Las puertas del paraiso
Segunda Parte
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Capítulo 7
La niñera esperaba junto a la puerta de la habitación del niño, observando pacientemente a Kai y a Ming-Ming con indiferencia. La despedida de la mañana nunca era fácil, pero, ante la mirada de la chica, Kai se sintió más incapaz que nunca. La niñera era joven, ni siquiera tenía dieciséis años; sin embargo, la expresión resignada de su rostro la hacía parecer mucho mayor, como si una anciana hubiera asumido su personalidad y hubiese vivido antes de tiempo todo lo que iba a sucederle en la vida.
—Vamos, vamos —dijo al final la niñera, al ver que Kai no conseguía desprenderse de los deditos que le aferraban la mano. El niño chilló cuando lo apartaron de los brazos de Kai. La niñera le cogió la diminuta muñeca y la agitó con suavidad—. Ming-Ming va a ser un niño bueno. Dile adiós a mamá y deja que se vaya a trabajar. Si no trabaja, mamá no puede traer dinerito a casa, y sin dinerito no hay comida, y sin comida a Ming-Ming le sonarán las tripitas, y si a Ming-Ming le suenan las tripitas, mamá se pondrá muy triste y no querrá ir a trabajar.
La chica tenía la costumbre de hablar de aquella manera circular con voz monótona y pausada, como si contara una vieja fábula popular que ya carecía de suspense, pero Ming-Ming siempre se calmaba. Entonces a Kai la chica le parecía a la vez inocente y misteriosa, una niña y una mujer mayor que compartían un mismo espacio, un cuerpo enjuto, ajenas a su mutua existencia.
Han salió del baño abrochándose el último botón de la chaqueta mao.
—Sí, deja que mamá vaya a trabajar —dijo, y le hizo cosquillitas bajo la barbilla—, aunque tu baba gana dinero más que de sobras, trabaje o no trabaje tu mamá. Qué suerte tienes, ¿eh?
Ming-Ming le dio la espalda y se abrazó al cuello de la niñera. Había eliminado a sus padres de su mundo antes de que lo abandonaran durante todo el día. El apego y la indiferencia del niño, ambos absolutos, eran un enigma para Kai, que ni siquiera recordaba haberse sentido unida a su madre, una mujer amargada para quien la vida había sido una decepción tras otra: la carencia de estatus social de su marido; sus tres hijos, apegados al padre pero que sentían por ella un afecto moderado; los ascensos concedidos a sus compañeros de trabajo, y la tediosa vida, año tras año, en una ciudad de provincias. La madre de Han, una mujer astuta a quien se achacaba el éxito tanto de la carrera política de su marido como de la propia —había sido enfermera durante la guerra civil y había atendido a muchos oficiales de alto rango—, era solícita con las necesidades de Han, y tal vez había sido mejor madre que la de Kai; sin embargo, a la joven jamás se le había pasado por la cabeza emular a su suegra. Hasta el nacimiento de Ming-Ming, Kai siempre había contado con alguien a quien poder acudir en busca de consejo: los profesores de la escuela de teatro en cuanto a su instrucción, una actriz mayor de la compañía teatral, que le había hecho de mentora, y su padre. Con relación a su reciente maternidad, no se sentía muy distinta a cualquier jovencita de un pueblo de pescadores. En una ocasión, su padre les había contado a sus hermanos y a ella la práctica que se llevaba a cabo en su ciudad natal, cerca del mar de la China Oriental, donde arrojaban a los niños al agua, sin previo aviso, cuando cumplían tres años. Se suponía que el instinto de supervivencia hacía que los niños se mantuvieran a flote, y a quienes había que rescatar se les prohibía acercarse a una barca y eran relegados a vivir el resto de sus días en tierra, humillados, reparando redes, recolectando algas y recogiendo el pescado secado al aire de las cuerdas de tender, como las mujeres. «La vida es una lucha continua de la que solo se descansa cuando la muerte viene a buscarte», recordaba Kai que decía su padre. Miró las diminutas extremidades de Ming-Ming. En otra vida, pronto se esperaría de él que librara su primera batalla.
Kai repitió a la niñera las instrucciones sobre la alimentación y las horas de sueño del niño. La chica se mostró paciente y Kai se preguntó sí la joven tendría ganas de que se fueran a trabajar para poder cuidar de Ming-Ming mejor que ella. Cuando la contrataron, los padres de la chica habían
comentado que, al ser la hija mayor de la familia, había ayudado a criar a sus hermanos y que el más pequeño no era mucho mayor que Ming-Ming.
Kai pensó que la joven se había convertido en madre antes de llegar a ser adulta, y los bracitos rechonchos de Ming-Ming, que rodeaban el cuello de la niñera con confianza y familiaridad, le recordaron lo fácil que era sustituir a una madre por otra persona amada en la vida de un niño pequeño.
Han insistió en acompañar a Kai al estudio dando un paseo. El acto denunciatorio del día anterior, organizado a la perfección, y sobre todo el trasplante realizado con éxito —a aquellas alturas no hacía falta que le ocultara a Kai que un oficial de alto rango había recibido los riñones de Gu Shan y que todo el mérito se debía al propio Han—, hacían que estuviera más parlanchín de lo habitual.
—¿Por eso se aceleró el juicio? —preguntó Kai.
Han sonrió y dijo que no valía la pena preocuparse por detalles irrelevantes, que tenían cosas más importantes en las que pensar, y cuando ella le preguntó a qué se refería, mostrando mayor interés del que había pretendido, él sacó a relucir la posibilidad de tener un segundo hijo.
Kai protestó, alegando que Ming-Ming apenas era un bebé.
Han la miró fijamente y le dijo que no se pusiera nerviosa, que cuando naciera la hermana pequeña de Ming-Ming el niño sería lo bastante grande para hacer de hermano mayor. Incluso antes de que Ming-Ming naciera, Han deseaba tener una hija, aunque sabía que a sus padres les complacería mucho más que el primogénito fuera un niño.
Kai le recordó que podía acabar siendo otro varón.
—Pues tendremos más. No pararé hasta tener una hija tan guapa como su madre.
Kai se quedó en silencio unos instantes y luego dijo que ella no era una coneja. Han se echó a reír. Siempre encontraba algo divertido en lo que decía Kai, que creía que el pobre sería un pésimo actor, incapaz de reconocer o interpretar las sutilezas del texto.
Había llegado el momento de pensar en un segundo hijo, y pronto en un tercero, insistió Han, esta vez más serio. Le explicó que Ming-Ming era para sus padres, ya que el primer nieto venía al mundo para satisfacer y entretener a los abuelos. También para la madre de ella, se apresuró a
añadir cuando vio cómo lo miraba Kai, aunque su mujer no estaba molesta, sino pensando que Han había hecho diana sin quererlo: la madre de Kai adoraba a Ming-Ming con cierto apocamiento, como si tuviera menos derecho a reclamarlo como nieto que los padres de Han.
Han comentó que el segundo hijo sería para Ming-Ming, ya que el niño necesitaba más un compañero de juegos que ellos otro hijo que les robara horas de sueño. Solo el tercero sería para ellos.
—No soy una persona egoísta, pero quiero algo para nosotros —dijo Han.
Kai siguió caminando, sin contestar. Siempre había estado convencida de que la decisión de casarse no distaba mucho de preparar una comida con platos distintos para cada uno tic los comensales: el júbilo de sus padres al verse tomados en mayor consideración por aquellos que antes los trataban con poco respeto, el futuro de sus otros dos hijos, un hermano a quien Han le había conseguido una matrícula en magisterio en la capital de la provincia y una hermana a quien le encantaba ser agasajada como pariente de alguien importante del consistorio. Todas las heroínas que Kai había interpretado sobre el escenario habían renunciado a sus vidas por la llamada de una causa superior; sin embargo, ella no había decidido casarse con Han persiguiendo un gran sueño, sino una vida cómoda.
Cuando llegaron al estudio, Han le aseguró que no tenía por qué sentirse presionada y le tendió la infusión que le había llevado.
—A veces los hombres decimos tonterías cuando nos ponemos a soñar.
Kai sonrió y dijo que estaba cansada. No tenía derecho a impedir que un marido soñara con un futuro que compartir con su esposa. Se preguntó si los cimientos de todo matrimonio se fundamentaban en mentiras y si, para evitar la ruptura, la parte engañada debía mantener una confianza ciega o una completa disposición a volver la vista hacia otro lado ante la ingrata verdad. En su último año de vida, y durante una de sus escasas conversaciones íntimas con Kai, su padre había admitido que casarse con la madre de la joven había sido la decisión más desafortunada que jamás había tomado y que solo había seguido casado por el bien de sus tres hijos.
Kai no debía compartir con su madre aquella confesión, tal como padre e hija comprendieron sin necesidad de hacérselo prometer el uno al otro.
—Sé que quizá no soy el marido perfecto para ti —dijo Han—, pero también sé que no te resultaría fácil encontrar a alguien dispuesto a hacer tantas cosas por ti como yo, o con posibilidad de hacerlas.
—¿Por qué hablamos como una pareja de recién casados que necesita demostrarse su amor? —preguntó Kai intentando adoptar un tono desenfadado—. ¿Acaso Ming-Ming no es prueba suficiente de lo que significamos el uno para el otro?
Han miró a Kai con una extraña sonrisa.
—¿Cuántos niños crees que harían falta para tranquilizarte?
Kai contestó que nunca había estado intranquila.
Han le dijo que no había sido la única chica. Kai nunca le había preguntado por las otras posibles candidatas y él apenas había indagado sobre el pasado de ella, aunque Kai sabía que Han disponía de los medios necesarios para investigarlo si lo deseaba. El joven dijo que no era ningún misterio lo que querían las demás, y que sin duda él podía ofrecerles sin esfuerzo lo que buscaban.
—Pero tú eras diferente; lo supe en cuanto te vi. Eras más ambiciosa que las otras y pensé que tal vez ni siquiera yo sería capaz de ofrecerte lo que querías.
Kai nunca había oído hablar a Han con tanta franqueza, ni esperaba que le abriera el corazón de aquella manera; eso la preocupó. Estaba convencida de que no era más que un niño mimado y le había resultado agobiante tener que ocuparse de aquella criatura consentida, haciéndole de madre y de pareja. En esos momentos deseó que nada hubiera cambiado.
Miró la hora y dijo que tenía que prepararse. Han asintió con la cabeza y, con un tono más desenfadado, le pidió que olvidara aquella conversación.
Debía de ser la fiebre primaveral, dijo, y le prometió que se habría recuperado cuando volvieran a verse para comer.
Bashi tardó unos segundos en comprender que hacía rato que ya no era de noche. El retazo de cielo que vislumbraba por la alta ventana de su dormitorio era azul y estaba despejado, y a través de la puerta medio entornada veía el comedor inundado por la radiante luz del sol. Había
desaprovechado el mejor momento para ver a Nini. Se preguntó si la chica lo habría buscado. La noche había sido muy agitada. Había estado dándole vueltas a las posibles maneras de descubrir el crimen de Kwen ante la ciudad, pero 110 había dado con ninguna que lo satisficiera. Además, tenía la sensación de que el espíritu de la mujer estaba encaramado a los pies de su cama y, si cerraba los ojos y se negaba a admitir su presencia, ella se le colaba por los párpados. Tras una hora de vueltas y más vueltas, se masturbó. El espíritu de la mujer retrocedió y se llevó con él el placer que el joven solía encontrar en aquella actividad. Al final quedó agotado y, más dolorido que satisfecho, lo asaltaron varios sueños encadenados. En uno tenía lugar un doble enlace: Nini y él eran la primera pareja, y la contrarrevolucionaria y Kwen, la otra. Bashi pensó que era un sueño horrible, pero tal vez también una señal de que la justicia enviaría a Kwen al lado de su novia cadáver.
La abuela no respondió cuando Bashi le preguntó la hora. El joven apartó la cortina que los separaba y, al encontrarla tumbada en la cama, volvió a preguntarle qué sueños la habían retenido entre las sábanas. Se le ocurrió bromear un poco y preguntarle si el abuelo había ido a visitarla, pero antes de que le salieran las palabras, se fijó en que a su abuela le pasaba algo raro: tenía las mejillas cenicientas.
Al cabo de cinco minutos, Bashi se convenció de que estaba muerta, aunque todavía parecía tibia. Se sentó en la cama, junto a ella, sin saber qué hacer. En vida la anciana había dado muchos menos problemas que cualquier otra mujer de su edad, pero había elegido el peor momento para morirse. Bashi empezaba una nueva vida, tenía que ganarse a Nini y medirse con Kwen, y necesitaba que su abuela viviera un poco más para cuidarlo. Durante la siguiente media hora, Bashi comprobó varias veces si realmente no respiraba, pero cada vez estaba más fría.
La mujer llevaba un tiempo preparándose para el final. Unos años atrás había contratado a dos carpinteros y a un pintor para que le hicieran un ataúd, y había supervisado todo el proceso para asegurarse de que no se reparaba en gastos y que la caja era tal cual ella deseaba. También acumulaba montañas de mortajas llenas de bordados para el entierro: prendas de seda negra con exuberantes crisantemos dorados y rosados; calzado y gorritos de satén de la mejor calidad, de color marfil, adornados
con decenas de símbolos shou —larga vida— dispuestos en complejos estampados. Una caja con réplicas baratas de sus joyas la acompañaría a la otra vida. Las auténticas —de oro, plata, jade y esmeraldas— las había vendido para disponer de dinero en efectivo al ver que Bashi no conseguía encontrar empleo tras dejar el instituto.
—Lo he dispuesto todo para que no tengas que preocuparte de nada —
le decía la mujer cuando repasaba el inventario para la otra vida, cosa que hacía una o dos veces al mes—. No seré una carga para ti.
Bashi solía responderle que cómo iba a resultar una carga para él si era la persona que más quería en el mundo. Sin embargo, en vez de hacerla feliz, aquellas palabras la llevaban al borde de las lágrimas.
—Qué vida tan desgraciada te ha tocado vivir. ¡Mira que no conocer a tus padres! Gracias al cielo que se me ha concedido una larga vida para verte crecer —contestaba la abuela, y repetía historias sobre otros momentos de su vida.
Cuando la mujer decía aquellas cosas, Bashi siempre se echaba a reír.
¿Para qué necesitaba él a una anciana cuando podía cuidar de sí mismo sin ningún problema? Sin embargó, ahora deseaba que su abuela estuviera allí para socorrerlo. Ella había asegurado que estaba preparada para partir, pero
¿qué debía hacer él para que partiera de verdad, para sacarla de la casa y enterrarla? Bashi se sentó junto a la cama y decidió buscar ayuda. No podía contar con los vecinos; a pesar de que trataban a su abuela con amabilidad, a él lo despreciaban, así que dejarla en sus manos solo le serviría para convertirse en el tema de conversación a la hora de comer. Nini seguramente desconocía todo lo que no fueran cestas de carbón y hortalizas podridas. Kwen parecía un hombre de mundo, por eso aquella familia había solicitado sus servicios para enterrar a su hija, pero con su sombrío secreto todavía fresco en la memoria, Bashi no quería que aquel hombre se acercara a su abuela. Los únicos que quedaban eran el viejo Hua y su esposa. Se habían hecho cargo de bebés abandonados por sus padres como si fueran trapos viejos; seguro que le ayudarían a enterrar a una mujer anciana y respetable.
La calle era la misma que el día anterior, y la gente de camino a sus unidades de producción no se volvería hacia Bashi para presentarle sus respetos. El joven fue hacia el sur, en dirección al río, y desde allí siguió la
orilla en dirección oeste. Cuando estuvo seguro de que nadie lo veía, se sentó en una roca y se echó a llorar.
—¿Qué haces llorando aquí a estas horas de la mañana? —preguntó alguien dándole una patadita en el pie.
Bashi se secó la cara con el dorso de la mano. Era Kwen, con un pesado abrigo de algodón sobre los hombros y una bolsa con el desayuno en la mano. Debía de regresar del turno de noche.
—Déjeme en paz —contestó el joven.
—Esa no es manera de contestar a un saludo cordial. ¿Te apetece un poco de cabeza de cerdo?
Bashi negó con la cabeza.
—Mi abuela ha muerto —dijo a pesar de haber decidido tener a Kwen como enemigo.
—¿Cuándo?
—Anoche. Esta mañana. No lo sé. Se ha muerto.
—Lo siento —respondió Kwen—. ¿Cuántos años tenía?
—Ochenta y uno.
—Los suficientes para considerarlo una partida feliz —dijo Kwen—.
¿A qué vienen esas lágrimas? Alégrate por ella.
A Bashi se le enrojecieron los ojos. Eran las primeras palabras de condolencia que recibía y casi se sintió obligado a perdonarlo.
—No sé qué tipo de funeral le haría honor. Para mí ha sido mi padre, mi madre y mi abuela —dijo el joven.
La idea de quedarse huérfano le hizo sentirse tan pequeño como el día que su madre lo dejó con su abuela, muchos años atrás. Se tapó la boca para toser, pero se le escapó un sollozo.
—Vamos, vamos, ya sabemos que estás triste, aunque si quieres hacerle un favor, es mejor que ahora no malgastes el tiempo en lágrimas.
—¿Qué puedo hacer? Nunca he tenido que encargarme de un muerto —
replicó Bashi.
Kwen levantó la vista. El viento de la noche anterior había parado y la predicción meteorológica había anunciado un frente cálido. El sol, que asomaba por la montaña, prometía un bonito día de comienzos de primavera.
—La nieve tardará un par de semanas en derretirse —dijo Kwen—. Yo buscaría un sitio donde pudieran tenerla hasta que se funda del todo. Ve al hospital municipal y alquila una cámara.
—¿Por qué la familia de ayer no hizo lo mismo? —preguntó Bashi, aunque se arrepintió nada más cerrar la boca.
—En la morgue solo aceptan gente que haya fallecido por causas naturales.
—¿Qué es una muerte por causa natural?
—La de tu abuela.
La imagen del cuerpo de la mujer regresó a la mente de Bashi, que respiró hondo para tratar de controlar las náuseas.
—Gracias por la información —dijo—, voy ahora mismo.
—Pues vas en dirección contraria —observó Kwen.
Bashi miró la carretera del oeste, la que conducía a la montaña donde el cuerpo de la mujer yacía destrozado debajo de un arbusto. Se preguntó si Kwen lo habría calado. Bashi dijo que primero quería darles la noticia a los Hua, viejos amigos de su abuela.
Kwen miró fijamente a Bashi y el joven sintió que se le ponían los pelos de punta bajo la atenta mirada del hombre.
—Bueno, pues me voy —anunció Bashi alzando una mano, vacilante.
Kwen encendió un cigarrillo.
—Sabes que no me gusta que la gente no sepa comportarse a mis espaldas, ¿verdad?
—¿Qué iba a hacer yo? Tengo que ocuparme de mi abuela.
Kwen asintió con la cabeza.
—Por si acaso.
Bashi le prometió que se portaría bien y se marchó sin perder más tiempo. Tendría que haber colocado las piedras en su sitio la noche anterior.
Un buen detective no habría dejado pistas de su investigación. Se preguntó si sería demasiado tarde para enmendar su error.
La casucha de los Hua estaba cerrada con llave. Bashi cogió un trocito de carbón y escribió en la puerta con grandes caracteres: «Mi abuela ha muerto. Bashi». Miró lo que había escrito y borró la palabra muerto para sustituirla por partido. Decidió que no hacía falta afligir a dos ancianos con
la crudeza de la realidad, aunque luego se le ocurrió que tal vez los Hua no supieran leer.
La visita a la morgue fue decepcionante, una señal más de que este mundo estaba yéndose al carajo. La mujer de recepción le lanzó un formulario sobre la mesa antes de que Bashi tuviera tiempo de explicarle nada. Cuando el joven iba a decir algo, ella le señaló los papeles.
—Rellénelos antes de abrir la boca.
Bashi tardó un rato en averiguar cómo se cumplimentaba el impreso.
Había olvidado en casa la tarjeta del censo; a la mujer no le gustaría, pero seguro que entendería la negligencia de un nieto desvalido. Ahora que su abuela había muerto, tal vez la gente empezaría a mirarlo con otros ojos.
Quizá se lo perdonarían todo y lo querrían por ser huérfano. Mojó la pluma en el tintero.
—¿Sabe?, solo nos teníamos el uno al otro —le comentó a la mujer mientras escribía, lista enarcó una ceja y lo miró sin contestar. Tal vez no sabía con quién estaba hablando—. Mi abuelita ha partido hoy —se explicó
—. No tengo padres; nunca llegué a conocerlos.
—¿No le he dicho que no abriera la boca hasta que hubiera rellenado el formulario?
—Sí, solo intentaba ser amable —contestó Bashi—. No suele haber mucha gente por aquí con quien hablar, ¿no?
La mujer suspiró y se parapetó detrás de una revista. Bashi echó un vistazo a la portada: Películas populares, se llamaba. En la foto, una pareja joven se apoyaba contra un árbol y lo miraba albergando grandes ilusiones.
Bashi les hizo una mueca antes de volver a concentrarse en el formulario, cuya última hoja era el permiso de cremación. Tuvo que leerlo un par de veces para entenderlo.
—Camarada —dijo en voz baja y ronca, con la intención de ganarse una compasión que se merecía por completo.
—¿Listo?
—Tengo una pregunta. Mi abuela, que tenía ochenta y un años y me crió desde que era muy joven, se hizo construir un ataúd. No le gustaba la idea de que la quemaran —dijo Bashi—. No sé qué pensará usted, pero yo preferiría que no me quemaran, ni vivo ni muerto.
La mujer lo miró largo rato y luego le arrancó el formulario de las manos.
—Entonces, ¿por qué me hace perder el tiempo? —le espetó.
Rompió las hojas, hizo una pelota con ellas y la lanzó a la papelera de la entrada, aunque falló. Bashi se acercó a recogerla.
—No lo entiendo, camarada —contestó el joven intentando aparentar humildad—. Me pidió que rellenara el formulario y que luego abriera la boca. Yo solo he hecho lo que me pedía.
La experiencia le decía que la mayoría de las mujeres tenían muy mal humor en el trabajo: como en casa no les quedaba más remedio que servir a sus maridos gruñones, en el trabajo querían demostrar que eran ellas quienes tenían la sartén por el mango. Bashi decidió seguirle la corriente a pesar de su aspecto: ya no era joven y las oscuras ojeras le daban aspecto de oso panda.
La recepcionista le señaló un póster que había en la pared.
—Léalo —dijo, y se concentró en la revista.
—Claro, camarada, lo que usted diga —contestó Bashi.
Leyó el póster: el consistorio municipal, conforme a la nueva política provincial de abandonar la vieja y anticuada costumbre del entierro, el cual ocupaba demasiada tierra, que. de otro modo, podía usarse para cultivar alimentos para la población en constante crecimiento, había decidido convertir la cremación en la única forma de sepelio admitida por ley.
Entraría en vigor al cabo de dos meses y medio.
—Parece que todavía tenemos tiempo hasta que la ley se haga efectiva
—le dijo Bashi a la mujer—. Hay tiempo suficiente para enterrar a una ancianita, ¿no?
—Usted verá —contestó la mujer desde detrás de la revista—, no es asunto nuestro.
—Pero ¿puedo alquilar una cámara de su congelador hasta que el suelo se deshiele?
—Solo aceptamos cuerpos para la cremación.
—Pero las normas dicen…
—Olvide las normas. No hay sitio para todos y nuestra política es la de aceptar únicamente cuerpos para la cremación —lo interrumpió la mujer,
que salió de detrás del mostrador y entró en una oficina.
Bashi abandonó la morgue algo más animado: su abuela, una mujer sabia, había escogido el momento oportuno para morirse; dos meses después la habrían enviado a un horno. Como ella siempre decía, el cielo castigaba la codicia. La muerte de su abuela ya no era una tragedia y se había convertido en algo que valía la pena celebrar. Bashi se recordó que siempre había que mirar el lado positivo de las cosas. Acababa de recuperar su vitalidad habitual y sentía en la cara los cálidos rayos del sol de una alegre mañana de primavera.
—Bashi —lo llamó alguien en voz baja desde un callejón.
El joven se volvió y vio a Nini, con la cabeza descubierta y el gorro en la mano buena, de pie entre las sombras de la pared del callejón. No parecía tan fea como la recordaba.
—¡Nini! —exclamó Bashi, feliz de ver un rostro amigo—. ¿Qué haces aquí?
—He estado buscándote. No te he visto esta mañana —contestó—, Ayer dijiste que me darías carbón si hablaba contigo.
Bashi se dio un golpe en la cabeza más fuerte de lo que quería e hizo una mueca de dolor.
—Claro, lo siento —se disculpó, acercándose—. Se me ha olvidado porque esta mañana tenía que encargarme de algo importante. ¿Quieres saber de qué se trata?
Nini lo miró expectante y Bashi se fijó por primera vez en sus bonitas y espesas pestañas y en el iris, de color castaño oscuro. Le sopló en los ojos y ella pestañeó. Bashi se echó a reír y a continuación se frotó los suyos con fuerza para parecer triste.
—Mi abuela murió anoche —dijo. Nini ahogó un grito—. Sí, mi abuela, la que me ha criado sola, la que me quería más que a nadie.
—¿Cómo ha ocurrido?
—No lo sé. Murió mientras dormía.
—Entonces, ¿por qué estás triste? —preguntó—. Deberías alegrarte. La gente dice que si una mujer muere mientras duerme significa que ha recibido una recompensa por sus buenas acciones.
—¡Pero si estoy contento! —replicó Bashi—. El caso es que nadie quiere ayudarme con el entierro.
—¿Dónde está? —preguntó Nini—. ¿La has lavado y la has cambiado?
No querrás que parta sucia y con ropa vieja.
—¿Cómo voy a saber esas cosas? —se lamentó Bashi—. Nadie se había muerto hasta ahora. Tú sabes mucho. ¿Por qué no vienes a ayudarme?
Nini vaciló.
—Tengo que ir al mercado.
—Tenemos verduras suficientes para a ti y tus encantadoras hermanas.
Y también carbón. Puedes llevarte todo el que quieras, solo tienes que venir a ayudar a una buena anciana —dijo Bashi—. Vamos, no hagas esperar a un amigo.
Nini iba contando las farolas unos pasos por detrás de Bashi. Había sido idea de él que no caminaran juntos, para que la gente no sospechara nada. Doblaron hacia el norte al llegar al mercado y subieron la carretera de la montaña hasta la mitad. Las manzanas seguían el mismo modelo que en el valle, pero la casa de Bashi era excepcionalmente grande. El joven echó un vistazo al callejón, que estaba vacío, antes de abrir la cancela y hacerle una señal a Nini para que entrara. La joven miró la mansión que tenía delante, impresionada. El patio era el doble de grande de lo habitual, tenía un cobertizo de madera del tamaño del salón de la casa de sus padres y un alto muro de ladrillo que lo separaba de los patios vecinos. Bashi le contó que su padre había sido un héroe de guerra, por eso les habían concedido más espacio para construir; sin embargo, añadió, la cuadrilla de albañiles no se había esmerado demasiado y habían levantado una casa de dos habitaciones, como todas las demás, aunque el doble de grande.
—Debes de necesitar muchísimo carbón para calentar la casa —
observó Nini cuando entró en el salón.
En la estancia principal, una estantería alta hacía de pared divisoria entre la cocina —con un fregadero y un grifo, fogones para cocinar y varios armarios con flores pintadas— y una salita, que contaba con su propia
estufa. La pared de la salita estaba cubierta de pósters que mostraban escenas de héroes y heroínas de películas y óperas revolucionarias. Nini tocó la mesa que había en medio, de aspecto sólido y con grabados antiguos en los cuatro lados. Unos suaves y llamativos cojines descansaban en dos sillones, de color rojo oscuro y con un intrincado dibujo tallado en el respaldo.
—¿Dónde está tu madre? —preguntó Nini.
—¿Quién sabe? Volvió a casarse y me dejó aquí.
Qué mujer tan tonta, pensó Nini. A ella nadie habría podido obligarla a renunciar a aquel lujo. Antes de poder expresar su opinión en voz alta, oyó un correteo familiar.
—Ratones —dijo, y se agachó para buscar el origen del ruido.
La casa de Nini estaba infestada de ratones y su constante mordisquear la tenía toda la noche en vela. Roían la ropa vieja y, a veces, las hojas de cartón que su familia utilizaba para hacer cajas de cerillas. Salvo al bebé, sus padres habían enseñado a todas las niñas a darles caza y a matarlos retorciéndoles el pescuezo.
—No te preocupes, tengo mi medicina —dijo Bashi. El joven se dirigió a la cocina y un minuto después volvió con una caja envuelta en un trozo de satén rojo. Dentro había unas cuantas raíces secas, arrugadas y de color tierra—. Raíz de ginseng —añadió Bashi, y le tendió la caja a Nini.
La joven tocó el satén rojo con un dedo. No sabía cuánto costaban las raíces de ginseng, pero solo la caja ya parecía más cara y de mejor calidad que todo lo que su familia tenía en casa.
—Mi abuelo recogía ginseng, a mi abuela le encantaba. La mejor medicina del mundo —prosiguió Bashi—. Aunque no es el elixir de la vida eterna, claro.
—¿Dónde está tu abuela?
El joven le hizo un gesto en dirección al dormitorio.
—Enseguida vamos, pero primero ocupémonos de los ratones. —Bashi partió una de las pequeñas protuberancias de la raíz y se la puso a Nini en la boca—. ¿Quieres probarlo? Es dulce como la miel.
Nini abrió la boca, pero Bashi apartó la raíz de ginseng antes de que ella la mordiera.
—¡Ja, ja!, estaba tomándote el pelo, tontita. Solo la gente mayor de setenta años come ginseng. Es demasiado picante. Te sangraría la nariz, y la piel y los músculos se te quemarían y se pudrirían.
Nini cerró la boca con fuerza, un poco molesta. No sabía por qué había accedido a ayudar a Bashi. Se planteó dejarlo con la abuela y dedicarse a sus cosas, buscar unas cuantas hojas de col que nadie quisiera y luego volver a casa para ver cómo sus hermanas pequeñas jugaban con el bebé, contarles historias horribles si hacían llorar a Sextita y amenazarlas con darles raíz de ginseng si se atrevían a protestar. Sin embargo, a Nini le costó mover las piernas. Bashi le había prometido muchas cosas: carbón para casa y también verduras. Amistad y algo más que Nini no sabía cómo definir.
Bashi encontró un tarro de miel y mojó el ginseng en él. Cuando lo sacó, tenía un aspecto húmedo y delicioso. Nini solo había comido miel una vez en su vida, en casa del maestro Gu. Le sonaron las tripas.
—Toma. —Bashi le puso una cuchara y el tarro en las manos—.
Cómetela toda si quieres, la miel no me dice nada.
Bashi escurrió la miel que chorreaba del trozo de ginseng. Nini se llevó una cucharada a la boca. Al fin y al cabo el joven era una buena persona, generoso y amable, aunque sus bromas a veces la desconcertaban.
—¿Qué haces? —farfulló Nini intentando despegar los labios, pegajosos y dulzones.
—Un matarratas que he inventado —contestó Bashi—. A los ratones les chifla la miel como a ti, ¿a que sí? Devoran la raíz de ginseng sin pensárselo dos veces y luego el estómago les quema tanto que se retuercen hasta morir, arrepentidos de haberse llevado ese dulce bocado de comida robada.
Nini se estremeció y miró el tarro que tenía en las manos.
—¿Has puesto veneno en la miel?
—¿Para qué? —dijo Bashi—. ¿Crees que te envenenaría? Qué cosas se te ocurren. No eres un ratón, eres mi amiga.
Nini miró la cara sonriente de Bashi y se sintió un poco incómoda.
—¿Tienes muchos amigos? —preguntó.
—Claro —contestó Bashi—, la mitad de la gente de Río Turbio es amiga mía.
—Y ¿también amigas?
—Sí, hombres y mujeres, jóvenes y viejos. Perros, gatos, pollos, patos…
Nini no sabía si Bashi volvía a tomarle el pelo. Sin embargo, si tenía otras amigas, ¿las llevaba a casa alguna vez? Le hizo sospechar su comportamiento de camino a casa, procurando que la gente no los viera juntos.
—¿Sueles traer chicas a casa? —preguntó Nini. Bashi agitó una mano ante la niña y se puso serio—. ¿Te pasa algo?
Bashi le hizo un gesto con un dedo.
—No hagas ruido —susurró el joven—. Déjame pensar.
Nini se lo quedó mirando. Con los labios y el entrecejo fruncidos, parecía un niño pequeño jugando a ser adulto. Era una persona extraña.
Nini nunca sabía qué haría el joven a continuación. Había oído a los vecinos decirles a sus hijas que no hablaran con extraños; sus propios padres también se lo habían dicho a sus hermanas, pero jamás se lo habían aconsejado a ella, ya que nadie parecía creer que Nini pudiera correr peligro. La niña volvió a mirarlo con detenimiento. Si a él se le ocurría hacer algo malo, ella tenía un buen par de pulmones para alertar a los vecinos. Tal vez se preocupaba sin motivo. Bashi no era un extraño, sino un nuevo amigo, y decidió que le gustaba, aunque de manera distinta a como le gustaban el maestro y la señora Gu. Ellos hacían que ella quisiera ser mejor, más guapa y más digna de cariño, pero ¿ahora qué más daba todo aquello? La odiaban y no volverían a dejarla entrar en su casa. Bashi le hacía olvidar que era un monstruo. O quizá no lo fuera.
—Sí. —Bashi dio una palmada al cabo de un momento y sonrió—. Ya tengo un plan.
—¿Cuál?
Bashi le hizo un gesto para que lo siguiera hasta el dormitorio. La cortina que separaba las camas estaba echada. El joven la sentó en su cama, que estaba deshecha.
—¿Podrías guardarme un secreto? —le preguntó Bashi. La niña asintió
—. No puedes decírselo a nadie —insistió—, ¿podrás hacerlo?
—Eres mi único amigo —contestó Nini.
Bashi sonrió, retiró la cortina y Nini vio a la anciana con los ojos cerrados, como si estuviera dormida, y la manta estirada hasta el cuello y remetida por debajo de la barbilla. Llevaba el fino cabello gris recogido en un moño, al estilo de las mujeres mayores, aunque algunas hebras escapaban de la redecilla. Nini pensó que aquella anciana le habría gustado, aunque tal vez la muerte hacía que la gente pareciera amable, ya que las mujeres mayores que veía en el mercado jamás se portaban bien con ella.
Bashi puso un dedo debajo de la nariz de su abuela un momento.
—Sí, no podría estar más muerta —dictaminó—. Ahora ya puedes prometerlo delante de ella.
—¿Por qué?
—Porque nadie se la juega con los muertos —contestó Bashi—, Di:
«Juro que nunca le contaré a nadie el secreto de Bashi. Si lo hago, el espíritu de su abuela me atormentará hasta la muerte».
Nini se detuvo a pensarlo unos instantes. No tenía nada que perder, ya que sus padres solían recordarle que, con todos los dolores de cabeza y los problemas que había llevado a la familia, no tendría una muerte placentera.
Por lo que Nini había vivido hasta el momento, tampoco había nada agradable en su vida, así que ¿por qué temer una muerte horrenda? Repitió las palabras y Bashi pareció satisfecho.
—Voy a matar al perro de Kwen —le confesó el joven sentándose junto a ella.
—¿Porque él te pegó ayer? —preguntó la niña.
Menuda decepción. La muerte de un perro no le parecía suficiente motivo para tener que hacer una promesa solemne delante del cadáver de una abuela.
—Todavía hay más. Ese hombre es el diablo en persona y voy a hacer que la ciudad lo sepa. Luego te contaré muchas más cosas, pero por ahora basta con saber que mataré a ese perro negro suyo antes de seguir con el resto del plan. —Nini asintió con la cabeza. No sabía si quería conocer el resto del plan. La anciana, a menos de metro y medio de ellos, había acaparado su atención—. El asunto es el siguiente: los perros no son como las ancianas; a ellos no suele gustarles el ginseng, ¿verdad? ¿Qué es como el ginseng de las abuelitas para un perro? —Nini miró a Bashi, confusa—.
Piensa, niña. Una salchicha, o el jamón, ¿no? A los perros les gusta la
carne, igual que a ti y a mí, pero nosotros somos más listos que ellos —
continuó Bashi—. Esto es lo que voy a hacer: le daré una salchicha al perro todos los días, hasta que mueva la cola cuando me vea, y luego, ¡pam!, una salchicha empapada en pesticida. El pobre perro jamás imaginará que ha acabado con él el único amigo que tenía en el mundo. ¿Qué te parece?
Nini se removió, inquieta. Le daba la impresión de que Bashi podía pasarse toda la mañana allí, charlando con ella, o consigo mismo, pero si ella no regresaba a tiempo para hacer la comida antes de que sus padres volvieran a casa al mediodía, como le había sucedido la noche anterior con la cena, le lloverían bastonazos en la espalda una vez más.
Bashi la miró.
—¿No te gusta el plan?
—No está bien pensar en otras cosas antes de ocuparte de tu abuela —
contestó Nini—. No tengo todo el día para pasármelo aquí sentada, hablando contigo.
—Los asuntos de los vivos tienen prioridad sobre los de los muertos —
dijo Bashi—. Pero tienes razón, necesito que me ayudes a meterla en el ataúd antes de irte.
—¿No prefieres contratar a profesionales?
—Tendría que incinerarla para poder contratarlos —respondió Bashi—.
No pasa nada. Podemos encargarnos nosotros. —Apartó un arcón de uno de los rincones del dormitorio—. Creo que lo tenía todo guardado y preparado aquí. Saca lo que necesites y vístela bien. Voy a buscar el ataúd.
Bashi se dirigió al cobertizo del patio antes de que Nini pudiera responder. La niña abrió el arcón. Dentro había prendas de seda y satén dispuestas en montones: abrigos, chaquetas, camisas, pantalones, zapatos y gorros. Tocó el primero con la mano buena y la palma agrietada se enganchó en la tela. Qué desperdicio enterrar ropa tan buena con una mujer muerta, pensó Nini. Se restregó la mano por los pantalones antes de volver a tocar las prendas. Fue sacándolas del arcón una por una y las apiló ordenadamente junto a la anciana, encima de la cama. Cuando llegó al fondo del arcón vio varios sobres, cada uno con un número escrito. Abrió el primero y descubrió un montón de billetes, casi todos de cinco o diez yuanes; Nini nunca había visto tanto dinero junto. Se mordió los labios y
miró a su alrededor. En cuanto se aseguró de que Bashi no la veía, devolvió el dinero al sobre, lo dobló por la mitad y se lo metió en el bolsillo.
—El ataúd pesa demasiado —dijo el joven al entrar poco después—. Es como si los carpinteros lo hubieran llenado de plomo. Bueno, dejemos eso de momento.
A Nini le tembló la voz cuando le señaló los sobres. El joven miró el contenido y lanzó un silbido.
—Creía que lo metía todo en la cuenta del banco —comentó.
Sacó dos billetes de diez yuanes y se los ofreció a Nini, que negó con la cabeza y dijo que no quería el dinero.
—¿Por qué no? Los amigos están para ayudarse, ¿por qué no íbamos a compartir la buena suerte?
Nini acabó aceptándolos, preguntándose si el espíritu de la anciana rondaría por allí supervisando los preparativos de su paso a la otra vida, como decía la gente mayor, y si era así, si estaría enfadada por el sobre que Nini llevaba en el bolsillo. Pero ¿por qué inquietarse por un espíritu? Su vida no podía empeorar después de que el maestro y la señora Gu le hubieran vuelto la espalda. Retiró la manta y le quitó el pijama a la anciana.
Olía raro; no se trataba de un olor acre, sino empalagosamente dulzón, y sintió náuseas. La piel de la anciana era áspera y fría. De modo que así sería cuando murieran sus padres; la idea le infundió algo de valor. Al fin y al cabo, le tocaría a Nini encargarse de ellos cuando se hicieran viejos y, después, cuando hubiera que prepararlos para el entierro. Se preguntó quién se encargaría de los Gu. La acongojaba más imaginárselos a ellos muertos y desnudos en la cama que a sus propios padres. Deseó que las cosas fueran de otra manera para el maestro y la señora Gu —tal vez el viento se los llevaría lejos, como si fueran humo, antes de que la mano de alguien tocara su piel—, aunque ¿por qué perdonarlos con tanta facilidad cuando ellos la habían echado sin vacilaciones?
Bashi perdía el tiempo al otro lado de la cortina, sin prestarse a ayudar a Nini. A la joven le resultó extraño, hasta que se le ocurrió que tal vez no estaba bien que un chico viera el cuerpo desnudo de su abuela. Al fin y al cabo, y a pesar de sus rarezas, Bashi era una persona buena y honrada.
Cuando llegó el momento de limpiar el cuerpo, Bashi sugirió utilizar agua fría del grifo, para ahorrarse molestias innecesarias, pero Nini no
estuvo de acuerdo. El sobre doblado amenazaba con saltar del bolsillo y quedar a la vista de Bashi y del mundo. Nini se arrepintió de no haber buscado un escondite mejor, como el zapato, donde podría pisarlo con firmeza, y por puro sentimiento de culpabilidad insistió en encender el fuego para bañar a la anciana con agua templada. Bashi la siguió hasta la cocina, se apoyó contra un armario y la observó mientras ella avivaba las llamas.
—¡Qué nieta política tan magnífica que serías! —comentó admirado.
Nini se sonrojó y fingió no haberlo oído. Bashi colocó una silla junto a los fogones y se sentó a horcajadas, abrazando el respaldo.
—¿Tus padres ya te han encontrado un buen partido? —preguntó Bashi.
Qué pregunta tan rara, pensó Nini negando con la cabeza.
—¿Has oído alguna vez el dicho de que el pájaro de alas más débiles es el primero que tiene que echar a volar?
—No.
—Deberías pensar en ello. No te conviene esperar demasiado antes de buscar marido.
Se quedó callada, preguntándose si Bashi tendría razón. Sus padres no tenían intención de casarla; ¿quién iba a encargarse de ellos, si no, cuando les llegara la hora? Si hubiera sido hija del maestro y la señora Gu, ¿se habrían empezado a preocupar ya por casarla para que cuando ellos abandonaran este mundo ella no se quedara sola?
—Si quieres, estaré atento por si surgen posibles candidatos —se ofreció Bashi.
Nini miró el luego sin responder; el agua arrancó a hervir. Cuando Bashi volvió a la carga ella contestó:
—No hagamos esperar demasiado a tu abuela.
El joven se echó a reír.
—Ahora ya le da lo mismo —replicó.
Bashi la ayudó a llevar el hervidor al dormitorio y luego se sentó en su cama, al otro lado de la cortina. Nini limpió a la anciana con suavidad, intentando no fijarse en la piel seca y arrugada, en los pechos angustiosamente caídos y fláccidos, en las articulaciones nudosas. De no
ser por el sobre robado que llevaba en el bolsillo, habría acabado la tarea en un par de minutos. Cuando por fin terminó, intentó vestir el cuerpo con las prendas de seda, pero la anciana, rígida por completo, no cooperaba. Al sacar uno de los brazos de la mujer por la manga, Nini sintió que algo se quebraba y pensó que debía de habérselo roto, pero a esas alturas ya le daba igual. Tardó bastante en abrocharle los botones de nudo de la túnica con su única mano buena.
—Ya puedes venir a verla —le dijo a Bashi cuando terminó de ponerle la cofia y los zapatos de seda.
Se quedaron uno junto al otro. La anciana parecía serena y satisfecha, ataviada para el otro mundo con el más delicado de los atuendos. Al cabo de un rato, Bashi pasó un brazo por encima de los hombros de Nini y la acercó a él.
—Eres una buena chica —dijo.
—Tengo que irme a casa —contestó ella.
—Vamos a ver qué puedes llevarte del cobertizo.
—Es más que suficiente —aseguró Nini cuando Bashi puso varias coles en su cesta—. Si no, mis padres harán preguntas.
—Te acompañaré a casa.
Nini contestó que prefería que no lo hiciera.
—Claro, lo que tú quieras —dijo Bashi—, pero ¿cuándo volveremos a vernos? ¿Puedes venir esta tarde?
Nini vaciló. Le encantaría volver a aquella casa, con comida, carbón y un amigo, pero era imposible. Al final, Bashi dio con la solución: Nini pasaría una hora en casa del joven todas las mañanas y después se llevaría carbón de la carbonera. Luego, más tarde, volvería a verlo al menos una vez, con la excusa de ir al mercado.
Nini estaba triste cuando se despidieron. De camino a casa se metió en un callejón y sacó el sobre del bolsillo. Sus padres lo descubrirían tarde o temprano, y se preguntó si llamarían a la policía para que la detuvieran por ladrona o si se limitarían a confiscarle el dinero. No le gustaba ninguna de las dos opciones, así que cambió de rumbo y se dirigió a casa de los Gu. Al llegar a la cancela sintió el deseo irreprimible de que abrieran la puerta de par en par y la recibieran con los brazos abiertos.
Un hombre pasó junto a ella y luego se volvió.
—¿Estás buscando al maestro y a la señora Gu?
La niña asintió con la cabeza y una pequeña esperanza prendió en su interior: tal vez sabían que ella volvería y le habían pedido a un vecino que estuviera al tanto para avisarla.
—El maestro Gu se ha puesto enfermo y su esposa está cuidándolo en el hospital. Estarán fuera un tiempo.
Nini iba a pedirle más detalles, pero el hombre siguió su camino sin darle tiempo a abrir la boca. La joven esperó a que el hombre desapareciera de su vista para deslizar el sobre por debajo de la cancela. Jamás sabrían de dónde había salido aquel dinero, pero tal vez cambiarían de opinión cuando comprendieran que el mundo los trataba bien mientras que ellos se habían portado mal con Nini. Quizá fueran a buscarla cuando el maestro Gu dejara el hospital.
Tong salió de casa después de comer. Sus padres dormían la siesta y Greja callejeaba por la ciudad. El padre no apreciaba demasiado al perro y creía que su hijo perdía el tiempo jugando con él. Tong se alegraba de que Oreja encontrara sitios por donde deambular hasta la puesta del sol, cuando la oscuridad lo hacía menos engorroso para su padre, que a aquellas horas ya había empezado a beber, como todas las noches.
Todavía era pronto para ir a la clase de la tarde y Tong fue al colegio por el camino más largo. Durante los últimos seis meses, había explorado la infinidad de calles y callejones de Río Turbio y nunca se cansaba de contemplar el trajín de la gente yendo arriba y abajo. El mercado, donde parecía que cientos de bocas hablaban al mismo tiempo sin dar tiempo a sus interlocutores a responder, era un lugar emocionante, mientras que los callejones traseros, llenos de hombres y mujeres que cuchicheaban en corrillos, eran un hervidero de chismes sobre la vida de los demás. Solo un anciano reflexivo o un gato merodeando por los alrededores, cautivado por la luz del sol en una esquina, conseguían que Tong se sintiera perdido, como si pertenecieran a un mundo al que él no tenía acceso.
Nada parecía haber cambiado después del acontecimiento del día anterior. Toda aquella gente había acudido al acto denunciatorio, pero sus expresiones no delataban ningún recuerdo del evento. Los carteles del edicto, algunos arrancados y otros reducidos a jirones pegados en las paredes, ya no despertaban la curiosidad de los transeúntes. En el mercado
las amas de casa regateaban en voz alta y acusadora, como si todos los vendedores fueran unos mentirosos sin escrúpulos. En un puesto de verduras, un tendero, aburrido y desocupado, imitó una pistola con los dedos y apuntó al pecho de una compañera. La mujer, de veintitantos años y cara redonda, agitó las manos como si estuviera espantando una mosca molesta, aunque cada vez que el hombre imitaba el sonido de un disparo ella se reía. Tong sonrió, pero cuando la mujer reparó en él lo llamó golfillo.
—¿Qué estás mirando? Cuidadito o te arrancaré los ojos.
Tong se ruborizó y dio media vuelta. A sus espaldas, oyó que el tendero preguntaba por qué él no tenía derecho a disfrutar de tales privilegios y la mujer contestó que lo complacería de inmediato y le arrancaría los ojos si lo que quería era quedarse ciego. El hombre la animó a hacerlo, diciendo que no los necesitaba para nada después de haber contemplado su belleza celestial. Tong siguió su camino, y advirtió una vez más que en el mundo de los adultos se utilizaba un código secreto y que, al desconocer sus reglas, él siempre les resultaría irritante por razones que no alcanzaba a comprender.
Al doblar la esquina vio que unas gallinas se paseaban por el callejón.
Tong se fijó en una de ellas y le ordenó que dejara de picotear, pero la gallina bantam siguió concentrada en su búsqueda de comida, ajena a todo.
Un gato callejero se acercó sigiloso a las aves por detrás de una silla de tres patas, pero antes de que el felino avanzara un paso más, una mujer mayor, sentada en un taburete de madera delante de un patio, golpeó el suelo con su bastón y pegó un grito. Las gallinas se dispersaron, agitando las alas y cacareando despavoridas. Sobresaltado, Tong respiró hondo para recuperar la calma antes de preguntarle a la anciana si todo iba bien.
—Las cosas podrían haberse torcido de no haber estado vigilando —
contestó la mujer.
Tong se volvió para mirar al gato callejero, que los estudiaba desde una distancia prudencial.
—Seguramente solo quería jugar —dijo el niño.
—No hablo del gato —replicó la anciana. Tong miró a la mujer, desconcertado—. Estoy hablando de ti, niño. Creías que podrías llevarte una gallina cuando nadie te viera, ¿eh?
Tong balbuceó y dijo que jamás se le había pasado por la cabeza robarle una gallina a nadie.
—No creas que no oigo ese pequeño ábaco que suena en tu barriga cuando miras mis gallinas —replicó la mujer—. ¡Menudos son los pueblerinos como tú!
Tong volvió sobre sus pasos y salió del callejón. ¿Qué podía decir en su defensa?
Después de comer, Kai fue al consultorio que había en la primera planta del edificio administrativo y le dijo al médico que no se sentía bien. El hombre, de unos sesenta y cinco años, solo estaba facultado para prescribir medicamentos para el resfriado y bajas por enfermedad a petición del interesado, pero cuando se trataba de algo más serio que una tos o un moqueo, los funcionarios y los administrativos se dirigían al hospital municipal, en la calle de enfrente.
El médico le preguntó si con tres días bastaría, mientras escribía con pulcritud el nombre de Kai en la parte superior del formulario de baja. Ella contestó que con una tarde sería suficiente. El médico anotó como causa del permiso un resfriado que requería medio día de reposo y luego repasó unos segundos su caligrafía tradicional con satisfacción, antes de estampar su nombre. Kai le preguntó si podía hacer llegar la baja al Departamento de Propaganda; no quería que sus colegas armaran demasiado lío por un simple resfriado, se explicó, y el médico asintió, comprensivo, y le aseguró que la entregaría en persona.
Kai subió al estudio por la escalera de incendios y abrió el cajón inferior del escritorio. Dentro había una vieja chaqueta de algodón de un color gris parduzco, con botones que no hacían juego y remiendos en los codos. En uno de los bolsillos había un pañuelo y en el otro una mascarilla blanca de algodón. La chaqueta y el pañuelo eran de la antigua niñera; Kai se los había cambiado por una chaqueta y un pañuelo suyos. «Por si alguna vez me envían fuera de la ciudad», le había dicho Kai a la niñera, y aunque había intentado no dar demasiadas explicaciones, la mujer había contestado que comprendía perfectamente que Kai no quisiera llevar su chaqueta de lana y su pañuelo de seda a esas cloacas donde vivían los desharrapados.
Kai se cambió de ropa. Debajo de donde guardaba aquellas prendas había una pila de cartas de jialin, metidas en sobres sin señas. Antes de
volver a cerrar el cajón con llave, escogió uno al azar. Dentro encontró una larga carta sobre la naturaleza del sistema totalitario, y Kai, que la había releído infinidad de veces y se la sabía de memoria, le dio un sucinto repaso. Parecía más una reflexión que un mensaje, por eso siempre se preguntaba si los amigos de Jialin también la habrían recibido y leído. En una hoja aparte, pero en el mismo sobre, había una nota, un breve párrafo sobre un nuevo programa que se emitía desde Gran Bretaña en mandarín, que Jialin decía haber sintonizado recientemente con su radio de onda corta. Una vez más Kai se preguntó si no sería su propia imaginación lo que la llevaba a creer que Jialin tenía ganas de compartir las noticias con ella. Eran aquellas breves notas sobre los pequeños detalles de una vida cotidiana que ella desconocía lo que la empujaban a conservar las cartas, en vez de quemarlas tal como él le había dicho que hiciera.
Jialin y Kai no solían verse a menudo, y a veces transcurrían una o dos semanas antes de que ella pudiera encontrar una excusa para acercarse a la biblioteca municipal. No hablaban mucho, pero intercambiaban cartas con disimulo, encajadas dentro de las revistas. En ocasiones había varias en el sobre que él le pasaba y ella intentaba no preguntarse si Jialin la habría esperado en la sala de lectura un día tras otro, ni si se sentiría decepcionado al ver que ella no aparecía. Jialin le había dicho que la bibliotecaria era amiga suya y que le dejaba quedarse en la sala de lectura siempre que llevara la mascarilla y los guantes puestos. Kai se había convencido de que la amistad con la bibliotecaria, una mujer callada que rondaba la cincuentena, era suficiente para que Jialin no considerara el viaje hasta la biblioteca una pérdida de tiempo.
Jialin y Kai nunca planeaban sus encuentros, y en las cartas no solían detenerse demasiado en las excusas que habían tenido que buscar para verse solo cinco o diez minutos, sino que escribían sobre temas que no podían discutir en voz alta. Kai conservaba todas las cartas de Jialin.
Deseaba encontrar la voluntad necesaria para quemarlas, como sabía que él habría hecho diligentemente con las suyas, pero llegaría el día en que lo único que le quedaría de él serían sus palabras garabateadas en las páginas de una libreta escolar, con aquella caligrafía elegante y algo inclinada hacia la derecha. A veces la pluma se quedaba sin tinta y las palabras azul marino palidecían en medio de un largo pasaje. Jialin solo se acordaba de
recargarla cuando se volvían tan claras como el papel y parecían grabadas en la página en vez de escritas.
Kai devolvió las hojas al sobre y lo guardó con los demás, bajo llave.
Minutos después salió del edificio con la cabeza envuelta en el viejo pañuelo y la cara oculta tras la mascarilla. Muy pocos serían capaces de reconocer a la famosa locutora, y por un momento se sintió libre.
La biblioteca, la única de la ciudad abierta al público, se alojaba en un edificio que había servido de cuartel general de la facción local de los Guardias Rojos. Antes, la casa había pertenecido a un anciano que, poco después del inicio de la Revolución Cultural, se había suicidado con matarratas, una acción que desconcertó a sus conciudadanos. El antiguo propietario, del que se decía que era huérfano y que había sido adoptado por un médico y su mujer, había crecido como medio hijo y medio aprendiz de ese médico, el único facultativo con conocimientos de medicina de la ciudad cuando Río Turbio no era más que un enclave comercial en un lugar poco poblado. Cuando la anciana pareja falleció, el hombre heredó el dinero y la casa, esta última construida a la antigua alrededor de un pequeño y bien cuidado jardín interior, cerca del centro de la ciudad.
Practicaba la acupuntura de vez en cuando, pero solo con los pacientes más mayores aquejados de dolores de espalda y artritis. Tenía aspecto de persona ilustrada, era educado y agradable, y no parecía tener ninguna razón para temer las tormentas revolucionarias que se avecinaban. Sin embargo, como había que dar cuenta de toda muerte —sobre todo de un suicidio, puesto que aquel tipo de defunciones podían considerarse una huida inmoral de la justicia comunista—, empezó a correr el rumor de que el hombre era un príncipe manchó que había esperado la hora propicia para resucitar a la última dinastía. Una mentira repetida miles de veces acababa convirtiéndose en una verdad, como había dicho un famoso general, y con el tiempo el hombre acabó siendo considerado un enemigo político que había escapado de la justicia a través de una muerte fácil. Los Guardias Rojos de la localidad no tardaron en ocupar la propiedad, donde empezaron a imprimir folletos propagandísticos y a almacenar munición. Las estancias traseras también sirvieron durante meses de improvisadas salas de interrogatorio y celdas.
La biblioteca, que apenas llevaba año y medio en funcionamiento, ocupaba las dos estancias delanteras de la casa. Unos cuantos escritorios y sillas se alineaban a uno de los lados de la sala de lectura y, enfrente, había un mostrador de carnicero donde se exponían poco más de diez revistas. La bibliotecaria se sentaba tras una mesa en la entrada de la sala de lectura, y si alguien pedía un libro del fondo de la biblioteca le abría la puerta de la otra estancia, donde no había más que diez estanterías de libros. No se utilizaban ni tarjetas ni catálogos. En realidad, cuando alguien buscaba un tema en concreto, la bibliotecaria se dirigía a la otra habitación y volvía con uno o dos libros que ella consideraba relacionados con el tema en cuestión.
Muy poca gente utilizaba la biblioteca, por lo que a Kai no le sorprendió que Jialin eligiera aquel lugar para esperarla. La bibliotecaria saludó a Kai con un frío gesto de la cabeza y regresó a su lectura. Kai se preguntó si la mujer sabría quién era, aunque probablemente solo la recordaba como la joven que solía pasar por allí de vez en cuando para echar un vistazo a las escasas revistas nuevas de la sala de lectura. Kai no hablaba para que la mujer no reconociera su voz. La bibliotecaria era viuda; su difunto marido, que había trabajado de administrativo en el consistorio municipal, se había zambullido en el río Turbio para socorrer a dos jóvenes que pedían auxilio. El hombre apenas sabía nadar y al final no consiguió salvar ni su vida ni las de los otros dos. El ayuntamiento le concedió el título de héroe y cuando la viuda, que había sido profesora, solicitó un empleo más tranquilo, el consistorio le ofreció el puesto de bibliotecaria municipal, de reciente creación, un cargo con tiempo de sobra para llorar en silencio la muerte de su esposo.
Jialin era el único ocupante de la sala de lectura. Sentado en un rincón y de cara a la puerta, miró a Kai por encima de la mascarilla de algodón y siguió escribiendo en un grueso cuaderno. Kai siempre buscaba un cambio en la expresión de Jialin, pero jamás lo encontraba; se preguntó si su propia mirada por encima de la mascarilla parecería tan inexpresiva como la de Jialin. Se acercó al expositor de revistas y escogió una en cuya portada aparecía la fotografía ampliada del nuevo dirigente nacional.
Kai leyó unas cuantas palabras de una página y pasó a la siguiente. La bibliotecaria, tras su mesa, no parecía prestar demasiada atención a los ocupantes de la sala de lectura. Kai sacó un trozo de papel y escribió algo
deprisa y corriendo antes de pasar junto a Jialin en busca de otra revista.
«Tenemos que hablar», decía la nota que dejó caer junto a él. Kai se preguntó si Jialin sabría apreciar la urgencia del mensaje. Ella nunca le había pedido nada; una carta, revisada tras escribirla, era lo que solía pasarle.
Jialin metió el cuaderno en una bolsa y se preparó para irse. Que se encontraran en casa de él era lo que decía la nota de Jialin, dejada con discreción junto a la revista en la que Kai fingía interés.
Ella también se fue al cabo de un rato. Se alejó del centro de la ciudad y se adentró en mundos más habitados donde gatos, perros y gallinas compartían los callejones y el sol del atardecer con ancianos medio adormilados, un mundo que Kai había conocido en otra época. Antes de trasladarse a la capital de la provincia, vivía en uno de esos callejones con sus padres y hermanos. La casucha había sido uno de los motivos de la infelicidad de su madre, que consideraba que su marido no había ascendido con la suficiente rapidez para mudarse a los edificios modernos. Hasta que Kai se casó con Han, sus padres no disfrutaron del piso con el que su madre había soñado toda la vida. Entonces, Kai y su familia celebraron la despedida del callejón, pero ahora deseaba no haber abandonado nunca aquel mundo.
Kai encontró la casa de Jialin y entreabrió la puerta de listones del patio. Este, del tamaño habitual —cuatro metros y medio por seis—, estaba abarrotado de trastos: tarros de encurtidos vacíos amontonados sin orden ni concierto; cámaras retorcidas y colgadas del manillar de una bicicleta oxidada a la que le faltaban las ruedas; cajas de cartón desmontadas y apiladas; tres cadenas con candado expuestas en un lugar prominente, formando un triángulo dentro del cual había tres bayonetas. Cuando lo visitó por primera vez, Jialin le dijo que eran de sus tres hermanos pequeños. Él la acompañaba a la puerta, y el comentario incidental sobre los hermanos, junto con el desorden general, habían sido meros hechos de la vida de unos extraños; pero al verlos de nuevo seis meses después, Kai supo que algún día recordaría aquellos detalles como parte del mundo que Jialin había habitado, que algún día los utilizaría para reconstruirlo con sus recuerdos.
Se abrió la puerta de la casa.
—¿Necesita algo? —preguntó una mujer mayor, envuelta en un largo abrigo de algodón.
Kai señaló la casucha y, con voz apagada, dijo que estaba buscando a Jialin. La mujer, que sin duda era la madre del joven, cuyos rasgos podían reconocerse en su rostro, asintió y se despidió con un gesto de la mano antes de volver a cerrar la puerta.
La madre había aprendido a no preguntar, le dijo Jialin cuando sorprendió a Kai volviendo la vista hacia la puerta cerrada. La hizo pasar a la casucha y le señaló la única silla.
—Tu madre… ¿no trabaja hoy? —preguntó Kai.
—Está resfriada.
—Y tus hermanos… ¿están en el colegio?
Jialin parecía sorprendido por aquella charla insustancial, que jamás había surgido entre ellos. Contestó que esperaba que estuvieran en el colegio, aunque por ahí se decía que se habían unido a una pandilla y que faltaban a clase para dedicarse a sus trapicheos.
—¿Lo saben tus padres?
—Los padres son siempre los últimos en enterarse de esas cosas.
—¿Y no sería mejor que hablaras con tus hermanos? ¿O que se lo dijeras a tus padres?
Jialin dijo que ellos esperaban que él no se metiera en sus vidas y, a cambio, le dejaban vivir en paz en su propio mundo. Además, eran sus hermanastros y él no era quién para plantarse delante del padre de los chicos y exigirle alguna responsabilidad. Pensando en todo lo que no podía consultarle directamente, a Kai le picó la curiosidad por saber si el joven compartía aquellas historias sobre su vida con sus otros amigos.
Jialin esperó un momento y, al ver que Kai no se decidía a hablar, le preguntó si había algo que necesitara comentar con él. Ella respondió que sí, iba a pedirle lo mismo que siempre: una protesta en nombre de Shan, aunque ahora ya no por la vida de la joven, sino por su derecho a reclamar el reconocimiento de que su ejecución había sido injusta. Le habló del juicio sospechosamente expeditivo y de los riñones de Shan, que habían sido trasplantados a otro hombre; le habló del acto de insubordinación de la señora Gu en el cruce, recordando la espalda erguida de la mujer cuando la apartaron a rastras de la hoguera humeante. Había llegado el momento de
que los ciudadanos de Río Turbio supieran la atrocidad y la injusticia que se había cometido con madre e hija.
Ambos guardaron silencio unos instantes cuando Kai terminó de hablar.
Jialin le hizo un gesto para que se acercara a uno de los rincones de la casucha y apartó una funda de plástico. Debajo había un ciclostil y una pila de panfletos recién impresos. Kai cogió uno y reconoció la caligrafía de Jialin: era una carta dirigida a la gente de Río Turbio, con fecha del día de la ejecución. Alzó la vista, sorprendida.
—¿Ya las tenías preparadas ayer? —Sí.
—No sabía que te hubieras encargado tú solo de todo. —Jialin negó con la cabeza y dijo que lo había hecho con la ayuda de varios amigos—.
Pero entonces, ¿por qué esperamos si ya tenías preparados los panfletos?
—Las circunstancias cambian de un día para otro —contestó Jialin, y le preguntó si había oído las noticias sobre el muro de la democracia de Pekín.
Jialin pareció sorprenderse al ver que Kai negaba con la cabeza. El joven dijo que estaba convencido de que habría oído la noticia, aunque no le permitieran emitirla. Ella contestó que solo era una de las voces al servicio del gobierno y que si confiaba en alguien para informarse de lo que verdaderamente ocurría en el mundo, ese alguien era él.
Jialin le contó que en la capital de la nación se había levantado un muro donde la gente podía expresar su opinión con libertad. En las últimas semanas muchos habían pegado comentarios en los que se pedía un gobierno más abierto y democrático. Mientras él hablaba, Kai experimentó una extraña sensación de pesar. Desconocía cuánto tiempo llevaba Jialin siguiendo la noticia, puesto que en sus cartas no le decía nada de ello, e imaginó a grupos de gente joven reunidos en la capital para compartir sus sueños. Seguro que incluso había amigos de Jialin que se habían quedado alguna vez en aquella casucha hasta altas horas de la noche a la espera de alguna noticia fiable, junto a la radio de onda corta. ¿Y dónde estaba ella esas noches sino interpretando su papel de esposa y madre abnegada? Kai le preguntó si podía conocer a sus amigos.
Jialin se quitó las gafas, se dio un masaje en los párpados, limpió los cristales en la manga y volvió a colocárselas.
—Eres consciente de que no gozas de tanta libertad como la mayoría de nosotros, ¿verdad? —preguntó educadamente el joven—. Tenía la esperanza de que te mantuvieras al margen. Al menos por el momento.
—¿Por qué? ¿No confías en mí?
Jialin negó con la cabeza y, señalando la pila de papeles, le explicó que una vez que los panfletos corrieran de mano en mano ya no habría vuelta atrás para nadie, y que ya no solo sería responsable de lo que pudiera sucederle a él, sino también de lo que pudiera ocurrirles a sus amigos.
—Entonces, ¿yo no soy uno de ellos? —preguntó Kai.
—Te mentiría si te dijera que no —contestó Jialin, y le confesó que habían surgido algunas discrepancias entre sus amigos.
Por vagas que fueran aquellas explicaciones, Kai comprendió de inmediato que no era Jialin, sino aquellos otros, quienesquiera que fueran, los que no confiaban en ella. Se preguntó si habría dado la cara por ella y si sus amigos le habrían preguntado cómo la había conocido, para defenderla.
Las cartas de Kai, que Jialin leía y quemaba, no eran ninguna ayuda, y aunque las hubiera conservado, no se lo imaginaba mostrándoselas.
—Puede que no te conozcan tan bien como yo —dijo Jialin con una mirada de disculpa.
—¿Y no vas a hacer nada para remediarlo?
Jialin contestó que tenía que proteger a todo el mundo, pero fueron los ojos huidizos del joven, más que sus palabras, los que convencieron a Kai de que le ocultaba algo más que la simple hostilidad de los otros.
—De modo que si acudiera a la policía para denunciaros, tus amigos se salvarían porque no sabría quiénes son, ¿es eso? —preguntó Kai.
—También te protejo a ti —se defendió Jialin—. Cualquiera de nosotros podría ser el que vendiera a los demás.
—¿Lo de escribirme fue una decisión consensuada con todos tus amigos o hubo discrepancias desde el principio? —preguntó Kai.
Jialin contestó que eso ya no importaba ahora que ella también estaba en el ajo, pero Kai quería saberlo. El dijo que se les había ocurrido buscar a alguien que estuviera dentro del consistorio, sin embargo, al final habían rechazado el plan por ingenuo.
—De modo que me escribiste por tu cuenta y riesgo. —Jialin apartó la mirada, sin responder—. ¿Por qué? —insistió Kai.
Finalmente, él confesó que hacía unos años la había visto interpretar el papel de Jade de Otoño y que desde entonces siempre se había preguntado qué tipo de persona sería y si se podía ofrecer una actuación como aquella sin el corazón puro y noble de una mártir.
—Podrías haber resultado una persona muy distinta y ahora mismo estaría aguardándome una condena. Es cierto que me la jugué al escribirte para resolver aquella duda, pero no sé cómo acerté. Tal vez por pura suerte.
No me habría sorprendido que hubiera ocurrido lo contrario —dijo Jialin intentando reprimir el ataque de tos que amenazaba con asaltarlo en cualquier momento.
De modo que aquello era lo que habían estado evitando todo ese tiempo, pensó Kai imaginando a Jialin entre el público, tal vez antes de ponerse enfermo, antes de que ella se casara. Que la propia existencia pudiera prolongarse más allá del conocimiento de uno no era nada nuevo.
Mientras estuvo con la compañía teatral, Kai había recibido machas cartas de admiradores, algunas escritas por personas que utilizaban su verdadero nombre, o uno inventado, y otras anónimas. Sin embargo, lo que ya no tenía explicación era el cruce de caminos en el momento equivocado, demasiado pronto o demasiado tarde, y Kai ya no sabía cuál era el caso con Jialin. Había que someterse al destino, como ocurre con todo aquello que escapa a nuestra voluntad. Kai pensó que si no hubiera conocido a Jialin poco después de ser madre, sino ya de mayor, imaginando a Ming-Ming de joven, tal vez habría dado gracias por aquel encuentro, quizá incluso habría sido libre para poder elegir de nuevo. Sin embargo, la muerte vendría pronto a ocupar el lugar de la enfermedad en el caso de Jialin, antes de que el tiempo liberara a Kai; sus caminos no tardarían en separarse.
—Quiero que sepas que no estoy rechazándote como amiga —dijo Jialin con dulzura.
Kai contestó que él ya tenía suficiente trabajo y que ella respetaría los deseos de sus amigos y no se inmiscuiría, que no hacía falta que se preocupara por cómo se sentía. Sabía dónde encontrarlo y viceversa. La voz se le quebró por un instante y de repente partió antes de que ambos flaquearan y dejaran salir lo que era mejor callar.
Los otros pacientes de la sala debían de haber oído hablar de su hija y miraban de reojo al maestro Gu cuando creían que este no prestaba atención. Cuando el hombre les devolvía la mirada, ellos apartaban los ojos y agachaban la cabeza. El maestro Gu era consciente del esfuerzo que hacían para no comentar el caso. Qué lástima de hombre, debían de pensar, incapaz de tenerse en pie, derrotado. El maestro Gu no hablaba con los demás pacientes. Cuando llegaba la hora de las visitas y las esposas y los hijos inundaban la sala, él se escondía bajo la manta de rayas y fingía dormir. Su esposa tampoco hablaba con los enfermos, ni con sus familias.
Ese día llegó con un termo de sopa de pollo y se sentó en una silla, junto a la cama. Al cabo de media hora, y a pesar de que él seguía negándose a admitir su presencia, lo meció con ternura y le dijo que sería mejor que se tomara la sopa antes de que ella tuviera que marcharse. El hombre dejó que lo recostara contra la almohada; ella se trasladó de la silla al colchón, con la cuchara en la mano. El anciano obedeció, se tomó la sopa sin aspavientos y esperó tres días para preguntarle por qué había sacrificado las gallinas por un hombre inútil. Incluso se le pasó por la cabeza decirle que aquellas aves eran los únicos hijos que les quedaban, aunque no dejó que se le escapara un comentario tan cruel. Ella le aseguró que no las había tocado, pero no le explicó cómo había conseguido el pollo para el caldo.
También le llevaba otros alimentos, comprados en la cara tienda que había junto al hospital: fruta enlatada de todo tipo, leche en polvo, dátiles con miel y un zumo de naranja concentrado que, según el maestro Gu, no era más que sacarina y tinte de color anaranjado. Al día siguiente el maestro Gu no pudo reprimirse y le preguntó de dónde salía el dinero para pagar aquellos lujos innecesarios. Ella vaciló unos segundos y contestó que alguien piadoso y de buen corazón había deslizado un fajo de billetes por debajo de la valla. El hombre supuso que su esposa había retirado dinero de la exigua cuenta corriente que tenían y que se atormentaba pensando en cómo iba a reponerlo mientras se inventaba filántropos desconocidos en los que él había dejado de creer. No siguió interrogándola. El mundo ya era lo bastante frío de por sí; si ella quería mantenerlo vivo con un rescoldo de
esperanza, que lo hiciera, pero se negaba a dejarse arrastrar por las invenciones de su mujer.
La apoplejía, un ataque no de los más graves, le había paralizado el costado izquierdo; sin embargo, esperaban que recuperara cierto grado de movilidad, pues su caso era leve comparado con el de otros ancianos de su sala. La doctora Fan, una mujer de cuarenta y tantos años, trataba con disciplina marcial a los pacientes de la planta cuando supervisaba sus ejercicios de fisioterapia, por lo que enfermos y familiares, a pesar de la deferencia que demostraban ante ella, la habían apodado la Tigresa.
Cuando el maestro Gu llevaba cinco días en el hospital, la doctora Fan llegó tarde a su ronda matutina y, además, sin el gorro blanco de médico. El maestro Gu se fijó en que el cabello corto se había transformado en una melena de ensortijados ricitos. Tal vez no quería estropearse la permanente.
De hecho, era la primera que se hacía en toda su vida, ya que su generación había crecido en un tiempo en que las permanentes eran un legado burgués que estaba prohibido. Tras recibir la orden de levantar el brazo y la pierna, algo que el maestro Gu no fue capaz de hacer, el hombre alabó el nuevo peinado de la doctora Fan.
Sorprendida, la mujer se ruborizó, pero no dijo nada. Pasó sin perder tiempo a la cama siguiente y no tardó en recuperar la compostura reprendiendo al hombre que la ocupaba. El aturullamiento de la mujer entristeció al maestro Gu. Sintió lástima por la doctora Fan y por toda una generación de mujeres que, como ella, habían malgastado sus mejores años enfundadas en ropas anchas de colores apagados, con el cabello corto y liso, condenadas a ocultar su belleza femenina, y que ahora intentaban aprovechar los últimos días de su marchita juventud con la esperanza de parecer atractivas. Aunque, ¿qué derecho tenía a pensar en aquellas mujeres cuando él, viejo e inválido, también era depositario de la lástima de los demás?
La planta de recuperación albergaba dieciocho camas, quince de ellas ocupadas, la mayoría por ancianos que habían sufrido ataques de apoplejía y derrames cerebrales. Sin embargo, el caso extraordinario de uno de aquellos hombres tenía fascinado a todo el mundo. Aunque fingiera lo contrario, el maestro Gu también prestaba atención a las conversaciones entre pacientes, familiares y enfermeras; según había oído, Dafu, de unos
cuarenta años y viudo desde hacía uno, había sido un hombre sano antes de someterse voluntariamente a una operación especial para extirparle la vesícula. Tenía piedras, pero no le molestaban y al parecer dicha operación no era necesaria. Sin embargo, había corrido la noticia de que el hospital militar de la capital de la provincia necesitaba un paciente modelo para hacer una demostración de una nueva anestesia sin fármacos. Dafu consiguió que lo escogieran para aquel cometido político a través de un conocido, con la condición de que sus dos hijas obtuvieran a cambio un puesto en una fábrica. Las hijas, ambas jóvenes cultas que habían sido enviadas al campo durante años y acababan de regresar a la ciudad, no conseguían encontrar trabajo. El padre se sometió a la operación con cinco agujas de acupuntura clavadas en la mano como única anestesia. Le dijeron que se estuviera quieto mientras lo grababan, pero Dafu sufrió tanto durante el procedimiento quirúrgico que, después, las piernas le quedaron paralizadas por razones que nunca se aclararon y su aparato urinario se vio afectado de manera permanente. Tras varios días bajo observación, los médicos del ejército, perplejos, concluyeron que los problemas eran psicológicos y enviaron a Dafu de vuelta a Río Turbio.
Al maestro Gu le maravillaba que un hombre pudiera hacer gala de tal estoicismo por sus hijas. Sin embargo, y a pesar de que sus compañeros de planta sí lo hacían, Dafu no se consideraba un héroe. Era un administrativo de rango inferior y se incomodaba enseguida cuando se comentaba su capacidad de entrega y sacrificio. Incluso se disculpaba por no ser capaz de orinar.
—Relájese —lo apremiaba Shi, la enfermera más veterana y de manos más delicadas que las demás.
Los médicos le habían dicho a Dafu que sus músculos sufrían ataques constantes por haber controlado tanto el dolor durante la operación, lo que explicaba los síntomas.
—Relájese —repetía la enfermera Shi—. Utilice la imaginación.
Recuerde cuando era niño y no sabía controlar el pipí. ¿Mojaba la cama cuando era pequeño?
—Sí —contestaba Dafu.
—Cierre los ojos y piense en cuando mojaba la cama. Quiere aguantarse, pero no puede porque, ¡oh, ya sale! Ya sale —insistía la
enfermera Shi, con voz entrecortada y apremiante.
En momentos como ese, ni un solo paciente, ni siquiera los cuatro ancianos de la otra punta de la planta que disfrutaban llamando la atención con sus lamentos y quejas sobre problemas que no existían, se atrevían a hacer ruido. Para estimular un poco más la imaginación de Dafu, la enfermera Shi le ordenaba a una joven enfermera que abriera el grifo del lavabo y que dejara correr el agua. Dafu se sentaba con torpeza en el borde de la cama, sujetado por la enfermera Shi y otra compañera, con los pantalones bajados hasta los tobillos y una cuña de loza blanca entre las piernas. La enfermera Shi lo animaba entre susurros, diciéndole que el agua correría, y en la habitación todo el mundo aguantaba la respiración hasta que, al final, uno de los cuatro ancianos del otro extremo rompía el silencio y gritaba que ya no podía aguantarse el pis y que si alguien podía pasarle una cuña. Una joven enfermera en prácticas intentaba ocultar su satisfacción mientras atendía al pobre hombre. La enfermera Shi consolaba a Dafu, diciéndole que cada vez lo hacía mejor y que estaba segura de que a la próxima lo conseguiría. Rojo como un tomate, Dafu se disculpaba por las molestias que había ocasionado a las enfermeras y a sus compañeros de habitación. Se disculpaba a todas horas, incluso ante sus hijas, que iban a la planta para enseñarle la bata de laboratorio que llevaban en sus puestos de trabajo en la empresa farmacéutica, blanca en vez de la azul habitual, lo que para quien desconociera los cargos que ocupaban las ascendía al nivel de las enfermeras o tal vez incluso de los médicos. Las hijas no comentaban nada acerca de la posibilidad de atraer a un buen partido con aquellas batas, pero el padre sabía ver aquella esperanza en sus ojos. Tenían veintiséis y veintisiete años, ya no eran unas jovencitas si querían encontrar marido. Por la noche el hombre practicaba en secreto, a oscuras; ordenaba a sus piernas que se movieran para no convertirse en una carga para sus hijas.
Tener un padre postrado en cama podría ahuyentar a los posibles candidatos, y Dafu imaginaba a su difunta esposa mirándolo desde el cielo con desaprobación. La mañana del día en que la arrolló un camión habían discutido por tonterías relacionadas con las tareas del hogar. Ella se lamentaba de haberse casado con el peor hombre del mundo, que no hacía nada por su mujer y sus hijas; esas fueron las últimas palabras que le dijo.
Desde entonces, Dafu se preguntaba si su esposa realmente creía lo que le
había dicho, aunque todo el mundo sabía que era incapaz de dar con las palabras adecuadas cuando se ponía hecha una furia, por lo que tal vez no tuvo intención de ofenderlo con aquel comentario. Dafu pensaba que ya no había manera de saberlo y que lo único que podía hacer era demostrarse a sí mismo que estaba equivocada.
En el instante en que Dafu enterraba la cara en la almohada para echarse a llorar, las preocupaciones por los hijos atormentaban a muchos otros corazones fuera de las puertas del hospital. Una madre que acababa de ayudar a su hija, muerta de miedo porque le había venido la primera regla, no conseguía pegar ojo junto a su marido, que no dejaba de roncar.
La mujer recordaba a su madre, que se pasaba el día revisando las braguitas de sus hijas, obsesionada con la idea de que alguien las violara o las sedujera. La hija que había escapado al triste destino temido por su madre también se había convertido en madre y le angustiaba que el fantasma de los temores de aquella mujer hubiera decidido alojarse en su propio corazón.
En otra cama de la misma manzana, un hombre le decía a su mujer que aconsejara a sus dos hijas adolescentes que no se vistieran con colores chillones. Para defender a las chicas, la esposa le recordó que ya no estaba prohibido arreglarse, pensando en sus años de juventud, marchitos antes de florecer. El padre repuso que la gente se fijaría en ellas y que empezaría a hablar, reacio a abordar personalmente el incómodo tema con las hijas, quienes, con sus pechos incipientes y sus labios cada vez más voluptuosos, le obligaban a apartar la mirada y regalarse la vista con el cuerpo de otras jovencitas que pasaban por la calle.
Los padres de Nini no dormían. Él había colocado la mano sobre la barriga de la madre, que estaba empezando a despuntar, y charlaban esperanzados sobre un hijo varón, negándose a compartir sus miedos ante la posible llegada de otra hija. En la otra punta de la cama de ladrillo, Nini los escuchaba con disimulo, rezando a dioses y diosas desconocidos para que les concedieran otra niña.
La madre de Jialin también estaba preocupada por el tiempo de vida que le quedaba a su hijo mayor, pero aún más por los tres pequeños, que le habían robado para comprar tres pares de gafas de sol. Ese día habían llegado a casa con aquellas cosas negras y brillantes en la cara y, al
mirarlos, se había visto reflejada en los cristales seis veces, con su rostro cansado y su pelo cano. Se preguntó si no irían camino de convertirse en los miembros más recientes de la pandilla juvenil de la ciudad, pero cuando comentó sus preocupaciones con su marido, este le dijo que aquellas cosas eran normales en los chicos que estaban haciéndose hombres.
En su casucha, la señora Hua soñaba con sus siete hijas. A veces acudían a charlar con ella sobre una niña recién nacida que no complacía los deseos de la familia del marido, o de un hijo largamente deseado cuya llegada había detenido por fin las palizas de otro marido. Las más pequeñas hablaban de sus orfanatos, donde pasaban mucho frío, mucha hambre o trabajaban hasta la extenuación. Aquella noche en concreto, la más pequeña, que había nacido con el paladar partido y a la que sus hermanas mayores llamaban Conejito, la visitó y le contó que había decidido volver a casa. Venía para despedirse de sus padres, porque los años que había vivido con ellos habían sido los más dichosos de su vida. Por un instante, la señora Hua creyó sentir el aliento de la niña en sus mejillas, pero esta se desvaneció de inmediato y la dejó empapada en un sudor frío. La anciana se mordió un dedo; el dolor era real, así que no estaba soñando.
Permaneció tumbada en la oscuridad unos segundos y se echó a llorar.
Cuando el viejo Hua se despertó, su esposa le contó que el espíritu de Conejito había ido a despedirse; había pasado algo y la pobre chiquilla estaba ahora de camino al otro mundo. El viejo Hua cogió la mano de su esposa, que al cabo de un rato se tranquilizó. Nunca sabrían qué o quién había acabado con su pobre niñita, dijo, y él contestó que tal vez el cielo sabía que para ella aún habría sido peor seguir viviendo.
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