Las puertas del paraiso

Yiyun Li · Capítulo 5 de 14

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Las puertas del paraiso

Capítulo 3

La señora Hua no vio cómo los policías se llevaban a la señora Gu del lugar donde había cometido un delito, y de haber presenciado la escena tampoco habría sabido que la mujer que casi habían tenido que llevar a rastras hasta el jeep era la señora Gu.

Igual que la señora Gu, la señora Hua jamás sería abuela. Tenía sesenta y seis años, y a esa edad un nieto o dos serían una razón más poderosa para seguir adelante que las calles en las que su marido rebuscaba y ella barría; sin embargo, las calles le proporcionaban un medio de subsistencia, mientras que las fantasías sobre tener nietos, no, y era consciente de la suerte que tenía de estar viva, algo que ni su marido ni ella olvidaban agradecer. Sin embargo, la necesidad de acunar a un bebé era a veces tan fuerte que tenía que dejar de hacer lo que estuviera haciendo y sentir, con el corazón en un puño, el peso imaginario de un cuerpo pequeño, cálido y suave en sus brazos. Aquello era lo que hacía que pareciera una anciana enajenada. De vez en cuando su jefe, Shaokang, un hombre soltero de cincuenta y tantos años, amenazaba con despedirla, como si le molestara la lentitud con que obedecía sus órdenes, pero ella sabía que él solo lo decía por los demás empleados del servicio de limpieza y recogida de basuras, ya que era uno de esos hombres que ocultaba su bondad tras palabras rudas.

Shaokang le había ofrecido el puesto en su departamento trece años atrás, después de ver a la señora Hua y a su marido en la calle, ella con fiebre y él pidiendo un poco de agua en una tienda. Hacía poco que no habían tenido más remedio que dejar que se llevaran a las cuatro niñas más pequeñas a los orfanatos de cuatro condados diferentes, una práctica que se consideraba beneficiosa para ellas, a fin de que pudieran empezar de nuevo. La señora Hua y su marido habían recorrido cuatro provincias en

tres meses con la esperanza de que la carretera cerrara la herida, aún fresca.

No tenían pensado establecerse en Río Turbio, pero Shaokang había insistido en que el invierno que se avecinaba acabaría con ambos si no aceptaban su oferta y, al final, las ganas de seguir vivos pusieron fin a su viaje.

—Cruce de Liberación con Río Amarillo —dijo Shaokang cuando la señora Hua entró en el departamento, una habitación del tamaño de un almacén, con un escritorio en una esquina, que servía de zona de oficina.

La mujer se dirigió al lavabo y enjuagó el cuenco. Quedaba muy poca pasta. Shaokang le había dado mucha más harina de la necesaria; sin embargo, ella sabía que su jefe no indagaría el paradero de la sobrante.

La señora Hua se encaminó hacia el armario, pero la cuadrilla de limpieza todavía no había devuelto la mayoría de las escobas. Cuando estaban todas, las grandes, hechas con cañas de bambú, y las pequeñas, con paja, se alineaban en una fila como una compañía de soldados, cada una con su número escrito con la cuidada caligrafía de Shaokang y asignada a su respectivo barrendero. De vez en cuando, la señora Hua se preguntaba si, en una de sus voluminosas libretas, Shaokang llevaba un registro de todas las escobas que habían pasado por el servicio de limpieza y recogida de basuras, cuánto tiempo habían estado en la calle y cuántas horas muertas habían consumido en el armario; en definitiva, cuánto había durado cada escoba antes de que el cepillo quedara completamente pelado. Los barrenderos más jóvenes del departamento se burlaban de Shaokang a sus espaldas porque decían que quería a las escobas como si fueran sus hijos, aunque la señora Hua no veía qué tenía aquello de malo y era consciente de que tal clase de bromas solo podían proceder de gente joven que no sabía nada sobre la paternidad.

La mujer cogió las escobas que tenía asignadas y le contó a Shaokang que la noche anterior había soñado que pintaba huevos de rojo para el cumpleaños de un nieto. Hablaba con él únicamente cuando no había nadie más alrededor. A veces pasaban días o semanas antes de que tuvieran la oportunidad de charlar, pero a ninguno de los dos les parecía extraño, y sus conversaciones se limitaban a unas breves palabras.

—Los sueños son tan reales como una flor en el espejo o una luna llena en el río —contestó Shaokang sin levantar la vista del cuaderno que estaba

inspeccionando.

La señora Hua le dio la razón con un suspiro y fue hacia la puerta. Esa mañana también se lo había contado a su marido, y este había contestado que, al menos, era un buen sueño.

—¿Le gustaría salir antes hoy? —preguntó Shaokang.

La señora Hua respondió que para qué. Por lo visto a Shaokang le preocupaba que el acto denunciatorio aburriera a la señora Hua y añadió que habría suficientes trabajadores en representación del servicio de limpieza y recogida de basuras. Como si el aburrimiento fuera algo que le preocupara a la gente como ella, pensó la señora Hua, aunque podría aprovechar las horas libres para ayudar a su marido a ordenar las botellas que había acumulado en el cobertizo. La señora Hua contestó que, de hecho, estaba intentando curarse de un resfriado, aunque sabía que a los únicos que engañaba eran al escritorio, las escobas y las cuatro paredes.

Shaokang asintió y dijo que no hacía falta que se presentara en el acto denunciatorio después de limpiar el cruce.

En el cruce, la pila de ropa había quedado esparcida por las pisadas indiferentes de los adultos y las patadas de los niños, para quienes la ropa medio quemada y los zapatos chamuscados suponían una fuente de diversión inagotable. La señora Hua ahuyentó a varios que se empeñaban en seguir jugando con las cenizas y limpió la calle mientras pensaba en el sueño de esa noche.

—Buenos días, señora Hua —le susurró una voz casi al oído.

La mujer, sobresaltada, vio que Bashi, aquel holgazán inútil, le sonreía, y musitó que preferiría que el muchacho tuviera mejores cosas que hacer que andar asustando a los viejecitos por la calle.

—¿Asustando? No era mi intención. Solo iba a recordarle que tal vez el viejo Hua esté esperándola en casa.

—¿En casa? La gente que recoge basura no presume de casa —contestó la mujer—. Es un hogar temporal.

—Mi casa es su casa, señora Hua. No sabe cuántas veces le he dicho a mi abuela que el viejo Hua y usted deberían venir a vivir con nosotros. Ya sabe que la mujer se siente un poco sola y que no le vendría mal tener amigos cerca —dijo Bashi mirándola sinceramente a los ojos.

—La única que se traga tus zalamerías es tu abuela —replicó la señora Hua negando con la cabeza.

—Lo digo en serio, señora Hua. Pregúntele a quien quiera. Todo el mundo sabe que soy generoso con mi fortuna y que siempre estoy dispuesto a ayudar a los necesitados.

—¿Tu fortuna? Querrás decir el dinero que tu padre se ganó en vida. —

Bashi se encogió de hombros y no se molestó en rebatir las palabras de la anciana—. Hijo, ¿no te preocupa tu futuro?

—¿Qué debería preocuparme? —preguntó Bashi.

—¿Qué sabes hacer, hijo? —dijo ella—. A mí sí me preocupa.

—Podría recoger basura con el viejo Hua —contestó Bashi—. También podría barrer las calles con usted. Soy una persona trabajadora: mire qué músculos. Mire aquí, y aquí. Hágame caso, señora Hua, no es cosa de niños levantar pesas cada mañana.

Ni había pesas ni músculos de los que jactarse, pero Bashi siempre tenía a mano aquel tipo de historias, y hasta llegaba a creérselas.

—Hoy en día no es fácil obtener un puesto de barrendero —dijo la señora Hua.

En los últimos dos años, el final de la Revolución Cultural había traído a muchos jóvenes de vuelta del campo, adonde habían sido enviados en la década anterior. En esos momentos, la gente se peleaba incluso por un puesto de barrendero, por lo que a la señora Hua no le hubiera extrañado que cualquier día la sustituyeran.

—No se necesita ningún permiso para recoger basura —repuso Bashi

—. Es fácil.

—Es duro.

—No me importa. Sinceramente, señora Hua, me encantaría recoger basura con ustedes, y también bebés.

La mujer recogió las cenizas húmedas del suelo sin responder. Habían pasado unos cuantos años desde que su marido y ella habían entregado a las siete niñas que habían encontrado a lo largo de su vagabundeo como recogedores de basura, y no sabía qué seguía acaparando el interés de aquel joven cuando hacía ya tanto tiempo que aquella historia había dejado de suscitar la curiosidad y los chismorreos de la gente. Bashi les preguntaba a

menudo al respecto, pero ella casi nunca le ofrecía una respuesta que lo satisficiera.

—¿El viejo Hua y usted volverían a criar a una niña si se encontraran alguna?

La señora Hua alzó la vista al cielo y meditó la repuesta. Por mucho que lo intentaba —sobre todo por la noche, cuando no podía dormir—, era incapaz de recordar con claridad las siete caras. ¿Cómo podía haber olvidado qué aspecto tenían, si las había criado desde que no eran más que unas pobrecitas criaturas envueltas en harapos, abandonadas en una cuneta?

Sin embargo, la edad le jugaba malas pasadas y empañaba tanto sus recuerdos como sus ojos.

—Es un decir, pero ¿cuidarían de una niñita? —insistió Bashi.

La señora Hua negó con la cabeza.

—Es muy duro. Es una vida muy dura para cualquiera.

—Pero yo podría ayudarles a cuidar de la niña, señora Hua. Tengo suficiente dinero. Y también puedo trabajar. Soy joven.

La señora Hua escudriñó a Bashi con sus ojos nublados por las cataratas. Este enderezó la espalda y se colocó bien el gorro. La señora Hua pensó que el joven que tenía delante no sabía lo que era sufrir privaciones, y así se lo dijo.

—Perdí a mis padres cuando era niño —se defendió Bashi—. Soy tan huérfano como sus hijas antes de que ustedes las recogieran.

La respuesta la cogió por sorpresa y la señora Hua no supo qué contestar. No sabía que Bashi recordara a sus padres.

—Habría sido mejor dejarlas morir —dijo al fin.

—¿Dónde están ahora? —preguntó Bashi—. ¿Qué edades tienen?

—Donde las hayan llevado sus destinos. ¿Dónde si no?

—¿Y dónde es eso? —insistió Bashi.

—Dejamos a tres de ellas con gente que estaba dispuesta a acogerlas como niñas esposas. El gobierno nos quitó a las cuatro más pequeñas y las envió al orfanato porque no éramos los tutores legales. ¿Qué te parece, hijo? —dijo la señora Hua sin darse cuenta de que había alzado la voz—.

Las alimentamos, cucharada a cucharada, las criamos, y luego van y nos dicen que no podemos quedárnoslas. Habría sido mejor dejarlas morir.

Bashi suspiró.

—Esta vida no tiene ni pies ni cabeza, ¿verdad?

La señora Hua no contestó. Bashi lo repitió para sí y dejó la frase suspendida en el aire.

Nini aminoró el paso al acercarse al callejón donde vivían el maestro y la señora Gu. Había conseguido llegar a tiempo a la estación, los operarios le habían dado el carbón y luego la habían espantado de allí. Ninguno parecía apreciarla demasiado, y Nini solía preguntarse si algún día les resultaría tan insoportablemente fea que acabarían cambiando de opinión.

Nunca había sucedido, pero era algo que la preocupaba a menudo.

También le preocupaba la hospitalidad de la señora Gu. En los dos últimos años, la mujer jamás había faltado ni un solo día a su cita al final del callejón, donde hacía esquina con la calle. Se apoyaba con una mano en el tronco de un ciruelo medio muerto y balanceaba las piernas, primero una y luego otra, como si estuviera haciendo ejercicios sin mucho entusiasmo, y cuando la gente pasaba por su lado, ella no los saludaba. Cuando veía a Nini, la señora Gu asentía casi imperceptiblemente y se volvía hacia el callejón, señal inequívoca de que la niña era bienvenida un día más en su casa.

Aquel ritual matutino había empezado poco después de que los padres de Nini la hubieran hecho responsable del abastecimiento de carbón. Como la casa de los Gu quedaba alejada del camino de la joven, la señora Gu había sido la que había ido en busca de Nini una mañana y le había preguntado con mucha educación si le apetecía tomar un pequeño desayuno antes de volver a casa. La extraña oferta despertó las sospechas de Nini, pero como siempre estaba hambrienta le resultó muy difícil rechazarla.

Nini no sabía por qué la señora y el maestro Gu la invitaban a desayunar. Apenas hablaban de ellos, al menos en su presencia. De vez en cuando le preguntaban sobre su familia, pero si Nini se limitaba a responder lo más escuetamente posible, no la presionaban para obtener más información, por lo que la niña concluyó que no tenían mayor interés en el tema que ella. El maestro Gu comía rápido y, mientras esperaba a que Nini

acabara su plato, le hacía una rana de papel con la hoja de calendario que había arrancado y que guardaba bien lisita sobre la mesa. «Para tus hermanas», decía al dejar la rana de papel en su mano, aunque Nini jamás las compartía con ellas. Habría querido guardar todas las ranas de papel, pero no había un rincón en la casa donde poder esconder nada, así que al final las dejaba en el cubo de la basura, de donde las recogía el viejo Hua para después desdoblarlas y vendérselas a la planta de reciclado.

A Nini siempre le preocupaba que algún día el maestro y la señora Gu perdieran el interés por ella y que dejaran de ponerle un cuenco en la mesa.

Por eso, cuando vio que no había nadie junto al ciruelo medio muerto se preguntó si la señora y el maestro Gu no se habrían dormido. También se le ocurrió que podrían estar enfermos, como todos los ancianos, en cuyos cuerpos ya no podía confiarse. Sin embargo, el instinto le dijo que seguramente no querían verla más por allí y decidió acercarse a su casa, aunque solo fuera para cerciorarse.

Se había adentrado varios pasos en el callejón cuando vio que un jeep de la policía iba en su dirección haciendo sonar la bocina con impaciencia.

Nini se echó a un lado y estuvo a punto de torcerse el pie malo. Cuando el jeep salió del callejón, Nini soltó un taco que había oído en el mercado.

Aunque a duras penas comprendía su significado, creía que se ajustaba a su estado de ánimo y solía decirlo. Se entretuvo unos minutos delante de la casa de los Gu y fingió una tosecilla, pero ni la señora Gu ni su marido aparecieron en la puerta para disculparse por su tardanza. Nini empujó la cancela y entró en el patio. El salón estaba a oscuras y habían tapado la ventana que daba al patio con gruesas capas de periódicos viejos para aislar la habitación. Nini escudriñó el interior, aunque no consiguió ver nada a través del papel opaco.

—Señora Gu —llamó en voz baja—. Maestro Gu —insistió, esta vez un poco más alto.

Al ver que nadie respondía, intentó abrir la puerta y esta cedió sin hacer ruido. El salón, en penumbra y frío, estaba alumbrado por una franja de luz anaranjada que se proyectaba desde el suelo, procedente de la puerta medio entornada del dormitorio.

—Señora Gu —llamó Nini—, ¿se encuentra bien?

La puerta del dormitorio se abrió y la señora Gu apareció en el marco, una silueta oscura.

—Vete a casa, Nini —dijo con voz impersonal—. Ya no te debemos nada. No vuelvas por aquí nunca más.

Nini llevaba toda la vida esperando momentos como esos. No le sorprendió, sino que la alivió. No se había equivocado: la gente cambiaba de opinión cada dos por tres y a menudo sin motivo. Se mordió el interior del moflete con fuerza y no se movió. Estaba tan oscuro que no veía la cara de la señora Gu, pero la anciana no tardaría en acercarse a ella, cogerla por los brazos y echarla por la puerta, así que su pequeño cuerpo se tensó a la espera de lo inevitable. Se preguntó si el contacto de las manos de la señora Gu en su cara tendría un tacto distinto de los bofetones de su madre.

—Nini —dijo con voz más amable el maestro Gu, que apareció detrás de su esposa.

Pasó junto a la mujer y se hizo con la cuerda que la niña llevaba al hombro. Nini dejó que cogiera la cesta y lo siguió hasta un viejo escritorio que hacía las veces de encimera de cocina y de mesa de comedor. No había ni gachas ni col en vinagre. El maestro Gu miró a su alrededor y, antes de que pudiera abrir la boca, se oyó el gemido apagado de la señora Gu en el dormitorio. El hombre se frotó las manos.

—La señora Gu no se encuentra bien hoy —dijo—. Ahora vengo, espera aquí.

Nini asintió. Cuando el maestro Gu cerró la puerta detrás de él, la niña miró dentro de los dos cajones que el escritorio tenía en uno de los lados.

Gracias a la débil luz que se colaba a través de los periódicos que tapaban la ventana, Nini vio que el primer cajón estaba lleno de palillos, cuchillos, cajas de cerillas, velas, pilas usadas y otras fruslerías. Lo cerró sin hacer ruido y abrió el otro: varios lápices, una caja de terciopelo negro, papel para borrador, una libreta gruesa en la que había pegados muchos recibos y un pasador de plástico. Nini abrió la caja; dentro encontró una pluma y acarició su suave superficie azul oscuro antes de volver a dejarla en su sitio. Luego cogió el pasador y se lo metió en el bolsillo. La señora Gu se lo merecía. Las dos gallinas, en silencio y ajenas al interés de Nini, escarbaron el suelo y cacarearon. Sobresaltada, la niña estuvo a punto de soltar un grito. Al ver que no acudía nadie, echó un vistazo a la libreta.

Había un recibo suelto, que también fue a parar a su bolsillo, justo antes de que el maestro Gu saliera del dormitorio. El hombre encendió la lámpara y Nini parpadeó ante la súbita crudeza de la luz. El maestro Gu se acercó al armario para sacar una lata de galletas.

—Nini, llévate las galletas —dijo el anciano—. Para ti y tus hermanas.

Nini miró al maestro Gu, pero en los ojos del hombre, cansados y tristes, no parecía reflejarse la presencia de la niña. Pensó en el recibo que llevaba en el bolsillo y que el anciano acabaría echando en falta, y se dijo que si el maestro Gu decía unas cuantas palabras amables para disculparse por la señora Gu, ella encontraría el modo de devolverlo al cajón o de dejarlo caer junto a la puerta.

El hombre no se percató de la vacilación de la niña y recogió la cesta.

—La señora Gu no se encuentra bien últimamente y no le apetece verte por aquí en unos cuantos días —dijo empujando a Nini con delicadeza hacia la puerta—. No vuelvas a visitarnos hasta que la señora Gu esté mejor.

Una vez en la calle, Nini abrió la lata y se llevó una galleta a la boca.

Tenía un sabor dulzón y estaba pasada. El maestro Gu también había cambiado de opinión y la había echado con una caja de galletas que debía de llevar siglos en el estante. Nini sacó el recibo del bolsillo y miró el sello rojo oficial. No sabía leer, pero un sello rojo debía de significar algo importante, y eso la alegró. Lo arrugó, hizo una pelota de papel y lo arrojó al cubo de basura que encontró más cerca. Sacó otra galleta. Había empezado a mordisquearla y a caminar despacio de vuelta a casa cuando alguien le dio unos suaves golpecitos en el hombro.

Nini se volvió y vio un rostro conocido, el del joven que se pasaba casi todos los días dando vueltas por el mercado. Nini retrocedió un paso y lo miró.

—Te llamas Nini, ¿verdad? —dijo el joven exhibiendo unos dientes amarillos y torcidos. La niña asintió con la cabeza—. Debes de preguntarte por qué sé cómo te llamas —continuó el joven—. ¿Quieres saber por qué sé cómo te llamas? —Nini negó con la cabeza—. Y tienes cinco hermanas.

¿Quieres saber qué más sé de ti?

La niña se quedó mirando al joven, sin responder. Cualquier otro día, de otro humor, puede que le hubiera preguntado quién se creía que era para

meterse en los asuntos de los demás. Había oído hablar de aquella manera a los adultos y creía haber dado con el tono correcto: impaciente y autoritario. Al menos sus hermanas parecían intimidadas cuando se dirigía a ellas de aquel modo. Podía dejar al joven sin palabras y avergonzado, pero ese día no estaba de humor. Lo único que quería era morderse el interior del moflete hasta sentir el sabor de su sangre.

—Si tu madre da a luz a otra niña, tus padres se convertirán en el emperador y la emperatriz del cielo, ¿sabes por qué? —Nini negó con la cabeza—. Solo el emperador y la emperatriz del cielo han dado a luz a siete hijas, las siete hermanas hadas —continuó Bashi—. ¡Ja! —El hombre esperaba que a Nini también le hiciera gracia y se sintió decepcionado al ver que no era así—. Me llamo Bashi, Ochenta.

Mira que es raro tener un número por nombre, pensó Nini, y se preguntó si tendría hermanos y hermanas y si estos se llamarían Setenta, Sesenta o Cincuenta.

—¿Sabes por qué me llamo así? —preguntó Bashi, como si hubiera adivinado qué estaba pensando Nini—. Porque me comí ochenta bolas de masa el día que nací. —Ella sabía que era broma, pero no le hizo gracia y decidió no sonreír—. ¿Eres muda? —continuó él.

—Claro que no. Qué pregunta más tonta.

—Bueno, sabes hablar. ¿Cuántos años tienes?

—No es asunto tuyo —contestó Nini.

—Yo tengo diecinueve, bueno, diecinueve y un cuarto. Nací en julio, el siete de julio, un día importante porque nací yo. ¿Has visto alguna vez un libro de historia? Salen los nacimientos de las personas importantes y algún día también aparecerá el mío.

Nini se cambió la cesta de carbón al otro hombro. Sabía muy bien que no debía hacerle caso, pero hasta entonces nadie se había molestado en hablar con ella tanto rato.

—¿Cuántos años tienes? Si no me lo dices, tendré que adivinarlo.

—Doce —dijo Nini, sin saber por qué a aquel hombre le interesaba tanto su edad.

—¿Doce? Maravilloso.

—¿Qué tiene de maravilloso?

Bashi se quedó confundido ante la pregunta de la niña.

—¿Quieres venir conmigo a charlar un rato? —preguntó.

—¿Por qué?

Bashi se rascó la cabeza con fuerza y Nini vio una lluvia de enormes escamas de caspa.

—Si vienes a charlar conmigo no tendrás que darte esa caminata hasta la estación para recoger carbón. Lo que haces se llama robar, seguro que ya lo sabes. Que nadie haya dicho una palabra hasta ahora no significa que no acaben deteniéndote algún día. Espera y verás. Cualquier día puede que vengan y te acusen de robar al Estado. «Qué lástima», dirá la gente. «Una niña tan guapa y mira en qué lío se ha metido.» ¿Quieres que te detengan por ladrona? ¿Y que te paseen por la ciudad en una jaula para que la gente te tire piedras? —preguntó Bashi—, Tenemos mucho carbón en casa. Vivo con mi abuela y a ella le gusta hablar con niñitas como tú. Podríamos comprar carbón de más para que te lo llevaras a casa y ni siquiera tendrías que decírselo a tus padres. Piénsatelo, ¿de acuerdo?

Nadie había utilizado la palabra «guapa» para referirse a ella y, por un instante, Nini se preguntó si aquel hombre no sería ciego. Sin embargo, aquel tipo tenía razón, lo que ella hacía era ilegal. No se le había ocurrido antes, pero en ese momento se preguntó si no la mandarían a buscar carbón precisamente por eso. Se imaginó a la policía llegando a casa para arrestarla. Para sus padres sería un alivio y sus hermanas lo celebrarían porque tendrían que competir con una boca menos en la mesa. Quizá el maestro Gu y su esposa ni siquiera se preguntarían qué había sido de ella.

Los vecinos y los extraños se congratularían por la suerte de poder sacarse de encima a la niña fea de una vez por todas. Nadie la echaría de menos.

Bashi volvió a insistir en que sopesase su oferta. Nini no comprendía por qué la gente decidía tratarla bien o, lo que era más habitual, mal.

Imaginó una casa con unos trozos enormes y enteros de carbón. Varios hombres y mujeres pasaron por su lado, todos vestidos con sus mejores chaquetas mao y llevando pancartas de colores llamativos en sus manos enguantadas. Algunos miraron al acompañante de Nini con desdén, aunque la mayoría de ellos prefirió ignorarlo. A Bashi no solo no pareció afectarle, sino que además les sonrió y los saludó.

—Buenos días, tíos y tías. ¿Hay desfile hoy? ¿Por la ejecución? —

preguntó—. A todo esto, ¿quién es la mujer? ¿Alguien sabe qué ha hecho?

—Al ver que ningún adulto respondía, Bashi se volvió hacia Nini—. Van a ejecutar a alguien. A una mujer. Piénsatelo: no puedes cometer un crimen y creer que escaparás sin castigo. —Bajó la voz para añadir—: ¿Qué?

¿Quieres venir a charlar conmigo?

—¿Adónde?

—Ven conmigo. Puedo enseriarte mi casa ahora.

Nini negó con la cabeza. Era tarde y su madre estaría maldiciéndola, a ella y a su pierna mala, por tardar tanto.

—Tengo que irme a casa —contestó.

—¿Estarás libre después de desayunar? Te esperaré corriente arriba, junto al viejo sauce. ¿Sabes dónde digo?

El sauce era un árbol viejo y retorcido, con una copa llena de ramas como el cabello de una loca. Quedaba bastante lejos de la casa de Nini; había que atravesar media ciudad y pasar el bosque de abedules que crecía junto a la orilla hasta que dejaban de verse las bajas hileras de casas y empezaban a asomar las altas chimeneas de la planta eléctrica. Nini había estado allí antes de que naciera Sextita. Entonces todavía no se encargaba de la mayoría de las tareas que hacía ahora y a veces la enviaban allí, en primavera, para arrancar brotes de dientes de león y bolsas de pastor. En primavera y a principios de verano su familia se alimentaba de hierbas comestibles, que hervían en ligua y salaban a conciencia. Las comían incluso cuando acababa la temporada, hasta que los filamentos amargos y duros se les metían entre los dientes. El recuerdo hizo que a Nini se le llenara la boca de sabor a hierbajo.

—¿Qué me dices? —insistió Bashi. La miraba como si el rostro de la niña fuera como el de cualquier otra y no tuviera la boca torcida Inicia la izquierda ni los ojos curvados en la misma dirección. Y aunque la mano y el pie izquierdos también estaban afectados, parecía que el joven tampoco había reparado en ello—. ¿Vendrás? —Nini asintió ion la cabeza—. Genial

—se alegró Bashi.

Metió la mano en la lata de galletas que Nini sujetaba y se llevó el dulce a la boca antes de alejarse.

El maestro Gu encendió el fuego y vertió agua sobre el arroz sobrante.

Se quedó mirando la llama amarillenta que acariciaba el fondo de la cazuela. El murmullo del agua era un bálsamo hipnotizador.

—Un grano de arena es tan perfecto como un mundo —le dijo al fuego, aunque en voz tan baja que solo lo captaron sus oídos.

Le reconfortaba la idea de que alguien sentado más allá de las nubes pudiera estar observando aquel pequeño capullo de dolor en que su mujer y él estaban atrapados. Su sufrimiento sería tan minúsculo e irrelevante ante aquellos ojos de las alturas como el trozo de carbón ante los suyos, un ascua encendida que pronto se enfriaría y se convertiría en una bola gris de ceniza.

El agua arrancó a hervir y la tapa de la cazuela dejó escapar suspiros de vapor blanquecino. El maestro Gu removió el arroz y luego se sentó a la mesa. No se oía nada en la habitación, por lo que se preguntó si su mujer se habría dormido. Hacía un rato que había llegado acompañada de dos policías, que habían proferido serias amenazas antes de quitarle las esposas.

El hombre temió que se pusiera histérica, pero la mujer había mantenido la compostura hasta que llegó Nini, la última persona en el mundo que debería ser objeto de la ira de su mujer.

Las manos del profesor Gu tantearon la mesa, como si fueran las de un hombre ciego. Con los años, había adquirido la costumbre de ocuparlas con cualquier cosa que cayera en ellas; tal vez fuera el síntoma de algún problema psicológico alarmante, pero él intentaba no darle demasiadas vueltas. Aparte de un cuenco con la sopa que había sobrado, no había nada encima de la mesa. Otro ritual infringido que se iba con Nini y la rana de papel hecha con la hoja del calendario, pensó el maestro Gu. Había empezado cuando Shan tenía catorce años, una joven de la Guardia Roja dispuesta a comerse el mundo. El hombre doblaba papel de manera compulsiva; los dedos ocupados le ahorraban el dolor de ver cómo su hija se transformaba ante sus ojos en una extraña con un corazón de piedra. Un día, a principios de verano, a la hora del desayuno, mientras Shan le sermoneaba advirtiéndole que debía rendirse a las juventudes revolucionarias en vez de seguir resistiéndose en silencio, el hombre hizo

saltar la rana de papel y esta aterrizó en las gachas a medio terminar de su mujer. Ni el maestro Gu ni su esposa retiraron la rana, y el hombre supo que jamás volverían a reír juntos, en familia. Esa misma mañana, cuando llegaron los jóvenes amigos revolucionarios de Shan, ella les propuso salir a «patear unos cuantos culos contrarrevolucionarios». Con qué facilidad había dejado escapar unas palabras tan vulgares aquella hija a la que había enseñado a recitar poesía de la dinastía Tang desde que era niña. Poco después alguien apareció en el colegio donde trabajaba el maestro Gu para informarle de que, además de patear culos, Shan también había golpeado la barriga de una mujer embarazada de ocho meses. El maestro Gu se escondió en su despacho y escribió un largo ensayo, una meditación sobre el fracaso de la poesía como arma educativa en una era apoética. Cuando hubo acabado y releído el ensayo, lo arrojó al fuego e hizo de tripas corazón para enfrentarse a su esposa, con quien compartía la responsabilidad de haber traído al inundo a una asesina en cierne.

El maestro Gu no alcanzaba a comprender cómo Shan había conseguido escapar a las consecuencias de su acción. Su esposa empezó a sufrir crisis nerviosas y lloraba a menudo, sobre todo a primera hora de la mañana, o a veces en medio de una comida insípida. ¿Qué había hecho mal para merecer a Shan?, le preguntaba su mujer.

Acaso el cielo los castigaba por haber estado casados anteriormente v, por tanto, haber mancillado su matrimonio? El maestro Gu habría querido recordarle que aquellas ideas eran mera superstición, pero también la había perdido a ella, convencida erróneamente de ser la responsable de los crímenes que cometía su hija. Ante la muda desaprobación del maestro Gu, su esposa se convirtió en una mujer estúpida y mediocre que trataba de encontrar una explicación a todas las calamidades y fracasos, como si el mundo pudiera explicarse y la vida debiera tener sentido para continuar viviendo.

El maestro Gu negó con la cabeza y se dijo que no era mejor que ella.

Era un hombre que se había dejado engañar como un tonto por sus propios deseos. Cuando conoció a su mujer, esta acababa de dejar de ser una de las cinco esposas de su anterior marido. Fue la única que abandonó la familia por voluntad propia cuando el recientemente establecido gobierno comunista prohibió la poligamia. Los funcionarios estatales tuvieron que

desalojar a las demás esposas a la fuerza. También fue la primera que se apuntó a las clases del maestro Gu para mujeres analfabetas. Ese año la joven cumplía los dieciocho, tenía una cabellera negra y suave como la seda, mejillas de melocotón y unos ojos tan profundos como dos pozos insondables. Cuando el maestro Gu decidió casarse con ella, la gente del lugar le advirtió de que la joven había nacido con un rostro malhadado.

«Mira sus pómulos, demasiado altos, o los labios, demasiado finos», dijeron. Él ignoró aquellos comentarios. Había tenido la desgracia de perder a sus padres a los doce años, y de que un tío la vendiera con catorce como medio esposa y medio criada a aquel otro marido, para que sirviera a un hombre que le sacaba cuarenta años, pero el maestro Gu no quería ni oír hablar de todo aquello. El marido y la mujer eran aves que compartían el mismo destino…, o al menos eso decían los viejos poemas. ¿Sería por eso por lo que se habían convertido en marido y mujer? El día de la boda, la primera esposa del maestro Gu le envió un telegrama. «Manteneos vivos mutuamente con vuestra propia agua», decía el mensaje. El maestro Gu lo escondió a pesar de que su nueva esposa todavía no sabía leer los caracteres. Jamás le habló de esa bendición ni de la fábula que se escondía detrás de aquellas pocas palabras: dos peces, marido y mujer, estaban varados en un charco y competían por tragar toda el agua posible antes de que éste se secara bajo el sol abrasador, y se daban agua el uno al otro durante su larga agonía para alargar sus vidas.

No era de sorprender que el maestro Gu y su primera mujer, enamorados como estaban, hubieran deseado ser los dos peces de la historia, ni tampoco extrañaba que aquel deseo, junto a otros sueños y planes, quedara sin formular al final del matrimonio. Nada había ido mal salvo que, tal como ella había expresado en la petición de divorcio, su matrimonio no estaba a la altura de las exigencias de la nueva sociedad; ella, miembro modélico del Partido Comunista, y él, intelectual contrarrevolucionario que había trabajado para el gobierno nacionalista en calidad de experto en educación. Ella permaneció en la universidad después del divorcio, la primera mujer profesora de matemáticas de la zona triprovincial, que después sería ascendida a rectora de una prestigiosa universidad de Pekín. Él, fundador del primer instituto al estilo occidental de la provincia, fue relegado a la enseñanza primaria local. Si marido y

mujer debían ser aves con un mismo destino, entonces él no era un buen partido para su primera mujer. Le deseó la mejor de las suertes para que encontrara un marido apropiado a su posición, alguien a quien el partido viera con buenos ojos o, incluso mejor, designado por el partido. Sin embargo, ella permaneció soltera y no tuvo hijos; él nunca reunió el valor suficiente para preguntarle por qué. Se escribían una o dos veces al año, aunque se decían poco en las cartas porque él creía no tener nada, o no demasiado, que contarle. Las de ella eran simples saludos para él y su familia, y el maestro Gu ni se atrevía a imaginar la angustia que debía de ocultarse bajo aquella amable cortesía.

Ll primer matrimonio del maestro Gu había durado tres años y lo que él recordaba eran muchas de sus charlas intelectuales. Incluso durante la luna de miel habían pasado más tiempo leyendo y discutiendo sobre Kant que divirtiéndose juntos en la playa. Al inicio del segundo matrimonio, algunas noches observaba a su joven esposa mientras dormía y albergaba la esperanza de que algún día le ofrecería algo más que su belleza física y podría compartir con ella su vida intelectual. El tenía treinta y dos años y todavía era demasiado joven para comprender cuán ilimitados eran los deseos de los hombres o el desatino de tamaña codicia.

Cuando por fin consiguió conciliarse con lo que podía esperar de su joven esposa, no la amó menos. Se sintió más responsable de ella, ya no solo como marido y hombre, sino también como padre y educador. Siempre había pensado en ella como en su primera hija, incluso antes de Shan y de las otras criaturas que no sobrevivieron. El primogénito, un niño, vivió tres días, y cuando Shan tenía dos años, volvieron a embarcarse en un nuevo intento que acabó en aborto. Después de aquello se rindieron y dieron gracias por tener a Shan, una niña preciosa, sana y fuerte.

El maestro Gu pensaba que quizá con un hijo habría sido diferente, un hijo que se habría convertido en un joven inteligente, alguien con quien mantener verdaderas conversaciones. Un hijo se haría cargo de sus padres en un día tan aciago y todos los que vinieran después. Sin embargo, era una tontería desear algo en vano. Lo mejor que podía hacer era poner freno a aquellos desvaríos irracionales, así que abrió el cajón. No había repasado las cuentas desde el día anterior.

Pasó las hojas de la libreta con cuidado, pero no encontró el recibo por ninguna parte. Repasó mentalmente aquel día: los dos funcionarios, no del todo descorteses, y la copia rosa, amarilla y blanca del recibo que habían sacado. El maestro Gu jamás habría imaginado que su mujer y él tendrían que pagar la bala que acabaría con la vida de su hija, pero para qué cuestionarse aquel disparate cuando no le correspondía a él cuestionar nada. Suspiró y contó el dinero de la bala, veinticuatro céntimos, para dárselo a los dos hombres. Lo que valían dos lápices, o unas cuantas espigas de trigo, que era lo que solía comprar para sus alumnos más pobres.

Recordaba haber doblado el recibo por la mitad y haberlo metido en la libreta cuando su esposa volvió del mercado con una col y un rábano en la bolsa de red. En el callejón, la señora Gu no les había preguntado nada a los dos hombres que salían de casa; tal vez no los había visto o quizá había adivinado de quiénes se trataba. El maestro Gu y su esposa no habían hablado de Shan desde el rechazo de la apelación.

Volvió a repasar la libreta. Su mujer nunca la tocaba, pues le confiaba los asuntos económicos, y él no la había abierto desde la noche anterior.

«Debe de haberse ido a pasear con un espíritu», le dijo una voz familiar, y el maestro Gu quedó paralizado por unos instantes, hasta que comprendió que era la de su antigua niñera. La mujer había servido en casa de sus abuelos y lo llamaba «joven amo», aunque en realidad era como su madre.

Su verdadera madre había ejercido de directora de un internado para chicas y pasaba la mayor parte del tiempo recaudando fondos para que las alumnas procedentes de familias pobres pudieran alcanzar la educación secundaria. «Tu madre es más competente que un hombre», recordaba que le decía admirada la niñera, que, como las mujeres de su generación y sus mismos orígenes, no había recibido ninguna educación, aunque tenía teorías y explicaciones para el acontecimiento más trivial de la vida. Una horquilla que no estuviera en su sitio debía de estar dándose un paseo con un espíritu, igual que una moneda perdida o un soldado de plomo desaparecido. Los espíritus devolvían a veces los objetos huidos, pero en lugares distintos porque eran entes olvidadizos, lo que también explicaba la desaparición permanente de otros objetos. Tenía una voz ronca y aseguraba que era porque se había hartado a llorar a su marido y a sus hijos, fallecidos durante una epidemia de cólera. Cuando hablaba de su familia decía que se

habían ido para saldar sus cuentas, como si sus muertes hubieran sido otro suceso normal y corriente que necesitaba una explicación sencilla.

El maestro Gu cerró los ojos y en su sopor tuvo la sensación de haber sido devuelto a la infancia, mientras asentía con la cabeza ante las historias que la niñera le contaba de manera pausada.

Se abrió la puerta del dormitorio y su esposa se acercó corriendo a los fogones y retiró la cazuela del fuego antes de que el maestro Gu pudiera guardar la libreta. Hacía rato que las gachas habían dejado de borbotar y el salón se había impregnado de un olor denso y ahumado. El anciano miró a su esposa para disculparse, pero ella retiró la mirada y sirvió la comida para ambos, la parte menos quemada para él y el fondo chamuscado para ella.

Comieron en silencio, sin saborear la comida. Cuando ambos hubieron acabado, la señora Gu se levantó y lavó los cuencos. Él esperó a que terminara.

—Nini no tiene la culpa de nada. No deberías tratarla así. —Las palabras, una vez en sus labios, sonaron más acusadoras de lo que deseaba.

Su esposa lo fulminó con la mirada—. Lo que quiero decir es que, después de todo, nosotros le hemos hecho más daño a ella y a su familia que ellos a nosotros —insistió intentando suavizar el tono de voz.

—Forman parte de aquellos que celebrarán el asesinato de tu hija —

contestó su mujer—. ¿Por qué tenemos que sentirnos en deuda con los demás cuando a nosotros se nos debe más que a nadie?

—Lo que poseo es mi fortuna, lo que se me debe es mi destino —

contestó el maestro Gu.

Las palabras le parecieron balsámicas y las repitió una vez más para sí, en voz baja y cantarina. Su esposa no respondió y se encerró de nuevo en el dormitorio.

Nini dio cuenta de todas las galletas y se deshizo de la lata antes de abrir la cancela. A diferencia de la mayoría de las familias de Río Turbio, la suya no disponía de un cobertizo rudimentario en el patio. Volcó el carbón en un cajón de madera cubierto con una lona vieja. La gallina blanca, una de las dos que tenía la familia, agitó las alas y se subió al cajón

de un salto. Nini le dio un manotazo y el ave revoloteó hasta el suelo.

Criatura metomentodo donde las hubiera, la gallina blanca iba todas las mañanas a comprobar el suministro de carbón, como si la madre de Nini le hubiera encargado el trabajo de supervisarla. La niña la reprendió en voz baja y le dijo que se metiera en sus asuntos. La gallina blanca, inmutable, se alejó con aire despreocupado.

En el salón, que hacía las veces de cocina, la madre de Nini estaba cocinando algo con aceite caliente y la niña arrugó la nariz ante aquel olor tan poco habitual. La otra gallina de la familia, un ave marrón no tan diligente como la blanca en la puesta de huevos, agitó las alas al ver entrar a Nini, aunque las patas, unidas y atadas a un taburete, le impedían alejarse demasiado. Sin volverse a mirar a Nini, su madre alzó la voz para que se la oyera por encima de la sartén chisporroteante y le preguntó por qué había tardado tanto. Temiendo la ira de su madre y que la castigaran sin desayuno, Nini le explicó entre titubeos que había tenido que esperar mucho en la estación, pero la mujer ni siquiera pareció prestarle atención.

En el dormitorio, el padre y las hermanas de Nini estaban sentados a la mesa, alrededor del lecho de ladrillo. La pequeña mesa de madera para la cama era el único mueble decente que poseían. El resto de la casa estaba lleno de cajas de cartón que les servían de armarios, arcones y demás mobiliario. El lecho de ladrillo era donde tenían lugar las reuniones familiares y la mesa para la cama servía para comer, de escritorio para que sus hermanas hicieran los deberes y para trabajar. El padre de Nini trabajaba en la fábrica de metales pesados y su madre empaquetaba ginseng y setas en la sección de comerció al por mayor del Departamento de Agricultura. A duras penas ganaban lo suficiente para dar de comer a Nini y a sus cinco hermanas, por lo que heredaban la ropa en orden descendente: de los padres pasaba a Nini y luego al resto de las niñas. Todas las noches, la familia se reunía alrededor de la mesa para la cama y doblaba cajas de cerillas para ganar un dinerillo extra. Incluso la pequeña de tres años tenía asignada una tarea. Aparte del bebé, Nini era la única que no participaba en aquella actividad. La mano mala la incapacitaba para tal trabajo y muchas veces se le recordaba que no solo estaba viviendo del sudor y el esfuerzo de sus padres, sino también del de sus hermanas pequeñas.

Habían avivado el fuego en el vientre del lecho de ladrillo. El padre de Nini tomaba pequeños sorbos de licor de ñame barato en una taza, aunque no parecía tan taciturno como cuando bebía por las noches. La madre apareció con un plato de pan frito. Nini se quedó sorprendida al encontrarse con un desayuno tan poco habitual.

—Vamos. —Su padre le hizo un gesto para que se acercara—. Si no espabilas, nos comeremos tu ración —le dijo.

Sus hermanas se rieron tontamente, al principio con cierto nerviosismo, pero luego se envalentonaron al ver que su madre ni les gritaba ni les mandaba callar. Incluso Sextita gorjeaba feliz y contenta. El padre de Nini mojó el extremo de sus palillos en la taza y luego vertió unas gotas de licor en la boca del bebé. La madre de Nini se escandalizó y le dijo que se detuviera, si bien con voz alegre y aprobatoria. Las pequeñas de tres y cinco años protestaron porque también querían probarlo, y su padre les dio unas gotitas. Las dos mayores, que ya iban al colegio, no pidieron nada, pero se sentaron cerca de su padre. Hacía poco que habían empezado a competir por su atención; la segunda incluso corría para ir a buscarle las zapatillas y el té cuando llegaba a casa. Sin embargo, por mucho que intentara sustituir a su madre en los cuidados de su padre, Nini sabía que la pobre no podía hacerle sombra a la tercera. La niña de ocho años era el barómetro del humor de su padre: cuando estaba de buen humor, ella se comportaba como si fuera el único amor del hombre y exigía más atención con lloriqueos suaves y gestos íntimos; cuando su padre estaba de mal humor, se volvía reservada y andaba de puntillas por la casa.

Nini subió a la cama y se acurrucó en un rincón de la mesa, lo más alejada posible de su madre.

—¿Qué le ha pasado a la gallina marrón? —le preguntó a la mayor de sus hermanas.

—Esta noche guisaremos la gallina para celebrarlo —contestó su madre

—. Nos chuparemos los dedos. «A todo aquel con quien se ha cometido una injusticia le llega el día del desagravio.» Me alegro de que por fin haya llegado ese día.

Cada primavera, los campesinos de las montañas bajaban a Río Turbio con cestas de bambú llenas de pollitos amarillos y esponjosos que no dejaban de piar y picotear por todas partes. Los niños pequeños pedían sin

demasiadas esperanzas que les compraran uno o dos para tenerlos de mascotas y se sorprendían cuando sus padres acababan comprando diez o quince. Los pollitos morían con facilidad y partían el corazón de muchos niños, pero, con suerte, al llegar el verano unos cuantos seguían con vida, entre ellos una gallina o dos que pronto empezarían a poner huevos. Los padres de Nini no tenían dinero para comprar muchos pollitos, así que les encargaban a sus hijas que los vigilaran en primavera para que no se los comieran los voraces gatos callejeros. Por las noches, mientras Nini preparaba la cena para todos, sus hermanas ayudaban a los vecinos a reunir a las gallinas. A veces había familias a las que a finales de verano les sobraba un pollo y se lo daban a la de Nini. La transacción se fundamentaba en la confianza y la comprensión, pero a los vecinos no solían quedarles pollos al acabar la temporada y no se podía culpar a nadie de ello.

Nini pensó en la gallina marrón, a la que le gustaba picotear a su alrededor mientras lavaba la ropa de la familia en el patio, cuando el tiempo lo permitía. No le sorprendió que su madre prefiriera sacrificarla en vez de la blanca. Nini nunca había probado el pollo y desearía que no fuera la gallina marrón la primera que iba a comer.

El padre se sirvió otra taza de licor. A pesar de lo mucho que bebía, trataba bien a la madre y nunca le pegaba, como hacían con sus esposas otros bebedores del barrio. Salvo a la de ocho años, el hombre casi siempre ignoraba a sus hijas. Suspiraba a menudo y a veces lloriqueaba mientras bebía a solas, de noche, cuando creía que las niñas se habían dormido. Esas noches Nini lo miraba de soslayo desde su rincón de la cama. Su madre lo dejaba en paz, como si aquellas lágrimas no existieran, y seguía doblando cajas de cerillas en silencio.

—Oídme bien —dijo la madre de Nini—: sed siempre amables con los demás. El cielo vigila a los mezquinos, que nunca escapan a su castigo. —

Las hermanas de Nini asintieron con energía. La madre dejó el trozo de pan frito más grande en el plato del padre, con afecto—. Esa mala pécora de Gu es un ejemplo —prosiguió—. Que os sirva de lección.

—¿Quién es esa mala pécora? —preguntó la niña de ocho años.

La madre de Nini sirvió más licor a su marido y se puso una taza para ella. Nini nunca la había visto probar el alcohol, pero la mujer tomó un

sorbo y lo saboreó.

—Nini, no pienses que tus padres son injustos contigo y te hacen trabajar como una esclava. Todo el mundo tiene que ser útil de un modo u otro. Tus hermanas se casarán cuando sean mayores y sus maridos cuidarán de ellas el resto de sus vidas. —La niña de ocho años sonrió abiertamente a Nini de un modo tan altivo que esta deseó abofetearla—. Sin embargo, tú no encontrarás a nadie que quiera casarse contigo —continuó la madre—, así que debes sernos útil a tu padre y a mí, ¿lo entiendes? —Nini asintió con la cabeza y aplastó la mano mala bajo la pierna. Le gustaba sentarse encima de ella hasta que se le dormía. En esos momentos la mano era como la de cualquier otra persona y tenía que tocarse los dedos para cerciorarse de que seguían allí—. Alguien nos maldijo contigo, Nini, y por eso no hemos tenido ningún niño en la familia, pero hoy quien nos hizo eso recibirá su merecido. El maleficio se ha roto y vuestro padre y yo pronto tendremos un varón —anunció la madre, y el padre alargó una mano para acariciarle la barriga. La mujer le sonrió antes de volverse hacia las niñas

—. Todas habéis oído hablar del acto denunciatorio de hoy, ¿verdad? —

preguntó. Las niñas de ocho y diez años contestaron que ellas iban a ir con su colegio y a la madre de Nini pareció satisfacerle la respuesta—. Tú también irás, Nini. Llévate a Cuartita, Quintita y Sextita al estadio del Viento del Este.

Nini pensó en el joven de la calle, aquel tal Bashi, y en el sauce que había después del bosque de abedules, junto a la orilla del río.

—¿Por qué, mamá? —preguntó la niña de ocho años.

—¿Por qué? Porque quiero que todas mis hijas vean lo que le ocurre a esa mala pécora —contestó la madre, y dividió su trozo de pan en cuatro partes, que repartió entre las niñas. Nini y el bebé quedaron excluidas.

El padre dejó la taza en la mesa. Tenía el rostro sonrosado y parecía incapaz de fijar la vista.

—Oíd la historia que voy a contaros y que espero que no olvidéis.

Vuestra madre y yo crecimos juntos en un pueblo de la provincia de Hebei, donde todavía viven vuestros tíos y tías. Vuestra madre y yo… nos enamoramos cuando íbamos al colegio.

La niña de diez años miró a la de ocho y ambas soltaron unas risitas, la menor con más descaro que la mayor. La madre de Nini se ruborizó.

—¿Para qué les cuentas esas cosas? —dijo la mujer, y por un instante a Nini se le antojó que su madre parecía otra persona, tímida como una jovencita.

—Porque quiero que mis hijas sepan lo que hemos pasado juntos —

contestó el padre de Nini. Levantó la taza y olió el licor antes de volverse hacia las niñas—. Si ahora volvierais a nuestro pueblo, oiríais que la gente sigue hablando de nuestra historia de amor. Cuando teníamos catorce años, vuestra madre fue a Mongolia Interior a visitar a su tía. Estuvimos carteándonos todo el verano y entre los dos gastamos más sellos que los que había utilizado todo el pueblo en un año. El cartero dijo que nunca había visto nada igual en los años que llevaba trabajando.

—Sé sincero, ¿de dónde sacabas el dinero para los sellos? —preguntó la madre de Nini—. Yo cogía dinero del cajón de mi tía y jamás me atreví a preguntarle si llegó a echar en falta aquellos billetes.

—Robaba cable de cobre en la planta eléctrica, ¿recuerdas?, la que había junto a ese pueblo, el Nogal. Y lo vendía.

Sin duda era la primera vez que la madre de Nini oía aquello, porque su mirada se dulcificó y se volvió tan ensoñada como la de su padre.

—Me sorprende que no te pillaran —dijo la mujer—, o que no te electrocutaras.

—Si me hubiera electrocutado, ¿quién haría que saltaran chispas ahora?

—contestó el padre de Nini, ahogando una risotada.

—No hagas esas bromas delante de las niñas —replicó ella ruborizándose de nuevo.

El hombre se echó a reír y se llevó un trozo de tofu en vinagre a la boca. El licor los hacía osados en su feliz inconsciencia. Nini los miró y luego apartó la mirada, fascinada e incómoda a la vez.

—El padre de vuestra madre, vuestro abuelo, hacía tofu, y mi padre era el mejor granjero de la zona y ganaba lo suficiente con su trabajo para poder comprar tierras.

—No lo olvidéis: mi padre era un honrado productor de tofu —lo interrumpió la mujer— y nunca engañó a nadie en toda su vida.

—Pero entonces esa joven, Gu Shan, dijo que vuestros abuelos eran capitalistas y terratenientes. La chica era una cabecilla de los Guardias Rojos y fue con un grupo de jovencitas a pegar a vuestra madre. Vuestra

madre estaba embarazada de Nini, y esa joven le dio patadas en la barriga.

Por eso vuestra hermana nació así.

Las niñas de ocho y diez años miraron a Nini furtivamente; Sextita balbuceó algo y le cogió la mano para morderla. Nini levantó al bebé y le dio un trocito de pan frito.

—¿Por eso se celebra hoy el acto denunciatorio? —preguntó la niña de ocho años, tras un largo silencio.

—No —contestó la madre de Nini—. ¿A quién iba a importarle lo que nos hizo a nosotros? Nadie se acuerda de nuestra desgracia porque somos gente insignificante. Pero no pasa nada, porque de un modo u otro acabará haciéndose justicia. Tan pronto eres una cabecilla de los Guardias Rojos como una contrarrevolucionaria en espera de una bala. Me da igual por qué la condenen, lo que me alegra es saber que hoy saldará sus deudas.

Nini estrechó al bebé contra sí y Sextita le pasó la mano por la mejilla hasta que sus deditos se detuvieron en la oreja de Nini para darle un tirón, un gesto que las reconfortaba.

—He estado pensando… —dijo la madre de Nini al cabo de un rato, con voz más tranquila—. Mañana iré a hacerme la permanente. Muchas de mis compañeras se la han hecho.

—¿Será seguro para el bebé? —preguntó el padre de Nini.

—Lo he preguntado y dicen que no pasa nada —respondió la madre—.

Es hora de parecer una mujer, y no un espíritu.

—Para mí siempre has sido la mujer más bella.

—¿Quién va a tragarse tus tonterías de borracho?

La madre de Nini sonrió y levantó la taza para brindar con su marido.

Bashi se encaminó hacia casa silbando y con largas y alegres zancadas.

Cada diez o quince pasos veía un grupo de personas reunidas delante de un cartel y muchas más que avanzaban por la carretera para incorporarse a sus unidades de producción, enarbolando pancartas y banderas. Bashi solo era capaz de pensar en Nini y no tenía tiempo para detenerse y distraerse charlando con aquella gente. Se preguntó por qué no se le habría ocurrido

antes. Llevaba años viendo cómo Nini arrastraba por la calle cestas de carbón desde la estación, a primera hora de la mañana. Durante el día la niña iba al mercado y recogía hojas de hortalizas medio marchitas que las amas de casa arrancaban antes de pagar. Pensaba que era una criatura despreciable. Seguía siendo fea, pero ahora la veía más como a una chica.

Doce años, se dijo Bashi, saboreando el placer de pronunciar ese dulce número en alto. Con todas las chicas sanas y guapas que había en el mundo, ¿a quién, además de a él, se le hubiera ocurrido pensar que Nini podía ser una jovencita deseable? Siguió silbando, en alto y desafinando, una canción de amor de una película romántica de los años cincuenta. Dos niñas que había delante de las puertas del colegio lo señalaron y se rieron, como si se burlaran de él, y él les contestó con una sonrisa educada y les envió un beso como había visto hacer a un actor en una película importada de algún país de la Europa del Este, la primera cinta extranjera proyectada en Río Turbio. A Bashi le había impresionado la soltura del hombre y había practicado aquel gesto incontables veces ante el tocador de su abuela. Las niñas apretaron el paso, abochornadas ante aquella humillación, por lo que él soltó una carcajada y les envió un nuevo beso, uno de los cientos que había enviado, y que enviaría, que jamás encontraban dónde aterrizar.

Bashi pensó en la señora Hua y dejó que su mente se distrajera con las siete niñas que la anciana había perdido como hijas. A pesar de haber sido abandonadas por sus verdaderos padres, debían de tener una cara y un cuerpo más agradables que los de Nini. Se preguntó por qué a los padres de Nini no se les había ocurrido abandonarla a su suerte en la orilla del río cuando nació con aquella cara tan horripilante, o por qué se habían quedado con las demás niñas cuando era obvio que, bebé tras bebé, lo que buscaban era un varón. Pensó en las hijas que la señora Hua había entregado a otra gente como niñas esposa. Tal vez eso era lo que necesitaba: comprar una jovencita como futura esposa a alguien como los Hua. Sin embargo, algo así exigiría tiempo. Mientras tanto tenía a Nini, alguien con quien entretener la mente; la fea, aunque real, Nini, que dentro de poco estaría esperándolo.

Cuando llegó a casa, Bashi encontró una vaporera de bambú en la mesa con un pequeño paño de algodón encima para mantener el calor. Debajo había seis panecillos blancos muy juntitos, recién hechos y tentadores.

Apretó uno y le divirtió ver que sus dedos dejaban abolladuras en la suave corteza. Llamó a su abuela para decirle que el desayuno estaba listo, pero al no obtener respuesta entró en el dormitorio que compartía con ella. Las camas estaban hechas y la cortina que las separaba, retirada hacia atrás y recogida con un lazo. Bashi la había instalado hacía dos años, tras descubrir las cosas excitantes que podía hacer consigo mismo en la cama. Tampoco existía el peligro de que su abuela se despertara y lo pillara, ya que la anciana tenía los sentidos tan embotados como la hoja de un cuchillo oxidado desenterrado de una tumba antigua, pero aun así Bashi había insistido en la necesidad de instalar una cortina, que añadía placer a sus jueguecitos secretos.

Bashi dio un mordisco al panecillo y se acercó a su abuela, que estaba dormitando en un sillón acolchado junto a la cama. El joven le puso un dedo debajo de la nariz para comprobar si respiraba. Estaba viva.

—Arriba, arriba, lechón perezoso. El sol brilla y la casa se quema —le cantó Bashi, afectando voz de mujer, la de su abuela cuando él era pequeño, pero la anciana no abrió los ojos—. El desayuno está listo y las hormigas esperan las migajas —siguió canturreando Bashi.

La mujer abrió los ojos, asintió con la cabeza y volvió a dormirse.

Bashi se dio por vencido. La anciana tenía ochenta y un años y tenía derecho a permitirse lo que le apeteciera, ya fuera dar una cabezadita por la mañana, picar algo de vez en cuando o pasar largos ratos sentada en un orinal, dormitando. Ya no podía ir a los excusados públicos, donde la gente tenía que saltar de piedra en piedra para salvar el maloliente lodazal que se formaba a la entrada y la salida de los servicios. Bashi sabía que algún día tendría que empezar a cuidar de ella, cocinarle, hacerle la cama, limpiar el orinal y asearla, pero eso no le quitaba el sueño. Su abuela había cuidado de él toda la vida y él se encargaría de ella cuando fuera necesario. Si algún día tenía una niña, haría exactamente lo mismo por ella. Bashi pensó que si ahora encontrara un bebé, la llamaría Bashiyi, «Ochenta y uno», por su abuela, el bebé de ochenta y un años. Por eso Bashi se llamaba así, porque había nacido el año que su bisabuelo había cumplido ochenta años.

—Bashiyi —repitió el joven en voz alta, y pensó que solo a un genio podría habérsele ocurrido aquel nombre.

Hasta un tonto se daría cuenta de que eso convertiría a la niña en su hermana, pero al mismo tiempo la criatura le pertenecería. El ochenta y uno debía su existencia al ochenta, ¿y dónde había un Bashiyi sin un Bashi?

Sintió la necesidad de compartir la idea con alguien, pero su abuela se volvía cada vez más olvidadiza. Sus conversaciones se veían a menudo interrumpidas por comentarios irrelevantes sobre sucesos que habían ocurrido hacía años o incluso décadas. Tal vez podría contárselo a Nini.

¿Lo entendería? Parecía un poco torpe, pero la gente de la ciudad también decía que él era medio bobo.

—Nunca se sabe —concluyó Bashi, y asintió con la cabeza con aire de entendido, como si hubiera alguien a su lado—. Puede que sea mucho más lista de lo que piensan.

El joven se llevó el resto del panecillo a la boca y salió de casa cuando el reloj marcaba las ocho. En la calle principal se respiraba un ambiente festivo. Dos hombres con brazaletes rojos estaban cerrando el mercado.

Los alumnos de una escuela de primaria de las cercanías desfilaban y cantaban una canción soviética, una melodía que a Bashi le resultaba familiar, aunque nunca había aprendido la letra. No consiguió entender lo que decían por mucha atención que prestara, ya que los niños gritaban más que cantaban mientras formaban una ristra de oes con sus labios. En una calle lateral dos maestras de guardería alentaban a doce niños pequeños a unirse al desfile. Iban cogidos a una cuerda cuyos extremos terminaban en las manos de las maestras. Los obreros de una fábrica de dulces, hombres y mujeres vestidos con monos azules, estaban esperando a que pasaran los alumnos mientras charlaban y reían. Dos hombres les silbaron a varias niñas de los últimos cursos, a las que probablemente habían tenido que contener muchas veces y que eran lo bastante mayores para contestarles con un guiño.

—¿Dónde es el acto denunciatorio? —le preguntó Bashi a un policía en un cruce.

—No entorpezca el tráfico —contestó el hombre tirando del brazo del joven.

—¿Qué daño hago donde estoy, camarada? —dijo Bashi—. ¿Ve lo que dice en esa pared? Dice: «Al servicio del pueblo». ¿Sabe quién lo escribió?

El presidente Mao. ¿Es esto lo que hace para servir al pueblo, eh, gritarle y casi romperle la muñeca?

El policía se volvió para mirar a Bashi.

—¿Quién es usted?

—Soy un miembro del pueblo al que usted sirve.

El policía sacó una pequeña libreta del bolsillo.

—¿Cómo se llama? ¿Cuál es su unidad de producción?

Bashi iba a inventarse algo, pero antes de poder decir nada el policía le dio la espalda para gritarle a alguien que estaba intentando abrirse camino a través del desfile de los niños. Bashi se encogió de hombros.

—Me llamo Tu Padre y mi unidad de producción está en la cama de tu madre —contestó el joven entre dientes mientras se escabullía entre la gente.

Un poco más adelante, Bashi le preguntó a otra persona y le informaron de que los vecinos de aquel distrito desfilaban hacia un instituto, uno de los seis recintos que se utilizaban para el acto denunciatorio previo a la ejecución.

—¿Sabe quién es la mujer? —preguntó Bashi.

—Una contrarrevolucionaria —contestó el hombre.

—Eso ya lo sé, pero ¿quién es?

—¿Y eso qué importa? —dijo el hombre encogiéndose de hombros.

—¿Dónde se sacan las entradas?

—¿Entradas? Ve con tu instituto.

—Ya no voy al instituto.

—Pues ve con tu unidad de producción.

Bashi iba a decirle que era un hombre libre, pero se detuvo a media frase al ver que el otro no parecía prestarle atención. Se quedó allí un poco más, contemplando el desfile de hombres, mujeres, estudiantes y obreros retirados. Todos parecían felices: cantaban, gritaban consignas y ondeaban banderas de vivos colores. Bashi nunca se había detenido a pensar en la importancia de formar parte de una unidad. Iba a sumarse a los alumnos de instituto, pero despertaría sospechas sin una pancarta en la mano.

—¿Qué tiene de especial el acto denunciatorio? Me voy a la isla a ver la ejecución —se dijo al cabo de un rato.

Una vez pronunciadas aquellas palabras, la decisión estuvo tomada.

¿Por qué iba a ser uno más de los que desfilaban cuando tenía toda la libertad del mundo para hacer lo que le viniera en gana?

—Adiós —añadió con una sonrisa despidiéndose con la mano de la gente que circulaba por la calle como un rebaño de ovejas.

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