a gemir. Pensó que quizá estaba reprendiéndolo por una razón equivocada y en ese momento cayó en la cuenta de que no había oído ladrar al perro negro—. Bueno, tal vez 110 sea el perro negro, sino otra persona. Tienes que aprender a dejar en paz a los demás. No todo el mundo te quiere como crees —insistió el niño.
Pasearon por la orilla. El cielo estaba encapotado y el viento tenía el olor añejo de la nieve vieja que todavía no se había fundido. Tong arrancó una tira de corteza clara y acartonada de un abedul, y se sentó con un cabo de lápiz con el que escribió en la superficie las palabras que recordaba del cartel: mujer, contrarrevolucionaria, colegio.
Era uno de los estudiantes más aplicados de la clase. A veces el profesor les decía a los demás alumnos que Tong era un buen ejemplo de alguien sin demasiadas aptitudes que había compensado sus carencias mediante el trabajo diligente. Al principio el comentario lo había dejado más triste que orgulloso, pero con el tiempo aprendió a liarse ánimos.
Después de todo, los elogios de un profesor no dejaban de ser elogios, y los comentarios favorables podían acabar conviniéndolo en un alumno importante para el maestro. Tong deseaba ser de los primeros en entrar a formar parte de los Jóvenes Pioneros Comunistas después del primer curso para ganarse el respeto de sus conciudadanos; sin embargo, para alcanzar ese sueño necesitaba hacer algo que impresionara a sus profesores y compañeros. Había pensado en memorizar todos los caracteres del diccionario elemental y presentar el resultado al profesor al final del semestre, pero sus padres, ambos obreros, no podían permitirse la compra de numerosos libros de ejercicios. La idea de utilizar la corteza de abedul se le había ocurrido después de leer en un libro de texto que el camarada Lenin había utilizado pan negro como tintero y leche como tinta durante su encarcelamiento y que había escrito mensajes secretos a sus camaradas en los márgenes de los periódicos, que solo podían leerse cuando se acercaba la hoja de papel al fuego. Cuando un guardia se acercaba, Lenin se comía el tintero con la tinta dentro. «Si se tiene una verdadera disposición, siempre se encuentra el modo», había comentado el profesor sobre la moraleja de la
historia. Desde entonces Tong había intentado mantener una verdadera disposición y había recogido un puñado de cabos de lápiz que otros niños habían desechado. También había descubierto la corteza de abedul, perfecta para escribir sobre ella, y una provisión más segura que el papel que el viejo Hua le guardaba.
Oreja se sentó sobre las patas traseras y observó cómo trabajaba Tong, pero al cabo de un rato se levantó de un salto en dirección al río helado, dejando pequeñas huellas en forma de flor sobre la nieve vieja. Tong escribió hasta que los dedos se le entumecieron por el frío. Se los sopló con bocanadas de vaho blanco y leyó las palabras para sí mismo antes de guardar el cabo de lápiz.
Volvió la vista hacia la ciudad. Unas banderas rojas ondeaban en lo alto del ayuntamiento y de los juzgados. En el centro de la plaza de la ciudad, una estatua de piedra de Mao empequeñecía el hospital cercano, de cinco plantas. Según los profesores, era la estatua de Mao más alta de toda la provincia y el orgullo de Río Turbio, un monumento que había atraído hasta allí a peregrinos de otras ciudades y pueblos y la razón principal por la que la villa regional de Río Turbio había sido ascendida al rango de ciudad, con jurisdicción sobre varias poblaciones y aldeas de los alrededores. Unos meses atrás, poco después de la llegada de Tong, un trabajador asignado a la limpieza semestral de la estatua había sufrido un accidente y había caído en picado desde el hombro de Mao. Muchos ciudadanos acudieron al lugar del suceso. Tong había sido uno de los niños que se había escurrido entre las piernas de los adultos para echar un vistazo de cerca al cuerpo. El hombre, vestido con el uniforme azul de los empleados de la limpieza, estaba tendido boca arriba con un pequeño charco de sangre junto a la boca. Tenía los ojos completamente abiertos, la mirada vidriosa y las extremidades separadas formando ángulos inusuales.
Cuando los camilleros del hospital municipal llegaron para recoger el cuerpo, se les escurrió y se agitó como si no tuviera huesos. A Tong le recordó unas babosas que había en el pueblo de sus abuelos. Aquellos I»
ichos tenían el cuerpo carnoso y húmedo, y si se les espolvoreaba un poco de sal encima, se convertían poco a poco en un pequeño charco de líquido blanco y pegajoso. El niño que había junto a él se mareó y sus padres se lo llevaron de allí apresuradamente, pero Tong se obligo a no mostrar
debilidad. Incluso algunos adultos apartaron la mirada cuando los camilleros tuvieron que levantar la cabeza del hombre del suelo, pero Tong reunió todas sus fuerzas para no perderse ni mi detalle. Creía que si era lo bastante valiente, los chicos de la ciudad, y tal vez también los adultos, lo mirarían con buenos ojos y lo aceptarían como a uno de los más ejemplares. No era la primera vez que veía un cadáver, pero sí la primera que veía morir a un hombre de una manera tan extraña. En el pueblo de sus abuelos la gente moría de la manera habitual: por una enfermedad o de viejos. Solo una vez una mujer que trabajaba en el campo con un tanque de pesticida a la espalda murió al instante cuando el tanque explotó. Tong y otros niños se reunieron en el linde del campo y miraron cómo el marido y los dos hijos adolescentes de la mujer la rociaban desde lejos con mangueras hasta que extinguieron el fuego y el gas mortal se dispersó. No parecían ni impresionados ni afectados, pero su silencio dejaba entrever algo que Tong no alcanzó a comprender.
«Hay muertes que implican una carga más pesada que el monte Tai y otras, tan ligeras como una pluma.» Tong recordó la lección que su profesor les había enseñado hacía unas semanas. La mujer que había muerto en la explosión había pasado a formar parte de las historias que los aldeanos contaban con regocijo a los transeúntes, quienes a menudo se sentían sobrecogidos al oírla; sin embargo, ¿acaso eso confería mayor valor a su muerte que a la de la anciana que vivía en la calle de al lado de los abuelos de Tong y que falleció mientras dormía? La muerte de la contrarrevolucionaria tendría que ser más ligera que una pluma, pero las pancartas y el acto del día parecían decir lo contrario.
La ciudad cobró vida ante la desconcertada mirada del chico, aunque no todos sus habitantes estaban igual de preparados para el gran día. Una estudiante de cuarto curso descubrió horrorizada que su hermano pequeño le había hecho un desgarrón a su pañuelo de seda de joven pionera; lo había enrollado alrededor de la pata del gato y estuvo jugando con él al tira y afloja. La madre intentó consolarla —le preguntó si no tenía uno de algodón; además, aunque llevara el de seda, nadie se fijaría en el pequeño desgarrón—, pero nada consiguió acallar los lamentos de la joven. ¿Cómo esperaban que ella, capitana de los Jóvenes Pioneros Comunistas de su clase, llevara un simple pañuelo de algodón o uno roto? La joven lloró
hasta que acabó comprendiendo que las lágrimas solo conseguirían empeorar su aspecto y por primera vez fue consciente de la trivialidad de su vida si una pequeña zarpa de gato era capaz de destruir el mayor de sus sueños.
A unas cuantas manzanas de allí, un camionero detuvo a su joven esposa cuando esta se levantaba de la cama. Solo una vez más, le suplicó.
Ella se resistió, pero no consiguió zafarse del abrazo de su marido y se entregó completamente a él. Después de todo, podían echarse una cabezadita extra durante el acto denunciatorio, y no hacía falta que ella se preocupara porque ese día él no tenía que conducir. En el hospital municipal, una enfermera llegó tarde al turno de mañana porque su hijo se había dormido y, con las prisas por terminar el trabajo antes de ir al acto denunciatorio, le administró una dosis equivocada de antibióticos a un bebé que estaba recuperándose de una neumonía. Pasaron varios años hasta que los médicos descubrieron que la sordera del niño se debía a aquel error, pero el caso quedó sin investigar y los padres solo pudieron culpar de su desgracia al destino. Al otro lado de la calle, en el centro de comunicaciones, la chica que trabajaba en la centralita le gritó a un campesino que intentaba llamar a su tío, que vivía en una provincia vecina.
¿Acaso no sabía que era un día importante y que ella tenía que estar preparada para el evento político en vez de estar perdiendo el tiempo con él?, le dijo al hombre, aunque sus duras palabras apenas llegaron a su interlocutor por culpa de una mala conexión. Mientras la joven lo reprendía, llamaron del hospital militar de la capital provincial y esta vez fue ella quien tuvo que aguantar los gritos por no haber estado lo suficientemente alerta para atender la llamada.
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