Liberalismo
Introducción: La unidad de la tradición liberal
Introducción:
La unidad de la tradición liberal
A pesar de que los historiadores han descubierto elementos de la perspectiva liberal
en el mundo antiguo, y más particularmente en la Grecia y la Roma clásicas, estos
elementos, más que componentes del movimiento liberal moderno, son parte de la
prehistoria del liberalismo. Como corriente política y tradición intelectual, como un
movimiento identificable en la teoría y la práctica, el liberalismo no es anterior al
siglo XVII. De hecho, el epíteto «liberal» aplicado a un movimiento político no se usa
por primera vez hasta el siglo XIX, cuando en 1812 lo adopta el partido español de los
«liberales»[1]. Antes de esa fecha, el sistema de pensamiento del liberalismo clásico
surgido, ante todo, en el periodo de la Ilustración escocesa, cuando Adam Smith se
refirió al «plan liberal de igualdad, libertad y justicia», pero el término «liberal»
seguía funcionando básicamente como un derivado de liberalidad, la virtud clásica de
humanidad, generosidad y apertura de mente. En consecuencia, para una
comprensión correcta del liberalismo es esencial un discernimiento claro de su
historicidad, de sus orígenes en circunstancias políticas y culturales definidas y de sus
antecedentes en el contexto del individualismo europeo en el periodo moderno
temprano. La razón de ello es que, si bien el liberalismo no tiene una esencia o
naturaleza única y permanente, sí presenta una serie de rasgos distintivos que dan
prueba de su modernidad y, al mismo tiempo, lo diferencian de otras tradiciones
intelectuales modernas y de sus movimientos políticos asociados. Todos estos rasgos
son sólo plenamente inteligibles en la perspectiva histórica que proporcionan las
diversas crisis de la modernidad: la disolución del orden feudal en Europa en los
siglos XVI y XVII, los acontecimientos en torno de las revoluciones francesa y
norteamericana en la última década del siglo XVIII, el surgimiento de los movimientos
socialistas y democráticos durante la segunda mitad del siglo XIX y el eclipse de la
sociedad liberal por los gobiernos totalitarios de nuestros tiempos. De esta manera,
los rasgos distintivos que marcaron en sus principios la concepción liberal del
hombre y la sociedad en la Inglaterra del siglo XVII se han visto alterados y
readaptados —pero no hasta el punto de hacerse irreconocibles—, a medida que las
sociedades individualistas que dieron vida a las ideas liberales se han ido enfrentando
a diversos y renovados retos.
Existe una concepción definida del hombre y la sociedad, moderna en su carácter,
que es común a todas las variantes de la tradición liberal. ¿Cuáles son los elementos
de esta concepción? Es individualista en cuanto que afirma la primacía moral de la
persona frente a exigencias de cualquier colectividad social; es igualitaria porque
confiere a todos los hombres el mismo estatus moral y niega la aplicabilidad, dentro
de un orden político o legal, de diferencias en el valor moral entre los seres humanos;
es universalista, ya que afirma la unidad moral de la especie humana y concede una importancia secundaria a las asociaciones históricas específicas y a las formas
culturales; y es meliorista, por su creencia en la corregibilidad y las posibilidades de
mejoramiento de cualquier institución social y acuerdo político. Es esta concepción
del hombre y la sociedad la que da al liberalismo una identidad definida que
trasciende su vasta variedad interna y complejidad. Sin duda, esta concepción liberal
tiene fuentes distintas, e incluso contrapuestas, en la cultura europea, y se ha
materializado en diversas formas históricas concretas. Debe algo al estoicismo y al
cristianismo, se ha inspirado en el escepticismo y en una certeza fideísta de
revelación divina, y ha exaltado el poder de la razón aun cuando, en otros contextos,
haya buscado apagar las exigencias de la misma. La tradición liberal ha buscado
validación o justificación en muy diversas filosofías. Las afirmaciones políticas y
morales liberales se han fundamentado en teorías de los derechos naturales del
hombre con la misma frecuencia con la que han sido defendidas invocando alguna
teoría utilitaria de la conducta, y han buscado el apoyo tanto de la ciencia como de la
religión. Por último, al igual que cualquiera otra corriente de opinión, el liberalismo
ha adquirido un sabor diferente en cada una de las diversas culturas nacionales en las
que ha tenido una vida duradera. A lo largo de su historia, el liberalismo francés ha
sido notablemente diferente del liberalismo en Inglaterra; el liberalismo alemán se ha
enfrentado siempre con problemas singulares, y el liberalismo norteamericano,
aunque en deuda con las formas de pensamiento y práctica inglesas y francesas, muy
pronto adquirió rasgos propios por completo nuevos. En ocasiones, el historiador de
ideas y movimientos quizá tenga la impresión de que no existe un solo liberalismo,
sino muchos, vinculados entre sí sólo por un lejano aire de familia.
No obstante la rica diversidad que el liberalismo ofrece a la investigación
histórica, sería un error suponer que las múltiples variedades de liberalismo no
pueden ser entendidas como variantes de un reducido conjunto de temas precisos. El
liberalismo constituye una tradición única, no dos o más tradiciones ni un síndrome
difuso de ideas, justamente en virtud de los cuatro elementos antes mencionados que
integran la concepción liberal del hombre y la sociedad. Estos elementos han sido
perfeccionados y redefinidos, sus relaciones se han visto reordenadas, y su contenido
se ha enriquecido en las diversas fases de la historia de la tradición liberal y en una
amplia variedad de contextos culturales y nacionales en los que con frecuencia han
recibido una interpretación muy específica. Pese a su variabilidad histórica, el
liberalismo sigue siendo una perspectiva integral, cuyos componentes principales no
son difíciles de especificar, más que una débil asociación de movimientos y
perspectivas entre las cuales puedan detectarse algunos parecidos de familia.
Únicamente así resulta posible identificar a John Locke y Emmanuel Kant, John
Stuart Mill y Herbert Spencer, J, M. Keynes y F. A. Hayek, y John Rawls y Robert
Nozick como representantes de ramas separadas de un mismo linaje. El carácter del
liberalismo como una tradición única, su identidad como una concepción persistente,
aunque variable, del hombre y la sociedad son válidos aun cuando, como se sugerirá más adelante, el liberalismo haya estado sujeto a una importante ruptura, cuando en
los escritos de John Stuart Mill el liberalismo clásico abrió las puertas al liberalismo
moderno o revisionista de nuestros días.